Cada instante que pasa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

En cada instante descubro un paisaje de mi existencia, un pedazo de mi historia, una huella de mi caminata. En cada minuto que pasa, miro transitar los motivos de mi vida, las rutas a otros destinos, algo de lo que fui y de lo que soy, con la posibilidad, en un quizá de cristal, de lo que, finalmente, seré. En cada movimiento del péndulo, al columpiarse bajo las manecillas inquietas del reloj, observo a la gente que estuvo conmigo, a quienes aún permanecen a mi lado, y siento sus abrazos y su presencia, percibo sus fragancias, escucho sus voces y me reconozco en sus miradas. En cada día que se consume y se agrega a mi biografía, detecto los segundos, los minutos y las horas que se acumularon y se llevaron algo de mí, y así, con asombro, contemplo los años de mi existencia con sus momentos fugaces. Cada minuto, agradable o repugnante, feliz o triste, bueno o malo, integra el expediente de mi perfil, la historia que protagonizo al vivir y al soñar, de día y de noche, acompañado o solo. Noto que mi existencia no es la apariencia de mi rostro, la ropa que me cubre, el perfume que despido y las cosas materiales que pueda tener. Lo compruebo al verme a cierta hora del ayer y en otro momento más cercano a mi presente, tan distinto e irreconocible en algunos rasgos y signos. No obstante, bajo tantos escombros, en mi interior, me encuentro conmigo, me identifico, me doy cuenta de que soy yo, el que pulsa con el ritmo infinito y trasciende más allá de cada período. Una voz, afuera y dentro de mí, me invita a vivir con mis apariencias materiales y mis profundidades etéreas, con mi luz y mi textura, con mis realidades y mis sueños, con mi esencia y mi ropaje, porque cada instante, positivo o negativo, es parte de mi historia durante mi paso temporal por este mundo. Y los mismos susurros que escucho, me dicen que los días de la vida, en el mundo, son breves y que, por lo mismo, he de experimentarlos en armonía, con equilibrio, plenamente, siempre aplicado en el bien y en la verdad, en la justicia y en la dignidad, en el amor y en la libertad, si es que deseo, en verdad, conquistar la eternidad. Hay ciclos amargos y períodos dulces. Debo buscar el equilibrio, sortear abismos, derribar fronteras, destruir celdas y, por añadidura, cruzar puentes y escalar cimas, hasta trascender. Cada instante que se presenta es mío, me pertenece, entre un suspiro y uno más, como todos los que se fueron en otros tiempos de mi vida y los que están por venir. Hay que vivir ahora. Sería ocioso esperar otros días o años para recobrar la felicidad con alguna meta anhelada y soñada. El trayecto no debe quedar desierto. El navegante vive con intensidad su travesía y lo mismo se prueba durante las tempestades, en medio del mar impetuoso, que en la tranquilidad de una noche estrellada, mientras toma el timón y sigue su itinerario. Se provocan vacíos tristes y dolorosos cuando no se disfrutan los instantes por esperar una fecha grandiosa. Cada momento tiene un espacio para uno, un escenario para vivirlo. Vivamos, antes de que una tarde lluviosa o una noche desolada, lloremos desconsolados por la historia existencial que dejamos escapar.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Estas tardes nebulosas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Estas tardes nebulosas, volteo atrás, a los muchos instantes y horas de mi ayer, entre remembranzas y suspiros, en busca de pedazos míos y de otros hombres y mujeres, todos con nombres y apellidos, con quienes compartí una historia, episodios irrepetibles, y de los que solo encuentro trozos y percibo ecos, al lado de espacios vacíos y listas de ausencias. Estas horas vespertinas de lluvia, parecen despertar antiguos recuerdos, fragancias de antaño, imágenes que ya no están, nostalgias que se prenden conforme llegan las sombras nocturnas. Estos minutos, al irse el día, como se fueron la gente y las cosas de otro tiempo, llegan recuerdos distantes, porciones de mi infancia y de mi juventud, partes de mi edad madura y adelantos, parece, de lo que alguna vez será mi vejez. Navega mi existencia, mi biografía, en fragmentos lejanos e irrecuperables, como si, rotas, dispersas en el naufragio, pretendieran expresar que los momentos y los días huyen y no vuelven más, y que si la gente, con sus estilos y sus formas, se ausenta, alguna vez, del mundo, es posible sentirla, desde el interior, si se frecuentan sus recintos y se rompen los barrotes de las celdas. Unos se van y otros vienen, y si uno continúa aquí, en este plano, hay que vivir en armonía, con intensidad, plenamente y con equilibrio, antes de convertirse, por un descuido, una omisión o un delirio, en retratos inmóviles, en recuerdos, en imágenes difusas, en lo que un día fue y ya no es.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Tras la ausencia de junio y con la presencia de julio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

