Pedro Dávalos Cotonieto, la pasión de un artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es un estilo de vida, un destino, una pasión, un delirio. La mano que escribe el poema y el relato parece tener correspondencia con la que desliza los pinceles sobre el lienzo, talla la piedra y el material yerto y pasa el arco sobre las cuerdas del violín, como si se tratara de alumbrar y dar sentido a la vida humana.

Arranca o sustrae la inspiración para adornar la estancia en el mundo. Convierte los sentimientos, las ideas y los sueños en obras que, minúsculas o mayúsculas, dejan huellas indelebles y contribuyen a marcar la diferencia entre lo primario y lo sensible y excelso. Sin arte, el mundo sería noche ausente de estrellas.

Quizá el artista auténtico -no el de poses en los cafetines y conferencias barnizadas de arrogancia- es la criatura extraña del vecindario; sin embargo, es el creador, el que aporta luces en un mundo cargado de discordia, materialismo y violencia.

El arte es entrega interminable, incesante proceso creativo que implica dar y aportar, aunque a veces, por no decir que con frecuencia, el juicio colectivo y las carencias económicas sean abrumadoras.

Resulta innegable que en cada obra hay motivos, horas y hasta años de producción e inspiración; pero también es cierto que tras el artista existen una historia, un ayer, un significado, una justificación, un mensaje.

Pedro, el artista

Tal vez sea la razón por la que Pedro no sea el Pedro ingeniero que soñaron sus padres, ni tampoco el Pedro corredor de autos y torero de los primeros años de juventud, sino el Pedro artista, el Pedro que desde la infancia arrancaba hojas a los cuadernos de sus hermanos para dibujar y pintar.

Pedro Dávalos Cotonieto recuerda, a sus 71 años de edad, sus años juveniles. En algún rincón de Tupátaro, enclavado en el municipio michoacano de Huiramba, el maestro refiere que desde hacía tres meses, introducir la llave en la cerradura y entrar a casa significaba cubrir su rostro de artista con antifaz de estudiante de Ingeniería Mecánica. Cada noche, al regresar de la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, echaba varias paladas de tierra a su esencia de artista para que ellos, sus padres, no descubrieran su identidad, los quehaceres académicos a los que se dedicaba. Pedro, Pedro Dávalos Cotonieto, maquillaba sus rasgos con la intención de transformarse en alumno universitario, “normal” como la mayoría, no “aprendiz” de pintor y escultor que no ganaría ni para comer.

Esa noche, al entrar y prender la luz de la sala, experimentó asombro y sobresalto al descubrir las facciones endurecidas de sus padres, quienes sentados en uno de los sillones, lo cuestionaron de inmediato sobre la carrera universitaria que en realidad cursaba. Algo andaba mal. Las expresiones paternas indicaban decepción, enojo, reproches. Estaba por venir lo peor, sospechó el joven.

Como ladrón sorprendido una noche helada y oscura de lluvia, Pedro tenía en sus manos, a la vista de todos, las pruebas en su contra. Portaba cuadernos, libros, rollos de papel con dibujos y una pieza escultórica, la del Cordobés.

El padre, encolerizado, exigió que mostrara los dibujos plasmados en los rollos de papel. Pedro, quien entonces tenía 20 años de edad, desenrolló el primer pliego con delicadeza, como si se tratara de una criatura viviente, y apareció, artístico, un desnudo femenino.

Aquel dibujo significó una ofensa a sus progenitores. Les pareció que el muchacho era un degenerado que indudablemente se reunía con malvivientes y vagos con la finalidad de dibujar cuerpos de mujeres.

Cuando mostró el segundo pliego, la irritación paterna fue mayor. Se trataba de un desnudo masculino. ¿Qué clase de hombre era Pedro, que hasta dibujaba hombres sin ropa?

La pareja Dávalos Cotonieto imaginó escenarios insanos en los que seguramente se desenvolvía su hijo. Tal vez, Pedro y otros estudiantes de arte, casi convertidos en rocanroleros y hippies, se reunían en una bodega abandonada, en un departamento húmedo y pestilente, en algún sitio descuidado, con el objetivo de mirar hombres y mujeres desnudos. Quizá entre ellos, los aspirantes a artistas, habría algunos que ingirieran bebidas alcohólicas o drogas. Eran, por cierto, los primeros años de la década de los 60, en el siglo XX.

