Las letras, en el arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Las letras, en el arte, son el bosque del que se desprenden hojas con mensajes inscritos desde algún rincón del paraíso. Las palabras que surgen de la inspiración, las traen los murmullos y los silencios de la creación. Las expresiones literarias, en las páginas de los libros, son, simplemente, la voz de Dios que relata guiones que aún no convierte en historias de personajes reales, notas y recados que encomienda a los artistas, a los escritores, cuando se ocupa en otros quehaceres. El arte de las letras, parece tener mucho de gotas de lluvia, envueltas en nubes grisáceas o en los colores de los arcoíris; pero también es el mar que se funde en el horizonte y besa el último crepúsculo para reflejar sus tonalidades amarillas, naranjas, rojizas y violetas. En el arte, las letras y las palabras que se escriben son, definitivamente, el tablero con los códigos del infinito, el bien y la sabiduría sin final, la vida que pulsa en cada expresión. Las páginas literarias enseñan, llevan a espacios recónditos, muestran la creación e invitan a experimentar incontables vidas en una sola existencia. La tarea de escribir es el destino y el privilegio del artista, quien permanece atento a las voces y a los sigilos del alma y del universo. El arte de escribir es para aquellos que saben comunicarse con la vida, consigo, con la creación palpitante, con la esencia inmortal.

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Collar de diamantes y perlas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Alguien me preguntó, hace poco, el motivo por el que diariamente, sin molestar, saludo con tanto amor y emoción a mis familiares más cercanos. Sonreí. Amablemente, respondí que los miembros de una familia son como las cuentas de un collar de diamantes y perlas, las cuales, por sí solas, poseen belleza y valor. Son genuinas e irrepetibles. Se les ama y se les protege como el más querido de los tesoros. Contrariamente a los argumentos de innumerables personas en el sentido de que a la familia no se le escoge, creo y pienso -y así lo siento- que desde antes de tener la dicha de nacer, Dios me dio oportunidad de elegir, para mi aventura terrena, las almas más bellas de la creación. ¿Cómo podría, entonces, despreciar y olvidar a los integrantes de mi familia cercana? Cada uno tiene su propia identidad, sus libertades y sus motivos, con un valor que trasciende fronteras, porque se trata, precisamente, de almas, de esencia infinita, de ellos y yo en una unidad con diferentes rostros. Para mí, es un honor, una bendición y un privilegio, saberlos almas gemelas e inseparables, compañeros amorosos de toda la eternidad y sustancia con algo de arcilla y mucho de esencia. Todos forman el collar más bello y sublime. ¿Cómo no amar y cuidar los diamantes y las perlas del collar que atesoro en mi alma?

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He guardado las letras de mis poemas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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He guardado las letras de mis poemas con la idea de entregártelos en otra fecha, algún día -el menos esperado, quizá-, cuando aparezcas de nuevo en mis sueños y en las andanzas de mi vida. He desarticulado cada palabra de mis textos poéticos con la intención de conservarlos como fiel recuerdo y vivir de nuevo, al leerlos, la emoción y la ilusión de sentirme tan enamorado. He desmantelado de los cuadernos y de las libretas las historias que compartimos para que nadie hurgue, cuando no estemos, lo que es tan nuestro. He atesorado las páginas que escribí, inspirado en ti, como las abuelas al colocar, en sitios especiales de sus roperos, los objetos tan queridos. He desbaratado palabras, textos, poemas y cartas, acaso sin darme cuenta de que, al guardar las letras, los acentos y los signos de puntuación, me llevo pedazos de nosotros. He recogido del camino las flores que cultivé para ti porque deseo, en otro plano, entregarte el jardín cautivante que te prometí, un paraíso como el que uno suele imaginar cuando se enamora. He reservado, para otro instante, los rumores y los silencios, las confesiones y los secretos y los encuentros y los desencuentros de la historia que es tan nuestra y que llevamos en nosotros. He recolectado, en mis encuentros conmigo, tus perfumes y tu sonrisa, tus memorias y tus olvidos, tus anhelos y tus motivos. He desarmado las páginas escritas que ahora, ante el delirio de las horas y de los días, son hojas secas que el viento desprende de los árboles y que se asolean, solitarias, en las calzadas de los parques. He apartado de la historia, nuestros capítulos, los relatos y los idilios que tienen tu nombre y el mío, enlazados en instantes de felicidad, para que nadie los altere ni haga creer a otros que el amor no existe. He guardado las letras de mis poemas, no porque ahora no te ame, sino con la intención de conservar eternamente lo que es tan nuestro.

