La humanidad merece respeto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En estos días sombríos, cuando la gente es contagiada, enferma y muere irremediablemente, la humanidad necesita mensajes positivos y soluciones reales a los problemas que enfrenta y parecen desmantelarla, no vaticinios ni palabras mesiánicas que no aportan y sí, en cambio, generan incertidumbre, miedo e inseguridad. Ya basta de falsos profetas que se sienten dioses y salvadores del mundo. La gente, al menos la que tiene mayor conciencia, les agradecería que fueran auténticos y en verdad trabajaran en el rescate del planeta y sus habitantes, no en ser portadores de noticias y eventualidades catastróficas que por alguna razón conocen. Es inconcebible que tales oportunistas, dueños del poder y del dinero, pretendan hasta diseñar la alimentación de la población mundial. La vida, la salud, el mundo y la humanidad merecen respeto.

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El arte, un estilo de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un artista, cuando se entrega al proceso creativo de las letras, los sonidos, las formas y los colores, desnuda al ser humano, a la naturaleza, al material yerto, al universo, los sentimientos, los ideales, los pensamientos, la realidad y los sueños, y los cubre y decora con las gotas etéreas del paraíso, en una corriente que fluye incesante dentro y fuera de uno. Un artista, al inspirarse, convive y habla con las musas, con los árboles, con los océanos, con Dios. Un artista deja en cada letra y palabra un sentimiento, una idea, un sueño, una vida, un significado. Un artista lo es a toda hora, en la mañana y en la noche, en la tarde y en la madrugada, mientras duerme y cuando vive, más allá de aplausos, becas y premios. No necesita máscaras ni utiliza muletas. Es su arte, su estilo, su obra y su encanto al crear. Un artista es letra poema y texto, o pintura y escultura, o música, o cualquier expresión sublime del alma, en su ininterrumpida correspondencia con la vida. Un artista escucha, en la madrugada fría y solitaria, un amanecer soleado, una tarde lluviosa o un anochecer caluroso o nevado, que la inspiración toca a su puerta y asoma por su balcón y sus ventanas, y, feliz, ya con una dosis de ideas, despierta y crea. Un artista desconoce horarios y escribe en lunes o viernes, pinta en martes o domingo, arranca melodías a los instrumentos un miércoles y hasta un jueves, o cincela la piedra cualquier sábado, en primavera y en verano, en otoño y en invierno, cuando el calor es sofocante y la tempestad parece incesante, o a las horas del viento otoñal y en los instantes de los copos invernales. No hay tregua en una vida consagrada al arte. Un artista se sumerge en las profundidades inconmensurables de la fuente infinita, de donde extrae tesoros, obras, en minúsculas y mayúsculas, que entrega a la humanidad como regalo del cielo. Un artista, en el instante postrero de su existencia, piensa que aún necesita entregarse a la creación de su obra magistral, acaso sin darse cuenta de que al colgar tantos luceros en la pinacoteca celeste, ya es una estrella que alumbra a la humanidad y otros mundos.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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Y llegó febrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y llegó febrero, como se marchó un día, a cierta hora, con exactitud, puntual y sin remordimientos ni temores, a pesar de saberse el más pequeño de sus hermanos. Vino completo, sin instantes de más ni momentos con faltantes. Aquí está, con nosotros, imperturbable, en el invierno del hemisferio norte, patinando sobre la nieve, al lado de la chimenea, y en el verano del hemisferio sur, empapándose con las gotas de la lluvia y asoleándose mientras reposa en la hamaca, indiferente, como siempre, a lo que tú, yo, nosotros, ustedes, ellos y todos los hombres y mujeres, en el planeta, hagamos de nuestras existencias. Sabe que le nombramos febrero, pero realmente no le interesan las identidades ni los linajes porque sus 28 o 29 amaneceres y ocasos podrían continuar sin la presencia humana. Todo es pasajero en el mundo, en la vida terrena, y los días transcurren más allá de acontecimientos, fechas memorables y aniversarios. Febrero contempla un grupo de días que coinciden con cierta temporada, en una estación de paso, en espera del siguiente pasajero, llamado marzo. No se arraiga en ningún sitio porque de caer en la tentación de refugiarse en una cabaña, en alguna posada, como en ocasiones lo ha hecho, perturbaría a su hermano -marzo- con un clima diferente y el año parecería, simplemente, desvertebrado. Ya lo hacho. Le encanta jugar, en ocasiones, hasta salpicar a marzo. No trae regalos ni ofrece alegrías o desventuras. No promete. Es inquieto y se marcha sin despedirse. Una noche, al llegar la madrugada, simplemente ya no está en casa. Sabe, por experiencia, que los seres humanos son responsables de su destino y que, extraordinario y feliz o desventurado e infausto, solamente ellos podrán pintarlo con los colores más bellos y cautivantes o salpicarlo con los tintes de su drama, y así crear paraísos o infiernos. Llegó febrero y pronto se marchará sin anunciarlo.

