Pobres mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No es que uno esté empeñado en menoscabar la figura presidencial a la mexicana, ni tampoco con interés en deteriorar la imagen de los funcionarios y políticos que se han apropiado del país y lo han saqueado, y menos responsabilizar a la sociedad en la elección de gobernantes corruptos. En todos defino rasgos de corresponsabilidad cuando miro al México desgarrado. Definitivamente, resultaría más agradable escribir sobre el amor, las flores, el mar, la felicidad y los viajes que armar palabras e ideas tendientes a criticar a los políticos y al pueblo.

Esta ocasión evitaré repetir los datos e información escandalosa que todos, en México, conocen sobre el mandatario nacional, sus colaboradores cercanos y demás funcionarios y políticos federales, estatales y municipales del país.

Hablaré de cierta actitud preocupante en el pueblo mexicano. Es inconcebible que la sociedad, tan inmersa en sus telenovelas y ahora en los “cambios” que anunció Emilio Azcárraga Jean en Televisa -curiosamente en forma de distractor y como si la televisora no fuera responsable, en gran parte, de la mediocridad de millones de personas que voluntariamente la han convertido en nodriza-, haya demostrado más morbosidad en esperar una noticia acerca de los antecedentes del otrora joven Enrique Peña Nieto, quien presuntamente plagió párrafos completos de diversos autores para plasmarlos en el 29 por ciento de su tesis profesional, que una reacción critica y madura sobre el hecho.

Indudablemente, en Canadá, Estados Unidos de Norteamérica y naciones desarrolladas de Europa, el incidente hubiera despertado malestar social, condena y enojo colectivo, y hasta presiones para retirarle al presidente la cédula profesional, el título de licenciado en Derecho, y, evidentemente, la investidura, porque alguien que conduce el destino de un país, debe conducirse con rectitud en todos los, o al menos, si en el pasado cometió un error, tener la valentía de hablar, aceptarlo y enmendar con acciones y resultados positivos.

No pocos mexicanos reaccionaron indiferentes a la noticia, declararon que se trata de un ataque sistemático por parte de una periodista o justificaron irresponsablemente la conducta del hoy mandatario nacional al argumentar que todos, alguna vez en sus vidas, han actuado de manera similar.

El asunto no es, quizá, si se enjuicia al mandatario nacional; el problema es que la sociedad mexicana ya demostró su capacidad para vivir en la corrupción, el fraude, la mentira y el crimen.

Insisto en que resulta preocupante que una sociedad, como la mexicana, reaccione con tanta indiferencia y justificación ante un hecho fraudulento y vergonzoso, pues denota que millones de personas están tan distraídas y acostumbradas a los actos de corrupción, que les parece natural que alguien proceda con deshonestidad.

Tanto conformismo y pasividad, reflejan síntomas patéticos, hablan de una sociedad enferma y denigrada en la que ni siquiera se inculcan valores en las familias. Huele a descomposición social. La gente está tan acostumbrada a los crímenes despiadados, a la represión, a las injusticias, a la corrupción e impunidad, al engaño, a los escándalos, a los depredadores de su país, que le parece natural que alguien robe la autoría intelectual de otros para hacerla pasar por suya y así conseguir su objetivo, es decir un título profesional.

Millones de personas se encuentran tan desequilibradas, que no les parece un acto de relevancia que hace un cuarto de siglo un muchacho, hoy presidente de México, haya incurrido en una burla, que su asesor de tesis justifique el acto con argumentos absurdos e infantiles, que los políticos evadan o minimicen la acción y que la institución universitaria se queje más por no tomarla en cuenta los periodistas que interesarse en asumir su responsabilidad y hablar de frente a la sociedad.

Es penoso que millones de mexicanos demuestren una estatura tan corta. Significa, entonces, que esa cantidad tan considerable de personas es capaz de actuar con deshonestidad con el pretexto de que todos, alguna vez, lo han hecho. Ahora entiendo los motivos por los que México se encuentra en el subsuelo, en el lodazal, a un paso de desbarrancarse.

Si así piensan, empiezo a comprender la razón por la que no pocos médicos, abogados, comerciantes, policías, constructores, maestros, funcionarios públicos, políticos, prestadores de servicios y burócratas, entre otros, actúan con voracidad, como si compitieran entre sí y tuvieran prisa en enriquecerse sin importar el dolor y los sacrificios de los demás.

A innunerables mexicanos les enardece e interesa más, parece, si a determinado futbolista el árbitro lo castigó injustificadamente, que los fraudes y mentiras de los políticos que están dañando al país. Aprendieron, como se los inculcaron su madrastra la televisión y su padrastro el internet, a “normalizar” las situaciones negativas, al grado de que no les inquietan los crímenes e injusticias, el robo a la nación, el desequilibrio ecológico, los rezagos en asuntos torales, las mentiras y la impunidad. Coexisten con ellos cada instante. Se acostumbraron al estiércol.

Cuando una sociedad se acostumbra a considerar normales las actitudes negativas, es peligroso porque significa que sus integrantes están contaminados, tan enfermos que son incapaces de distinguir entre la verdad y la mentira.

En fin, una noticia negativa de interés nacional, justificada y minimizada por amplios sectores de la sociedad, se transformó en radiografía para conocer a millones de mexicanos, capaces, sin duda, de recibir una patada, un robo, una humillación, y tener la desfachatez de aplaudirle a su verdugo. Pobre México.

 

El síndrome del espejo y el poder

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Están de moda. Son maniquíes a la mexicana, con sonrisas, peinados y copetes reforzados por el encanto del photoshop, las redes sociales, los anuncios espectaculares y la televisión, que conmueven a las multitudes para que les concedan el poder y la oportunidad “histórica” de saquear al país.

Las hormonas suplen a la razón y las boletas son depositadas en las urnas electorales a favor del político más guapo o de la candidata de mayor belleza, sin importar sus antecedentes ni que no pocas veces la apariencia física sea inversamente proporcional a la inteligencia y los valores.

Evidentemente, se trata de un concepto de belleza muy al estilo mexicano, al grado, incluso, de que parece que la gente se siente inferior ante cualquier aspirante político transformado en muñeco de aparador.

Hoy los miramos soberbios, rodeados de escoltas feroces, enriquecidos inexplicablemente e incapaces de atender y solucionar las demandas de millones de mexicanos que coexisten en un territorio nacional desgarrado por corrupción, impunidad, desempleo, ilegalidad, miseria, crisis económica, violencia, inseguridad, burocracia e injusticias.

El síndrome del espejo se apoderó de la nación con el consentimiento de docenas de millones de mexicanos que víctimas de amnesia histórica y social, ahora sufren las consecuencias de sus decisiones erróneas.

Si antaño, en la vigésima centuria, fueron los generales y posteriormente los licenciados quienes saquearon al país, ahora, en el siglo XXI, son los maestros y doctores en Economía y otras especialidades los que continúan empeñados en aferrarse al poder y adueñarse de toda la riqueza nacional, claro, con sus honrosas excepciones.

Parece surrealista que un candidato político con imagen de actor de cine y televisión, que relate chistes o baile y cante durante las concentraciones masivas, obtenga el triunfo en las urnas electorales. Queda claro que si la nación mexicana fuera desarrollada y conciente, esa clase de políticos se irían al carretón de la basura.

Evidentemente, gobernar un municipio, un estado o un país exige algo más que rostro de actor o bufón de anuncio comercial de cerveza o desodorantes. Se necesitan honestidad, inteligencia, sensibilidad, compromiso, entrega, integridad, valores, experiencia y responsabilidad.

Una cara bonita, de acuerdo con el concepto mexicano, no es suficiente para gobernar, y la sociedad ya lo está comprobando al enfrentar las consecuencias de administraciones públicas con políticas totalmente erráticas.

La situación de México es riesgosa y preocupante. Ahora tal vez hay rostros “lindos” y “simpáticos” en la política nacional, con personajes como de telenovela estúpida de Televisa o TV Azteca; pero el país se encuentra sumido en las más descaradas y perversas corrupción e impunidad, entre crisis económicas, violencia, inseguridad, rezago educativo, desempleo, burocracia, represión aplastante del poder, pobreza lacerante e injusticias, no con tanto parecido a los dramas de televisión, sino a la realidad.

Corrupción e impunidad en México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si alguien, desnudo, observa cada día, frente al espejo, el tumor que crece desmesuradamente en su pecho y en vez de acudir con el médico especialista aplica cremas y ungüentos para sofocar la intensidad de los dolores, innegablemente estará presenciando su agonía y su funeral. La mayoría de la gente pensaría que se trata de una persona ignorante y masoquista que elige el sufrimiento y la muerte, y no la oportunidad de atenderse y quizá curar su padecimiento. Todos estarían de acuerdo en el desequilibrio mental y emocional del paciente.

Paradójicamente, lo mismo ocurre con la nación mexicana que a diario, en casi todos los ámbitos, enfrenta el cáncer de la corrupción e impunidad, palpable en actos desde el burócrata y policía que insinúan una “mordida”, hasta los funcionarios públicos y políticos que adquieren mansiones tan costosas que superan sus ingresos. La sociedad percibe la enfermedad de aspecto incurable y lejos de actuar para combatirla, la acentúa con su complacencia, pasividad y simulación.