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El encanto de los pequeños charcos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al caminar por los parques y las callejuelas, en los pueblos y en las ciudades, o por la campiña, en las llanuras, en los bosques y en las montañas, asomo a los pequeños charcos que forman las gotas de lluvia al acumularse o los ríos al salpicar una y otra vez, con la intención de descubrir las imágenes que reflejan. Encuentro, al mirarlos, los perfiles modestos y presumidos de las casas, de los edificios y de las tiendas, y hasta de los faroles y de las personas y de los vehículos que transitan incesantes, o las siluetas de los árboles, de las montañas y de los peñascos; aunque al fijar la mirada, si el agua de los charcos es diáfana, observo el fondo arenoso o de tierra, en contraste con la profundidad del cielo azul intenso y la blancura o el grisáceo de las nubes que flotan y modifican su apariencia, en un intento metafórico, quizá, de mostrar la dualidad, el infinito y la temporalidad. Me encanta volver a los pequeños charcos, igual que los niños regresan a sus espacios donde juegan a la vida, porque enseñan mucho. He aprendido que lo diminuto y lo sencillo pueden reflejar tanto, lo mismo los paisajes con su naturaleza, que la grandiosidad y los días soleados y nublados. Cuando el viento sopla, se multiplican los pliegues en el agua y las imágenes se vuelven difusas y parecen distorsionar lo que reflejan, como acontece con las personas y sus cosas al transcurrir los años. Las estaciones transforman el panorama que humildemente reflejan los charcos, con los colores de la primavera, el celaje nublado y la lluvia del verano, el aire otoñal y la nieve del invierno. Cuando los escenarios cambian, uno aprende, al mirar los reflejos, que nada, en el mundo, es permanente. Con frecuencia, los charcos se secan o se contaminan al permanecer inmóviles, como ocurre con hombres y mujeres al perder su dinamismo e interés en la vida. En los charcos que se evaporan o que la gente pisa con descuido, he visto mi reflejo, el del entorno y el de la profundidad azul del cielo, siempre con el asombro y la interrogante de cómo, algo tan minúsculo, puede replicar tanto. Si yo pudiera, como los charcos, reflejar mi interior y el exterior, como parte de una vida noble, con mis razones y mis motivos, con mi cordura y mi delirio, sencillo y grandioso, a la vez, dispuesto a compartir hasta regalar la imagen del cielo, me parece que sería un hombre extraordinario; no obstante, me sé un caminante, un discípulo de los árboles, de las plantas, de las flores, del viento y del agua, observador del alma y de la textura, explorador del cielo y de la arcilla, con la curiosidad de asomar a las pequeñas represas naturales que me enseñan tanto y me piden, a su nombre, derramar lo que contienen para bien mío y de los demás.

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Los colores y las fragancias de las noches

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me pregunto, cuando, en las noches, admiro los luceros que decoran la bóveda celeste, ¿quién los hizo plateados, a la distancia y ante mi mirada, aunque sus colores, en la proximidad, sean otros? Aparecen, como las letras de un verso, en las páginas del firmamento, libres y hermosos, cautivantes y magistrales, como para que uno no se sienta desolado. Los astros, las estrellas y los elementos del universo parecen sustituir, en las horas nocturnas, los matices de la naturaleza, aquí, en el mundo. Tan exquisita es la creación que, en las noches, cambian los perfumes, son diferentes a las fragancias matutinas y de la tarde, especiales para atraer y embelesar a los artistas, a los enamorados, a la gente buena, a aquellos que sienten dentro de sí la inmensidad que pulsa en todas partes. Cuando, en las noches, percibo los aromas que exhalan los árboles, las plantas, las flores, la tierra y la lluvia, me doy cuenta de que forman parte de una fórmula prodigiosa, de una receta que milagrosamente se repite. Al caminar descalzo sobre el césped, a una hora de la noche, adivino los colores que, al amanecer, regala la naturaleza a los sentidos; también siento, al andar, el palpitar incesante de la vida, con sus voces y sus sigilos. La gente duerme. Algunos trasnochadores están reunidos y atienden sus asuntos, sus motivos, sus sentidos. Yo deambulo, en la noche, en busca de colores y perfumes para, inspirado, plasmar mis letras en las páginas que esperan mi retorno, con pedazos de fragancias y de matices que recolecto.

