Nuestros detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una sonrisa que se regala un día nebuloso y frío, al amanecer, es un pedazo que uno deja de sí a otro ser humano. Las manos que dan a quienes más lo necesitan, reparten trozos de uno. Las palabras que una tarde desolada o una noche de tempestad son pronunciadas con amor, sinceridad y atención, acompañadas de consejos o de los sigilos, al escuchar, representan ecos que uno, a su paso, entrega a los que sufren, a aquellos que necesitan un consuelo, a quienes les urgen consejos que los animen e impulsen a reencontrarse consigo, a atreverse a vivir. El trabajo productivo, en cualquiera de sus renglones, conserva el palpitar que uno impregna durante una hora y otra. Dar es la palabra mágica, es la llave que abre las puertas del alma y del infinito. Uno, al dar lo mejor de sí a los demás, se pule y va dispersando pedazos de sí, un día y muchos más, aquí y allá, con el prodigio asombroso de que nunca queda vacío; al contrario, la entrega auténtica y desinteresada, crea espacios que se llenan con una mirada de agradecimiento, una sonrisa devuelta, una bendición callada, una vida que se rescata de la mediocridad, la perdición, la enfermedad, el duelo o la muerte. En esa medida, uno se vuelve más hombre y mujer, menos reflector que se enciende artificialmente y se apaga y funde alguna vez. Dar de sí a otros es, parece, emular a Dios en su taller, a la naturaleza incesante, a la vida y a sus estaciones.

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El encanto y la ruta de tus manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Igual que hoy, miré sus manos y quedé admirado cuando descubrí la trayectoria de su ruta y que poseían los signos de los seres que tienen el encargo y la gracia de cumplir tareas extraordinarias en el mundo, quizá con la promesa de recibir en otra parte, en un plano superior, el regalo. Mayor fue mi encanto al comprobar que sus manos son talla de las mías…

Miro tus manos transformadas en poema, en melodía, en pintura. Las observo una y otra vez cada día, todas las noches, mientras vivo y cuando duermo y sueño, quizá porque son la escultura que Dios cinceló en ti para sentir tus caricias tiernas, tu apoyo y compañía, y descubrir los actos que te hacen tan femenina, las tareas que construyes siempre.

Insisto -siempre lo he hecho- en que en tus manos reconozco tu nombre y el mío, el mapa de nuestra historia, el guión que compartimos. Estoy enamorado de tus manos, tal vez porque son hermosas, acaso por su historial, probablemente por su belleza y sencillez, quizá por todo lo que he dicho y lo que no alcanzo a comprender.

Admito que las manos, en los hombres y mujeres, son diferencia entre un acto de amor, una hazaña heroica y un poema o un arrebato, horas ociosas o una y muchas vidas desérticas e inútiles.

Me asombran tus manos. Hasta la hora presente, lleno de embeleso, me pregunto en qué instante de tu existencia tomaron la muñeca, el juguete, y descubrieron un mundo de fantasías, en qué momento hojearon las páginas de los libros y agarraron el lápiz y los colores, en qué segundo emprendieron las labores que te distinguen y transforman en mujer bonita, en qué minuto de tu vida acariciaron mi rostro y estrecharon las mías para mirar juntos las estrellas y fundirnos en la majestuosidad del firmamento.

Otras veces, en cambio, contemplo en silencio el trabajo de tus manos, el apoyo que das a quienes lo necesitan, la enseñanza que entregas a aquellos que confían en ti, el encanto femenino que colocas en todos los detalles.

Realmente tus manos no necesitan prefacio ni disfrazarse con maquillajes artificiales. Con un color y otro lucen preciosas, es verdad; sin embargo, cuando se encuentran ante la ausencia de antifaces, totalmente al natural, aparecen encantadoras, mágicas, femeninas, supremas.

A cierta hora de mi infancia, aprendí que de poco o nada hubieran servido la conciencia y la razón a la humanidad ante la ausencia de las manos, herramientas primordiales para amar, crear obras, hacer el bien o el mal y trascender o hundirse.

