Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Renata Sofía, una artista, una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos extraordinarios por su esencia y por lo que son. Silenciosos, navegan en sus sueños y en sus vivencias, en sus sentimientos y en sus ideas, igual que las estrellas que uno mira arrobado cuando es tan joven. Cautiva al mirarla en su taller, entregada a su arte, a la pintura que le apasiona desde que era muy pequeña; pero también llama la atención su figura cuando es dama y, en plena adolescencia, asoma a la ventana y observa el jardín, o al cocinar espagueti y pizza que tanto le gustan y al prepararse con la intención de seguir sus lecciones de taekwondo. Es adolescente. Con la ilusión de toda joven, cumplió 15 años de edad, década y media de una existencia bella y pura, en aprendizaje continuo, con sueños maravillosos e ideales que la transportan a fronteras y mundos prodigiosos. Renata, como le llama su padre, es Sofía, cual es nombrada por su madre, porque, finalmente, se trata de una sola persona, en femenino y todavía en minúsculas, Renata Sofía, quien baila, bromea, canta, ríe, juega, estudia y planea una existencia bella e inolvidable, digna y libre, equilibrada y armónica. Recuerda, por su educación, a aquellas niñas, adolescentes y jóvenes risueñas y amables, virtuosas y dispuestas a ser mujeres, damas, seres humanos, ángeles. Es una persona real que, en la ciudad tan distante en la que vive, mantiene sus ilusiones y confía en que otro día, al amanecer de nuevo, surgirá la oportunidad de volar a horizontes grandiosos. Sabe esperar. Reconoce que la vida empieza cada instante. Se está preparando con la finalidad de acudir, puntual y de frente, a su grandiosa cita con el destino. Anhela vivir intensamente feliz y dar lo mejor de sí a los demás.. Pretende construir puentes y rutas a la cima y a la luz. Uno, al conocer biografías tan maravillosas, suspira y se repite en silencio: “qué bendición tan grande es, sin duda, tener una hija que se percibe es regalo del cielo”.

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Y un día, la gente se va

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día se va la gente que uno conoció. Hombres y mujeres, al retirarse, llevan consigo la memoria de sus biografías y la carga de lo bueno y lo malo que hicieron durante su paseo por el mundo. Y un día quedan las fotografías atrapadas en cajas, marcos, álbumes y archivos que nadie vuelve a mirar. Permanecen, en las imágenes, rostros, figuras, momentos y cosas, como si cada uno hubiera preguntado: “cuando yo ya no exista, ¿habrá alguien que me recuerde? Y un día las plantas del jardín empiezan a marchitar. El pasto crece, las enredaderas y las hiedras trepan insaciables y los abrojos cubren y asfixian las flores, cual desafío a la ausencia de quienes amaban las plantas y los árboles. Se convierte el jardín en un trozo de paraíso menos en el planeta. Y un día, casi imperceptiblemente, las calles, las plazas y las tiendas se aglomeran con nombres y apellidos que sustituyen a los que se fueron y de pronto resultan extraños. Y uno se va sintiendo más solo. Y un día, las fragancias y los sabores de la cocina son otros. Se pierden las recetas. Y un día, uno a uno, las sillas del comedor y los espacios de la sala van quedando vacíos, hasta que la lista de faltantes provoca hondos suspiros y lágrimas que duelen mucho. Y un día, la vejez asoma a las ventanas y toca a las puertas de la gente que uno conoció y trató. Ya no hay a quién estrecharle la mano. Son menos los abrazos y los besos. Quienes apenas ayer entregaron lo mejor de sí a los demás, se dan cuenta de que, a cierta edad, no son prioridad ni figuran en los planes de otros. Y un día, uno deja de ser hijo, nieto, hermano, padre, madre, abuelo, pareja, amigo, compañero, habitante, vecino. Y un día, cuando uno piensa que ha asimilado las lecciones de la vida y está preparado para mejorar su historia, aparece la muerte que provoca el último suspiro. El libro de la biografía se cierra de pronto, quizá con un destino parecido a otros que son olvidados, mientras sus páginas amarillentas y arrugadas envejecen y se sienten invadidas de polilla, hasta que se desintegran. Y un día, uno muere y tal vez, a pesar de las lágrimas y las flores sobre la cripta, será olvidado porque la vida continúa, similar a un río cristalino. Y un día, uno queda solo y se va igual, como llegó, sin compañía. Y un día, uno es llanura, pasado, desmemoria, acompañado exclusivamente de la luz o de la oscuridad que portó en el mundo. Y un día, uno es esencia y no cuerpo, luz y no oscuridad, infinito y no temporalidad. Y un día.

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No lo olvides

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nunca olvides la ruta que un día, a cierta hora soñada, trazaste feliz, con tanta ilusión. No la pierdas. Si así aconteciera, también se extraviaría algo de ti y serías, tristemente, una persona rota. No sepultes tus alegrías ni tus sueños -reflejos de tu alma-, y menos por apariencias o por complacer a gente que envidia tu dicha. No te condenes al sufrimiento a cambio de superficialidades y tonterías. Es una locura empeñar la eternidad feliz y tranquila a cambio de unos años, en el mundo, de poder y riqueza obtenidos y utilizados cruelmente. Siempre recuerda de dónde vienes y quién eres para que nadie ni nada te confunda. No empeñes ni vendas tus sentimientos, que valen más que los apetitos, el poder y las fortunas sin causa ni rumbo. Sé tú, completo, inconfundible, sin mezclas que te aparten de ti. No te confundas con las imágenes que los días, al repetir sus pasos y multiplicar sus ascensos y descensos, transforman y desfiguran. Confía en ti y sigue la luz que proviene de tu interior. No busques en tumbas; mejor descúbrete en el amor, los sentimientos, los ideales, las sonrisas y los pensamientos que hay en ti y en otros. Encuéntrate en ti, en las gotas de lluvia, en los árboles, en el pulso de la creación. Sé feliz. No cargues maldad. Construye tus alas con el amor y el bien que derrames en los demás. Sálvate con la intensidad de tu luz interior. No apagues tu destino infinito. Y cuando llegue tu instante postrero, deja huellas, una sonrisa y un “te quiero”.

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El amor, la amistad…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre he pensado -y aquí, en la colección de mis letras, es posible comprobarlo- que el amor y la amistad son sentimientos excelsos, algo que brota del interior y parece venir de lo más alto. Se trata, cuando son auténticos, de dos joyas reales que alumbran y distinguen a las personas, a los seres humanos que han aprendido a equilibrar la fórmula de la esencia, la luz, con la arcilla y la finitud. Para algunos, por sus apetitos, intereses, caprichos y arrebatos, el amor y la amistad parecen envolturas de simples objetos que utilizan y desechan, y lo miramos aquí y allá, en todas partes, con resultados que se traducen en gente traicionada, sola y entristecida; otros, en tanto, saben, y así lo sienten desde las profundidades de sus almas, que entre más genuinos e intensos son ambos sentimientos y los practican no como una simple coincidencia, un saludo, una casualidad o un fin para obtener ciertos resultados, sino los vuelven estilos de vida, parte de sí mismos, ministerio y lectura de sus códigos humanos, ya se encuentran en otro nivel, en un peldaño superior donde la vida sonríe y todo se muestra más pleno. Significa que uno ya posee, entonces, dos de las llaves que abren las puertas a cielos insospechados. El amor y la amistad, principalmente en la hora actual en la que tanto sufrimiento parece desmantelar a la humanidad entera, hacen falta, y no para saciar apetitos en posadas de una noche ni con el objetivo de embrutecerse con bebidas embriagantes hasta caer a estados de fieras. Son rasgos que exclusivamente pertenecen a aquellos hombres y mujeres que han superado estados primarios y se encuentran en niveles superiores, con parte de la fórmula de la inmortalidad.

