Tristeza y alegría

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Oh, tristeza mía, que asfixias mi ser y decoloras mi alegría, ¿en qué momento creciste tanto, en el jardín de mi existencia, cuando pensaba que las flores siempre crecerían ufanas y me alegrarían? Oh, tristeza, que te empeñas en carcomer mis sentidos, ¿hasta cuándo te desterraré de mis sentimientos, de mis ideas, de mis movimientos? Oh, tristeza, que te hospedas en mí y atrofias mis sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, mis alegrías, ¿con qué armas podré vencerte? Oh, tristeza, que me tomas preso al amanecer y al anochecer, al mediodía y en la tarde, con la amenaza de conducirme a la horca o a la guillotin, ¿por qué insistes en encerrarme en una mazmorra oscura, lejos de mí y de los demás? Oh, tristeza tan gris, por qué escapas de mis poemas y te aferras en destrozar mis actos y mis planes? Oh, tristeza, ¿cómo germinaste en mí y por qué no te mutilé antes? Oh, tristeza, culpable de tantos dolores, penurias y enfermedades, ¿cuáles son tus trucos y tus ambiciones? Oh, tristeza, ¿por qué de ser fotastera, simple visitante, te transformas en huésped permanente de hombres y mujeres? Oh, tristeza, yo que creí, en la infancia, que solamente morabas en los cementerios, en los epitafios, en las tumbas, en los hospitales, ¿por qué eres tan tramposa y engañas para apropiarte de lo que las personas sienten y piensan? Oh, tristeza, ¿cómo derramo, de tu paleta de colores, los tintes luctuosos, los tonos grisáceos y ennegrecidos, los matices inciertos? Oh, tristeza, sé qué eres la contraparte de la alegría, en una dualidad inquebrantable, y que, sin ti, resultaría difícil abrazar, comprender y valorar la felicdad. Oh, tristeza, eres, parece, un velo que cubre el rostro, la mirada; pero no necesito que seas mi compañera permanente. Oh, tristeza, te aprovechas de las debilidades, del dolor humano, de las enfermedades, de la muerte y de otros asuntos para volverte inquilina perdurable, y tus cuotas resultan muy onerosas cuando alguien intenta desalojarte. Oh, tristeza, si uno aprendiera a convertir el lodazal pútrido en manantial diáfano, te aseguro que no te mofarías ni abusarías de quienes, confiados o necesitados, te abren las puertas y las ventanas con la idea de que solo los acompañes un rato. Oh, tristeza, no pretendo volverte enemiga porque evito la discordia, el odio, la guerra, el resentimiento y las venganzas, y además me agrada más construir que destruir; sin embargo, ahora soy yo quien te despide con la seguridad de que volveremos a coincidir porque la vida es una historia de dualidades, de alegría y de melancolía, de bien y de mal, de auroras y de ocasos. Oh, tristeza, eres inevitable ante el dolor, las enfermedades, los fracasos y la muerte; pero solo debes formar parte de tales capítulos sin que te apoderes de la historia completa. Y así, al recluirte tras los barrotes de la celda -sé que a veces te necesitamos-, invito a la alegría y la incluyo en mi prosa, en mis textos, en mi poemario. Oh, alegría, que pintas los días y las noches de mi vida, te quiero conmigo, siempre, estable, en armonía, equilibrada, plena. Oh, alegría, te pido que cinceles tus facciones en mi rostro. Oh, alegría, no quiero que seas, en un descuido, júbilo desbordante e incontrolable; te deseo, simplemente, al natural, como eres, genuina, Oh, alegría, me encantará que siempre surjas de mi interior para que así seas duradera, no ficticia ni provocada por apariencias ni por superficialidades. Oh, alegría, te anhelo, te necesito, como brotas del aliento de Dios, de los perfumes de las orquídeas y de los tulipanes, de las texturas de las rosas, de los encantos y los motivos de la creación. Oh, alegría mía, llena mi ser sin que lo intoxiques, disipa las tristezas y alumbra mi ruta existencial y mi destino infinito. Oh, alegría, tras experimentar la hiel de la tristeza, ahora disfruto tu esencia y tu sabor.

