Paseo por el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa mañana, caminé entre puestos de fruta y verdura, con aroma a campiña y sabor a tierra, viento y lluvia, y con colores y formas que recuerdan los diseños de la naturaleza, entre cargadores, gente atraída por el olor de los quesos y huacales apilados.

Percibí, entre los rumores del mercado, los golpes de los cuchillos y navajas contra los troncos y las bases de madera o hierro, al cortar las piezas de carne. Vi las carnicerías, donde cuelgan trozos de reses y cabezas de cerdos, o en las que permanecen las gallinas y los pescados sobre bloques de hielo que se consumen junto con las horas pasajeras de la existencia.

También escuché, entre los susurros, a los cargadores con sus diablitos y su grito tradicional “¡ahí va el golpe!”, a las señoras regateando los precios, a las cocineras que desde temprano ofrecen arroz, mole, chiles rellenos de queso, sopes, quesadillas, caldo de pollo, chilaquiles, pancita, pozole, tamales, sopa y una variedad de platillos.

El rechinido de las tortilladoras mecánicas se mezclaba, a esa hora matinal, con las conversaciones de comerciantes, ancianas, hombres y mujeres que hacen del mercado su pequeño mundo, escenario de sus vidas y campo de sus historias.

Igual que ilusiones efímeras, las piñatas de colores emulaban personajes infantiles, los sueños de un rato durante la brevedad de la existencia. Permanecían colgadas como lo que son, ilusiones que en un rato revientan alegría y arrojan dulces y sorpresas.

Piñatas, es cierto, para las posadas navideñas y las celebraciones infantiles, que combinan, en determinadas fechas, con las banderas mexicanas y los rehiletes que agita el viento.

En el pasillo dedicado a las flores, observé las rosas para el amor y la felicidad, pero también las que se entregan en el cunero a la madre y las que se llevan ante la tumba, en una mezcla de alegría y tristeza, con el sí y el no de la vida, con las luces y sombras que forman parte de la dualidad humana y del universo.

Las tiendas de los mercados son especiales. Los comerciantes, otrora diestros en elaborar cucuruchos con pliegos de papel estraza o periódico, pesan arroz, frijol, azúcar y sal. Cortan el queso con cuchillos filosos y distribuyen en los anaqueles las botellas con aceite, los sobres con sopa, las latas con chiles y conservas, los frascos con aceitunas, el café y el chocolate.

Nopales, tortillas de maíz elaboradas a mano, quesos, chiles secos, hierbas, remedios naturales para curar padecimientos, jitomates, limones, piñas, aguacates, guayabas, tomates, cebollas, pepinos, lechugas, melones, papayas, ejotes, fresas, ajos, papas, rábanos, calabazas, cilantro, zanahorias, chícharos, peras, elotes, manzanas, epazote, naranjas e incontables productos simbolizaban, en cada rincón, un mosaico de texturas, colores, formas y perfumes, dignos del más puro mexicanismo.

Ya no encontré, como antaño, los puestos con juguetes, donde los niños mexicanos pedían a sus madres les compraran muñecas de cartón o de trapo, canicas, trompos, baleros, yoyos, caballos con palos de madera, cuerdas, trastes en miniatura, soldaditos, vaqueros, caballos, carritos, monstruos, damas chinas y tableros de la lotería, la oca y serpientes y escaleras, quizá cual ensayo de la infancia a la vida; tampoco me topé con las perfumerías que comercializaban cremas de esencias y fragancias intensas, ni tubos para rizar el cabello.

No vi, a mi paso, las bolsas de cartón de estraza con asas del mismo material, algunas con líneas verticales color rojo, que ellos, los comerciantes, obsequiaban o vendían a sus clientes, ni distinguí, como antaño, los letreros que los fruteros y verduleros colocaban con los precios de su mercancía y en la parte inferior la inscripción de algún dicho mexicano.