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Los sabores, cuando encantan…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los sabores regalan esencias, aromas, purezas o mezclas; pero también, cuando encantan, ofrecen armonía, equilibrio, amor, laboriosidad y tiempo. Los sabores que prepara la naturaleza o los que elaboran los seres humanos, son irrenunciables al paladar, a los sentidos, y deleitan, como si, al arrancar pedazos de instantes, minutos y horas, los impregnaran con sus fórmulas para invitar a la naturaleza, al mundo, al universo a hacer bellas pausas dentro de su incansable palpitar. Los sabores tienen perfumes y también, no lo niego, colores y formas, matices y rasgos que enamoran y se añaden al encanto de comer. He notado, igualmente, que los sabores, al probarlos, traen recuerdos, sentimientos e ideas, imágenes familiares o de otros días, personas y momentos. Son un poema, un concierto sinfónico, el trazo y la conclusión de un proyecto y una encomienda de la naturaleza o de la gente que se aplica en sus recetas gastronómicas. Los sabores me recuerdan los días soleados y nublados de mi existencia, las convivencias familiares y la suma de los instantes que he vivido, solo o al lado de la gente, durante mi paso por esta estación que llamamos mundo. Y me pregunto, siempre con asombro, si los sabores, en la Tierra, deleitan los sentidos y provocan tanto gozo, ¿cómo serán en el infinito, en el hogar, en la morada sin final?

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El vals de las letras y los números

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los números aparecen en el escenario, elegantes o humildes, con ropaje de científicos, rostro de operaciones aritméticas, mirada de estadísticas y maquillaje de finanzas y negocios. Andan por el mundo y, a veces, suelen sumar, multiplicar, y, en ocasiones, se atreven a restar, a dividir. Son complejos, parece, con doble carácter -ambivalentes-, y así, con aciertos y errores de sus seguidores, se dedican a danzar en la pista de la vida. Asombran por su exactitud y por intervenir en los cálculos del mundo y del universo. Visten y bailan solemnes, adustos, con la frialdad de quien no perdona errores y es exacto y puntual Unos bailan el vals con los números y los presentan a los demás, inmersos en su complejidad, para bien o mal. Y mientras los números se entretienen en la ciencia, en la tecnología, en los negocios, en las finanzas, en la arquitectura, en las estadísticas y en los cálculos matemáticos, aparecen, en la pista, las letras, abrazadas entre sí, con la encomienda de formar palabras, transmitir sentimientos e ideas, convertirse en poemas y en cuentos, en novelas y en relatos, en historias y en textos. Números y letras se mezclan en el paisaje de la vida y bailan, incesantes, el vals, con sus notas profundas y ligeras, con sus realidades y sus sueños, con sus fantasías y sus solemnidades. Muchos seres humanos, a pesar de coexistir en un ambiente roto, sienten admiración y emocionan al mirar números, letras, operaciones matemáticas, palabras, ecuaciones, textos, que abrazan y besan, entre un suspiro y otro; algunas personas más, pasan despreciativas e indiferentes, ajenas a la convivencia, al banquete, y, si acaso se interesan en ese mundo, es para seducirlos y utilizar sus sentidos de acuerdo con sus intereses y caprichos que, hoy y desde hace tantos ciclos, observamos en el ejercicio del engaño, del control, de la explotación y del poder. Y baila uno, casi sin darse cuenta, toda la vida, con los números y las letras, con las operaciones aritméticas y con las palabras. Las notas suenan magistrales y excelsas cuando, al seguir su ritmo inagotable, uno construye el bien en todas sus expresiones y traza puentes al infinito; pero los sonidos se vuelven discordantes al someter los números y las letras a apetitos, superficialidades, caprichos y mal. En el vals de las letras y los números, cada ser humano elige las melodías y arma las ecuaciones y los textos de acuerdo con sus sentimientos, sus ideales, sus anhelos, sus delirios, sus motivos y sus pensamientos. Las letras y los números siempre estarán esperando que alguien, hombre o mujer, los invite a bailar el vals de la vida, más allá de las intenciones nobles o despiadadas del solicitante. Cada biografía humana sigue el ritmo de su interior y de su exterior con las letras y los números que selecciona. Oh, cuánto asombro siento ante tan maravilloso espectáculo.