Cotidianamente, los medios de comunicación y las redes sociales reportan actos de corrupción que se registran en el territorio nacional; pero la sociedad parece tan acostumbrada al estiércol en que se encuentra hundida, que reacciona insensiblemente y en ocasiones hasta con risa, acaso porque sabe que se trata de una criatura con incontables rostros y tentáculos que es capaz de aniquilar a quien intente denunciarla, menguarla o destruirla.

Reglamentos, leyes y toda clase de mecanismos oficiales parecen estar elaborados para complicar las cosas y favorecer a la burocracia improductiva que sólo piensa en almorzar y en sus quincenas y días de descanso, a los policías regordetes o mal encarados que muchas ocasiones son más temidos que los delincuentes, a los funcionarios y políticos que se enriquecen ante la miseria de millones de familias, a los líderes farsantes y traidores que manipulan a la gente adocenada, a los profesores que exigen alcohol o complacencias sexuales para aprobar a sus alumnos, a los ministerios públicos y jueces capaces de perjudicar personas inocentes, a los médicos que aplican cirugías innecesarias o prolongan los tratamientos de las enfermedades, a los abogados que defienden delincuentes e infractores o engañan a sus clientes, a los inspectores que se dedican a robar, al mesero que escupe la comida de su patrón y adultera las bebidas de los clientes, a las autoridades que aprueban licitaciones públicas a amigos que posteriormente les agradecen con regalos costosos como automóviles, joyas y residencias, a los periodistas que distorsionan la verdad a cambio de dádivas, al agente aduanal que permite el paso de armas y objetos prohibidos al país, al constructor que roba al ejidatario con el objetivo de pagarle migajas por los terrenos en los que construirá casas que lo harán millonario, al comerciante que pesa cantidades menores, al gasolinero que suministra litros falsos, a los empresarios que evaden impuestos, a las compañías telefónicas que abusan de los usuarios.

En el país son tan inconmensurables la corrupción e impunidad, acaso porque se practica desde el empleado más modesto hasta el político con mayor poder, que de acuerdo con el documento “¿Cómo vamos?”, elaborado y presentado por Observatorio Económico México durante el primer bimestre de 2015, representaron en 2014 el retroceso del valor del Producto Interno Bruto nacional equivalente a 22 mil millones de dólares.

Tal cantidad se habría incorporado a la economía mexicana si se hubiera reducido la percepción de la corrupción e impunidad; además, según el documento citado, ese renglón tan negativo representó 15 por ciento de la inversión pública correspondiente a 2014.

Adicionalmente, Observatorio Económico México indicó, en su momento, que un incremento de 10 por ciento en la percepción de corrupción en la República Mexicana, genera pérdidas de valor en pesos del Producto Interno Bruto nacional de dos por ciento, lo cual es preocupante.

Como bien sabe el lector, es imposible calcular en términos reales las cantidades millonarias que anualmente pagan los mexicanos por concepto de corrupción; pero la prueba la enfrenta cualquiera al transitar por una calle o avenida y toparse con un policía o en carretera con un patrullero, quienes buscarán en la tarjeta de circulación y en los documentos y registros vehiculares hasta las peccatas minutas para tratarlo como delincuente y extorsionarlo. Así, la corrupción se extiende como una serpiente de incontables cabezas hasta los más altos niveles de poder.

Es terrible imaginar los grados de corrupción que se presentan en los niveles de diputados y senadores, funcionarios públicos, alcaldes, gobernadores, secretarios y toda clase de políticos. En esta época, hasta la familia presidencial ha resultado envuelta en escándalos de esa naturaleza. Evidentemente, no es desconocido que la clase gobernante se ha dedicado a saquear al país desde hace décadas.

Tampoco es secreto que la corrupción inicia en los hogares, en las familias, cuando unos a otros se mienten, en el momento en que llega el cobrador y los padres piden al hijo que los niegue, al no devolver la cartera con identificación, al exigir a la profesora que apruebe al niño que no estudió para el examen, al regatearle al artesano o campesino empobrecido, al jugar con el tiempo de los demás.

La corrupción e impunidad siempre se han practicado en México, sólo que en la hora contemporánea el enfermo aparece ante el espejo totalmente deforme e irreconocible, con tumores, llagas y derrames putrefactos que nadie se atreve a curar. Todos observan al moribundo, pero la mayoría prefiere simular que no lo conoce, a pesar de que los riesgos de contagio sean reales y amenacen con transformarse en pandemia.