Iracundo, el señor de la casa advirtió que no toleraría esa clase de conductas, motivo por el que sentenció a Pedro, a quien dio a elegir entre su hogar y la rectificación de sus estudios: su casa y sus estudios de Ingeniería Mecánica o el arte y la calle. Esa noche tendría que tomar la decisión. Y eligió.

Pedro miró, como al inicio, los rostros desencajados de sus padres y comprendió, en consecuencia, que no entenderían su amor e inclinación por el arte porque es algo que ya se trae, un estado que forma parte de la esencia, de manera que eligió la calle, y así como llegó, salió con sus cuadernos, libros, pliegos de papel y escultura, sin posibilidad de entrar a su recámara por ropa y otras pertenencias.

Eran más de las 11 de la noche cuando, bajo la lluvia, caminó desde el rumbo de la Villa, al norte de la Ciudad de México, al centro histórico, donde hasta la fecha de localiza la Academia de San Carlos, fundada en 1781 como Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, en la época del rey de España, Carlos III, ante la solicitud de la Casa de Moneda de dicha Colonia e inspirada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Durante su caminata nocturna, Pedro evocó los otros días de su existencia, cuando tenía alrededor de cinco años de edad y miró a una persona que pintaba. Entonces comprendió que sería pintor. La escena del artista lo condujo a su interior, a su esencia. Desde muy pequeño dibujaba.

Cursaba primaria cuando en su escuela organizaron una visita a la Academia de San Carlos, la cual fue determinante en la ruta que seguiría durante su vida. Lo recordaba mientras caminaba; el frío lo entumía y la llovizna lo empapaba.

-San Carlos me maravilló -admite Pedro, el escultor, el pintor, el grabador, el maestro que coexiste en el pueblo michoacano de Tupátaro-. Cuando miré las copias antiguas de Moisés, de Miguel Ángel Buonarroti, y de La Victoria de Samotracia, sentí asombro y decidí que sería artista.

Desde la niñez, cuando sus padres y otras personas interrogaban a Pedro acerca de la carrera que pensaba estudiar, invariablemente contestaba que sería pintor. Tanto sus progenitores como sus familiares intentaban persuadirlo para que optara por otra clase de estudios, pero él sabía que su cita con el destino, con el arte, sería inevitable. Llegaría puntual y de frente al encuentro con el arte.

Entre los 12 y 13 años de edad, en plena adolescencia, Pedro recibió un regalo especial por parte de sus padres: una motocicleta con su carrito anexo, utilizada por los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Como notaron que Pedro continuaba con la idea de ser artista, lo indujeron a la fiesta brava, a los toros; pero después de conocer el ambiente y adquirir los conocimientos necesarios, desistió y lo motivaron a participar con los hermanos Pedro y Ricardo Rodríguez en las carreras de autos.

A los 14 años de edad, sus progenitores le regalaron un Buick 1941 y posteriormente un Cadillac 1952; sin embargo, analizó la intención de ambos obsequios, en diferentes momentos de su vida, y descubrió que eran con el propósito de desviar su atención del arte.

El matrimonio Dávalos Cotonieto deseaba que Pedro fuera médico, abogado, ingeniero o arquitecto. Cualquier estudio universitario resultaría adecuado, siempre que no fueran actividades relacionadas con el arte.

Pedro mintió a los 20 años de edad. Aseguró en su hogar que se inscribiría en la carrera de Ingeniería Mecánica, pero solicitó información en la Academia de San Carlos, donde le explicaron que disponía de tres días para registrarse. Así que entregó los documentos correspondientes y pagó la inscripción. Durante tres meses fingió estudiar una carrera ajena, como lo deseaba su familia, hasta que fue descubierto.

Caminó durante toda la noche y madrugada, hasta que a las seis de la mañana se sentó en las escalinatas del cine Teresa, donde llegó a la conclusión de que su realidad había cambiado. Tendría que trabajar si en vedad deseaba estudiar y desarrollarse como artista.

Nostálgico, pero también con sentimiento de orgullo, Pedro refiere que aquella ocasión pensó que lo que uno desea conquistar, hacer y tener, es posible obtenerlo si se esfuerza. Y eso hizo.

