De nombre y apellidos. Luis Navarro García: Morelia nos toca

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es algo más que un eslogan, una llave política, una máscara, un truco, una ocurrencia o una moda; se trata, en realidad, de un estilo de vida, un anhelo, una y muchas acciones más por objetivos comunes, un compromiso, una realidad. Morelia nos toca, es un deseo legítimo de transformar el entorno, agregarle lo mejor de sí y multiplicarlo para bien de los habitantes de la capital de Michoacán* y las poblaciones aledañas.

Creador de esta iniciativa ciudadana, Luis Navarro García, empresario en el ramo mueblero, explica que Morelia nos toca presenta dos ángulos, el de su clima, sus paisajes naturales, su inigualable arquitectura colonial, su historia y sus tradiciones, que cautivan y enamoran a quienes tienen la fortuna de conocer ese rostro y sentirse envueltos en un ambiente privilegiado que a veces se siente, por lo que es, pedazo de terruño, rincón del mundo irrepetible, hermoso e inolvidable.

Morelia, agrega el empresario, abraza y envuelve con sus atributos, con lo que es en esencia y forma, siempre con algo bueno para quienes moran en su geografía y, desde luego, para aquellos que la visitan y recorren fascinados por sus atractivos.

En ese sentido, Morelia es vida y naturaleza, musa e inspiración, abrigo y diversión, estudio y trabajo, hogar y paseo, ambiente familiar y social, hogar y poema, escenario de múltiples expresiones que cada instante escriben la historia de hombres y mujeres que la habitan o la conocen y exploran. Morelia es cuna, principio y fin, punto de encuentro, y toca a todos con su encanto.

La otra vertiente de Morelia nos toca, argumenta el exfuncionario público y expresidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la capital de Michoacán, consiste en lo que a cada morador, hombre o mujer, corresponde entregar lo mejor de sí a favor de la ciudad y las poblaciones rurales que forman parte del municipio.

Existe una multiplicidad de alternativas para hacer algo positivo e importante por Morelia, sin olvidar que al llevarlo a cabo, el efecto resultará grandioso y favorecerá a la generación de la hora contemporánea, desde niños hasta personas de mayor edad, y a quienes se sumen después a las familias, a las comunidades, a la sociedad, argumenta Luis..

Dentro de su proyecto ciudadano, diariamente suma y multiplica el número de personas que se sienten atraídas por su propuesta, ya que la perciben como es, ausente de rufianes políticos, abierta a iniciativas orientadas al bien, al progreso integral y sostenido.

Evidentemente, este hombre -empresario, expresidente de la agrupación de comerciantes más antigua y de mayor tradición en Michoacán y exfuncionario municipal, estatal y federal en materia económica-, quien nació en una familia tradicional y ha radicado en Morelia por el amor que le tiene a su cuna, a lo que es tan de uno cuando se nace con el orgullo de un lugar, es concertador y respetuoso, dispuesto a escuchar, diseñar estrategias, desafiar obstáculos, enfrentar problemas y presentar resultados positivos.

Resulta entendible que la gente, en México, se sienta defraudada de la clase política, con una carga impositiva voraz e irracional que embiste y desnuda y no corresponde a la capacidad y a las respuestas gubernamentales, y el peso de una burocracia lenta e ineficiente, en un entorno de caos general, salpicado de desempleo, devaluación, carencia de inversiones productivas, inseguridad, desmantelamiento de la educación y la salud versus los mercenarios que están aprovechando esa crisis, desigualdad social, inflación, atropellos, injusticias y deshonestidad.

Ante tal escenario, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en la geografía nacional, siente repugnancia por los mismos rostros cínicos que cambian de partido político de acuerdo con su conveniencia e intereses, como si mudarse de institución y abanderar otros colores influyera en la rectitud de las personas.

Aclaro, por surgen críticas o dudas, que Luis no es oportunista ni alguien que pretenda resurgir de sus cenizas, como existen algunos casos muy evidentes en la Morelia que toca a sus moradores. Me consta que es hombre independientemente, libre de grupos políticos, amigo y conocido de todos, cuyo interés se basa, exclusivamente, en contribuir al progreso y la tranquilidad de la ciudad donde nació.

No acostumbro, en mis artículos, adular a la gente. Jamás lo he hecho, y cuando me lo solicitaron en los medios de comunicación, me molestó demasiado recibir instrucciones para actuar como farsante y mercenario. No recibo dinero ni favores a cambio de publicarle a alguien un texto elaborado entre los maquillajes de un tocador cargado fotografías, teclas y letras encantadoras, motivo por el que tal vez me encuentro desterrado de grupos que se apropian de las oportunidades laborales y profesionales; sin embargo, ese rasgo da la certeza, también, de que si, como escritor y periodista, hablo de una persona, es con autenticidad, y hoy, al mencionar el nombre de Luis Navarro García, lo hago en reconocimiento a la labor ciudadana que realiza con la idea de aportar algo positivo a Morelia Y claro, lo escribí correctamente, tocador. En eso se convierten los escritorios cuando alguien maquilla y publica historias y perfiles lejanas de la realidad.

Evitaré relatar las historias que él y yo, como amigos, hemos compartido, unas veces en la oficina con alguna responsabilidad y otras, por ejemplo la oportunidad que me dio de escribir y publicar el libro 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, cuando fue presidente de esa agrupación, y me concretaré a exponer que tiempo atrás, al tener la responsabilidad de desempeñar el cargo de secretario municipal de Fomento Económico, respaldó otra iniciativa, en conjunto con empresarios y consumidores, denominada Haz Barrio, la cual, por cierto, ausente de banderas políticas, contó con el respaldo de incontables ciudadanos interesados en favorecer el consumo local y fortalecer los negocios familiares y pequeños.

Coordinó el proyecto con agrupaciones productivas de Morelia -Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico, Chapultered y Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y Alimentos Condimentados de Michoacán, por citar algunas-, y tal esfuerzo conjunto llevó a que incontables familias tuvieran mayor conciencia de destinar parte de sus compras en tiendas locales con la consecuente reinversión y circulación del dinero, acción que coadyuvó a fortalecer los negocios familiares y pequeños y conservar el autoempleo y diversas fuentes laborales. Fue un programa exitoso que, lamentablemente, en la administración municipal que le sucedió no recibió el apoyo ni la importancia que merecía por sus resultados favorables, actitud caprichosa y necia que no es de extrañar en un gobierno que derrochó recursos en construir un andador con pista, juegos y mesas y bancas de concreto a la orilla de un canal de desagüe y en clausurar vialidades en el centro histórico, como quien gasta su presupuesto en comprar adornos antes de restaurar y ordenar su casa.

Tras el breve paréntesis, es prioritario informar que la propuesta que Luis Navarro García diseñó y promueve, está abierta, según explicó, a la aportación de iniciativas ciudadanas, aplicables y realistas, que sumen y multipliquen progreso, igualdad, respeto, justicia y cambios estructurales y de beneficio colectivo en temas relacionados con empresas, inversiones productivas, compra local, generación de empleos, educación, seguridad, mejoría de los servicios públicos y salud, entre otros.

Recientemente, tras varios meses de ausencia, coincidí con Luis Navarro García, a quien acompañé a una entrevista con otro amigo mutuo, mi colega Víctor Armando López Landeros, director general de La Página Noticias. La entrevista, transmitida en vivo a través de la web del portal de noticioso, consistió, básicamente, en la iniciativa Morelia nos toca.

Al escuchar los planteamientos de Luis, quien ahora tiene 42 años de edad, me pareció mirar al hombre emprendedor, inagotable y entusiasta, tiempo atrás, en su etapa de secretario municipal de Fomento Económico, con quien un fin de semana, otro y muchos más salíamos a las avenidas y calles de Morelia a promover la iniciativa Haz Barrio. Con el equipo de trabajo que tenía en aquellos días, aprovechábamos los semáforos en rojo con el propósito de convencer a los automovilistas del programa ciudadano Haz Barrio y pegar calcomanías en los cristales; pero también recorrimos mercados y calles, siempre motivados por el liderazgo, la energía y el optimismo que le caracterizan.