¿Qué hicimos? ¿Dónde estuvimos? ¿A dónde vamos? Llegó julio, julio de 2021, con su equipaje, y se instaló en el mundo, en nuestras habitaciones, en cada rincón, como inicio del siguiente medio año; pero lo más sorprendente es que, casi sin percatarnos, se fue junio. Sí. Se marchó junio con el primer medio año de 2021, con lo ue logramos y con lo que perdimos, con lo que vivimos y con lo que morimos. Se fue como llegó, sin anuncios, indiferente a la risa y al llanto. Se llevó una parte de nosotros y de nuestras vidas, si acaso somos tan ingenuos y tontos para creer que raptó algu de lo que nos pertenecía, cuando fue indifrente, como los otros meses que se desvanecieron, acaso como invención nuestra para organizar las actividades y los ciclos de la vida, quizá en el afán y la locura de sentirnos los únicos del universo, tal vez por asuntos que irgnoramos. En todo caso, fue compañero y testigo de nuestros encuentros y desencantos con la vida y la muerte, y de lo que sentimos y pensamos. Medio año se fue, el primero de 2021. La constancia de su paso queda en los documentos, en los matasellos de las cartas cada vez más escasas, en los almanaques, en nuestras pieles y en lo que somos., y hasta en lo que vivimos, en lo que omitimos, en lo que recordamos y en lo que olvidamos. Se fue junio, ausente de nosotros, indiferente, y aquí estamos, en un planeta roto que alguna vez fue paraíso, entre realidades y sueños, con nuestras pequeñeces y grandezas. Julio está presente. Nos acompañará durante 31 días, cada uno con 24 horas, igual que sus hermanos y ancestros, ajeno a lo bueno a lo malo que hagamos, a las alegrías y a las tristezas que experimentamos, a las risas o al llanto que derramemos, a los puentes que crucemos o que cortemos, al ascenso a la cumbre o a la fatal caída a los desfiladeros. Y se irá, igual, callado, sin faltantes. Y así, bien o mal, los días de nuestras existencias se consumirán, hasta que la arcilla de la que tanto presumimos al mirar nuestros reflejos,, se agote y vuelva a la tierra, y trascienda la luz que resplandecerá con mayor intensidad o que, como las gotas del manantial, volverá a surgir para probarse en nuevas rutas y en otras experiencias. Ante la ausencia de junio y la presencia de julio, los hermanos de siempre, los de la generacíón de 2021, camino reflexivo, me sumerjo en mis cavilaciones diarias, y pregunto, asombrado, ¿qué haremos con nosotros? ¿Esperamos, quizá, una fecha incierta para amar, hacer el bien, disfrutar cada instante de la vida pasajera y evolucionar y trascender? ¿Qué esperamos para vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, con libertad, justicia y dignidad? Estamos rotos, y no fueron los relojes ni los calendarios los que arrancaron instantes y años; somos nosotros quienes despilfarramos la enorme riqueza que por alguna razón desdeñamos? ¿Hasta cuándo asimilaremos las lecciones y empezaremos a vivir? Inició julio, julio de 2021, que se marchará, finalmente, sin importarle la humanidad y sus cosas y sueños. Es el inicio de la segunda mitad del año que se fugará y se volverá ayer, recuerdo, olvido. ¿Qué haremos? ¿Mirarnos nuevamente al espejo, lamentar la temporalidad y sufrir por lo que es tan natural? ¿Seguiremos la ruta o renunciaremos? ¿Contrinuaremos desdibujados, rotos, deshilvanados, como autores de tanta mediocridad y protagonistas de un guión horrible, o seremos los artistas de una obra magistral en nosotros mismos?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La noche