No niego que las manos de la ambición desmedida arrebatan y las de la pasión sin sentimientos, en tanto, son tan pasajeras y superficiales como las palabras llenas de estulticia, mientras las más perversas están dedicadas a lapidar, destruir, provocar dolor y muerte.

En las manos, uno descubre a quien ha dedicado los días de su existencia al bien o al mal, a la entrega o al despojo, al amor o al odio, porque son la ruta, el itinerario, el mapa que de alguna manera conduce a paraísos de belleza prodigiosa o a infiernos aterradores. Las manos construyen palacios, jardines y paraísos o barrotes, tormentos y prisiones.

Grandiosas son las manos que aman. Me encantan, además, las que llegan no cubiertas con la vanidad de adornos temporales, esmaltes fantasiosos y alhajas presuntuosas, sino las que muestran las huellas de una vida ejemplar, de años dedicados a entregar lo mejor de sí, de labores cotidianas que tendieron puentes ante los abismos y construyeron bases y escalones para conquistar la cima.

Reparo en las manos que al final de la existencia llegan con heridas de incontables batallas, marcadas por el trabajo, señaladas por el anhelo de dar a los demás sin importar el costo. Valen más las manos cubiertas de lodo, sudor y llagas por haber entregado lo mejor de sí a la humanidad, al mundo, que las que disfrazan con joyas y máscaras el sufrimiento que causaron.

Es en las manos, precisamente, donde uno descubre la talla del ser a quien ama. Felices los hombres y las mujeres que encuentran, en el mundo, su propia medida, la dimensión de quien una mañana alegre y primaveral sentirá a su lado, con las caricias fieles y puras, o una tarde veraniega u otoñal dará el abrazo más sentido, mientras una noche helada o una madrugada desértica cubrirá el cuerpo débil con una cobija o sábana. Las manos que acarician y entregan alegría y bienestar, son las mismas que en la ancianidad reciben el amor y cuidado de quien las admira.

Te amo, y al expresarlo no recurro a palabrejas distorsionadas por las costumbres, los intereses, las conveniencias y los apetitos. No, de ninguna manera. Eso no forma parte de mi estilo. Al expresar te amo, miro tus ojos de espejo que me reflejan y tomo tus manos, tus manos que son de mi talla y me transmiten tus sentimientos y la esencia de quien eres.

En tus manos percibo a la dama que eres, a la mujer que amo, a la musa que me inspira, a mi compañera de juegos y risa, a mi yo tan tuyo, a mi tú demasiado mío, nuestra historia, lo que fuimos, somos y seremos. En el amor, te lo digo al tomar tus manos, se abren las puertas de la eternidad.

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El encanto de las manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En el arte, aliadas de la inteligencia y la sensibilidad del ser, las manos  interpretan el lenguaje de la vida, las voces del universo, los rumores de la creación, hasta transformarlos en poema, concierto, pintura. Son creativas y deslizan el bolígrafo sobre las hojas de papel, igual que lo hacen al acariciar las cuerdas con el arco del violín, al esculpir y dar forma a la piedra yerta o al mezclar colores y formas en el lienzo. Parecen mágicas y emulan a Dios en su proceso creativo cuando trabajan para el arte. En el amor, acarician y convierten la existencia en belleza y detalles, en trozos de una historia sublime e irrepetible, en sueños y realidades, en mundo y cielo. Me encantan aquellas manos que lejos de acumular, dañar y arrebatar, se vuelven punto de apoyo, entregan el bien y producen para sí y la humanidad. No me agradan, en cambio, las que permanecen atadas a instintos bajos ni las que lastiman, ni tampoco las que lucen artificialmente y se sienten inseguras sin alhajas y decoración. Me fascinan las manos que retornan después de una jornada de estudio y trabajo, las que se desgarran al sostener a quienes resbalan, al retirar la hierba y las piedras del camino, al dar felicidad a los que más sufren. Las manos carentes de inteligencia, amor, sentimientos y virtudes son monstruosas, capaces de destruir y cometer las más horrendas perversidades. Hay manos que curan, enseñan, apoyan y entregan; otras, al contrario, oprimen y lastiman, son crueles e ingratas. En las manos, uno descifra si un hombre o una mujer son cuidadosos, sus edades, sus costumbres y hasta la trayectoria de sus existencias. En las manos descubro al artista, al generoso, al estudioso, al que trabaja y produce, al que ama, al místico, al que aporta, al que vive en armonía y equilibrio, y también al que destruye, al que quita, al que traiciona, al ocioso, al que odia, al que causa mal. Insisto, las manos tienen un encanto, una señal, una misión que engrandece o destruye a los seres humanos. Son la historia y el mapa que cada persona talla para su evolución o su caída.

