Ya lo sabía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya lo sabía. El médico se lo anunció un par de semanas antes. Moriría, quizá en un mes o tal vez en cinco o seis semanas, no más. El pronóstico del especialista se cumpliría porque tenía en sus manos el diagnóstico de la paciente. “Nada, nada es permanente”, pensó ella mientras observaba en el espejo la belleza de su juventud que gradualmente se desvanecía. Los cuatro primeros días, tras recibir la noticia, permaneció encerrada en la habitación. Enojada con la vida, entristecida, colérica e impotente, arrojó objetos al suelo y contra el ventanal, uno de los espejos y los muros. Posteriormente, agotada, golpeó una y otra vez el colchón donde se recostó. Lloró y sintió ahogarse. Lloviznaba. El cielo gris impedía definir la profundidad azul y las tonalidades de las flores, las gotas diáfanas y las frondas de los árboles. Todo, en su vida y a su alrededor, le pareció impregnado de amargura y con un tinte sombrío. Sufrió lo indecible. Se supo totalmente desolada. Sintió una carga enorme. Su presente resultaba incierto y no existían las posibilidades del mañana. En ese momento pensó que cambiaría su hermosura y su bienes materiales por tiempo extra, por la salud y la vida que se consumían ante la caminata de las horas. Se percató, entonces, de que había invertido el sentido de la existencia y que hizo de la apariencia física y del dinero sus prioridades, la base de su éxito. Comprendió que la belleza es sintomática, un reflejo pasajero, un sueño breve del que uno, a cierta edad o ante determinadas circunstancias, despierta abruptamente, y que con frecuencia, cuando se le transforma en deidad, es cáscara, se vuelve inversamente proporcional a la inteligencia y a los valores porque se estima más el aspecto que la razón y los sentimientos. Observó la carátula del reloj de pared y escuchó el tañido de sus campanas cada hora, hasta que reaccionó al reflexionar que moriría enclaustrada en su habitación y sin oportunidad sus sentimientos e ideas. Respiró profundamente. Fue a la ducha y cambió su ropa. Maquilló la palidez de su rostro, sonrió y se dijo “te perdono”. Salió en busca de sus padres y hermanos con la intención de abrazarlos, expresarles su amor y agradecimiento, convivir con ellos y compartir detalles, momentos, alegrías. Visitó a su familia, a sus amistades, a sus compañeros de antaño, a la gente que caminó a su lado y con la que compartió incontables capítulos. Recorrió las calzadas con bancas, fuentes y árboles. Percibió el trinar de las aves y el rumor del viento. Descalzó y anduvo en el césped, hasta que abrazó un árbol que le habló en el silencio y le transmitió el palpitar de la vida, el pulso de la creación. Lloró y sintió estremecer porque de pronto recordó que había dedicado los días de su existencia al maquillaje, a apetitos pasajeros, a las apariencias, a aquellas cosas intrascendentes que acumuladas, consumen la vida. Se dio cuenta de que no había vivido, motivo por el que minutos más tarde, al llover, alzó los brazos y recibió las gotas que deslizaron por su rostro y su piel y empaparon su cabello. Escuchó los murmullos de la vida. el lenguaje de la naturaleza, los susurros del silencio y los rumores de la gente. Corrió, a pesar de su debilidad, y al siguiente día se acercó a una fuente y a otra más, donde se mojó como una niña inocente que ensaya el juego de la vida. Se perdonó a sí misma y a los demás. Entendió que la vida es una estancia breve y que cada instante es irrepetible. La vida, pensó, se experimenta en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con amor y alegría, con respeto a uno y a los demás, no en las prisiones de deseos carnales y vicios que pregonan quienes con estulticia aseguran que la existencia es corta y hay que aprovecharla de esa manera. La vida es algo más que carne y debilidades, concluyó. Aprendió a dar de sí, a no arrebatar, porque el amor y las cosas no sólo son para uno, sino para el bien que se puede hacer a los demás. Lo practicó. Compensó lo que alguna vez obtuvo y disfrutó. Esos días, los postreros, ella vivió intensamente y cumplió sus deseos internos. Se atrevió a ser ella y a emprender una gran historia, sin olvidar que en el otro extremo de su vida, como le anunció el médico, la muerte llegaría puntual a su cita. El encuentro era impostergable. Dialogó, compartió, sonrió y convivió con su familia, sus amigos y la gente que le rodeaba. Una noche, ya muy agotada, retornó a su casa y decidió dormir. En la oscuridad y el silencio de la habitación, repasó sus experiencias de las últimas semanas. Sonriente y en paz, cerró los párpados. Soñó la luz y al despertar, sintió fluir la vida en ella.

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El médico inhumano

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Alguna vez, en mis años juveniles, coincidí con la escritora y filósofa Emma Godoy Lobato en lo interesante que resulta, en la medida de lo posible, renunciar a la comodidad del automóvil y elegir el transporte público para trasladarse a la escuela, al negocio o al empleo, ya que en vez de viajar inmersos en sus pensamientos, en su mundo, las personas se convierten en testigos de hechos cotidianos e historias reales de pasajeros.

La autora de Vive tu vida y sé un genio, La mujer en su año y sus siglos y Que mis palabras te acompañen, entre otras obras editadas por Jus, cedió parte de su tiempo al ambiente cotidiano en los camiones, el tranvía, el Metro y el trolebús, decisión que le permitió conocer innumerables historias que enriquecieron los días de su existencia y se sumaron, por cierto, a su sabiduría.

