Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

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Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Laura Giselle, el encanto de una vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cumplió siete años de edad. Es una niña al natural, auténtica, sensible e inteligente, con la nobleza de quien ha descubierto, en el mundo, la fórmula de la esencia y la arcilla, para algún día transitar, libre y plena, a planos superiores. Responde a su naturaleza infantil, a los rasgos, en minúsculas, de su rostro y sus manos, y por eso juega y aprende a vivir. Desde muy pequeña, sorprendió por su léxico tan rico. Aprendió a hablar rápido y a pronunciar cada palabra correctamente, ante el asombro de su familia. Cautivó. Inquieta, original, creativa, demostró, igualmente, cariño y respeto profundo a la vida, los animales, las plantas y todos los signos de la naturaleza. Cuando asomaba a una fuente, a un charco, y descubría una abeja, una libélula o cualquier insecto ahogándose, pedía ayuda a su madre, a su padre o a su abuelo con el objetivo de emprender el rescate con una vara o una hoja seca. Así, entregada a su gesto humano, participaba, en serio, en la aventura de salvamento. Alguna vez, en la ciudad donde vive, una serpiente escapó de su refugio y llegó hasta el patio de la casa de su abuela. Su madre, Karla Paola, al descubrir que el reptil asoleaba cerca de las macetas, dominó la sensación de terror y fascinación que ejercen las víboras y, ante la mirada de asombro de la pequeña, quien tenía entonces cinco años de edad, decidió capturarla y resguardarla en una cubeta de plástico, hazaña de una mujer joven, valerosa, que dio ejemplo a su hija. Ambas dialogaron e investigaron la clase de reptil a la que pertenecía aquel animal con la intención de conocer los riesgos que enfrentaban al mantenerlo cautivo unas horas o tal vez un día. Tenía similitud con las víboras de cascabel, pero madre e hija descubrieron que se trataba de otra especie. Averiguaron el tipo de alimentos que consumía y los depositaron en la cubeta que siempre permaneció tapada y ventilada. Llamaron a los bomberos, quienes por alguna razón, aparentemente de horario o personal, argumentaron que no podrían rescatar ni trasladar al animal a un albergue seguro, y aconsejaron, apresuradamente, que lo resguardaran e investigaran, entre los vecinos, si pertenecía a alguno. Y se marcharon. La joven y la niña acordaron que al siguiente día se trasladarían hasta un paraje natural, entre barrancos y montañas, próximo a un río y una cascada, donde caminaron y liberaron a la serpiente. La niña tiene demasiada imaginación y le encanta leer. Juega, es verdad; sin embargo, algo le embelesa de los libros que se entrega a sus letras, a la información, al conocimiento. Le encantan los caracoles marinos, las flores y los rompecabezas. Karla Paola, su madre, ha hecho una pausa existencial, un paréntesis dentro de su vida, para entregarse por completo a la educación de la niña, y con mayor calidad en una etapa en la que el coronavirus y otros signos, atentan contra la humanidad. La niña y su madre viven un ciclo que vale demasiado. No tiene precio. Se trata de un proceso de convivencia y educación invaluables. Seguramente nunca lo olvidarán. Siempre quedará grabado en la memoria de las dos, en sus sentimientos, en su alma, como un regalo de Dios, y así se construye el camino a la inmortalidad. Por cierto, el nombre de la pequeña es Laura Giselle, y vive en algún rincón del mundo.

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Aquí estoy, dijo la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Aquí estoy, en ti y en ellos, en las espigas y en los helechos, en las tempestades y en las olas, en los granos de arena y en las piedras que esculpen los ríos y el viento- gritó la vida y añadió-: Si estoy presente aquí y allá, en un paraje y en otro, ¿por qué insistes en caminar y acampar donde el agua se ha estancado y refleja, en sus pútridas condiciones, miradas tristes, ausencia de sonrisas, abundancia de egoísmo y maldad, rostros enojados y manos que arrebatan? Hunde tus pies en el barro, abraza un árbol, sumérgete en las profundidades de tu ser, entre mis murmullos y silencios, hasta que formes parte del todo, con tu identidad, y sientas mi palpitar inagotable y percibas el aliento y las voces de la creación. Soy luz y sombra, aurora y ocaso, y tú tienes libertad, derecho y responsabilidad de elegir una de las dos sendas. En una, la más compleja, descubrirás, al final de la caminata, que abundan los tesoros infinitos, mientras la otra, la de apariencia sencilla, te invitará, al concluir la jornada, a colocarte grilletes en tus tobillos y permanecer atrapado, en constante asfixia y llanto, dentro de sus mazmorras tristes y lóbregas. No te detengas. Ningún abismo es capaz de someter y desafiar al caminante si éste, sensible e inteligente, enfrenta retos, destruye muros y construye puentes, ayuda y da la mano a otros, suma y multiplica el bien, vive y sueña, ama y entrega lo mejor de sí a los demás. La muerte terrena es natural. Alguna mañana o tarde, o cierta noche o madrugada, llega puntual y de frente, toca a la puerta y entra sin invitación. No le temas si tu biografía ha sido de bien. Sabe que me encantan las historias de la gente que, en el mundo, dedicó los años de su existencia al amor, la verdad, el bien, la justicia, la honestidad, los valores y el servicio a los demás. Aquí estaré, contigo, en espera de que algún día me relates tu historia, desde el cunero hasta antes de llegar al sepulcro, para así regalarte la entrada a mi casa palaciega o, al contrario, lamentar la crónica de tu viaje por el mundo, despedirte y cerrar la puerta ante tu partida.

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Es momento de contagiar a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es momento de contagiar a la gente, a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, que apenas hace rato, quizá ayer, cantaban y reían felices e ilusionados, alrededor de la vida, y hoy, irreconocibles, temen a las sombras de la muerte que amenazan entintar los días de sus existencias con matices luctuosos. Es perentorio escapar de los barrotes y las celdas que hemos creado egoístamente, salir del estado de comodidad aparente que equivale más a irresponsabilidad que a razón, y transmitir a otros -familia, amistades, vecinos- auténticas dosis de alegría, fe y optimismo. No hay que esperar a que alguien enferme para llorar, mortificarse y contabilizar uno más dentro de la lista de ausencias. Es momento de formar una cadena humana con innumerables eslabones, todos unidos entre sí, atentos y solidarios, no con la intención de encadenarnos, sino con la idea de fortalecernos y ser auténticos, libres y plenos. Desde hoy, es aconsejable llamar por teléfono a los familiares, a los amigos, a los vecinos, a los contactos más próximos, con la intención de animarlos, preguntar por su salud, recomendarles se cuiden, recordar historias y días felices, planear futuros encuentros, alegres y sanos, para celebrar el milagro de la vida. Es urgente que ellos, a la vez, marquen a otras personas y las saluden igual. Las emotividades presenciales deben reservarse para otras fechas. En ocasiones, las apariencias y las superficialidades, emparentadas con la ansiedad, el consumismo, la soberbia, la necedad y la ignorancia, provocan que la gente no entienda y cometa imprudencias que propician mayores problemas y complicaciones. Es indispensable contagiar a los demás, aquí y allá, ahora y siempre, con sentimientos, ideales, deseos y pensamientos nobles, evidentemente con amabilidad, entrega, sinceridad y sonrisas. El aislamiento y las mascarillas, confinan, aprisionan, a pesar de las recomendaciones en su uso; mas no son excusa para transformarse en criaturas burdas, groseras y malvadas. Es tiempo de demostrar que tú, yo, ellos, nosotros, ustedes, somos mejores y superiores a grupúsculos perversos que causan tanto daño a la humanidad en su afán de reprimirla y dominarla para apoderarse de las riquezas del mundo. Si una élite poderosa, en complicidad con gobiernos serviles y corruptos, militares irracionales, científicos mercenarios y medios de comunicación sin escrúpulos, entre otros, diseñó, formó y dispersó un virus criminal que ha enfermado y asesinado a incontables hombres y mujeres, en el planeta, no olvidemos que Dios colocó un alma en cada uno, sentimientos e ideales, pensamientos y sueños, que se demuestran con la mano generosa que da a otros lo mejor de sí, con palabras de aliento, con una sonrisa, con una mirada comprensiva. Es hora de contagiar a la humanidad.

