Se sentían tan hermosos…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Él y ella se sentían tan hermosos, que tras asomar un día, otro y muchos más al espejo, a los cristales y a los charcos, enamoraron de sí, sintieron embeleso al definir sus imágenes y rindieron culto a su apariencia. Evitaban hablar de la caminata del tiempo porque temían descubrir en sus rostros, en sus miradas, en su piel y en su cabello, alguna mañana, al despertar, o una noche, al dormir, las huellas de los días y los años. Anhelaban la cáscara y la inmediatez de su existencia porque aprendieron, y así les enseñaron, a ser maniquíes de aparador, muñecos de boutique, huéspedes de posadas transitorias. Demostraron, al interesarles más el calzado que las huellas y preferir los reflectores a la fuente de luz, que la belleza física no siempre es compatible con la inteligencia y las virtudes. Atendieron tanto la forma y descuidaron en exceso la esencia, que se transformaron en antítesis de la razón y los valores. Estaban enamorados de un sueño llamado belleza cuya sanación, parece, es el tiempo. Deslumbraron con la belleza temporal y sepultaron la hermosura de su interior.

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Alambres que retan a la inteligencia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todos son actores del paisaje urbano y la vida cotidiana en la Plaza de Armas, en el centro histórico de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán. Unos venden colores efímeros, globos sujetos a hilos que impiden su fuga al cielo, entre nubes también de fugaz existencia; otros, en cambio, lustran zapatos, calzado que conserva el encanto de pisar una multiplicidad de suelos y la magia de transitar rutas insospechadas; algunos, atrapados en disfraces de payasos, con alegría mal maquillada, recurren a bromas para arrancar aplausos, risa y monedas; él, don Memo, comercializa acertijos y retos para la inteligencia.

Sabe, por experiencia diaria, que no es fácil vender códigos para abrir las fronteras del raciocinio, y menos a jóvenes que atrapados en pasatiempos digitales y redes sociales, llegan con desdén a preguntar por alguna de las 40 piezas de alambristería, sí, sólo a mirar, a manipular, para posteriormente retirarse con la idea de que se trata de juegos caducos de hace décadas, cuando sus abuelos eran niños.

Guillermo Romero Chávez, don Memo, insiste a los muchachos que compren alguna de las piezas de alambre porque son para eso, para desarrollar la capacidad intelectual. Cuestan 20 pesos, alrededor de un dólar. Ellos, los estudiantes, bromean y le responden que les parecen complicados los mecanismos de alambre y las soluciones, y que si se esfuerzan en liberar una pieza de otra, en resolver el reto intelectual que plantea cada juego, seguramente se “secarán sus cerebros”.

Lamenta que incontables personas se encuentren inmersas en la enajenación de los programas de televisión y ahora, con mayor fuerza, en las redes sociales, en los juegos digitales que son antítesis del ejercicio de la inteligencia.

Recuerda que hace media centuria, cuando era niño, su padre y su abuelo, también alambristas que operaban en las calles de la Ciudad de México, le enseñaron las técnicas para fabricar rompecabezas de alambre, y él ayudaba en el taller y conocía los trucos para resolver las dificultades y los retos intelectuales que imponía cada juego. Así aprendió a enfrentar paradigmas, asegura.

Un día, como en todo, cayó el telón y ellos, su padre y su abuelo, murieron un día y otro, cuando él ya trabajaba, por sus conocimientos en plomería, en una dependencia federal relacionada con Obras Públicas, en la Ciudad de México.

Tras varios años de permanecer cerrado el taller de su padre y su abuelo, su madre, originaria del municipio michoacano de Villa Jiménez, le propuso revisar la herramienta que se encontraba allí, la cual seguramente le sería de utilidad.

Don Memo relata que un día llegó al taller de la casa solariega, donde revivió cada momento al lado de su padre y su abuelo, y se miró niño, como si se encontrara frente a un espejo, porque después de todo eso son los recuerdos, ecos y fragmentos del ayer que se repiten cuando uno, nostálgico, los rememora.

No revisó la herramienta guardada en el taller, pero sí se dedicó dos ocasiones a retirar los escombros cotidianos de su memoria para descubrir al niño feliz que ayudaba al padre y al abuelo en la elaboración de juegos de alambre, en rompecabezas mentales, y reencontrarse así con la criatura sonriente, feliz y satisfecha de antaño cada vez que lograba descubrir o aplicar la solución.

Tomó un alambre y diseñó un juego en forma de corazón que llevó a su esposa. Discurrían, entonces, los días de 1987, año en que decidió aceptar la liquidación económica en la dependencia federal en la que laboraba y mudarse a Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, donde salió al encuentro puntual de su destino.

Cuenta con el registro intelectual de sus 40 juegos de alambre, 20 de solución fácil y 20 complejos; además, desde 2003 es comerciante tolerado por las autoridades municipales por ser artesano y el único en Michoacán que fabrica juguetes y rompecabezas a través de la técnica de alambristería.

Su oficio, el de alambrista, le ha enseñado, según reconoce, que todo problema, por complejo que parezca, tiene solución. “Nunca hay que darse por vencido. A veces, la gente no tiene paciencia o se da por vencida fácilmente; sin embargo, como en los juegos de alambristería, siempre es posible encontrar una solución. Muchas ocasiones, los mismos problemas indican el camino para resolverlos”, reflexiona.

Mientras elabora sus juegos de alambre, don Memo abre los archivos de su memoria para referir que hace años, en las calles de Morelia, un profesor solía comprarle diversas piezas cada año, las cuales entregaba a sus alumnos con la intención de observar y detectar a los que se daban por vencidos de aquellos que hasta le pedían su consentimiento para llevar la pieza a casa para buscar la solución. Así, el maestro sabía que los estudiantes que se aplicaban en resolver el juego, eran capaces de enfrentar problemas y retos, mientras los otros, quienes se daban por vencidos, necesitaban mayor apoyo y orientación.

Y si alguna vez, en Morelia, una mujer llevó a su nieta con la finalidad de comprarle algunos juegos de alambristería y narrar que décadas antes había hecho lo mismo con su hija, en Quiroga, donde solía establecerse determinados días de la semana, un hombre mayor de 70 años detuvo su auto de modelo antiguo, bien conservado, con el propósito de maravillarse y adquirir las piezas que lo trasladaron a los muchos años del ayer, cuando era joven estudiante.

Don Memo recomienda ejercitar la mente. Una madrugada, mientras dormía, llegó a él la idea, la fórmula para elaborar el foco de alambre que tanto le pidió su hijo pequeño, y desde entonces incluyó el modelo a su muestrario, junto con otros que ha incorporado, igual que la experiencia y los consejos que imparte a quienes se dan por vencidos antes de intentar solucionar el reto que impone cada pieza. “Los juegos de alambristería enseñan a que uno debe insistir, utilizar la razón, hasta descubrir la solución y vencer una dificultad, un problema”, recomienda mientras los tañidos de la catedral barroca, construida en el siglo XVIII, anuncian el paso de otra hora.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán