Una joya

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Por eso es que al coincidir con ella, me atreví a hablarle y preparar las hojas de nuestra historia. Algo, en mi interior, me dictó que se trataba de la joya que tanto había buscado. Supe, entonces, que cuando uno desea un amor fiel y sublime, debe soñarlo, desear que se cumpla el encanto y actuar y vivir en la misma frecuencia para merecer el cristal del cielo

Descubrí en ella el color de mi vida cuando retiré los escombros de mis días, limpié las paletas y los tinteros pasados y tuve capacidad de observar la belleza; encontré la dulzura de su mirada en cuanto decidí rasgar mis disfraces y máscaras para ver desde el interior; sentí dos manos capaces de dar y acariciar tiernamente al aprender que hay mayor dicha al entregar el bien y crear puentes que al ambicionar y construir murallas. Alcancé mejor inspiración, al crear mis obras, cuando la sentí en mí y la transformé en musa. Volé a su lado feliz, pleno y libre, en cuanto rompí contratos, apariencias y grilletes. Me sentí caballero a partir del instante que coincidí con una dama, con una mujer tan femenina que me pareció el destello de una estrella. La entendí e hice feliz al conocerla. Me enamoré fielmente cuando evité el brillo de las apariencias y la seducción y me interesé en una joya. Comprendí, entonces, que si uno desea amar una joya, jamás deberá actuar como el avaro y miserable que atesora riquezas en un cofre; al contrario, habrá que despojarse del ropaje que blinda los sentimientos y vivir ejemplarmente para merecerla y conservarla siempre.

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