Abrazo a mis queridos compañeros blogueros, a mis amables lectores y a mis contactos en las redes sociales, con amistad y cariño.

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Las rutas del silencio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una noche desolada y silenciosa, repetida y monótona como las anteriores, navego hacia mí, en un océano de profundidad insondable, tras noches de tempestad, bruma y frecuentes naufragios, con la idea de visitarme y, una vez conmigo, recorrer los recintos de la casa, hasta llegar a la hendidura que conduce al punto de encuentro, al agua etérea, al todo, al paraíso, donde el bien y el mal son energía que se transforma indistintamente y se expresa de acuerdo con los niveles de vibración de cada buscador. Antes de llegar a la morada y sentir, desde el alma, la esencia infinita, el caminante debe renunciar, en sus expediciones, a cualquier distracción artificial, y enfrentar, con sinceridad y valentía, los ambientes enrarecidos, las criaturas deformes y los monstruos terribles que aparecen durante el camino. Son las máscaras con que encubrimos nuestras deshonestidades y mentiras, las crueldades que cometemos, la ayuda que negamos, las simulaciones con que coexistimos. Es todo el mal que sembramos a nuestro paso y germina en el interior, en los sótanos y mazmorras de cada persona, como si las semillas germinaran y se multiplicaran con cardos venenosos. No todos los viajeros resisten las jornadas intensas, y es el motivo, en consecuencia, de que necesitan compañía, luces artificiales, estridencia, consumir y desechar. Evitan los encuentros consigo. Temen andar por las orillas, a un lado de desfiladeros y pantanos con reptiles, monstruos que aparecen repentinamente, entre varas y telarañas, y los asuntan, a pesar de ser ellos. Rehúsan ingresar a la galería de sus simulacros y vergüenzas. Solo aquellos que se atreven a enfrentarse a sí mismos, en la desolación, tienen el privilegio de atravesar pantanos y llegar a la otra orilla, donde inicia el resplandor de cielos y paraísos cautivantes y excelsos, hasta volverse inmortales. Se trata, en cierto sentido, del cielo y el infierno. Cada uno, en su ensimismamiento, descubre lo que busca: el místico, el bien y la receta de la inmortalidad; el artista sensible, las letras, la música, la pintura, las formas; el científico, las fórmulas; el perverso, el tirano, las estrategias para conseguir resultados en sus fines mezquinos. Innumerables artistas y científicos, sin sospecharlo, entran por ciertos portales naturales, hasta sumergirse en las profundidades del océano infinito, acaso por sus períodos de ensimismamiento y silencio que a otros, acostumbrados a la producción en serie, a la inmediatez, a consumir y desechar, les parecen desagradables y matizados de tal monotonía, que ni siquiera intentan acercarse a su interior. Desean tesoros, pero no se atreven a viajar en sí mismos. Quien conoce la ruta, sabe, en verdad, distinguir el bien del mal, la luz y la oscuridad, y no ignora, por lo mismo, las consecuencias de su elección.