He mirado su imagen en múltiples espectaculares instalados estratégicamente en la capital de Michoacán, indicativo de que cada día mayor cantidad de personas se adhieren a la iniciativa ciudadana Morelia nos toca, indudablemente porque es más la gente que desea aportar y construir que arrebatar y destruir.

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*Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

Mensaje del empresario Luis Navarro García sobre su iniciativa Morelia nos toca
Entrevista a Luis Navarro García, en La Página Noticias

Muñeca de trapo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga y Renata Sofía Galicia Arredondo

Soy caminante incansable. Me encanta recorrer centros históricos, aldeas, callejuelas pintorescas, jardines con calzadas y fuentes, rincones insospechados y plazas, e incluso beber café en un restaurante al aire libre, asistir a museos y a teatros, entrar al cine, asistir a presentaciones de libros, disfrutar exposiciones pictóricas y comer pizza o navegar en un bote de remos con queso, pan y vino.

Eso significa que en mis correrías interminables, también he explorado otras posibilidades y conocido a la gente, a los moradores de cada lugar, en sus mercados, en sus fiestas populares, en sus expresiones, en su gastronomía, en sus diálogos, en su música, en su artesanía y en sus rostros sin maquillar.

Al deambular por avenidas y calles de urbes y pueblos mexicanos, he notado la presencia de mujeres indígenas, sentadas en las banquetas, con una tela o papel en el suelo, donde colocan las muñecas de trapo que elaboran artesanalmente, casi rogando a los transeúntes que pasan indiferentes y a veces hasta con desdén, les compren alguna pieza. Tales escenas, que se repiten cotidianamente, me asombran, entristecen y preocupan; sin embargo, más que explicar los motivos, daré libertad a una muñeca de trapo, dentro de mi imaginación, para que hable y exprese su realidad:

Soy una muñeca de trapo, símbolo del más puro mexicanismo, peinada con trenzas y moños de colores, con piel morena y vestido bordado con hilos de intensa policromía. Manos indígenas, curtidas por el sol, la tierra, el viento, la lluvia y los días repetidos, me elaboraron pacientemente, igual que a mis compañeras, con la esperanza e ilusión de comercializarnos para comer algo y sobrevivir un día más.

Desconocemos el rumor de la maquinaria que produce en serie. No sabemos lo que significa la multiplicación de un rostro y un cuerpo en material sintético, como el plástico, ni conocemos la sensación de permanecer atrapadas en el embalaje y expuestas en anaqueles de tiendas caras en las que no poca gente suele aparecer con la idea de cubrir los huecos de sus existencias y ser alguien en un mundo de aparadores, maniquíes, reflectores y espejos.

En nuestra memoria de hilo y trapo, con rasgos indígenas, conservamos el canto del quetzal y el cenzontle, y el aroma de las flores de cempasúchil, los ahuehuetes y los huizaches; pero también, en ocasiones, el perfume del maíz y los fogones, por el simple orgullo de ser mexicanas.

No obstante nuestra belleza indígena y representar símbolos y valores mexicanos, inconfundibles, formamos parte de un espectáculo denigrante y triste. Las mujeres de rasgos autóctonos -oh, hay muchas personas que desean borrar y desmantelar sus perfiles indígenas y mestizos, a pesar de tenerlos- nos acomodan en el suelo, donde la gente pasa indiferente, con la esperanza de que alguien se interese en una de nosotras y pague el valor justo.

Acostumbrados a lo ligero -si una marca lo escribe en inglés, le da mayor categoría y le abre las puertas del mercado nacional, igual que un rostro sintético que aplasta uno natural-, hombres y mujeres no se fijan en nosotras, que somos de barro y humo, comal y tierra, color y trapo. No pocos transeúntes nos miran con desdén, como si pertenecer a una raza autóctona mereciera repugnancia, y si acaso se interesan en comprarnos como pieza de folklore, regatean el precio, lo negocian, sin pensar, ante su falta de sensibilidad, que denigran a su propia raza y explotan a una persona, a una familia, a un pueblo, sometido, a través de la historia y los siglos, a los abusos, el desprecio y las injusticias.

Somos hermosas e irrepetibles las muñecas de trapo. Cómprenos. Recuerden que detrás de cada una de nosotras, existen manos artesanales, mayúsculas y minúsculas, orgullosas de ser mexicanas, con aspiraciones, sueños, necesidades e ilusiones, como todo ser humano.

Ustedes que enloquecen en los estadios al competir el equipo de su país -por cierto, a veces integrado por jugadores extranjeros- y asisten con banderas a fiestas en las que reproducen los colores de los símbolos patrios en sus caras, y comen alimentos del país y tienen rostros y linaje de gente mexicana, no desprecien su origen, valoren lo que son y lleven ese orgullo puro a todo el mundo.

Somos muñecas artesanales de trapo, elaboradas pacientemente por manos indígenas que huelen a campo, fogón y barro, orgullosamente mexicanas. No desprecien nuestro origen ni permitan que la mercancía en serie y las superficialidades aniquilen la estirpe a la que pertenecemos. Igual que ustedes, somos mexicanas, con la diferencia de que mostramos nuestros rostros naturales con el orgullo que sentimos.

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Mujeres de siempre: Rosemarie Schade, de “niña de guerra” a dama de viajes y de bien a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles… Rosemarie Schade

El mapa del mundo estaba cuadriculado y roto. Tenía círculos, anotaciones, fechas, signos. Olía a miedo, bombardeos, destrucción, muerte, desolación. El presente era un hoy fragmentado y resultaba aterrador, aplastante, digno de un paisaje surrealista, mientras el futuro, el amanecer del siguiente día y las auroras y los ocasos que le sucederían implacables e indiferentes, parecían inciertos. Cada instante llevaba consigo la repetición del miedo, la réplica de la incertidumbre que provocaba la guerra. La crueldad, el odio y la rivalidad entre personas y naciones, desconocen fronteras, inocencia, sonrisas, sentimientos nobles e ilusiones, y destruyen ciegamente muros y puentes, rompen las cadenas de la coexistencia armónica, aniquilan vidas. Todo queda fracturado en una guerra.

Uno, en una guerra, se siente muerto y solo. El hambre, el miedo, el ruido incesante de la artillería, la sangre, los gritos desgarradores y sus silencios repentinos, ahogan, y más al contar las ausencias en la lista de familiares y seres amados, al notar las faltas de nombres y apellidos en la vida desmaquillada, al contemplar las escuelas derruidas, al descubrir los hospitales improvisados en incesante lucha por rescatar el aliento de los moribundos, al probar el cáliz de la amargura, el pánico y la incertidumbre.

Los pedazos de muñecas y juguetes -eco de una infancia mancillada e interrumpida-, las puertas y los muros perforados por las balas, los cristales rotos, el humo que escapa de las casas derruidas, las cosas y los papeles dispersos en las calles pletóricas de escombros, las fotografías incompletas, los hogares ultrajados, la ropa manchada de sangre y mugre, los residuos humanos y sociales, todo se vuelve ruina, recuerdo, locura, amnesia. Las pesadillas escapan de los sueños y aparecen, cual fantasmas, en la realidad. La noche se vuelve día. El día se hace noche.

Aquella generación de adultos, con sus llamados “niños de guerra”, vivió lo indecible. Unos eran náufragos de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial, registrada entre 1914 y 1918; otros venían de orillas cada vez más distantes, las de las últimas décadas del siglo XIX, y algunos más eran demasiado jóvenes. Vivieron una de las pesadillas de la vigésima centuria. Un día, al amanecer, despertaron y el panorama mundial era diferente al que conocían, amenazante y mortal, y cayeron unos y se levantaron otros, hasta que hubo un final con la posibilidad de un inicio.

