Y un día, al amanecer de nuevo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré sonrisas y flores, abrazaré a la gente y le expresaré mi amor -dijo alguien con la promesa de salir a las calles, a los espacios públicos, a los jardines con calzadas y árboles, a cierta hora de una fecha indefinida, con la idea de repartir alegría y sentimientos, transformarse en fuente de amor y dulzura, dispersar palabras amables.

Alguien más, reflexivo, le obsequió una flor silvestre, minúscula y humilde, y le preguntó, al mismo tiempo, la razón por la que postergaba la oportunidad de irradiar luz y entregarla a la gente a partir de la fecha en que la humanidad saliera a las calles con el objetivo de celebrar la libertad mundial, tras permanecer amordazada ante el riesgo y la amenaza de una enfermedad creada y manipulada por una élite ambiciosa y perversa.

Aquella persona soñadora que prometía tanto para un día incierto, sintió que las palabras de su amiga le hicieron titubear, mirarse empequeñecida, dudar de la autenticidad de sus promesas y sentimientos. Permaneció en silencio.

La amiga la abrazó y explicó:

-Es ahora, no mañana, cuando hombres y mujeres -niños, adolescentes, jóvenes, personas de edad madura y ancianos- necesitan sonrisas, detalles, consejos y palabras dulces, sentimientos genuinos, fe, esperanza, alegría, actos, amor, compañía.

Incómoda y quizá un tanto molesta por la intromisión de su amiga, la mujer contestó esquiva e indiferente, con deseo de marcharse:

-Abriré mis sentimientos, igual que una flor asoma una mañana al sentir las caricias de las gotas del rocío, para regalar al mundo, a la humanidad, mi amor, mis sentimientos, lo mejor de mí; no lo haré antes, definitivamente no.

Su amiga la miró tristemente y dijo:

-Es hora de demostrarnos de qué arcilla estamos hechos. No seamos como los artistas, científicos y tantos personajes que se han ocultado ante la falta de público que les aplauda, pague y engrandezca su soberbia. Seamos como la flor que acabo de regalarte, resplandeciente y de humilde belleza que la hace grandiosa, con matices y perfumes auténticos que no necesitan antifaces.

Ambas fueron interrumpidas por un mozalbete desharrapado, apenas cubierto con un pantalón corto y una playera de mayor talla, con los brazos y las piernas cubiertos de mugre y granos, quien imposibilitado de hablar, emitió sonidos guturales y estiró la mano, ansioso de obtener comida o algunas monedas.

La mujer lo vio con asco, sintió repugnancia e hizo señales con las manos para ahuyentar a la criatura hambrienta. Volteó, altiva, a otra dirección y hasta soltó la flor sencilla al piso de concreto, mientras la amiga sustrajo de su bolsa una manzana, una botella con agua y una naranja, y las entregó al menor atrapado en la miseria y la pubertad de sus años, cubierto de granos y manchas, a quien recomendó lavar sus manos antes de probar los alimentos. El muchacho, enmudecido, escudriñó a la dama, le sonrió agradecido y se marchó de prisa.

Enojada, la mujer que prometía tanto para otros amaneceres -abrazos, besos, felicitaciones, sonrisas, regalos, alegría-, habló en cuanto el adolescente corrió feliz con los regalos que le entregó la dama:

-¡Cuanta escoria hay en el mundo! ¡Esta basura debería extinguirse! Por esa clase de personas, la humanidad padece contagios y escasez de alimentos, espacio, oportunidades y equilibrio natural. Le diste agua y comida sin conocerlo. Es un muchacho rapaz. ¿Cómo es que alimentas basura, amiga? A esa gente hay que abandonarla a su suerte para que enferme y muera. No la necesitamos. Estorba. Es inmundicia.

La amiga escuchó incrédula a quien anunciaba regalos para otros amaneceres, burbujas, después de todo, que reventarían ilusas ante la realidad. Movió la cabeza en señal de desaprobación y pensó en la hipocresía de tanta gente. La verdadera grandeza, reflexionó, se mide ante las pruebas cotidianas y no por medio del ornato de palabras y ofrecimientos que jamás serán cumplidos.

La mujer interrumpió las cavilaciones de la dama:

-Habrá otros amaneceres y oportunidades para alegrar al mundo. Un día lo haré, te lo aseguro. Ya es tarde. Debo acudir a una cita con unas amigas, con quienes beberemos café e iremos a recorrer algunas boutiques, en la plaza comercial, para después comer en un restaurante de buena clase. La vida es breve, ya lo sabes, y hay que aprovecharla como sea antes de que llegue la noche. ¡Adiós!

