Más de una centuria entre flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entre arreglos florales que provocan suspiros y enamoramiento, bouquets con burbujas de alegría, promesas e ilusiones, rosas y tulipanes que roban el aliento y coronas que se solidarizan con el luto, el dolor y las lágrimas, aparece don Guillermo, el propietario de la ya centenaria empresa familiar “Florería Tere”, quien a sus 88 años de edad asegura que el secreto para conservarse sano es “comer adecuadamente, dormir bien, no causar daño y trabajar, dedicarse a la vida productiva”.

Guillermo Fabián Reyes es un artífice. De cada arreglo floral, sencillo o complejo, hace un poema, una obra natural con armonía y equilibrio, con matices y fragancias que embelesan.

Hijo de doña Teresa Reyes Corona, moreliana nacida en postrimerías del siglo XIX y quien durante las horas de 1915, cuando México se encontraba ante los abismos de la historia, fundó su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, ha dedicado los días de su vida a la empresa familiar que de alguna manera ha participado, a través de sus arreglos, en romances, fiestas y luto de los moradores de la capital michoacana.

Y es que las flores tienen algún encanto que acompañan a los seres humanos en sus momentos de alegría e instantes de tristeza. De rostros finos, brotan de la intimidad de la tierra y exhiben y presumen sus aromas, tonalidades y formas, como si vinieran de algún vergel lejano.

Igual que las nubes, la lluvia y el rocío, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de la vorágine de la existencia, un fragmento para deleitarse, enamorar a alguien, expresar sentimientos o solidaridad.

De intensa policromía, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de la montaña, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles y piedras, o en campos de cultivo, con el pulso de la naturaleza, para acompañar a los serse humanos en todos los momentos de sus vidas, y eso lo sabe muy bien don Guillermo, como le llaman todos en el Mercado Independencia, en la ciudad de Morelia.

Es innegable que desde la aurora hasta el ocaso de la existencia, hombres y mujeres están acompañados de flores en casi todos los momentos. Y si existen dudas, ¿no acaso alguien obsequia un ramo a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente hay quienes llevan arreglos y coronas a un funeral o un sepulcro? Se encuentran en los escenarios naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y las tristezas. ¿Quién no ha experimentado algún sentimiento al recibir una flor?

Recuerdan, igualmente, la fugacidad de los días. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asuman su cutis maquillado y aromático al cielo. Todas son hermosas y tienen un nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, margaritas, orquídeas, tulipanes, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, como la música, fronteras.

Quizá a doña Teresa la arrobaron el encanto y la magia de las flores y, por lo mismo, en 1915 decidió fundar su negocio. Emprendedora, como lo fueron sus padres la centuria anterior, la decimonovena, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a unos metros del acueducto barroco y virreinal de Morelia, donde coexistían innumerables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines. Los claveles, en tanto, abundaban en otro rumbo de la ciudad, por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente, rumbo al cerro del Punhuato, unos metros antes del final de los arcos de cantera.

Don Guillermo, el hijo de Teresa, recuerda que amplio y distribuido en lo que actualmente es Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad de Morelia el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces. En su interior operaban los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, permanecían los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

Con cierta nostalgia, don Guillermo recuerda que el Mercado Valladolid era mundo pequeño, hogar, escenario donde los comerciantes llevaban a cabo su convivencia diaria y compartían alegrías y dolores, noticias y acontecimientos. Asegura que “parecíamos una gran familia. Todos nos conocíamos”. Cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir su historia.

Tras hacer un paréntesis, don Guillermo refiere que “en el Mercado Valladolid, que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos relación entre nosotros y con los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico”.

Entre las remembranzas de don Guillermo, aparece de nuevo la imagen de su madre, doña Teresa, quien adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia. “Las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, entre 1938 y 1940”, completa”.

Los rumores de la historia flotan en el ambiente. Llegan otros recuerdos a su memoria. Muestra el calendario que data de 1965, ejemplar de los almanaques que por última vez entregó su madre. El calendario exhibe el nombre del negocio materno, “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; entonces, los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Don Guillermo reconoce que las flores de plástico, muchas procedentes de China, han reducido en un porcentaje alarmante el mercado de las especies naturales. Sabe, también, que hay flores para la vida y la muerte, las alegrías y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos, la nieve y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Con 102 años de antigüedad, la empresa familiar genera empleos, asegura don Guillermo, quien afirma nostálgico y con gesto de satisfacción y la tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, que no le gustaría que la florería concluyera actividades cuando él se retire del camino; al contrario, “me encantará que siga acumulando experiencia e historia y muchas satisfacciones y beneficios para todos”, finaliza y retorna a sus labores, al diseño y elaboración de arreglos.

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Esta entrevista fue publicada en el portal Quadratín Michoacán: https://www.quadratin.com.mx/principal/convierte-guillermo-reyes-arreglos-florales-en-poesia/

Pasión con 101 años de flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas las incluyen, lo mismo si son alegres, románticos o tristes, igual que una noche no olvida sus estrellas enclavadas en la galería celeste. Acompañan a los seres humanos desde el dintel de la aurora hasta el umbral del ocaso, lo mismo en los instantes dichosos que en los minutos dolorosos, como si por medio de su belleza recordaran la fugacidad de la existencia.