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Es momento de contagiar a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es momento de contagiar a la gente, a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, que apenas hace rato, quizá ayer, cantaban y reían felices e ilusionados, alrededor de la vida, y hoy, irreconocibles, temen a las sombras de la muerte que amenazan entintar los días de sus existencias con matices luctuosos. Es perentorio escapar de los barrotes y las celdas que hemos creado egoístamente, salir del estado de comodidad aparente que equivale más a irresponsabilidad que a razón, y transmitir a otros -familia, amistades, vecinos- auténticas dosis de alegría, fe y optimismo. No hay que esperar a que alguien enferme para llorar, mortificarse y contabilizar uno más dentro de la lista de ausencias. Es momento de formar una cadena humana con innumerables eslabones, todos unidos entre sí, atentos y solidarios, no con la intención de encadenarnos, sino con la idea de fortalecernos y ser auténticos, libres y plenos. Desde hoy, es aconsejable llamar por teléfono a los familiares, a los amigos, a los vecinos, a los contactos más próximos, con la intención de animarlos, preguntar por su salud, recomendarles se cuiden, recordar historias y días felices, planear futuros encuentros, alegres y sanos, para celebrar el milagro de la vida. Es urgente que ellos, a la vez, marquen a otras personas y las saluden igual. Las emotividades presenciales deben reservarse para otras fechas. En ocasiones, las apariencias y las superficialidades, emparentadas con la ansiedad, el consumismo, la soberbia, la necedad y la ignorancia, provocan que la gente no entienda y cometa imprudencias que propician mayores problemas y complicaciones. Es indispensable contagiar a los demás, aquí y allá, ahora y siempre, con sentimientos, ideales, deseos y pensamientos nobles, evidentemente con amabilidad, entrega, sinceridad y sonrisas. El aislamiento y las mascarillas, confinan, aprisionan, a pesar de las recomendaciones en su uso; mas no son excusa para transformarse en criaturas burdas, groseras y malvadas. Es tiempo de demostrar que tú, yo, ellos, nosotros, ustedes, somos mejores y superiores a grupúsculos perversos que causan tanto daño a la humanidad en su afán de reprimirla y dominarla para apoderarse de las riquezas del mundo. Si una élite poderosa, en complicidad con gobiernos serviles y corruptos, militares irracionales, científicos mercenarios y medios de comunicación sin escrúpulos, entre otros, diseñó, formó y dispersó un virus criminal que ha enfermado y asesinado a incontables hombres y mujeres, en el planeta, no olvidemos que Dios colocó un alma en cada uno, sentimientos e ideales, pensamientos y sueños, que se demuestran con la mano generosa que da a otros lo mejor de sí, con palabras de aliento, con una sonrisa, con una mirada comprensiva. Es hora de contagiar a la humanidad.

