En estos días y los que siguen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días pasados y los actuales, han alterado las notas de la vida, y no es por el destino ni por el tiempo. La guerra continúa con su rostro deforme e irreconocible, casi sin que lo note la gente que está tan distraída y desconoce que, junto con otros miles de millones de seres humanos, se ha convertido en prueba de laboratorio, en ensayo perverso, en producción en serie, en estadística. El agua, el oxígeno, la tierra y los alimentos, en el mundo, se agotan, al mismo tiempo que manos ambiciosas, crueles y egoístas -las mismas que crearon los desórdenes y propician el caos, el odio, las enfermedades, los enfrentamientos, la destrucción, los antagonismos y la muerte- acaparan los recursos naturales y minerales y acumulan fortunas y poder inmensos que contrastan con el hambre, las carencias económicas y las enfermedades. Mucha de la gente que se dedica a la ciencia, al arte, al conocimiento, ya lo comprobamos una y otra vez, es soberbia, ausente de sentimientos, y tiene precio. Vende el arte y la ciencia igual que se comerrcializa cualquier baratija. Son mercenarios que se han aliado al mal y a los que no les interesa prostituir el bien, la verdad, la justicia y la libertad. La élite ha saqueado al planeta, con la cacería de animales, el botín que obtienen de las entrañas de la tierra y los paraísos de cristal y mármol que construyen sobre esteros, bosques y selvas, siempre culpando a las multitudes que formó a través de la televisión y los medios de internet. Y la guerra se acentuará. Ahora, tras el experimento del Coronavirus, poseen el mapa completo, la geografía humana, y saben cómo reaccionan cada pueblo y raza. Intentan, y lo están logrando, apoderarse de la voluntad humana, destruir a los que les estorban y significan cargas onerosas, a quienes sienten y piensan diferente. La búsqueda de condiciones favorables a la vida en el espacio, en otros planetas, no es con el objetivo de beneficiar a la humanidad, sino a un segmento privilegiado materialmente, y no solo con la idea de colonizar el universo, sino para obtener y ganar la supremacía militar y el control absoluto. Y claro, también saquearán las riquezas de otros planetas, aunque la inversión supere las cantidades que se requieren para alimentar y sanar a las multitudes. Seguramente habrá nuevos minerales y piedras que sustituyan al oro y a los diamantes. Todo será distinto. De hecho, ya lo es. Si el denominado Covid-19 fue diseñado, creado y disperso en sitios estratégicos para su propagación inmediata, se trata del principio de la destrucción masiva, y pronto, sin duda, surgirán otras expresiones que asustarán, desestabilizarán y aniquilarán a amplio porcentaaje de hombres y mujeres a nivel global. Si innumerables artistas y científicos se han escondido, por conveniencia, miedo o interés, otros, lo sabemos, son mercenarios que trabajan a favor de quienes les pagan. Dentro de esa basura humana que ha tenido oportunidad de dominar las manifestaciones artísticas y el conocimiento, también existen hombres y mujeres auténticos y extraordinarios, capaces de desafiar a los dueños de las fortunas y del poder, con el objtivo de defender la verdad, el derecho a la vida, las libertades y la dgnidad humana. Quienes aún poseemos la fortuna y el privilegio de contar con valores y practicarlos para bien propio y de los demás, en la incabable tarea de construir un mundo hermoso y pleno, tenemos la obligación, el compromiso y la responsabilidad histórica de crear e investigar con ética y respeto, siempre para beneficio de la humanidad. El arte y la ciencia, si son auténticos, tienen el compromiso irrestricto de invitar al bien, a la verdad, al desarrollo equilibrado e integral de la humanidad y de toda expresión con vida e inanimada, a la evolución. Y el arte y la ciencia, en manos de gente honesta y con valores, no están a la venta, y menos para causar sufrimiento en los demás. Al menos, yo no utilizaría mis letras y mis palabras, en la destrucción y en el engaño, y sobre todo cuando pienso que el arte es lenguaje de Dios, destello de la fuente de bien y luz.