Incontables hombres y mujeres intentaban disimular ante sus hijos los rostros de la Segunda Guerra Mundial y les presentaban, en la medida de lo posible, lecturas, juegos e historias, distracciones que parecían máscaras endebles que pronto caían al aparecer, de improviso, escenas inevitables, sangrientas y aterradoras, mientras otros, en tanto, les hablaban directamente sobre la realidad de aquel período. ¿De qué sirve, entonces, saberse parte de la historia global, si la vida se siente amenazada y cada instante se desmorona ante el riesgo de la muerte?

Quizá, una noche silenciosa, tras una mañana y una tarde de bombardeos, invite a evocar los días de un ayer reciente, a repasar los nombres y rostros familiares y amados, a recordar historias y vivencias, y a reflexionar acerca del sentido de la existencia humana y sus cosas. Llora la gente por lo perdido, por la interrupción abrupta de su historia y sus planes. Y todos preguntan, sin duda, por qué los seres humanos, si somos hermanos, nos odiamos tanto y causamos daño.

En diciembre de 1944, la niña Rosemarie, quien nació en Königsberg -hoy Kaliningrad, Rusia-, capital de Prusia Oriental a partir de la denominada Baja Edad Media, hasta 1945, al ser tomada la ciudad por los soviéticos, cerca del río Pregolia que se fundía en la laguna del Vistula y próxima a las hermosas playas del Mar Báltico, desconocía que el mundo se deformaba por el odio de la humanidad transformado en guerra.

Rosemarie era, hasta entonces, una niña muy feliz, educada en un ambiente familiar de cariño, atenciones y consentimiento. Su madre y su niñera le dedicaban la mayor parte de su tiempo y se esmeraban en que su infancia fuera dichosa e inolvidable.

Su padre, Alfred Heine, era profesor de Matemáticas, Física y Química. Impartía clases en una escuela secundaria, en Wuppertal, Rheinland, a aproximadamente 50 kilómetros de Colonia. En ese lugar, sus padres tenían una fábrica de cartón que fue destruida, años más tarde, por los bombardeos.

No obstante, en 1936, el profesor Alfred Heine fue obligado por los nazis a abandonar su ciudad materna con la idea de trabajar a unos mil kilómetros de distancia, en Prusia, con la intención de sumarse a la enseñanza y fortalecer la educación ante la escasez de maestros.

Fue allá, en Prusia, donde el maestro conoció a Gerda Bisler, la mujer de la que se enamoró y con quien tuvo tres hijos: Lore, Bernd y Rosemarie. Evidentemente, Rosemarie era la más pequeña. Su madre era maestra de párvulos, motivo por el que la pareja contrató una niñera.

Los días infantiles de Rosemarie discurrían felices y parecían, por lo mismo, inagotables, hasta que aquel invierno, en diciembre de 1944, la familia acudió puntual a su cita con el destino y se miró de frente ante los desfiladeros de la historia y la realidad. El ambiente enrareció en casa y en el entorno. La pequeña miraba a su madre callada y nerviosa. Preparaba equipaje con apresuración. Una vez con las maletas, la mujer se trasladó con sus tres hijos a la estación del tren, rumbo a Praga, sin proporcionarles explicaciones.

Silenciosos, en un ambiente de apresuramiento y temor, la maestra de párvulos y sus tres hijos fueron acompañados por el profesor, a quien resultó imposible ir con ellos en el furgón porque debía retornar a la compañía militar, donde entonces se desempeñaba como telegrafista, función que le ayudó a obtener información acerca de la proximidad del Ejército Rojo que pronto llegaría a Prusia.

El viaje en ferrocarril parecía lento. Las ruedas de hierro pasaban una y otra vez sobre los rieles, como midiendo y calculando sus vueltas, al mismo tiempo que el vapor escapaba de la locomotora y se perdía al recibir las caricias del viento, mientras ellos, los pasajeros, miraban los escenarios desde las ventanillas con la esperanza y la urgencia de llegar pronto y a salvo a sus destinos.

Gerda intentaba mantenerse serena con la intención de no transmitir miedo y nerviosismo a sus hijos; pero cada parada, retroceso, cambio de velocidad o recorrido del supervisor de la línea ferroviaria, la inquietaba. Sentimientos tan inexplicables y poderosos se hospedaban en ella y, por lo mismo, le resultaba complicado hablar y sonreír. Estaba distraída en sus pensamientos, en ese estado extraño al que resbalan quienes viven situaciones inimaginables.

Una vez en Praga, la familia del profesor Alfred Heine abordó otro tren. La mujer y sus hijos viajaron hasta Austria, donde se instalaron en la habitación modesta de una villa antigua, la cual fue bombardeada y destruida por artillería norteamericana.

Aterrorizada por los bombardeos y las ráfagas de balas, entre gritos de personas, estallido de cristales y derrumbe de construcciones, Rosemarie, la pequeña Rosemarie, escondió debajo de las escaleras, donde permaneció refugiada durante varias horas, hasta que Gerda y sus hijos la encontraron.

Ella misma lo describe en alemán: “desafortunadamente, no hay paraíso en la tierra, pero tal vez sea algo bueno. De esta manera, apreciamos aún más lo positivo que tenemos. En realidad, permanecí enterrada horas después del colapso en la villa vieja de Austria. Mi hermana, que es mayor, me lo relató hace algunos años. Esa es, probablemente, la razón por la que tengo miedo a las habitaciones cerradas e incluso a las tormentas eléctricas fuertes. He aprendido a vivir con eso… Mi madre, en sus últimos años, se arrastraba debajo de la cama cuando había tormentas. Pienso en las muchas personas en zonas de guerra a las que nadie ayuda”.

La casa y la villa estaban desfiguradas. Aquí y allá, en un espacio y en otro, el rostro y la historia de una aldea antigua fueron alterados por las bombas, el fuego, las balas y la muerte. Fue, sin duda, el primer encuentro de Rosemarie con la guerra. Allí aprendió, sin duda, que la vida no significaba jugar con muñecas y soñar en un mundo de fantasía; la realidad parecía algo más serio y grave, tan ácido como el odio con que disparaban los militares.

El chalet donde vivía la familia Heine fue destruido por una bomba norteamericana. La misma Rosemarie aparece en una fotografía, montada en un burro, días antes de que la bomba destruyera la construcción. Atrás de ella se distingue la edificación antigua. Era muy pequeña. Ella misma cita: “solamente fueron unas pocas semanas felices en el bello chalet viejo situado a orillas del Zeller See, en Austria. Poco después, una bomba de los norteamericanos destruyó completamente el chalet y mi madre tuvo que buscar otra vez una habitación para nosotros”.

Gerda se probó a si misma. Era responsable de proteger a sus tres hijos. Consiguió una habitación en la alta montaña, cuyo dueño, paisano de la familia, tuvo compasión. La otrora maestra de párvulos tricotaba y laboraba en el campo y en el establo.

Hay momentos, en la vida, en que los seres humanos enfrentan los desafíos y los obstáculos del destino y tienen oportunidad de medirse y crecer o caer, y ella, Gerda, demostró de qué material estaba hecha al asumir los riesgos de un conflicto armado a nivel mundial, trabajar arduamente en la campiña y en el establo y atender, cuidar y educar a sus hijos Lore, Bernd y Rosemarie.

Tras el fin de la guerra, todos los alemanes, como ellos, salieron inmediatamente de Austria. Gerda y sus hijos se hospedaron en una habitación en Bavaria, mientras Alfred Heine, quien abandonó la base militar, no encontró empleo como profesor, situación que lo motivó a conseguirlo en Leverkusen, Rheinland, su región materna.

El profesor Alfred Heine no encontró en Leverkusen un departamento para alojar a su familia, la cual permaneció en Bavaria. Se sufre después de los conflictos bélicos. Quienes no mueren por la artillería, se encuentran de pronto frente a sí, desprovistos de presente y con un porvenir incierto, con un destino y un paisaje desfigurados que retan a luchar y armar los pedazos dispersos e incompletos.