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Entre la tierra y las nubes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Camino descalzo, en el césped y en la tierra de la que surgen aromas, colores y texturas con formas de helechos, flores y plantas, hasta que llego al río diáfano que trae pedazos del deshielo, en lo más alto de la montaña, donde me introduzco y hundo mis pies en el fondo arenoso. Abrazo uno de los árboles que crecen frondosos en la orilla y siento la textura rugosa de su corteza. El viento sopla, juega con mi cabello y torna carmesí mis mejillas. Al abrazarlo, cierro mi mirada física y abro los ojos de mi interior, la percepción de mi alma. Y así siento el palpitar de la creación, el pulso de la vida, como si el árbol y yo formáramos parte de la misma fuente. Al abrazar el tronco, escucho las voces y los sigilos que vienen de mis profundidades y de las hendiduras de la tierra, de las rocas y del bosque. Descifro su lenguaje. Me doy cuenta de que abajo, sepultados por tierra y piedras, abundan los minerales que enriquecen a los seres humanos durante su paso temporal por la estación llamada mundo. Miro arriba, más allá de las nubes, el cielo de azul profundo, y me doy cuenta de que el universo es grandioso. Cuántos mundos y estaciones. Reflexiono, en sentido metafórico, que ese cielo es infinito y está conectado a mi alma, a los suspiros del aire, a las gotas de lluvia, a la sonrisa de la infancia, a todo. Entiendo que el mundo, con sus bellezas, sus tesoros y su grandiosidad, es una estancia temporal, parte de la ruta al infinito. La ecuación, parece, consiste en vivir en armonía, con equilibrio, plenamente, dentro de un proceso ininterrumpido de amor, bien y evolución. Solo así dejaremos de ser el hermoso y cautivante barro del que nos enamoramos y ser parte de la esencia infinita. Es maravilloso.

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He notado

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A quienes se marcharon de este mundo

He notado, esta mañana, al despertar, que la vida pintó las frondas de los árboles e insertó hojas de intenso verdor y talló las innumerables cortezas, decoró los paisajes con flores de bellos matices y exquisitas fragancias y texturas, colocó los helechos a la sombra de los bosques, conservó los pliegues turquesa y jade del océano, acumuló incontables gotas de agua para formar espejos en los lagos y reflejar la profundidad del cielo o pasear y regalar sus encantos por medio de las cascadas y los ríos. He notado, al amanecer y retornar de mis sueños, que la vida, conmigo o sin mí, continúa su sendero, abundante y sin apegos, indiferente al empleo que se haga de sus movimientos y de sus pausas. He notado, también, que la flora y la fauna se saludan, con la misma emoción e intensidad de siempre, para seguir, cada una, en su multiplicidad de formas, sus caminos, sus encomiendas, sus motivos y sus razones. He notado que, en los pájaros de hermoso plumaje y vuelo libre, el concierto es incesante y maravilloso, y que no para la vida en sus faenas, que todo tiene un lenguaje, un significado, un destino, un sentido. He notado, este día, al explorar sus minutos y sus horas, al escudriñar sus momentos, que la vida ha plasmado sus historias, sus poemas, sus rumores y sus silencios, sus colores y sus formas, como una artista que a todas las criaturas regala sus prodigios, hasta recordar a las almas que tiene una conexión infinita a paraísos que empiezan en uno, si así lo desean; sin embargo, no te veo a mi lado, no te encuentro en el camino, ni tampoco a ti, ni a ustedes, y, a pesar de todo, los siento en mí, en mis profundidades, en la morada de mi ser, como si fuéramos identidades que palpitan en un todo, y miro, feliz, las huellas que dejaron en mí.

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Princesa, la inolvidable Princesa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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In memoriam

Era parte de la familia. La amábamos y consentíamos tanto que, ahora, al proyectarse su dolorosa y triste ausencia en cada rincón de la casa, en el jardín, en los sitios que le encantaban y en los que asoleaba diariamente, sentimos un vacío profundo, un hueco que lastima, una falta que no se sustituye, porque ella, Princesa, era irrepetible, bella, sensible, amorosa e inolvidable.

