Cada instante es la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No sé, a veces, si asisto al espectáculo de mi renacimiento cotidiano, al despertar un día y otro, al mirar las nubes de formas caprichosas que flotan en la profundidad de un cielo maravilloso y pleno que ofrece y promete tanto, al sentir las innumerables gotas de lluvia que me empapan y deslizan en mi piel, al descalzarme y correr en el pasto, entre árboles y helechos, o al hundir los pies en el agua del riachuelo y recibir las caricias del aire que me abraza, y percibir, así, el palpitar de la vida que fluye incesante en sus múltiples expresiones. Desconozco, en ocasiones, si presencio, de frente y puntual, la cercanía de mi funeral, al caer la tarde, al oscurecer y asomar las estrellas silenciosas y plateadas, cuando todos duermen, excepto las lechuzas, los grillos, los cometas, los enamorados y yo. Es uno tan frágil que, al creer que posee el conocimiento, la verdad, descubre otras puertas que aparecen, de improviso, con más interrogantes. Soy, simplemente, un artista, un escritor que un día, a cierta hora, saltó la cerca y eligió otro rumbo, al que sorprenden los rasgos de la vida y la muerte. Ando en el camino, asombrado por la flor mínúscula que crece entre las piedras acumuladas durante un momento de convulsiones y por la grandiosidad de los árboles que extienden sus racíces debajo de la tierra y sus troncos y follaje hacia el cielo azulado o plomado, libres, plenos, buenos, dignos, felices de vivir cada instante. Durante mis caminatas matutinas y vespertinas, inmerso en mis cavilaciones, entre un instante y otros, descubro que la vida fluye en los ríos que transitan imperturbables, en un canto a la creación infinita, mientras en ciertas orillas distingo el agua que, por alguna razón, se estancó y se pudre, acompañada de hojas pútridas y cortezas solitarias y enlamadas. Se trata, parece, del escenario de la vida y la muerte que de alguna forma se manifiesta ante mi mirada de asombro. Sonrío, agradecido y tranquilo, y me repito: “vamos. La vida invita a navegar en su corriente ondulada. Tengo la fortuna de desconocer, a esta hora, el minuto postrero de mi existencia. La vida transita frente a mí. Es momento de vivir”. Me repetí:, en silencio “libérate de culpas añejas. Perdona. No colecciones rencores pasados ni acumules otros que se sumen a la carga. Aligera el peso. Acéptate y coprende a los demás, principalmente a los que más sufren. Dedícate a hacer el bien, a enseñar a otros y a retirar escombros del camino. Da de ti lo mejor. No traiciones tus principios y evoluciona. No te olvides de ti, pero tampoco de las demás criaturas, cada una con su naturaleza y su esencia. Sé intenso. Ama. Sonríe. Practica la amabilidad y busca, cuando puedas y lo necesites, el silencio interior. Anda, ve y entrégate a la vida”. Y así es como trato de inventarme y justificar los días de mi existencia en este plano, en un mundo temporal, previo a mi despedida, en la estación, para viajar a otros rumbos. Cada instante es la vida.

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Rutas de un viajero. Capítulo VII. Ihuatzio… la noche

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al pueblo de Ihuatzio

Es la otra hora, la noche, el espectáculo de las estrellas, en la oscuridad y lo infinito del cielo, o en la neblina que flota y se mezcla, en una añeja y tradicional alianza, con el humo que exhalan el copal, las fogatas, el incienso, las veladoras y los cirios. Son instantes nocturnos, envueltos con el prodigio de la vida y el retorno de los muertos, de acuerdo con la concepción purépecha, en su tierra nativa, en Ihuatzio.

Hay una fecha, en especial, en que las familias purépechas, reunidas en el cementerio, entre los altares con flores de cempasúchil y otros elementos indígenas, esperan a las ánimas, a sus difuntos, a la gente que a una hora y a otra, un día y muchos más, coexistió a su lado y protagonizó capítulos de una historia sin final.

Es la fiesta de los vivos para los muertos. La muerte abre paréntesis, espacios, honduras, con autorización de la vida. Bajo los sepulcros, reposan nombres y apellidos ya sin uso oficial, restos de hombres y mujeres que rieron y lloraron, gente que alguna vez asomó a los espejos y a los charcos después de las tempestades.

Semanas antes del encuentro mágico entre vivos y muertos, en aquel rincón lacustre, los sepulcros indígenas, húmedos y cubiertos de flores marchitas y hojarasca que aliento otoñal arrastra y reúne en montones, ocultan historias, recuerdos, perfiles, rostros. Exhiben nombres y fechas en cruces de madera que el aire, la lluvia, el tiempo, la polilla y el sol carcomen.

El viento es un viejo coleccionista que junta, con esmero y pasión, las flores descoloridas e inertes, y las hojas secas y quebradizas, que, finalmente, al paso de las horas, se consumen igual que gente que yace en las tumbas. Reposan los muertos de Ihuatzio en la profundidad, entre piedras y tierra, donde moran gusanos y raíces, muy cerca de ídolos y templos que pertenecieron a sus antepasados.

El cementerio es otro pueblo, morada de incontables murmullos y silencios, penumbra y soledad, donde los habitantes -al menos sus cuerpos- duermen profundamente, hasta que se desmoronan y convierten en parte del polvo, de la tierra que un día y otro, en primavera y en verano, exhibe su manto de flores aromáticas y de intensa policromía.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Un abejorro zumba entre los sepulcros, como los caracoles se arrastran en las lápidas o las lombrices se refugian en la intimidad de la tierra; pero ellos, los difuntos, permanecen dormidos e inmersos en el gran silencio, un sigilo que a veces habla. Allí, en el cementerio, se han de encontrar, al fin, padres e hijos, abuelos y nietos, parientes y amigos, hombres y mujeres que se amaron y otros que se odiaron, que escribieron, sin saberlo, la historia y el rumbo de su pueblo. Personas, después de todo, que compartieron un camino y un destino en cierto momento y paraje mundano.

