Si el ayer se volviera hoy

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A veces, mientras camino reflexivo por las calzadas afombradas de hojarasca, pienso en los muchos ayeres de mi existencia que desearía convertir en hoy, en ahora, con la intención de volver a vivir los capítulos que se desvanecieron, repetir los momentos dichosos y reparar las oportunidades desperdiciadas para hacer el bien, corregir los errores, restaurar el amor y la paz con la gente que forma parte de mi historia, aprovechar los instantes perdidos y enmendar las páginas de mi biografía. En ocasiones, al sentarme, muy temprano, en la banca de hierro y sentir las rachas de viento helado que desprenden las hojas doradas y quebradizas de los árboles, recuerdo las páginas impresas del almanaque, las de antaño, con el deseo de regresar a cada fecha, a toda hora, y así solicitar la comprensión y el perdón de quienes, sin darme cuenta, ofendí o lastimé; pero también con el objetivo de sonreír más, tener mayor cantidad de detalles y convertirme en alguien grandioso e inolvidable. Si existiera una fórmula para regresar a los otros días, a los del pretérito, medito al contemplar la arboleda que cambia de piel, no desperdiciaría ni un momento en asuntos baladíes, ni tampoco en superficialidades, y menos en arrogancias y en maldad. Si pudiera volver a los otros años, me preocuparía más por la autenticidad y la pureza de mis sentimientos, por la sinceridad y la nobleza de mis pensamientos, por la intención buena y razonable de mis palabras, por el sentido de mis actos. Me angustiaría y me mortificaría menos por las apariencias, los compromisos innecesarios, la competencia insana con otros y los apetitos sin razón. Viviría en armonía conmigo, con la creación, con todos los seres humanos y con las criaturas en sus diferentes expresiones; tendría mayor equilibrio y trataría de no resbalar a los abismos, a los extremos radicales, para no comportarme como marioneta ni propiciar espectáculos de bufón; buscaría la plenitud en todo lo bello, en el bien y en la verdad. Sería justo y libre. Veo, ante mis pies, las calzadas y los jardines tapizados de hojas amarillas, doradas, naranjas, rosadas, moradas y rojizas que crujen al pisarlas, y me pregunto, en los minutos de mis cavilaciones, por qué somos tan complejos los seres humanos, e incapaces de atrevernos a protagonizar una odisea, actos de amor y de bien. Ni siquiera, ya adultos, somos capaces de asimilar experiencias o de jugar, divertirnos y reír como niños. Si el ayer se volviera hoy, correría hacia mi familia, abrazaría a todos y les expresaría mi amor y mi gratitud, palabras que también manifestaría a mis amigos, a mis compañeros, a la gente que estuvo cerca y lejos de mí. No desperdiciaría el tiempo en pegar y unir trozos de porcelana; lo dedicaría a tender puentes con la idea de acercar a las almas, a la gente, a la arcilla, en una verdadera hermandad. Y así viviría cada día, feliz, libre, pleno, genuino, con proyectos, rico en sentimientos y en pensamientos, con ilusiones y suspiros, con realidades y sueños, indiferente al mal y a las superficialidades. Si fuera posible volver a la otra época, desmantelaría muchas cosas y mejoraría todo, y sin duda tendría mayor evolución y trascendencia, y más salud, razón y abundancia. Estaría rodeado de la gente tan amada y la vida, con su sí y su no, con sus luces y sus sombras, resultaría más armónica, equilibrada y plena. No me arrepiento de mi historia, con las decisiones y los rumbos que tomé, con los sentimientos que derramé, con el raciocionio que destilé; pero si de alguna manera los días y los años de entonces volvieran, los experimentaría por completo, como un niño feliz disfruta su juguete preferido desde que despierta, en la mañana, hasta que duerme, al anochecer. Reflexiono profundamente mientras recibo las caricias del viento, hasta que, asombrado y presuroso, me incorporo de la banca de hierro, decidido a encontrarme con el hoy, con la vida que aún fluye en mí, en este ciclo. Atrás dejo las hojas secas, preámbulos de algunos fríos, y me dirijo a otras primaveras, pletóricas de matices alegres y de perfumes deliciosos, y a lluvias con gotas de cristal, encantadoras y prodigiosas, y no me importará asolearme, enlodar mi ropa, sentir el agua en mi textura y en mi calzado. Seré quien maneje el timón de mi vida hacia un destino maravilloso, y disfrutaré la travesía, con sus mañanas soleadas y sus tempestades nocturnas. La vida está presente. Hay que abrazarla, sentirla, experimentarla, porque cada instante es irrepetible y no retorna más.

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Tanto de arte tiene la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La vida tiene sus propios encantos, sus expresiones y sus motivos, y yo, desde la pequeñez de mi condición humana, intento agregarle mis letras y mis palabras, mi arte, con sus acentos, puntuaciones y signos, como el jardinero que, una mañana y otra, añade y cultiva flores -orquídeas, tulipanes y rosas- en el paraíso, simplemente por la afición y por el gusto de dejar algo de sí, sus huellas y sus recuerdos. La vida posee colores que se derrama a sí misma, y yo, desde mi taller humilde de artista, mezclo tonos y doy pinceladas con la idea de que el paisaje terreno cuente con algo de esencia y de humano. La vida dispersa sus lapsos de rumores y sus pautas de silencios, en un canto mágico e interminable, en una sinfonía con movimientos y pausas, y yo, con mis textos, le ofrezco mis notas. La vida tiene sus sentidos, sus formas y sus razones, y yo, jornalero del arte, introduzco mis manos de escritor para moldear la mezcla de la arcilla y la luz. La vida amanece y anochece, en una estación y en otra, con los pedazos de arte que le regala Dios o que, entre sus suspiros, trae de uno de los tantos paraísos que visita, y yo, artista, solo trato de impregnarle mis letras, mis matices, mis sonidos y mis formas. La vida tiene mucho de sublime, tanto de arte, que yo, un aprendiz, pienso, cuando la siento, que me dicta mucho de lo que escribo.

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Y así…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Con esperanza, a quienes han olvidado vivir… Y sí, la muerte aparece cuando la vida pierde sentido