Alfred Heine visitaba a su esposa y a sus tres hijos durante los períodos vacacionales. Para Gerda y sus hijos resultaba un período tranquilo, feliz y extraordinario la ausencia del profesor, quien solía gritar y pegar sin motivo en determinadas ocasiones. De pronto, se volvía un hombre severo.

La familia de Rosemarie era pobre, pero a cambio se desarrollaba en un ambiente apacible e inmersa en un paisaje hermoso, con un lago donde la pequeña aprendió a nadar. Su madre la inscribió en una escuela local y pronto consiguió una amiga con quien diluyó las horas infantiles y compartió juegos, pláticas, recuerdos, momentos.

Gerda experimentaba dolor y tristeza. Había perdido todo, a sus padres y amigos, los lugares en los que se desarrollaron su niñez y adolescencia, su empleo como profesora de párvulos y el dinero ahorrado e invertido. Añoraba con nostalgia los otros años, los del ayer, cuando vivía en Prusia, en excelentes condiciones económicas. Al parecer, su padre murió durante la guerra. Una e incontables veces se preguntaba por el destino de su progenitor. No tenía a su madre a su lado, y menos a su hermana con seis hijos, quien moraba cerca de Stuttgart. Desde la profundidad de su ser, la mujer deseaba que nunca más volviera a registrarse otra guerra.

En la hora actual de su existencia, Rosemarie abre las páginas de su memoria y suavemente da vuelta a las hojas, hasta que evoca el episodio en que durante el bombardeo, perdió su pequeña liebre de tela, extravío que le causó mucho dolor y tristeza.

Días más tarde, la pequeña Rosemarie notó la presencia de una mujer que subió hasta la habitación familiar, en la alta montaña, quien le entregó gentilmente su querida liebre, compañera de tantos juegos, imaginación e historias infantiles durante las horas más cruentas de su existencia. Se sintió agradecida e intensamente feliz, y descubrió que hasta en los momentos menos afortunados, existe la posibilidad de encontrar un destello.

Rosemarie estudió en Colonia. Se formó profesionalmente en Ciencias Económicas y en Español; mas no consiguió empleo adecuado porque en 1967 había gran cantidad de suspensiones en las actividades productivas de Alemania. Solamente una empresa que fabricaba armas y municiones, con contactos de negocios en Sudamérica, le dio oportunidad de desarrollarse laboralmente como traductora del alemán al español. Definitivamente, el proyecto existencial de la ya entonces joven Rosemarie era superior a permanecer siempre en una fábrica de armas. Nuevamente ingresó a la escuela con la idea de estudiar y convertirse, a través de los años, en profesora de Matemáticas y Español.

Retorna a su período infantil en Bavaria y asegura que se sentía inmensamente dichosa cuando su padre no se encontraba en casa. Todos, en el ambiente apacible del hogar, tenían libertad de jugar con objetos que encontraban en el suelo e ir a los alrededores y nadar en el lago.

Y así, entre una hora y otra, la infancia se diluía con sus luces y sombras, con el sí y el no de la vida. Como toda mujer que ha sufrido los estragos y la persecución de la guerra, soñaba y le ilusionaba la idea de no padecer más hambre y tener mayor espacio en su casa. Por cierto, “cuando recibíamos la visita de mi padre, éramos cinco personas las que ocupábamos la habitación, más un ganso y tres conejos que planeábamos comer un día”, evoca con la nostalgia y la sabiduría de quien ha vivido intensamente.

Y reconoce: “mi juventud no fue muy feliz. Mis padres y mis profesores eran demasiado autoritarios. En la escuela a la que asistía, había muchas chicas de familias ricas, mientras yo no podía comprar los libros y las cosas necesarias. Tenía que trabajar para ganar dinero y así estudiar. No vivía libre de las amonestaciones por parte de mi padre y de los profesores, y, a la vez, soñaba con ser independiente y poder marcharme a cualquier sitio con mi madre y mis hermanos. Leía mucho y deseaba irme a los países citados en los libros”.

Hace un paréntesis con la finalidad de relatar: “tenía una pasión que de cierta manera daba sentido a mi vida, y era tocar el piano con excelencia, virtud que me acercó a una banda de Jazz, cuyos integrantes éramos cinco muchachos y yo, la única mujer. Tocábamos en discotecas y en diversos espacios”.

La pasión por los viajes, agrega Rosemarie, “surgió por la lectura de obras que describían otras naciones y paisajes. Como no existían la televisión ni los videos sobre viajes, leía muchos libros, por ejemplo, del escritor Karl May, autor de “A orillas del río de la Plata”, y de exploradores como Alexander Von Humboldt. Imaginaba que algún día, por mí misma, podría visitar esos países”.

Y continúa: “tomé la decisión de independizarme de mi familia cuando trabajaba en Bayer Leverkusen AG. Miré un pequeño libro con todas las direcciones de las representaciones de Bayer Leverkusen en el mundo. En ese momento, tuve la idea de escribir a la representación de México y de Argentina. La oficina de Buenos Aires me contestó inmediatamente, mientras la de México lo hizo meses después. Era demasiado tarde. Viajé en barco a Sudamérica”.

Retrocede a otras páginas de su existencia y menciona que debía trabajar durante su período estudiantil para ganarse la vida. Fue entonces cuando “un día leí un cartel en la universidad, el cual invitaba a alumnos interesados en ser guías de viajes de estudiantes. Cursé un seminario con duración de una semana y presenté un examen. Como mujer, no fue fácil abrirme paso en ese medio; pero hablaba cuatro idiomas extranjeros y tenía experiencias en viajes. Fui aceptada como guía de estudiantes”.

Rosemarie conoció a su marido, Werner Schade, durante un viaje que realizó a Mallorca, en las Islas Baleares, cuando era guía para estudiantes. Su esposo era miembro del grupo estudiantil. En aquella época no tenían interés uno del otro, pero transcurrió casi un año para descubrir que entre ellos había algo más que simpatía”.

A partir de entonces, ha viajado a diversos países de los cinco continentes. Algunos los ha recorrido varias ocasiones. Tiene amigos entrañables en determinadas naciones. Participa, además, en un proyecto de ayuda a orfanatos. Tales acciones las lleva a cabo en Myanmar.

Reconoce que lo que más le agrada de los viajes son las obras de arte, la naturaleza con su flora y fauna y, principalmente, la gente. Le interesa mucho el estilo de vida de las personas sencillas y cómo influyen en ellas la religión, las tradiciones y el sistema político. Igualmente, le atraen temas relacionados con las condiciones en que viven las personas y las alternativas que existen para ayudarles a superar su crisis.

Dueña de sí misma, Rosemarie explica: “yo sé que mi vida no siempre resultó fácil. Ahora tengo mucha suerte porque puedo vivir sin padecer hambre y asisto al médico cuando estoy enferma. Los viajes me han dejado la enseñanza de que muchas personas viven en malas condiciones y que yo tengo la posibilidad de ayudarlas por lo menos un poco. De hecho, pertenezco a Myanmar Kinderhilfe, que apoya orfanatos, y también a Talita Kumi de Ecuador, que ayuda a chicas que viven en malas condiciones. Respaldo, paralelamente, un hospital para niños en Kambodscha, e integro diversas organizaciones”.

Rosemarie es creadora de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, donde publica artículos referentes a sus experiencias de viaje. Aclara: “mi página sólo tiene ese nombre porque mi idea es expresar que su autora no es joven. Su contenido se dirige a hombres y mujeres de todas las edades. La persona más joven que lee mis artículos, tiene 15 años de edad y vive en Inglaterra”.

“Los viajes significan mucho en mi vida. Me encanta admirar las bellezas naturales, arquitectónicas y artísticas que existen en el mundo; pero también me interesa conocer los problemas que hay en cada región del planeta y no concretarme exclusivamente a lo que presentan y ofrecen los diarios y la televisión. Es muy importante para mí hablar con la gente, conocer lo que sienten”, revela Rosemarie con el encanto de quien siente la pasión de vivir, dar de sí y tratar de mejorar el mundo y las condiciones de las personas que menos oportunidades de desarrollo tienen.

