Las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores son el poema que Dios matiza con los colores del paraíso, el fragmento de un jardín que se presiente inconmensurable, el eco de un ramillete de intensa policromía que alguien, al principio, regaló al mundo. En cada flor encuentro el sentido de la vida, un suspiro de la naturaleza y del universo, las formas interminables de la creación. Una flor, otra y muchas más suman y multiplican la finura del alma y la textura de la piel. Descubro, entre la delicadeza de sus pétalos, las fragancias de un cielo infinito, la alegría de un amor perdurable, la inocencia de un acto noble y de una sonrisa feliz, auténtica y plena. Mayúsculas y minúsculas, las flores me enseñan que la superficialidad, las apariencias y la vanidad, tan lejanas del bien y de la inteligencia, son barrotes que encarcelan, fantasías que estorban, carentes de porvenir, y que, por lo mismo, un día, una tarde o una noche, llegan a su final y mueren; aunque también, es cierto, algunas me dan una lección en el sentido de que antes de la grandiosidad, existen, en los caminos, abrojos que pueden desgarrar la piel y la ropa si uno no crece ni evoluciona. Las flores, agitadas por las caricias del aire, dispersan sus perfumes y obsequian su policromía durante los grandes y los pequeños acontecimientos de la humanidad, al nacer una persona, al cumplir años, al obtener algún reconocimiento, al sanar, al enamorarse, al adornar su mesa, al dar un detalle, al morir. Son indiferentes a la vida humana y lo mismo crecerían en las montañas, en los barrancos, en las laderas, a la orilla de los ríos, en las llanuras, si no existieran hombres y mujeres a su alrededor, con el regalo fugaz de sus tonalidades y aromas, pedazos, quizá, de un vergel perenne que se anhela y extraña. Quien regala una flor, da un trozo de cielo. Aquellos que ceden un espacio en sus jardines para cultivarlas, emulan el proceso de la creación y seguramente añoran paraísos que uno cree perdidos. Hay flores que resguardan, en su intimidad, la dulzura y el encanto del néctar, y existen otras que, al contemplarlas, transportan a las profundidades insondables del alma, donde los rumores y los silencios de la creación se perciben en océanos infinitos. Las flores, las flores. Quien las ha admirado y tocado, de alguna manera ya ha sentido la textura del cielo. Son el regalo de Dios, su pintura, su concierto, su poema, y si a ti, a ella, a él, a ustedes, a todos, un día, a cierta hora, entrego una flor, será porque, dentro de su simbolismo mágico, desearé transmitirles que las recolecté con amor en los jardines del paraíso.

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Con las flores y las gotas que recolecto en mi mochila y en mi canasto de artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La flor que una mañana, en su cielo, Dios pintó con los matices de su paleta de artista y perfumó antes de plantarla y regar sus hojas, sus raíces y su tallo, asoma un día cualquiera, en el jardín, a la hora que recolecto gladiolas, orquídeas, tulipanes y rosas en mi canasta de escritor, en mi mochila de poeta, con la idea de armar letras con los pétalos y formar palabras dulces. Así es como fabrico los poemas que un minuto y otros más, en cierta fecha -hoy y siempre-, me inspiras. La corriente que serpentea el paisaje abrupto y refleja el cielo y las frondas de los árboles, hasta navegar tonos azulados y verdosos sobre su piel de agua, me regala sus faenas y sus pausas, sus murmullos y sus sigilos, en un acto de correspondencia con la vida, con la naturaleza, para que mis poemas, al entregártelos, te salpiquen gotas diáfanas y comprendas y descubras que el amor se siente y que existen otros paraísos en uno. El viento que sopla y llega de rincones lejanos, de mundos insospechados, lleva consigo, en sus alas etéreas, incontables mensajes, los que te escribo cada momento, cuando pienso en ti y te siento en mí. Los colores de primavera, los perfumes de verano, la música del otoño y los rumores y silencios del invierno, se presentan en mi tintero, en mi libreta de apuntes, en mi pentagrama, en mi lienzo, con el objetivo de fundirse y acompañarme durante mis horas de creación, los instantes de magia e inspiración, cuando la locura de este amor se apodera de mí y escribo para ti. Salto las cercas del paraíso, frente a la casa de Dios, y desprendo pedazos de cielo, ecos y reflejos del infinito, con la intención de que sepas, al recibirlos, que existen un lugar y una inmortalidad para nosotros -los de ayer, los de entonces, los de hoy, los de mañana, los de siempre-, con un tú y un yo muy nuestros.

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Y tenían razón

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En sus disertaciones sobre el arte, mi padre me aconsejaba que a las letras les entregara lo mejor de mí, igual que un enamorado a su amada, y que todos los días las cultivara con amor, constancia, esmero y pasión, como quien cuida un viñedo con la ilusión de cosechar las uvas que ha de destinar a la producción del vino más preciado.

Las letras y las palabras, si te entregas a su arte y a su encanto, finalmente te devolverán obras cautivantes, hermosas y magistrales, aseguraba mi padre, quien decía que quienes dan de sí sin esperar una recompensa a cambio, un día, una tarde o una noche, a cierta hora, abren a la puerta y se encuentran de frente con el resultado de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos. Y tenía razón.

Mi madre, en su jardín inmenso y perfumado, siempre de intensa policromía, daba lecciones de vida a mis hermanos y a mí, y no olvido que constantemente planteaba que si uno desea obtener flores hermosas, plantas sanas, frutos deliciosos y árboles bellos y corpulentos, es preciso atenderlos, remover la tierra, abonarlos, podar las partes inservibles, regarlos y cortar los abrojos. Y tenía razón.

Explicaba que como seres vivos y parte esencial del mundo, la flora y la fauna devolvían con gratitud lo que recibían, y lo multiplicaban, hasta regalar a la mirada y a los sentidos trozos del paraíso. Su jardín, tan cuidado, reflejaba y sumaba lo que entregaba con tanto amor y dedicación. Era un pedazo de cielo. Así lo ganó mi madre. Y tenía razón.

En los minutos y las horas presentes de mi existencia, empiezo a comprender que mi padre y mi madre tenían razón y que, además, existe un principio inquebrantable que es lección y clave de vida, y que consiste en el hecho de que quien da de sí, abre los baúles y las puertas de la abundancia.

Parece que existe una relación cósmica entre dar y recibir. Aquel que da lo mejor de sí -una mirada de amor, una mano que apoya, una palabra de aliento, unos minutos de atención, un acto humanitario, un abrigo, medicina, alimento, consejos-, abre portales y, sin esperarlo, recibe el bien en abundancia.

El que arrebata y todo lo desea para sí -dinero, viajes, residencias, automóviles, yates, objetos y placeres-, gradualmente coloca barrotes y candados y hace de los caminos, pasillos estrechos y lóbregos que, finalmente, lo aplastan y destruyen.

Aquel que da desinteresadamente sin esperar reconocimientos públicos, aplausos y reflectores, retribuciones y humillaciones de los más débiles, tal vez no sospecha que tras sus actos nobles, llegan canastas con los regalos más hermosos y preciados.

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Te regalo una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te regalo esta flor como anticipo del jardín que prometí para embellecer tu vida

Cuando prometo cubrir las horas de tu existencia con flores, significa que me he propuesto depositar alfombras de pétalos fragantes en tu camino para que al pisarlas, sientas mis caricias y que te cuido y consiento. Pienso dispersar los colores de orquídeas, azafranes y hortensias con la intención de que formen el atuendo que resalte tu belleza y sonrisa. Deseo que cada mañana, al abrir los ojos y mirar el cielo, voltees al jardín y descubras en las rosas blancas y fucsia las gotas del rocío que al deslizar suavemente, se transforman en perlas que atrapo con el objetivo de tejer un collar para ti. Mi plan consiste en colocar en tu almohada fragmentos de eustomas, gloriosas y lirios del valle con la finalidad de que te sumerjas en los sueños más hermosos. Con cada tulipán maquillaré tu alegría, tu rostro de niña inquieta y tierna y tu mirada de espejo. Entre los alcatraces he colocado dientes de león para que te recrees, juegues y retornes a la infancia dorada. Quiero que los filamentos de los dientes de león vuelen cerca y lejos, en el mundo y el paraíso, para que siempre descubramos en cada uno la brillantez de su inocencia. Mi estrategia se basa en jugar contigo entre flores de kudupul para entregarte horas de ensueño, burbujas con ilusiones y tonalidades de la creación. Al ofrecerte que llenaré tu vida de flores, me refiero a que hasta de las gotas de lluvia haré cristales que contengan promesas, sueños, ilusiones, alegría, regalos, sonrisas, realidades y sorpresas. En cada flor que te entregue, recibirás mi amor, mis detalles, mi consentimiento y la ternura de mis besos, siempre con la promesa de que construiré un palacio de encanto y magia, donde jugaremos y reiremos felices entre pétalos fragantes y tersos. Hoy te entrego una flor como anticipo del jardín que prometí regalarte.

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El jardinero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti, con un amor inscrito en el cielo con polvo de estrellas

¿Y si me convierto en el jardinero que cultive detalles y felicidad durante los años de tu existencia? ¿Y si transformo tus sonrisas en pétalos fragantes y tersos? ¿Y si una noche, otra y muchas más te conduzco a la terraza, frente al mar, para contemplar juntos los luceros que decoran el firmamento? ¿Y si de los murmullos del océano, de los rumores del viento y de los susurros de la lluvia sustraigo notas musicales para que alegren tu corazón? ¿Y si me vuelvo florista para regalarte cada día, al amanecer, un ramo de rosas aromáticas y de intensa policromía? ¿Y si tomados de las manos, fundimos nuestras miradas, hasta sentir que tu corazón y el mío palpitan al ritmo de las cascadas, de los ríos y de las nevadas? ¿Y si inscribimos nuestro amor en el cielo con polvo de estrellas? ¿Y si compartimos la historia más bella y sublime? ¿Y si tu mano y la mía, guiadas por el pulso del amor, escriben capítulos en las páginas de la vida? ¿Y si soplamos los filamentos de los dientes de león para que los disperse el viento, mientras tú y yo volvemos a sentir la dicha de ser niños? ¿Y si hacemos mil locuras, hasta descalzarnos y hundir los pies en el barro, en el agua, para experimentar las contracciones del planeta? ¿Y si todos los días, a cierta hora, te declaro mi amor y confieso que me encantas, que me siento cautivado ante tu resplandor de ángel? ¿Y si regresamos a la infancia dorada, a los momentos irrepetibles, para traer con nosotros mayor dosis de felicidad? ¿Y si organizamos un banquete con los rostros del ayer, de hoy y de mañana para compartirles la dicha de un amor como el nuestro? ¿Y si saltamos por la ventana y empapamos nuestra piel durante una tarde de lluvia para posteriormente correr tras los colores mágicos de los arcoíris? ¿Y si escribimos nuestros nombres en la arena de la playa con la intención de que la espuma y el oleaje los rapten y presuman entre sus pliegues jade y turquesa a quienes vuelan muy alto, cerca del cielo? ¿Y si tomamos maquillaje de los crepúsculos, de las auroras y los ocasos, para aplicarlos en nuestras facciones y exhibir alegrías y no tristezas? ¿Y si confeccionamos alas de mariposa o de hada para volar? ¿Y si tomo tu mano y recorremos unidos la senda hacia las alturas? ¿Y si hacemos de nuestras vidas y del amor que compartimos, el puente hacia la inmortalidad? ¿Y si al asomarnos a nuestros ojos una mañana soleada, una tarde de lluvia o una noche de frío, descubrimos la mirada de Dios? ¿Y si al entregarte un arreglo floral confieso que mi amor te pertenece y deseo ya no separar mi alma de la tuya? ¿Y si te digo que tú y yo somos uno con diferente rostro? ¿Y si al beber jugos o vino tinto y comer ensalada, queso y pan, derrocho tinta en una servilleta de papel con el objetivo de plasmar mis sentimientos hacia ti? ¿Y si una vez que exprese “me cautivas” y “te amo” en la servilleta, anotamos la fecha y jugamos a esconderlo en uno de los libros de nuestra biblioteca para que alguien, una mañana o una noche tal vez distante, la descubra amarillenta y se pregunte sobre los autores de sentimientos escritos en un fragmento de papel como constancia de una historia de romance? ¿Y si al caminar, inseparables, dejamos huellas indelebles para que la gente descubra que el amor existe? ¿Y si bailamos, cantamos, reímos, jugamos, dialogamos y caminamos? ¿Y si al dormir, beso tu frente con ternura y te abrazo para entregarnos a la ensoñación y percibir el aliento de la vida, el hálito del universo, la presencia de Dios? ¿Y si dedicamos cada día de nuestras existencias a amarnos, a ser felices, a experimentar los claroscuros de la vida y a subir la escalera hacia la morada eterna? ¿Y si hoy, mañana y siempre, como ayer, confieso que te amo y me encantas? ¿Y si aprendemos a ser dichosos durante el sí de la vida y permanecer unidos y fuertes ante el no de la existencia? ¿Y si junto a cada flor que te entregue y sembremos en nuestro jardín, brotan innumerables botones de colores mágicos y nunca antes vistos, hasta multiplicarse y formar una alfombra conectada a las rutas celestes? ¿Y si hacemos de cada día, durante nuestra estancia en el mundo, la oportunidad de amarnos, crecer, compartir una historia maravillosa y transitar por la senda que trazamos? ¿Y si al final de la jornada, en el mundo, descubrimos atrás de nosotros un tapiz floreado con una historia compartida, y al frente el portón del cielo? ¿Y si tocamos la campana de la puerta celeste y alguien muy especial abre y declara que somos invitados especiales? ¿Y si una vez dentro de la inmortalidad, descubrimos que tu alma y la mía siempre pulsaron al ritmo del universo y sentimos la compañía de los ángeles, de quienes estuvieron con nosotros cual regalo y de Dios? ¿Y si descubrimos, entonces, que Dios siempre permaneció en nuestro interior y que es quien depositó las riquezas en tu ser y en el mío? ¿Y si esta mañana soy el jardinero que cultive tu jardín y el florista que te entregue el más hermoso de los arreglos con una nota que transmita los sentimientos que me inspiras? ¿Y si te invito a algún lugar y musito a tu oído: “nunca te había dicho aquí, a esta hora, te amo”? ¿Y si Dios, en su paraíso, pide que lo sigamos para presenciar la hora en que por primera vez, por amor, surgieron los manantiales, aparecieron las estrellas, brotaron los bosques, se manifestó la vida y tú y yo nos reencontramos? ¿Y si al entregarnos en la más dulce de las miradas, descubres tu presencia en mis ojos y yo la mía en los tuyos? ¿Y si escuchamos las voces que surgen del interior y del universo para anticiparnos: “el amor, cuando es auténtico, hay que experimentarlo porque proviene de las alturas”, y nos percatamos, entonces, por los signos de nuestras existencias, que por algo compartimos una historia inolvidable, bella, subyugante, plena e irrepetible? ¿Y si entre los detalles cotidianos, dejo tarjetas con mi confesión “te amo”? ¿Y si asomamos a la fuente de piedra, en algún callejón romántico o una plaza con árboles y bancas, para contemplar nuestro reflejo y recordar que los días de la vida, en el mundo, son fugaces y, por lo mismo, merecen experimentarse con amor, alegría y riquezas internas, si en verdad deseamos trascender a la luminosidad sin final? ¿Y si hoy te invito a la contemplación y al silencio interior, y susurro “me cautivas y te admiro. Estoy enamorado de ti. Te amo”?

La flor de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un día, al amanecer, la rosa asomó entre las plantas, en el jardín, a quienes anunció que antes de que su belleza y vanidad fueran mancilladas por la brevedad de su existencia, les daría una lección. Árboles, plantas y flores miraron, asombrados y con cierto recelo, a la rosa de aparente petulancia, quien exclamó: “ay de aquel que al caminar por las rutas del mundo, solamente fije su mirada en las apariencias o se interese exclusivamente en poseer durante algunas horas fugaces las fragancias, los colores y las formas que el viento ha de desprender y dispersar, porque sus actitudes e impulsos le negarán la oportunidad de conocer la belleza, el sentido y la esencia de todo cuanto existe en la naturaleza y el universo. Su confusión lo trasladará a destinos erróneos porqueque olvidará que las verdaderas riquezas yacen en el interior”. Mientras las gotas del rocio deslizaban por su textura, agregó: “miren mi apariencia, soy una rosa de fugaz existencia, a la que alguien puede acercarse y arrancar sin recordar que para conquistar lo bello en todos los aspectos, no pocas ocasiones hay que espinarse; por lo mismo, resulta preciso aprender a no lastimarse en el camino. Como mi belleza es pasajera, el perfume que destilo no tiene porvenir y se transformará en pestilencia y mis pétalos arrugarán irremediablemente antes del próximo amanecer”. La flora del jardín intercambió miradas de interrogación y escuchó las explicaciones de la rosa que advirtió que la vida es dual al ofrecer, en su menú diario, auroras y ocasos, calor y frío, risa y llanto, amor y odio, y que uno, en el lapso que dura el hálito existencial, tiene la alternativa de elegir entre las luces y las sombras. “Quienes pretenden disfrutar el aroma y la tersura de mis pétalos de hermoso colorido, deben cuidarse de las espinas que me custodian, de modo que si alguien aspira a lo superior, antes tendrá que experimentar las pruebas de la jornada. La mayor parte de los seres humanos, impulsados por las apariencias, arrancan las flores sin apreciar las raíces que les dan sustento ni reparar en los tallos, las hojas y las espinas. Todo, en el mundo y el universo, tiene una razón de ser”. Ese día, mezclado con el sol matutino y la llovizna y el viento de la tarde, la rosa habló sobre la brevedad de la existencia y su significado, hasta que expuso que entre el nacimiento y la muerte sólo hay un suspiro, un parpadeo que implica experimentar los días de la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, sin olvidar los ingredientes del amor, la felicidad y las virtudes que son los que definen un sentido más auténtico y real. Recomendó, igualmente, no quedarse con el deseo de vivir, por más locura que parezca, siempre que uno no sea afectado ni perjudique a los demás ni al entorno. Recordó que la existencia es un ciclo interminable y que si hoy, al anochecer, se marchitan los pétalos y las hojas por desafiar al tiempo, mañana, al amanecer, el sol brillará pleno, las burbujas de los manantiales se iluminarán y se diluirán en el río; entonces surgirán flores tersas y perfumadas en el jardín y la campiña. “Eso es la vida, parece”, suspiró la rosa, quien al siguiente día, para asombro de la flora, estaba agachada, con las hojas y los pétalos marchitos porque su historia concluyó en el jardín; sin embargo, a diferencia de sus antecesoras, había dejado una huella, un recuerdo dentro de su finitud terrena. Fue diferente y enseñó que durante la trama existencial, con toda su brevedad, existe la posibilidad de elegir las luces o las sombras, y que es preferible abir la puerta a la esencia, hacer el bien, amar y practicar un código de principios que sin duda son la conexión entre el jardín y el cielo que todos los días resplandece y se refleja en los mares grandiosos y en los charcos de apariencia insignificante.

El jardín

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cultivó árboles y plantas en el inmenso jardín de la casa solariega. Diariamente, tras regresar del colegio y realizar las tareas pendientes, la acompañábamos con nuestras regaderas infantiles con la intención de derramar el agua sobre aquellas criaturas delicadas de exquisita policromía y deliciosas fragancias.

Igual que personas, los árboles y las plantas poseían nombre e historia, como para que siempre identificáramos cada uno y no olvidáramos que desde el musgo diminuto, las hojas y las flores, hasta los troncos y las ramas balanceadas por el viento, se trata de expresiones de la creación, criaturas vivientes, rostros de la naturaleza que sonríen o entristecen.

Nos enseñó la maravilla del renacimiento, el milagro de la vida. Había que sentir asombro y alegría al presenciar el espectáculo de la naturaleza. Todo era, en el jardín, ensueño y magia. Bastaba con permanecer atentos, entrar en comunión con la flora, para captar los murmullos del universo, el canto del renacer, los susurros de un Dios benevolente.

Así, aprendimos que cualquier terreno, por abrupto e infértil que parezca, puede convertirse en reflejo de un oasis de incomparables belleza y excelsitud. Sólo había que remover los poros de la tierra, llegar a la intimidad de las cosas, y depositar las semillas para dar vida y modificar el paisaje.

Fue ella, mi madre, quien se convirtió en guía de sus pequeños exploradores para internarnos en el jardín, con su sendero empedrado, y abrazar los árboles y percibir las voces de la vida, el pulso de la creación. Hubo ocasiones en que renunciamos al comedor por el pasto y la sombra de uno de los pinos.

Inmersos en aquel rincón edénico, en el jardín de mi madre, entre árboles, plantas, piedras, agua, tierra, pájaros e insectos, entendimos que la vida hay que cultivarla cada instante con amor y detalles para que florezca, de tal manera que si uno diseña un paraíso, tendrá incontables flores que renacerán y se convertirán en ángeles de aromas y colores, y si descuida y agrede el escenario, crecerán abrojos y matorrales que cubrirán de tintes melancólicos y sombríos cualquier paisaje.

Juntos, colocamos cercas y guías para que determinadas plantas crecieran firmes o treparan, y nunca las descuidamos porque sabíamos que con nuestros detalles y atenciones cumplirían su ciclo natural.

En la medida que amábamos y cultivábamos el jardín de la casa, percibíamos el amor, la belleza y el palpitar de la vida. Transformamos un paraje mundano en cielo. Y así es todo en la vida, reflexionaba mi madre, porque de lo que uno cultiva, de los cuidados que tenga el segador, dependerán los resultados durante la cosecha. Todo en la vida -amor, amistad, arte, negocios, salud, estudio- es como el jardín que se atiende y cuida con esmero.

Más grande, en mi adolescencia, mi madre y yo plantamos, ante mis hermanos, un árbol que compró mi padre. Lo cuidamos mucho y atestiguamos, al paso de los años, su robustecimiento. Devolvió, a cambio de nuestra entrega, aire fresco, sombra y vida.

Cuando transcurrieron los años -oh, el tiempo que esculpe jeroglíficos y todo lo convierte en polvo-, y ya muerto mi padre, ella, mi madre, ingresó al hospital para una cirugía de corazón y como el resultado podría ser un sí o un no, encargó a sus hijos mayores el cuidado de los menores, pero también las atenciones a sus plantas que representaban el amor y la vida. Y en verdad tuvo tiempo para regresar un día a su rincón campestre.

Hasta la hora postrera de su existencia, mi madre permaneció cerca de su jardín que aunque más pequeño que el de antaño y en otra ciudad distante a la que nacimos y abrigó nuestra niñez e historia, siempre lució hermoso y como espacio para amar y dar vida porque en eso consiste, parece, el camino a la felicidad y la plenitud.