Los pajareros casi pertenecen a las estampas del pasado, con sus jaulas de madera o alambre, apiladas y cargadas a la espalda, que aprisionaban loros, canarios, tzentzontles, pericos y otras aves. Eran compañeros, en las explanadas y plazuelas de los mercados, de vendedores de plantas, cilindreros, saltimbanquis, marimberos, pajaritos que sustraían papeles diminutos con la suerte del cliente en turno, paleros, hombres que colocaban sobre una mesa plegable conos para esconder la bolita -pelota pequeña que rodaban con destreza bajo la palma de alguna de sus manos-, payasos y merolicos que ofrecían desde pomadas con grasa de coyote y otras fórmulas y pócimas contra “paño”, “enfermedades de la mujer”, diabetes, impotencia, vitiligio, infertilidad, flebitis, juanetes, “mal de ojo” y nerviosismo, hasta la exhibición de alguna serpiente de cascabel que extraían de un canasto de mimbre.

Comprobé que todavía perduran algunos oficios antiguos, como el de los cargadores y el ya casi extinto de los afiladores, con sus caramillos. La ausencia de la marimba, del hombre que tocaba el acordeón o del guitarrista se siente de inmediato.

El Mercado “Revolución”, al que la población de Morelia -capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México- conoce popularmente como “de San Juan”, en alusión al barrio del mismo nombre, fue fundado en 1965, cuando la gente de aquella década y de años y centurias anteriores tenía la costumbre de concentrarse en la plazuela con la idea de comercializar productos del campo, leña, carbón, guajolotes y pescado.

No niego que el que se localiza en San Juan de los Mexicanos, es un mercado tradicional de Morelia que rememora a los antiguos habitantes de esa zona de la ciudad de Valladolid, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas.

Hasta antes de la fundación del Mercado “Revolución”, hombres y mujeres coexistían en el antiguo y tradicional jardín del barrio de San Juan de los Mexicanos. Unos pregonaban las características de sus mercancías, mientras otros, en tanto, regateaban los precios o practicaban el trueque.

Desde temprano llegaban los arrieros, agotados y enlodados, con sus recuas de mulas, profiriendo insultos a las bestias y embistiendo a los infortunados que se cruzaban en su camino.

Los carretones de madera, jalados por mulas, todavía funcionaban en la década de los 50, en el siglo XX. Los comerciantes establecidos en las colonias aledañas al centro, surtían su mercancía y la trasladaban en esos transportes rudimentarios de alquiler.

Cuando uno visita Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del típico jardín de Villalongín, el acueducto barroco del siglo XVIII, el otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y la pintoresca Calzada Fray Antonio de San Miguel, para recorrer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y conocer, de paso, el Mercado “Revolución”, con todos sus símbolos.

En los años virreinales del siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid fue el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los nativos que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Recordé, al pararme frente a la fachada del templo dedicado a San Juan Bautista, inicialmente, en el siglo XVI, compuesto de materiales endebles, y reconstruido en 1696, en la ancianidad del siglo XVII, que en su costado norte existió, hasta postrimerías de la decimonovena centuria, un cementerio antiguo y estrecho , el de San Juan de Dios, que por su insalubridad y saturación fue trasladado, junto con el de Santa María de los Urdiales, también en Morelia, al actual panteón de la ciudad, cuya primera inhumación se celebró en 1885 y su posterior inauguración se llevó a cabo en 1895, en las horas porfirianas.

Posteriormente, en el siglo XX, el terreno referido ocupó las instalaciones del tradicional internado México-España, Tal institución albergó, en 1937, a 437 niños exiliados de la guerra civil española, hasta que en 1965 se inauguró en dicho espacio el Mercado “Revolución”, el cual funcionaba, en una fase anterior, en el jardín o plazuela de San Juan.

