Algo falta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me ausenté unas horas, unos días, como la mañana cuando asoma la tarde e incendia el crepúsculo, o la noche, al llegar la madrugada. Me fui unos instantes -ignoro cuántos-, como la lluvia cuando hace pausas al aparecer los arcoíris de improviso. Estuve en mi interior o ausente -no lo sé-, cercano o lejano, igual que el barco o el tren, al partir y empequeñecer en el horizonte, mientras figuras irreconocibles los despiden y los saludan, parados o sentados, en los puertos y en las estaciones, en un ambiente de nostalgia y en espera de retornos ansiado. Exploré mi ruta interior, me refugié en mi buhardilla o caminé por alguna parte, mientras la gente seguía en sus esquinas y en sus rumbos, en sus historias y en sus destinos. Me retiré algunos días, como las golondrinas al emigrar, y ya de regreso, compruebo que el mundo y su gente continuaron sus sendas sin extrañarme ni pronunciar mi nombre. Entiendo, tras mi breve separación, que la vida no es tan larga y que no hay memoria en lo pasajero, en la inmediatez, ni lleva uno cargas innecesarias a los viajes de regreso a casa. Marché momentáneamente, acaso sin protocolos ni visitas, probablemente como ensayo o simple ejercicio, quizá por quedar dormido o por el anhelo de trascender, tal vez por todo y nada, por eso y más. No he dejado huellas. Me llevé, y aún los traigo, mis cargas y mis vacíos, mis murmullos y mis sigilos, mis auroras y mis ocasos, con balances existenciales insuficientes que plantean más de mí y menos de atuendos de unas horas o de un día. Algo más me falta para ser libre, pleno, feliz y grandioso. Solo así podré sentirme completo, auténtico y evolucionado, con una historia prodigiosa e inolvidable y un porvenir seguro y dichoso, de esos que marcan la ruta a un estado infinito.

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Más calzado que senderos y caminantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soy caminante. Siempre lo he sido. Me gusta andar aquí y allá, en un lugar y en otro. Disfruto la belleza y la majestuosidad de los paisajes; aunque también escudriño los detalles que descubro a mi paso. Exploro otros destinos. Estos días de mi vida, he mirado gran cantidad de calzado y pocos caminantes hacia la cumbre. Hay exceso de zapatos, en minúsculas y mayúsculas, y tantas huellas que apenas es posible adivinar que se trata de multitudes que transitan ciegas e insensibles, transformadas en números y estadísticas, hacia rutas comunes, diseñadas para los rebaños humanos que dedican los años de sus existencias a consumir, acumular, encerrarse en burbujas de estulticia y superficialidades, y gozar sin amor ni sentido. Veo gran cantidad de zapatos, en femenino y masculino, por rumbos que parecen seguros y, paradójicamente, son inciertos. Pocos son los viajeros que se atreven a dar pasos por iniciativa propia y buscan otros senderos, itinerarios que los conduzcan a cimas que acaricien el cielo. Son quienes tienden puentes y retiran las enramadas, los abrojos y las piedras del camino, y dejan huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, las sigan. Toman el timón con firmeza y seguridad, a pesar de las tempestades de la noche y de los mares impetuosos que invitan al naufragio. Observo innumerables zapatos, en fino y en popular, revueltos, como ha acontecido con aquellos que cubrieron su esencia con paladas de lodo y piedras que engañan y aparentan ser diamantes y minerales preciados. En la senda común, descubro el teatro de la vida, con exceso de asientos para los espectadores que rehúsan protagonizar una historia, una epopeya, y un escenario dividido en tres, uno para los actores que se presentan dignos, libres, justos, dadivosos, honestos y con el resplandor de su belleza interna; otro dedicado a las marionetas que ellos, los titiriteros, manipulan desde un espacio cómodo y hacen creer al público que son criaturas genuinas; y el que está reservado a los poderosos, a aquellos que se dedican a arrebatar, causar daño y acumular poder y riquezas materiales. En los pasillos y en el vestíbulo, también encuentro innumerables pares de calzado, en académico y analfabeto, acaso porque quienes los portan olvidaron trazar sus propios itinerarios, quizá por formar parte del inacabable proceso de masificación que condenará y exterminará a la raza humana, tal vez por eso y por más. Soy caminante. Contemplo más zapatos que hombres y mujeres dispuestos a escalar, construir escalinatas, desafiar abismos, tender puentes, conquistarse a sí mismos y dedicar sus vidas al bien, la verdad, el amor, la justicia, la dignidad, el respeto, la armonía y la libertad. Veo más calzado que rutas y caminantes.

