El Movimiento Continuo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era soñador e idealista. Le atraían y cautivaban el arte y la ciencia. Sabía que los seres humanos no vienen al mundo con la encomienda de actuar como parásitos, porque cada persona, hombre o mujer, tiene la misión de evolucionar, crecer, medirse y aportar lo mejor de sí para bien suyo y de los demás. Así lo entendió desde niño, y lo hizo lo mejor que pudo cada día de su vida. Y si probó, a su corta edad, la experiencia de montar un elefante y pasear por las calles, y muchos años después volar un avión de dos alas y, también, en otro tiempo, participar en el desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, es innegable que en alguna de las aulas de la escuela primaria “Los Pinitos”, aprendió y jugó, soñó y vivió, con la idea fija de que la humanidad necesitaba una fórmula que evitara contaminación y explotación irracional de recursos. Artista y pensador, también era, a los 10 años de edad, inventor. Si nació en 1920, significa que en 1930 ya vislumbraba la catástrofe futura del planeta, motivo por el que decidió consagrar parte de su existencia a descubrir la fórmula científica del Movimiento Continuo, reto descomunal si se considera la dificultad de que un sistema genere energía por sí mismo; sin embargo, se prometió, a pesar de los desafíos, las mofas y los obstáculos, dar algo a la gente, sin importar creencias, niveles educativos, capacidad económica y razas. Si lograba descubrir el Movimiento Continuo, lo patentaría y el mismo día lo regalaría al mundo. Sabía que en el camino de sus investigaciones, toparía con intereses brutales y despiadados, como no desconocía, igualmente, que la mayoría de las personas no lo entenderían en esa etapa de la historia. Y así dedicó muchos años a trabajar, en la desolación y el silencio de su buhardilla, pasión que mezcló, en diferentes etapas de su existencia, con el estudio, la arqueología, la enseñanza en una escuela, el aislamiento en una celda monástica de los franciscanos, la incursión juvenil en la industria del zapato, sus posteriores empleos y la convivencia familiar Contrajo matrimonio cuando estaba próximo a cumplir 40 años de edad. Escribía, dibujaba, esculpía, pintaba y sabía tocar el violín; pero siempre estaba atento a su familia, a sus responsabilidades profesionales y laborales y a sus inventos. La gente, cuando escuchaba su intención de crear el Movimiento Continuo, no entendía el significado que tendría para el mundo evitar el abuso en el consumo de hidrocarburos. Resultaba muy temprano para que la mayoría comprendiera la crisis que ensombrecería al planeta. Otros lo calificaban de soñador. Él siguió. Hacía sus apuntes y sus experimentos, unas veces con la emoción de sentirse próximo a la culminación de su invento, y otras ocasiones, en cambio, decaído y triste por las pruebas fallidas; sin embargo, jamás renunció a su proyecto ni lo rindieron las adversidades. Una madrugada, al dormir, sufrió un infarto que lo hizo pasar por la transición, y su proyecto de inventar algo extraordinario y de beneficio mundial, perdió a su impulsor. Ya se había despedido de su familia con anticipación. Le dolía que su trabajo científico e invento, quedaran inconclusos. Lamentablemente, en aquellos días, los de la década de los 80, en el siglo XX, se extraviaron sus apuntes y ahora, en 2021, cuando la humanidad requiere con urgencia transitar a fuentes de energía superiores, a pesar de los intereses mezquinos y egoístas de ciertos grupúsculos que controlan al mundo y, a la vez, pregonan que resulta perentorio emprender acciones para evitar que los trastornos climáticos dañen más al planeta, es imposible rescatar sus libretas. No ignoraba que en otros laboratorios, establecidos en distintas regiones del planeta, existían fórmulas y descubrimientos sobre el mismo tema, quizá hasta más avanzados, recluidos en archivos empolvados y resguardados por una élite ambiciosa y con exceso de poder. Él, mi padre, soñaba regalar a las naciones un beneficio, la generación de energía limpia, el Movimiento Continuo. Si hubiera vivido mayor cantidad de años, seguramente habría inventado o, al menos, aportado a la ciencia; no obstante, me pregunto si los intereses de la élite que controla a la humanidad, aprobarían alguna invención que atentara contra sus intereses. Creo que no. Hubieran aplastado a mi padre y sus aportaciones, como lo hizo, en su momento, el titular de un noticiero de televisión, entre postrimerías de la década de los 60 e inicio de la de los 70, en el siglo XX, quien, majadero y soberbio, se mofó de él y le aconsejó que mejor se dedicara a otra clase de actividades y no a rasguñar al poder. Hoy rindo homenaje a mi padre, con el amor, la gratitud, el respeto y la admiración que me inspira su figura. Fue un honor ser su hijo, y lo es, no lo niego, desde el plano donde se encuentra,

