El cerrojo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno no necesita la llave del cerrojo. No importa llegar con la ropa desgarrada, el rostro sudado y las manos ensangrentadas si al final lo único que queda en uno es el brillo de la mirada y la luz que surge del interior. Carece de sentido acortar la ruta, atravesar el pie y llegar primero con una fortuna acumulada si atrás, en el camino, pisoteó uno el semblante desesperado que ansiaba alguna palabra de aliento, los labios secos que anhelaban aliviar la sed, la infancia a la que se negaron los juegos e ilusiones, la juventud a la que se tendió la trampa del desencanto y la frustración, la vejez a la que se mostró la espalda del desprecio y la indiferencia. Tiene más valor retirar la hiedra y la piedra que obstruyen el paso, dejar huellas indelebles, ayudar a alguien a alcanzar el vuelo libre y pleno, cultivar el paisaje, convertir las gotas de lluvia en estilo de vida y transformar las estrellas y las flores en detalles, que arrebatar el fruto y arrojar las cáscaras en el sendero o presumir el brillo de las cosas y superficialidades atesoradas. No importa, en verdad, arrastrarse con las llagas de la entrega ni las heridas de la batalla, si a cambio uno modificó un rostro triste por uno alegre, si del quebranto de alguien se hizo la oportunidad de una esperanza, si se arrancó el espectro del dolor, la melancolía, el resentimiento, la desdicha y el odio. Uno pierde miedo a la muerte, a la idea de la finitud, cuando mira atrás e identifica en el paisaje de la existencia incontables semblantes risueños, felices e iusionados que a la partida colocan las manos en sus corazones cual señal de que alguna vez, cuando más abandonados y tristes se sintieron, alguien los miró y abrazó sin importar las espinas. No importa, en el minuto postrero, tocar a la puerta de la morada con la vestimenta despedazada y la piel rasguñada y maltrecha porque la ausencia de atuendos y alhajas facilitará el paso de la luz interna que abrirá el cerrojo.