Si ben es cierto que en el pasado se practicaba el comercio en el jardín o plazuela de San Juan, en 1956 las autoridades construyeron un mercado rudimentario que más tarde ocuparon la policía y los bomberos de Morelia, hasta que finalmente, con la reubicación de los vendedores informales del centro histórico de la capital michoacana, el inmueble fue derruido para construir otro funcional e instalarlos a partir del año 2001.

Decidí ingresar al pequeño atrio del templo de San Juan Bautista. Admiré la fachada. Descubrí, en primer lugar, la fecha de su reconstrucción: 1696. Hurgué datos en mi memoria, hasta que recordé que de acuerdo con documentos, las obras del recinto prosiguieron en 1748, según consta en la venta de solares para solventar la edificación.

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el día de San Venancio, un miércoles 18 de mayo de 1541.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular Barrio de San Juan, exhibe una cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original con siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina  dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Dos exhiben, igual que una abuela, las fechas de su fundición: 1769 y 1778. La otra también data del siglo XVIII.

Ya reseñé que contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio, el de San Juan de Dios.. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios atriales de San Agustín, El Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos fue utilizado para la inhumación de cuerpos.

Es importante resaltar que ante la peste derivada de la cólera morbus que enfrentaron los habitantes de la ciudad, el 26 de marzo de 1850 las autoridades dieron a conocer un decreto y fue así como el cementerio de San Juan funcionó para las inhumaciones, a pesar de su saturación e insalubridad.

Por cierto, la cruz ochavada de la Colonia que actualmente se localiza en el jardín contiguo al templo virreinal de Nuestra Señora de Guadalupe, al oriente del centro histórico de Morelia, se encontraba inicialmente en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente, en las postrimerías del siglo XIX, fue trasladada al panteón municipal, inaugurado en 1895. Todavía en las primeras décadas de la vigésima centuria, los militares fusilaban gente en el panteón municipal de Morelia, a un lado de la cruz colonial.

Entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, en diferentes espacios de la urbe, de manera que los amigos y las familias españolas, criollas y mestizas dialogaban plácidamente, bailaban alegres, cantaban emocionados, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, de acuerdo con la clase social a la que pertenecían. En San Juan de los Mexicanos, las familias indígenas también se reunían.

Paralelamente, los conspiradores de Valladolid, en 1809, no solamente se reunían en las casonas palaciegas del centro; también se citaban con sigilo en algunas de las construcciones más modestas del Barrio de San Juan de los Mexicanos. Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban en casas humildes y endebles. El Barrio de San Juan de los Mexicanos era idóneo para pasar desapercibidos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y a la Independencia mexicana de 1810, por lo que se trata de un acontecimiento histórico, más allá de las luces y sombras del movimiento. Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual, por cierto, figuraba en un mapa elaborado en 1794, una centuria después, como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Antes de retirarme del templo colonial de San Juan Bautista, miré el altar, el coro , el púlpito y las reliquias, como la imagen alusiva al nombre del recinto y del barrio, un Santo Entierro y un Cristo del siglo XVII, agonizante, del cual la leyenda popular refiere que crece conforme transcurre el tiempo.

Lamenté que autoridades, hoteleros, restauranteros y prestadores de servicios turísticos no se interesen en rescatar el Barrio de San Juan de los Mexicanos, restaurar sus rincones y trasladar a los visitantes a su mercado, al templo colonial y los espacios que forman parte del ayer y de la historia.

Mercado, templo y ecos de un ayer que cada día parece estampado en páginas quebradizas y traspapeladas en un viejo archivero o en un arcón del que ya no existen la cerradura ni la llave, acaso porque todo, ante la caminata del tiempo, se transforma en recuerdo y después en olvido.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga/ Copyright

El de San Juan de los Mexicanos, barrio tradicional de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los colores, aromas y sabores de la fruta y verdura, dispersos en un puesto, otro y muchos más, junto con los rumores del mercado y los tañidos del campanario, en el barrio de San Juan de los Mexicanos, invitan al naufragio de las horas, a la aventura de embarcarse a los muchos días del ayer, para desentrañar de las profundidades de la historia los rasgos de la antigua Valladolid, el semblante de Morelia, la capital de Michoacán.

