La primera flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si confieso que al percibir mis sentidos las fragancias de las flores, reconozco tu perfume?, ¿y si admito que con su sonrisa de colores, evoco tu alegría y belleza?, ¿y si al enviarte un bouquet, incluyo mi amor y mis besos?

En la primera flor, Dios roció las fragancias de la alegría, el amor y la vida, el aroma del infinito, el perfume de la inocencia; en sus pétalos tersos pintó los colores del universo y la creación; en sus tallos y raíces depositó alguna fórmula mágica. Al contemplarla, decretó su fuerza inquebrantable. Sopló sus filamentos y ordenó al sol, a la lluvia y al viento que la abrazaran para darle vida. Todas las criaturas de su morada asistieron al nacimiento de la primera flor, espectáculo que las asombró y embelesó cuando admiraron en aquel paraje tan próximo a la cascada y al río caudaloso, entre rocas, árboles corpulentos y plantas, que las tonalidades más hermosas brotaban del barro y embellecían la naturaleza. Surgieron, entonces, las esencias, los colores y las formas del mundo como eco y reflejo, parece, de un cielo que uno experimenta y presiente en el interior y que pulsa, igualmente, en el agua, las estrellas, el océano, la nieve, el día, la noche y las nubes. Le concedió rasgos femeninos y tiernos, como para destacar su delicadeza y encanto en el mundo, quizá cual testimonio de la promesa de un jardín edénico. Hoy, al zambullirme en las profundidades de la eternidad, descubrí la primera flor. La tomé entre mis manos con la intención de admirarla y experimenté una sensación especial y mágica, como de ensueño, porque su aliento me devolvió tu sabor; su fragancia, tu perfume; su delicadeza, tu feminidad; su encanto, tu rostro de dama, y su luminosidad, tu resplandor. ¿Eres tú, acaso, la primera flor, o Dios, al crearte, también colocó su esencia de cielo en ti? Te reconocí en la primera flor y me descubrí al mirar mi reflejo en las gotas de rocío que deslizaban por sus pétalos con la textura de tu piel. Confirmé, entonces, que soy el hombre más privilegiado al recibir el amor especial de una flor, la primera que Dios formó y a la que confió sus riquezas inconmensurables.

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