Hoy fue un día en el que decidí abordar una camioneta del transporte público. Era muy temprano cuando me encontraba en algún lugar del centro histórico de Morelia, la capital de Michoacán, y subí al vehículo colectivo. Pagué siete pesos y ocupé uno de los asientos laterales, al lado de un médico joven que soslayaba a los pasajeros con repugnancia, actitud nada extraña en quienes sufren el llamado síndrome de Dios.

Conforme la camioneta avanzó por las calles céntricas, aumentó el número de pasajeros que la abordaron, al grado de que algunos ya viajaban parados e incómodos por la estrechez del vehículo y los malos hábitos de manejo del chofer que aceleraba y frenaba constantemente.

Subió una anciana a la camioneta y el médico, soberbio, continuó sentado en el espacio correspondiente a dos pasajeros. Un hombre cedió el asiento a la mujer, quien apenas agradeció la atención porque se notaba agotada por los días repetidos, por las enfermedades, por la miseria, por la soledad, por su historia.

En la siguiente parada, el vehículo fue abordado por una mujer que cargaba un bebé y una maleta enorme con pañales y otras cosas. Subió con dificultad y se acomodó entre los pasajeros que viajaban parados, precisamente frente al joven médico que la miró con desprecio y ni siquiera se acomidió ya no a cederle el asiento, sino a ayudarle, al menos, con la carga.

Llamé a la mujer para cederle mi asiento y agradeció sonriente. Más tarde, cuando el médico joven y otros pasajeros descendieron del transporte colectivo, me senté al lado de una señora que leía El Arte de Amar de Erich Fromm, quien criticó la actitud del hombre de la bata blanca y platicó que su hija estudia Medicina. Es una joven que se dedica a su estudio con bastante esmero, pero hasta el momento practica el humanismo, al grado, dijo la orgullosa madre, que destina el dinero que le da su padre en ayudar a los demás. Incluso, hace días encontró una perra callejera con sarna, a la que llevó a curar a un consultorio veterinario.

Felicité a la mujer y, a la vez, lamenté que amplio porcentaje de médicos en México y otras partes del mundo se dediquen a lucrar con la Medicina. Con sus honrosas excepciones, en Morelia, verbigracia, la Medicina es un negocio que causa asco. Le platiqué diversos casos de médicos que diagnostican y operan no porque el paciente lo requiera, sino porque aprovechan la ignorancia de la gente, mezclada con preocupación y temor, y así se enriquecen. Cuento con información documentada, confié a la señora; aunque también admití que conozco galenos extraordinarios y con trayectoria ejemplar.

Le enumeré casos de especialistas éticos y profesionales que he conocido; aunque la imagen del médico es, por lo general, la de un ser indiferente que presenta la sintomatología de Dios, pero una deidad más proclive a la opulencia que a sanar seres humanos.

Los médicos son, según parece, un gremio que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público ha olvidado. Habría que comparar, como autoridades, sus automóviles lujosos, casas y viajes, entre otros bienes y gastos, con sus declaraciones anuales de impuestos. Expiden recetas, pero no toda la gente les solicita comprobantes fiscales por sus honorarios.

Pensé en el médico joven aferrado a su asiento, a su comodidad, e imaginé su desempeño en algún consultorio del Seguro Social, hacia donde se dirigió al descender del transporte colectivo. Seguramente ha de ser uno de esos médicos con actitudes de deidad que ni siquiera saludan ni miran a sus pacientes y concluyen las recetas antes de conocer los síntomas. Creen que se degradan si responden las dudas de sus pacientes.

No dudo que dentro de algunos años, ese médico se trasladará a su consultorio en un lujoso automóvil, lucirá joyas, vivirá en un fraccionamiento exclusivo, asistirá al club, almorzará en restaurantes caros y realizará viajes; aunque me parece mirarlo soberbio, más interesado en recibir sus honorarios que en sanar a sus pacientes.

Si un hombre que supuestamente está dedicado a aliviar el dolor de los demás y salvar vidas, es incapaz de ceder el asiento a una mujer humilde con un bebé y a todos mira con desprecio, indudablemente se sumará a los galenos que lucran con las enfermedades y realizan cirugías innecesarias.

Indudablemente, al morir, ya anciano y enriquecido, sus familiares mandarán tallar en su ostentosa cripta, antecedido de su nombre y apellidos, “aquí yace el doctor don…” como lo observamos en diferentes tumbas que resguardan los cadáveres de quienes actuaron como semidioses y se creyeron dueños de la vida durante sus jornadas existenciales.

Justo es rendir homenaje a los médicos humanistas que no han recurrido a la tentación de los mercenarios del sistema de salud pública y privada en México. Es honesto que cobren sus honorarios profesionales. Lo merecen cuando son auténticos médicos. Existe una gran diferencia entre ellos y aquellos que lucran con el dolor. Hay que recomendar a los buenos médicos y denunciar públicamente a los que han convertido la Medicina en negocio particular. Y en el caso del médico joven que tanto cuidó su asiento en el transporte público, como las mascotas cuando orinan para marcar su territorio, se trata de profesionistas que de alguna manera se deben evitar porque su ambición y comodidad siempre serán prioritarias a cualquier necesidad de otros seres humanos.