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El mundo necesita algo más

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No necesitamos personajes mesiánicos que adivinen el futuro, anticipen hechos destructivos a nivel global y ofrezcan recomendaciones y fórmulas a la humanidad, ni tampoco gobernantes, científicos, líderes, académicos, medios de comunicación, instituciones, políticos, artistas, rezanderos e intelectuales que les aplaudan tanto como si fueran cómplices, mercenarios o títeres. El mundo requiere líderes genuinos, personas auténticas que más que declarar, aconsejar y recomendar lo que no hacen sobre temas preocupantes, que son del conocimiento público, sepan convocar a millones de hombres y mujeres, en cada nación, con el objetivo de enfrentar los retos y problemas con acciones y estrategias reales y honestas, en beneficio colectivo y no de su grupo influyente y poderoso. A la humanidad le urge despertar, sacudirse, reaccionar y emprender acciones orientadas a su rescate y salvación, antes de resbalar al precipicio, a los abismos, y naufragar, hasta ser salvada por grupos depravados que le cobrarán el favor de lanzarle cuerdas podridas para que no se ahogue en las turbulencias provocadas con cierta intencionalidad. Esa élite ya tiene el poder económico, militar y político, en todo el planeta, lo que evidentemente no la hace invulnerable. ¿Cuál es el afán de manipular, jugar tramposamente, mentir y controlar a millones de seres humanos? ¿Contra quién ejercerán su poder una vez que sometan al mundo entero? Resulta estúpido creer que serán eternos y que un sistema absoluto y oscurantista reinará siempre. Y los incontables hombres y mujeres que habitan el planeta, ¿a qué hora interrumpirán sus sueños de consumismo, sus estupideces, sus apetitos pasajeros y sus superficialidades? El mundo no necesita un teatro macabro con espectadores asustados y pasivos, actores hipócritas y titiriteros, guionistas, directores y productores mañosos e impíos. La gente, en el mundo, requiere amor, honestidad, valores, justicia, dignidad, respeto, paz, educación, libertad, progreso, salud.

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La vida es un prodigio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida es un prodigio. Estoy agradecido con sus auroras y ocasos, con sus sonrisas y enojos, con sus alegrías y tristezas, con su sí y su no. Se expresa, inagotable, en la sonrisa auténtica de un niño, en el acto maternal, en la lucha de un padre por sus hijos, en un romance genuino, en un abrazo, en un juego de hermanos, en las palabras de amor y consuelo, en el follaje de los árboles, en las nubes pasajeras y en las flores de exquisita textura, deliciosos perfumes y multiplicidad de tonalidades. Hoy quiero, por lo mismo, pintar el lienzo de la vida con los colores del amor, la amabilidad, el bien, la verdad y la justicia. Deseo volar libre y pleno, aquí y allá, a una hora y a otra, con la idea de invitar a la gente a vivir, recuperar la felicidad, definir el sentido del viaje y dejar huellas de seres humanos superiores al simple barro. La vida brota incesante de una fuente infinita, igual que las gotas diáfanas que surgen de la intimidad de la tierra y del manantial emprenden el viaje por cascadas y ríos, hasta que, alguna vez, en cierto instante, retornan a su origen. Me siento agradecido con la vida, con mi historia, con la gente tan amada que ha caminado a mi lado, con el concierto de los pájaros y con la lluvia que me empapa. He sido, en gran parte, autor y protagonista de mi biografía. Y claro, si tuviera oportunidad de iniciar de nuevo mi historia, elegiría a la misma gente, a los seres que tanto he amado y a los que de alguna manera son pasajeros del mismo furgón. Les entregaría más de mí, y eso haré en lo sucesivo, a partir de hoy, ahora que paseo por el mundo. Estoy vivo, igual que tú, ellos y todos los que caminamos por las sendas del mundo. Vivamos. Seamos no las gotas de agua que se estancan y pudren a la orilla de los ríos o en los pantanos, en medio de sus amarguras, ambiciones, tristezas y maldades, sino las que transitan plenas, alivian la sed y colaboran con la vida en sus colores, formas, sabores y fragancias. Seamos la luz que alumbra sin medida y no la oscuridad que apaga lo bello y sublime. Pretendo escribir un poema, otro y muchos más a la vida, experimentarla, compartir sus momentos e invitar a mayor número de seres humanos a deslizar los pinceles con los matices del amor, la dicha, el bien, la verdad, la justicia y los valores. La vida es, en verdad, un milagro.

