Una mujer, una dama, una madre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Una mujer es un encanto; una dama, un estilo, una flor, un deleite; una madre, el paraíso en el mundo, el cielo infinito, el regazo amoroso. Una mujer es belleza, talento e inteligencia; una dama, en tanto, lo posee todo, y es esencia y arcilla; una madre, por añadidura, consagra su existencia a sus hijos y los enseña a volar libres y plenos, en un espacio dedicado al bien y a la verdad. Una mujer es la flor que exhala su perfume y regala sus colores y texturas para alegrar a la gente, a las criaturas del mundo; una dama es la orquidea y el tulipán que evocan el vergel infinito; una madre es la rosa con sus pétalos mágicos, y también el tallo con espinas que a veces desgarra y la raíz que busca nutrientes con el objetivo de compartirlos a sus descendientes. Una mujer es bella y maravillosa; una dama, música y poema; una madre, simplemente, el calor y la sonrisa de Dios. Una mujer es un ser humano grandioso en femenino, lo mismo si se le descubre en minúscula que en mayúscula; una dama es un ángel inolvidable; una madre es eso, una criatura a la que Dios encomienda el prodigio de la vida. Todas -mujeres, damas y madres- son admirables y merecen amor y respeto. Hoy, sencillamente, mis letras pronuncian el concepto de madre, acaso por tratarse de una fecha de celebración, probablemente por recordar a la mía y a todas las de mi familia y a las que he encontrado durante mi caminata, quizá por el significado tan especial y sublime que tienen, seguramente por ser las criaturas amadas y consentidas de Dios, tal vez por eso y más.

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Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Renata Sofía, una artista, una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos extraordinarios por su esencia y por lo que son. Silenciosos, navegan en sus sueños y en sus vivencias, en sus sentimientos y en sus ideas, igual que las estrellas que uno mira arrobado cuando es tan joven. Cautiva al mirarla en su taller, entregada a su arte, a la pintura que le apasiona desde que era muy pequeña; pero también llama la atención su figura cuando es dama y, en plena adolescencia, asoma a la ventana y observa el jardín, o al cocinar espagueti y pizza que tanto le gustan y al prepararse con la intención de seguir sus lecciones de taekwondo. Es adolescente. Con la ilusión de toda joven, cumplió 15 años de edad, década y media de una existencia bella y pura, en aprendizaje continuo, con sueños maravillosos e ideales que la transportan a fronteras y mundos prodigiosos. Renata, como le llama su padre, es Sofía, cual es nombrada por su madre, porque, finalmente, se trata de una sola persona, en femenino y todavía en minúsculas, Renata Sofía, quien baila, bromea, canta, ríe, juega, estudia y planea una existencia bella e inolvidable, digna y libre, equilibrada y armónica. Recuerda, por su educación, a aquellas niñas, adolescentes y jóvenes risueñas y amables, virtuosas y dispuestas a ser mujeres, damas, seres humanos, ángeles. Es una persona real que, en la ciudad tan distante en la que vive, mantiene sus ilusiones y confía en que otro día, al amanecer de nuevo, surgirá la oportunidad de volar a horizontes grandiosos. Sabe esperar. Reconoce que la vida empieza cada instante. Se está preparando con la finalidad de acudir, puntual y de frente, a su grandiosa cita con el destino. Anhela vivir intensamente feliz y dar lo mejor de sí a los demás.. Pretende construir puentes y rutas a la cima y a la luz. Uno, al conocer biografías tan maravillosas, suspira y se repite en silencio: “qué bendición tan grande es, sin duda, tener una hija que se percibe es regalo del cielo”.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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Y sí, tal es la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es la flor que crece y regala su perfume, su textura, su sonrisa de colores, en femenino y en masculino. Es el helecho mágico que, en minúsculas y mayúsculas, al natural, a un lado de la cascada, próximo a los abetos, en la humedad, en lo más sombrío del bosque, cautiva los sentidos. Es la abeja que vuela y posa aquí y allá, en los pétalos, en las rosas, con el interés de sustraer la dulzura de la vida, el encanto que parece manifestarse en cada expresión, en todas las criaturas. Es el delfín amigable que invita a disfrutar los momentos, las caricias del aire, las profundidades del océano. Es la gota de agua que desliza por las hojas, las piedras y los árboles, hasta retornar a los ríos, a los manantiales, y refrescar a los sedientos, a los que encuentra a su lado, durante su caminata interminable. Es el caracol marino que reproduce, en su intimidad, los sonidos y los silencios del mar, los murmullos y los sigilos de la creación. Es el viento que sopla y acaricia, sonroja y arrastra las hojas y las canciones de Dios. Es el fuego que calienta e incendia la oscuridad del cielo, envuelto en nubes plomadas, durante las horas de tempestad. Es el poema incesante, la música interminable que viene de alguna parte secreta y se manifiesta sublime y magistral en las plantas, en los granos de arena, en el agua. Es uno, sí, uno que abre el portón a su alma, a sus sentimientos, a su inteligencia, al bien incesante, a la creación. Tal es la vida.