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Preocupa tanto…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Preocupa tanto que a las generaciones de la hora contemporánea, la élite del poder económico y político las desmantele, en complicidad con medios de comunicación mercenarios e instituciones totalmente indignas de confianza. Cotidianamente les arrebatan sus ideales y sus sueños, interrumpen sus proyectos, vacían su esencia, endurecen sus sentimientos, acortan los días de sus existencias, colocan trampas, los entretienen con estupideces y superficialidades, manipulan sus pensamientos y los condenan a transformarse en marionetas y en títeres de un escenario que tiene dueños ambiciosos y perversos Diariamente presenciamos el infausto paisaje. ¿Reaccionaremos antes de que ocurra la deshumanización en el planeta? La mejor trinchera para defender a los niños, adolescentes y jóvenes es desde la familia, en el hogar, con ejemplos positivos, con la práctica del bien, la búsqueda del conocimiento y la defensa de la dignidad humana y la libertad, en ambientes de respeto, armonía, paz y amor, reforzada con la enseñanza, en la escuela, siempre que sus profesores sean auténticos, profesionales, éticos y responsables. Preocupa tanto, en verdad, que alguien -y muchos más- tenga interés en desarticular a la humanidad, a través de la niñez, la adolescencia y la juventud. Bastará con destruir a la generación del minuto presente para sepultar la esencia, la luz, lo que era tan nuestro, y transitar con ropaje manufacturado a la medida de hombres y mujeres enajenados, ausentes de sí, incapaces de crear y de soñar, distantes de sentimientos e ideales, empobrecidos racionalmente. ¿Eso deseamos? ¿Queremos retroceder? Los antagonismos, las desigualdades y el odio se acentúan, mientras las estructuras espirituales, mentales y orgánicas son manipuladas e intoxicadas por mentes y manos capaces de destruir masivamente a la humanidad. De eso no hay duda. Ya lo estamos viviendo, y lo peor no es presenciar y sufrir las atrocidades diseñadas e implementadas por alguien -y otros más-, sino callar y no defender lo poco que queda de nosotros.

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Al elegir el camino, se definen el rumbo y el destino

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cuando se apaga una vida, en el mundo, se agrega de nuevo un alma y se enciende una luz en el infinito. Lloramos, con frecuncia, por la ausencia de las presencias físicas, por la gente que de pronto se retiró del sendero, sin recordar, acaso, que solo se trataba de una caminata y de un ensayo, de una prueba dentro de la finutud, una excursión terrena muy breve y temporal. Nos acostumbramos tanto a los encantos de la vida humana, que olvidamos la otra parte de nosotros, la que se encuentra en nuestro interior y tiene, por lo mismo, conexión con paraísos mágicos, con planos inmortales, con la Fuente Infinita. Es maravilloso experimentar los instantes, las horas y los años de la existencia en el mundo, dentro de una textura de arcilla que iremediablemente envejece y se transforma al pasar por una transición, prrincipalmente cuando la vida se experimenta en armonía, con equilibrio y plenamente, rumbo a la evolución; no obstante, es tan temido el final terreno, la llamada muerte, que, consciente o involuntariamente, desde los primeros minutos de la infancia, colocamos diques y capas de tierra a los recintos del alma para no encontrarnos con nosotros, con lo grandiosos que somos, y seguimos, entonces, cual náufragos en el destierro, una y otra vez, en ciclos que parecen interminables. Somos tan anbiciosos, egoístas e ignorantes, que hasta el concepto y la imagen de Dios es procesada y asimilada por nosotros de acuerdo con nuestros intereses, cuando se trata de algo superior que, incluso, es posible experimentar. La invitación toca a la puerta de cada ser y asoma a sus ventanas con insistencia. Nadie está peleado con las cosas materiales. Es legítimo, por ejemplo, aspirar a verdaderos niveles de bienestar y disfrutar al máximo lo que la vida ofrece en la Tierra. Al elegir el camino, cada hombre y mujer define su rumbo y su destino. Una vida que se experimenta en el mundo y, por añadidura, se dedica al bien, la verdad, la justicia, la dignidad humana, el respeto, la libertad y los valores, innegablemente trascenderá y, al apagarse en el mundo, será luz.

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Alegría y libertad

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La alegría y la libertad, parece, se refugian en las auroras y en los ocasos de otras fechas, cuando apenas ayer éramos poema y viento, lluvia y arena, cascada y río, y no sabíamos, por estar tan distraídos, que nuestra ruta conducía a destinos inciertos.

Por alguna causa -y muchas más-, la alegría y la libertad se volvieron encanto de apariencia irrecuperable -al menos es lo que pretenden que creamos quienes intentan atraparnos-, fantasías y sueños, añoranzas y suspiros, jeroglíficos indescifrables, piezas de museo, y ahora, desolados y tristes, los miramos naufragar y hundirse, lejos de nosotros.

Sin notarlo -así son las dosis de veneno cuando se aplican gradualmente, con cierta intencionalidad-, alguien -y muchos más- atrapó nuestras alegrías y libertades, presas desnudas y ultrajadas que padecen angustias y tormentos indecibles. Compramos, sin notarlo, promesas incumplidas, apariencias y trampas.

La alegría y las sonrisas, agotadas y rotas, son desdibujadas. Alguien -y otros más- las borra de nuestros rostros, las debilita de la naturaleza humana, las desmantela por completo, las desconecta del alma. Ante nuestras miradas de asombro y la pasividad de seres cansados por la monotonía y los acontecimientos terribles que se suceden unos a otros, propiciados por los titiriteros del circo humano, alguien -y muchos más- elimina lo que somos y lo que parecía de nosotros.

Ellos -y alguien más-, quieren que las personas -en masculino y en femenino, en mayúsculas y en minúsculas- destierren las voces y abracen los gritos, sepulten la alegría y las sonrisas, y coloquen epitafios dolorosos y tristes sobre sus ruinas y sus nombres. Pretenden que las multitudes desprecien la luz y la sustituyan, entre sombras, por lámparas que finalmente romperán o fundirán.