Y así, la vida se va, como el suspiro de una primavera que se añora tanto o la lluvia de un verano que despierta perfumes entre las cortezas, los helechos y las flores de un bosque encantado. Se marcha y no vuelve más, aunque se le extrañe y se le llore. Y así, llega un momento en que la mañana se vuelve tarde o noche, y el día entero se consume sin más posibilidades. No se repite, a pesar de que existan horas de apariencia idéntica, porque la vida es viajerra incansable que anda de una estación a otra. Y así, casi sin darnos cuenta, una mañana despertamos y, al descubrir nuestro semblante en el espejo, estrmecemos sin consuelo y pensamos que tal rostro irreconocible no es nuestro. Culpamos al destino, a otros, al tiempo, a los minutos y a as horas, a los días y a los años, que depilfarramos de modo impiadoso en contra propia. Y así, llega el momento, en el viaje, en que la gente sustituye las acciones, las vivencias, por los recuerdos y las nostalgias. Guarda sus caminatas, si las tuvo, en cajones empolvados, y saca, para justificación de sus tiempos y de su permanencia en el mundo, los ecos, las sombras, los pedazos rotos de sus vidas. El ayer les duele, el presente les incomoda y el mañana, el porvenir, el siguiente amanecer, les resulta incierto y los asusta. Darían sus fortunas, sus rasgos, su fama, a cambio de trozos minúsculos de salud y de vida, y de tener la dicha de salir libremente al jardín una mañana soleada o una tarde de lluvia, sentir las gotas deslizar en su textura cutánea, empaparse y saberse plenos. La vida tan bella, parece indiferente a las súplicas y no se corrompe con lisonjas ni le conmueven fortunas o rrostros bonitos. ¿Acaso le interesarían las baratijas que distraen a la humanidad, las cosas materiales y los apetitos humanos, las apariencias y los motivos? Cada persona, lo sabe la vida, define sus rutas y elige su destino. Y así, llega el período en que la aurora se convierte en ocaso, cada uno con su encanto y su desencanto, con sus fascinaciones y sus terrores, porque la vida y la creación se componen de dualidades, de cristales con el sí y el no, que la mayoría confunde con buena o con mala suerte y no comprende ni aplica para vibrar a ritmos superiores, en un sentido o en otro y desbarrancarse o irradiar la luz más herrmosa y plena. Y así, casi sin notarlo, el aliento del amanecer permanece muy cercano al del anochecer, como si el nacimiento y la muerte terrena mantuvieran un vínculo secreto e inquebrantable, un pacto incomprensible para tanta gente, cuando se trata de un lapso y de un acto pasajero fuera de casa. Y así, la inocencia de la niñez, la lozanía juvenil y el vigor de la madurez, parecen agotarse un día, a cierta hora, después de las tempestades y de la quietud, cuando el viento regresa tras su recurrente ausencia, sopla y arranca las hojas de los árboles y las flores que tiñe de matices nostálgicos, de esos tonos que uno ve al escapar la vida. Y así, casi sin percatarse, la vida escapa y llega puntual a su cita, en alguna estación, para saludar a la muerte y marcharse a otras rutas. Tal es la vida. Y así, al emprender el viaje, incontables hombres y mujeres miran atrás y descubren que el paisaje, con su gente, sus historias y sus cosas, empequeñece y se diluye, hasta que aquella realidad pierde sentido. Y así, cada viajero nota, durante el trayecto, que en su equipaje solo carga lo bueno y lo malo de sí, su biografía inalterable, como pasaporte a otros ciclos y destinos. Y así, la calidez de primavera -con sus colores y perfumes-, la lluvia de verano -mágica, sorprendente y encantadora-, al aire otoñal -tan nostálgico- y el frío del invierno -oh, esos copos que cubren abetos, montañas, paisajes y caseríos, al repetirse tanto, cubren las lápidas y sus epitafios con sus lágrimas y sus sudores, los ennegrecen y, alguna vez, por cierto, los recuerdos se vuelven olvido. Nombres, acontecimientos, fechas, todo naufraga en la desmemoria. Los amores y los desamores, los encuentros y los desencuentros, las alegrías y las tristezas, los hechos y los sueños, la abundancia y la escasez, la fama y el anonimato, la belleza y la fealdad, la sabiduría y la ignorancia, todo se vuelve parte de una historia, de una biografía, y la vida, indiferente, da vuelta a la página. Cada uno, por cierto, compone su obra magistral o sus notas discordntes.

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Más allá de barrotes y ataduras, el arte es libre

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La inspiración, en el arte, vuela y navega una noche o alguna mañana, en la tarde o en la madrugada, mientras es otoño o es primavera, durante un invierno o cierto verano, libre y plena, en armonía y con equilibrio, sin que alguien la mancille y someta, a veces solemne y en ocasiones, en cambio, desbordante. El arte sigue su ruta. No admite cadenas, barrotes y candados, simplemente por su rebeldía a la producción en serie, a las reglas estrictas e indiferentes, a la crueldad y al juicio sin sentido. Es un pájaro que vuela lejos o cerca, una hoja que juega con el viento o que deja pasar las corrientes de aire por preferir las gotas de lluvia o los copor de nieve, una embarcación que sortea el oleaje impetuoso, las tormentas incesantes y las tranquilidades profundas o superficiales. Es, parece, una palabra o alguna melodía de Dios, ciertos matices del cielo y determinadas formas del paraíso. El arte es una locura, un motivo, un delirio que va más allá de una época, una tendencia o una moda. El arte -igual que la ciencia- es universal y no puede fragmentarse en ideologías e intereses económicos y políticos. No está a la venta ni es una oferta. Es algo superior a la mercancía, a los discursos políticos, a las costumbres y a los fanatismos; aunque con frecuencia se le pretenda atrapar y etiquetar igual que un esclavo, un sirviente o un objeto. El arte visita las realidades cotidianas, lo extraño y lo conocido, y hasta explora los sueños, los parajes recónditos, la arcilla y la esencia, las luces y las oscuridades. Es tan auténtico y libre, que cada artista lo expresa con su estilo. El arte es la letra, el color, la nota y la forma de Dios, concepto que definitivamente no cabe en las mentalidades cuadriculadas y obstinadas en medirlo, alabar o condenar sus expresiones. El arte es la conexión a la inmortalidad, a las realidades y a los sueños, al alma y a la textura, al cielo y a la tierra. Es la corriente etérea que, en algún momento, plantea y explica lo incomprensible y le da sentido con las palabras, con las notas, con la policromía, con las formas. Es un puente de cristal prodigioso que conecta el mundo con reinos infinitos.

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Otra definición de arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Quien habla con Dios, ya tiene abierta la puerta de su alma al infinito y es capaz, por lo mismo, de sentir los aires del paraíso y volar muy alto. El artista que escucha los silencios etéreos, aprende a descifrar sus mensajes, interpretar sus motivos y ejecutar sus susurros. Quien oye los murmullos de Dios, no olvida sus pausas. Por eso, al componer música, sus obras ya poseen algo etéreo y terreno, y ese es el encanto, la fascinación, el deleite. Igual que el músico, el escritor que percibe los rumores y los sigilos prodigiosos, funde las letras y las palabras en un crisol de estrellas con la intención de crear novelas, cuentos, poemas y relatos que cautivan y trasladan a rutas insospechadas. Junto al escritor y al músico, el pintor capta matices y formas, colores y geometría, que se convierten, al deslizar los pinceles sobre los lienzos, en jardines mágicos. Así definiría, este día, el arte, quizá porque se trata de una plática interminable con Dios, acaso por ser un encuentro con el alma, probablemente por resumir la vida y los sueños, tal vez por algo más que flota en el ambiente y conecta al ser con la esencia y el barro.

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El matorral y la lluvia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-¿Por qué insistes en formar charcos y represas? -preguntó el matorral a la lluvia.

La lluvia, sonriente, contestó:

– Contribuyo a mantener los ciclos y el ritmo de la vida. Es mi encomienda.

El matorral, cubierto de polvo, sostenido por tallos insensibles y ásperos, abundantes en espinas con veneno, tenía la costumbre de agredir, desafiar, mofarse y discutir. Criticó a la lluvia, quien explicó:

-Mira y disfruta el esplendor de la vida a tu alrededor. Los árboles, las plantas y las flores coexisten en remansos apacibles, desde los que regalan sus colores, sus fragancias, sus sabores y sus formas. Beben el agua con sus nutrientes y conviven en armonía y en equilibrio. Son plenos. Unas especies obsequian la delicia de los sabores del paraíso, mientras otras, en tanto, decoran el paisaje con sus matices y sus perfumes. Todas las criaturas dan lo mejor de sí y contribuyen a la evolución de la naturaleza y la vida, igual que la corriente diáfana del río que serpentea la comarca y las abejas, los pájaros y las mariposas que revolotean despreocupados y ufanos.

El matorral sonrió burlón, con interés de molestar e interrumpir a la lluvia que dedicaba minutos y horas en formar sus motivos, sus detalles, sus encantos. Le molestaba tanta minuciosidad.

-Pierdes tiempo en formar charcos y represas. ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo si, finalmente, se evaporarán, las otras criaturas la beberán y se esfumará?

-No soy presuntuosa porque la sencillez me hace auténtica, libre, rica y feliz, matorral. Podría asegurar que me extrañarás durante las estaciones de mi ausencia y que, seguramente, en ciertos momentos, padecerás sed y experimentarás la sensación de la muerte; sin embargo, mi misión es contribuir a dar vida, no a maldecir. Si requiero demasiado tiempo en construir represas naturales y charcos, es porque lo extraordionario y grandioso está compuesto de detalles pequeños. Nunca lo olvides, amigo mío: la acumulación de veneno, intoxica y mata; el conjunto de obras buenas, eniquece y da vida. Todo se construye a través de la aportación paciente de detalles pequeños.

Los árboles, las plantas y las flores, agradecidos con la lluvia, permanecían callados, atentos a sus enseñanzas. Sabían que el matorral, de infausto aspecto, destilaba odio y veneno. Sus espinas rasgaban y sus hojas envenenaban.

Tras una mañana de trabajo, la lluvia, finalmente, concluyó su tarea y se retiró a otras comarcas, no sin antes hablar con el matorral que la acosaba y espiaba:

-Matorral, he terminado mi labor. Me retiraré, pero te aconsejo, amigo mío, que asomes al charco que formé junto a ti, no solo para que te nutras, sino con el objetivo de que te descubras de frente, definas tus rasgos y tu semblante, sustituyas tus gestos amargos por una apariencia feliz, dadivosa y amable de todo ser que proviene de la esencia y de la fuente infinita.

-¡No lo creo! -replicó el matorral.

-Al descubrir tu imagen, notarás en el reflejo que a tu alrededor hay otras criaturas -árboles, plantas, flores- que coexisten libres y plenas, agradecidas y justas, dispuestas a dar lo mejor de sí y a decorar el paisaje con los colores, las formas, los sabores y las fragancias del paraíso.

Irascible, el matorral contestó:

-¿He de ocuparme en dar de mí, en desprenderme de lo que soy y tengo? No, lluvia. Mi odio me impide compartir. Solamente conozco el mal y soy capaz de espinar, herir y envenenar. Alejáte de mí.

Ya convertida en llovizna fugaz, la visitante agregó:

-Y cuando te descubras dichoso en el reflejo del charco, con la decisión de eliminar tu maldad, quizá te darás cuenta de que a tu alrededor coexisten seres maravillosos y que arriba se extiende un cielo inagotable, bello y cautivante, que de día te regalará la luz, las tonalidades de la vida, mientras en la noche, en cambio, te obsequiará las estrellas como faroles y la oscuridad para que tengas oportunidad de descansar e internarte en ti, en tu ser, hasta que percibas el palpitar de la creación, te encuentres y tu esencia recuerde que el bien atrae la inmortalidad.

Y la lluvia, envuelta en su ambiente prodigioso, marchó a otras rutas.

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Las palabras de un lenguaje pronunciado no sé en qué rincón del alma

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Tal es la intensidad del sentimiento que usted me inspira

Me parece, cuando la veo, que usted es las letras del abecedario, las palabas de un lenguaje pronunciado no sé en qué rincón del alma y del universo, el idioma que necesito para componer el más bello y sublime de los poemas y asi dejar un legado y una memoria al amor. Pienso que su mirada, al fundirse en la mía, es la luz que me alumbra e inspira con el objetivo de escribir, inagotable, en una y en otra página de mi libreta de apuntes, como una musa que aparece a cierta hora, en determinados momentos, o que siempre permanece a mi lado, en mi estudio de artista. Usted es, creo yo, la hoja que necesita el follaje, en el bosque, para completar su canto, su poema natural; pero también es, supongo, la flor que el jardin requiere para convertirse en paraíso. Usted tiene significado en mi esencia y en mi arcilla porque la siento en mi interior, en mi alma, y la reconozco en mi piel, en mi silueta, en mi perfil. Usted es, simplemente, las gotas de lluvia que deslizan sobre mi textura, el viento que sopla sus murmullos y sus silencios, el matiz que hacía falta en mi paleta de colores, el signo para completar mi nombre, mi historia y mi concierto magistral, la llave que utilizo para entrar a cielos insospechados.

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Las flores que recolecto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cada flor es un rostro que tiene un encanto, una belleza, un motivo. Las flores que recolecto y le entrego, poseen una mirada, como la suya, y, quizá -ahora lo sospecho-, hasta un perfume igual al que usted exhala. En una y en otra flor, descubro los colores de la vida, el nombre de usted y hasta sus alegrías y tristezas. En las flores que le regalo, habrá algunas, probablemente, que quedarán atrapadas en páginas con dobleces -hojas, al fin-, hasta marchitarse al lado de las letras y las palabras que le escribo, cual testimonio de que un día y muchos más, multiplicados al infinito, le entregué mi delirio, la locura de un amor irrenunciable, pleno e inquebrantable. Al mirar las flores por las que deslizan las gotas del rocío, evoco sus lágrimas cuando ríe o llora, y mayores deseos siento, entonces, de correr a su lado para abrazarla desde la profundidad de nuestras almas. Las flores de mi jardin y las bosque son para usted. Las hay blancas, rosas, violetas, amarillas, rojas y de tantos matices que, a veces, pienso que Dios derramó, intencionalmente, su paleta de colores con la idea de adelantar uno de sus paraísos a aquellos que, como usted y yo, sentimos admiración y deleite por sus criaturas. Las flores aparecen aquí y allá, en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino, decoradas con hojas y sostenidas en tallos que, en ocasiones, espinan y rasgan la piel y la ropa porque las cuidan. Busco flores sonrientes para usted, orquídeas y tulipanes, gladiolas y lilís, girasoles y rosas, acacias y dientes de león, begonias y claveles, lirios y hortensias, dalias y crisantemos, y qué importa si las acomodo en el canasto en nones o en pares, si en cada uno descubro su aroma y el mío, nuestras sonrisas y el amor inextinguible, a pesar e que la textura se arrugue una mañana o una tarde. En cada flor descubro su mirada, su perfume, su textura. Quiero preguntarle si me permite diseñar y crear una alfombra de pétalos para que su caminata por la vida sea un paseo inolvidable y bello que le recuerde, en cierto momento, los jardines del paraíso. De ser así, me gustaría saber si le agradaría tener mucho de mí como yo tanto de usted.

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El arte, un estilo de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un artista, cuando se entrega al proceso creativo de las letras, los sonidos, las formas y los colores, desnuda al ser humano, a la naturaleza, al material yerto, al universo, los sentimientos, los ideales, los pensamientos, la realidad y los sueños, y los cubre y decora con las gotas etéreas del paraíso, en una corriente que fluye incesante dentro y fuera de uno. Un artista, al inspirarse, convive y habla con las musas, con los árboles, con los océanos, con Dios. Un artista deja en cada letra y palabra un sentimiento, una idea, un sueño, una vida, un significado. Un artista lo es a toda hora, en la mañana y en la noche, en la tarde y en la madrugada, mientras duerme y cuando vive, más allá de aplausos, becas y premios. No necesita máscaras ni utiliza muletas. Es su arte, su estilo, su obra y su encanto al crear. Un artista es letra poema y texto, o pintura y escultura, o música, o cualquier expresión sublime del alma, en su ininterrumpida correspondencia con la vida. Un artista escucha, en la madrugada fría y solitaria, un amanecer soleado, una tarde lluviosa o un anochecer caluroso o nevado, que la inspiración toca a su puerta y asoma por su balcón y sus ventanas, y, feliz, ya con una dosis de ideas, despierta y crea. Un artista desconoce horarios y escribe en lunes o viernes, pinta en martes o domingo, arranca melodías a los instrumentos un miércoles y hasta un jueves, o cincela la piedra cualquier sábado, en primavera y en verano, en otoño y en invierno, cuando el calor es sofocante y la tempestad parece incesante, o a las horas del viento otoñal y en los instantes de los copos invernales. No hay tregua en una vida consagrada al arte. Un artista se sumerge en las profundidades inconmensurables de la fuente infinita, de donde extrae tesoros, obras, en minúsculas y mayúsculas, que entrega a la humanidad como regalo del cielo. Un artista, en el instante postrero de su existencia, piensa que aún necesita entregarse a la creación de su obra magistral, acaso sin darse cuenta de que al colgar tantos luceros en la pinacoteca celeste, ya es una estrella que alumbra a la humanidad y otros mundos.