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Si acaso existe el tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te amo en pretérito, desde el ayer, porque recuerdo -y las remembranzas son colecciones del pasado, si acaso existe el tiempo- que, en un paraíso, tú y yo jugábamos al amor y a la vida, entre flores, helechos y tréboles. al lado de la corriente etérea que retrataba nuestra alegría. Te amo en presente, a pesar de que los instantes se pulvericen y las horas se desmoronen, porque significa, entonces, que puedo demostrarte mi delirio, la locura y las ocurrencias de un amor que me inspiras en cada letra y palabra que sustraigo del abecedario y escribo en mi buhardilla de artista. Te amo en futuro -mañana y siempre- porque creo que tenemos porvenir. Te amo en pasado, presente y futuro -si acaso existe el tiempo-, quizá por tratarse, en parte, de la fórmula de la inmortalidad. Te amo sin edades ni fechas, convencido de que, en esencia, soy yo, eres tú, somos ambos, aunque el tiempo -si acaso existe y es el autor, y no la vida, de los rasguños que dejan signos de su paso en la piel, en la arcilla- se empeñe en marcarnos. Te amo en el ayer, en la infancia perdida, desde que éramos ángeles y polvo de estrellas; en el ahora, como tu escritor y mi musa; en el mañana, cuando volvamos a ser gotas de agua dentro de la inmensidad del océano, esencia, eternidad. Te amo desde el ayer hasta el mañana, en la aurora y en el ocaso, en cada estación donde la vida se detiene por ratos para hacernos tan felices y recordar que el tiempo no es barrera ni enemigo, sino eso, simplemente, pedazos de vida.

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El otro riesgo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde hace varios años, amplio porcentaje de seres humanos han perdido, gradualmente y con cierta intencionalidad, el derecho y la capacidad de asombro, al grado de que casi ningún acontecimiento les sorprende. La mayoría de la gente, envuelta en bolsas artificiales de desecho, casi sin letras y de preferencia con dibujos y signos, se ha acostumbrado tanto a los sucesos, a la violencia, a las invenciones científicas y tecnológicas, al consumismo y a la dinámica revuelta de la hora contemporánea, que parece nada le conmueve ni maravilla. La capacidad de asombro y el respeto fueron sepultados, hace años, en una cripta gélida y ausente de nombre y epitafio, quizá con la intención de que nadie los recuerde. Alguien los arrojó a la fosa común. Ahora, millones de seres humanos, en todo el mundo, enfrentan otro peligro: la costumbre a la muerte de los seres queridos, el fallecimiento cotidiano de los miembros de una familia, una escuela, un centro laboral, un grupo de amigos, un sector de la población. La muerte es un proceso natural en todo ser vivo, nadie lo duda; no obstante, la repetición de un hecho, por doloroso que resulte, tiende a ser costumbre, y el riesgo es ya no poseer sentimientos. Quienes mayor peligro corren ante la insensibilidad de la muerte de los seres queridos y la gente que les rodea, son los niños, los adolescentes y los jóvenes. Probablemente, dentro de algunos años, acostumbrados al fallecimiento sorpresivo e inesperado de parientes, amigos, colegas, vecinos y compañeros, la niñez, la adolescencia y la juventud de hoy, reaccionarán con frialdad e indiferencia. De ser así, sus hijos, los de la siguiente generación, serán personas carentes de sentimientos, incapaces de asombrarse, programadas en serie e imposibilitadas para expresar amor y rasgos nobles. Nos estamos acostumbrando a la muerte inesperada, a la violencia, a la carencia de sentimientos. Y eso, hay que admitirlo, es habituarse a estar muertos.