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Y así se va la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y así se va la vida, igual que las hojas que caen en otoño y el sol al morir la tarde y nacer la noche, entre un suspiro y otro. Y así huye la vida, como los minutos al convertirse en horas y los días que se transforman en años, mientras la gente ríe y llora e inventa su historia pasajera. Y así se desvanece la vida, al multiplicarse la edad, al disfrutar el paseo terreno o al pasar inadvertido. Y así escapa la vida, mientras la gente habla, produce, da, sueña, ama o pelea, discute, arrebata, odia y destruye. Y así se diluye la vida, cual poema que alguna vez, enamorado, uno pronuncia con emoción, y luego, casi de inmediato, al volverse el hoy un mañana incierto, solo escucha los ecos que se propagan entre las ruinas. Y así se esfuma la vida, entre la obsesión de disfrazar el envejecimiento con maquillajes de juventud y olvidar disfrutarla cada instante, con sus luces y sombras. Y así se fuga la vida, con su sí y su no, en reflectores, apariencias, superficialidades y cosas baladíes. Y así se marcha la vida, igual que un pasajero sin equipaje ni compañía, en la estación desolada del ferrocarril, ausente de abrazos y despedidas. Y así se apaga la vida, con aplausos o en silencio, con risas o con llanto, en la salud o en la enfermedad. Y así se desvanece la vida, al dejar huellas indelebles y retirar las piedras y las enramadas del camino, en la construcción de senderos y en el tendido de puentes. Y así se despide la vida, sin avisar, desdeñando fortunas, celebridad, nombres y apellidos. Y así se va la vida, lo mismo para los que hacen el bien que para los que permanecen atrapados en las celdas del mal, cada uno con su luz o con su oscuridad, rumbo a otros planos. Y así escapa la vida, casi sin darnos cuenta. Y así se traslada la vida a otras fronteras, indiferente, silenciosa, sin interesarle si uno evolucionó y fue virtuoso e hizo el bien, o si se desmoronó e idolatró los fantasmas de su maldad, estulticia, ambición desmedida y superficialidad. Y así se va la vida, tirando en el camino nombres y apellidos, fortunas, títulos académicos, fama, apetitos fugaces, razas, creencias y hasta retratos con dedicatorias, que se pierden en el naufragio de la desmemoria. Y así, al marcharse la vida, anuncia, una y otra vez, que es breve e irrepetible, hermosa para quienes la abrazan y entienden, inolvidable para quienes aman, construyen, dan lo mejor de sí y sonríen. Y así se va la vida.

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La otra noche, no recuerdo cuál

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La otra noche -no recuerdo cuál-, la muerte asomó a mi ventana y tocó a la puerta. Preguntó por mí, sonriente e incauta. Ya la conocía de otras jornadas pasadas, cuando morí una madrugada y regresé a la vida, a una hora ya distante de mi primavera. Ambos nos miramos de frente, silenciosos, como quien coincide en una estación desolada y vieja y se reconoce después de tantos años de ausencia. Adivinó mis pensamientos, acaso por la expresión que mostré, y se anticipó a mis palabras e interrogantes: “solo se trata de una visita de cortesía. Quiero que no te olvides de mí. A veces, la gente, por enamorarse de las cosas del mundo, olvida que los días de la existencia concluyen a una hora exacta y no viven las historias que les corresponden. Evaden el tema. Y aquí estoy ahora, frente a ti, sencillamente con la idea de recordarte que algún día, a cierta hora, tu caminata mundana concluirá. Incontables seres humanos salvan de morir, tienen otras oportunidades para vivir mayor cantidad de años y no las aprovechan La mayoría de ellos dejan asuntos pendientes, Pretenden amar, agradecer, perdonar, cumplir promesas fallidas, visitar a la familia y a los amigos despreciados y olvidados, pedir disculpas, reconciliarse y hacer el bien durante los últimos minutos de sus existencias, en el lecho de agonía, cuando es imposible reconstruir los días, las oportunidades y los años que se fueron. No dispongo de tiempo para detenerme en cada morada para que mis tripulantes se reconcilien consigo, con la vida, con la gente, con el mundo. Eso debieron hacerlo antes. Era su obligación y responsabilidad. No pierdo los instantes en sentimentalismos. En consecuencia, si anhelas, en verdad, hacer de tu biografía una obra cautivante, magistral, inolvidable, hermosa, sublime y maravillosa, inicia ahora tu reconstrucción, comienza a vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenamente, y derrama el bien, la verdad y la justicia en tu sendero para que a tu paso crezcan flores y no abrojos. Cuelga faroles en el cielo y nunca apagues el brillo de las estrellas. Deja huellas indelebles. Busca a los que alguna vez ofendiste y compensa con mayor bien el daño que causaste. Habla con los que en un momento y muchos más abandonaste cuando más te necesitaban, y si ya no están presentes, ayuda a otros que se encuentren en similares o peores condiciones. No permitas que huya la mañana sin agradecer la vida, la salud y el bienestar que recibes, y derrámalo para bienaventuranza de los demás. No arrebates ni olvides a los que sufren. Encárgate de que ningún pequeño manche su infancia con los tintes de los abusos y el mal. Lucha contra el mal, la ignorancia, la deshonestidad, la injusticia y la superficialidad. Sé tu propio maestro y crea en ti una obra especial y grandiosa. Yo, la muerte, te invito a que vivas. La vida es breve. El momento de cambiar y transformar es hoy. Descubre los valores que hay en ti, en tu ser, y exprésalos plenamente, ahora que tienes vida y salud. Si quieres transitar a otros planos, a niveles infinitos y superiores a los del mundo, aprende a vivir y a morir dignamente, feliz, satisfecho de cumplir”. Y la muerte se fue la otra noche -no recuerdo cuál-, sonriente y plena.

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Hay días

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay días en los que me refugio en la soledad, entre los muros de mi buhardilla atiborrada de libros y papeles, igual que ayer, en mi infancia azul y dorada, cuando buscaba sumergirme en mis profundidades para aliviar esas inquietudes que a veces uno siente al andar por el mundo. Otros instantes, en cambio, miro transitar las páginas de mi existencia, el álbum de mis recuerdos, acto parecido a la sensación que se experimenta cuando se admira desde la ventanilla del ferrocarril el paisaje que queda atrás y se percibe el ambiente de las estaciones que se dejan, como si alguien, oculto en alguna morada, pretendiera decirme que la existencia es breve y no siempre alcanza el tiempo para protagonizarla de acuerdo con lo que cierta vez soñó. Existen momentos en los que naufrago y me olvido de la realidad, de la gente, del mundo y de sus cosas, acaso porque me encantan los sueños, probablemente por la fascinación que encuentro en hacer realidad mis fantasías e ilusiones, quizá por cansarme los reflectores, tal vez por ser de otra arcilla. Hay días en los que cansado de la monotonía y superficialidad de las sociedades de la hora contemporánea, me interno en mí, en el silencio y la profundidad de mi alma, donde inicia la inmortalidad, lo que la gente llama paraíso, y allí encuentro la paz, los sentimientos más bellos, y descubro las fórmulas de mi arte, las ecuaciones de la vida, las respuestas a las incógnitas y a los planteamientos existenciales, y escucho, por añadidura, los rumores de la creación, el susurro del viento y los murmullos de Dios. Hay días en los que necesito aislarme, borrar mi rostro de la cotidianidad, renovar mi ser, desvanecer el maquillaje que adquiere uno al andar por el mundo, para reaparecer más tarde con la luz del interior, trazar rutas, dejar huellas al andar, iluminar la senda y trascender. Hay días en que me necesito, en que me resulta perentorio ser más esencia que materia, y es así como horado y llego a mí para retornar con sentimientos e ideas que transformo en acciones y obras. No lo niego, hay instantes en mi vida en que tengo necesidad y urgencia de regresar a mi, enfrentar los monstruos y las sombras y retirar los escombros previos a la entrada de mi paraíso, para nadar en el río etéreo de la inmortalidad, entre nubes de tonalidades insospechadas, renovarme y ser yo. Hay días, lo confieso, en que me encierro en mi morada, entre las mansiones de una aldea universal, donde todos somos nota y emitimos la música que da vida a las flores, enciende las estrellas una noche oscura y pinta el mar, los manantiales y la naturaleza de colores.