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El silencio de la noche tiene rumores. Los murmullos nocturnos presentan sigilos. El ambiente estelar, en el cielo, envuelve a la gente en el mundo, en su terruño, y la transporta a los sueños, a otras fronteras, donde todo es posible, mientras las gotas de la lluvia deslizan en los cristales, a veces mudas, en ocasiones estridentes, igual que palabras, letras y poemas que alguien pronuncia suave o tal vez apresuradamente. La noche ofrece, a algunos, su belleza y su encanto, y a otros, en cambio, regala su terror y su insomnio. Cada hombre y mujer vive sus noches o se ausenta de sus horas y se refugia en historias que son reales y también fantasía, hasta que regresa al siguiente día, al amanecer, como un viajero que desciende a la estación del ferrocarril o desembarca en algún puerto. La noche guarda sus secretos y relata cuentos, narra episodios, o calla, evita hablar, en un paréntesis ausente de tiempo y de espacio. La noche ama al día, las mañanas y las tardes, que, finalmente, a cierta hora, besa y arrulla. A diferencia de tantas noches de mi vida, la de hoy, simplemente, ha tocado a mi puerta con la idea de despertarme, mientras la gente duerme o hace locuras, acaso con la idea de que naufrague en las horas que se han de consumir, probablemente con el objetivo de que explore mis sentimientos y mi razón, quizá en un intento de enviarme al destierro, seguramente con la intención de que repase mi biografía y revise mi itinerario, tal vez por eso y más. La gente duerme. Escucho los rumores y los silencios de la vida. Y aquí estoy, a diferencia de otras fechas, en medio de los minutos nocturnos, aislado del refugio del sueño. La noche tiene susurros que a veces callan, silencios que en ocasiones hablan. Aquí estoy, entre el oleaje de los minutos y las horas de la noche, en un naufragio improvisado. La noche es un poema escrito con polvo de estrellas.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