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El mundo necesita algo más

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No necesitamos personajes mesiánicos que adivinen el futuro, anticipen hechos destructivos a nivel global y ofrezcan recomendaciones y fórmulas a la humanidad, ni tampoco gobernantes, científicos, líderes, académicos, medios de comunicación, instituciones, políticos, artistas, rezanderos e intelectuales que les aplaudan tanto como si fueran cómplices, mercenarios o títeres. El mundo requiere líderes genuinos, personas auténticas que más que declarar, aconsejar y recomendar lo que no hacen sobre temas preocupantes, que son del conocimiento público, sepan convocar a millones de hombres y mujeres, en cada nación, con el objetivo de enfrentar los retos y problemas con acciones y estrategias reales y honestas, en beneficio colectivo y no de su grupo influyente y poderoso. A la humanidad le urge despertar, sacudirse, reaccionar y emprender acciones orientadas a su rescate y salvación, antes de resbalar al precipicio, a los abismos, y naufragar, hasta ser salvada por grupos depravados que le cobrarán el favor de lanzarle cuerdas podridas para que no se ahogue en las turbulencias provocadas con cierta intencionalidad. Esa élite ya tiene el poder económico, militar y político, en todo el planeta, lo que evidentemente no la hace invulnerable. ¿Cuál es el afán de manipular, jugar tramposamente, mentir y controlar a millones de seres humanos? ¿Contra quién ejercerán su poder una vez que sometan al mundo entero? Resulta estúpido creer que serán eternos y que un sistema absoluto y oscurantista reinará siempre. Y los incontables hombres y mujeres que habitan el planeta, ¿a qué hora interrumpirán sus sueños de consumismo, sus estupideces, sus apetitos pasajeros y sus superficialidades? El mundo no necesita un teatro macabro con espectadores asustados y pasivos, actores hipócritas y titiriteros, guionistas, directores y productores mañosos e impíos. La gente, en el mundo, requiere amor, honestidad, valores, justicia, dignidad, respeto, paz, educación, libertad, progreso, salud.

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Se va 2020

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se va 2020. Es su día. Es su tarde. Es su noche. Sí. Hay que entenderlo, es su noche postrera. Nos mira, a los humanos, desde su ocaso, en el horizonte, alegre y nostálgico -no lo sabemos-, o indiferente a nosotros, a lo que sentimos, quizá delirante, o tal vez silencioso y tranquilo. Saluda desde su ancianidad, si es que envejecen los hijos del tiempo. Se sabe célebre e inolvidable, pero no le conmueven la fama, las emotividades y las cosas del mundo. Hay a quienes urge que se marche lejos, mientras otros, en tanto, desean tenderle una trampa, capturarlo y triturar cada uno de sus instantes, todos sus días, sí, quieren castigarlo y, al final, exhibir su rostro adolorido en la horca; pero es inocente, libre de culpa e indigno de condena por no ser autor ni ejecutor de las fechorías que se le imputan. Se cruzan, en la estación, 2020 y 2021. Algunos piensan que se trata del sepulcro frente al cunero, probablemente por la incapacidad de saber que los días, marcados por estaciones, son una prolongación, un acontecimiento ininterrumpido. Apenas se abrazan y saludan, cada uno con su nombre y su apellido, con las luces y las sombras que, sin sospecharlo, les matizan los seres humanos. Se marcha 2020, sin prisas ni remordimientos, aunque lo crean prófugo, con sus estaciones de primavera, verano, otoño e invierno, y sus amaneceres y anocheceres, incluidos los mediodías, las tardes y las madrugadas. Se desvanece 2020. Carga sus maletas sin faltantes, con el confeti y la serpentina de las fiestas y las lágrimas y las flores marchitas de los dolores. Unos piensan que 2020 se lleva mucho de nosotros -a nuestra gente, selvas, animales, oxígeno, planes, alegrías, ilusiones, salud, vida, familias, valores-, y otros aseguran que enseñó demasiado. Muchos lo culpan. Varios lo exoneran. Otros más lloran por los días que vienen. Y no fue el año culpable de los males. Ninguna fecha planea el mal. 2020 llegó viajero y se hospedó en un mundo que ya tenía historia. Y así se va, ligero. Nosotros -hombres y mujeres-, permanecemos aquí, en el mundo, con las listas de ausencias y los huecos