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Nosotros, los de aquellos días

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Apenas fue ayer. Nosotros, los de aquellos días, reíamos sanamente, encontrábamos diversión hasta en lo de apariencia más insignificante. Éramos felices sin tantos programas burdos y enajenantes de televisión, y los locutores, en las estaciones radiofónicas, no faltaban al respeto ni hablaban estupideces. Los bufones y los majaderos eran para las carpas y los burdeles. No pensábamos tanto en beber líquidos alterados ni en comer alimentos procesados, envasados en capacidades para glotones y personas sin dominio de sí, totalmente consumistas y dedicadas a saciar apetitos primarios, quizá porque en nuestras mesas todo era nutritivo y preparado en casa con amor, dedicación e higiene. Nosotros, los de aquellos tiempos, escribíamos cartas y esperábamos las respuestas con esperanza e ilusión, y cuánta alegría sentíamos al escuchar el silbato del cartero, recibir los sobres y abrirlos, algunas veces con fragancias distantes que acercaban a las almas. Nosotros, los de entonces, reíamos y llorábamos de verdad, y nuestros sueños e ilusiones pudieron ser inocentes, fantasiosos e ingenuos, pero jamás mal intencionados. Probamos la dulzura y el rigor de nuestros padres y de los maestros, a quienes siempre agradecimos la educación que nos dieron. Un castigo ejemplar y merecido no era motivo para escandalizar ni demandar. Apenas fue ayer. No ha transcurrido demasiado tiempo. Hay algunas generaciones, antes que las nuestras, todos ellos de ancianos respetables y entristecidos, que están partiendo, en tantos casos con el doloroso recuerdo del desprecio y abandono de la gente que siempre consideraron una bendición y un tesoro, y por la que dieron lo mejor de sí cuando tuvieron energía y vitalidad. En cuanto se marchen, seguiremos nosotros, los de la estación veraniega, los cercanos al otoño, en una fila inmensa que enseña el sentido de la vida y el significado de la muerte. Nosotros, los que inventábamos nuestros juegos sin recurrir a pantallas que idiotizan y roban la salud, la imaginación, los sentimientos, la inteligencia, los sueños, la creatividad, las ilusiones y la vida, éramos demasiado felices con lo que teníamos, y eso no significaba que fuéramos conformistas o mediocres. No renunciábamos a lo más hermoso de la vida a cambio de algo superficial que podría encadenarnos. Agradecíamos, al despertar, el amanecer que asomaba por nuestras ventanas y pintaba los jardines de matices paradisíacos, y no olvidábamos dar gracias, en la noche, por todo lo bueno y maravilloso del día que se consumía. Respetábamos a la gente mayor. Nosotros, los del otro día, crecimos y maduramos sin causar daño, simplemente con la idea de amar a nuestras familias, disfrutar los momentos existenciales y protagonizar una historia bonita e inolvidable. Tuvimos la dicha de que ellos, nuestros padres y madres, nos escucharan con atención e interés, sin la distracción de un aparato dedicado a enviar y recibir mensajes, incontables ocasiones carentes de sentido. Usábamos el lenguaje correctamente y solo los majaderos lo empleaban para lastimar a la gente. Nosotros, los de apenas ayer, conocimos a las damas y a los caballeros y los conceptos de Dios, familia, bien, verdad, amor, hogar, alma y valores. Nosotros, a los que algunos, por su edad o sus intereses, les estorbamos y pretenden, por lo mismo, exterminarnos como lo han hecho con los ancianos, pertenecemos a la última generación que conoció la belleza y dulzura de un hogar y una familia, la magia de dar lo mejor de sí a los demás, la bendición de derramar el bien desde la profundidad y el silencio de nuestras almas. No apaguen las flamas de nuestras antorchas. No somos jóvenes ni viejos. Nosotros, los de un antaño tan cercano, podemos relatarles historias, compartirles lecciones, transmitirles experiencia, regalarles parte del tiempo que escapa. Nosotros, los de apenas ayer, poseemos mucho para contribuir a la reconstrucción humana y del mundo. Nosotros, los de aquellos días.