Alguien -y otros- sabe que si esclaviza la libertad, mientras enferma, aterra, enfrenta y mata a la gente, la dignidad, los sentimientos nobles, la originalidad, el amor, la verdad, el bien, la inteligencia, la creatividad y todo lo maravilloso de los seres humanos -luz y arcilla, alma y cuerpo-, se exraviarán y solo flotarán despojos mediocres, desgarrados, incapacs de restaurarse, transformados en maniquíes y en títeres en serie.

No obstante, si alguien -y otros más- pretende y ambiciona cortar y destruir nuestra alegría y libertad, con todo lo que significan, nosotros aún poseemos capacidad y fortaleza para cerrarles las puertas y las ventanas e impedirles el paso. Somos más, en número y, aunque no seamos dueños de fortunas inmensas que corrompen gobiernos, ejércitos criminales, redes sociales perversas y medios de comunicación mercenarios, tenemos capacidad de resurgir de los escombros, valorarnos y enfrentar las guerras, los ataques y los ensayos actuales con fórmulas pacíficas. Ellos -y alguien más- temen a los valores, a los sentmientos, a la razón, al despertar, a las familias, al amor, al bien, al conocimiento masivo, a los ideales. Poseemos los elementos para derrotarlos y parar su locura, sin necesidad de violencia.

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Cuando el ser humano ya no era río

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-Miro un cauce con arena, piedras y varas secas. Dicen mis amigos que sus abuelos les han relatado que aquí era un remanso similar al paraíso que los más viejos de nuestra raza, hace muchos años, creían que existió, y que, en este sitio, precisamente, se sumergieron en el agua que corría, nadaron libres y dichosos, pescaron y disfrutaron paseos inolvidables, antes de poseer un número de control que bloqueó sus identidades. ¿Recuerdas alguna imagen lejana de este lugar? ¿Cómo era? ¿Realmente existieron los ríos? -preguntó el joven a su padre, mientras caminaban agotados, sedientos, en busca de algún árbol frondoso.

El hombre, sorprendido, volteó atrás, a los lados, al frente, como para cersiorarse de no ser escuchado y reprendido o castigado por los agentes del Régimen. Observó a su hijo, casi a hurtadillas, y se cuestionó si en verdad estaría planteando una pregunta sincera o si se trataba, como en tantos casos, de una trampa para delatarlo, arruinar su expediente y acelerar el fin de su existencia.

-Contesta, papá -insistió el muchacho-. No temas. Soy incapaz de causarte daño. Habla con confianza.

Nuevamente, el hombre miró a su hijo.

-Supongo que he roto las reglas, papá -confesó el joven-. Estoy preocupado y temeroso porque desde hace meses ingresé a hurtadillas a los archivos secretos del conocimiento. Sabes, como yo, que el Régimen lo prohíbe y aniquila sin misericordia a quienes se atreven a hurgar sus dominios.

Asustado por las revelaciones de su hijo, el padre no caminó más. Comprendió que su hijo, inquieto como él lo fue en la juventud, había quebrantado las leyes y las reglas del Régimen y que, en consecuencia, ambos se encontraban en riesgo de ser descubiertos, aprehendidos, martirizados y asesinados.

El Régimen era autoritario e intolerante, implacable y cruel. A sus dirigentes, inaccesibles a la gente, en el mundo, porque vivían en paraísos amurallados, les molestaba que cualquier hombre o mujer descubriera y explorara su interior, hasta reencontrarse consigo, con su alma, con sus sentimientos, y con la razón. Todo estaba diseñado para no sentir ni pensar con libertad. El alma y la razón estaban sometidos en mazmorras hediondas y oscuras, donde los gritos se volvían silencios torturados.

Padre e hijo fingieron indiferencia. Caminaron, igual que tantas personas lo hacían en sus días de asueto; pero se sabían complices y guardianes de un secreto, o tal vez más. La gente creía divertirse y ser feliz con lo que los funcionarios del Régimen les ofrecían, acaso porque sus recuerdos naufragaban en la desmemoria, probablemente por formar parte de generaciones recientes, quizá por el aprendizaje de sentir, pensar y actuar en serie, al gusto y de acuerdo con los interess de la élite, o tal vez por sentirse rotos, frágles e incompletos.

La risa, los juegos, las diversiones, las relaciones entre parejas y familias, los encuentros amistosos, todo estaba regulado por horarios y relojes estrictos, igual que el estudio, las obligaciones y el trabajo automatizado. Nada escapaba a la supervisión de los señores del poder, quienes eran dueños de la humanidad, de los territorios, de las riquezas y de la naturaleza del planeta.