Princesa fue, desde que nació hasta el día postrero de su existencia, una doncella elegante y distinguida, siempre cercana a nosotros, a mi familia y a mí, con muestras de cariño y lealtad, digna, respetuosa, imperial. Vivió 14 años con nosotros, casi década y media de nuestras existencias, tiempo suficiente para protagonizar y compartir una historia, con sus claroscuros. Nos lleva en su memoria y siempre estará en la nuestra. Tenía nombre y apellidos -los nuestros-, y se sabía de casa. En su infancia, en la otra orilla de su vida, conoció a mi madre, que era como ella, un ser cargado de luz.

Realmente, Princesa, la grandiosa e inolvidable Princesa, vivía en casa de una de mis hermanas, al lado de mi sobrino -vecinos míos-, y siempre acompañó a la familia, incluso en los destierros y en las mudanzas, en las alegrías y en las tristezas, en los movimientos y en las pausas, en las alegrías y en las tristezas, en las risas y en el llanto, en las compañías y en las soledades.

Supo, y entristeció mucho, cuando mi madre pasó por la transición aquella mañana del 7 septiembre de 2010, y no se separó de la habitación, dos años más tarde, cuando el marido de mi hermana permaneció desahuciado en una de las habitaciones de la casa. Fue su fiel guardián.

Al nacer mi sobrina, hija de mi hermana menor, Princesa la acompañó durante varios días, como si la cuidara, hasta que ellas regresaron a su casa. Y así era, fiel, amorosa y protectora con toda la familia. Vivió intensamente, disfrutó cada instante de su existencia y trascendió cotidianamente, hasta, finalmente, unirse a la gran luz.

Hace aproximadamente un mes -oh, quién iba a saber que pronto transitaría a un plano superior-, enfermé por un descuido intestinal. Los dolores eran tan intensos, que creí que terminaría en el hospital. Estaba en casa de mi hermana, quien me atendía con esmero y amor, preocupada por lo que me sucedía.

Perceptiva y atenta a todos los acontecimientos familiares, Princesa supo e inmediato que me sentía demasiado mal. Renunció a su paseo nocturno con la intención de permanecer a mi lado, hasta que, en determinado momento, saltó a mis piernas, en el sillón de la sala, con la idea de recargarse en mi abdomen, como para transmitirme su energía sanadora.

Oh, creo que no he dicho que Princesa era un felino, una gata que fue intensamente feliz. Diariamente, cuando salía de mi casa, la encontraba en el jardín. Esperaba el instante adecuado para saludarme. Aquel acto de nobleza y amor, significaba mucho para mí. Tocaba a la puerta de la casa de mi hermana, que es mi vecina, y Princesa entraba plena y soberana, con la grandeza y la sencillez de su linaje. A mi regreso de mis actividades cotidianas, ya me esperaba. Surgía del follaje de un árbol o salía de algún jardín vecino, e incluso debajo de los automóviles, donde se reunía con otros felinos, simplemente para saludarme y expresarme su más puro amor.

Ya no está con nosotros. Así es como uno, con el tiempo, va quedando solo, con vivencias y recuerdos, con sueños y anhelos. Era compañera fiel e inseparable, y lo mismo me amó cuando vestí formalmente que informal, porque buscaba no las apariencias ni lo que pudiera uno darle, sino la esencia, el amor real, la transmisión de sentimientos. Y eso la hacía especial e irrepetible. La extrañamos. Duele su ausencia. Estoy seguro de que a ella no le hubiera gustado vernos sufrir. Lo entendemos, pero lastima que ya no esté con nosotros. Cumplió su ciclo.

Princesa era tan noble de sentimientos, pura, sensible y cargada de amor y energía, que hubiera expuesto su vida por nosotros, por cualquier miembro de la familia y por mí. Me atreveré a confesar y declarar que, en mi caso, me regalaba más momentos de amor, compañía, detalles y atención, que tantas personas, cercanas y lejanas, que fingen cariño. Hay personas excelentes y muy buenas, pero también aquellas que transitan por la vida con máscaras y vestuario que no es de su talla. El amor y los sentimientos de Princesa fueron auténticos. Se presentó, ante la vida y con nosotros, de frente, como era.

Con Princesa, aprendí a entender el reino animal y a amarlo más. Hay seres que, por sus sentimientos, por sus reacciones y por sus actos, demuestran el material del que están hechos, como nuestra amada Princesa, con textura de felino y esencia resplandeciente. Princesa, que siempre estuvo cerca e la luz por su valor interno y por lo que significó para nosotros, que fuimos testigos de su naturaleza y de sus motivos, ahora es más sublime.