El alumno Pedro Dávalos Cotonieto, uno de los más destacados de la Academia de San Carlos, se dedicó a trabajar desde el momento en que entendió que no regresaría más a la casa solariega. El primer medio año, a partir de que sus padres lo corrieron del hogar, vivió en la calle.

-Había que estar atentos a las oportunidades, a los espacios, porque existía competencia en las calles entre quienes buscábamos un rincón seguro para pernoctar -advierte el artista-. En los espacios públicos del centro histórico de la Ciudad de México, éramos muchos los que andábamos en busca de un tramo de piso, protegido por algún techo o toldo, para dormir. Los quicios de las iglesias eran idóneos para pasar la noche.

Un día, después de tanto tiempo, su hermano lo buscó en la Academia de San Carlos con la finalidad de informarle que había llegado un telegrama a casa. Lo había enviado Javier Barros Sierra, quien fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el propósito de informarle que por ser uno de los mejores alumnos de generación, recibiría un diploma como reconocimiento.

Durante el acto, rememora el artista, recibió el diploma y una beca. Le preguntaron públicamente cómo deseaba devolver a la nación los beneficios que recibía. Respondió que por medio de la enseñanza, y lo hizo con el amor y la pasión que tiene al arte.

En determinado momento, distinguió que atrás, en una de las columnas, se encontraban sus padres, de modo que experimentó cierta incertidumbre cuando lo abrazaron las modelos profesionales y Guadalupe, una bailarina, gritó muy efusiva para felicitarlo. La mujer, henchida de euforia, lo abrazó y cargó.

Sus progenitores se aproximaron con el objetivo de felicitarlo e invitarlo a comer en casa. Su madre lloró. La familia Dávalos Cotonieto se encontraba ante el artista, el pintor, escultor y grabador. Lo invitaron a casa, pero ya había probado los ósculos y caricias de la libertad y le encantaron; mas no el libertinaje, como dice, porque jamás permitió que lo sedujeran los vicios.

Discurrían las horas postreras de la década de los 60, exactamente en 1969, cuando ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde hace aproximadamente cuatro décadas y media, se dedica a hacer facsímiles de importantes piezas arqueológicas, las cuales se encuentran expuestas en museos y zonas arqueológicas, e incluso han participado en intercambios para naciones europeas, asiáticas, americanas y prácticamente todo el mundo.

Lector incansable, Pedro Dávalos Cotonieto se dedica desde hace 44 años a la conservación del patrimonio cultural de México. Mucha obra se deteriora por la irresponsabilidad humana, el deterioro de capas y la contaminación, entre otras causas, por lo cual es fundamental su rescate a través de la manufactura de facsímiles.

Fue gracias a la intervención de Pedro Dávalos Cotonieto que La Venta, Tabasco, recuperó su identidad como sitio arqueológico; pero ha participado en incontables tareas de salvamento histórico. Ha reproducido piezas de casi todas las culturas de Mesoamérica y el mundo.

Pintor, escultor y grabador, Pedro dirige el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, donde radica desde hace varios años; además, es fundador del Centro Cultural “Antonio Trejo Osorio”, del Centro “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez” y del Jardín de la Escultura Mexicana, en la misma población, donde recibe grupos estudiantiles, turistas y toda clase de visitantes.

Gracias a su trabajo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que le ha dado prestigio nacional y mundial a través de los facsímiles que realiza con fósiles y piezas arqueológicas, expuestas en museos, zonas arqueológicas y diferentes foros de México y el mundo, Pedro Dávalos Cotonieto no ha tenido necesidad de comercializar sus pinturas, grabados y esculturas.

Se visualiza trabajando en sus obras hasta el instante postrero de su existencia, acaso porque el espíritu del arte siempre lo ha acompañado y se irá con él.

Una trayectoria

De 1994 a 1998, Pedro Dávalos Cotonieto participó en la restauración del frontal de caña de maíz, fechado en 1765, único en el mundo por sus características. Cabe destacar que el rescate del frontal, marcó interés de la comunidad indígena de Tupátaro para aprender, conocer y manejar la técnica de escultura de caña de maíz, perdida durante más de dos centurias en la región, lo que ocasionó que el artista fuera comisionado, a partir de 1998, como instructor de un curso sobre “Manufactura de los frontales de caña de maíz”, antecedente del actual taller para el rescate y la enseñanza de la técnica ancestral conocida como “pasta de caña de maíz”.