https://demalinhapronta.wordpress.com/2021/05/30/la-noche/

Ya no hay tiempo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Ya no hay tiempo. La gente transita presurosa, imparable, como las manecillas de los relojes que tienen prohibido dedicarse un instante de reposo, regalarse un minuto de sueño, porque deben llegar sin faltantes a su destino. Los días son colecciones de historias repetidas, monótonas e inciertas. Se acabaron las horas destinadas a las ilusiones, a los sueños, a la imaginación, a los juegos, acaso porque el escarnio es cómplice de otros males y destruye las fantasías, lo que viene del interior, lo que es tan natural y de uno, con el objetivo de dejar huecos y rellenarlos con estridencia y reflectores en un teatro de marionetas. Se extinguen, gradualmente, los períodos para el amor, los recintos para la familia, los segundos para reír, las oportunidades para hacer el bien, quizá porque a los nuevos inquilinos -ambiciosos, egoistas, insensibles, perversos, ignorantes, deshonestos, materialistas, astutos- les molestan los rumores y los silencios de las alegrías, de los sentimientos nobles, de la creatividad, de las ideas geniales, de la originalidad, a los que consideran enemigos y pretenden deshilvanar. Se agotó el tiempo para disfrutar los relatos y los poemas, los colores y las formas, los sonidos y los sigilos, tal vez porque el arte fue aprehendido por rivales que intentan desdibujarlo y suplantarlo por simples apariencias, disfraces y prisas. La gente argumenta que no dispone de tiempo y no atiende ni educa a sus hijos, no cultiva el amor ni los sentimientos excelsos, no da de sí, no aprende, no explora su ruta interior ni disfruta su paseo terreno; aunque disponga de lapsos de ociosidad, espacios en posadas de una noche, días golosos y planes egoístas y crueles. Ya no hay tiempo para el bien, la verdad, lo bello y lo supremo. Hombres y mujeres andan con prisa, en busca, parece, de algo que todavía no definen y que, por cierto, no recuerdan que llevan consigo, en su interior. Por eso, admiro a quienes, a pesar de la tempestad, controlan el timón de sus existencias con fe, esperanza, benevolencia, optimismo, honestidad, alegría y valores. Son personas que sueñan, aman, aprenden, actúan y siembran el bien. No obstante, descorro las cortinas, asomo a las calles, a las plazas comerciales, a los parques, y miro a incontables hombres y mujeres que caminan aceleradamente, embistiéndose, distraídos, enajenados, arrebatándose lo que ambicionan, transformados en figuras de barro que temen liberar a la esencia que han encarcelado y protagonizar, en consecuencia, la más grandiosa de las hazañas, la de la vida plena. Ya no hay tiempo para lo sublime, parece, y no porque los relojes hayan decidido parar y subastar los minutos postreros; sencillamente, es por voluntad humana, por enamorarse del calzado -lo cual es válido- y olvidar y desdeñar el sendero.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El tiempo que dejamos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo que dejamos escapar, otros lo necesitan en la cama de un hospital, en el lecho de agonía, en algún lugar, cerca o lejos, para reparar y zurcir silencios e indiferencia y palabras rotas, correr al encuentro de los seres que desdeñaron, devolver lo que arrebataron, pegar expresiones y sentimientos que reprimieron y en cierta parte sepultaron. Son los minutos y las horas arrojados al lodo, olvidados en algún sitio, en el rincón del desván o en el sótano, envueltos en oscuridades recurrentes y polvos acumulados, que otros requieren para curar heridas y salvar distancias, superar naufragios y evitar hundimientos. Son los días y los años que uno y muchos más buscan al revisar almanaques y relojes, arrugas y canas, prótesis y tierras desiertas. Es el tiempo o la vida que suspiran desde criptas desoladas y tristes, quizá con despojos y carentes de la luz que los animó, probablemente en espera de una oportunidad -una sola- para reparar los caminos, los puentes y los muros que alguna vez dejaron inconclusos. El tiempo que consumimos en apetitos fugaces y ocios malsanos e improductivos, lo anhelan los bienhechores, los artistas y los científicos, los que desean retirar las piedras del camino para que otros pasen, con el objetivo de pintar colores en el mundo y llevarlo a otros peldaños, a mayor altura. El tiempo que huye sin fragancias ni matices, ausente de pasajeros que abandona en estaciones desoladas, es nuestra vida que se diluye aquí, en este plano.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Las horas que pasan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las horas que pasan son eso, motivos para entregarte detalles, sorpresas, ilusiones. Los minutos, las horas y los días están contados en una vida y en otra, pero son para experimentarlos con sus luces y sombras, para crecer juntos, descubrir el camino y amarnos siempre. El tiempo agoniza cuando uno, por fin, descubre que el amor es la luz, que la alegría y la vida inician en el interior y se prolongan en el infinito