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Ya no están aquí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya no están aquí, cerca de nosotros, para acariciarlos y expresarles nuestro más profundo amor y la gratitud que sentimos por ellos. Se ausentaron. Ya no están aquí, familiares y amigos, compañeros y vecinos, para conversar con ellos, compartirles una sonrisa y comentarles que, felizmente, son parte de nuestras historias. Dejaron suspiros y hondos vacíos. Ya no están aquí, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que provocaban risa o coraje en nosotros, y, después de todo, siempre se mantuvieron presentes, muy fieles, en las mañanas soleadas, los mediodías de lluvia, las tardes de viento otoñal y las noches invernales. Abandonaron sus nombres, apellidos y todo lo que eran. Ya no están aquí los de nuestra generación, los de ayer y los de hoy. Sus asientos permanecen vacíos. Ya no están aquí los que estiraron sus manos para recibirnos durante nuestros primeros pasos, aquellos que entregaron lo mejor de sí para hacernos muy felices y enseñarnos las lecciones y los secretos de la vida. Abordaron el furgón en alguna estación abandonada y vieja. Ya no están aquí, minúsculas y mayúsculas, en femenino y en masculino, con sus sonrisas y sus enojos, sus sueños y sus ilusiones, sus luchas y sus desencuentros, sus triunfos y sus fracasos. Se fueron y quedamos solos. Ya no están aquí, ellos, quienes nos enseñaron que el mundo solo es un paseo que conviene disfrutar con el sí y el no de la vida, en armonía, con equilibrio, plenamente y con dignidad, y que el sendero hacia el infinito, a los cielos sin final, principia en el alma y está más próximo cuando uno es otro, más esencia que arcilla, y los sentimientos, palabras, acciones y pensamientos son nobles y resplandecen con la luz interior. Viajaron, sin duda, a los paraísos que tanto anunciaron. Ya no están aquí, con nosotros, aquellos que nos acompañaron durante nuestras jornadas terrenas. Algo sucedió con ellos. Ya no están aquí, en el mundo, los que nos amaron tanto y los que sintieron envidia y odio contra nosotros. Ni a unos les expresaremos nuestro amor ni a otros los perdonaremos de manera personal. Ya no están aquí los que igual que tú, yo, ellos, nosotros y ustedes, protagonizaron minutos y años existenciales. Algo los deshilvanó. Ya no están aquí, entre nosotros, seres humanos con identidad, para amarlos, solicitar su perdón o disculparlos. Partieron de improviso, cuando las noches parecían tan silenciosas y alguien tocó a sus puertas. Ya no están aquí los que crecieron a nuestro lado. Oh, presagio de que nos estamos yendo y de que el árbol se deshoja sin que nos demos cuenta. Ya no están aquí los que se mantuvieron presentes en nuestras vidas. Todavía, a pesar de los dolores de las ausencias, hay gente a la que podemos expresar nuestro amor, pedirle olvide y perdone nuestros errores y ofensas, abrazar y sentirla desde la profundidad y el silencio de nuestras almas. Ya no están aquí los de antes y los de ahora. Nos vamos quedando solos, o, tal vez, ya lo estábamos desde que preferimos las apariencias y no la esencia, a partir del momento, quizá, en que elegimos lo inmediato, lo desechable, y no lo perenne. Ya no están aquí los que apenas hace rato o ayer nos regalaron una sonrisa, algunas palabras o la calidez de un abrazo. Solo quedan los recuerdos que alguna vez, a cierta hora, se volverán olvido y el viento dispersará como las hojas que desprende del árbol. Ya no están aquí.