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Tus manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Hay una hora precisa para confesar que me encantan tus manos? ¿Sabes que cuando las miré por vez primera, entendí que nadie más tocaría a la puerta de mi corazón?

No cualquier pincel estampa manos en el lienzo, no todos los cinceles las esculpen en el mármol o la piedra con maestría, no abundan las plumas que las describan poéticamente, no son incontables los filósofos que descifren su naturaleza, acaso por la persistencia de buscar más la forma que la esencia, quizá por una amnesia que socava su magia y encanto, tal vez porque se les ha denigrado con exceso de maquillaje que las disfraza y convierte en adornos inservibles, pasajeros e insensibles.

Hay manos ensangrentadas, cubiertas de llagas, porque en el camino retiraron piedras y enramadas, entregaron lo que tenían y sostuvieron a quienes caían; otras, en cambio, llegan cargadas de alhajas y cosas porque se dedicaron a acumular, recibir o arrebatar; algunas perdieron su esencia al enterrar el servicio y optar por la superficialidad de los maniquíes. También figuran las manos productivas y las que siempre fueron ociosas, las que aportaron y las que quitaron, las que acariciaron y las que causaron daño. Cada mano es aliada o cómplice y cuenta una historia.

Admito, como artista, que no es sencillo plasmar manos y que uno, al intentar descifrarlas, enfrenta el riesgo de desvirtuar su vocación. La decoración del arte no tiene parentesco con los esmaltes ni con el brillo superficial.

Cuando miré tus manos por primera vez, descubrí que tus palmas exhibían el mundo y el cielo, seguramente por contener tu historia de dama y ángel o probablemente por ofrecer promesas y realidades. Intuyo que junto con los sentimientos nobles y las ideas elevadas, Dios coloca manos buenas y tiernas a las criaturas que consiente.

Al estrechar tus manos, prometieron a las mías escribir juntas una historia, construir puentes de cristal, señalar escenarios hermosos y sublimes, trazar rutas, inventar los días, estrecharse y preparar la caminata al cielo.

Observé los rasgos de tus manos, escuché su voz, percibí su aliento, experimenté su calor. Comprendí, entonces, que nunca se habían disfrazado con estorbos artificiales porque en realidad lo auténtico no requiere antifaces ni engaños.

Entendí que tus manos exhiben un mapa, el itinerario de tu vida, con todo lo que aportas a los demás y construyes cada momento. Esas manos han entregado algo de sí a los demás y, por lo mismo, justifican su existencia. Son las mismas que toman las mías o acarician mi rostro.

Alguien podrá ocultarse tras el encanto efímero del maquillaje y el rubor, y quizá presentarse con un rostro artificial; pero las manos delatan la grandeza de los seres humanos, su mediocridad o su bajeza.

Tus manos no necesitan encantos postizos para engañar la mirada. Estoy enamorado de tus manos. Me cautivan. ¿Sabes por qué? Porque su lectura me indica que eres la mujer que busqué entre estrellas, en una flor y en otra, en las gotas de lluvia, en el cielo de azul profundo, en el océano turquesa, en la piel jade de los árboles, en los espejos de las fuentes y los lagos, en los faroles y en los caminos de cristal.