Quizá una mañana primaveral, acaso una tarde veraniega o tal vez una noche otoñal o de invierno, uno regresará al centro de Morelia y deambulará por sus calles y plazuelas, por sus espacios y rincones, para descifrar sus signos y armar su historia. Los trozos de antaño aparecen, entonces, vacilantes e imprecisos, similares a las casonas de piedra reflejadas en los charcos después de una tarde de lluvia.

Cuando uno recorre Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del acueducto barroco del siglo XVIII, del otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y de la virreinal Calzada Fray Antonio de San Miguel, para conocer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y visitar, de paso, el mercado “Revolución”, con todos sus simbolismos.

En el discurrir de los años virreinales, precisamente en el siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid era el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los descendientes de los aztecas que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Más antigua, sin duda, que la fecha inscrita en su fachada -1696-, la capilla del barrio alberga, entre otras reliquias, un Cristo de grandes dimensiones, al que la gente atribuye características especiales. En el siglo XIX, verbigracia, los moradores del lugar aseguraban que le crecía la barba y que el tamaño de la escultura era superior al que tenía inicialmente,

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el 18 de mayo de 1541.

Valladolid ocupaba mano de obra, alimentos y materiales, y qué mejor barrio que el de San Juan para proveerse. De acuerdo con información obtenida y publicada en 1883 por el autor del “Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo”, Juan de la Torre, quien fue miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la población de la ciudad, en 1803, era de 18 mil habitantes, de modo que entre 1809 y 1810 superaba los 20 mil moradores.

Como consecuencia del movimiento independiente, la emigración considerable y las epidemias que se registraron durante 1813 y 1814, la población de Valladolid, escribió el autor ya citado, se redujo a tres mil personas, cifra que le parecía exagerada. En 1822, la ciudad tenía más de 14 mil habitantes, en 1842 alrededor de 21 mil y en 1868, en tanto, 25 mil. El folleto “Morelia en 1873”, editado por un hombre de apellido Mendoza, indicaba que la urbe contaba con aproximadamente 30 mil habitantes.

Y si uno continúa examinando una hora y otra del ayer, descubrirá que en la época en que se publicó la obra de Juan de la Torre -1883-, Morelia era una ciudad que requería mano de obra y productos por parte de los habitantes del Barrio de San Juan de los Mexicanos. En esa época, había 52 sacerdotes católicos, 23 médicos, 103 abogados y 22 farmacéuticos.

Mensualmente eran sacrificadas, en lo que llamaban “el abasto”, 600 cabezas de ganado vacuno, cuyo valor ascendía a nueve mil pesos de aquella época; 600 carneros que representaban 900 pesos; mil 800 cerdos que significaban un valor de 18 mil pesos. Cada mes, la ciudad de Morelia consumía nueve mil fanegas de maíz, mil 800 cargas de harina; asimismo, requería 300 arrobas diarias de leche durante el período comprendido de junio a octubre, y 150 en la estación de secas, incrementándose el valor de este último a 84 mil pesos anuales.

Morelia poseía 21 capillas y templos, tres colegios, nueve escuelas públicas, dos hospitales, dos hospicios, dos panteones, dos teatros, una plaza de toros, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia y cuatro para caballos.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular barrio de San Juan, exhibe una planta de cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original de siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por los especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Una exhibe, igual que una abuela, la fecha de su fundición: 1778.

Contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios de San Agustín, el Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos también fue cerrado y se convirtió en un espacio que los moradores denominaban Plazuela de San Juan, donde indudablemente discurrieron muchas de sus horas existenciales.

Y es que entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, de manera que los amigos y las familias dialogaban plácidamente, bailaban, cantaban, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, y así lo hicieron, igualmente, los personajes que participaron en la conspiración de Valladolid, en 1809.

Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban, según los especialistas, en casas humildes y endebles que se localizaban en el barrio de San Juan de los Mexicanos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y al movimiento independiente de 1810. Nadie desconoce que Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual figuraba en un mapa elaborado en 1794 como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “Plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Al escudriñar los documentos amarillentos de la historia, uno descubre que de acuerdo con el plano que ordenó elaborar, en 1794, el intendente corregidor Felipe Díaz de Ortega, San Juan de los Mexicanos todavía figuraba, al norte de la ciudad, junto con otros poblados indígenas pequeños como San Pedro, al oriente; la Concepción y Santa Catarina, al sur. Obicácuaro, y Santiaguito también se localizaban al norte de Morelia. Evidentemente, en el ocaso del siglo XIX, algunos pueblos indígenas desaparecieron y otros, en cambio, se fusionaron a la ciudad.

Refiere la tradición que el templo de San Juan Bautista pertenecía al pueblo que se extendía desde las otrora pila de Zárate y calle Las Carreras, hasta La Cantera y la garita del Zapote. El caserío, reducido, se extendía en la campiña.

Todavía durante la madurez de la decimonovena centuria, en 1844, el espacio que ocupaba la plaza de toros y la zona aledaña, se había destinado al cultivo de maíz. El autor del “Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo”, Juan de la Torre, atribuía en su obra editada en 1883 por la Imprenta de Ignacio Cumplido, que varias circunstancias habían contribuido a la formación del barrio de San Juan, principalmente por la construcción de la plaza de toros.

El autor recordaba que en noviembre de 1844, con motivo de la fiesta derivada de la construcción de la plaza de toros, los nativos instalaron puestos o jacales pequeños alrededor de la construcción, los cuales utilizaron como moradas.

Quienes se atrevan a internarse por las rutas de la historia, entenderán que en 1850, cuando se llevó a cabo el reparto de tierras en la capital michoacana, los indígenas que habitaban las chozas que rodeaban la plaza de toros, construyeron casas más sólidas y así formaron el Barrio de San Juan.

El cementerio principal de la capital de Michoacán se localizaba, exactamente, a un costado del templo de San Juan Bautista. Si bien es cierto que los habitantes de la ciudad lo consideraban “higiénico” y con condiciones “indispensables para la salud pública” por no encontrarse expuesto a las corrientes de aire que con mayor frecuencia recibía la ciudad, admitían que no contaban con un cementerio digno y acorde a las civilizaciones de la época, la de la ancianidad del siglo XIX.

Faltaban arbolado y diseño ornamental. Incluso, existían noticias en esa época de que los cadáveres no eran sepultados a la profundidad conveniente por encontrarse las criptas próximas unas de otras, al grado de que con frecuencia no se les exhumaba oportunamente.

Por lo mismo, en 1892, durante la administración estatal de Prudenciano Dorantes, el gobierno proyectó la construcción de un cementerio en la loma de Santiaguito, para lo que se dieron los primeros pasos; no obstante, las condiciones del erario público impidieron que continuara la obra.

Hay que recordar, en consecuencia, que finalmente el acaudalado Ramón Ramírez, propietario del establecimiento comercial La Mina de Oro y de la Hacienda La Huerta, donó parte de un terreno que denominaba El Huizachal, donde en 1885 se practicó la primera inhumación, el cual fue inaugurado en las horas de 1895 y es morada final, hasta la fecha, de no pocos morelianos. De hecho, las autoridades municipales ya habían planeado en 1882 la construcción de un panteón que sustituyera los de San Juan de los Mexicanos y Los Urdiales (consultar https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2014/11/01/panteon-municipal-de-morelia-la-otra-historia-de-la-ciudad/).

Mercado de San Juan o “Revolución”

Como que traen las fragancias de la campiña, las tonalidades del terruño, el sabor de la lluvia, las caricias del sol y las formas de la vida. Saben a hortaliza, a huerta, a parcela. Recuerdan los surcos, el aire matinal, el sol brillante, las tardes lluviosas y hasta los arcoíris y las nubes.