De las horas que pasan, las que más me gustan son las que dedico a ti, cuando estoy contigo, sin importar que sea de día o de noche, porque un amanecer o un ocaso no significan que inicie o concluya nuestra historia; al contrario, agregan momentos, capítulos, vivencias, sueños, ilusiones. De todos los segundos y minutos que transcurren presurosos, me encantan los que se toman las manos, cual enamorados, para no extraviarse en el desvarío del tiempo y prolongar los instantes que tú y yo compartimos. Entre la caminata de las manecillas y el péndulo que se columpia feliz e imperturbable, escucho los rumores de tu voz canora, tu risa, tu aliento, tu forma tan especial de hablar. Escudriño los ecos del tiempo, sus recuerdos, los trozos que deja a su paso, hasta que encuentro nuestros perfumes en las páginas del ayer, el sabor de tus besos en el devenir de cada ciclo, la mirada encantadora de un ángel que me transporta al cielo. De los lapsos que observo en el calendario, entre un día y otro, percibo tu presencia, la banca que ocupamos alguna vez, el viento que repite sus murmullos y confía sus secretos, las estrellas que contabilizamos, la luna con su sonrisa de columpio plateado, el bosque por donde corrimos una tarde de aguacero. De las horas y los días que pasan, los que más me gustan son los que consagro a ti, los que pertenecen a nuestra historia, los que ofrecen continuidad a otras rutas, a destinos donde el reloj y los almanaques -herramientas del tiempo- se desvanecen y pierden sentido porque conducen al umbral de la eternidad, a tu alma y a la mía, al sueño perenne, a la vida sin final. Eso es lo que deseo para ti y para mí, una casa sin las barreras ni los diques de los minutos y las horas, un jardín ausente de medidas, un infinito alegre y colmado de este amor que se ha convertido en locura, en destino, en estilo. De la vida que se consume cada instante, me cautivan los períodos a tu lado, la sonata de nuestro amor, la promesa de un romance perenne.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El minuto que se va

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los instantes suelen transformarse en el grito adolorido de la existencia, en la angustia y el drama de algo que se fuga y no vuelve más, quizá porque al diluirse se llevan algo de uno, parte de la lozanía distante, la historia de una vida.

Con el paso de los minutos y las horas, se clausuran unas puertas y ventanas y se abren otras, tal vez porque el momento actual se convierte en pasado con celeridad, en ayer, en otros días, mientras el futuro llega cual forastero a una estación solitaria y se marcha presuroso hasta perderse en el horizonte.

El tiempo esculpe jeroglíficos en los rostros. La caminata, en el mundo, concluye con una despedida, de tal manera que entre el cunero y el sepulcro existe un hilo sutil, igual que la hoja que el viento desprende y mece suavemente hasta colocarla en una alfombra que barre y dispersa al soplar con mayor fuerza. Entre el alba y el anochecer se teje un puente tan endeble que en cualquier momento se desprende.

La vida es breve. Sería una locura desarticular la maquinaria del reloj, impedir que el péndulo se balancee o distraer la atención de las manecillas para que sean infieles y no cumplan el contrato que firmaron con el tiempo.

Es innegable que la idea de la finitud resquebraja todos los esquemas, sin embargo, incontables personas, aquí y allá, en todo el mundo, optan por no atormentarse con temas ontológicos y lejos de encontrarse a sí mismos para descubrir sus insondables secretos y diseñar y protagonizar una vida auténtica y plena, prefieren que sus días transcurran en asuntos baladíes, entre reflectores y ruido, hasta que los guiones de sus existencias se convierten en una serie de páginas vacías e insípidas.

La mayoría teme al silencio y a la soledad porque significan el verdadero reencuentro consigo, el descubrimiento y conocimiento de sí, asomar al espejo de la verdad y coincidir no con los antifaces ni con los rostros maquillados ante los demás, sino con los semblantes de quien realmente es uno. Allí encuentra uno su belleza y fealdad, no en los rostros y cuerpos que finalmente se marchitan.

Por eso es que millones de personas justifican su estancia en el mundo con asuntos cotidianos, con la somnolencia de la rutina, con el encanto de las apariencias y las superficialidades, siempre con el argumento de que la vida es corta y, por lo mismo, hay que disfrutarla lo mejor que se pueda.