De rostros dulces y finos, tan sutiles como la brisa, el crepúsculo o las nubes, brotan de la intimidad de la tierra y presumen sus aromas, colores y formas, quizá cual fragmentos de un vergel olvidado o de un paraíso real, fantástico o perdido, o tal vez en un intento de recordar la alegoría de una existencia efímera en el mundo.

Junto con la lluvia, el rocío, las nubes y las horas, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de los esquemas de la inmortalidad, un fragmento para deleitarse, reflexionar y no olvidar que la vida es breve. Policromadas y fragantes, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de las montañas, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles con piedras y cortezas musgosas, con su pulso al compás de la naturaleza, para acompañar a la gente en todos los acontecimientos.

Desde el cunero hasta el ataúd, hombres y mujeres están acompañados de flores. ¿No acaso alguien obsequia un arreglo floral a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente uno lleva una corona a quien ha muerto? Aparecen en los paisajes naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y también, es cierto, para las tristezas. ¿Quién que es no se ha conmovido o estremecido al recibir una flor?

Coquetas y ufanas, recuerdan la fugacidad de los días de la existencia. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asoman su cutis multicolor y perfumado al cielo y miran la marcha de las nubes de formas caprichosas. Todas son bellas y poseen nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, lilís, margaritas, orquídeas, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, por lo mismo, fronteras.

Tal vez por eso le cautivó la magia de las flores. Discurrían, entonces, los minutos de 1915, en los años convulsivos de México, cuando ella, Teresa Reyes Corona, doña Tere, moreliana nacida en el siglo XIX, inició su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, época en que la capital de Michoacán aún conservaba su maquillaje pintoresco con casonas de cantera, balcones con herraje y portones de madera.

Emprendedora, como lo habían sido sus padres en la centuria anterior, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a un lado del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, donde coexistían incontables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines, porque los claveles abundaban por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente de la ciudad, rumbo al cerro del Punhuato.

Aquellos eran otros días, recuerda con nostalgia Guillermo Fabián Reyes, hijo de Teresa, quien nació entre flores y aprendió el secreto del negocio. Amplio y distribuido en lo que actualmente es la Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces y en su interior se encontraban los otros, los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, estaban los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano -hoy Casa de las Artesanías de Michoacán- y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

El del Mercado Valladolid era pequeño mundo, hogar, escenario de los comerciantes que diariamente convivían y compartían alegrías y olores, noticias y acontecimientos. Después de todo, don Guillermo lo sabe, los mercados son casa y punto de encuentro. “Parecíamos una gran familia, rememora don Guillermo, porque todos nos conocíamos. Compartíamos nuestros días e historias”.

Y en verdad, cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir sus capítulos e historias. En el Mercado Valladolid, “que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos Judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos buena relación entre nosotros y los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico de Morelia”, la capital del estado mexicano de Michoacán.

Guillermo recuerda, también, a su madre con intenso amor. Si sabe que ella, Teresa, fundó la florería en 1915, no olvida que adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia o que las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, al oriente de Michoacán, entre 1938 y 1940.

Los rumores de la historia flotan en su memoria, en su corazón, y señala, entonces, el calendario que todavía cuelga en su negocio, ya en el Mercado Independencia, con un año distante, el de 1965, cuando Teresa, su madre, entregó el último almanaque. Bien conservado, el calendario presume el nombre del negocio que fundó su madre: “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Guillermo sabe que hay flores para la vida y la muerte, la alegría y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Al conversar con él, el hijo de Teresa, la mujer que fundó el negocio de durante las horas de 1915, afirma nostálgico y con gesto que refleja la satisfacción y tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, “la empresa terminará cuando yo concluya mi jornada”.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Mercados del centro histórico de Morelia, símbolo del mexicanismo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como que traen las fragancias de la campiña, las tonalidades del terruño, el sabor de la lluvia, las caricias del sol y las formas de la vida. Saben a hortaliza, huerta, parcela. Recuerdan los surcos, el aire matinal, el sol brillante, las tardes lluviosas y hasta los arcoíris, las nubes y los riachuelos.

Igual que ecuaciones, los colores, perfumes y sabores se mezclan en perfecto equilibrio, aquí y allá, en un puesto y en otro del mercado, con rostros de aguacates, ajos, calabazas, cañas, cebollas, chayotes, chiles, cilantro, jitomates, lechugas, papas, pepinos, rábanos, tomates y zanahorias; pero también con rasgos de chabacanos, ciruelas, fresas, guayabas, mameyes, mandarinas, mangos, manzanas, melones, papayas, peras, piñas, plátanos, sandías, tejocotes, uvas y zapotes.

Y si la jamaica y el tamarindo reservan esencias deliciosas al paladar, los cocos mantienen atrapado el rumor del mar, mientras los elotes, las habas, los frijoles, el arroz, los cacahuates y el orégano compiten por un espacio. En estos pasillos, la fruta resume las huertas mexicanas; en aquellos, la verdura transporta a las parcelas, donde las manos campesinas se mezclan con la tierra para recoger trozos de vida.