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El encanto de la noche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay una hora, entre la agonía de la tarde y la aparición de las sombras nocturnas, que me causó asombro y congoja desde que era niño, como si algo, en mí, muriera. Siempre lo sentí. Era, simplemente, que al extinguirse los minutos y las horas del día, notaba que mi cuaderno existencial tenía menos hojas en blanco, con la sospecha de que tras dormir profundamente o permanecer atrapado entre los pantanos del insomnio y retornar de los sueños y despertar al amanecer, el número de páginas habría reducido. La noche tiene su lenguaje, habla un idioma diferente que es preciso descifrar. No es necesario temerle. Es la otra parte del día. Entre sus sigilos y murmullos, la percibo alrededor de mí, me envuelve y cobija, con su aliento de luceros. De pronto, como en las narraciones épicas, surge el hálito de la noche nebulosa y fría, hasta que el viento y los truenos irrumpen la tranquilidad y el silencio del ambiente y las gotas de lluvia empapan el paisaje, la campiña, los bosques y el caserío. Los relámpagos incendian el cielo ennegrecido, apagado por completo y ausente de estrellas, hasta rasgarlo y proyectar las sombras y los perfiles de los árboles y las cosas que permanecen en la intemperie. Otras noches, en cambio, la nieve borra los colores y maquilla el escenario con sus matices blancos. Y existen otras noches en las que la luna con sonrisa de columpio, las estrellas y algunos mundos distantes asoman desde las ventanas del universo y resaltan la belleza y majestuosidad de la pinacoteca celeste. He dejado en los nudos de la amnesia, en los agujeros de la desmemoria, los abismos, las fronteras, los barrotes y los fantasmas que la gente suele colocar y cree sentir en su interior y afuera, consigo, durante las noches desoladas y calladas, porque entiendo que si existen las sombras que aterran, son las que cada hombre y mujer fabrican para sí y no las de la noche que es el manto que Dios tejió para cobijarnos y arrullarnos mientras somos personajes de nuestros sueños. Y en cuanto a las estampas de mi vida, comprendo que cada instante son menos y, por lo mismo, debo ilustrarlas con lo mejor de mí. También he aprendido que lo que no haga durante el día, me será imposible realizarlo en las horas nocturnas porque se trata del lapso en que Dios columpia a quienes cierran los ojos y se sumergen en sus profundidades con la dicha de sentirse en paz a la hora en que los colores del mundo no existen porque aparecen los del cielo y los del encanto y la magia de los sueños.