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Espectadores en serie

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ahora somos espectadores -atemorizados, débiles, enajenados, manipulados, presos y vacíos- que permanecemos distraídos con las estupideces y superficialidades que los dueños del poder económico, militar y político, en el mundo, utilizan en las carpas sociales como dádiva y trampa que enloquece, mientras desatan los nudos de la vida para sepultar los sentimientos, la libertad, los ideales, la justicia, los pensamientos, las ilusiones, los sueños y los valores. Somos testigos del desmantelamiento de la vida. Están robando lo mejor de los seres humanos. Lo están haciendo gradualmente, con justificaciones, mentiras y distracciones, para apoderarse de la humanidad y del mundo. Parece que las mayorías no lo notan. Están vaciando nuestro interior. Casi hacen de cada ser humano un número en serie, un artefacto carente de sentimientos, unificado, sin familias ni ideas, callados, obedientes, sumisos, estúpidos. Hasta en lo que parece ajeno e insignificante, hay alguien desatando las cuerdas de la existencia. Se aproxima una era oscura en el planeta, y no por asteroides, agujeros negros y otras cosas, sino por la ambición desmedida y la perversidad de unos y la estulticia, necedad, ignorancia y superficialidad de otros. Somos eso, espectadores en serie.

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La vida es un prodigio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida es un prodigio. Estoy agradecido con sus auroras y ocasos, con sus sonrisas y enojos, con sus alegrías y tristezas, con su sí y su no. Se expresa, inagotable, en la sonrisa auténtica de un niño, en el acto maternal, en la lucha de un padre por sus hijos, en un romance genuino, en un abrazo, en un juego de hermanos, en las palabras de amor y consuelo, en el follaje de los árboles, en las nubes pasajeras y en las flores de exquisita textura, deliciosos perfumes y multiplicidad de tonalidades. Hoy quiero, por lo mismo, pintar el lienzo de la vida con los colores del amor, la amabilidad, el bien, la verdad y la justicia. Deseo volar libre y pleno, aquí y allá, a una hora y a otra, con la idea de invitar a la gente a vivir, recuperar la felicidad, definir el sentido del viaje y dejar huellas de seres humanos superiores al simple barro. La vida brota incesante de una fuente infinita, igual que las gotas diáfanas que surgen de la intimidad de la tierra y del manantial emprenden el viaje por cascadas y ríos, hasta que, alguna vez, en cierto instante, retornan a su origen. Me siento agradecido con la vida, con mi historia, con la gente tan amada que ha caminado a mi lado, con el concierto de los pájaros y con la lluvia que me empapa. He sido, en gran parte, autor y protagonista de mi biografía. Y claro, si tuviera oportunidad de iniciar de nuevo mi historia, elegiría a la misma gente, a los seres que tanto he amado y a los que de alguna manera son pasajeros del mismo furgón. Les entregaría más de mí, y eso haré en lo sucesivo, a partir de hoy, ahora que paseo por el mundo. Estoy vivo, igual que tú, ellos y todos los que caminamos por las sendas del mundo. Vivamos. Seamos no las gotas de agua que se estancan y pudren a la orilla de los ríos o en los pantanos, en medio de sus amarguras, ambiciones, tristezas y maldades, sino las que transitan plenas, alivian la sed y colaboran con la vida en sus colores, formas, sabores y fragancias. Seamos la luz que alumbra sin medida y no la oscuridad que apaga lo bello y sublime. Pretendo escribir un poema, otro y muchos más a la vida, experimentarla, compartir sus momentos e invitar a mayor número de seres humanos a deslizar los pinceles con los matices del amor, la dicha, el bien, la verdad, la justicia y los valores. La vida es, en verdad, un milagro.

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Sonrían, sean felices, pinten sus rostros de alegría…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sonrían. Sean felices. Pinten sus rostros de alegría. Desborden amor. No carguen los desazones que provocan las superficialidades, la crueldad, el miedo, la envidia, el odio, la ambición desmedida, el enojo, las apariencias, la deshumanización. Eso es incómodo y provoca caídas. Hiere demasiado. No es bueno ni grato desgarrarse por lo que es baladí. Rompan las cadenas Desháganse de los grilletes que impiden sus movimientos, destruyan los barrotes de las celdas que los mantienen encarcelados y brinquen las cercas de las prisiones. Corran hasta llegar a parajes donde la verdad, el bien y la justicia son parte de la dicha y la libertad. Desmaquillen de su cutis la arrogancia, los apetitos que pisotean a los demás, el mal y la ignorancia, y eliminarán una carga pesada que entorpece su caminata y nubla sus miradas. Eviten convertirse en trozos de miseria humana. Si han de dejar pedazos de sí, que sea por el bien que hacen a los demás y no por el daño que puedan causar. Dejen huellas indelebles a su paso. Retiren las enramadas y las piedras del camino. Derrumben murallas y tiendan puentes. Liberen a otros. La vida es irrepetible. Cada instante es único. Se va entre un suspiro y otro y no vuelve más. El bien y el mal esculpen líneas en los rostros, dibujan siluetas y pintan los colores de la luz o las tonalidades de la oscuridad. Rechacen los antifaces, las máscaras, y defiendan los principios genuinos de la vida. Así, si un día, por alguna causa, tengo que partir a otras fronteras, me encantará regresar o asomar desde alguna ventana, y descubrir en sus rostros signos de amor, bien, armonía, paz y felicidad. Entonces serán libres y plenos.

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Ingenuidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cansados de sí mismos, entre barrotes que los separan de su interior, muchos hombres y mujeres, en el planeta, anhelan y pretenden salir a las calles no con el propósito de sonreír a otros seres humanos, y menos con la idea de vivir plenamente, sino con el objetivo de consumir y que la gente que conocen -familiares, amigos, vecinos, compañeros- los miren en las tiendas de lujo, en los restaurantes, en los gimnasios, tras gruesos cristales que ahora exhiben a las personas igual que muñecos de aparador, porque lamentablemente aprendieron a ser maniquíes de temporada, con bromas, sentimientos, conversaciones, ideas y acciones desechables, ligeras y de moda, dictados por los dueños del poder a través de la televisión, las redes sociales y otros medios. Incapaces de convivir en familia -esquema ya roto, adulterado y pisoteado-, no pocos seres humanos -en femenino y en masculino-suspiran, en el encierro, por las reuniones en bares y cantinas, en posadas de unas horas, en tertulias interminables y sin sentido, similares a los colores amontonados y a las notas musicales discordantes acaso porque las minúsculas, sus hijos, les cansan, los fastidian, y les parece, en consecuencia, más grato disfrutar la compañía de otras personas que convivir y participar con quienes llevan su sangre. Tan distraídos están, que ni siquiera notan que el mundo, en diversas regiones, avanza hacia el odio racial, el totalitarismo y la violencia, con algunos personajes que se sienten elegidos -los nuevos mesías de la hora contemporánea- y pronostican calamidades globales, informan y prometen soluciones, con el control absoluto de las situaciones, como acontece ahora, tras la puerta y las ventanas, en época del coronavirus creado y dispersado perversamente con cierta intencionalidad. Previo a este mal que la élite poderosa intenta convertir en pandemia con el objetivo de justificar y llevar a cabo sus planes, se les hizo sentir a millones de personas, a nivel internacional, que son basura, escoria de la creación, y así se les ha enseñado a sentir, pensar y actuar. En un lapso breve, les presentaron, uno tras otro, daños ocasionados por el plástico en los océanos, erupciones volcánicas, incendios en el Amazonas y en Australia, deshielo en los polos, contaminación, proximidad de asteroides, animales en peligro de extinción, ruidos extraños en el ambiente y hasta aparición de abejas, y ahora se les domestica y se les prepara para un nuevo orden mundial. Ingenuamente, creí que tras la primera etapa de aislamiento, muchos aprovecharíamos la oportunidad para reencontrarnos con nosotros y nuestras familias, valorar lo que somos y tenemos, diferenciar los sentimientos, los ideales y los pensamientos de las apariencias y las superficialidades y decidir, finalmente, una vida auténtica, libre y plena. Tristemente, al andar por las calles, en los espacios públicos, en los jardines colectivos, en las plazas, descubro que, efectivamente, algunas personas tomaron la decisión de crecer y trascender; pero la mayoría continúa obstinada en sus asuntos baladíes, sus apetitos, su estulticia, su ambición desmedida, su egoísmo, su superficialidad, su ignorancia y su agresividad. Y no se trata de cambiar a la humanidad de acuerdo con las convicciones que uno tiene, sino de despertar, sentir y reaccionar, con transformaciones reales y sustanciales que generen armonía, respeto, tolerancia, libertad, paz, bien, justicia y dignidad. Creí, torpemente, que seríamos hermanos o, al menos, amigables y buenos; pero miro a una colectividad ansiosa de lucirse, consumir y dedicar los días de sus existencias a esas cosas insignificantes, superficiales e intrascendentes que, acumuladas, arrebatan la vida y la opción de ser felices y plenos.