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Más calzado que senderos y caminantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soy caminante. Siempre lo he sido. Me gusta andar aquí y allá, en un lugar y en otro. Disfruto la belleza y la majestuosidad de los paisajes; aunque también escudriño los detalles que descubro a mi paso. Exploro otros destinos. Estos días de mi vida, he mirado gran cantidad de calzado y pocos caminantes hacia la cumbre. Hay exceso de zapatos, en minúsculas y mayúsculas, y tantas huellas que apenas es posible adivinar que se trata de multitudes que transitan ciegas e insensibles, transformadas en números y estadísticas, hacia rutas comunes, diseñadas para los rebaños humanos que dedican los años de sus existencias a consumir, acumular, encerrarse en burbujas de estulticia y superficialidades, y gozar sin amor ni sentido. Veo gran cantidad de zapatos, en femenino y masculino, por rumbos que parecen seguros y, paradójicamente, son inciertos. Pocos son los viajeros que se atreven a dar pasos por iniciativa propia y buscan otros senderos, itinerarios que los conduzcan a cimas que acaricien el cielo. Son quienes tienden puentes y retiran las enramadas, los abrojos y las piedras del camino, y dejan huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, las sigan. Toman el timón con firmeza y seguridad, a pesar de las tempestades de la noche y de los mares impetuosos que invitan al naufragio. Observo innumerables zapatos, en fino y en popular, revueltos, como ha acontecido con aquellos que cubrieron su esencia con paladas de lodo y piedras que engañan y aparentan ser diamantes y minerales preciados. En la senda común, descubro el teatro de la vida, con exceso de asientos para los espectadores que rehúsan protagonizar una historia, una epopeya, y un escenario dividido en tres, uno para los actores que se presentan dignos, libres, justos, dadivosos, honestos y con el resplandor de su belleza interna; otro dedicado a las marionetas que ellos, los titiriteros, manipulan desde un espacio cómodo y hacen creer al público que son criaturas genuinas; y el que está reservado a los poderosos, a aquellos que se dedican a arrebatar, causar daño y acumular poder y riquezas materiales. En los pasillos y en el vestíbulo, también encuentro innumerables pares de calzado, en académico y analfabeto, acaso porque quienes los portan olvidaron trazar sus propios itinerarios, quizá por formar parte del inacabable proceso de masificación que condenará y exterminará a la raza humana, tal vez por eso y por más. Soy caminante. Contemplo más zapatos que hombres y mujeres dispuestos a escalar, construir escalinatas, desafiar abismos, tender puentes, conquistarse a sí mismos y dedicar sus vidas al bien, la verdad, el amor, la justicia, la dignidad, el respeto, la armonía y la libertad. Veo más calzado que rutas y caminantes.

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¿Qué falto? ¿Qué sobró?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué faltó este año, que ahora las listas de ausencias permanecen saturadas de nombres y apellidos? ¿Cómo es que la falta de presencias abandonó las sillas apiladas y vacías? ¿Cómo es que las restas y las divisiones tienen la facultad de sumar y multiplicar? ¿Qué sobró, que hoy existen espacios desocupados? ¿Dónde quedaron los rumores de la vida, si solo se escuchan desde la ventana los silencios de la muerte? ¿Quién se apropió de la alegría en meses de tristeza? ¿En qué paraje descansan las ilusiones, si cada estación se entintó con el desencanto de las horas presentes? ¿A qué hora pararon las manecillas del reloj, si el tiempo continúa su marcha y toda la gente camina apresurada? ¿Qué ruta seguir cuando parece se extraviaron y olvidaron los destinos y el sentido de la existencia? ¿Qué son los rostros amables y sonrientes, y dónde se refugiaron, si los antifaces y las mascarillas esconden ceños fruncidos? ¿Existe algún lugar donde fueron confinados y sepultados los minutos y los días, mientras las horas y las semanas por venir son inciertas? ¿Cómo iniciar, si parece que todo ha terminado? ¿Cómo llamar al despertar si la espesura de los días simulan una noche sin final? ¿A quiénes podrán dejarse sentimientos, palabras e ideas, si muchos oídos clausuraron sus puertas e incontables manos permanecen atadas por voluntad propia? ¿Es posible sanar en la enfermedad y vivir en la muerte? ¿Se puede enfermar en la salud y morir en la vida? ¿Tendremos capacidad de ser luz e iluminar donde las llamas se propagan y resplandecen, con el engaño de alumbrar, mientras queman todo y lo transforman en cenizas?

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