Confiesa que no pretende escribir un libro acerca de sus viajes porque cada uno es diferente; pero planea redactar artículos sobre ciertos países y temas. “He empezado a escribir un libro acerca de mi vida”, anuncia con la sencillez de quien verdaderamente es auténtico, libre, pleno y magistral, y confirma que la obra tratará de manera especial el tema de lo que fue durante su infancia, “una niña de guerra”, porque los jóvenes de la hora presente “no pueden imaginar cómo eran los días en esa época”.

El tiempo es una embarcación que, finalmente, llega a un puerto y a otro, donde la tripulación se queda con sus vivencias y recuerdos, con sus soles, lunas y estrellas, con su esencia, con lo que fue y con lo que es, cada uno con una historia, con pasos que dejaron huellas y rutas con diferentes significados, y ella, Rosemarie Schade, es un ser extraordinario, dedicada a lo que le encanta -los viajes-, y también al conocimiento y al bien. Como mujer de siempre, deja trozos de sí a los demás, fragmentos que germinan en los corazones y se reproducen para multiplicar el bien y dibujar alegría y esperanza en otros rostros.

Habla pausadamente: “el mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles…”

Se despide como es, grandiosa, sencilla, extraordinaria, con sus recuerdos y vivencias. Tiene proyecto existencial. Valora cada instante de su vida. Es la otrora “niña de guerra” que superó las adversidades, la pobreza, el hambre, y se preparó, trabajó y cumplió sus aspiraciones. Es y será mujer de siempre.

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Enlace de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, de Rosemarie Schade:

Televisoras mexicanas, ¿nodrizas de millones de hogares?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sí, me refiero a México

En la medida que una sociedad se masifica, es más cómodo y sencillo manipularla, aplicar la estrategia del engaño, dividirla o unirla con algún objetivo, jugar con sus intereses nacionales, acecharla, hostigarla, ejercer el poder aplastante y gobernar con corrupción, terror e injusticia.

Obviamente, para desnudar a los habitantes de un país, es preciso diseñar un plan maestro e implementar estrategias y la ley de la gradualidad, con la que los dueños del poder y las “oportunidades históricas”, un día, otro y muchos más desmantelan instituciones, estructuras sociales, costumbres, tradiciones, educación, riqueza y soberanía nacional.

En esa partida tramposa, no importan las consecuencias. Si hay que sacrificar niños, mujeres, ancianos, jóvenes, hombres, simplemente se deben considerar víctimas, número, estadística. Qué importa, entonces, que mueran o sufran tantas personas si es a cambio del bienestar de la clase política mexicana y sus cómplices los empresarios que hacen negocios sucios.

En este juego perverso, la clase política, respaldada por un grupo reducido de familias que en conjunto poseen fortunas superiores a las reservas del país, establece alianza con las televisoras nacionales -nodrizas de incontables generaciones-, las cuales “normalizan” las situaciones negativas e insanas, ridiculizan a la familia y a las instituciones -véanse los bufones, los cortes comerciales y las telenovelas, verbigracia-, promueven superficialidades y promiscuidad, disfrazan la realidad mexicana con maniquíes de aparador, establecen e imponen conceptos y modelos de vida artificiales y estúpidos, aplastan los valores y hasta fomentan la discordia, la vulgaridad, la estulticia, la confusión y la violencia.

Quien se altere y se sienta ofendido, solamente debe sacrificar algunas horas de su existencia, como diariamente lo hacen millones de mexicanos, para comprobar que la televisión, con el internet mal empleado, contribuyen al atraso y desmantelamiento de México.

La gente, multiplicada por millones, está fascinada con tales modelos de vida que llenan su terrible vacío e insignificancia existencial a través de la idea de que vale si posee un automóvil, una residencia con piscina, vacaciones constantes, perfumes y ropa de marcas prestigiosas, calzado que provoca envidia y no deja huellas y consumismo irracional. Todo se paga a crédito, se empeña la vida o se obtiene una posición socioeconómica aparente. Todos ambicionan la corona y desean la tajada de pastel, y en eso trabajan las camarillas de sinvergüenzas que han saqueado al país y pisoteado leyes, reglas, dignidad humana y vidas.

Es legítimo formar un patrimonio y hasta poseer riqueza; sin embargo, es reprobable construirla a partir de los beneficios tramposos del poder, la corrupción, el engaño y el abuso.

La tragedia de innumerables mexicanos de la hora contemporánea es que se encuentran inmersos en el miedo, la hipocresía, el conformismo, la traición y la pepena de vidas ajenas. Millones de ellos, atrapados en las mazmorras de la pobreza material, y otros tantos ya con formación académica y ciertos niveles de bienestar económico, sienten, piensan, actúan y hablan igual. Sólo cambian los estilos, pero en el fondo son los mismos.

Ni las instituciones universitarias, con sus maestros y doctores, han asumido su responsabilidad histórica y social. Están aletargados. Resulta más cómodo refugiarse en las aulas para criticar frente a los alumnos o en las tertulias de café los crecientes y alarmantes niveles de corrupción, impunidad, subdesarrollo e inseguridad que cotidianamente derrumban los pilares de México. Algunas instituciones se salvan, pero no todas. Igual acontece con los académicos, sobre todo con aquellos que emulan a los grandes corruptos de la política y los negocios turbios, al hostigar a los alumnos por medio de los exámenes “difíciles de aprobar”, los trabajos casi para intelectuales que ni ellos elaborarían a la altura de sus exigencias  y las calificaciones reprobatorias porque “el 10 es para el maestro y conmigo es muy difícil pasar, a menos que…”

En México, amplio porcentaje de familias están distraídas en marcadores deportivos, bromas en doble sentido por parte de los bufones consentidos de las televisoras, memes, telenovelas fuera de la realidad, chismes y boberías.

Una sociedad que en la última década del siglo XX creyó en el “chupacabras” y que hoy, en 2018, padece las consecuencias brutales de un voto hormonal e irracional por una supuesta belleza física y la fascinación de un matrimonio de telenovela, casi imperial, que únicamente dejó entrever la miseria humana de las multitudes, no despertará mientras no reaccione y siga concediendo su amor y confianza a la madrastra que la amamanta -la televisión- y a su padrastro ambivalente, lascivo y bipolar -internet-, pareja que se filtró con astucia a los hogares mexicanos.

Resulta preocupante que no existan puntos de referencia y que quienes sienten, piensan, hablan, escriben y actúan distinto, enfrenten el riesgo de ser asesinados brutalmente, sometidos por el poder y hasta juzgados por la propia sociedad a la que defienden.

Afortunadamente, el otro rostro de México es que también coexisten hombres y mujeres interesados en rescatar los valores de la nación. molestos con la irracionalidad de las mayorías que solapan gobernantes sucios, televisoras corruptas y perversas, desórdenes, injusticias, burocracia, crímenes, desempleo, miseria, enfermedades, subdesarrollo, inseguridad y falta de oportunidades.

Esas minorías, desde niños, adolescentes y jóvenes, hasta personas de edad madura y ancianos, sienten mortificación, vergüenza, coraje, asco e impotencia ante lo que la clase política mexicana, en complicidad con televisoras mercenarias, grupos de empresarios deshonestos y toda clase de delincuentes, están haciendo en contra y perjuicio de México; no obstante, en la balanza nacional, un grupo mayúsculo que habla diferentes lenguajes dentro de un mismo idioma, se encuentra entretenido en la trama interminable de las telenovelas, en el doble sentido de los bufones, en la falsedad de los noticieros, en los rostros y cuerpos de aparador que exhiben los programas televisivos, en las estupideces y vulgaridades de locutores y conductores, en expectativas y marcadores deportivos, en memes y claro, en la realidad impuesta por los poderosos -asaltos, crímenes, abusos, injusticias, inflación, desempleo, burocracia, injusticias y caos, entre otros-, para distraerlos, perturbar la tranquilidad social y desmantelar la riqueza y soberanía nacional. Con todo esto, ¿seguiremos consintiendo que la televisión siga amamantando los hogares mexicanos?

