Columpios vacíos y pantallas repletas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas de lluvia, envueltas en neblina, suelen abrir las páginas de mi historia y mostrarme mi infancia azul y dorada, cuando era tan feliz al lado de mi padre, mi madre y mis hermanos. Insisten estos minutos veraniegos en horadar mi biografía, cavar túneles a otras épocas, descubrir y explorar capítulos que a veces parecen recluidos en la desmemoria, o sueltos en el naufragio, y aparecen, en consecuencia, aquellos parques infantiles a los que íbamos con tanta emoción, alegría e ilusión. Hoy, asomo por el ventanal cubierto de gotas que deslizan suavemente, una y otra vez, incansables como la lluvia, y descubro enfrente, en el parque, los columpios ausentes de niños, las “resbaladillas”, los “volantines” y los “sube y baja” desolados, con el eco de otros días, horas que apenas ayer eran presente y se maquillaban de felicidad con la presencia y diversión de los pequeños, miniaturas de hombres y mujeres que jugaban a la infancia y ensayaban la comedia humana, al lado de sus padres que los cuidaban y se interesaban más en su educación y felicidad que en maquillarse de apariencias. Miro, también, garabatos y palabras obscenas en la barda, en el suelo y en las gradas del parque, y con tristeza me pregunto, entonces, dónde quedó la inocencia. ¿En qué momento, sin darnos cuenta, perdimos el encanto de la vida, la dulzura de una sonrisa, la inocencia e ingenuidad de la niñez? Todo estaba preparado y casi nadie lo notó. Fue un proceso de gradualidad, aplicado desde hace varias décadas, con cierta intencionalidad, y ahora topamos con generaciones frías e indiferentes, cada vez más distantes de los sueños, las fantasías, los juegos, las ilusiones y la alegría de vivir. Estos días tan inciertos, se siente que definitivamente sobran los espacios, como en el caso de los columpios, ante la falta de quienes pintaban de colores y sabores el ambiente. En un hogar y en otro, en cada familia, entró la televisión sin anunciarse a la puerta, y se apoderó de todos, hasta intoxicarlos, suplantar a los padres y a las madres, a los abuelos, a los profesores, a los consejeros, y transformarse en la madrastra perversa que enseñó los colmillos al normalizar el mal y mofarse del bien, y lo mismo desde películas, disfrazadas para niños, que transmiten mensajes ocultos, hasta anuncios comerciales, telenovelas, noticieros y series. Rompió la comunicación e hizo ajenos, indiferentes y opuestos a los integrantes de las familias, hasta que consiguió dividirlos y enfrentarlos. Y luego, el padrastro despiadado se presentó disfrazado de maravilla científica y tecnológica, y envolvió a todos, menores y adultos, hombres y mujeres, hasta envenenar sus sentimientos e ideas, y así, un medio ambivalente -positivo y negativo- se convirtió en una amenaza. De esta manera, observamos gente de toda clase -pobres y acaudalados, sin estudios y académicos, empleados y empresarios, ciudadanos y políticos-, reclusos de las redes sociales que en algún instante de sus existencias embargaron sus sentimientos, ataron sus pensamientos y modificaron su lenguaje y sus conductas. ¿Y los niños? Ellos se llevan la peor parte al volverse, con adolescentes y jóvenes, en la generación perdida. Miramos a incontables niños inmersos en las redes sociales, en destinos cibernéticos que ni sus padres se interesan en conocer porque también están entretenidos en el espectáculo cibernético que reciben, y todos cambian el perfume de las flores y de la tierra mojada, la sensación de disfrutar las gotas de lluvia deslizar sobre uno, la experiencia de abrazar un árbol y sentir el palpitar de la creación, el placer de ayudar a los más débiles y el encanto de una palabra amable y una sonrisa linda, por superficialidades, basura y estupideces. Los niños, sin notarlo, quedan desprotegidos y expuestos a gente perversa, y son víctimas de golpes, maltratos, obscenidades, secuestros y violaciones. ¿A qué hora, la humanidad permitió que derrumbaran los muros que protegían a sus familias y, principalmente, a los niños? ¿Qué estábamos haciendo? ¿Estábamos distraídos en el espectáculo futbolero, en la locura de las telenovelas y los bufones de la televisión, en las mentiras de tantos noticieros mercenarios, en el box, en los baros, en las posadas de unas horas, en los abusos de poder y en la corrupción que la misma sociedad ha tolerado a sus gobernantes y políticos? ¿Dónde estábamos? A quienes pretenden adueñarse del mundo y de las voluntades humanas, les está resultando favorable su juego perverso, y ahora, la gente, atemorizada por un virus deformado en varios laboratorios por científicos mercenarios y cultivados estratégicamente a nivel mundial para su propagación inmediata, desde luego con la complicidad de gobiernos serviles y medios de comunicación totalmente vendidos, y así provocar miedo, recluir a millones de personas y acostumbradas a los grilletes, a la pasividad, a lo que se ordene por bien de la colectividad, está condenada a mantenerse pasiva y en espera de una vacuna que forzosamente la élite pretende justificar, paralelamente a la aplicación de medidas indignas, totalitarias e injustas. Contemplo los columpios ausentes de niños, silenciosos, desolados, ya sin vendedores de globos, helados, juguetes y golosinas, condenados a desaparecer o a convertirse en piezas de museo, en evocaciones, en trozos de una sociedad rota. Se acabó la inocencia. Se extrañan las risas infantiles que un día serán, si no actuamos de inmediato, ecos, pedazos, ayer roto, recuerdo y olvido. Veo con preocupación y tristeza los columpios abandonados, sinónimo de una infancia perdida. Volteen a su alrededor. Observen a sus hijos, a los vecinos, a otros niños, muchos de ellos rebeldes, aburridos e insensibles, como ausentes de sí, frente a los televisores, las pantallas de las computadoras y los equipos móviles. ¿Qué miran durante horas? ¿Con quiénes entablan comunicación? ¿Qué aprenden? Los columpios, los juegos infantiles, las canchas deportivas y los espacios públicos están vacíos, ausentes de pequeños; las pantallas de computadoras y equipos móviles, en cambio, se encuentran saturadas, con exceso de público infantil y adulto. Junto con alguien muy poderoso, la gente está arrebatando vida, alegría, juegos y oportunidades de realización a los niños. Los días de la existencia apenas alcanzan para dejar huellas y ser felices o pasar entre sombras y dolor porque el aliento escapa entre un suspiro y otro. ¿Deseamos columpios o monitores repletos de niños?

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Reservo los colores, la risa y los juegos…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…Y si un día, ya en la ancianidad, te pregunto una y otra vez si ya te dije que te amo, no lo haré porque me sienta acosado por la carga y demencia de los años, ni tampoco por la inseguridad que experimentan quienes dudan de la fidelidad de una dama; será, creo yo, porque los sentimientos desafían abismos y fronteras al confesar secretos al oído…

Tu sonrisa es la alegría de mis años. La he invitado a ser mi huésped permanente para que me acompañe hoy y durante mis días de ancianidad. Me ofrece matices para deslizar los pinceles sobre mi rostro y pintar armonía y felicidad, sueños y realidades, esperanzas e ilusiones, promesas y suspiros.

El color de tu mirada de espejo forma parte de mi paleta de artista porque con tus ojos también me descubro, miro al mundo y contemplo el cosmos y la eternidad, o atrapo imágenes de noches románticas de lluvia o de estrellas en el firmamento, el brillo de las luciérnagas, la profundidad del océano y la intensidad del cielo.

Atesoro tu voz porque la reencuentro al escuchar los rumores de las cascadas, el trinar de las aves, el concierto del mar, los gritos de la vida y del universo, el lenguaje del aire al volar sobre las montañas y las palabras de los ángeles.

Me encantan tus besos porque me transmiten el sabor de tu alma, la dulzura del amor que me entregas, el encanto de tus sentimientos y la pureza de una existencia consagrada a bordar detalles y tejer la senda a nuestra morada.

Obtengo de tu esencia las fragancias de mi vida. Percibo el encanto de tu perfume en las orquídeas, los tulipanes y las rosas. Detecto tu bálsamo en el rocío, en el embeleso de una mañana primaveral, en el ambiente de una tarde de lluvia, en las hojas que el viento arranca de los árboles y acumula en alfombras doradas y quebradizas, en los copos de un día o una noche invernal. El aroma del mundo, al mezclarse con el efluvio del cielo, me recuerda el aroma de tu ser.

Ahora que eres cristal y lluvia, reconstruyo y evoco tu lozanía primaveral, cuando atravesabas puentes, corrías por la llanura, reías con la inocencia de una niña y arrancabas flores minúsculas y dientes de león como para enviarme, a través del tiempo, sus filamentos y perfumes cargados de amor.

No es que me apodere de los minutos que el reloj cuenta impaciente; es que se trata de instantes que coinciden en nuestra historia, momentos que compartimos, segundos que Dios derrama sobre nosotros para experimentar los sentimientos que nos unen y vivir el sueño y la ilusión de un gran amor.

Guardo en mi memoria el recuerdo de las vivencias, los juegos, las risas, el tiempo juntos, los paseos, la convivencia y nuestra historia. Son nuestros. Siempre me recuerdan la emoción, alegría e ilusión del amor que siento por ti. Impiden que alguien más ocupe el sitio de quien es yo.

Extiendo mis brazos este verano y los que siguen, con la promesa y garantía de que durante el viento otoñal y las ráfagas de invierno no te soltaré porque a alguien especial y sublime se le ama no por la belleza y lozanía de un ciclo transitorio, sino por su resplandor interno, por los tesoros de su alma, por la ruta que sigue, por ser quien es.

La locura de un amor no surge por un saludo casual, una coincidencia o un encuentro fugaz y placentero, ni tampoco por la obsesión de encadenar una mano, el latido de un corazón y el vuelo libre y pleno de la otra parte de uno, y menos por confinarlo en un documento o un coctel social; es un delirio que expresan dos almas al compartir y protagonizar una historia sublime, maravillosa e inolvidable, como esas que Dios suele escribir y regalar a quienes consiente tanto.

Imagino, y así te lo prometo, que mañana, cuando el invierno talle su lenguaje en mí y en tu rostro, en el tono de tu voz, en tu cabello, habré guardado en el armario de mi ser los colores de la alegría y los juegos que me regalaste, el arrullo de los sueños e ilusiones que bordamos, la emoción de las vivencias que protagonizamos, la compañía y fidelidad que únicamente experimentamos quienes desbordamos nuestro amor en un delirio, en un encanto, en un destino.

No sé si el tiempo, en el mundo, me alcance para compartir y disfrutar tu ancianidad; pero debes saber que mis manos te pertenecerán, mis ojos se fusionarán con los tuyos y mis brazos calentarán tu lecho y tus horas.

Ahora entiendo la razón por la que el amor no muere cuando es tan auténtico, fiel y puro. El invierno y la noche son insuficientes para ahuyentarlo o debilitar su intensidad. Los años, respaldados por una historia grandiosa, son basamentos y columnas que lo sostienen porque al dejar atrás la lozanía juvenil, los reflejos de la aurora, se presentan las pruebas que miden su autenticidad. Yo quiero, en mis días postreros, consentirte, llenar tus momentos de detalles y preguntarte una y otra vez, aunque pienses que la mía es demencia de viejo, si ya te dije que te amo tanto.

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