Igual que ecuaciones, los colores, perfumes y sabores se mezclan aquí y allá, en un puesto y en otro del mercado, con rostros de aguacates, ajos, calabazas, cañas, cebollas, chayotes, chiles, cilantro, jitomates, lechugas, papas, pepinos, rábanos, tomates y zanahorias; pero también con rasgos de chabacanos, ciruelas, fresas, guayabas, mameyes, mandarinas, mangos, manzanas, melones, papayas, peras, piñas, plátanos, sandías, tejocotes, uvas y zapotes.

Y si la jamaica y el tamarindo reservan esencias deliciosas al paladar, los cocos mantienen atrapado el rumor del mar, mientras los elotes, las habas, los frijoles, el arroz, los cacahuates y el orégano compiten por un espacio. En estos pasillos, la fruta resume las huertas mexicanas; en aquellos, la verdura transporta a las parcelas, donde las manos campesinas se mezclan con el agua y la tierra para recoger trozos de vida.

Tal vez el encanto consiste en que cada cosa se agrupa en diferentes áreas del mercado. Aquí, las verduras; allá, las frutas; en aquel extremo, los arreglos florales; allende los puestos de comida y carne, los que exhiben juguetes, ropa y curiosidades; el otro espacio, las plantas.

Vida y muerte. Alegría y tristeza. Camino desde el cunero hasta el ataúd. Sí. Flores amarillas, blancas, moradas, rojas y rosas para el bebé, la quinceañera, la boda, los amantes, los enamorados, los que celebran algo y los que mueren. Sólo cambia la presentación, y ese es su hechizo y misterio.

Desde la rosa, la gladiola y la orquídea, hasta el cempasúchil, hay quienes arrancan una lágrima, un suspiro o un gesto de alegría. Se trata, en realidad, de flores, criaturas de intenso aroma y colorido que dentro de su efímera existencia acompañan a los seres humanos en sus alegrías y tristezas, en sus triunfos y fracasos, en su vida y en su muerte,

Los afiladores, casi extintos, anuncian su paso y sus servicios con las notas de sus caramillos, y reciben navajas, cuchillos y tijeras, mientras los músicos, cuando los hay, emiten notas que se mezclan con los chiflidos peculiares de los globeros, las campanas diminutas de los paleteros, las voces de los personajes típicos, los gritos de los cargadores y los murmullos de los vendedores de algodones, frituras y merengues.

Huele a mar, a establo, a granja. En los corredores, ellos, los carniceros y los aprendices, deslizan suavemente sus cuchillos sobre los pescados que aún emanan el olor del océano, en las reses que otrora pastaron en la llanura, en los cerdos de formas primitivas, en las aves liberadas de los barrotes y corrales para enfrentar su fatal destino.

Pequeño mundo donde las otras, las cocineras, preparan platillos típicos, muy mexicanos, al mismo tiempo que ellas, las mujeres nativas de algún pueblo o ranchería, comercializan nopales, tunas, aguacates, tortillas, uchepos, sopes, corundas y tamales.

Como piezas de museo, dignas de un coleccionista, de un melancólico que suspira por los muchos signos perdidos en las horas del ayer, metates, molcajetes, anafres, tortilleros, sopladores y molinillos permanecen pacientes, resignados, en espera de algún comprador.

La “yerbera” ofrece pomadas, jarabes, tés y remedios contra agotamiento, cáncer de próstata, diabetes, caída de cabello, cólicos e hinchazón de piernas, entre otros males que enumera ante las señoras que caminan cerca de su puesto, en plena competencia con las mujeres que anuncian polvos, ungüentos y fórmulas.

Durante las fiestas patrias, las banderas tricolores y los rehiletes intentan recordar fechas gloriosas; en diciembre, las tradicionales piñatas con formas de estrellas y personajes infantiles, invitan a las posadas, a cantar villancicos, a probar ponche para contrarrestar el frío invernal. Junto con las piñatas, las colaciones, el heno, el musgo y las piezas que emulan el nacimiento del Niño Jesús, quedan grabados en la memoria infantil, en los pequeños que se ilusionan y llevan consigo imágenes mágicas.

Ropa, juguetes, fruta, verdura, arreglos florales, coronas para muertos, trastes, plantas, alimentos, alfarería, antojitos, tés y tantas cosas que sintetizan un mundo, el de los mexicanos, quienes mezclaron, hace centurias, los productos de Europa con los de América.

Los mercados de este país, como el “Revolución”, en el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos, resumen rincones insospechados, el colorido intenso, los sabores y los aromas de un suelo exquisito. Como que simbolizan el más auténtico mexicanismo.

El que se localiza en San Juan, es un mercado tradicional de Morelia con casi media centuria de haberse fundado, que rememora a los antiguos habitantes de la ciudad, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas que moraban en la ciudad.

La modernidad y la influencia de la publicidad de la hora contemporánea, cuyas formas y reflectores envuelven a los consumidores y los transportan a un mundo de apariencias y superficialidades, parecen ensombrecer los mercados tradicionales, donde uno, al caminar, siente el palpitar del más puro mexicanismo.

Mercados del centro histórico de Morelia, símbolo del mexicanismo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como que traen las fragancias de la campiña, las tonalidades del terruño, el sabor de la lluvia, las caricias del sol y las formas de la vida. Saben a hortaliza, huerta, parcela. Recuerdan los surcos, el aire matinal, el sol brillante, las tardes lluviosas y hasta los arcoíris, las nubes y los riachuelos.

Igual que ecuaciones, los colores, perfumes y sabores se mezclan en perfecto equilibrio, aquí y allá, en un puesto y en otro del mercado, con rostros de aguacates, ajos, calabazas, cañas, cebollas, chayotes, chiles, cilantro, jitomates, lechugas, papas, pepinos, rábanos, tomates y zanahorias; pero también con rasgos de chabacanos, ciruelas, fresas, guayabas, mameyes, mandarinas, mangos, manzanas, melones, papayas, peras, piñas, plátanos, sandías, tejocotes, uvas y zapotes.

Y si la jamaica y el tamarindo reservan esencias deliciosas al paladar, los cocos mantienen atrapado el rumor del mar, mientras los elotes, las habas, los frijoles, el arroz, los cacahuates y el orégano compiten por un espacio. En estos pasillos, la fruta resume las huertas mexicanas; en aquellos, la verdura transporta a las parcelas, donde las manos campesinas se mezclan con la tierra para recoger trozos de vida.

Tal vez el encanto consiste en que cada cosa se agrupa en diferentes áreas del mercado. Aquí, las verduras; allá, las frutas; en aquel extremo, los arreglos florales; allende los puestos de comida y carne, los que exhiben juguetes, ropa y curiosidades; en otro espacio, las plantas.

Vida y muerte. Alegría y tristeza. Camino desde el cunero hasta el ataúd. Sí. Flores amarillas, blancas, moradas, rojas y rosas para el bebé, la quinceañera, la boda, los amantes, los enamorados, los que celebran algo y los que mueren. Sólo cambia la presentación, y ese es su hechizo y misterio.

Desde la rosa, la gladiola y la orquídea, hasta el cempasúchil, hay quienes arrancan una lágrima, un suspiro o un gesto de alegría. Se trata, en realidad, de flores, criaturas de intenso aroma y colorido que dentro de su efímera existencia acompañan a los seres humanos en sus alegrías y tristezas, en sus triunfos y fracasos, en su vida y en su muerte

Los afiladores, casi extintos, anuncian su paso y sus servicios con las notas de sus caramillos, y reciben navajas, cuchillos y tijeras, mientras los músicos, cuando los hay, emiten notas que se mezclan con los chiflidos peculiares de los globeros, las campanas diminutas de los paleteros, las voces de los personajes típicos, los gritos de los cargadores y los murmullos de los vendedores de algodones, frituras y merengues.

