Fabricantes de milagros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los milagros son el poema de Dios, la luz de las estrellas que cuelgan en la pinacoteca celeste, el pulso de la vida que se percibe al abrazar el tronco de un abeto y hundir los pies en el barro, la memoria latente en las flores que aparecen una mañana y otra con la policromía y las fragancias del paraíso, la brisa del mar una tarde de verano. Nacer y despertar cada amanecer, es un prodigio. Lo es la cascada e igual la lluvia. Estar aquí, entre un paréntesis y otro, es extraordinario. Si esperas milagros en tu vida, no voltees atrás ni a los lados porque todo pasa y el ayer contiene pedazos de historia, recuerdos y olvido, alegrías y tristezas, figuras e imágenes que se desvanecen; tampoco intentes descubrirlos adelante, en las burbujas de un mañana incierto, ni arriba o abajo con la idea de recolectarlos y atesorar su encanto y poder. Asoma a tu interior y empieza a hacerlos. Los milagros inician con sonrisas auténticas, palabras de aliento, saludos amables. Son detalles, momentos, actitudes. Suma milagros durante los minutos y los días de tu existencia, y serás feliz al multiplicar el bien y la luz para ti y los demás. No esperes pasivamente que un día acontezca algo extraordinario en tu vida. Propícialo. Parte del simple hecho de que vivir es un milagro, y empieza a tejer una red maravillosa de prodigios. Los sueños no son residuos que arrastra el oleaje de la realidad y deja abandonados en una playa desolada. Hay que materializarlos y vivirlos. Comienza hoy porque la vida es, parece, una travesía que finaliza a cierta hora y no es digno ni grato abandonar escombros de viaje que delatan mediocridad humana. Es posible alcanzar el cielo si crees que puedes llegar a sus jardines y abrir su portón. Los milagros germinan en uno -en ti, en mí, en ellos, en ustedes, en todos- y son reales en la medida que las personas sienten, piensan, actúan y hablan con nobleza. Una mano que da desinteresadamente, una mirada que comprende, unos labios que sonríen, una boca que pronuncia sentimientos e ideas sublimes, una vida que se entrega al bien y a la verdad, tienen más valor que la suerte de recibir una fortuna, un premio o una herencia. Los milagros existen, son reales, y uno lo comprueba al retirar sus atuendos y disfraces, al encontrarse por fin consigo, al escuchar los rumores y los silencios de su interior, al disponerse a ser dichoso con la felicidad de otros, al renunciar a la oscuridad e incorporar la luz. Inicia con pequeños detalles y quizá una mañana, una tarde, una noche o una madrugada comprobarás que los capítulos de tu existencia han resultado grandiosos, inolvidables, asombrosos y enriquecedores. Devuelve sonrisas, saluda amablemente, ayuda a los menesterosos, regala  esperanzas, cumple anhelos, construye puentes, da de ti, y serás, a partir de entonces, fabricante de milagros. La maravilla de la vida somos nosotros. El encanto y el milagro son el instante actual. Conviértete en el milagro más grande. Fabrícalos hoy y mañana, aquí y allá, a una hora y a otra, con pasión, como si se tratara de ganar los abrazos y el pulso de la eternidad, y te aseguro que te sentirás muy feliz al contemplar lo grandioso que se puede ser con el amor y la nobleza que se comparte y entrega a los demás.

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