Pasión con 101 años de flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas las incluyen, lo mismo si son alegres, románticos o tristes, igual que una noche no olvida sus estrellas enclavadas en la galería celeste. Acompañan a los seres humanos desde el dintel de la aurora hasta el umbral del ocaso, lo mismo en los instantes dichosos que en los minutos dolorosos, como si por medio de su belleza recordaran la fugacidad de la existencia.

De rostros dulces y finos, tan sutiles como la brisa, el crepúsculo o las nubes, brotan de la intimidad de la tierra y presumen sus aromas, colores y formas, quizá cual fragmentos de un vergel olvidado o de un paraíso real, fantástico o perdido, o tal vez en un intento de recordar la alegoría de una existencia efímera en el mundo.

Junto con la lluvia, el rocío, las nubes y las horas, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de los esquemas de la inmortalidad, un fragmento para deleitarse, reflexionar y no olvidar que la vida es breve. Policromadas y fragantes, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de las montañas, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles con piedras y cortezas musgosas, con su pulso al compás de la naturaleza, para acompañar a la gente en todos los acontecimientos.

Desde el cunero hasta el ataúd, hombres y mujeres están acompañados de flores. ¿No acaso alguien obsequia un arreglo floral a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente uno lleva una corona a quien ha muerto? Aparecen en los paisajes naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y también, es cierto, para las tristezas. ¿Quién que es no se ha conmovido o estremecido al recibir una flor?

Coquetas y ufanas, recuerdan la fugacidad de los días de la existencia. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asoman su cutis multicolor y perfumado al cielo y miran la marcha de las nubes de formas caprichosas. Todas son bellas y poseen nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, lilís, margaritas, orquídeas, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, por lo mismo, fronteras.

Tal vez por eso le cautivó la magia de las flores. Discurrían, entonces, los minutos de 1915, en los años convulsivos de México, cuando ella, Teresa Reyes Corona, doña Tere, moreliana nacida en el siglo XIX, inició su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, época en que la capital de Michoacán aún conservaba su maquillaje pintoresco con casonas de cantera, balcones con herraje y portones de madera.

Emprendedora, como lo habían sido sus padres en la centuria anterior, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a un lado del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, donde coexistían incontables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines, porque los claveles abundaban por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente de la ciudad, rumbo al cerro del Punhuato.

Aquellos eran otros días, recuerda con nostalgia Guillermo Fabián Reyes, hijo de Teresa, quien nació entre flores y aprendió el secreto del negocio. Amplio y distribuido en lo que actualmente es la Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces y en su interior se encontraban los otros, los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, estaban los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano -hoy Casa de las Artesanías de Michoacán- y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

El del Mercado Valladolid era pequeño mundo, hogar, escenario de los comerciantes que diariamente convivían y compartían alegrías y olores, noticias y acontecimientos. Después de todo, don Guillermo lo sabe, los mercados son casa y punto de encuentro. “Parecíamos una gran familia, rememora don Guillermo, porque todos nos conocíamos. Compartíamos nuestros días e historias”.

Y en verdad, cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir sus capítulos e historias. En el Mercado Valladolid, “que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos Judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos buena relación entre nosotros y los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico de Morelia”, la capital del estado mexicano de Michoacán.

Guillermo recuerda, también, a su madre con intenso amor. Si sabe que ella, Teresa, fundó la florería en 1915, no olvida que adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia o que las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, al oriente de Michoacán, entre 1938 y 1940.

Los rumores de la historia flotan en su memoria, en su corazón, y señala, entonces, el calendario que todavía cuelga en su negocio, ya en el Mercado Independencia, con un año distante, el de 1965, cuando Teresa, su madre, entregó el último almanaque. Bien conservado, el calendario presume el nombre del negocio que fundó su madre: “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Guillermo sabe que hay flores para la vida y la muerte, la alegría y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Al conversar con él, el hijo de Teresa, la mujer que fundó el negocio de durante las horas de 1915, afirma nostálgico y con gesto que refleja la satisfacción y tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, “la empresa terminará cuando yo concluya mi jornada”.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán