Sonrían, sean felices, pinten sus rostros de alegría…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sonrían. Sean felices. Pinten sus rostros de alegría. Desborden amor. No carguen los desazones que provocan las superficialidades, la crueldad, el miedo, la envidia, el odio, la ambición desmedida, el enojo, las apariencias, la deshumanización. Eso es incómodo y provoca caídas. Hiere demasiado. No es bueno ni grato desgarrarse por lo que es baladí. Rompan las cadenas Desháganse de los grilletes que impiden sus movimientos, destruyan los barrotes de las celdas que los mantienen encarcelados y brinquen las cercas de las prisiones. Corran hasta llegar a parajes donde la verdad, el bien y la justicia son parte de la dicha y la libertad. Desmaquillen de su cutis la arrogancia, los apetitos que pisotean a los demás, el mal y la ignorancia, y eliminarán una carga pesada que entorpece su caminata y nubla sus miradas. Eviten convertirse en trozos de miseria humana. Si han de dejar pedazos de sí, que sea por el bien que hacen a los demás y no por el daño que puedan causar. Dejen huellas indelebles a su paso. Retiren las enramadas y las piedras del camino. Derrumben murallas y tiendan puentes. Liberen a otros. La vida es irrepetible. Cada instante es único. Se va entre un suspiro y otro y no vuelve más. El bien y el mal esculpen líneas en los rostros, dibujan siluetas y pintan los colores de la luz o las tonalidades de la oscuridad. Rechacen los antifaces, las máscaras, y defiendan los principios genuinos de la vida. Así, si un día, por alguna causa, tengo que partir a otras fronteras, me encantará regresar o asomar desde alguna ventana, y descubrir en sus rostros signos de amor, bien, armonía, paz y felicidad. Entonces serán libres y plenos.

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Nuestros detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una sonrisa que se regala un día nebuloso y frío, al amanecer, es un pedazo que uno deja de sí a otro ser humano. Las manos que dan a quienes más lo necesitan, reparten trozos de uno. Las palabras que una tarde desolada o una noche de tempestad son pronunciadas con amor, sinceridad y atención, acompañadas de consejos o de los sigilos, al escuchar, representan ecos que uno, a su paso, entrega a los que sufren, a aquellos que necesitan un consuelo, a quienes les urgen consejos que los animen e impulsen a reencontrarse consigo, a atreverse a vivir. El trabajo productivo, en cualquiera de sus renglones, conserva el palpitar que uno impregna durante una hora y otra. Dar es la palabra mágica, es la llave que abre las puertas del alma y del infinito. Uno, al dar lo mejor de sí a los demás, se pule y va dispersando pedazos de sí, un día y muchos más, aquí y allá, con el prodigio asombroso de que nunca queda vacío; al contrario, la entrega auténtica y desinteresada, crea espacios que se llenan con una mirada de agradecimiento, una sonrisa devuelta, una bendición callada, una vida que se rescata de la mediocridad, la perdición, la enfermedad, el duelo o la muerte. En esa medida, uno se vuelve más hombre y mujer, menos reflector que se enciende artificialmente y se apaga y funde alguna vez. Dar de sí a otros es, parece, emular a Dios en su taller, a la naturaleza incesante, a la vida y a sus estaciones.