Así, la dama permaneció en silencio. Distinguió, a unos metros, a la amiga que abordó un automóvil en el que viajaban otras mujeres, con quienes indudablemente iría a la cafetería y a las tiendas de la plaza comercial; en el otro extremo, más retirados y en sigilo total, descubrió la figura del adolescente enfermo y pobre, sentado en el césped de un jardín público, que compartía la botella con agua, la manzana y la naranja con su madre y una niña muy pequeña, descalza y de piel quemada por los días soleados tan repetidos en su existencia. Inmersos en su pobreza e ignorancia, disfrutaban aquellos tres pequeños regalos que sabían a cielo y manjar.

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré abrazos y sonrisas… -recordó la dama las palabras de la mujer que creyó su amiga, y pensó -: Para curar las heridas de quienes más sufren, devolver la alegría y la esperanza a los desprotegidos, tender puentes que salven abismos, provocar una sonrisa amigable, aconsejar y dar la mano, no se necesita esperar otros amaneceres; es preciso hacerlo ahora, en el minuto presente que rápido se convertirá en ayer y en oportunidad desperdiciada y perdida o aprovechada con sentimientos, palabras, actos, detalles y pensamientos nobles.

Las risotadas burlonas de su amiga y de las otras mujeres, mezcladas con la estridencia del motor al arrancar el automóvil, alteraron las reflexiones de la dama, quien sonrió al experimentar alivio y paz tras distinguir a la familia pobre -la madre, la niña pequeña y el adolescente- que lucían contentos al probar el agua, la manzana y la naranja que compartían en el césped. La dama caminó feliz y plena a otras rutas ausentes de un porvenir remoto e impreciso. Se sintió agradecida y bendecida.

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Los que estorban

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La realidad, en el mundo, es más cruel, inhumana, grave y preocupante de lo que incontables medios de comunicación, en amplio porcentaje mercenarios, parciales e incapaces de hablar de frente y con la verdad, informan cotidianamente. Definitivamente, es claro, y no es secreto para analistas y estudiosos del tema, que ancianos, enfermos crónicos y terminales, pensionados, desempleados y personas que coexisten en el pauperismo, representan una carga cada día más onerosa para los dueños del poder económico y político en el mundo, los gobiernos corruptos y serviles y las instituciones financieras. Se trata de personas que por sus condiciones físicas, mentales o económicas, de pronto se convirtieron en seres humanos de cuarta o quinta categoría, en estorbos, por no utilizar el término despreciables, y ahora son cifras y estadísticas que no significan generación de riqueza ni votos a favor de algún partido político. No son consumidores potenciales ni tienen capacidad, si la vejez o las enfermedades los mantiene aprisionados, de acudir a las urnas electorales. Ni siquiera representan algo significativo para las instituciones de beneficencia y religiosas. No representan utilidades monetarias; al contrario, significan erogación de recursos públicos. Más que recibir algún beneficio monetario de ellos, requieren apoyo. Hasta los ciudadanos, deshumanizados y masificados, sienten repulsión y tratan con desdén a esos sectores incapacitados. Con la aprobación del público, las empresas televisoras, radiofónicas y de medios digitales, ridiculizan a los ancianos, a aquellos que nacieron deformes o tienen algún defecto físico o una deficiencia mental. Las telenovelas, las series y los programas acentúan las diferencias raciales y sociales, y ser viejo, enfermo, desempleado, pensionado o pobre equivale al desprecio, al olvido, a la humillación. Muchos de ellos entregaron lo mejor de sí durante sus años productivos, pero a nadie parece importar esas historias que desde hace tiempo son garabatos arrojados a la basura. Les resulta preciso a los propietarios del dinero y el poder, a los gobiernos y a las instituciones, reducir las crecientes e imparables cuentas millonarias que representan tales personas. Piensan los que controlan el poder económico y político, junto con sus gobiernos aliados, y con el apoyo de innumerables artistas, científicos, intelectuales, académicos y medios de comunicación, en la aplicación de una fórmula para reducir, en primer lugar, a tales sectores de la sociedad. No es de extrañar, en consecuencia, que actualmente sean las principales víctimas de algo deforme y monstruoso que la clase poderosa, con respaldo de científicos mercenarios, gobiernos aliados y títeres, pretende denominar y convertir en pandemia para así justificar la aplicación de vacunas, reducir la población global  y controlar al mundo. No les interesan el conocimiento y la experiencia de los viejos, y menos los relatos de los enfermos y pobres, a quienes desde hace décadas han preparado a las generaciones, dentro de un proceso de gradualidad que evidentemente tiene cierta intencionalidad. Sencillamente, se trata de sectores que pretenden eliminar del planeta porque les parecen gente despreciable e improductiva que no les representa algún beneficio utilitario.

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Claroscuros de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He andado por el mundo. No me impresionan la belleza física, los automóviles de lujo, las fortunas, los yates, las mansiones y el poder; tampoco me asustan la miseria y la ignorancia. Simplemente me alejo de ambas expresiones. Quienes permanecen atrapados en el traje pasajero de la belleza física, tras los antifaces de la temporalidad, con frecuencia demuestran que sus rasgos y líneas son inversamente proporcionales a la inteligencia y a los valores. Aquellos que intentan demostrar su grandeza por medio de las cosas materiales que acumulan y presumen, son tan pobres que no merecen que uno pierda tiempo en atender su demencia y ausencia de luz. En cuanto a la miseria, le temo más a la humana que a la material, a la que se multiplica en cada generación para mal del mundo. Eso no implica que cierre las puertas a la ambición natural, al desarrollo y a la consecución de niveles de bienestar. Más que disfraces mundanos, parece que tienen mayor encanto y mérito la alegría, el bien, los detalles, el amor, los sentimientos, las acciones y los valores. Uno puede aspirar a un castillo durante su jornada terrena, y es válido siempre que se piense y trabaje para alcanzar el palacio una vez que concluyan los días de la existencia. Si uno, en el mundo, experimenta la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, ¿cómo será, entonces, la otra morada? La vida presenta claroscuros. Los resultados dependerán, finalmente, de la búsqueda permanente de la luz o de la preferencia por la sombra. Cada uno tiene la opción de escribir su propia historia.

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El hombre del sombrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Caminaba el hombre con el agotamiento de las horas repetidas, entristecido, con un niño que dormía en sus brazos, réplica de su imagen y quizá heredero de días inciertos, ausentes de juegos y risa, entre basura y escupitajos, incluso con un lenguaje tan pobre que sin duda lo convertirá en otro mexicano aislado y carente de dignidad, historia e ilusiones.

Gente sin historia, es cierto, con amnesia del ayer y sin esperanza de un porvenir, acaso porque todo, para ellos, es presente, un hoy con rostro cruel y endurecido. Por sus rasgos y situación, injustamente son parias en el lugar donde nacieron. Su condición humana definió, para siempre, la ruta de sus existencias.

Miré al hombre envejecido, atrapado en harapos, con su hijo o nieto sumido en la profundidad del sueño, refugio contra la ingratitud e indiferencia de los seres humanos.

No pocas veces lo había mirado en alguna de las calles de la ciudad, sentado en el piso, con el niño a su lado, también en el suelo, con la esperanza de que alguien depositara una moneda en su sombrero decolorado para comprar, al menos, un mendrugo.

Caminábamos en sentido opuesto y coincidimos exactamente donde un árbol obligaba a detener la marcha. Uno de ambos tendría que ceder el paso al otro porque el espacio, en la banqueta, resultaba estrecho.

El hombre, acostumbrado a ser la última pieza del tablero, detuvo la caminata a pesar de encontrarse más próximo al acceso, y silencioso esperó a que yo pasara antes que él. Estaba acostumbrado, parece, a que todas las personas que lo rodeaban tenían preferencia, boleto de primera categoría, mientras él y su familia representaban las sobras. Así es la injusticia humana.

Difícilmente alguien podría imaginar su gesto de sorpresa cuando le cedí el paso. Titubeó. Seguramente creyó que lo humillaría o maltrataría; pero cuando sonreí y le insistí que transitara con el niño, agradeció de verdad, como si por primera vez en su vida alguien lo hubiera valorado como ser humano.

Agradeció mi acción una y otra vez, hasta que se quitó el sombrero e inclinó la cabeza humildemente. Definí un semblante alegre y orgulloso de haber recibido el trato de caballero, algo diferente en su existencia, porque alguien, uno de tantos ciudadanos que transitan indiferentes al hambre, las enfermedades y el pauperismo, lo trató con dignidad y respeto, como su igual.

Comprendí, entonces, que no se necesita mucho para derramar amor y alegría en los demás, sobre todo en quienes más sufren. Si uno, otro y muchos más, en el mundo, decidiéramos sumar y multiplicar en vez de restar y dividir, aniquilar el egoísmo, ceder y desterrar el orgullo y la soberbia, y regalar detalles, seguramente el rostro entistecido de la misera tendría oportunidad de reír y soñar como lo hizo, en su momento, el hombre del sombrero.