No obstante, confunden los gritos de júbilo con la alegría auténtica y permanente. Gozar la vida no equivale a dedicar un día, una noche y muchas horas a apetitos pasajeros y trivialidades. Definitivamente no es el camino de la evolución humana, y quien no lo crea, que recorra su entorno y el mundo para que se percate de los niveles tan ínfimos de vibración en que late la humanidad.

Como hijastros y nietos de la radio, televisión e internet, nodrizas responsables de “normalizar” las debilidades, estupideces y pasiones humanas, innumerables hombres y mujeres creen que vivir se justifica con su devoción a los apetitos, a la acumulación de riquezas materiales y a la consagración de vicios. ¿Eso es la vida?

Vayan a los cementerios y escuchen las voces del silencio, los rumores de la muerte, o acudan a los hospitales, a las camas donde agonizan hombres y mujeres que enfrentan padecimientos indecibles, o a los asilos, al lado de ancianos enfermos y abandonados que cargan el peso de los años e historias similares y aburridas, y pregunten cómo vivirían si tuvieran oportunidad de nacer o retornar al ayer, a sus años juveniles. ¿Qué respondería el canceroso si le preguntaran a que dedicaría su vida si tuviera oportunidad de retroceder a los muchos días del ayer?

Cada instante que se consume es irrepetible y resta momentos y capítulos a la gente. Casi nadie se atreve a ser grandioso y singular porque las cadenas del temor, los prejuicios, las creencias que les han impuesto, las costumbres, las apariencias, la seguridad relativa, el conformismo, la pasividad, las modas de la época y la ausencia de convicciones y valor, los condenan a permanecer atrapados en las mazmorras de la mediocridad, y así, al paso de los años, cerca del término de sus existencias, lamentan los segundos que partieron indiferentes. Pocos, en verdad, se atreven a protagonizar una epopeya.

La vida y el tiempo parecen adversarios irreconciliables, muy ajenos e indiferentes a las necesidades humanas; sin embargo, se trata de un lapso de conciencia terrena y de momentos que contabilizados, plantean a hombres y mujeres experimentar sus días con la dicha del amor, la alegría, la libertad y un proyecto integral que conduzca a horizontes plenos.

Escuchen los gritos de la vida en las flores minúsculas que decoran la campiña, en las gotas de lluvia que se transforman en fragmentos de cristal y espejo al acumularse en charcos, en el concierto de las aves, en el oleaje que baña los granos de arena de las playas, en las nubes que transitan pasajeras, en la luna con su maquillaje de plata o su sonrisa de columpio, en el musgo que crece en las cortezas de los árboles, en el río que corre.

Los días de la existencia transcurren raudos e indiferentes, se fugan entre un suspiro y otro, y cómo se lamentan los instantes perdidos, la vida que se dedicó a nada. La noticia para quienes creyeron que vivir significa consagrarse a brincar de una experiencia sexual a otra, acumular riquezas materiales y entretenerse en estulticia y trivialidades, es que compraron el boleto equivocado y asistieron, en consecuencia, al espectáculo más grotesco del planeta.

Dentro de una escala de valores, permanecen encarcelados en las mismas tendencias que llevan a cabo los animales y las plantas, con la diferencia de que cumplen y justifican su misión, mientras hombres y mujeres no transitan a la evolución. Igual que otras manifestaciones, comer, beber, aparearse y pelear por el poder se han convertido en prioridades de millones de personas. Cuán burdo es permanecer atorados en situaciones tan primarias y en base a esa estrechez mental y espiritual, incluso hasta física, consumir la vida.

No he condenado esas necesidades primarias en todo ser viviente, pero sí que los esquemas se hayan tergiversado y que las prácticas que hasta las moscas y cucarachas llevan a cabo por instinto, sean primordiales en las historias de la humanidad.

Cuando uno mira a los bufones de la televisión, escucha las estupideces de no pocos locutores en la radio, oye los contenidos de innumerables canciones, analiza amplio porcentaje de páginas de internet y escudriña los guiones de algunas películas y la trama existencial de no poca gente, concluye que todo responde a un proyecto maestro, dentro del poder, para idiotizar, masificar y ejercer control.

Quienes dedicamos la vida al arte, sabemos que la consecución de una obra equivale a haber dedicado muchos años a perfeccionarla, y eso implica disciplina, esfuerzo, dedicación, sacrificio, trabajo. Se inicia temprano para concluir en la noche de la existencia y ofrecer así una obra magistral.

¿Dónde están quienes sostendrán y guiarán al mundo durante las próximas décadas? ¿En los bares, en los moteles, frente al televisor, entre los gritos de las multitudes y en las redes sociales? ¿O serán los profesionistas que pretenden enriquecerse a través de las actividades que desarrollan, al pisotear la salud de la gente, prostituir la justicia y las leyes, manipular los datos y mentir?

Busquemos en nosotros, en nuestro entorno, en el país, entre la humanidad, a quienes verdaderamente están haciendo algo por mejorar el mundo. ¿Se encuentran entre los políticos, ministros, profesionistas, jueces, empresarios o trabajadores? ¿Dónde están?

Ser grande no es sinónimo de poseer mayor número de conquistas sexuales, comer en los mejores restaurantes, tener los mejores automóviles y la residencia más ostentosa, trasladarse a cualquier región del mundo o hablar estupideces.

La grandeza inicia en uno, en la humildad de espíritu, en el proyecto de vida que se diseña y en las huellas que se dejan. Pregunten a los moribundos de qué sirvieron sus locuras. ¿Qué se llevarán? ¿La añoranza de sus locuras repetidas durante tantos años?

Independientemente del estilo de vida de cada uno, es innegable que el minuto presente huye para ceder su espacio a otro que tendrá similar destino. La vida es, parece, una serie de números con una cuenta regresiva en la que cada segundo es el aliento que escapa, la lozanía que se fuga, la salud que se diluye.

La vida es breve. En latín, por si no se comprende: vita brevis. Así de leve y pesado. No se pueden atrapar los días felices ni desechar los momentos tristes e inciertos. Vienen y se van con el mismo compás. Son luces y sombras, auroras y ocasos. La existencia está matizada de claroscuros. La sabiduría consiste en evolucionar y probarse a sí mismo.

Quien no se acepta como es físicamente, verbigracia, se condena a ser infeliz toda la vida porque sus rasgos, su perfil, le acompañarán hasta el instante postrero. Hay quienes parte de sus existencias reniegan por su aspecto, su nombre, su familia, sus condiciones, y lo más sorprendente de todo es que se trata de personas con salud y seguramente capacidad para superar la mayoría de las pruebas y trascender.

Lamentablemente, las tendencias del mundo de la hora contemporánea son la estupidez y la superficialidad. Millones de seres humanos vibran a una frecuencia tan baja que se impresionan por la apariencia física de hombres y mujeres, rinden culto a sus apetitos sexuales y a las cosas materiales. Su trama existencial carece de valores e interés. Es un modelo muy generalizado que se repite entre una generación y otra, hasta que desciende el telón de la comedia.

El minuto presente se fuga como lo hizo el que lo antecedió y lo llevará a cabo el que lo sucederá. Con cada instante, la vida se reduce junto con las posibilidades de ser dichosos, libres, plenos y diferentes.

Tal vez por dedicarme al arte de las letras, relaciono la historia de la vida con un cuaderno con las páginas en blanco, un pentagrama o una piedra de mármol preparada para esculpirse.

Uno, ante una libreta de apuntes, tiene oportunidad de escribir y protagonizar una historia épica, un guión irrepetible, bello, excelso e inolvidable, como dibujar, en el pentagrama, los signos de una sinfonía magistral o una serie de notas discordantes.

Hay que atreverse a romper los barrotes de las apariencias, el miedo, las costumbres, los prejuicios y las creencias impuestas. No importa enfrentarse a la opinión generalizada si a cambio se descubre el vuelo pleno y libre que conduce a la luz.