Tal vez el encanto consiste en que cada cosa se agrupa en diferentes áreas del mercado. Aquí, las verduras; allá, las frutas; en aquel extremo, los arreglos florales; allende los puestos de comida y carne, los que exhiben juguetes, ropa y curiosidades; en otro espacio, las plantas.

Vida y muerte. Alegría y tristeza. Camino desde el cunero hasta el ataúd. Sí. Flores amarillas, blancas, moradas, rojas y rosas para el bebé, la quinceañera, la boda, los amantes, los enamorados, los que celebran algo y los que mueren. Sólo cambia la presentación, y ese es su hechizo y misterio.

Desde la rosa, la gladiola y la orquídea, hasta el cempasúchil, hay quienes arrancan una lágrima, un suspiro o un gesto de alegría. Se trata, en realidad, de flores, criaturas de intenso aroma y colorido que dentro de su efímera existencia acompañan a los seres humanos en sus alegrías y tristezas, en sus triunfos y fracasos, en su vida y en su muerte

Los afiladores, casi extintos, anuncian su paso y sus servicios con las notas de sus caramillos, y reciben navajas, cuchillos y tijeras, mientras los músicos, cuando los hay, emiten notas que se mezclan con los chiflidos peculiares de los globeros, las campanas diminutas de los paleteros, las voces de los personajes típicos, los gritos de los cargadores y los murmullos de los vendedores de algodones, frituras y merengues.

Huele a mar, establo, granja. En los corredores, ellos, los carniceros y los aprendices, deslizan suavemente sus cuchillos sobre los pescados que aún emanan el olor del océano, en las reses que otrora pastaron en la llanura, en los cerdos de formas primitivas, en las aves liberadas de los barrotes y corrales.

Pequeño mundo donde las otras, las cocineras, preparan platillos típicos, muy mexicanos, al mismo tiempo que ellas, las mujeres nativas de algún pueblo o ranchería, comercializan nopales, tunas, aguacates, tortillas, uchepos, sopes, corundas y tamales.

Como piezas de museo, dignas de un coleccionista, de un melancólico que suspira por los muchos signos perdidos en las horas del ayer, metates, molcajetes, anafres, tortilleros, sopladores y molinillos permanecen pacientes, resignados, en espera de algún comprador.

La “yerbera” ofrece pomadas, jarabes, tés y remedios contra agotamiento, cáncer de próstata, diabetes, caída de cabello, cólicos e hinchazón de piernas, entre otros males que enumera ante las señoras que caminan cerca de su puesto, en plena competencia con las mujeres que anuncian polvos, ungüentos y fórmulas.

Durante las fiestas patrias, las banderas tricolores y los rehiletes intentan recordar fechas gloriosas; en diciembre, las tradicionales piñatas con formas de estrellas y personajes infantiles, invitan a las posadas, a cantar villancicos, a probar ponche para contrarrestar el frío invernal. Junto con las piñatas, las colaciones, el heno, el musgo y las piezas que emulan el nacimiento del Niño Jesús, de acuerdo con la concepción católica, quedan grabados en la memoria infantil, en los pequeños que se ilusionan y llevan consigo imágenes de un mundo casi mágico.

Ropa, juguetes, fruta, verdura, arreglos florales, coronas para muertos, trastes, plantas, alimentos, alfarería, antojitos, tés y tantas cosas que sintetizan un mundo, el de los mexicanos, quienes mezclaron, hace centurias, los productos de Europa con los de América.

Los mercados de este país, como el “Revolución”, en el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos, o el “Independencia”, a la orilla del centro histórico de Morelia, resumen rincones insospechados, el colorido intenso, los sabores y los aromas de un suelo exquisito. Como que simbolizan el más auténtico mexicanismo.

El que se localiza en San Juan, es un mercado tradicional de Morelia con casi media centuria de haberse fundado, que rememora a los antiguos habitantes de la ciudad, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas que moraban en la ciudad, mientras el otro, el Independencia, es enlace del que antaño funcionó en la Plaza Valladolid, conocida popularmente como de San Francisco. También figura, en el centro histórico de Morelia, el mercado “Nicolás Bravo”, mejor conocido como del “Santo Niño”.

La modernidad y la influencia de la publicidad de la hora contemporánea, cuyas formas y reflectores envuelven a los consumidores y los transportan a un mundo de apariencias y superficialidades, parecen ensombrecer a los mercados tradicionales de los mexicanos.

Los mercados morelianos, igual que los que se encuentran en el territorio nacional, resumen las costumbres y esencia de los mexicanos, su ayer y hoy. Hay turistas en el mundo que dedican parte de sus itinerarios a recorrer mercados porque saben que allí, entre la gente, la mercancía y los puestos, palpitan el espíritu y los signos de las culturas. Hay que dedicar un día a recorrer los mercados del centro histórico de Morelia, para después de enriquecerse con la experiencia de percibir los aromas, colores, formas y rumores, pasear por las callejuelas centenarias y quizá, si se antoja, deleitar el paladar con un delicioso platillo.