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Ingenuidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cansados de sí mismos, entre barrotes que los separan de su interior, muchos hombres y mujeres, en el planeta, anhelan y pretenden salir a las calles no con el propósito de sonreír a otros seres humanos, y menos con la idea de vivir plenamente, sino con el objetivo de consumir y que la gente que conocen -familiares, amigos, vecinos, compañeros- los miren en las tiendas de lujo, en los restaurantes, en los gimnasios, tras gruesos cristales que ahora exhiben a las personas igual que muñecos de aparador, porque lamentablemente aprendieron a ser maniquíes de temporada, con bromas, sentimientos, conversaciones, ideas y acciones desechables, ligeras y de moda, dictados por los dueños del poder a través de la televisión, las redes sociales y otros medios. Incapaces de convivir en familia -esquema ya roto, adulterado y pisoteado-, no pocos seres humanos -en femenino y en masculino-suspiran, en el encierro, por las reuniones en bares y cantinas, en posadas de unas horas, en tertulias interminables y sin sentido, similares a los colores amontonados y a las notas musicales discordantes acaso porque las minúsculas, sus hijos, les cansan, los fastidian, y les parece, en consecuencia, más grato disfrutar la compañía de otras personas que convivir y participar con quienes llevan su sangre. Tan distraídos están, que ni siquiera notan que el mundo, en diversas regiones, avanza hacia el odio racial, el totalitarismo y la violencia, con algunos personajes que se sienten elegidos -los nuevos mesías de la hora contemporánea- y pronostican calamidades globales, informan y prometen soluciones, con el control absoluto de las situaciones, como acontece ahora, tras la puerta y las ventanas, en época del coronavirus creado y dispersado perversamente con cierta intencionalidad. Previo a este mal que la élite poderosa intenta convertir en pandemia con el objetivo de justificar y llevar a cabo sus planes, se les hizo sentir a millones de personas, a nivel internacional, que son basura, escoria de la creación, y así se les ha enseñado a sentir, pensar y actuar. En un lapso breve, les presentaron, uno tras otro, daños ocasionados por el plástico en los océanos, erupciones volcánicas, incendios en el Amazonas y en Australia, deshielo en los polos, contaminación, proximidad de asteroides, animales en peligro de extinción, ruidos extraños en el ambiente y hasta aparición de abejas, y ahora se les domestica y se les prepara para un nuevo orden mundial. Ingenuamente, creí que tras la primera etapa de aislamiento, muchos aprovecharíamos la oportunidad para reencontrarnos con nosotros y nuestras familias, valorar lo que somos y tenemos, diferenciar los sentimientos, los ideales y los pensamientos de las apariencias y las superficialidades y decidir, finalmente, una vida auténtica, libre y plena. Tristemente, al andar por las calles, en los espacios públicos, en los jardines colectivos, en las plazas, descubro que, efectivamente, algunas personas tomaron la decisión de crecer y trascender; pero la mayoría continúa obstinada en sus asuntos baladíes, sus apetitos, su estulticia, su ambición desmedida, su egoísmo, su superficialidad, su ignorancia y su agresividad. Y no se trata de cambiar a la humanidad de acuerdo con las convicciones que uno tiene, sino de despertar, sentir y reaccionar, con transformaciones reales y sustanciales que generen armonía, respeto, tolerancia, libertad, paz, bien, justicia y dignidad. Creí, torpemente, que seríamos hermanos o, al menos, amigables y buenos; pero miro a una colectividad ansiosa de lucirse, consumir y dedicar los días de sus existencias a esas cosas insignificantes, superficiales e intrascendentes que, acumuladas, arrebatan la vida y la opción de ser felices y plenos.

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La ruta que sigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Retiro bloques de piedra y materiales de las fronteras y los muros que encuentro en el camino y los acomodo, pacientemente, con la idea de construir puentes que sorteen abismos profundos, desfiladeros de apariencia insalvable, y que acerquen a parajes bellos y cautivantes, donde los rostros sean orquídeas y helechos amigables y sonrientes. Trato de dejar huellas y señales cuando descubro rutas seguras, con la intención de que otros, los que vienen atrás, las sigan y transiten alegres y confiados, igual que hermanos. Me hace muy feliz convidar mis viandas a los pájaros y a las ardillas que esperan mi paso, a los niños que juegan y a los ancianos que relatan las mismas historias. Intento convencer a otros, a los que me siguen y a los que se quedan, que la dirección más esplendorosa es la que conduce a destinos de amor, bien, verdad, respeto, nobleza de sentimientos, ideales, dignidad, justicia, sueños, ilusiones, actos positivos, armonía, paz y libertad. Reconozco que la existencia plantea que cada ser humano -mujer y hombre- se pruebe y se mida en diferentes circunstancias, para así evolucionar o precipitarse; sin embargo, mi intención es, al paso de los días, construir albergues que enseñen a dar de sí, plantar árboles y sembrar plantas que expresen el milagro de la vida, alumbrar durante las noches más oscuras, regalar amor y sonrisas donde todo parece estéril, marcar el sentido de la felicidad, sepultar el mal y las tristezas que deforman y hieren mortalmente a la gente, volver a ser hermanos y parte de un todo que palpita sin tregua, más allá de distancias, tiempo y rasgos, y se siente en uno, en lo que está en el interior y se encuentra afuera, porque solamente de esa manera es posible abrir la puerta y regresar a la morada, donde fluye una corriente etérea que envuelve en una gasa infinita.