Quien no se atreve a materializar sus ideales, por absurdos y ridículos que parezcan o por resultar contrarios a las creencias y convicciones de las mayorías, se condena a sacrificar la oportunidad de vivir una historia maravillosa.

La vida es bella, es cierto. Merece experimentarse en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre acompañada de un proyecto auténtico, de valores y de decisión de ser libre y conseguir que los sueños e ilusiones se transformen en realidad, en vida, a pesar de que parezcan imposibles u opuestos a los intereses colectivos.

Uno es maestro de su existencia, con capacidad de hacer de los sueños e ilusiones un encanto, un estilo de vida. Sólo hay que atreverse a lograrlo con decisión y sin temor. Al final de los días existenciales, la mayoría de las personas se arrepienten de no haber luchado por lo que soñaron, y hasta admiten que no hubiera importado romper esquemas y enfrentarse a los prejuicios sociales. Temieron y no se atrevieron a protagonizar el encanto de una historia de ensueño.

El minuto presente se va y no vuelve. Atrévanse a soñar, a dar vida a sus anhelos, ilusiones y sueños. No se condenen por miedo o prejuicios a la oscuridad de las celdas. La vida es algo más y eso corresponde experimentarlo a cada ser.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Trozos de vida… Pacto con los instantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con quien cada instante comparto una historia maravillosa e inolvidable

Sé, por experiencia, que los instantes son pasajeros agotados e irreconocibles que esperan en la vieja estación la llegada del tren, donde se confinan para viajar hasta un destino cual forasteros desolados que finalmente se diluyen, igual que las sombras de la noche cuando son derrotadas ante el amanecer. Tampoco desconozco que al acumularse, se transforman en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años, que el tiempo utilizó solamente para grabar sus huellas en los rostros y manos de la gente, en las plantas, en las cosas, en todo lo que existe en el mundo. No olvido, igualmente, que los momentos son irrepetibles. La vida se compone de instantes, buenos o malos, que tienen contrato con el tiempo; por eso transitan inquebrantables y se llevan algo de uno. Deshilvanan las vidas a su paso, hasta que las consumen. Hay poetas que lamentan el tiempo que huyó. Prefiero no sufrir. Es más cómodo llamar a los segundos y minutos a hurtadillas, establecer alianzas y eternizarlos con sentimientos y actos de amor, alegría y bienaventuranza. Como te amo tanto y soy tan feliz contigo, deseo que los instantes efímeros no mueran vacíos, sino con la dicha de que dos seres -tú y yo- aprendimos a vivir enamorados y plenos. Pedí a los instantes se convirtieran en escalones para ascender hasta la eternidad, ¿y sabes lo que respondieron? “Seremos amigos, anticiparon, pero no olvides que somos de efímera existencia. Trataremos de llevar con nosotros el recuerdo de la historia que ambos comparten, hasta que el viento disuelva nuestra presencia; no obstante, ella y tú poseen algo que ni nuestro patrón, el tiempo tan indiferente, puede consumir o tener, el resplandor de sus almas que alumbrará el sendero hacia el cielo. Al amarse, reír, ser intensamente felices y dedicar su estancia en el mundo a sentimientos y actos sublimes, el tiempo se alejará y cuando menos lo esperen, habrán traspasado las fronteras de la inmortalidad… ¡Ah!, por cierto, aprendan a no desdeñar los segundos y minutos porque son, en verdad, el pilar de las horas, los días y los años…” Ahora que entiendo la capacidad de los instantes, me aproximo a ti, tomo tus manos, miro tus ojos y pronuncio: “me cautivas”, “estoy enamorado de ti”, “te amo”, expresiones que brotan de mi ser y que seguramente se llevarán los segundos y minutos en su memoria, con la promesa de que tú y yo caminamos hacia la morada donde lo que hoy sentimos y compartimos, se eternizará.