que dejaron quienes verdaderamente se marcharon del escenario terreno. Aquí estamos, en medio de la vida y la historia, con la posibilidad de enfrentar, con la razón, los desafíos, las pruebas y los retos que se presentan, o amilanarnos y caer, igual que lo hemos consentido desde hace décadas, en la indiferencia, el egoísmo y la pasividad. Esta noche -puntualmente a las 12-, 2020 se habrá marchado y se encontrará con nosotros 2021, igual que el otro, su antecesor, y de cada persona y sociedad dependerá, como siempre, fabricar su dicha o construir su desgracia. Somos nosotros, no las fechas, quienes generamos lo bueno y lo malo de la vida. Si deseamos vivir en un mundo de paraísos, cultivemos flores, dibujemos sonrisas, pintemos colores, amemos, hagamos el bien y demos lo mejor de nosotros a los demás. Merecemos realizarnos plenamente, volar libres, vivir en armonía y con equilibrio, condiciones que no dependerán de los calendarios, sino de cada hombre y mujer. Hoy, abrazo a cada uno, en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino, en todos los idiomas y en las diferentes razas y creencias, con la idea de abrir mi alma y transmitirles mis sentimientos más nobles y el anhelo de que se encuentren a sí mismos, abracen a sus familias, valoren la salud y la vida. 2021 y los siguientes años, esculpirán, a su paso, los signos del tiempo en cada persona. Dependerá de nosotros, empezar desde ahora a dibujarnos sonrientes, dichosos, saludables, enteros, resplandecientes de la luz del bien y la verdad. No permitamos que otros, con intenciones perversas, nos desdibujen y abandonen en la arena desértica del mal y la desmemoria. Rescatemos nuestra esencia. Es la luz. Los números de un año o cierta fecha no marcarán nuestro destino feliz o infausto. Somos nosotros -tú, yo, ustedes, ellos, todos- quienes tenemos la decisión y el poder de liberarnos de las ataduras que otros han colocado en nuestros sentimientos, ideales, planes y pensamientos. 2021 y los años que vienen, indiferentes como su silencio, deben quedar inscritos en la historia como el despertar de la humanidad. Gracias a cada uno de ustedes por estar presente y ser quien es. A todos les deseo lo mejor de la vida.

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2020, ¿la despedida o al patíbulo?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay fechas que resultan inolvidables y marcan a la gente, a la humanidad, por lo que representan; sin embargo, ningún instante, minuto, hora, día o año -tiempo, al fin- es responsable de las alegrías y las tristezas, el éxito y los fracasos, la vida y la muerte. Los momentos son tan fugaces e indiferentes a la felicidad o a la desdicha humana, que pasan y no vuelven más. Nunca voltean atrás ni a los lados, ni siquiera si alguien atraviesa en su camino y suplica que hagan una tregua. Sencillamente, continúan su macha. El tiempo es una medida que los seres humanos calcularon y establecieron con la intención de organizar sus días existenciales y sus actividades, incluso en términos científicos, y ni siquiera las estrellas, en el universo, están al tanto de los sentimentalismos de las personas que casi todo lo miden en fechas, valor monetario y apariencias. El tiempo, en este planeta, es algo más. Es indiferente a la dicha o al sufrimiento de la gente. pero su uso no debería de ser ajeno a los intereses humanos. Esto no significa que en lo sucesivo tomemos los almanaques y los arrojemos al cesto de la basura con la intención de vivir desordenadamente. La medida del tiempo es útil en nuestros años existenciales, pero no es responsable de la felicidad o del desconsuelo, de la juventud o del envejecimiento, de la salud o de la enfermedad, de la vida o de la muerte, porque cada renglón es consecuencia de diferentes conceptos. Si desconectáramos los relojes y olvidáramos los calendarios, los seres humanos seguirían coexistiendo en el mundo y no se atraerían la fortuna ni se evitaría el sufrimiento. Simplemente, aunque en desorden, la gente seguiría en el mundo con el sí y el no de la vida. No es verdad que 2020 trajo enfermedad, contagios, pobreza, sufrimiento y muerte al planeta, y que partiendo, con el odio que lógicamente se le tiene, aparecerá una nueva etapa y todo quedará en el recuerdo. No seamos infantiles ni sentimentalistas, por favor, porque esas debilidades e