El artista radica en Tupátaro desde hace 18 años, donde su influencia ha sido determinante para que los habitantes de la población tengan conciencia sobre el cuidado y la protección de su acervo cultural e histórico; pero también un aprendizaje continuo dentro de la formación en la técnica de pasta de caña de maíz para que la comunidad se arraigue y cuente con la oportunidad de crear piezas que den sustento digno a las familias.

Ha influido en el rescate de los altares de muertos, la danza, el vestuario y la gastronomía de Michoacán. Esto se ha traducido en que el pueblo haya recobrado su folklore y su vocación artesanal.

Paralelamente, el artista ha impulsado, en la misma población, actividades culturales como conciertos musicales, danza moderna y contemporánea y teatro. Más allá de haber formado dos bibliotecas sobre diversos temas en el poblado que actualmente ese admirado por incontables turistas nacionales y extranjeros, el maestro Dávalos Cotonieto recorre periódicamente comunidades dentro del Faro de Bucerías, El Sabino y Capacho, en los municipios de Aquila, Uruapan y Capacho, para llevar cultura a niños y adolescentes que viven en los rincones más apartados. Su proyecto se denomina “El arte de la cañita, una alternativa cultural, educativa y de sustentabilidad en el medio rural”, respaldado por la Federación.

A nivel nacional, dentro de su carrera artística que prácticamente inició desde la infancia, el maestro, quien se ha distinguido como escultor en modelado, realizó una multiplicidad de obras relacionadas con diversas culturas del mundo -asirias, egipcias, griegas, estruscas, sumerias, africanas, chinas y romanas- para  el Museo Nacional de las Culturas; además, es pionero en México en el empleo de resina poliéster y cargas minerales, lo que le permitió crear reproducciones de monolitos de grandes dimensiones, entre los que destacan la Coyolxauhqui, el calendario solar y la maqueta del Templo Mayor.

El artista Dávalos Cotonieto participó, dentro de su carrera, en tareas de rescate, salvaguarda y difusión del patrimonio arqueológico en Monte Albán, Tula, La Venta, Palenque, Tikal, Bonampak, Yaxchilan y Uaxctun e incluso Copán, Honduras, de manera que gran número de sus facsímiles se encuentran expuestos en los museos de Antropología e Historia, el de las Culturas y el de Xochimilco, en la Ciudad de México; aunque también en el de Baja California y en el Jardín de la Escultura Mexicana, en Santiago Tupátaro. Se encuentran, igualmente, en países como Japón, precisamente para que el mundo conozca la cultura mexicana.

Docente en diferentes instituciones universitarias durante alguna etapa de su vida, actualmente lo es en el Centro de Capacitación para el Trabajo “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez”, el cual se encuentra acreditado y fundó en 2011 en Tupátaro, cuya relevancia estriba, precisamente, en la certificación de la enseñanza de las técnicas y los oficios en la escuela de caña de maíz en Michoacán.

Adicionalmente, ha participado en diversos festivales y exposiciones a nivel estatal, nacional e internacional, como el Festival del Juguete, con respaldo del Museo Papalote, para lo que recorrió Chicago, San Diego, Texas y Washington, entre 2007 y 2012.

Con sus alumnos, ha llevado artesanía, danza y gastronomía a diferentes festivales en Dallas y Lufkin, Texas. Sus alumnas han tenido una participación trascendental en el Concurso de Artesanías de Domingo de Ramos, en Uruapan, ya que de 2005 a 2016 han obtenido nueve premios en categoría de escultura de caña de maíz.

Pedro Dávalos Cotonieto refiere que cuando anda por las comunidades, con una caja de cartón, la gente le pregunta si vende algo. Sonríe y contesta que ofrece arte. Sabe que el arte cambia los rostros de los pueblos y es la razón, dice, por la que inculca en niños y jóvenes ese estilo de vida.

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Pedro Dávalos Cotonieto, la vida de un artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde hacía tres meses, introducir la llave en la cerradura y entrar a casa significaba cubrir su rostro de artista con el antifaz de estudiante de Ingeniería Mecánica. Cada noche, al regresar de la Academia de San Carlos, echaba varias paladas de tierra a su esencia de artista para que ellos, sus padres, no descubrieran su identidad. Pedro, Pedro Dávalos Cotonieto, maquillaba sus rasgos con la intención de transformarse en alumno universitario, “normal” como la mayoría, no un “aprendiz” de pintor y escultor que no ganaría ni para comer.

Esa noche, al entrar y prender la luz de la sala, experimentó asombro y sobresalto al descubrir las facciones endurecidas de sus padres, quienes sentados en uno de los sillones, lo cuestionaron de inmediato sobre la carrera universitaria que en realidad cursaba. Algo andaba mal. Las expresiones paternas indicaban decepción, enojo, reproches.

Como el ladrón sorprendido una noche helada y oscura de lluvia, Pedro tenía en sus manos, a la vista de todos, las pruebas en su contra. Portaba cuadernos, libros, rollos de papel con dibujos y una pieza a la que gradualmente daba forma escultórica.

El padre, encolerizado, exigió que les mostrara los dibujos plasmados en los rollos de papel. Pedro, quien entonces tenía 20 años de edad, desenrolló el primer pliego con delicadeza, como si se tratara de una criatura viviente, y apareció, artístico, un desnudo femenino.

Aquel dibujo significó una ofensa a sus progenitores. Les pareció que el muchacho era un degenerado que indudablemente se reunía con malvivientes y vagos con la intención de dibujar cuerpos de mujeres.

Cuando mostró el segundo pliego, la irritación fue mayor. Se trataba de un desnudo masculino. ¿Qué clase de hombre era Pedro, que hasta dibujaba hombres sin ropa?

La pareja Dávalos Cotonieto imaginó escenarios insanos en los que seguramente se desenvolvía su hijo. Tal vez, Pedro y otros estudiantes de arte, casi convertidos en rocanroleros y hippies, se reunían en una bodega, en un departamento, en algún sitio, con la intención de mirar hombres y mujeres desnudos. Quizá entre ellos, los aspirantes a artistas, habría algunos que ingirieran bebidas alcohólicas o se drogaran. Eran, por cierto, los primeros años de la década de los 60, en el siglo XX.

Iracundo, el señor de la casa advirtió que no toleraría esa clase de conductas, motivo por el que sentenció a Pedro, a quien dio a elegir entre su hogar y la rectificación de sus estudios, o el arte y la calle.

Pedro miró, como al inicio, los rostros desencajados de sus padres y comprendió, en consecuencia, que no entenderían su amor e inclinación por el arte porque es algo que ya se trae, un estado que forma parte de la esencia, de manera que eligió la calle, y así como llegó, salió, con sus cuadernos, libros, pliegos de papel y escultura, sin posibilidad de entrar a su recámara por ropa y otras pertenencias.

Eran más de las 11 de la noche cuando, bajo la lluvia, caminó desde el rumbo de la Villa, al norte de la Ciudad de México, al centro histórico, donde hasta la fecha de localiza la Academia de San Carlos, fundada en 1781 como Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, en la época del rey de España, Carlos III, ante la solicitud de la Casa de Moneda de dicha Colonia e inspirada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Durante su caminata nocturna, Pedro evocó los otros días de su existencia, cuando tenía alrededor de cinco años de edad y miró a una persona que pintaba. Entonces comprendió que sería pintor. La escena del artista lo condujo a su interior, a su esencia. Desde muy pequeño dibujaba.

Cursaba la primaria cuando en su escuela organizaron una visita a la Academia de San Carlos, la cual fue determinante en la ruta que seguiría. Lo recordaba mientras caminaba; el frío lo entumía y la llovizna lo empapaba.

-San Carlos me maravilló -admite Pedro, el escultor, el pintor, el grabador, el maestro que coexiste en el pueblo michoacano de Tupátaro-. Cuando miré las copias antiguas de Moisés, de Miguel Ángel Buonarroti, y de La Victoria de Samotracia, sentí asombro y decidí que sería artista.

Desde la niñez, cuando sus padres y otras personas interrogaban a Pedro acerca de la carrera que pensaba estudiar, invariablemente contestaba que sería pintor. Tanto sus progenitores como sus familiares intentaban persuadirlo para que optara por otra clase de estudios, pero él sabía que su cita con el destino, con el arte, sería inevitable.