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Columpios vacíos y pantallas repletas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas de lluvia, envueltas en neblina, suelen abrir las páginas de mi historia y mostrarme mi infancia azul y dorada, cuando era tan feliz al lado de mi padre, mi madre y mis hermanos. Insisten estos minutos veraniegos en horadar mi biografía, cavar túneles a otras épocas, descubrir y explorar capítulos que a veces parecen recluidos en la desmemoria, o sueltos en el naufragio, y aparecen, en consecuencia, aquellos parques infantiles a los que íbamos con tanta emoción, alegría e ilusión. Hoy, asomo por el ventanal cubierto de gotas que deslizan suavemente, una y otra vez, incansables como la lluvia, y descubro enfrente, en el parque, los columpios ausentes de niños, las “resbaladillas”, los “volantines” y los “sube y baja” desolados, con el eco de otros días, horas que apenas ayer eran presente y se maquillaban de felicidad con la presencia y diversión de los pequeños, miniaturas de hombres y mujeres que jugaban a la infancia y ensayaban la comedia humana, al lado de sus padres que los cuidaban y se interesaban más en su educación y felicidad que en maquillarse de apariencias. Miro, también, garabatos y palabras obscenas en la barda, en el suelo y en las gradas del parque, y con tristeza me pregunto, entonces, dónde quedó la inocencia. ¿En qué momento, sin darnos cuenta, perdimos el encanto de la vida, la dulzura de una sonrisa, la inocencia e ingenuidad de la niñez? Todo estaba preparado y casi nadie lo notó. Fue un proceso de gradualidad, aplicado desde hace varias décadas, con cierta intencionalidad, y ahora topamos con generaciones frías e indiferentes, cada vez más distantes de los sueños, las fantasías, los juegos, las ilusiones y la alegría de vivir. Estos días tan inciertos, se siente que definitivamente sobran los espacios, como en el caso de los columpios, ante la falta de quienes pintaban de colores y sabores el ambiente. En un hogar y en otro, en cada familia, entró la televisión sin anunciarse a la puerta, y se apoderó de todos, hasta intoxicarlos, suplantar a los padres y a las madres, a los abuelos, a los profesores, a los consejeros, y transformarse en la madrastra perversa que enseñó los colmillos al normalizar el mal y mofarse del bien, y lo mismo desde películas, disfrazadas para niños, que transmiten mensajes ocultos, hasta anuncios comerciales, telenovelas, noticieros y series. Rompió la comunicación e hizo ajenos, indiferentes y opuestos a los integrantes de las familias, hasta que consiguió dividirlos y enfrentarlos. Y luego, el padrastro despiadado se presentó disfrazado de maravilla científica y tecnológica, y envolvió a todos, menores y adultos, hombres y mujeres, hasta envenenar sus sentimientos e ideas, y así, un medio ambivalente -positivo y negativo- se convirtió en una amenaza. De esta manera, observamos gente de toda clase -pobres y acaudalados, sin estudios y académicos, empleados y empresarios, ciudadanos y políticos-, reclusos de las redes sociales que en algún instante de sus existencias embargaron sus sentimientos, ataron sus pensamientos y modificaron su lenguaje y sus conductas. ¿Y los niños? Ellos se llevan la peor parte al volverse, con adolescentes y jóvenes, en la generación perdida. Miramos a incontables niños inmersos en las redes sociales, en destinos cibernéticos que ni sus padres se interesan en conocer porque también están entretenidos en el espectáculo cibernético que reciben, y todos cambian el perfume de las flores y de la tierra mojada, la sensación de disfrutar las gotas de lluvia deslizar sobre uno, la experiencia de abrazar un árbol y sentir el palpitar de la creación, el placer de ayudar a los más débiles y el encanto de una palabra amable y una sonrisa linda, por superficialidades, basura y estupideces. Los niños, sin notarlo, quedan desprotegidos y expuestos a gente perversa, y son víctimas de golpes, maltratos, obscenidades, secuestros y violaciones. ¿A qué hora, la humanidad permitió que derrumbaran los muros que protegían a sus familias y, principalmente, a los niños? ¿Qué estábamos haciendo? ¿Estábamos distraídos en el espectáculo futbolero, en la locura de las telenovelas y los bufones de la televisión, en las mentiras de tantos noticieros mercenarios, en el box, en los baros, en las posadas de unas horas, en los abusos de poder y en la corrupción que la misma sociedad ha tolerado a sus gobernantes y políticos? ¿Dónde estábamos? A quienes pretenden adueñarse del mundo y de las voluntades humanas, les está resultando favorable su juego perverso, y ahora, la gente, atemorizada por un virus deformado en varios laboratorios por científicos mercenarios y cultivados estratégicamente a nivel mundial para su propagación inmediata, desde luego con la complicidad de gobiernos serviles y medios de comunicación totalmente vendidos, y así provocar miedo, recluir a millones de personas y acostumbradas a los grilletes, a la pasividad, a lo que se ordene por bien de la colectividad, está condenada a mantenerse pasiva y en espera de una vacuna que forzosamente la élite pretende justificar, paralelamente a la aplicación de medidas indignas, totalitarias e injustas. Contemplo los columpios ausentes de niños, silenciosos, desolados, ya sin vendedores de globos, helados, juguetes y golosinas, condenados a desaparecer o a convertirse en piezas de museo, en evocaciones, en trozos de una sociedad rota. Se acabó la inocencia. Se extrañan las risas infantiles que un día serán, si no actuamos de inmediato, ecos, pedazos, ayer roto, recuerdo y olvido. Veo con preocupación y tristeza los columpios abandonados, sinónimo de una infancia perdida. Volteen a su alrededor. Observen a sus hijos, a los vecinos, a otros niños, muchos de ellos rebeldes, aburridos e insensibles, como ausentes de sí, frente a los televisores, las pantallas de las computadoras y los equipos móviles. ¿Qué miran durante horas? ¿Con quiénes entablan comunicación? ¿Qué aprenden? Los columpios, los juegos infantiles, las canchas deportivas y los espacios públicos están vacíos, ausentes de pequeños; las pantallas de computadoras y equipos móviles, en cambio, se encuentran saturadas, con exceso de público infantil y adulto. Junto con alguien muy poderoso, la gente está arrebatando vida, alegría, juegos y oportunidades de realización a los niños. Los días de la existencia apenas alcanzan para dejar huellas y ser felices o pasar entre sombras y dolor porque el aliento escapa entre un suspiro y otro. ¿Deseamos columpios o monitores repletos de niños?