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La otra noche, no recuerdo cuál

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La otra noche -no recuerdo cuál-, la muerte asomó a mi ventana y tocó a la puerta. Preguntó por mí, sonriente e incauta. Ya la conocía de otras jornadas pasadas, cuando morí una madrugada y regresé a la vida, a una hora ya distante de mi primavera. Ambos nos miramos de frente, silenciosos, como quien coincide en una estación desolada y vieja y se reconoce después de tantos años de ausencia. Adivinó mis pensamientos, acaso por la expresión que mostré, y se anticipó a mis palabras e interrogantes: “solo se trata de una visita de cortesía. Quiero que no te olvides de mí. A veces, la gente, por enamorarse de las cosas del mundo, olvida que los días de la existencia concluyen a una hora exacta y no viven las historias que les corresponden. Evaden el tema. Y aquí estoy ahora, frente a ti, sencillamente con la idea de recordarte que algún día, a cierta hora, tu caminata mundana concluirá. Incontables seres humanos salvan de morir, tienen otras oportunidades para vivir mayor cantidad de años y no las aprovechan La mayoría de ellos dejan asuntos pendientes, Pretenden amar, agradecer, perdonar, cumplir promesas fallidas, visitar a la familia y a los amigos despreciados y olvidados, pedir disculpas, reconciliarse y hacer el bien durante los últimos minutos de sus existencias, en el lecho de agonía, cuando es imposible reconstruir los días, las oportunidades y los años que se fueron. No dispongo de tiempo para detenerme en cada morada para que mis tripulantes se reconcilien consigo, con la vida, con la gente, con el mundo. Eso debieron hacerlo antes. Era su obligación y responsabilidad. No pierdo los instantes en sentimentalismos. En consecuencia, si anhelas, en verdad, hacer de tu biografía una obra cautivante, magistral, inolvidable, hermosa, sublime y maravillosa, inicia ahora tu reconstrucción, comienza a vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenamente, y derrama el bien, la verdad y la justicia en tu sendero para que a tu paso crezcan flores y no abrojos. Cuelga faroles en el cielo y nunca apagues el brillo de las estrellas. Deja huellas indelebles. Busca a los que alguna vez ofendiste y compensa con mayor bien el daño que causaste. Habla con los que en un momento y muchos más abandonaste cuando más te necesitaban, y si ya no están presentes, ayuda a otros que se encuentren en similares o peores condiciones. No permitas que huya la mañana sin agradecer la vida, la salud y el bienestar que recibes, y derrámalo para bienaventuranza de los demás. No arrebates ni olvides a los que sufren. Encárgate de que ningún pequeño manche su infancia con los tintes de los abusos y el mal. Lucha contra el mal, la ignorancia, la deshonestidad, la injusticia y la superficialidad. Sé tu propio maestro y crea en ti una obra especial y grandiosa. Yo, la muerte, te invito a que vivas. La vida es breve. El momento de cambiar y transformar es hoy. Descubre los valores que hay en ti, en tu ser, y exprésalos plenamente, ahora que tienes vida y salud. Si quieres transitar a otros planos, a niveles infinitos y superiores a los del mundo, aprende a vivir y a morir dignamente, feliz, satisfecho de cumplir”. Y la muerte se fue la otra noche -no recuerdo cuál-, sonriente y plena.