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¿Quién será capaz?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, en este México que cada día parece desmoronarse ante la apatía y mediocridad de millones de habitantes que se han acostumbrado a ser espectadores de acontecimientos negativos y el ejercicio de corrupción descarada que practica la clase gobernante, cargada de intolerancia e injusticias, con un proyecto perverso de gradualidad para desmantelar a la nación y apoderarse de su riqueza y de todas las oportunidades, ¿quién será capaz de construir puentes, derribar muros y fronteras, devolver la confianza y dignidad a la sociedad, restaurar las instituciones y los valores, modificar el rostro de la historia y definir las rutas de la armonía, el desarrollo y la paz?

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Los mismos nombres y rostros en la política mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la política mexicana, quienes se han aferrado a los intereses del poder y causado tanto daño al país, ostentan los mismos nombres, apellidos, linaje y rostros. Cínicamente saltan de un partido a otro, se definen independientes o maquillan sus expresiones y sonrisas, como si la falsedad, la apariencia y la simulación fueran factor de cambio. Tratan de confundir a las masas y que éstas, aturdidas, crean en sus engaños, en su proyecto de desmantelar a la nación y empeñarla. Quien causa daño una vez, no merece una segunda oportunidad. El asunto es que millones de mexicanos, con grados académicos o sin formación escolar, con riqueza o desprovistos de todo, deambulan entre una distracción y otra, y hasta parecen más interesados en los resultados de un marcador, en la belleza física de un cantante o de un actor, en las tramas de las telenovelas y en las ocurrencias de los bufones de la televisión. Una sociedad que tiene a la televisión como nodriza, está perdida y cree, aunque experimente lo contrario, que la realidad es una telenovela, el escenario de un bufón que habla estupideces y promueve modas o el estudio que marca las cámaras y los reflectores a la pepena de vidas ajenas. Un pueblo con tales rasgos, no está preparado para defender a su nación y exigir gobernantes honestos.

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El globo, los universitarios y la vejez

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Recientemente, en una universidad privada de Morelia, capital de Michoacán -entidad situada al centro occidente de México-, un grupo de jóvenes entró en una dinámica liderada por uno de sus profesores, con resultados bastante negativos, preocupantes y vergonzosos.

El ejercicio consistió en suponer que varios hombres, cada uno con diferente profesión, viajaban en un globo aerostático y de pronto, por alguna causa, enfrentaron una situación emergente que los obligó a tomar la decisión de arrojar a uno de ellos con la intención de aligerar la carga de la nave y así salvar las vidas de la mayoría.

Los universitarios se dividieron en equipos de trabajo con la idea de protagonizar la historia y explicar, al final, la justificación de sus decisiones. En cada caso, la tripulación estaba integrada por un médico, un ingeniero, un abogado, un contador público, un arquitecto y un sacerdote. Uno de ellos, en el ejercicio, tendría que ser sacrificado.

El profesor solicitó a los alumnos razonaran la decisión de cada grupo porque tendrían que defenderla y justificarla con argumentos inteligentes. La mayoría de los estudiantes, en cada equipo, eligió al sacerdote como víctima y candidato de ser lanzado desde el globo aerostático.

Mientras actuaba el equipo en turno, los otros, sus compañeros, murmuraban entre ellos, se mofaban o se distraían con los mensajes que enviaban y recibían en sus celulares. En realidad tenían mayor interés en sus asuntos sociales que en la clase.

Cuando el maestro y algunos alumnos más aplicados interrogaron a la mayoría sobre las razones que los motivaron a elegir al sacerdote en el sacrificio de dar la vida por los demás, coincidieron con desdén en que se trataba de un hombre dedicado a predicar estupideces y que, además, era un hombre viejo, un anciano inservible que robaba oxígeno, tiempo y espacio a los jóvenes.

Asombrados, el profesor y su reducido número de estudiantes aplicados, preguntaron qué los hacía suponer que el sacerdote era viejo, y ellos respondieron que la mayoría de los ministros son de edad avanzada.

Recalcaron con desdén que la gente vieja es basura y sobrante en las sociedades de la hora contemporánea y que, en consecuencia, debería de hacerse a un lado o ser eliminada para no quitar el oxígeno y las oportunidades que pertenecen a las generaciones jóvenes.

Más allá de creencias religiosas y doctrinas, resulta preocupante que jóvenes universitarios de una institución de prestigio, sientan repugnancia por los ancianos, por la gente que envejece, y hasta desee su muerte por el simple hecho de considerarlos basura humana y estorbos.

Significa que no pocos de esos jóvenes que hoy estudian en instituciones universitarias privadas, algún día, cuando sean profesionistas y se encuentren al mando de empresas o se desempeñen como funcionarios públicos o políticos, tomarán decisiones crueles en perjuicio de las personas débiles y viejas, les atravesarán los pies y les cerrarán puertas y ventanas.

No solamente no respetan a los ancianos que hoy transitan por las calles o encuentran en sus rutas, casi siempre entristecidos y desolados, como quien cuenta las horas postreras de su existencia, sino son estúpidos al no respetar a sus padres ni recordar que un día, ante la caminata de las manecillas, también arrugarán sus rostros y sus cabellos cambiarán a tonos plateados o caerán irremediablemente, y peor porque quienes viven en el vacío no siempre tienen la dicha de coronarse y probar el sabor de la vejez.

Tal soberbia, rompe límites y resbala a la estulticia y la perversidad. Lamentablemente, como ellos, existen muchos jóvenes que creen que el mundo les pertenece, cuando solamente es el paso de un sueño llamado vida, y lo que cuenta, en verdad, es el bien que se hace a los demás.

México no necesita engreídos e imbéciles. Esos abundan en la política, en las cantinas y en todas partes. La nación requiere seres humanos auténticos y completos, responsables y honestos, comprometidos consigo y con el momento histórico que les tocó vivir.

En nuestras disertaciones cotidianas, mi padre y yo coincidimos una y otra vez en que la infancia, adolescencia y juventud son parámetro de una sociedad, de manera que si una generación es educada y respetuosa durante la primavera de su existencia, innegablemente sus padres son personas con calidad humana; al contrario, si prevalecen las bajezas y la perversidad, reflejarán lo infrahumano de sus progenitores.

Quizá existen otros jóvenes que estudian y trabajan, honestos, comprometidos consigo y con los demás, capaces de emprender acciones nobles y orientadas al engrandecimiento de la humanidad y sus países; pero también es verdad, como en el caso de dicha institución universitaria, que hay personas capaces de cometer atrocidades contra los más débiles.

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Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Redactar una nota informativa, otra y muchas más, implica conocimiento, habilidad, experiencia y trasladarse al lugar de los hechos o con los protagonistas, vivir la noticia, mirarla de frente con objetividad, ética, profesionalismo y oportunidad; construir una historia personal, requiere toda la vida con sus luces y sombras, su sí y su no.

Una persona, en cualquier momento, puede denigrar su imagen por sus equivocaciones, sus errores y hasta su perversidad al sentir, pensar, actuar y hablar, o porque otros, por adversidad, coraje, envidia e intereses contrarios, lapidan injustamente su trayectoria y ensucian su biografía.

No es sencillo diseñar y protagonizar capítulos para una existencia grandiosa y sencilla, ejemplar y noble, virtuosa y bella, y más complicado resulta tejerla cuando una persona, hombre o mujer, en cierta medida es pública o tiene ante sí posibilidades de abusar y aprovechar su posición e influencia para destruir a quienes le rodean y beneficiarse.

Quienes por alguna causa tenemos oportunidad de que nuestros nombres y apellidos transiten del anonimato a los reflectores públicos, sean pequeños o grandes, deberíamos de asumir el compromiso de actuar y vivir con ejemplo, honestidad y congruencia porque somos responsables, igualmente, de influir positiva o negativamente en la gente.

En el arte, el periodismo y las actividades públicas, existen bastantes intereses, egolatría, rivalidad, egoísmo y coraje, cuando deberían servir a la humanidad para su tránsito a niveles superiores.

Hoy más que antes, la  humanidad necesita ejemplos auténticos, totalmente reales, de personas extraordinarias, gente capaz de dar lo mejor de sí y emprender actos que aporten y enseñen, que tracen rutas y destinos, porque el mundo atraviesa por una crisis de valores y de todo lo que da sentido y respaldo a la vida.

Aquí y allá, la historia ha mentido porque quienes la han registrado, muchas veces son los vencedores, los dueños del poder, aquellos a los que conviene distorsionar la realidad para crear figuras artificiales dentro de su grupo y denigrar a los que no se doblegan ni comparten sus intereses.

Hace días, el 21 de diciembre de 2017, tuve el honor de trasladarme hasta la ciudad de Morelia, capital de Michoacán, en la región centro occidente de México, con la intención de recibir la Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”, a quien conocí en 1988, hace 29 años, cuando inicié mi labor en los medios de comunicación.

Recuerdo que era muy joven, con dos libros que hacía poco había publicado, cuando un amigo periodista me recomendó con el director de cierto medio de comunicación estatal, quien me atendió alrededor de las once la noche, después de tres horas de espera en un pasillo.

Cuando el hombre, vestido con chamarra de piel color miel, salió de su oficina, los reporteros ya se habían marchado. Solamente se encontraban en el área las personas responsables de dar seguimiento a los procesos de edición del periódico.

Soberbio y sin mirarme, preguntó: “¿quién es Santiago Galicia Rojon?” No saludó. Yo estaba solo en aquel pasillo, así que su pregunta tan tonta iba dirigida a mí. Me hizo una señal para que lo siguiera y caminó engreído y molesto hasta su despacho.

Su actitud de desprecio me indicó que había perdido el tiempo y que el hombre, acostumbrado a las lisonjas de políticos, líderes, funcionarios públicos y otros personajes, no me escucharía con atención porque carecía de educación y sensibilidad, como lo aseguraba, entonces, no poca de la gente que lo conocía.

En cuanto entramos a su oficina, sacó una pistola que llevaba entre el pantalón y la camisa, por la parte de las caderas. Miré el cinturón piteado. Colocó el arma sobre el escritorio, se quitó los zapatos y se colocó un par de pantuflas de piel.

Me pregunté, a pesar de mi juventud, a qué se debía esa función de circo y si el hombre, acostumbrado a ser semidiós, pretendía colocarme en un nivel inferior para así ejercer autoridad y poder sobre mí. No me impresionó; al contrario, me pareció miserable y ansioso de poder y reconocimiento, como esas personas que se sienten superiores y embisten a los demás cuando repentinamente obtienen poder. Su torpeza y majadería delataban al fatuo y vanidoso orador con ademanes estudiados cuando utilizaba la tribuna pública, con la diferencia que desde la infancia aprendí a no dejarme seducir por las apariencias, de manera que no me impresionan el brillo de la opulencia y del poder ni me aterran las sombras de la miseria. Estaba ante un pobre mediocre con ínfulas de grandeza.

Sin más preámbulo, preguntó con enfado: “¿qué quieres?” En cuanto le comenté mi intención de laborar como reportero en el medio de comunicación que dirigía, respondió con molestia acentuada: “¡aquí nadie ingresa como reportero sin antes venir desde abajo! Si te interesa desempeñarte en el periodismo, tendrás que iniciar como corrector o en otro puesto de menor categoría. Piénsalo y si continúas con interés de incursionar en el periodismo, espera a que el periódico publique sus vacantes. Harás una serie de exámenes para ingresar. El resultado dependerá de tu capacidad”.

Ni siquiera me dio oportunidad de hablar y presentarme con mis antecedentes, formación y experiencia. Fui amable y educado, valores que no le interesaron porque sus códigos eran opuestos a los míos. Se concretó a decir:”hasta luego”, antes de entrar al dormitorio contiguo a su despacho.

Fue así como otra noche me aventuré a ir con el jefe de Redacción de El Sol de Morelia, Mario Barajas Pérez -don Mario, como le llamábamos todos-, quien ausente de formalismos y poses se encontraba a esa hora en el campo de batalla, entre un proceso y otro dentro del quehacer de los periódicos. Este señor se marchaba de su oficina hasta que recibía el primer ejemplar de la edición del día.

Hombre de carácter endurecido y vocabulario impropio para oídos pulcros, me recibió entre una tarea y otra. Me escuchó con atención y con voz modulada respondió y solicitó, primero, que le entregara colaboraciones relacionadas con los temas que le propuse. Así lo hice.  El hombre de hierro me atendió con educación. No necesitó, para demostrar que tenía poder y era responsable de la producción del periódico, pistola, chamarra de cuero y pantuflas. Era hombre de acción.

Cuando al siguiente año, en 1989, don Armando Palomino Morales, director del diario perteneciente a la Organización Editorial Mexicana, que entonces encabezaba don Mario Vázquez Raña, me nombró titular de la fuente Económica, don Mario, tan temido por muchos, me recibió con educación. Platicamos. Dijo que esperaba mucho de mí y confiaba, por lo mismo, en que no lo defraudaría.

Durante mi estancia de varios años en El Sol de Morelia, donde finalmente me desempeñé como coordinador, reportero e investigador del suplemento turístico, fui testigo de su carácter, lo que en muchos casos lo hizo un hombre temido; sin embargo, con él tuve encuentros y un solo desencuentro que algún día, en otro texto, relataré. También me sorprendió que alguna vez me diera consejos como un padre a su hijo. Reconoció, apoyó y respetó mi trabajo periodístico.

Ahora que me encuentro en una orilla distante, me parece que tenía una gran responsabilidad como jefe de Redacción. En cualquier medio de comunicación, el hecho de publicar notas informativas implica un gran riesgo porque no se sabe si atrás de cada nota existe algún interés. Es fundamental estar seguros de la veracidad de la información y que no exista a cambio un favor o un pago al reportero.

En la hora contemporánea, los medios de comunicación enfrentan una crisis severa en todos sentidos y muchas veces ya no se reportea en los escenarios de los hechos ni ante los protagonistas de las noticias, sino por medio de whats app, teléfono celular e internet, generalmente en grupos de colegas con intereses, cerrados y opositores con quienes pretenden trabajar con mayor ética y profesionalismo.

Basta analizar las estrategias tan pobres en las coordinaciones de Comunicación Social de los gobiernos para descubrir, ipso facto, cuán lejanas se encuentran del periodismo, con apertura para los amigos y aquellos que comulgan con la forma de ejercer el poder, e implacables contra quienes se oponen a sus políticas o no pertenecen a sus grupos.

De don Mario se habla mucho. Unos lo consideran maestro, formador de periodistas y gran amigo, jefe y compañero; otros, en tanto, critican su lenguaje, su carácter fuerte y su trabajo. Yo lo respeté siempre y él, por su parte, me trató con caballerosidad.

Él, don Mario, fue personaje de su tiempo, cuando uno se forjaba en las calles, en el lugar de los hechos, y las oficinas de Redacción eran eso, campo de batalla, el otro hogar de los reporteros, con aroma a café y tabaco, con el rumor de las teclas de máquinas de escribir mecánicas y los cúmulos de “cuartillas”, hojas de papel revolución que cortaban de los rollos que montaban en las rotativas.

Ingresé entre la época de las máquinas de escribir mecánicas y las computadoras. No había internet ni teléfonos celulares. La información la conseguíamos en el lugar de los hechos, con los actores de la sociedad. Vivíamos la noticia. Por eso a don Mario le molestaba que ciertos reporteros maquillaran los comunicados que llegaban a la Redacción a través del fax y todavía insertaran sus nombres. En cierta etapa, fui el primer reportero en El Sol de Morelia que decidió pasar a las computadoras, ya que me molestaban las faltas de ortografía y hasta de comas. MI argumento para ocupar las computadoras fue cuidar la pulcritud de mis notas. Don Mario lo entendió y me concedió redactar y revisar mis notas en las computadoras.

Efectivamente, como lo recalcó mi colega Óscar Tapia Campos la tarde que recibí la presea, don Mario Barajas Pérez solía preguntar tajante “para qué te alquilaste…” y claro, la grosería correspondiente; pero así formó a gran cantidad de reporteros, quienes hoy recuerdan con cariño y nostalgia.

Don Mario no toleraba la irresponsabilidad. El reportero, en su época, debía conseguir cinco notas informativas diarias, bien elaboradas, de preferencia exclusivas y con temas actuales,  objetivos y de interés público.

Un día de julio de 1989, me llamó con la finalidad de informarme que a partir de la siguiente semana, la empresa suspendería mis descansos durante casi un mes y que aunadas a mis cinco notas cotidianas y mi columna empresarial, tendría que cubrir la totalidad de actividades del Primer Festival Internacional de Música, ya que el director del periódico, don Armando Palomino Morales, se había comprometido con el comité organizador a concederles gratuitamente cuatro planas diarias. Pregunté a don Mario la razón por la que me habían seleccionado para cubrir, entre las tardes y las noches lluviosas de julio, la gran cantidad de conciertos que se presentarían durante el Primer Festival Internacional de Música, cuando había un reportero dedicado a la fuente cultural y otros colegas que podrían participar, y contestó: “porque se nota que te gusta la música clásica”. Lo miré y pregunté: “¿cómo lo sabe, don Mario?” Contestó sonriente, amigable y con autoridad: “porque el arte se te nota hasta en la cara. Te alquilaste como muy profesional y ahora tienes oportunidad de demostrarlo”. Así lo hice, redacté cinco notas diarias sobre Economía, lo que significó asistir a eventos y trasladarme hasta las oficinas de empresarios y funcionarios públicos; elaboré mi columna semanal, espacio que tres años más tarde, en junio de 1992, me llevó a obtener el Premio Estatal de Periodismo; y cubrí todos los conciertos del Primer Festival Internacional de Música en Morelia. Cumplí. Iniciaba todos los días muy temprano y concluía hasta las dos de la mañana. No había, entonces, internet ni telefonía celular. Don Mario aprendió a conocerme y confió en mí. No podía fallarle.

En total, el pasado 21 de diciembre de 2017, el comité organizador entregó diez preseas “Periodista Mario Barajas Pérez”, en su segunda versión. La mía fue al mérito periodístico en el género empresarial. Otras personas, como don Germán Oteyza, la recibieron por diversas causas. La de él, verbigracia, fue por el mérito empresarial. Hubo quienes la recibieron por su participación en cuestiones humanas y altruistas.

Más allá del personaje que fue el periodista Mario Barajas Pérez, a quien recuerdo con cariño y gratitud, el hecho de recibir una presea que lleva su nombre, compromete a dar lo mejor de sí a favor de los demás y continuar la ruta existencial y el quehacer de la comunicación con alegría, distinción, honestidad, orgullo y profesionalismo. La Presea “Periodista Mario Barajas Pérez” no es un premio que represente dinero, sino una distinción, un documento que reconoce el esfuerzo que uno realiza cotidianamente en diversas disciplinas.

Agradezco públicamente la distinción que recibí de los organizadores y promotores de la Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”, Juan Manuel Valenzuela Villegas, locutor y periodista; Víctor Estrada Torres, presidente presidente de la Asociación Nacional de Productores Forestales; y Salvador Arvizú Cisneros, regidor del Ayuntamiento de Morelia. Gracias, también, a Hevelind Arredondo López, ex compañera en El Sol de Morelia y quien hizo favor de proponer mi nombre al comité que entrega la Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”. Gracias por reconocer mi labor y trayectoria en una época en la que parecen valer más las superficialidades y los intereses. Lo valoro mucho y me compromete a superarme.

Como recipiendario de la Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”, me parece correcto que este estímulo continúe entregándose con transparencia, lejos de compromisos económicos y políticos, como lo han hecho los organizadores hasta el momento, práctica que legitimizará más aún tal reconocimiento.

En lo personal, el hecho de haber recibido la presea que lleva el nombre de mi antiguo jefe de Redacción, me compromete a ser mejor y un periodista que no solamente informe, sino genere opinión e influya positivamente en los demás. Sólo así dejaremos huellas y trascenderemos porque con conocimiento, entrega, dedicación y experiencia tendremos capacidad para redactar notas informativas; pero una vida, insisto, se teje cada instante y se escribe con el ejemplo de cada día.

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Tentación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En México, parece que los hombres y las mujeres del poder económico y político, aplican la ley de la gradualidad con el objetivo de fragmentar, dividir y desmantelar al país, y así propiciar condiciones adversas y negativas para las masas y “oportunidades históricas” para ellos, ejercer el control absoluto y apropiarse de la riqueza nacional. En complicidad con los medios de comunicación y otros sectores mercenarios, parece que pretenden que la sociedad coexista angustiada y temerosa, hasta provocar situaciones críticas, preocupantes y riesgosas, y justificar, entonces, la intervención aplastante de las fuerzas armadas, pisotear los derechos humanos, imponer reglas castrenses severas y apoderarse del país. Mientras, amplio porcentaje de mexicanos, más allá de su formación académica y de sus niveles socioeconómicos -claro, incluidos médicos y otros grupos soberbios que se sienten élite-, se encuentran enajenados, distraídos en asuntos y cosas baladíes, en el espectáculo que otros, una minoría, les han preparado con cierta intencionalidad.

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México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México no son sus políticos ni sus televisoras; tampoco aquellos que lo han herido con sus actos rapaces. Eso es basura. México es superior a las circunstancias y lo forman todos sus habitantes, hombres y mujeres que hoy sienten luto y dolor al contemplar las ruinas, muerte y desolación que provocó el temblor del 19 de septiembre de 2017. Mexicanos son aquellos que hoy sienten el dolor de las muertes, aunque no tengan familiares bajo los escombros, por el simple hecho de solidarizarse y ser hermanos de una raza. Mexicanos no son los funcionarios, políticos y líderes que se han enriquecido con el patrimonio nacional y que nuevamente, como el 19 de septiembre de 1985, significan vergüenza, causan asco y se encuentran rebasados por la sociedad. Mexicanos son los que sienten tristeza por el luto nacional, los que participan en la recolección de víveres, los que sacrifican su tiempo y exponen su integridad física al tratar de rescatar por lo menos una vida que agoniza bajo toneladas de escombros. Mexicanos no son los que se toman selfies ante escenarios de desgracia ni los que envían memes estúpidos y grotescos ante las horas presentes de angustia. Mexicanos son los que unen sus manos, sus brazos, para rescatar vidas y su nación, su país devastado por temblores, pero también por quienes ostentan el poder económico, político y social y se han beneficiado sin que les importe el destino de millones de familias. Mexicanos son los que hoy lloran, trabajan y estudian para restaurar un proyecto de país que puede ser esplendoroso. Mexicanos no son los gobernantes y políticos que iniciaron su gestión con una historia irrisoria de telenovela ni televisoras que generan psicosis y hacen de una desgracia nacional un negocio redituable y un reality show. Mexicanos no son los que inventan y lucran con personajes ficticios que remueven desconsuelo colectivo y generan enojo y frustración. Mexicano no es aquel que abusa, roba y causa daño. México eres tú. Mexicano es aquel que ante las adversidades y desastres de su nación, se levanta y con sus actos cotidianos hace patria. Es quien bendice el nombre de México y se enorgullece de llevar su sangre.

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