El padre condujo al joven hasta un remanso apacible, lejos de la multitud, con la idea de hablarle:

-Hijo, reconozco tu valentía y tu decisión de ser libre y pleno. Corres peligro, igual que yo. Seguramente, el Régimen ya registró nuestra conversación sobre temas prohibidos y nos eliminarán. Antes de que eso ocurra, te invito a no rendirte, a luchar y a negarte a ser esclavo, aunque te sientas desgarrado… Es verdad, el agua era un regalo de Dios, de la creación, de la vida, de la fuente infinita; pero nosotros, los seres humanos, la contaminamos, la robamos, la desperdciamos, hasta que se agotaron los manantales, las cascadas, los ríos, los lagos, los esteros, abundantes en expresiones de la naturaleza, que tampoco existen porque las exterminamos. Cubrimos los poros de la naturaleza con cemento, plástico y concreto, y también, sin sospecharlo, sepultamos nuestra conciencia, los sentimientos más bellos y nobles, los ideales, el bien, los detalles, los pensamientos, las ilusiones, los sueños. Permitimos, sin darnos cuenta, que ellos, la élite del Régimen, con todo su poder económico, militar y político, en alianza con medios de comunicación mercenarios y gobiernos corruptos e ineptos, idiotizaran a las multitudes, enajenaran a la gente, arrebataran el amor y los sentimientos, desintegraran familias, borraran sonrisas, rompieran sueños e ideales, denigraran la libertad y destrozaran la alegría y la dignidad. Ofrecieron al mundo un supuesto paraíso en el que parecía factible consumir, satisfacer apetitos primarios, arrebatar, engañar, triunfar de acuerdo con los códigos de las apariencias, las superficialidades y la estulticia. Los grandes rebaños humanos, las multitudes, fueron enajenados, hasta ser controlados. Exterminaron sentimientos nobles, unidad familiar, ideales, sueños, ilusiones, detalles, raciocinio, que suplantaron con existencias monótonas y vacías, deshumanizadas y autómatas, estúpidas y controladas.

El joven escuchó, aterrorizado y en silencio. Su padre continuó, apresurado, como si supiera que sus palabras tenían que ser directas y breves, auténticas y reveladoras, antes de ser descubierto y eliminado por los agentes del Régimen. Prosiguió:

-Incontables gotas formaban corrientes, ríos caudalosos que regalaban vida, colores y sabores, alegría y paraísos. Eran pedazos de la fórmula de Dios. El agua que fluía y por sí sola se mantenía transparente y pura, semejaba los ideales, la libertad, los sentimientos, el bien, la verdad, el amor. Sé como el agua, libre y pleno, auténtico y digno. No permitas, por ningún motivo, que te sometan porque morirías, igual que ocurrió con el agua que permaneció estancada en las orillas, pútrida y ennegrecida.

El hijo intentó ayudar a su padre, quien de improviso sintió desfallecer ante la falta de oxígeno y la celeridad de los latios de su corazón. El Régimen descubrió su atrevimiento y su traición, conducta que propició su martrio, agonía y muerte.

-Huye de aquí, hijo querido. Refúgiate lejos. Bloquea el sistema que los científicos del Régimen diseñaron para vigilar y controlar a cada ser humano, en el mundo, y no permitas que te destruyan. Busca a otros hombres y mujeres que compartan el anhelo de la libertad, el bien y la verdad, y estén dispuestos a luchar contra el Régimen. Sé como la gota de la lluvia, del mar, de los lagos y de los ríos, unida a otras, por millares o millones, y juntas, fortalecidas, en torno a un proyecto común, rompan las compuertas que mantiene a a humanidad esclavizada, enajenada, manipulada y controlada.

El muchacho titubeó. De alguna manera, al encontrarse consigo, había descubierto sus sentimientos adormecidos, la nobleza del alma sometida al martirio y al encierro; pero el padre lo empujo con el objetivo de que salvara su vida, bloqueara las señales del Régimen y luchara por la libertad y el rescate de millones de seres humanos.

-Vete, hijo. Déjame aquí. Voy a morir. Sálvate y sé la gota de agua que atraiga millones, hasta que las paredes y las rejas del mal, sean destruidas. Este cauce seco que hoy contemplas, un día fue paso de millones de gotas de agua, convertidas en río, capaces de dar vida y regalar colores, fragancias, sabores y formas. Sé, con otros, el agua transparente, pura y fuerte que retorna a los cauces para cambiar los rostros de muerte por semblantes de vida.

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Preocupan las generaciones de la hora contemporánea

