La Tierra

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Era un pedazo de cielo, un trozo de paraíso, con la sustancia que fluía en todo, con el agua que corría etérea, con el viento que acariciaba suave o intensamente, con el fuego que calentaba y con la tierra de la que brotaban los colores, las formas, los sabores y las fragancias. Parecía, entonces, un milagro, un destello del infinito dentro de la realidad y del sueño de la temporalidad. La Tierra estaba diseñada para hacer una escala inolvidable durante la travesía hacia el hogar eterno. Alguien, y muchos más, la convirtieron en basurero al sentirse sus propietarios. Todos se adueñaron de porciones, alrededor del mundo, hasta que olvidaron devolverle su sentido natural. Simplemente, la Tierra fue herida con perforaciones y la sustracción de sus tesoros, matizada de tonalidades ficticias y cubierta de concreto, plástico y asfalto. Le arrebataron su esencia y la transformaron en cascarón. Ahogaron sus poros. Sobre la Tierra, donde se expresa el milagro de la vida, alguien, y otros más, provocan incendios, deforestan, contaminan, depredan y explotan armas mortales. Asustados por sus muestras y rasgos de agotamiento y colapso, alguien, y los otros, desdeñan a la Tierra y a sus moradores, pretenden aniquilar a la mayoría y someter a quienes sobrevivan, y buscan, paralelamente, otros mundos que les ofrezcan condiciones naturales para habitarlos. Creen merecer, por sus fortunas materiales, su poder militar y político, y su complicidad perversa con científicos mercenarios y ensoberbecidos, con mentes desequilibradas, un mundo perfecto, cuando han hecho de un fragmento de cielo, un escenario infernal. La Tierra fue un paraíso, hasta que alguien, y otros más, por generaciones, la volvieron un muladar. No es que la Tierra ya no dé frutos; es que muchos le arrebataron su aliento y su producción natural, y pocos le entregaron una retribución que compensara y equilibrara sus faenas. No es que la Tierra caduque; es que el ser humano, la única criatura que en el planeta se ha sentido racional y privilegiada, la envejeció y la enfermó. No es que la Tierra ya no produzca alimentos y otros bienes naturales; es que la ambición humana prefirió pisos de mármol, objetos de oro, albercas privadas y terrazas de lujo, al mismo tiempo que taló árboles en bosques y selvas, arrasó con esteros y lagos, secó cascadas, manantiales y ríos. No es que la Tierra sea una estación de paso, inhóspita en el universo; es, simplemente, que la humanidad le ha faltado al respeto al convertirla en el infierno que concibió en su mente. La Tierra era un pedazo de cielo.

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