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Somos, quizá, hojas frágiles de la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Somos, quizá, hojas frágiles de la vida, o, probablemente, trozos de realidades y sueños. Somos, tal vez, hojas que, en las mañanas de primavera y en los mediodías del verano, el aire y la lluvia tocan con frenesí, mientras pintan los colores de la vida y despiertan los perfumes de la naturaleza, o acaso de las que arranca el viento otoñal y dispersa en alfombras y tapices amarillos, dorados, naranjas, rosados, sepias y rojizos, para que el invierno, en sus nevadas visitas, las sepulte y nadie las recuerde. Somos, parece, hojas lozanas y viejas, verdes y doradas, que escribimos historias en nuestras texturas lisas y venosas, seguramente como fiel recuerdo de los días y las noches que contamos cuando aún permanecemos en los árboles. En nosotros se almacena, seguramente, la memoria del sol y de los arcoíris, de las gotas de lluvia y de las caricias y los rasguños de cada estación. Somos, creo, hojas que nacen y mueren, parte de un follaje que da belleza y sentido al paisaje. Cada hoja posee una identidad y aparece con un tono que le es propio, con una forma tan digna y especial. Una hoja, otra y muchas más pertenecen al follaje, cuando nacen, mientras son jóvenes, al alcanzar la madurez y al envejecer, y siguen su encomienda, plasman su historia, dan sentido a su vida y eligen su destino. Al desprenderlas el viento otoñal y deslizar sobre sus texturas quebradizas los pinceles con matices amarillos, dorados, naranjas, rosados, sepia y rojizos, el tapete nostálgico y prodigioso invita a admirarlo y a reflexionar antes de que las caricias, los ósculos y las bofetadas del viento las desintegren y las transformen en remembranzas y en posteriores olvidos. Me pregunto, entonces, si acaso nos conformaremos con ser una multitud de hojas silenciosas, resignadas a morir, a transformarnos en alfombras crujientes y quebradizas, o tendremos capacidad de superar lo que, en apariencia, es un infausto final, para volar suavemente y llegar a otras rutas, a planos grandiosos, y transitar de un bosque paradisíaco, en un mundo temporal, a otro superior e infinito.

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Y un día, a cierta hora, al voltear atrás

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y un día, a cierta hora de la tarde, al voltear atrás y a los lados, me di cuenta de que los de antes ya no estaban conmigo. Apenas era el verano de mi existencia y ya sentía el dolor de las ausencias. Terribles han de ser, en todo caso, las noches otoñales y las madrugadas de invierno, en las soledades y en las miserias, ya sin el ambiente canoro que seguramente, en tales circunstancias, se han de añorar y requerir con urgencia, entre dolores y suspiros. Estos días tan extraños, en los que la gente muere cualquier fecha, en un conflicto global, los faltantes resultan más constantes y los dolores se vuelven cotidianos. Faltan unos y muchos, en mayúsculas y en minúsculas, en femenino y en masculino, porque alguien, y otros más, planea apoderarse del mundo, de sus riquezas y de las voluntades humanas. El agua, el oxígeno, los alimentos y el espacio, parecen insuficienes, escasos e inaccesibles para las multitudes que hoy disfrutan el poder endeble del crédito para construir apariencias, como se sienten, igual de prohibidos, los valores, la justicia, la dignidad humana, la libertad, el bien, los sueños, las ilusiones, la familia, los proyectos, la salud, el conocimiento y la vida. Todo -personas, creencias, valores, costumbres, familia, ideales, sentimientos, ideas, cosas- es confinado en las mazmorras del olvido, en los sótanos de la desmemoria, para formar, principalmente con las generaciones jóvenes, un mundo en serie, insano, vacío e inhumano. Los privilegios materiales pertenecen, según parece, a quienes ostentan el poder económico y político, respaldado por mercenarios de la ciencia, los medios de la comunicación, la fuerza armada, las redes sociales y los llamados intelectuales. Y una tarde, al pasar la mañana de colores y fragancias y el mediodía, muy próxima al anochecer -los minutos y las horas parecen insignificantes cuando pasa la vida ante uno y los demás con su acostumbrada prisa-, comprobé que la gente, la de entonces, la de antaño, se estaba yendo a otras rutas, a destinos y espacios distantes. Corrí, alarmado, a un domicilio y a otro, en busca de nombres, apellidos y rostros familiares, con la esperanza de que, al tocar a las puertas, al asomar por las ventanas, aparecieran caras con identidades conocidades, de esas que uno guarda en las profundidades del alma y de laa memoria, por lo que significan en la vida, por los recuerdos de otras épocas, por las alegrías y las tristezas compartidas y por tanto que derrama cada ser humano. Desconocemos, la mayoróa. el último minuto, la fecha postrera de nuestras existencias, motivo por el que me apura reencontrarme, por cualquier medio, con quienes me han acompañado durante mi jornada, reconocerlos por formar parte de mi biografía, abrazarlos y expresarles mis afectos, mi gratitud y mi confianza de que habrá otros días felices en este mundo y en otros planos, hasta alcanzar la fórmula de la inmortalidad. Y un día, tal vez hoy o ayer, a cierta hora de la tarde, al voltear atrás y a los lados, me percaté de que no somos tantos los que seguimos en la caminata, en la excursión terrena, a pesar de que haya mucha gente, y que, como generación veraniega u otoñal, llevamos con nosotros una historia, la experiencia de aquellos años, como un regalo que recibimos de la fuente infinita. Y un día, al voltear a trás y mirar a los lados…

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En un párrafo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Para usted

En un párrafo le digo que cuando me ausento de las letras que usted me inspira, me encuentro en el abecedario y en las palabras que construyo para entregarle un poema, una hoja de papel con las expresiones más sublimes y elegantes que solo manifiesta quien ha sentido la presencia de un amor en su alma y en su textura, en su esencia y en su mirada, en sus realidades y en sus sueños, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus ideales y en sus pensamientos, como un regalo que llega del cielo, una locura que se experimenta cada instante, todos los días, con sus motivos, sus detalles y sus sentidos, o un delirio que propicia ocurrencias y risas, caminatas y aventuras, amaneceres y ocasos, a pesar de los encuentros y los desencuentros que pudieran presentarse en uno o en otro, acaso por saberse tú y yo, quizá por despertar perfumes de un paraíso infinito, tal vez por pensar que vienen de una fuente etérea, bella, prodigiosa e inmortal, donde estarán siempre.

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Desde mi buhardilla y mi destierro voluntario

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Desde mi silencio interior y mi destierro voluntario, aquí, en mi buhardilla de artista, entre papeles y retratos, asomo a mi alma, veo mi mirada, volteo a los otros días, siempre con la nostalgia de los rostros, los nombres y los apellidos que tanto he amado. ¿Dónde están quienes eran adultos durante mi infancia y mi pubertad doradas, en mi juventud azul, en mi días y en mis años alegres y tristes? ¿En qué ruta se perdieron esas caras con identidad, señales e historia? ¿En qué lugar quedaron sus biografías? ¿Por qué las sillas están marcadas con ausencias? La lista de faltantes es extensa. Camino nostálgico, mientras el viento sopla y balancea las frondas de los árboles y toca las plantas y las flores, entre gotas de cristal que las nubes plomadas arrancan del cielo como un regalo que Dios envía para reír y no llorar tanto. Busco aquí y allá, horado en un sitio y en otro, acaso en busca de la gente de otras épocas, probablemente con la idea de abrazar a las generaciones que se marcharon, quizá con la intención de detener las manecillas del reloj y de alguna manera regresar el tiempo que se fugó, tal vez por las ausencias que duelen y pesan tanto y por las presencias que se van sumando y uno ya no reconoce. «Sal a vivir» -grita la creación-, «aunque la otra gente ya no esté contigo. Experimenta los momentos antes de que se conviertan en pasado, en ayer, en historia, en imágenes difusas e irrecuperables. Quienes tanto te abrazaron y amaste, se encuentran en ti, en tu alma, adentro y afuera, en la corriente etérea que pulsa en todo, en planos superiores. Su esencia no morirá, ni tampoco la tuya; no obstante, asómate a la vida, al mundo, para que lo adornes y lo pintes con tu estilo. No permitas que alguien o algo más le den un sentido que no deseas. Sal a vivir».

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A veces, cuando me siento tan ausente y roto…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A veces, cuando me siento tan ausente y roto, cautivo tras los barrotes de las remembranzas, en estos atardeceres lluviosos y melancólicos, me refugio en las profundidades de mi ser, me encuentro conmigo en mi interior -en algún remanso de mi alma-, hasta que me restauro por completo y retorno con nuevas fórmulas existenciales, con las ocurrencias que me ayudan a vivir y con lo que están mío. A veces, cuando me descubro tan solo, en medio del mundo y de la vida, noto que todo ha cambiado y que en mis listas existen muchos faltantes, rostros y nombres que ya no están, voces y risas que no se escuchan desde hace días o meses, proyectos e ilusiones que quedaron abandonados e inconclusos al lado del camino, perfumes que apagaron sus encantos. A veces, cuando despierto en la noche y me siento tan solo, experimento el dolor de los hombres y las mujeres que se retiraron de la senda y, por lo mismo, dejaron la memoria de sus historias. A veces, cuando siento que me deshilvano irremediablemente, evoco mis otros días, los del ayer; los repaso y sonrío al pensar que, al menos, se justifica mi existencia, acaso por las huellas que he dejado -nunca son suficientes-, probablemente por los abrazos y el bien que compartí -aún necesito dar lo mejor de mí-, quizá porque todos somos compañeros de viaje y llegaremos al mismo destino, tal vez por tantas causas que aún no entiendo. A veces, cuando me sé atrapado en mis propias murallas y escucho la tempestad nocturna, duermo con la certeza de que habrá otros amaneceres y, en cada uno, por cierto, un detalle, un motivo, un deleite, un encanto, un despertar. A veces, al no reconocerme en las imágenes del espejo, hago un recuento de mi historia y recolecto los vestigios de mi existencia para así sentirme y, paralelamente, saberme yo. A veces, al dormir entre mis murmullos e inquietudes y mis pausas y silencios, en la soledad, en mi propio destierro voluntario, me tranquilizo al entender que algún día, a cierta hora, despertaré en la alborada de la inmortalidad, al lado de ellos, de ustedes, de los que fueron, de los que son y de los que serán, en una magistral y prodigiosa unidad.

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Sueño de amor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Lo escribí para usted, tras despertar de un sueño de amor

Los sueños de amor son colección de los enamorados. Se entiende que significan citas nocturnas y encuentros tan anhelados, huellas indelebles que quedan cual constancia del paso de dos locos y ocurrentes que desafían el cortinaj de las horas, miradas silenciosas y palabras pronunciadas en algún puente de cristal. Los sueños de amor son exclusivos de quienes se saben uno con el otro, libres y plenos, con identidad propia y con las llaves de paraísos infinitos. Como que tienen el permiso de Dios. Pertenecen a los enamorados que pasean en una estación y en otra, en primavera y en invierno, en verano y en otoño, cuando uno vive y duerme en el mundo y en las estrellas, en el cielo y en las piedras que cubren los riachuelos, en el paraíso y en las nubes. Son, a veces, las olas impetuosas que besan la arena y los riscos con frenesí, tras sus jornadas marítimas, y, en ocasiones, el viento suave que canta, toca y arrulla las flores y las hojas. Se trata, parece, de pedazos de historias que llegan a la orilla con un tanto de uno y mucho de otro, ecos de capítulos que dos comparten a cierta hora, una mañana o una tarde, o quizá una noche, sí, trozos de un idilio consumido en algún instante del ayer, fragmentos de un romance que ambos reservan para el futuro, una mañana, al amanecer, o, tal vez, una tarde lluviosa o una noche estrellada y silenciosa. Un sueño de amor es un encuentro, casual o planeado, entre usted y yo, un alma y otra que se reconocen en un solo palpitar; es un poema sin final, la letra, el color y la música que expresan sentimientos que brotan del interior y que no pueden explicarse de otra manera. Un sueño de amor es la cita diaria, en las noches prodigiosas -tan nuestras-, entre usted y yo, con el encanto de mirarnos con la alegría y la emoción de la primera vez, ante el resplandor de los luceros que cuelgan de la bóveda celeste para alumbrar la banca que elegimos y el camino que seguimos. Un sueño de amor, seguido uno de otro, es el encuentro entre usted y yo, con la invitación a vivir una historia inolvidable y maravillosa, ahora y mañana, durante nuestra estancia en el mundo, y posteriormente, en la travesía y la estancia en un jardín infinito y sin fronteras. Un sueño de amor somos usted y yo, inseparables, dichosos, con la ilusión de vivir el mejor guión de una historia inagotable.

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Una noche lluviosa, mientras dormía…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una noche lluviosa, mientras dormía, me interné en las rutas de mi biografía. Caminé entre los escombros de mi historia, al lado de tablas apolilladas y carcomidas, cristales rotos, objetos enmohecidos, herrajes dispersos y cubiertos de herrumbre, muros derruidos y salitrosos. Miré, asombrado, que el tiempo es un caminante inagotable y que rasguña a la gente y las cosas que encuentra durante su paso. Acampé en las ruinas de mi ayer, entre una estación y otra, inconforme con los fragmentos dispersos aquí y allá, inquietud que me motivó a andar hacia adelante y a los lados y descubrir, también, los palacios, las fortalezas, los puentes y las murallas que construí. Estaba en medio de mis debilidades y de mis fortalezas, entre la cordura y la demencia, la abundancia y la pobreza, lo bajo y lo grande que fui hasta ese momento de mi existencia presente. Encontré mis alas desgarradas e incompletas por tanto vuelo y, al voltear atrás, descubrí múltiples huellas, pisadas que di, una y otra vez, durante mis jornadas cotidianas, unas ocasiones solitario y otras, en cambio, acompañado. Distinguí las mías y las sandalias que utilicé. Los escombros de mi vida, con sus alegrías y sus tristezas, sus triunfos y sus fracasos, sus sueños y sus realidades, permacecían dispersos, entre silencios y rumores que me enseñaron que la jornada terrena es un paseo con luces y sombras, y que si hay estaciones -infancia, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad- y ciertas escalas -nacimiento, hogar, educación, trabajo, salud, enfermedades, opulencia, mediocridad, pobreza, viajes, premios, castigos, muerte-, alguna vez concluye, en este plano, para continuar y probarse de nuevo, renovarse o transitar a otras fronteras. Llegué hasta una bifurcación que me ofreció diferentes alternativas: permanecer entre los vestigios de mi existencia, con la añoranza de la gente que ya no está y la ausencia de las historias que protagonizamos, compartimos y se diluyeron, y, por añadidura, con remordimientos por el bien que pude hacer y no llevé a cabo, por los momentos desperdiciados y por la fugacidad; dirigirme hasta los palacios que construí y quedarme atrapado en espejismos, en glorias de antaño, en grandezas de todo tipo y sin continuidad ni vigencia; seguir el camino hacia las superficialidades, la estulticia, la satisfacción de apetitos como prioridad, la ignorancia, la perversidad y la indiferencia; y, finalmente, escoger la senda a la luz, a la realización integral del ser, a la plenitud, al equilibrio, a la armonía, a la dicha, a los sentimientos y a los pensamientos bellos, nobles e infinitos. Volví de mi sueño. Amaneció. Desperté con la sensación de que cada instante resulta irrepetible y forma parte de la vida. Ahora, con el tiempo que me queda en la existencia actual -poco, regular o mucho-, estoy dispuesto a seguir la ruta, un itinerario que verdaderamente me ayude a resplandecer y convidar a otros, a los que están conmigo, a los que se encuentran lejos -a todos-, el sentido de la vida.

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¿Lo notaste?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Tu alma y la mía escaparon anoche, mientras dormíamos, con el anhelo y la ilusión de reencontrarse, como antes, en el remanso de un paraíso? ¿Acaso desataron los hilos temporales y, ya libres y plenas, acudieron a una cita postergada, una y otra vez, por tantos matices que acumulamos durante la caminata terrena? ¿Es, quizá, que se reconocen y se buscan, enamoradas, en el lago de cristal, donde asoman y descubren el encanto de sus sonrisas? Y si es así, ¿te sientes en mí, como yo en ti? ¿Sentiste, anoche, que permanecíamos inseparables, en un tú y en un yo que formábamos sin perder identidad, al lado de cometas y estrellas que ofrecían sus rincones para deleite nuestro? ¿Amaneciste, como yo, con la sensación de que estuvimos juntos, enamorados, en no sé qué paraje, en una vuelta sin final, en las páginas de una historia interminable? ¿Notaste que anoche, tú en tu casa y yo en la mía, ya estábamos unidos en un suspiro, en un palpitar, en un motivo? ¿Qué fue? ¿Un decreto, una realidad, un sueño, un pacto? ¿Acaso nuestras almas, quizá la esencia de un idilio tan cercano a la locura, tal vez más de lo que creemos y pensamos? ¿Qué acontece con nosotros, con nuestras almas, mientras soñamos y jugamos a la vida y al amor? ¿Fue real como hoy lo sospechamos? ¿A dónde conduce tanto amor? ¿Recuerdas que anoche ya éramos agua y éter, luz y esencia, poema y música, tú y yo? ¿Lo notaste?

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De algún paraíso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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De algún paraíso viene usted, de un edén, quizá, que visité una noche, mientras dormía y soñaba, del que traje pedazos, trozos en los que había flores y olía al perfume que tanto le encanta, fragancia impregnada, parece, con las esencias celestes de la inmortalidad. De algún rincón de mi alma procede usted, creo yo, porque de otra manera no me explicaría cómo es que la siento en mí. De alguna ruta llegó usted, por aquí o por allá, o tal vez ya la traía en mí, o, en todo caso, siempre caminó a mi lado. De algún vergel es usted, probablemente donde habitan las musas, cada una ya con el rostro, el perfil y el nombre del artista al que ha de acompañar. He escuchado que las musas son ángeles a los que Dios da forma de damas -sí, muy en femenino-, con la idea de que uno se inspire profundamente y lo emule, en minúsculas, en el interminable proceso creativo; sin embargo, confieso que desde hace tiempo me siento enamorado de usted. Me atrevo a declararle mis sentimientos para que transite del plano de mi musa de la inspiración de mi arte y mis letras, a la dama de mi vida, al ángel de mi alma. De algún paraíso viene usted.

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