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Entristece y preocupa que las generaciones de la hora contemporánea -niños, adolescentes y jóvenes, específicamente- coexistan en un ambiente intoxicado, con exceso de maldad y de violencia, ausente de bien y de sentimientos nobles, entre la irracionalidad, el miedo, la intolerancia, la superficialidad, las enfermedades y la mediocridad, con listas de ausencias por las muertes que interrumpen vidas, proyectos, alegrías. Mortifica que se acostumbren al mal y no al bien, a la enfermedad y no a la salud, a los barrotes y a las cadenas y no a las alas y a los aires de la libertad, a la agresividad y al odio y no al amor, al antagonismo entre opuestos y no a la armonía y al respeto, a las tristezas y no a la felicidad, a la guerra y no a la paz, a las carencias y no a la prosperidad, a la ignorancia y no al conocimiento, a la cáscara y no a la esencia, a la muerte y no a la vida. ¿Dónde encontrarán lo noble, la luz, lo sublime, si hoy el ambiente ofrece ejemplos nocivos, consumo e inmediatez sin sentido, incapacidad de amar y perdonar? ¿Dónde la dicha que merecen, el conocimiento que los hará libres, los sentimientos y los valores para trascender? Alguien que desde la niñez, la adolescencia y la juventud se acostumbra a coexistir en medios tan tóxicos, y carece de puntos de referencia hacia rutas plenas, se acostumbra a lo malo y, más tarde, al multiplicarse, al convertirse en padre, en madre, entrregará a sus hijos la herencia de un infierno. Nos estamos yendo. No es necesario llegar a los 90 o 100 años de edad para preparar las maletas; actualmente, a cualquier edad, el tropel de la muerte, casi dirigida, interrumpe jornadas existenciales. Dejamos cosas y proyectos inconclusos. Estamos rotos. Lucimos irreconocibles, hundidos en el barro pegajoso y revuelto, incompletos. ¿Estamos haciendo algo trascendente por nuestros hijos, por la familia que tenemos, por los niños, los adolescentes y los jóvenes del minuto presente? Me parece que no todos estamos cumpliendo. Hay, en las generaciones de menor edad, personas excepcionales, gente maravillosa y amable, minúsculas, en femenino y en masculino, con sentimientos nobles, dignidad, ideales, sueños, entusiasmo y proyectos bellos; pero el mal aplasta, deforma y mata, y es preciso salir a las calles, a cualquier hora, en todos los rumbos, para descubrir la realidad tan lamentable y preocupante. ¿Hasta cuándo reaccionaremos? La solución al panorama sombrío que hoy presenciamos y que pronto aniquilará a la humanidad, o al menos a un porcentaje considerable, es a través de inculcar sentimientos nobles, motivar a hacer el bien, invitar al conocimiento, enseñar a amar, explorar rutas superiores, desterrar el mal. Comencemos hoy. Mañana, al amanecer, será demasiado tarde.