Huele a mar, establo, granja. En los corredores, ellos, los carniceros y los aprendices, deslizan suavemente sus cuchillos sobre los pescados que aún emanan el olor del océano, en las reses que otrora pastaron en la llanura, en los cerdos de formas primitivas, en las aves liberadas de los barrotes y corrales.

Pequeño mundo donde las otras, las cocineras, preparan platillos típicos, muy mexicanos, al mismo tiempo que ellas, las mujeres nativas de algún pueblo o ranchería, comercializan nopales, tunas, aguacates, tortillas, uchepos, sopes, corundas y tamales.

Como piezas de museo, dignas de un coleccionista, de un melancólico que suspira por los muchos signos perdidos en las horas del ayer, metates, molcajetes, anafres, tortilleros, sopladores y molinillos permanecen pacientes, resignados, en espera de algún comprador.

La “yerbera” ofrece pomadas, jarabes, tés y remedios contra agotamiento, cáncer de próstata, diabetes, caída de cabello, cólicos e hinchazón de piernas, entre otros males que enumera ante las señoras que caminan cerca de su puesto, en plena competencia con las mujeres que anuncian polvos, ungüentos y fórmulas.

Durante las fiestas patrias, las banderas tricolores y los rehiletes intentan recordar fechas gloriosas; en diciembre, las tradicionales piñatas con formas de estrellas y personajes infantiles, invitan a las posadas, a cantar villancicos, a probar ponche para contrarrestar el frío invernal. Junto con las piñatas, las colaciones, el heno, el musgo y las piezas que emulan el nacimiento del Niño Jesús, de acuerdo con la concepción católica, quedan grabados en la memoria infantil, en los pequeños que se ilusionan y llevan consigo imágenes de un mundo casi mágico.

Ropa, juguetes, fruta, verdura, arreglos florales, coronas para muertos, trastes, plantas, alimentos, alfarería, antojitos, tés y tantas cosas que sintetizan un mundo, el de los mexicanos, quienes mezclaron, hace centurias, los productos de Europa con los de América.

Los mercados de este país, como el “Revolución”, en el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos, o el “Independencia”, a la orilla del centro histórico de Morelia, resumen rincones insospechados, el colorido intenso, los sabores y los aromas de un suelo exquisito. Como que simbolizan el más auténtico mexicanismo.

El que se localiza en San Juan, es un mercado tradicional de Morelia con casi media centuria de haberse fundado, que rememora a los antiguos habitantes de la ciudad, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas que moraban en la ciudad, mientras el otro, el Independencia, es enlace del que antaño funcionó en la Plaza Valladolid, conocida popularmente como de San Francisco. También figura, en el centro histórico de Morelia, el mercado “Nicolás Bravo”, mejor conocido como del “Santo Niño”.

La modernidad y la influencia de la publicidad de la hora contemporánea, cuyas formas y reflectores envuelven a los consumidores y los transportan a un mundo de apariencias y superficialidades, parecen ensombrecer a los mercados tradicionales de los mexicanos.

Los mercados morelianos, igual que los que se encuentran en el territorio nacional, resumen las costumbres y esencia de los mexicanos, su ayer y hoy. Hay turistas en el mundo que dedican parte de sus itinerarios a recorrer mercados porque saben que allí, entre la gente, la mercancía y los puestos, palpitan el espíritu y los signos de las culturas. Hay que dedicar un día a recorrer los mercados del centro histórico de Morelia, para después de enriquecerse con la experiencia de percibir los aromas, colores, formas y rumores, pasear por las callejuelas centenarias y quizá, si se antoja, deleitar el paladar con un delicioso platillo.