Entre los 12 y 13 años de edad, en plena adolescencia, Pedro recibió un regalo especial por parte de sus padres: una motocicleta con su carrito anexo, utilizada por los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Como notaron que Pedro continuaba con la idea de ser artista, lo indujeron a la fiesta brava, a los toros; pero después de conocer el ambiente y adquirir los conocimientos necesarios, desistió y lo motivaron a participar con los hermanos Pedro y Ricardo Rodríguez en las carreras de autos.

A los 14 años de edad, sus progenitores le regalaron un Buick 1941 y posteriormente un Cadillac 1952; sin embargo, analizó la intención de ambos obsequios, en diferentes momentos de su vida, y descubrió que eran con el objetivo de desviar su atención del arte.

El matrimonio Dávalos Cotonieto deseaba que Pedro fuera médico, abogado o arquitecto. Cualquier estudio universitario resultaría adecuado, siempre que no fueran actividades relacionadas con el arte.

Pedro mintió a los 20 años de edad. Aseguró en su hogar que se inscribiría en la carrera de Ingeniería Mecánica, pero solicitó información en la Academia de San Carlos, donde le explicaron que disponía de tres días para registrarse. Así que entregó los documentos correspondientes y pagó la inscripción. Durante tres meses fingió estudiar una carrera ajena, como lo deseaba su familia, hasta que fue descubierto.

Caminó durante toda la noche y madrugada, hasta que a las seis de la mañana se sentó en las escalinatas del cine Teresa, donde llegó a la conclusión de que su realidad había cambiado. Tendría que trabajar si en vedad deseaba estudiar y desarrollarse como artista.

Nostálgico, pero también con sentimiento de orgullo, Pedro refiere que aquella ocasión pensó que lo que uno desea conquistar, hacer y tener, es posible obtenerlo si se esfuerza. Y eso hizo.

El alumno Pedro Dávalos Cotonieto, uno de los más destacados de la Academia de San Carlos, se dedicó a trabajar desde el momento en que entendió que no regresaría más a la casa solariega. El primer medio año, a partir de que sus padres lo corrieron del hogar, vivió en la calle.

-Había que estar atentos a las oportunidades, a los espacios, porque existía competencia en las calles entre quienes buscábamos un rincón seguro para pernoctar -advierte el artista-. En los espacios públicos del centro histórico de la Ciudad de México, éramos muchos los que andábamos en busca de un tramo de piso, protegido por algún techo o toldo, para dormir.

Un día, después de tanto tiempo, su hermano lo buscó en la Academia de San Carlos con la finalidad de informarle que había llegado un telegrama a casa. Lo había enviado Javier Barros Sierra, quien fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el propósito de informarle que por ser uno de los mejores alumnos de generación, recibiría un diploma como reconocimiento.

Durante el acto, rememora el artista, recibió el diploma y una beca. Le preguntaron públicamente cómo deseaba devolver a la nación los beneficios que recibía. Respondió que por medio de la enseñanza, y lo hizo con el amor y la pasión que tiene al arte.

En determinado momento, distinguió que atrás, en una de las columnas, se encontraban sus padres, de modo que experimentó cierta incertidumbre cuando lo abrazaron las modelos profesionales y Guadalupe, una bailarina, gritó muy efusiva para felicitarlo. La mujer, henchida de euforia, lo abrazó y cargó.

Sus progenitores se aproximaron con el objetivo de felicitarlo e invitarlo a comer en casa. Su madre lloró. La familia Dávalos Cotonieto se encontraba ante el artista, el pintor, escultor y grabador. Lo invitaron a casa, pero ya había probado los ósculos y caricias de la libertad y le encantaron; mas no el libertinaje, como dice, porque jamás permitió que lo sedujeran los vicios.

Discurrían las horas postreras de la década de los 60, exactamente en 1969, cuando ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde hace aproximadamente cuatro décadas y media, se dedica a hacer facsímiles de importantes piezas arqueológicas, las cuales se encuentran expuestas en museos y zonas arqueológicas, e incluso han participado en intercambios para naciones europeas, asiáticas, americanas y prácticamente todo el mundo.

Lector incansable, Pedro Dávalos Cotonieto se dedica desde hace 44 años a la conservación del patrimonio cultural de México. Mucha obra se deteriora por la irresponsabilidad humana, el deterioro de capas y la contaminación, entre otras causas, por lo cual es fundamental su rescate a través de la manufactura de facsímiles.

Fue gracias a la intervención de Pedro Dávalos Cotonieto que La Venta, Tabasco, recuperó su identidad como sitio arqueológico; pero ha participado en incontables tareas de salvamento histórico. Ha reproducido piezas de casi todas las culturas de Mesoamérica y el mundo.

Pintor, escultor y grabador, Pedro dirige el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, donde radica desde hace varios años; además, es fundador del Centro Cultural “Antonio Trejo Osorio”, del Centro “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez” y del Jardín de la Escultura Mexicana, en la misma población, donde recibe grupos estudiantiles, turistas y toda clase de visitantes.

Gracias a su trabajo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que le ha dado prestigio nacional y mundial a través de los facsímiles que realiza con fósiles y piezas arqueológicas, expuestas en museos, zonas arqueológicas y diferentes foros de México y el mundo, Pedro Dávalos Cotonieto no ha tenido necesidad de comercializar sus pinturas, grabados y esculturas.

La grandeza y sensibilidad del artista contrasta con su sencillez, con la nobleza de su ser, como si la luz solar iluminara el lienzo de la naturaleza y dentro de su resplandor excelso permitiera distinguir el más bello de los paisajes. Se visualiza trabajando en sus obras hasta el instante postrero de su existencia, acaso porque el espíritu del arte siempre lo ha acompañado y se irá con él. Y es que todo artista, cuando es auténtico, sabe que está hecho de otra arcilla y que su esencia lo acompañará desde el cunero hasta el sepulcro. Las huellas de Pedro Dávalos Cotonieto quedarán como legado artístico y cultural para los mexicanos y la humanidad. Cada pieza evocará sus manos de artista y al creador de gran sensibilidad e inspiración.

Como el templo de San José, agonizan fincas coloniales de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era una mañana nebulosa y fría, similar a las de los días de mi infancia dorada, cuando miraba desde la ventana de mi habitación la llovizna que se precipitaba sobre las plantas, los árboles, el pasto y las flores del extenso jardín en la casa solariega, y me refugiaba en mis sueños, en mi mundo de fantasías, en mis juegos interminables.

Aquel viernes de hace aproximadamente año y medio, observaba la arquitectura del templo colonial de San José, construido en el discurrir del siglo XVIII, en la antigua Valladolid, actualmente Morelia, capital del estado de Michoacán. Miraba los contrastes de sus dos torres, también de cantera, edificadas a mediados de la vigésima centuria. La unión de los bloques virreinales de cantera con los de la época moderna, humedecidos por la lluvia matutina, me recordaron las adversidades y la difícil prueba de la coexistencia entre el clero secular y el regular, en las horas coloniales.

Heridas por los años, la lluvia, el sol, la humedad, el viento y, sobre todo, el descuido, las piezas de cantera me parecieron molares debilitados. La arquitectura sacra y la historia, reflexioné, exhiben una dentadura ennegrecida, totalmente abandonada, que pronto acabará en ruinas.

Me interné en las rutas del pensamiento y la imaginación, mientras la sutileza del viento y la llovizna acariciaban mis mejillas; sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, experimenté aturdimiento al escuchar un ruido similar al de los cables de electricidad cuando hacen corto circuito y revientan de los postes de donde cuelgan. Miré hacia arriba y de inmediato el suelo, a tres o cuatro metros de donde me encontraba, entre el portón de madera y la base de la torre sur, y descubrí un bloque de piedra despedazado. Al caer, los trozos de cantera se proyectaron con fuerza al sentido opuesto en el que estaba parado. El bloque pudo caer sobre mí o los fragmentos de piedra causarme daño mortal. Realmente estuve a tres metros de la muerte.

Una vez que reaccioné, comprobé que la piedra se había desprendido de la torre y que yo estaba a salvo. Cayó tan cerca que mí que experimenté alivio y el impulso de meditar sobre la línea tan delgada que separa la vida de la muerte.