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Las sandalias

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Un día antes, en el monasterio, el monje habló a sus discípulos acerca de las apariencias, las superficialidades y la petulancia que condenan a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, principalmente en occidente. Citó las prisiones que la gente fabrica, los anfiteatros y las trampas que los seres humanos construyen al rivalizar racialmente, por su aspecto, por sus grados académicos, por sus creencias y por el dinero, el poder y las cosas materiales que obtienen y, erróneamente, no utilizan para trascender. Mostró a sus alumnos, sorprendidos, carteles con fotogafías de calzado moderno. Se asombraron al detectar la incomodidad de la mayor parte de los modelos, unos que oprimían las puntas de los pies y otros, en tanto, que exigían mantener equilibrio, impedían caminar libremente, presionaban la corriente sanguínea, bloqueaban las terminales nerviosas y agotaban. El maestro explicó que en las grandes urbes, donde las personas se han transformado en criaturas de asfalto y plástico, como negación de la naturaleza, a la que asfixian cotidianamente sin entender que condenan su presente y su futuro inmediato, hasta los zapatos son más sintéticos. La gente no dispone de tiempo, en las ciudades, para despojarse, por algunos momentos del día, del ropaje que presume, del calzado que amuralla sus pies y obstaculiza su contacto con la tierra que exhala vibraciones, energía, propiedades magnéticas que armonizan y equilibran el organismo, las facultades y la salud. Son tan ignorantes, ambiciosos, superficiales y presuntuosos, que dedican sus existencias tan breves a satisfacer apetitos primarios, acumular cosas y fortunas, esconder tras apariencias lo que verdaderamente son, y, al final de sus días, con dolor y tristeza, descubrir, tardíamente, que si los placeres y la riqueza material son válidos, existen otros tesoros de mayor permanencia y valor, como la familia, el bien, el amor, las virtudes, la alegría, el conocimiento, la salud, el equilibrio, la armonía, la paz. Eso conduce a niveles superiores, expresó el místico, quien argumentó que los seres humanos diseñan sus propias historias, sus paraísos, sus sueños y sus pesadillas. La vida es algo más, desde luego sin olvidar satisfacer las necesidades naturales en todo ser humano. Toda persona, dijo, merece, si actúa correctamente, realizarse plenamente y ser intensamente feliz. Unos son artistas, científicos o, como nosotros, místicos, buscadores de la verdad y la iluminación; pero otros dedican los días de sus existencias a la industria, al comercio, a la medicina, a la filosofía, a la enseñanza, a la gastronomía y a diferentes disciplinas del conocimiento. No importa que sean de alguna raza en especial ni su condición social, como tampoco sus creencias, aspiraciones, estudios, jornadas laborales, sueños y vivencias, mientras no cometan atrocidades en contra de otros. Es patético que millones de personas se refugien en sus vestuarios no para lucir atractivas, lo cual es genuino y hermoso, sino con la intención de esconder lo que son en realidad y presumir y aplastar a los demás. Busquemos lo auténtico, la plenitud, el bien, la verdad. Aconsejó meditar. Al retirarse a sus celdas, en la noche, el monje solicitó a los jóvenes que reflexionaran, en medi0 de la noche y desde el silencio, la profundad y los susurros de su interior, acerca de la lección que les impartió sobre las apariencias, las superficialidades, la petulancia y las debilidades humanas, y el valor que significa mantener contacto permanente con la naturaleza, con los elementos, con la vida, con la creación; también les comunicó que, al amanecer, saldrían del monasterio con el objetivo de caminar durante todo el día por parajes insospechados. Y así fue. Temprano, el monje y sus alumnos salieron de la fortaleza monástica y caminaron, en silencio, Las cumbres, envueltas en neblina flotante y cubiertas de nieve, permanecían imperturbables, más cerca del cielo y sin perder, por su grandeza, los detalles, las partes minúsculas, sus bases en el suelo, en la tierra. Caminaron el maestro y sus alumnos por parajes abruptos y desolados que invitaban a fundirse con todo. En aquel ambiente, descubrieron un remanso próximo a un río que acariciaba las peñas dispersas en el cauce y salpicaba incontablels gotas cristalinas y heladas a la tierra, a la orilla, a los árboles, a la vegetación, en un concierto magistral que regalaba pedazos de vida. Tras el silencio de la caminata, el monje habló a los jóvenes, a quienes explicó que dispondrían del mediodía y de la tarde para ellos, lo que significaba, en consecuencia, que podrían reír, platicar, dormir, jugar, apartarse, meditar, correr, ensimismarse, soñar, refrescarse en la corriente que descendía de las montañas, estudiar, divertirse y consumir los instantes en la contemplación. Era un ensayo de la libertad. A partir de ese momento y hasta que él lo indicara, serían libres y responsables de sus sentimientos, actos y pensamientos. Mientras los discípulos corrían libres y plenos, el monje decidió permanecer sentado a unos centímetros de un árbol frondoso con la idea de recorrer y explorar su ruta interior, reencontrarse consgo y trascender desde el alma. Al contemplar el escenario y ver a sus alumnos que, en grupos, dialogaban en los peñascos, jugaban en la llanura y reían, descubrió a uno de ellos, apartado, desprovisto ya de sandalias, con los pies hundidos en la tierra, en el barro, mientras abrazaba un árbol y miraba la corriente del rio, hasta sentir el pulso de la naturaleza, el palpitar de la vida, el lenguaje de la creación, la voz de su interior. El joven, quien era conversador, alegre, inquieto y ocurrente, había aprendido la lección sobre la libertad y la decisión de elegir, y, por lo mismo, colocó sus sandalias a un lado, mientras se fundía con los elementos del paisaje, experimentaba los latidos del universo y percibía el ritmo de su alma, del infinito y de la creación. Sonriente, en armonía y en paz, el místico entendió que cada ser, en masculino y en femenino, en minúscula y en mayúscula, decide y elige el sendero, la ruta y el destino que anhela de acuerdo con el sentido de su naturaleza y el despertar de su esencia, y, después de todo, dedicar la existencia al bien, al desenvolvimiento del ser, al aprendizaje, a la acumulacion de una fortuna material, a la satisfacción de necesidades e impulsos, o a cualquier otra expresión humana, forma parte del inacabable proceso de evolución. Sintió, entonces, la energía magnética de los poros de la naturaleza que armonizaban con su ser interno, hasta experimentarse como esencia y arcilla. Voló libre de ataduras. Probó la libertad de elegir responsablemente de acuerdo con su naturaleza, como lo hacían, en la tierra, ls frores minúsculas que recibían las caricias del viento helado.