Barco al garete

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando uno planea y organiza un viaje prolongado en autobús, avión o barco, investiga, analiza y decide aspectos relevantes como atención, costo, garantías, itinerario, servicio y trayectoria de la línea transportadora.
Nadie con capacidad de elección contrata una empresa desprestigiada ni carente de estrategia y rumbo, y menos cuando existe el antecedente de que el camino es escabroso y habrá riesgos y tormentas.
Si el operador o capitán y su equipo son éticos, profesionales y experimentados y los pasajeros, en tanto, colaboran en el proyecto común, indudablemente sortearán los peligros y llegarán fortalecidos al destino trazado. Si alguna de las partes no colabora ni participa, seguramente habrá abusos, confrontaciones, deslealtad, engaños y traiciones, hasta atrasarse, sufrir percances o perecer en un accidente terrible.
Quizá la analogía resulta de pésimo gusto y hasta burda; sin embargo, los mexicanos se convirtieron en los pasajeros de un camión de maquinaria desfasada y costosa, y por añadidura carrocería de engañoso atractivo, con rumbo caprichoso, tambaleante y opuesto al de la mayoría de la gente que viaja sentada y parada. Es el mismo vehículo de antaño, pero con nueva presentación y la ambición de apoderarse del camino, el destino y las personas.
Hoy, a pesar de lo que argumenten los defensores de las autollamadas reformas estructurales del presidente Enrique Peña Nieto, México carece de rumbo y padece acentuados y preocupantes problemas financieros, sociales, educativos, de seguridad y todo tipo porque amplio porcentaje de quienes componen la élite política, se han dedicado a actuar con deshonestidad e impunidad, menos a gobernar para las mayorías que cada día enfrentan desempleo, falta de oportunidades, burocracia, miseria, enfermedades, inflación, quiebra de empresas, violaciones a los derechos humanos, represión, mentiras, saqueos, impuestos y medidas fiscales exageradas y complejas, asesinatos, cinismo oficial, nepotismo, corrupción y peligro.
El escenario nacional es de descomposición total. Si uno voltea al ámbito federal, el panorama es aterrador: corrupción, incapacidad para gobernar, empecinamiento en seguir políticas nefastas que solamente benefician a determinados grupos, deshonestidad en el manejo de los recursos públicos, licitaciones que favorecen y enriquecen a ciertos personajes cuyas acciones y transacciones despiertan sospechas, funcionarios y políticos acaudalados, fraudes, ausencia de respuesta a los planteamientos de la hora contemporánea y a las demandas sociales, autoritarismo y una serie de prácticas que cada día desmoronan al país.
Si uno fragmenta el mapa de la República Mexicana y contempla estados como el de Michoacán, verbigracia, recogerá pedazos cubiertos de sangre y con destino incierto. En la última administración estatal que concluirá este año, seguida de otras igual de mediocres y nefastas, los michoacanos han tenido tres gobernadores y gran cantidad de funcionarios de primer nivel en áreas de justicia, finanzas, promoción económica, política social y otros rubros de importancia. No hay rumbo. La deuda financiera es multimillonaria, determinado número de obras requirieron gran cantidad de recursos y son inexistentes, no hay dinero para pagar a proveedores, las dependencias estatales se encuentran saturadas de recomendados con puestos de asesores y secretarios técnicos que no sirven para nada que no sea percibir sueldos exagerados, los anuncios extraordinarios sólo han quedado en los discursos, falta estrategia en todo, la legislación es mediocre, prevalece la inseguridad en las calles, se pisotean los derechos humanos y todos miran el desmoronamiento de una de las entidades mexicanas más ricas del país en recursos naturales y minerales y acervo cultural e histórico.
En esa entidad, la de Michoacán, este año se desarrollarán campañas y elecciones para renovar alcaldías, diputaciones y gubernatura. Habrá que permanecer atentos para corroborar si ellos, los michoacanos, aprendieron la lección y eligen un autobús, avión o barco con rumbo y equipo ético y profesional, o si optan por continuar en los camiones destartalados cuyos choferes secuestran a sus pasajeros y los conducen a destinos inciertos e indeseados, mientras los payasos y merolicos distraen para finalmente obtener dinero.
A nivel federal, también es fundamental elegir, en su momento, a quienes operarán el barco, sí, al capitán y a sus colaboradores, porque no es posible convertir un crucero en lanchón al garete en canales de aguas pútridas. Los mexicanos deben probar sus niveles de evolución y darse la oportunidad de elegir el rumbo y la clase de compañía transportadora que desean porque no es posible seguir contratando camiones de segunda categoría con choferes deshonestos y cínicos.