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Y un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día, sin darme cuenta, volví a mi infancia. Abrí la puerta de la casa solariega y entré. Reconocí mis juguetes, la ropa que usaba, las corbatas de moño que mi madre me ponía y hasta el peine que utilizaba para recorrer mi cabello castaño con limón o jitomate, los libros y la colección de timbres que solía comprar mi padre cuando me consentía; aunque también descubrí, en una habitación y en otras más, las cosas, el calzado y la ropa de mis hermanos. Caminé en total silencio, reflexivo, emocionado por la oportunidad de retornar a mi niñez azul y dorada, y triste por los rostros, las historias y los años irrepetibles que se agotaron y escaparon inesperadamente, cuando más felices parecíamos. Un día, a cierta hora, regresé a casa, al hogar, a mi familia, y sin que ellos lo notaran, miré a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a otro niño, yo, que me sumergía en las profundidades de mi ser e imaginaba capítulos e historias. Me reuní conmigo, sí, me palpé y me vi, me acompañé, musité a mis oídos, y conviví con mi familia en completo sigilo. Nací, inesperadamente, en mi casa, con mi familia, con la gente que siempre ha permanecido vinculada a mi alma. Volví como lo hace la gota de agua que se sumerge en la tierra y brota al lado de otras en el manantial. Me observé en la mesa del comedor, quizá en el desayuno o tal vez en la comida, y presencié mis juegos y momentos de soledad. Atestigüé mi sufrimiento a la hora de ir al colegio y mi alegría al asistir con mis padres y mis hermanos al parque y a los paseos que organizábamos los fines de semana. En aquella casa amurallada y enorme de mi niñez, coincidí conmigo a una hora y a otra, e identifiqué a mi padre bondadoso e inteligente, con sus relatos inagotables y sus inventos, y a mi madre amorosa, con sus platillos, sus plantas y su amabilidad, y a mis hermanos -hombres y mujeres-, a mi lado, jugando a la vida. Escuché los rumores y silencios de aquella casona con sus jardines y rincones insospechados, o acaso los murmullos de la gente que tanto he amado, o probablemente el lenguaje del tiempo, o quizá la tempestad y el viento que balanceaban el follaje y las ramas de los árboles corpulentos, o tal vez los susurros de Dios que siempre estuvo presente. Regresé, igual que el hijo que un día se marcha con la promesa de volver, feliz y profundamente emocionado y sorprendido; pero ellos y yo no me miraron, y yo sí, y de esa manera los seguí y participé calladamente en sus reuniones familiares, en sus paseos, en sus instantes de trabajo, en sus horas de alegría y melancolía, con el sí y el no de la vida. Cada noche desperté y visité las habitaciones, la sala, el comedor, la cocina, la biblioteca y todos los espacios, e intenté dialogar con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, conmigo, y no sentimos mi presencia intangible. Una noche, mientras cenábamos, sentí que una fuerza superior e indescriptible me jalaba hacia un remolino y la escena familiar empequeñeció inevitablemente hasta desvanecer. Comprendí que ya no pertenecía al pasado y que el ayer me identificaba infinitamente con otras almas. Caí en un estado de somnolencia. Al despertar, asomé al espejo y descubrí mi figura retratada, actual. Sonreí con la convicción de que mi familia y yo fuimos intensamente dichosos en mi época infantil y no dudé que otro día, a cierta hora, tendré oportunidad de encontrarme conmigo adolescente o joven, y con la gente que tanto he amado durante mi jornada terrena y antes porque el ser es insustancial y no conoce ropaje ni limitaciones temporales. Entendí que la vida, en este mundo, es momentánea y se fuga entre un suspiro y otro. Ahora sé que la estancia en el plano material es simplemente un paseo breve que uno disfruta plenamente o desperdicia en crueldades, mediocridad, barreras y temores. Si un día, como lo hice con mi infancia, tengo oportunidad de retornar a casa y mirarme en la etapa presente de mi existencia, deseo sonreír al saberme feliz y pleno con quienes tanto amo.