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La otra mascarilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tristemente, hoy queda demostrada la fragilidad humana. La miseria, atada a los barrotes de la ignorancia, facilita la enajenación, el control absoluto, la manipulación, el engaño, la masificación, la más cruel de las explotaciones; aunque es común, en la hora contemporánea, igualmente, mirar el paso de reclusos con formación académica, presos con fortunas incalculables, prisioneros que tienen privilegios materiales, todos ellos enflaquecidos, débiles y temerosos. Todos son iguales. La única diferencia, parece, es la posición socioeconómica con sus estilos. Desmaquillados, lucen irreconocibles y desmejorados. Parece, de improviso, que las naciones y las personas construyeron apariencias e imágenes, fantasías y sueños, cimientos endebles, fronteras absurdas, mundos flotantes, más que bases sólidas, puentes y realidades. Hoy, a unos días del ocaso de 2020 y de la aurora de 2021, una parte significativa de hombres y mujeres, en el mundo -en unas naciones más que en otras-, demuestran su estado primario, su falta de evolución, que barnizaron engañosamente con maquillajes artificiales. Si apenas ayer ocultaron sus apetitos, debilidades y mediocridad, junto con su individualismo, su falta de compromiso, su carencia de valores y su confusión existencial, y los sepultaron bajo el asfalto, el plástico y el concreto que tanto los emocionó, ahora esconden sus rostros de alegría, sus expresiones y su sonrisa tras mascarillas que significan algo más que protegerse de un virus mortal, suelto y desbocado por los dueños del circo. Muchos se creyeron -y así lo presumieron- totalmente poderosos por el hecho de poseer cuentas bancarias, automóviles, negocios y fincas, o por viajar y hospedarse en sitios paradisíacos y de lujo -por cierto, arruinados y deformados en su entorno natural por la ambición desmedida-, y ahora, en medio de acontecimientos inauditos y mortales como el Coronavirus que, más allá de las teorías y pruebas de conspiración por parte de una élite perversa, demuestran su pobreza y ausencia de sentido existencial. La gente se engañó a sí misma. Construyó palacios sobre terrenos fangosos que ahora se hunden irremediablemente. Ante las pruebas, hasta ahora las más complejas de las generaciones del minuto presente, incontables personas de todas edades demuestran lo que son en realidad, y mientras permanecen encarcelados en sus estilos absurdos y estúpidos de vivir, salen desesperados a las calles, a los espacios públicos, a los restaurantes, a los centros y a las plazas comerciales, a cualquier lugar, despreocupados e irresponsables de las aglomeraciones y sus fatales consecuencia, carentes de respeto a sí mismos y a los demás, tan artificiales como antes, agresivos e inhumanos. La estulticia, el odio, la violencia, el egoísmo, la deshumanización y el mal se acentúan entre un amanecer y un anochecer. Casi todos huyen del silencio interior, de los paréntesis que a veces impone de la vida, y prefieren, en consecuencia, liberarse de sí mismos y salir a las calles, a los aparadores, donde los miren los demás, con mascarillas que esconden sus rasgos, de las que pronto se desharán, aunque la luz y su voz interior continúen amordazadas. Incapaces de convivir en familia y fortalecer sus relaciones, prefieren la estridencia y los reflectores de los espacios públicos. Aunque un día, quizá, la humanidad supere la etapa actual de caos y muerte, continuará bloqueada con la mascarilla que voluntariamente se ha colocado al reprimir sus sentimientos nobles, creatividad, inteligencia, sueños e ideales.