Relaté la experiencia en mi columna La Jornada Empresarial, que entonces publicaba semanalmente en el periódico donde laboraba. Evidentemente, critiqué las políticas del Instituto Nacional de Antropología e Historia, cuyos funcionarios y burócratas generalmente actúan irresponsablemente, al grado que se ha dañado gran parte del patrimonio arqueológico, colonial e histórico que existe en la República Mexicana.

En la columna, invité a las autoridades en la materia a revisar el templo colonial de San José y sus torres de mediados de la vigésima centuria; pero también recomendé inspeccionar otros inmuebles vetustos del centro histórico de Morelia, los cuales, por cierto, se encuentran en pésimas condiciones y un día, el menos esperado, pueden perderse por cuestiones burocráticas, corrupción e irresponsabilidad.

Ha transcurrido alrededor de año y medio desde aquel acontecimiento y la publicación en el periódico. Como siempre, el Instituto Nacional de Antropología e Historia no ha revisado las condiciones estructurales del templo de San José, como tampoco de otras casonas antiguas.

Cual dentadura que se debilita y cae, algunas piezas del templo de San José se han desprendido, y ahora, quien mire su fachada, observará que cierta zona se encuentra delimitada con malla, vallas y un letrero que prohíbe el paso; sin embargo, las autoridades correspondientes no han actuado y quizá esperan, como generalmente ocurre en estos casos, que se derrumbe una porción del recinto o que se registre algún accidente.

La plaza de la Reforma Agraria o de San José, como se le conoce popularmente, es frecuentada diariamente por incontables personas, principalmente estudiantes preparatorianos que se sientan durante gran rato en las escalinatas de cantera que conducen al portón y a la fachada del templo. Se trata de jóvenes que corren el riesgo de sufrir un accidente mortal en caso de que se presente algún derrumbe.

El 18 de mayo de 2015, Morelia cumplirá 474 años de haberse fundado. Las casonas antiguas de cantera asistirán a su cumpleaños, igual que una abuela que cuenta los días y relata historias interminables; no obstante, la anciana parece irreconocible por el maquillaje mal aplicado y las prótesis y muletas endebles que utiliza para apoyarse, y es que al revisar su inventario, es sencillo detectar que la mayor parte de la herrería es moderna, los portones de madera fueron sustituidos por cortinas de hierro y puertas de lámina, las fachadas esconden habitaciones de ladrillo y concreto, los patios con arcadas son bodegas o comercios y lo peor, ni las autoridades responsables de proteger el patrimonio arquitectónico son capaces de reaccionar, ya que resulta más cómodo permanecer en la pereza de la burocracia para autorizar desde los escritorios demoliciones completas, prohibir pequeñas restauraciones o sancionar severamente a quienes se atreven a realizar pequeñas reparaciones. El trato y las autorizaciones no son iguales para quienes poseen fortunas que para aquellos que modestamente solicitan licencias con el propósito de sustituir vigas o realizar alguna modificación a casas que muchas veces ni siquiera datan de la Colonia. Aquí, como en tantas partes del territorio nacional, se practica el juego de la simulación.

Respecto al templo colonial de San José, con sus dos torres de mediados del siglo XX, ¿el Instituto Nacional de Antropología e Historia estará esperando que se desmorone y se sume a los monumentos que por irresponsabilidad, burocracia o corrupción se han perdido en México? Claro, siempre hay políticos o empresarios influyentes que adquieren las ruinas, las numeran y las reconstruyen en sus propiedades.

Los archivos empolvados de la historia refieren que el actual templo de San José, de estilo barroco, tuvo sus orígenes en la cuarta década del siglo XVIII, cuando el obispo Juan José de Escalona y Calatayud ordenó la construcción de una capilla. Más tarde, en 1760, el obispo Sánchez de Tagle mandó erigir el templo. Las torres y el remate del reloj, en tanto, datan de 1945. Como esta finca sacra, existen gran cantidad de construcciones de origen colonial que gradualmente se están desmoronando sin que las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia reaccionen oportunamente para evitar la desaparición del patrimonio arquitectónico de Morelia, la capital de Michoacán. Todo parece indicar que el centro histórico de Morelia, fundado el 18 de mayo de 1541, asistirá agónico y con muletas no a su cumpleaños 474, sino al preámbulo de sus exequias. Una muestra es, ya quedó claro, el templo de San José.