ignorancia las están aprovechando los dueños del poder económico y político, en el mundo, para atormentar, provocar miedo, desestabilizar y controlar absolutamente a los sobrevivientes de una enfermedad que ellos mismos, con el apoyo de científicos mercenarios, ordenaron crear y dispersar en el planeta. Es irracional la pretensión de desear la muerte de 2020 por considerarlo responsable y causante del coronavirus y todas las calamidades que le acompañan, cuando le correspondió, a su paso, ser el marco de tanto crimen masivo. Todo el escenario fue preparado por seres humanos perversos que desean apoderarse de las voluntades humanas y de las riquezas del planeta. Este año que agoniza -2020- se marchará sin despedidas amorosas, y nunca más volverá. Igual que sus antepasados, se refugiará en las páginas de la historia, con la diferencia de que claramente demostrará en lo que nos hemos convertido millones de hombres y mujeres a nivel global. Es momento de despertar y reaccionar del letargo para liberarnos de las cadenas y los barrotes que una élite malvada ha colocado a todos. Incontables gobiernos, medios de comunicación masiva, líderes religiosos y sociales, instituciones públicas y privadas, artistas, intelectuales y parte de las comunidades científica, médica y académica, en el planeta, están a disposición de tal grupúsculo que crece en la medida que la humanidad se debilita. Despidamos el año 2020, con todos sus desencuentros y terrores, sin olvidar sus enseñanzas y vivir cada uno de sus minutos en armonía, con equilibrio y plenamente, porque cada instante es vida que escapa, y no perdamos de vista los signos no de la época, sino de aquellos que anhelan manipular y controlar a la gente. No culpemos a 2020 ni lo convirtamos en rehén que altere nuestra tranquilidad. Dejemos que se vaya. Tengamos cuidado con los días que vienen. Los planes de ese grupo, son perversos e insanos. Eso es lo que importa saber y enfrentar con la razón y la unidad, no lo que se registró durante 2020, a pesar de nuestros dolores y nostalgias. En cada uno, y no en las fechas, se encuentra la decisión del cambio y propiciar, en conjunto, el retorno a la verdadera normalidad.

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Y así formó a los artistas…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y otro día, tras crear a la humanidad, Dios notó cierta ausencia en su obra. Contempló toda su creación, en el mundo, y pensó en la conveniencia de acompañar a hombres y mujeres de alguien más. Miró, una y otra vez, el paisaje terrestre, con sus rimas, sus signos y su lenguaje, matizado, en cada detalle y rincón, con la policromía más bella y fina, envuelto en conciertos magistrales y decorado con líneas, formas y trazos irrepetibles. Asomó nuevamente. Todo parecía excelso. Reflexionó. Pensó que el mundo aparecía hermoso y resplandeciente en el universo, y que todo parecía supremo y perfecto; sin embargo, los seres humanos serían responsables de cuidarlo, mantener la armonía y el equilibrio, y proteger todas las expresiones de vida. Necesitaban, en sus biografías e historias, criaturas que lo emularan y regalaran la belleza suprema de su obra. Le resultaba preciso que tales seres se introdujeran por las hendiduras de la inmortalidad, en las profundidades y el silencio de su interior, con el objetivo de retornar con pedazos de cielo y plasmarlos en el arte, en las letras, en los colores, en las notas, en las formas. Y así formó a los artistas. A unos, encomendó relatar historias, escribir narraciones y poemas, entre fantasías y realidades, sueños y vivencias; a otros, asignó la labor de pintar los escenarios de colores que abundan en los paraísos; a unos más, solicitó captar los sonidos del infinito, los murmullos de la naturaleza, los rumores de sus almas, para obsequiar música; y a varios más, pidió dar formas a los materiales yertos, cual ejemplo de que la vida surge aquí y allá, a una hora y a otra, incesante. Los artistas serían, por excelencia, sus pequeños creadores. Desde entonces, el mundo se pobló de flores hermosas y fragantes en cada relato y poema, lienzo y mural, concierto y sonido, forma y trazo, cual fragmentos que los artistas genuinos traen de planos superiores. De lo infinito, crean pequeñas obras que engrandecen a la humanidad y dan sentido a la vida, al mundo y a sus cosas.