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La ruta que sigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Retiro bloques de piedra y materiales de las fronteras y los muros que encuentro en el camino y los acomodo, pacientemente, con la idea de construir puentes que sorteen abismos profundos, desfiladeros de apariencia insalvable, y que acerquen a parajes bellos y cautivantes, donde los rostros sean orquídeas y helechos amigables y sonrientes. Trato de dejar huellas y señales cuando descubro rutas seguras, con la intención de que otros, los que vienen atrás, las sigan y transiten alegres y confiados, igual que hermanos. Me hace muy feliz convidar mis viandas a los pájaros y a las ardillas que esperan mi paso, a los niños que juegan y a los ancianos que relatan las mismas historias. Intento convencer a otros, a los que me siguen y a los que se quedan, que la dirección más esplendorosa es la que conduce a destinos de amor, bien, verdad, respeto, nobleza de sentimientos, ideales, dignidad, justicia, sueños, ilusiones, actos positivos, armonía, paz y libertad. Reconozco que la existencia plantea que cada ser humano -mujer y hombre- se pruebe y se mida en diferentes circunstancias, para así evolucionar o precipitarse; sin embargo, mi intención es, al paso de los días, construir albergues que enseñen a dar de sí, plantar árboles y sembrar plantas que expresen el milagro de la vida, alumbrar durante las noches más oscuras, regalar amor y sonrisas donde todo parece estéril, marcar el sentido de la felicidad, sepultar el mal y las tristezas que deforman y hieren mortalmente a la gente, volver a ser hermanos y parte de un todo que palpita sin tregua, más allá de distancias, tiempo y rasgos, y se siente en uno, en lo que está en el interior y se encuentra afuera, porque solamente de esa manera es posible abrir la puerta y regresar a la morada, donde fluye una corriente etérea que envuelve en una gasa infinita.

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Una ecuación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Por causas naturales, con frecuencia hay un dolor al nacer y otro al morir; pero no se trata del anticipo de una existencia infeliz ni de la despedida infausta al abordar el último furgón y abandonar la estación. La vida, en el mundo, es, parece, una ecuación con repetidos e incontables sí y no, multiformes y policromados, que se presentan repentinamente o que la gente, en el lapso de su caminata, propicia, y que, por lo mismo, es preciso equilibrar con la idea de que el resultado sea favorable. Quienes suman y multiplican bien, alegría, amor, sentimientos nobles, conocimiento, justicia, pensamientos positivos, libertad, sueños y detalles, ya se encuentran en un jardín bello, cautivante y supremo, aunque a veces haya espinas; aquellos que, al contrario, son títeres de apetitos, debilidades y maldad, se encontrarán entre cardos y plantas amargas y venenosas, a pesar de que se crean y sientan dueños del paraíso. Hombres y mujeres construyen la historia de sus instantes, minutos, horas, días y años. Esculpen y pintan sus rostros cotidianamente y definen las rutas de su destino. No es que la vida sea injusta. Es que cada uno diseña y construye sus sueños, sus realidades, sus capítulos, sus ascensos, sus tropiezos, sus conquistas, sus fracasos. Al final, cuando desciende el telón de la existencia, cada ser humano descubre si actuó dignamente y con libertad, auténtico y pleno, o si fue marioneta de sus caprichos, egoísmos y fechorías. Cada momento significa la oportunidad de anotar signos en el pentagrama, elementos que formarán parte de una sinfonía magistral y suprema o de un concierto discordante y pobre. Los aplausos o el rechazo, en el teatro, reconocerán o desaprobarán al actor; pero el mayor premio será, indudablemente, la satisfacción de haber probado una vida dedicada al bien, a la búsqueda de la verdad, al cultivo de detalles y sentimientos nobles, al pensamiento positivo, a la justicia, a la libertad plena, al trabajo productivo.

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