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Un artista solitario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace tiempo, conocí a un hombre bueno y sencillo, un artista solitario que pinta al óleo desde la sensibilidad de su alma, en la desolación y el silencio de su buhardilla. Plasma, en los lienzos, jardines de paraísos distantes, rostros sustraídos de algún sueño o de ciertos mundos paralelos, ambientes insospechados y paisajes encantadores, los matices de Dios, como si su encomienda fuera acercar los cielos y el infinito a la humanidad, a hombres y mujeres que andan en busca de la senda perdida. Mientras pinta, escucha música que lo envuelve y transporta, quizá, a fronteras inimaginables, a su ruta interior, a las profundidades insondables donde las fórmulas del arte y de la inmortalidad tienen parentesco. Es genial e irrepetible. Su obra pictórica cautiva, fascina, hechiza. Ha acumulado experiencia y conocimiento. Su plática es amena y siempre está dispuesto a dar un consejo, a relatar una historia, a enseñar algo bueno. Recientemente, coincidí con él, en alguna callejuela desierta de la ciudad. Lo saludé como un escritor y un pintor lo hacen tras mucho tiempo de ausencia -al fin artistas-, y, al notar sus ojos entristecidos y su semblante demacrado, callé con la idea de no perturbarlo; sin embargo, al ser tan observador y percibir el sentido real de mi silencio, confesó que sus obras, al inspirarse y crearlas, lo trasladan a destinos cercanos y recónditos, a la vez, y que su arte es un delirio, un estilo de vida, un ministerio, una locura, lo cual, admitió, lo hace intensamente feliz e integrarse a la arcilla, al mundo, y a la esencia, a la luz. Expresó que el arte es su vida. Con dolor y pesadumbre, dijo que había recibido los más bello de la vida y que, no obstante, dicho tesoro le parecía irrecuperable, totalmente inalcanzable, porque se trata, en realidad, de sus hijas, a las que tanto ama y por quienes sacrificaría hasta su vida, si así fuera necesario, las cuales. a pesar de los sentimientos tan intensos que les ha entregado, evitan hablar con él, lo rechazan y lo tratan mal. Sensible, derramó algunas lágrimas, llanto de un padre que ama y sufre por el desprecio de sus hijas, mientras los días de su existencia se consumen irremediablemente. Un día se habrá agotado el tiempo y será imposible rescatar la felicidad perdida. Se despidió. Sé que un ser humano con la sensibilidad de artista, con el don de crear obras que embelesan y tocan el alma, tiene capacidad de derramar un amor inigualable. Esta noche y las anteriores, desde aquel día, lo imagino en su taller, entre pinceles, lienzos, paletas de madera con residuos de matices y frascos y tubos con pinturas, entregado a su arte, a su pasión, envuelto en lágrimas y en música, inspirado, en su inacabable proceso de la creación, paralelamente, muriendo ante el desprecio y el sigilo de sus hijas, a quienes llamó tesoros. Asombroso, en verdad, que alguien que comparte las riquezas del alma y el infinito, a través de sus obras de arte, se encuentre tan solo. Es sorprendente que un artista de la pintura, un autor magistral que plasma de colores los lienzos y la vida, derrame tinta de melancolía en las horas de su existencia.

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