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El juego de los opuestos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mundo, en sus expresiones, es dual: vida-muerte, inicio-final, día-noche. masculino-femenino, rumor-silencio, luz-oscuridad, arriba-abajo, mayúscula-minúscula. Se trata, innegablemente, de uno y otro, distintos entre sí, que se complementan y parecen inseparables dentro de un proceso natural, principio que si la humanidad comprendiera, tendría oportunidad de hacer de su estancia terrena un paseo con mayor encanto, armonía y equilibrio, más allá de las condiciones que toda persona experimenta en temas de salud, alimentación, estado de ánimo, genética, creencias y posición socioeconómica. La dualidad es un tema complejo, digno de estudio, análisis y reflexión; no obstante, aquellos que ostentan el poder global y, por lo mismo, corrompen y manipulan gobiernos, medios de comunicación, economías y sistemas educativos y de salud, tienen el proyecto, como parte de un plan maestro y perverso, de desgarrar a los seres humanos, fraccionarlos, debilitarlos y enfrentarlos por sus diferencias, hasta romperlos y ejercer control absoluto sobre ellos y apoderarse de las riquezas del planeta. Una de sus estrategias, aplicadas gradualmente durante años, se basa, precisamente, en crear opuestos en las personas, de tal manera que, por sus diferencias, se consideren adversarios y se fracturen. Lo han conseguido. Hoy presenciamos el escenario terrible. Millones de personas, distraídas y enajenadas en asuntos baladíes, estulticia y superficialidades, consintieron irresponsablemente, desde hace décadas, que la televisión los suplantara en el hogar, en las escuelas y en todas partes, hasta convertirla en nodriza de incontables generaciones con sentimientos, conductas y pensamientos repetidos, incapaces de hacer algo grandioso, y no me refiero a las enormes e hirientes fortunas que acumulan personajes como gobernantes y políticos corruptos, sino a esos detalles que, acumulados, marcan la diferencia entre la esencia y la arcilla. La gente, sometida a las páginas cibernéticas y a las redes sociales mal utilizadas -desde luego, con cierta intencionalidad-, está vacía e incompleta, atorada en hilos que alguien maneja en el circo de marionetas, mientras otros, sus cómplices, alteran la temperatura con la idea tramposa de generar calor e incrementar el consumo de bebidas. Al mirar a nuestro alrededor, notamos con asombro y mortificación la discordia y el odio que cotidianamente se registran en hogares, escuelas, centros laborales y espacios públicos, donde rivalizan padres e hijos, maestros y alumnos, gobernantes y sociedad, patrones y empleados, jóvenes y viejos, pobres y ricos, académicos y analfabetos, élite y multitudes. Son enemigos entre sí. No están dispuestos a escuchar ni a tolerar. Unos y otros, por ser diferentes, se hieren y destrozan. Ignoran que las coincidencias fortalecen y las diferencias, en tanto, enriquecen a las personas cuando saben vivir en armonía, con paz y respeto. La sociedad ha permitido que otros, no más inteligentes, pero sí con mayor astucia y crueldad, la enfermen. Ahora, hombres y mujeres coexisten incómodos, totalmente vacíos, lastimados y, obviamente, atrapados en ideas estúpidas e insanas. Los rostros negativos de la humanidad -maldad, crimen, robo, violencia, odio, deshonestidad, violación, engaño, ambición desmedida, infidelidad- fueron normalizados paulatinamente por televisión, primero, y actualmente, a través de ciertas páginas y las redes sociales, mientras el semblante positivo, con sus valores y sentimientos, fue pisoteado, envejecido y ridiculizado, acción que ya registra consecuencias en la sociedad enferma, ignorante, primaria y mutilada que hoy vemos atrás, enfrente, a los lados, en todas partes. Nunca se ha sabido que la montaña, por rozar su cima con las nubes y mirar el paisaje desde la altura, aplaste a las flores, los ríos, los árboles y los seres que coexisten en hondonadas, barrancos y llanuras; tampoco existen noticias de que el día pelee con la noche ni que el minuto presente desee apropiarse del lapso que corresponde a su relevo, y menos que las gotas de agua, al llover, seleccionen a los seres que han de refrescar. Todo, en la naturaleza, tiene un orden y un sentido. El caos inicia cuando alguien rompe la armonía y el equilibrio. A la gente se le hace creer que la dualidad es el juego de los opuestos y que, en consecuencia, resulta perentorio enfrentarse entre sí, destruir los principios que la sostienen y atacarse, en el coliseo que replican en sus casas, escuelas, oficinas, talleres, empresas, centros laborales y espacios públicos. La dialéctica de los opuestos ha propiciado que millones de hombres y mujeres, en el planeta, sean los gladiadores de los anfiteatros contemporáneos, donde el ambiente pútrido enferma y mata.

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