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Capacidades e incapacidades

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estamos rotos. Pertenecemos a la generación perdida. Hace años, durante postrimerías del siglo XX, escribí, una y otra vez, sobre mi percepción de un mundo fragmentado, antítesis del bien, dedicado más a satisfacer apetitos, caprichos y vanidades que a aliviar dolores y necesidades. Más que construir, la destrucción es una tendencia en las sociedades. El mundo agoniza. Naufragamos en una vorágine de personas que han perdido el sentido de la vida y que creen y piensan que la inmediatez, lo baladí, la estulticia y lo pasajero justificarán sus presencias nocivas, inserevibles y tóxicas. Muchos hombres y mujeres, en mayúsculas y en minúsculas, disponen de energía, dinero y tiempo para actuar cual marionetas cómicas y aberrantes que causan lástima. Hoy, somos capaces de pagar cantidades millonarias por el gusto y el placer de volar en lo que llamamos espacio y contemplar, en un sueño fugaz de austronauta, el planeta azul que ambicionamos conquistar y saquear, y que, a la vez, destruimos; en contraparte, parecemos incapaces de acudir a un hospital de pobres, donde la gente padece enfermedades terribles y hasta mortales, o a los asentamientos en los que las familias carecen de agua y de servicios básicos, con la intención de aliviar el dolor y contribuir al bienestar colectivo. Cotidianamente, dedicamos horas a enviar y recibir mensajes, a través de celulares y de equipos digitales, en amplio porcentaje, por cierto, estúpidos y superfluos; pero carecemos de tiempo para escuchar a quienes nos rodean y necesitan la sensatez de un consejo. ¿Qué se puede esperar de alguien que extiende la mano para colocarse una joya de lujo y no, en cambio, con la intención de dar de sí a aquellos que tienen hambre, que requieren un medicamento o que se encuentran desgarrados tras luchar tanto sin conseguir resultados? Los he visto. Son hombres y mujeres que se transforman al abordar un automóvil, al entrar a un restaurante lujoso o al transitar en las plazas comerciales, en los espacios públicos, para que otros, los que menos oportunidades de desarrollo tienen, los miren como se adora o se envidia un ídolo de piedra ataviado de alhajas. Algunos, incluso, disponen de recursos económicos y de tiempo para despilfarrarlos con alguien más, en un romance pasajero o en una ronda de amigos, y hasta pagan bebidas embriagantes y alquilan posadas de una noche; sin embargo, sus asientos permanecen ausentes en sus casas, sus parejas no reciben un solo detalle y sus hijos carecen de sus consejos, su presencia y su convivencia. Hay quienes duermen cómodamente, entre el lujo, después de participar en exquisitos banquetes, sin recordar que afuera, no muy lejos, otros duermen en el suelo, debajo de periódicos y cajones, o en colchones incómodos y viejos, con el anhelo de un lecho mullido, y comen lo que otros desprecian y tiran. Es una pena que mentes brillantes hayan inventado la televisión y la ciencia digital, y que la mayor parte de la humanidad -acaudalados y pobres, académicos y analfabetos- las utilice como si se tratara de cajas de resonancia de estupideces, violencia y superficialidades, en las que el mal se normaliza y el bien se aplasta y se ridiculiza. Todo ser humano tiene derecho a enriquecerse, a disfrutar las cosas materiales, a gozar lo mejor de la vida. Lo criticable es cuando la esencia es sepultada y los instintos, la ambición desmedida, el mal y la estulticia coronan a las personas que se sienten triunfadoras. Estamos vacíos. Algo falta. Se perciben innumerables ausencias. Poseemos tantas capacidades, pero la realidad demuestra, lamentablemente, que abundan más las incapacidades. ¿Algún día, en cierta fecha, demostraremos que poseemos mayor capacidad que incapacidad para presentarnos honorablemente con el resplandor del bien, el conocimiento, la justicia, los valores y la libertad? Me atrevo a formular tal interrogante porque volteo atrás, adelante, a los lados, y descubro con asombro que existe mayor cantidad de gente capaz de vivir con mediocridad, desequilibrio, tonterías, irresponsabilidad, proyectos temporales, desdicha, violencia, egoísmo, apariencias, deshonestidad y ambición desmedida, que con armonía, plenitud, alegría, sentimientos nobles, ideales, rectitud y pensamientos auténticos. ¿Cuánto valemos? Lo sabremos en cuando midamos de lo que somos capaces e incapaces ante las pruebas de la vida.