Cuando distinguí mi reflejo en tus ojos, observé tus manos y me reconocí e identifiqué. ¿Quién no experimentará agradecimiento, emoción, amor, embeleso e ilusión al descubrir que la mujer que uno ama, posee las manos que Dios coloca a los seres especiales y encantadores, a las criaturas superiores por su esencia?

Las manos que jugaron en la infancia y en la hora postrera, ya marchitas, quedan yertas, con el privilegio de mirar el plano de su existencia y sonreír por los bienes que derramaron, por el servicio que prestaron, por las caricias fieles que dieron al amar. Esas son, lo confieso, las manos que siempre busqué y encontré en ti.

Me enamoré de tus manos y temo, como escritor, que las letras que flotan en el abecedario no me ayuden a definirlas, rendirles homenaje e insertar las palabras adecuadas en el collar de luceros y perlas que tejo para ti cada instante de mi existencia.

Al sentir tus manos por primera vez, comprendí con alegría que ya no esperaría otras que tocaran a la puerta de mi alma porque tú ya moras en la mía. Lo entendí al unir tus manos a las mías.

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Al tomar nuestras manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si al tomar nuestras manos tejemos un puente para trasladarnos hasta el instante en que brotó la primera flor en el mundo? ¿Y si al mirarnos y reconocernos, caminamos y tocamos a la puerta del paraíso? ¿Y si al unir nuestros labios, expresamos sentimientos excelsos y musitamos palabras que se transformen en llaves para abrir los cerrojos del cielo? ¿Y si al abrazarnos, decidimos construir la historia más hermosa de amor? ¿Y si al fundir nuestros corazones, escuchamos los susurros de Dios? ¿Y si al amarnos y oír las voces de Dios, llegamos a la eternidad?

Las manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En las manos reconozco la historia de la humanidad, el mapa de cada hombre y mujer que transitan por el mundo, la biografía de seres que andan aquí y allá, en un lugar y en otro, inmersos en el ensayo interminable de la vida.

Con palmas y dedos tan disímiles como los rostros, las manos delatan los hábitos, actividades y niveles de conciencia de la gente, desenmascaran su personalidad e indican si consagran los días de sus existencias a las causas nobles o a pintar de luto los hogares y corazones.

Identifico las manos del artista, del creador inspirado que esculpe la piedra yerta y le da forma, del pintor que desliza los pinceles sobre el lienzo con la intención de plasmar los colores y las formas del universo, del músico que escucha el canto de las musas e interpreta los signos y los transforma en concierto, del escritor y poeta que unen letras y construyen palabras e ideas que subyugan; también distingo las de los científicos que consumen un día, otro y muchos más en sus buhardillas, en los laboratorios, para regalar al mundo una invención, un descubrimiento, un peldaño.

He observado las manos ociosas, las que no se molestan en retirar las piedras del sendero, acaso por ser tan estériles como las varas secas y quebradizas que permanecen dispersas en el suelo, y que contrastan con las que tienen callosidades y las que cada día arrancan el alimento de la tierra.

Cada mano tiene una historia, una vocación. No son iguales las que se hunden en la superficialidad de cosméticos y cremas y renuncian a los esfuerzos extraordinarios, que las que se cubren de lodo y sangre al curar heridas, acariciar al infortunado y dar de beber al sediento y al moribundo que aparecen con la ropa desgarrada y sucia.

Unas manos se espinaron al cultivar jardines y cuidar flores, y en ocasiones, cuando fue preciso, hasta sufrieron mutilaciones o quemaduras al sostener al desconocido que resbalaba al abismo o rescatar al infortunado que recibió el acoso del fuego, mientras otras se hicieron similares a los objetos con que dañaron a los demás o cubrieron su maldad e insignificancia con joyas.

En apariencia, todas las manos son similares; sin embargo, muchos no desearían, por hermosas que fueran, las del asesino, corrupto, delincuente y verdugo; otros, en cambio, anhelarían las de los hombres y mujeres que las extendieron al pobre, al adolorido, al hambriento, para ofrecerles agua, pan o una cobija.