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Estamos muertos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estamos muertos. Camino aquí y allá, a una hora y a otra, un día y muchos más, y descubro a mi alrededor gente entristecida, hombres y mujeres que han renunciado a la alegría, al amor, a las ilusiones, a la amabilidad, a los sueños, a la risa. Miro sepulcros, lápidas abandonadas y gélidas, en cada persona que en el sendero de su existencia cambió los sentimientos, la justicia, el respeto, la tolerancia, la dignidad, los ideales y la libertad por candados, barrotes y celdas, acaso sin percatarse de que convirtió en rehenes a su alma, el bien y la verdad, sus aspiraciones y lo más grandioso de un ser humano. Hemos muerto, pienso cuando, al andar por las calles y los espacios públicos, advierto tanto mal, egoísmo, amargura, grosería, odio, envidia, ambición desmedida y violencia en la gente. Descubro hombres y mujeres debajo de fosas y sepulcros hediondos, arrastrándose como gusanos, serpientes y topos, al saber que consumen los días de sus vidas, tan escasos en realidad, en acumular riquezas materiales ausentes de causas nobles, en satisfacer apetitos carentes de amor, en inclinarse ante la estulticia y las superficialidades. Estamos muertos. Algo sucedió a la humanidad que, desde hace tiempo, noto desolación y quebranto, conductas en serie, pasividad ante los asuntos trascendentes, conformismo, gritos e irresponsabilidad. En las multitudes transformadas en masa, más allá de que cuenten con títulos profesionales o que jamás hayan asistido a las escuelas, y de que tengan dinero y fortunas materiales o coexistan entre clases medias y pobres, leo biografías y epitafios similares, extraviados en llanuras, huecos y arena que no presentan las huellas de seres extraordinarios, capaces de desafiar las adversidades, dedicados a esparcir acciones nobles y detalles, dispuestos a retirar las piedras y las enramadas de los caminos e interesados en aportar al mundo algo bueno. Estamos muertos, parece, cuando los niños, adolescentes y jóvenes delatan, a través de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos, la educación y el ejemplo que recibieron en sus hogares. Algo pútrido escapa de nuestras tumbas prematuras cuando obstruimos la vida y respaldamos la muerte. Hemos cambiado tanto, que preferimos los antifaces, las máscaras, y no una mirada amable, una palabra de aliento, una mano que apoya, un detalle que sostiene, unos momentos de atención, una sonrisa. Andamos en muletas al presumir el automóvil y olvidar la maravilla de unas piernas sanas. Usamos prótesis al valorar más lo que muestra una pantalla que lo que enseñan y regalan la naturaleza y la vida. Permaneceremos adormecidos en sepulcros cavados en serie, idénticos, mientras no reaccionemos y decidamos rescatar lo que somos, las riquezas de nuestro interior, y vivir en armonía, con equilibrio, plenamente y con respeto, justicia, dignidad, sentimientos nobles, libertad e inteligencia. Estamos muertos, sencillamente porque no nos atrevemos a vivir la historia cautivante y extraordinaria que nos corresponde.

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Televisoras mexicanas, ¿nodrizas de millones de hogares?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sí, me refiero a México

En la medida que una sociedad se masifica, es más cómodo y sencillo manipularla, aplicar la estrategia del engaño, dividirla o unirla con algún objetivo, jugar con sus intereses nacionales, acecharla, hostigarla, ejercer el poder aplastante y gobernar con corrupción, terror e injusticia.

Obviamente, para desnudar a los habitantes de un país, es preciso diseñar un plan maestro e implementar estrategias y la ley de la gradualidad, con la que los dueños del poder y las “oportunidades históricas”, un día, otro y muchos más desmantelan instituciones, estructuras sociales, costumbres, tradiciones, educación, riqueza y soberanía nacional.

En esa partida tramposa, no importan las consecuencias. Si hay que sacrificar niños, mujeres, ancianos, jóvenes, hombres, simplemente se deben considerar víctimas, número, estadística. Qué importa, entonces, que mueran o sufran tantas personas si es a cambio del bienestar de la clase política mexicana y sus cómplices los empresarios que hacen negocios sucios.

En este juego perverso, la clase política, respaldada por un grupo reducido de familias que en conjunto poseen fortunas superiores a las reservas del país, establece alianza con las televisoras nacionales -nodrizas de incontables generaciones-, las cuales “normalizan” las situaciones negativas e insanas, ridiculizan a la familia y a las instituciones -véanse los bufones, los cortes comerciales y las telenovelas, verbigracia-, promueven superficialidades y promiscuidad, disfrazan la realidad mexicana con maniquíes de aparador, establecen e imponen conceptos y modelos de vida artificiales y estúpidos, aplastan los valores y hasta fomentan la discordia, la vulgaridad, la estulticia, la confusión y la violencia.

Quien se altere y se sienta ofendido, solamente debe sacrificar algunas horas de su existencia, como diariamente lo hacen millones de mexicanos, para comprobar que la televisión, con el internet mal empleado, contribuyen al atraso y desmantelamiento de México.

La gente, multiplicada por millones, está fascinada con tales modelos de vida que llenan su terrible vacío e insignificancia existencial a través de la idea de que vale si posee un automóvil, una residencia con piscina, vacaciones constantes, perfumes y ropa de marcas prestigiosas, calzado que provoca envidia y no deja huellas y consumismo irracional. Todo se paga a crédito, se empeña la vida o se obtiene una posición socioeconómica aparente. Todos ambicionan la corona y desean la tajada de pastel, y en eso trabajan las camarillas de sinvergüenzas que han saqueado al país y pisoteado leyes, reglas, dignidad humana y vidas.

Es legítimo formar un patrimonio y hasta poseer riqueza; sin embargo, es reprobable construirla a partir de los beneficios tramposos del poder, la corrupción, el engaño y el abuso.

La tragedia de innumerables mexicanos de la hora contemporánea es que se encuentran inmersos en el miedo, la hipocresía, el conformismo, la traición y la pepena de vidas ajenas. Millones de ellos, atrapados en las mazmorras de la pobreza material, y otros tantos ya con formación académica y ciertos niveles de bienestar económico, sienten, piensan, actúan y hablan igual. Sólo cambian los estilos, pero en el fondo son los mismos.

Ni las instituciones universitarias, con sus maestros y doctores, han asumido su responsabilidad histórica y social. Están aletargados. Resulta más cómodo refugiarse en las aulas para criticar frente a los alumnos o en las tertulias de café los crecientes y alarmantes niveles de corrupción, impunidad, subdesarrollo e inseguridad que cotidianamente derrumban los pilares de México. Algunas instituciones se salvan, pero no todas. Igual acontece con los académicos, sobre todo con aquellos que emulan a los grandes corruptos de la política y los negocios turbios, al hostigar a los alumnos por medio de los exámenes “difíciles de aprobar”, los trabajos casi para intelectuales que ni ellos elaborarían a la altura de sus exigencias  y las calificaciones reprobatorias porque “el 10 es para el maestro y conmigo es muy difícil pasar, a menos que…”

En México, amplio porcentaje de familias están distraídas en marcadores deportivos, bromas en doble sentido por parte de los bufones consentidos de las televisoras, memes, telenovelas fuera de la realidad, chismes y boberías.

Una sociedad que en la última década del siglo XX creyó en el “chupacabras” y que hoy, en 2018, padece las consecuencias brutales de un voto hormonal e irracional por una supuesta belleza física y la fascinación de un matrimonio de telenovela, casi imperial, que únicamente dejó entrever la miseria humana de las multitudes, no despertará mientras no reaccione y siga concediendo su amor y confianza a la madrastra que la amamanta -la televisión- y a su padrastro ambivalente, lascivo y bipolar -internet-, pareja que se filtró con astucia a los hogares mexicanos.

Resulta preocupante que no existan puntos de referencia y que quienes sienten, piensan, hablan, escriben y actúan distinto, enfrenten el riesgo de ser asesinados brutalmente, sometidos por el poder y hasta juzgados por la propia sociedad a la que defienden.

Afortunadamente, el otro rostro de México es que también coexisten hombres y mujeres interesados en rescatar los valores de la nación. molestos con la irracionalidad de las mayorías que solapan gobernantes sucios, televisoras corruptas y perversas, desórdenes, injusticias, burocracia, crímenes, desempleo, miseria, enfermedades, subdesarrollo, inseguridad y falta de oportunidades.

Esas minorías, desde niños, adolescentes y jóvenes, hasta personas de edad madura y ancianos, sienten mortificación, vergüenza, coraje, asco e impotencia ante lo que la clase política mexicana, en complicidad con televisoras mercenarias, grupos de empresarios deshonestos y toda clase de delincuentes, están haciendo en contra y perjuicio de México; no obstante, en la balanza nacional, un grupo mayúsculo que habla diferentes lenguajes dentro de un mismo idioma, se encuentra entretenido en la trama interminable de las telenovelas, en el doble sentido de los bufones, en la falsedad de los noticieros, en los rostros y cuerpos de aparador que exhiben los programas televisivos, en las estupideces y vulgaridades de locutores y conductores, en expectativas y marcadores deportivos, en memes y claro, en la realidad impuesta por los poderosos -asaltos, crímenes, abusos, injusticias, inflación, desempleo, burocracia, injusticias y caos, entre otros-, para distraerlos, perturbar la tranquilidad social y desmantelar la riqueza y soberanía nacional. Con todo esto, ¿seguiremos consintiendo que la televisión siga amamantando los hogares mexicanos?

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