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Tras la ausencia de junio y con la presencia de julio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué hicimos? ¿Dónde estuvimos? ¿A dónde vamos? Llegó julio, julio de 2021, con su equipaje, y se instaló en el mundo, en nuestras habitaciones, en cada rincón, como inicio del siguiente medio año; pero lo más sorprendente es que, casi sin percatarnos, se fue junio. Sí. Se marchó junio con el primer medio año de 2021, con lo ue logramos y con lo que perdimos, con lo que vivimos y con lo que morimos. Se fue como llegó, sin anuncios, indiferente a la risa y al llanto. Se llevó una parte de nosotros y de nuestras vidas, si acaso somos tan ingenuos y tontos para creer que raptó algu de lo que nos pertenecía, cuando fue indifrente, como los otros meses que se desvanecieron, acaso como invención nuestra para organizar las actividades y los ciclos de la vida, quizá en el afán y la locura de sentirnos los únicos del universo, tal vez por asuntos que irgnoramos. En todo caso, fue compañero y testigo de nuestros encuentros y desencantos con la vida y la muerte, y de lo que sentimos y pensamos. Medio año se fue, el primero de 2021. La constancia de su paso queda en los documentos, en los matasellos de las cartas cada vez más escasas, en los almanaques, en nuestras pieles y en lo que somos., y hasta en lo que vivimos, en lo que omitimos, en lo que recordamos y en lo que olvidamos. Se fue junio, ausente de nosotros, indiferente, y aquí estamos, en un planeta roto que alguna vez fue paraíso, entre realidades y sueños, con nuestras pequeñeces y grandezas. Julio está presente. Nos acompañará durante 31 días, cada uno con 24 horas, igual que sus hermanos y ancestros, ajeno a lo bueno a lo malo que hagamos, a las alegrías y a las tristezas que experimentamos, a las risas o al llanto que derramemos, a los puentes que crucemos o que cortemos, al ascenso a la cumbre o a la fatal caída a los desfiladeros. Y se irá, igual, callado, sin faltantes. Y así, bien o mal, los días de nuestras existencias se consumirán, hasta que la arcilla de la que tanto presumimos al mirar nuestros reflejos,, se agote y vuelva a la tierra, y trascienda la luz que resplandecerá con mayor intensidad o que, como las gotas del manantial, volverá a surgir para probarse en nuevas rutas y en otras experiencias. Ante la ausencia de junio y la presencia de julio, los hermanos de siempre, los de la generacíón de 2021, camino reflexivo, me sumerjo en mis cavilaciones diarias, y pregunto, asombrado, ¿qué haremos con nosotros? ¿Esperamos, quizá, una fecha incierta para amar, hacer el bien, disfrutar cada instante de la vida pasajera y evolucionar y trascender? ¿Qué esperamos para vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, con libertad, justicia y dignidad? Estamos rotos, y no fueron los relojes ni los calendarios los que arrancaron instantes y años; somos nosotros quienes despilfarramos la enorme riqueza que por alguna razón desdeñamos? ¿Hasta cuándo asimilaremos las lecciones y empezaremos a vivir? Inició julio, julio de 2021, que se marchará, finalmente, sin importarle la humanidad y sus cosas y sueños. Es el inicio de la segunda mitad del año que se fugará y se volverá ayer, recuerdo, olvido. ¿Qué haremos? ¿Mirarnos nuevamente al espejo, lamentar la temporalidad y sufrir por lo que es tan natural? ¿Seguiremos la ruta o renunciaremos? ¿Contrinuaremos desdibujados, rotos, deshilvanados, como autores de tanta mediocridad y protagonistas de un guión horrible, o seremos los artistas de una obra magistral en nosotros mismos?

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Cada instante es la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No sé, a veces, si asisto al espectáculo de mi renacimiento cotidiano, al despertar un día y otro, al mirar las nubes de formas caprichosas que flotan en la profundidad de un cielo maravilloso y pleno que ofrece y promete tanto, al sentir las innumerables gotas de lluvia que me empapan y deslizan en mi piel, al descalzarme y correr en el pasto, entre árboles y helechos, o al hundir los pies en el agua del riachuelo y recibir las caricias del aire que me abraza, y percibir, así, el palpitar de la vida que fluye incesante en sus múltiples expresiones. Desconozco, en ocasiones, si presencio, de frente y puntual, la cercanía de mi funeral, al caer la tarde, al oscurecer y asomar las estrellas silenciosas y plateadas, cuando todos duermen, excepto las lechuzas, los grillos, los cometas, los enamorados y yo. Es uno tan frágil que, al creer que posee el conocimiento, la verdad, descubre otras puertas que aparecen, de improviso, con más interrogantes. Soy, simplemente, un artista, un escritor que un día, a cierta hora, saltó la cerca y eligió otro rumbo, al que sorprenden los rasgos de la vida y la muerte. Ando en el camino, asombrado por la flor mínúscula que crece entre las piedras acumuladas durante un momento de convulsiones y por la grandiosidad de los árboles que extienden sus racíces debajo de la tierra y sus troncos y follaje hacia el cielo azulado o plomado, libres, plenos, buenos, dignos, felices de vivir cada instante. Durante mis caminatas matutinas y vespertinas, inmerso en mis cavilaciones, entre un instante y otros, descubro que la vida fluye en los ríos que transitan imperturbables, en un canto a la creación infinita, mientras en ciertas orillas distingo el agua que, por alguna razón, se estancó y se pudre, acompañada de hojas pútridas y cortezas solitarias y enlamadas. Se trata, parece, del escenario de la vida y la muerte que de alguna forma se manifiesta ante mi mirada de asombro. Sonrío, agradecido y tranquilo, y me repito: “vamos. La vida invita a navegar en su corriente ondulada. Tengo la fortuna de desconocer, a esta hora, el minuto postrero de mi existencia. La vida transita frente a mí. Es momento de vivir”. Me repetí:, en silencio “libérate de culpas añejas. Perdona. No colecciones rencores pasados ni acumules otros que se sumen a la carga. Aligera el peso. Acéptate y coprende a los demás, principalmente a los que más sufren. Dedícate a hacer el bien, a enseñar a otros y a retirar escombros del camino. Da de ti lo mejor. No traiciones tus principios y evoluciona. No te olvides de ti, pero tampoco de las demás criaturas, cada una con su naturaleza y su esencia. Sé intenso. Ama. Sonríe. Practica la amabilidad y busca, cuando puedas y lo necesites, el silencio interior. Anda, ve y entrégate a la vida”. Y así es como trato de inventarme y justificar los días de mi existencia en este plano, en un mundo temporal, previo a mi despedida, en la estación, para viajar a otros rumbos. Cada instante es la vida.

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