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Esta noche, mientras llueve…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si caminamos por la playa para que las olas lleven nuestras huellas a rumbos lejanos y cada aurora y atardecer, al besarse el océano y el cielo, admiremos los crepúsculos y sintamos el palpitar de la vida en nosotros? ¿Y si soñamos y vivimos nuestra historia? ¿Y si simplemente te digo que te amo?

 

¿Y si esta noche, mientras llueve, volamos muy alto, hasta la morada de las estrellas, para fundirnos en un lucero que alumbre el firmamento? ¿Y si tomo tus manos para transformarnos en gotas de lluvia que deslicen por las hojas de los árboles, los pétalos de las rosas y los ventanales, hasta formar charcos que reflejen nuestra sonrisa y la profundidad del cielo? ¿Y si corremos, al amanecer, por la playa, y hundimos los pies en la arena para que las olas entreguen nuestras fragancias al océano y lleven tus huellas y las mías a rumbos lejanos? ¿Y si retornamos, juntos, a la infancia, a los años dorados, para volver a soñar, reír y jugar? ¿Y si vamos a la adolescencia para enviarnos un beso o un guiño a hurtadillas? ¿Y si viajamos a los años juveniles, a la primavera de nuestras existencias, para escalar cimas, desafiar tormentas y sentir el aire de la libertad y la plenitud? ¿Y si permanecemos en el verano y visitamos el otoño de nuestras existencias? ¿Y si abordamos un buque o un furgón para trasladarnos hasta las horas postreras de la ancianidad y enternecernos ante un amor que no muere? ¿Y si entendemos, finalmente, que el cielo y la eternidad comienzan en uno cuando el amor promete el encanto y la magia de la alegría? ¿Y si vamos a la cumbre con la intención de sentir las caricias del viento y convertir nuestros sueños e ilusiones en realidades, en tu historia y la mía? ¿Y si simplemente te abrazo y confieso, tras darte un beso, que te amo?

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Niñez, adolescencia y juventud, ¿parámetros de la sociedad mexicana?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sucedió en Laderas de San Guillermo, en el estado mexicano y norteño de Chihuahua. La noticia resultó escalofriante y conmovió a los lectores mexicanos y extranjeros: media decena de adolescentes -tres hombres y dos mujeres- jugaron a secuestrar al menor Christopher Raymundo, de seis años de edad, a quien asesinaron sádicamente.

Con engaños, lo invitaron a recoger leña; pero finalmente lo amarraron y una de las adolescentes, apenas de 13 años de edad, lo apuñaló por la espalda para asegurarse de que no los delatara. Cubrieron la improvisada sepultura con hierbas y un animal muerto que disimularía la hediondez despedida por el cadáver infantil.

Uno de los muchachos experimentó remordimientos y confesó a su madre el crimen. La mujer denunció el acto brutal a las autoridades, quienes localizaron el cadáver del pequeño Christopher. Los cinco adolescentes, con edades de 12 a 15 años, se encuentran bajo tutela pública; además, de acuerdo con los resultados periciales, el niño murió como consecuencia de heridas de arma blanca, golpes de piedras en el rostro y sofocamiento.

Si la noticia es alarmante y dolorosa, no deja de ser, al mismo tiempo, preocupante, ya que refleja el nivel evolutivo en que se encuentra la sociedad mexicana. Algunos argumentarán que la declaración es exagerada y que se trata de casos aislados o situaciones que se registran en niveles de miseria y ausencia de educación; sin embargo, las infracciones cometidas por menores de edad se presentan en todas las clases sociales, incluidas las más altas que aprovechan la corrupción de las autoridades para esconder sus crímenes.

Por algo, el año pasado la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos informó en un documento que México ocupa primer lugar mundial en casos de bullyng registrados en niveles de educación básica, situación que perjudica a cerca de 18.8 millones de estudiantes de primaria y secundaria, lo mismo en planteles públicos que privados.

Adicionalmente, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe señaló, también el año pasado, que el 11 por ciento de los alumnos mexicanos de nivel primaria han robado e incluso amenazado a sus compañeros, hecho que resulta escandaloso porque significa que los menores de edad, quienes dentro de algunos años tendrán bajo su responsabilidad cargos públicos y dirección de empresas, o se desempeñarán en empleos, profesiones y oficios, se están formando en ambientes hostiles que reproducirán en la edad adulta.