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Se sentían tan hermosos…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Él y ella se sentían tan hermosos, que tras asomar un día, otro y muchos más al espejo, a los cristales y a los charcos, enamoraron de sí, sintieron embeleso al definir sus imágenes y rindieron culto a su apariencia. Evitaban hablar de la caminata del tiempo porque temían descubrir en sus rostros, en sus miradas, en su piel y en su cabello, alguna mañana, al despertar, o una noche, al dormir, las huellas de los días y los años. Anhelaban la cáscara y la inmediatez de su existencia porque aprendieron, y así les enseñaron, a ser maniquíes de aparador, muñecos de boutique, huéspedes de posadas transitorias. Demostraron, al interesarles más el calzado que las huellas y preferir los reflectores a la fuente de luz, que la belleza física no siempre es compatible con la inteligencia y las virtudes. Atendieron tanto la forma y descuidaron en exceso la esencia, que se transformaron en antítesis de la razón y los valores. Estaban enamorados de un sueño llamado belleza cuya sanación, parece, es el tiempo. Deslumbraron con la belleza temporal y sepultaron la hermosura de su interior.

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Alambres que retan a la inteligencia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todos son actores del paisaje urbano y la vida cotidiana en la Plaza de Armas, en el centro histórico de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán. Unos venden colores efímeros, globos sujetos a hilos que impiden su fuga al cielo, entre nubes también de fugaz existencia; otros, en cambio, lustran zapatos, calzado que conserva el encanto de pisar una multiplicidad de suelos y la magia de transitar rutas insospechadas; algunos, atrapados en disfraces de payasos, con alegría mal maquillada, recurren a bromas para arrancar aplausos, risa y monedas; él, don Memo, comercializa acertijos y retos para la inteligencia.

Sabe, por experiencia diaria, que no es fácil vender códigos para abrir las fronteras del raciocinio, y menos a jóvenes que atrapados en pasatiempos digitales y redes sociales, llegan con desdén a preguntar por alguna de las 40 piezas de alambristería, sí, sólo a mirar, a manipular, para posteriormente retirarse con la idea de que se trata de juegos caducos de hace décadas, cuando sus abuelos eran niños.

Guillermo Romero Chávez, don Memo, insiste a los muchachos que compren alguna de las piezas de alambre porque son para eso, para desarrollar la capacidad intelectual. Cuestan 20 pesos, alrededor de un dólar. Ellos, los estudiantes, bromean y le responden que les parecen complicados los mecanismos de alambre y las soluciones, y que si se esfuerzan en liberar una pieza de otra, en resolver el reto intelectual que plantea cada juego, seguramente se “secarán sus cerebros”.

Lamenta que incontables personas se encuentren inmersas en la enajenación de los programas de televisión y ahora, con mayor fuerza, en las redes sociales, en los juegos digitales que son antítesis del ejercicio de la inteligencia.

Recuerda que hace media centuria, cuando era niño, su padre y su abuelo, también alambristas que operaban en las calles de la Ciudad de México, le enseñaron las técnicas para fabricar rompecabezas de alambre, y él ayudaba en el taller y conocía los trucos para resolver las dificultades y los retos intelectuales que imponía cada juego. Así aprendió a enfrentar paradigmas, asegura.

Un día, como en todo, cayó el telón y ellos, su padre y su abuelo, murieron un día y otro, cuando él ya trabajaba, por sus conocimientos en plomería, en una dependencia federal relacionada con Obras Públicas, en la Ciudad de México.

Tras varios años de permanecer cerrado el taller de su padre y su abuelo, su madre, originaria del municipio michoacano de Villa Jiménez, le propuso revisar la herramienta que se encontraba allí, la cual seguramente le sería de utilidad.

Don Memo relata que un día llegó al taller de la casa solariega, donde revivió cada momento al lado de su padre y su abuelo, y se miró niño, como si se encontrara frente a un espejo, porque después de todo eso son los recuerdos, ecos y fragmentos del ayer que se repiten cuando uno, nostálgico, los rememora.

No revisó la herramienta guardada en el taller, pero sí se dedicó dos ocasiones a retirar los escombros cotidianos de su memoria para descubrir al niño feliz que ayudaba al padre y al abuelo en la elaboración de juegos de alambre, en rompecabezas mentales, y reencontrarse así con la criatura sonriente, feliz y satisfecha de antaño cada vez que lograba descubrir o aplicar la solución.

Tomó un alambre y diseñó un juego en forma de corazón que llevó a su esposa. Discurrían, entonces, los días de 1987, año en que decidió aceptar la liquidación económica en la dependencia federal en la que laboraba y mudarse a Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, donde salió al encuentro puntual de su destino.

Cuenta con el registro intelectual de sus 40 juegos de alambre, 20 de solución fácil y 20 complejos; además, desde 2003 es comerciante tolerado por las autoridades municipales por ser artesano y el único en Michoacán que fabrica juguetes y rompecabezas a través de la técnica de alambristería.

Su oficio, el de alambrista, le ha enseñado, según reconoce, que todo problema, por complejo que parezca, tiene solución. “Nunca hay que darse por vencido. A veces, la gente no tiene paciencia o se da por vencida fácilmente; sin embargo, como en los juegos de alambristería, siempre es posible encontrar una solución. Muchas ocasiones, los mismos problemas indican el camino para resolverlos”, reflexiona.

Mientras elabora sus juegos de alambre, don Memo abre los archivos de su memoria para referir que hace años, en las calles de Morelia, un profesor solía comprarle diversas piezas cada año, las cuales entregaba a sus alumnos con la intención de observar y detectar a los que se daban por vencidos de aquellos que hasta le pedían su consentimiento para llevar la pieza a casa para buscar la solución. Así, el maestro sabía que los estudiantes que se aplicaban en resolver el juego, eran capaces de enfrentar problemas y retos, mientras los otros, quienes se daban por vencidos, necesitaban mayor apoyo y orientación.

Y si alguna vez, en Morelia, una mujer llevó a su nieta con la finalidad de comprarle algunos juegos de alambristería y narrar que décadas antes había hecho lo mismo con su hija, en Quiroga, donde solía establecerse determinados días de la semana, un hombre mayor de 70 años detuvo su auto de modelo antiguo, bien conservado, con el propósito de maravillarse y adquirir las piezas que lo trasladaron a los muchos años del ayer, cuando era joven estudiante.

Don Memo recomienda ejercitar la mente. Una madrugada, mientras dormía, llegó a él la idea, la fórmula para elaborar el foco de alambre que tanto le pidió su hijo pequeño, y desde entonces incluyó el modelo a su muestrario, junto con otros que ha incorporado, igual que la experiencia y los consejos que imparte a quienes se dan por vencidos antes de intentar solucionar el reto que impone cada pieza. “Los juegos de alambristería enseñan a que uno debe insistir, utilizar la razón, hasta descubrir la solución y vencer una dificultad, un problema”, recomienda mientras los tañidos de la catedral barroca, construida en el siglo XVIII, anuncian el paso de otra hora.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán