Las manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En las manos reconozco la historia de la humanidad, el mapa de cada hombre y mujer que transitan por el mundo, la biografía de seres que andan aquí y allá, en un lugar y en otro, inmersos en el ensayo interminable de la vida.

Con palmas y dedos tan disímiles como los rostros, las manos delatan los hábitos, actividades y niveles de conciencia de la gente, desenmascaran su personalidad e indican si consagran los días de sus existencias a las causas nobles o a pintar de luto los hogares y corazones.

Identifico las manos del artista, del creador inspirado que esculpe la piedra yerta y le da forma, del pintor que desliza los pinceles sobre el lienzo con la intención de plasmar los colores y las formas del universo, del músico que escucha el canto de las musas e interpreta los signos y los transforma en concierto, del escritor y poeta que unen letras y construyen palabras e ideas que subyugan; también distingo las de los científicos que consumen un día, otro y muchos más en sus buhardillas, en los laboratorios, para regalar al mundo una invención, un descubrimiento, un peldaño.

He observado las manos ociosas, las que no se molestan en retirar las piedras del sendero, acaso por ser tan estériles como las varas secas y quebradizas que permanecen dispersas en el suelo, y que contrastan con las que tienen callosidades y las que cada día arrancan el alimento de la tierra.

Cada mano tiene una historia, una vocación. No son iguales las que se hunden en la superficialidad de cosméticos y cremas y renuncian a los esfuerzos extraordinarios, que las que se cubren de lodo y sangre al curar heridas, acariciar al infortunado y dar de beber al sediento y al moribundo que aparecen con la ropa desgarrada y sucia.

Unas manos se espinaron al cultivar jardines y cuidar flores, y en ocasiones, cuando fue preciso, hasta sufrieron mutilaciones o quemaduras al sostener al desconocido que resbalaba al abismo o rescatar al infortunado que recibió el acoso del fuego, mientras otras se hicieron similares a los objetos con que dañaron a los demás o cubrieron su maldad e insignificancia con joyas.

En apariencia, todas las manos son similares; sin embargo, muchos no desearían, por hermosas que fueran, las del asesino, corrupto, delincuente y verdugo; otros, en cambio, anhelarían las de los hombres y mujeres que las extendieron al pobre, al adolorido, al hambriento, para ofrecerles agua, pan o una cobija.

Las manos que sirven a las superficialidades, a las imágenes, a las apariencias, nunca funcionan en las proezas, el arte, la razón y los actos humanitarios. Las manos que acarician, construyen y enseñan, permanecen en una orilla opuesta a la de aquellas que maltratan, destrozan y violan.

No es de la misma arcilla la mano que da vueltas a las páginas de los libros para que los niños aprendan, la que señala la ruta y la que cura, que la que comete injusticias. Una porta un ramo de flores y otra, en cambio, un látigo.

Es innegable que la mano en la que se apoyó el niño cuando estaba imposibilitado o que ayudó al anciano a transitar las calles, vale más que aquella que presume anillos y pulseras de oro con diamantes o que interrumpió un proyecto de vida al manipular un vientre, al destazar al esbozo de ser humano que dormía arrullado en espera de la aurora.

Nadie olvida las manos dadivosas y cariñosas que curaron heridas, secaron las lágrimas o protegieron al débil; mas todos prefieren alejarse de las que se convirtieron en instrumentos agresivos y aniquiladores. Unas dispararon armas mortales y otras bendijeron; algunas más contaron dinero y opulencia. Hubo unas que salvaron vidas o multiplicaron los alimentos para los pobres y enfermos.

Cuán distintas son las manos que dan a las que arrebatan, las que construyen a las que devastan, las que cosen a las que rasgan, las que plantan a las que talan. Hay seres humanos lisiados, mancos; no obstante, otros poseen manos y son tan inútiles o perversos que parece como si no las tuvieran. Son incapaces de señalar la ruta, recibir la lluvia y dar protección y amor. Incontables hombres y mujeres nacieron con las manos muertas porque son incapaces de sujetar la oportunidad de repartir la dicha que engrandecería al mundo. A todas las manos, buenas y malas, el segador las espera en algún sitio y momento.

Tan simple parece la estructura de las manos y cuán difícil resulta dibujarlas, pintarlas y esculpirlas. No sólo son herramientas; también simbolizan conocimiento universal que no toda la gente descifra. La mezcla del cerebro, de la conciencia, con las manos, marcó la diferencia en el desarrollo de los seres humanos dentro de las especies vivientes del planeta.

Igual que los rostros, las manos generalmente no se cubren porque son herramientas que hacen el bien o el mal, que ayudan a los seres humanos a transitar de su estado biológico a niveles de inteligencia y valores. Las manos, como los semblantes, no se ocultan porque son los retratos que muestran la identidad.

Las manos, al nacer, asoman inquietas y tiernas, quizá en espera de ser entrenadas para cumplir sus funciones; al morir, cubren el pecho o el vientre, o permanecen extendidas, como quien espera los resultados del balance. Son ambivalentes, pero la ruta que eligen facilita la lectura sobre el valor real de hombres y mujeres.

Mecido en el columpio de las remembranzas y todavía con un camino y un horizonte ante mí, contemplo mis manos para repasar mi historia, la biografía de mi vida, los días que ya protagonicé. Como las horas que viví ya se diluyeron y las que se avecinan podrían no llegar a mí, deseo que un día, al descender el telón y mis ojos no miren más las luces, los colores y las formas, mis manos recuerden a todos lo que aporté, lo que di, no lo que arrebaté. Ese es, quizá, el motivo por el que hago un balance, una proyección de la cuenta final. Y es que prefiero que mis manos estrechen las de incontables seres humanos de diferentes razas, creencias y niveles económicos, o que toquen el tronco cubierto de musgo, en el bosque de abetos, o se hundan en el riachuelo diáfano y helado, con la intención de percibir el pulso de la naturaleza, el palpitar del universo, el concierto de la vida, en vez de acariciar joyas y monedas que seguramente atesoraría y nunca compartiría por ambicionarlas a pesar de la caducidad de mi existencia.

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