El bullyng no solamente es una práctica común en las escuelas mexicanas; también se presenta en los centros laborales, en los clubes, en todas partes. La firma OCC Mundial informó que el 44 por ciento de los profesionistas del país han sido víctimas del denominado mobbing o acoso laboral. El 65 por ciento de los profesionistas han atestiguado esa clase de abuso en perjuicio de algún compañero de trabajo.

Hay que recordar que el mobbing es considerado una epidemia. Según los especialistas, no pocos mexicanos consideran normal que la gente sea agredida en escuelas, empleos, familias y grupos de amigos.

Datos de la Organización Mundial del Trabajo, indican que cerca de 12 millones de personas enfrentan mobbing en el mundo. En Europa es catalogado riesgo laboral e incluso epidemia. Para la Organización Mundial de la Salud, se trata de una pandemia por ser causa de varios suicidios.

Es innegable que por medio de la infancia, adolescencia y juventud es posible medir el grado de desarrollo y educación de una sociedad. Lamentablemente, México se está desgarrando y hundiendo ante una descomposición social que parece haber intoxicado a todos los sectores socioeconómicos y de la que difícilmente se recuperará mientras los cargos públicos y políticos, los liderazgos, los medios de comunicación y las posiciones estratégicas continúen ocupadas por hombres y mujeres ambiciosos y corruptos versus una población más entretenida en teatros futboleros y telenoveleros, en charlas de whats app y en una serie de superficialidades.

Los adultos de la hora contemporánea parecen ser hijastros de la televisión, nodriza que los ha amamantado toda su vida con mercenarios de la información, bufones grotescos con programas alejados de los valores familiares, telenovelas promotoras de vicios, prostitución, violencia y superficialidad. La televisión mexicana ha normalizado las situaciones y los asuntos negativos, escenario que ahora se desarrolla con libertad en internet, su descendiente.

Hoy descubrimos a nuestro alrededor muchos hombres “aventureros”, “interesantes”, violentos, capaces de todo, y mujeres “de mundo”, adictas a los “tragos” y proclives a las palabrejas de cantina, con hijos totalmente descuidados con los que no mantienen comunicación ni les ofrecen ejemplos positivos ni tiempo de calidad.

Mientras ellos, los señores y las señoras, experimentan la brevedad de sus existencias en asuntos baladíes, contagiados por los ejemplos de los anuncios y programas de televisión, los otros, los hijos, enfrentan problemas y corren riesgos muy graves.

Incontables padres de familia piensan que son las educadoras y maestros quienes tienen la responsabilidad de educar a sus hijos, cuando lo cierto es que la primera escuela es el hogar, precisamente donde los niños, adolescentes y jóvenes reciben el ejemplo de los adultos.

En el caso de los maestros, bien es sabido que hay unos que se entregan con pasión a su ministerio y luchan por el desarrollo integral de cada niño, mientras otros, en tanto, prefieren dedicarse a intereses gremiales sin que les preocupen las pérdidas de clase y que México presente rezagos a nivel internacional en materia educativa.

Así, ante la irresponsabilidad de adultos que prefieren las reuniones con los amigos, el “trago”, la cita con la otra pareja, el chismorreo y el relato de chistes, los menores son propensos a que personas mal intencionadas los induzcan a los vicios, la delincuencia, la prostitución, la violencia y hasta la muerte.

Los adultos del minuto presente transitarán por la historia como los irresponsables que formaron generaciones peores a las de ellos. Están entregando a sus hijos un mundo contaminado, pero no solamente en cuestión ambiental, sino en principios y valores que ya fueron sepultados por prácticas totalmente superfluas.

El bullyng y el mobbing que actualmente colocan a los mexicanos como seres humanos brutales y agresivos, refleja el bajo nivel de desarrollo de millones de personas de todos los niveles económicos y hasta con grados académicos. El problema inicia en los hogares. Las faltas de respeto y violencia que muestran gran cantidad de niños, adolescentes y jóvenes son espejo de las conductas y personalidad de sus padres. Los menores de edad representan el mejor termómetro para medir el grado de desarrollo de un pueblo. ¿Quieren conocer los niveles de evolución de un pueblo, de una sociedad, de una nación? Hay que analizar la conducta de la niñez, adolescencia y juventud.