Estos días, tras su muerte, me he enterado, por conversaciones con los vecinos más próximos, que visitaba diferentes hogares, donde los moradores le ofrecían agua y alimento. Era libre y plena. Le encantaba su casa y la disfrutaba mucho; pero también su soledad y su compañía, en la calle y en los hogares, con los niños y con otros gatos.

Fue una vecina que ama a los animales y da todo por protegerlos y salvarlos -Rosi-, quien hace media semana, al salir de su casa, alrededor de las ocho de la mañana, descubrió que un perro blanco atacó sorpresivamente a Princesa, cuando disfrutaba el sol y el viento en la calle, hasta dejarla mortalmente herida, independientemente de que algo más le sucedió previamente, de acuerdo con el veterinario que la atendió con profesionalismo.

Todavía una noche antes de su transición, al retirarme de la casa de mi hermana -la última que vi a Princesa físicamente-, la hermosa gata asomó con la finalidad de despedirme y cerciorarse de que iba a mi morada. Fue una despedida temporal, lo sé muy bien. Sentí su amor profundo y real. ¿Puede existir amor más grande, puro y sublime? Eso es, simplemente, estar cerca de Dios, en esencia y ganarse el cielo, y no importa si se es humano, helecho, flor, hoja, abeja o gato.

Los seres humanos somos ciegos y torpes, mutilados y soberbios, al grado de sentirnos eje de la vida, del universo, de la creación. Incluso, pensamos que nuestro nivel es superior al de las plantas y los animales. Tan pesada y, a la vez, ligera y superflua es la carga que llevamos, que, arrogantes, no recordamos nuestro origen y creemos que somos ricos con las piedras brillantes que arrebatamos o encontramos en el camino.

No volví a ver más a Princesa. Pasó por la transición la madrugada del viernes 18 de marzo de 2022. Sedada, luchó dignamente en la clínica veterinaria; pero su estado de salud y su edad no la favorecieron. Y cumplió su ciclo. Llegó y se marchó digna, cautivante, valerosa, imperial y sencilla, como quien ha cumplido su encomienda.

Durante 14 años, tuvimos a nuestro lado un ser maravilloso, con textura de gato y esencia de luz, como bendición y regalo, prueba que demuestra que los seres angelicales son reales. Fue un honor y un privilegio tenerla entre nosotros. En verdad, lo confieso, Princesa me enseñó mucho.

Esa tarde, cuando el veterinario entregó el cuerpo yerto, mis hermanas envolvieron a Pincesa en una sábana y salieron de casa, la mayor con su hijo y la menor con su hija, y caminaron por la calle que tanto disfrutó durante sus últimos años de vida. Se trasladaron al cerro que colinda con los fraccionamientos y buscaron un paraje abrupto, entre árboles y plantas, con la idea de sepultarla. Su cuerpo yace en el cerro, desde el que se admiran la naturaleza exuberante y la ciudad que se extiende, antigua y moderna, son sus silencios y rumores, quizá con los colores de la vida, probablemente con el vuelo de las aves, tal vez con el resplandor del amanecer y los luceros de la noche, acaso con los ecos de un mundo que solo es estación, puente a otras fronteras, al que venimos a soñar y a vivir. Mi hermana la recibió, hace 14 años, cuando apenas tenía un mes de edad, y la cargaba en una canasta pequeña, hasta que creció y la seguía como quien, juguetona e inocente, va detrás o al lado de su madre; pero en el ocaso de su existencia, la devolvió a la naturaleza, a la vida palpitante.

Hoy -y no me parece congruente hablar de temporalidad en el infinito-, una criatura sublime ha retornado, digna y magistral, al origen, a la morada, al hogar, y la sentimos en nuestras almas porque tuvimos el privilegio de contarla entre los seres humanos de nuestra familia. Y no, no he perdido la razón ni me siento confundido por la nostalgia; sencillamente, me consta que así es.

Gracias, Princesa. Te percibimos desde la profundidad de nuestras almas, donde, tú lo sabes, la temporalidad se diluye y aparece, bello y prodigioso, el infinito. Te sentimos con nosotros. Al retornar a la morada inmortal, al hogar, seremos, como tú, las gotas que forman el grandioso manantial etéreo.

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