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Cristal y mineral

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sé cristal en un mundo de piedras y minerales. Extiende las manos a quienes necesitan apoyo, da bienestar a los que más padecen, escucha a los que prueban el amargo sabor del sufrimiento, abraza a los desconsolados, habla con aquellos que requieren un consejo o una palabra de aliento, acompaña a los desolados y despierta de su engaño y locura a los hombres y a las mujeres adocenados, atraídos por la seducción de las sensaciones temporales, extraviados en el brillo fugaz de las superficialidades, atrapados en existencias carentes de sentido e incapaces de emprender hazañas y trascender. Sé luz en un plano donde la gente prefiere la oscuridad o los reflectores, para que así dejes huellas indelebles y otros, los que caminan atrás, sigan la ruta del bien, la verdad y la belleza. Decreta la libertad y la plenitud. Sé tú quien defina el camino, trace el itinerario y retire los abrojos y las piedras. Construye puentes y escalinatas; derriba muros y fronteras. No importa que una tarde helada o una noche de tormenta llegues con la ropa desgarrada y la piel herida, si a cambio tuviste la dicha y la fortuna de dar de ti. Recuerda que el amor y las cosas no solamente son para uno, sino para el bien que se puede hacer a los demás, y tú tienes la opción, cada día, de proyectar la alegría y la plenitud de la luz y los colores o de ensombrecer lo que está a tu paso. De ti importan tus tesoros interiores, las obras que haces para bien tuyo y de los demás, el ejemplo que inculcas y las huellas que dejas, no la opulencia material ni el calzado que portas. Hay gente que consume los días de sus existencias en la humedad de los socavones, en la soledad de los túneles, quizá porque le interesa el brillo y el valor de los minerales; pero tú forma parte de quienes prefieren ser cristal y resplandecer desde el interior.

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Si eres tú

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La dulce prueba del amor llega cuando uno se siente feliz e ilusionado con alguien tan especial, de tal manera que los días de la vida se vuelven encanto interminable

Si eres tú a quien percibí desde mi infancia y si te llamas como una y otra vez lo repitió mi alma, en mis horas de soledad y silencio, y si contigo protagonizo una historia grandiosa e inolvidable, si vuelo a tu lado entre el oleaje y las nubes para alcanzar cumbres y horizontes sin final, si te sé talla de mis sentimientos, si soy caballero al definir tus rasgos femeninos y tus detalles de dama, si deseo para ambos la existencia y los sueños, si te convertiste en mi musa después de tanto flotar en mi buhardilla durante mis momentos de creación e inspiración y si pretendo compartirte mis días temporales y mi destino eterno, siempre en burbujas de alegría, juegos e ilusiones, significa que te amo y que ya vivo en el cielo aunque mis sandalias, al caminar, dejen huellas en la arena. Ahora sé, contigo, que uno, al amar, respira el ambiente del mundo y percibe, a la vez, los susurros de la eternidad, porque tal sentimiento es viento que acaricia la piel y sonrisa de Dios que ilumina el alma. Si eres tú la musa de mis obras, la inspiración de mi existencia y el amor de mi ser, siempre te miraré junto a mí al asomar al espejo, al distinguir las huellas de nuestra caminata y al protagonizar la historia más bella y sublime.

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