Las manos que sirven a las superficialidades, a las imágenes, a las apariencias, nunca funcionan en las proezas, el arte, la razón y los actos humanitarios. Las manos que acarician, construyen y enseñan, permanecen en una orilla opuesta a la de aquellas que maltratan, destrozan y violan.

No es de la misma arcilla la mano que da vueltas a las páginas de los libros para que los niños aprendan, la que señala la ruta y la que cura, que la que comete injusticias. Una porta un ramo de flores y otra, en cambio, un látigo.

Es innegable que la mano en la que se apoyó el niño cuando estaba imposibilitado o que ayudó al anciano a transitar las calles, vale más que aquella que presume anillos y pulseras de oro con diamantes o que interrumpió un proyecto de vida al manipular un vientre, al destazar al esbozo de ser humano que dormía arrullado en espera de la aurora.

Nadie olvida las manos dadivosas y cariñosas que curaron heridas, secaron las lágrimas o protegieron al débil; mas todos prefieren alejarse de las que se convirtieron en instrumentos agresivos y aniquiladores. Unas dispararon armas mortales y otras bendijeron; algunas más contaron dinero y opulencia. Hubo unas que salvaron vidas o multiplicaron los alimentos para los pobres y enfermos.

Cuán distintas son las manos que dan a las que arrebatan, las que construyen a las que devastan, las que cosen a las que rasgan, las que plantan a las que talan. Hay seres humanos lisiados, mancos; no obstante, otros poseen manos y son tan inútiles o perversos que parece como si no las tuvieran. Son incapaces de señalar la ruta, recibir la lluvia y dar protección y amor. Incontables hombres y mujeres nacieron con las manos muertas porque son incapaces de sujetar la oportunidad de repartir la dicha que engrandecería al mundo. A todas las manos, buenas y malas, el segador las espera en algún sitio y momento.

Tan simple parece la estructura de las manos y cuán difícil resulta dibujarlas, pintarlas y esculpirlas. No sólo son herramientas; también simbolizan conocimiento universal que no toda la gente descifra. La mezcla del cerebro, de la conciencia, con las manos, marcó la diferencia en el desarrollo de los seres humanos dentro de las especies vivientes del planeta.

Igual que los rostros, las manos generalmente no se cubren porque son herramientas que hacen el bien o el mal, que ayudan a los seres humanos a transitar de su estado biológico a niveles de inteligencia y valores. Las manos, como los semblantes, no se ocultan porque son los retratos que muestran la identidad.

Las manos, al nacer, asoman inquietas y tiernas, quizá en espera de ser entrenadas para cumplir sus funciones; al morir, cubren el pecho o el vientre, o permanecen extendidas, como quien espera los resultados del balance. Son ambivalentes, pero la ruta que eligen facilita la lectura sobre el valor real de hombres y mujeres.

Mecido en el columpio de las remembranzas y todavía con un camino y un horizonte ante mí, contemplo mis manos para repasar mi historia, la biografía de mi vida, los días que ya protagonicé. Como las horas que viví ya se diluyeron y las que se avecinan podrían no llegar a mí, deseo que un día, al descender el telón y mis ojos no miren más las luces, los colores y las formas, mis manos recuerden a todos lo que aporté, lo que di, no lo que arrebaté. Ese es, quizá, el motivo por el que hago un balance, una proyección de la cuenta final. Y es que prefiero que mis manos estrechen las de incontables seres humanos de diferentes razas, creencias y niveles económicos, o que toquen el tronco cubierto de musgo, en el bosque de abetos, o se hundan en el riachuelo diáfano y helado, con la intención de percibir el pulso de la naturaleza, el palpitar del universo, el concierto de la vida, en vez de acariciar joyas y monedas que seguramente atesoraría y nunca compartiría por ambicionarlas a pesar de la caducidad de mi existencia.

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