Los juegos y las rondas infantiles, las palabras de amor, una mirada y otra, las tertulias, la felicidad y la tristeza, un acto heroico, las conversaciones, el trabajo en la campiña, las preocupaciones, los sueños, el éxito, todo se agota en el panteón. Cada sepulcro, desde el más modesto, que es un montón de tierra con una cruz de lámina o madera, hasta el suntuoso, es hogar, refugio de un cuerpo y de una historia callada, de una identidad con anécdotas -buenas y malas- que se desvanecen en el discurrir de los minutos inagotables y naufragan, inciertas, sobre el oleaje de la desmemoria, de la amnesia.

A un costado del otro pueblo, del que pertenece a los vivos -San Francisco Ihuatzio-, se erige, imperturbable, el de los muertos –necrópolis-, y es allí, precisamente, a donde los moradores purépechas se dirigen, primero, el 1 y el 2 de noviembre de cada año, y luego, a la siguente semana, a lo que llaman la octava, cuando los muertos retornan al más allá, según la creencia popular en ese rincón indígena.

Costumbre es, en Ihuatzio, acudir al cementerio, la mañana del 1 de noviembre, con intención de llevarles ofrendas a los niños, a los pequeños que murieron, a los que llaman angelitos. Les llevan agua, flores, fruta, pan y veladoras, que colocan en las tumbas, para posteriormente orarles y recordarlos como eran en este mundo, alegres, risueños, o acaso huraños o traviesos, pero al fin niños.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Quizá por el amor tan intenso que sintieron por ellos o tal vez porque fueron parte de sus corazones y de sus vivencias, hay quienes todavía acostumbran llevar calabazas, chayotes, dulces, pan en forma de conejos y gelatinas a los pequeños difuntos. Otros colocan juguetes en las criptas infantiles. Dejan las canicas, el carrito, el soldado, o la muñeca, la pelota, la estufa y las tazas minúsculas de barro, para que ellos, los niños que murieron, se diviertan, como antes, cuando los matices campo se reflejaban en sus ojos y el sabor de las golosinas deleitaba sus paladares.

Muñecas, pelotas, sonajas, para que la algarabía infantil se hospede en el hueco de algún corazón que llora la ausencia de un hijo, de una hija, que un día o una noche, a cierta hora, se retiraron de la cuna, del campo, de la escuela, para arrullarse con el canto de la muerte tan coqueta e insinuante. Quien asiste al funeral de un hijo, se siente roto y jamás recupera los pedazos ausentes. Y si la ofrenda tiene o carece de una fotografía del pequeño difunto, ¿qué importa, si los familiares y padrinos lo recuerdan con amor y le dedican plegarias? Lo llevan en su interior.

Fundado en 1525 por misioneros franciscanos, Ihuatzio es pueblo de costumbres, fiestas y tradiciones; en consecuencia, cuando las pinceladas de la tarde tiñen el cielo, anunciando el ocaso del día, los moradores se reúnen en el templo con la finalidad de dirigirse al cementerio, en procesión.. Al caminar por las callejuelas chuecas, por donde otrora transitaron sus difuntos, ellos, los de la procesión, cantan y oran, entre sus silencios, hasta que llegan a su destino, al cementerio, a las tumbas.

Paralelamente, otras personas dedican la tarde del 1 de noviembre a instalar arcos con calabazas, flores de cempasúchil y ciertos motivos en los espacios del pueblo que cada año destinan a ceremonias y danzas. Durante la agonía de la tarde, el crepúsculo contagia las nubes que se reflejan en el agónico y legendario lago de Pátzcuaro, exhibiendo un maquillaje fugaz e idéntico al de las flores de cempasúchil y al de la vida que se consume cada instante. Es la hora de la nostalgia. Duele la falta de vida, lastiman los espacios de los ausentes, hieren los huecos de los que ya no están.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

A las doce de la noche, el paisaje nocturno de Ihuatzio, siempre acompañado de montañas que esconden vestigios prehispánicos de los purépechas, se incendia con incontables fogatas, velas, cirios y veladoras que proyectan siluetas de gente, sepulcros y arcos con flores.

Huele a vida y a muerte. Es la hora de los recuerdos. Los nativos conversan alrededor de los sepulcros. Todos ofrendan a sus familiares fallecidos; unos colocan, esa noche, agua, comida y bebidas embriagantes que más agradaban a los que se fueron y regresan, según sus creencias.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

No sólo hay ofrendas en Ihuatzio; también presentan la danza de los Moros y la otra, la del Viejo y las Huapanas, que es típica del poblado. La madrugada del 2 de noviembre y la noche de los ocho días posteriores, los habitantes de Ihuatzio, nuevamente llevan ofrendas hasta las tumbas.

Durante la octava, ellos, amigos, familiares y padrinos de los difuntos, colocan ofrendas con el propósito de que éstos, los que vinieron de visita de ultratumba, se marchen con provisiones necesarias. Si el ser querido tiene menos de un año de muerto, sus parientes colocan un arco de carrizo cubierto con flores de cempasúchil, que adornan, con frecuencia, con angelitos. Oran y piden por su eterno descanso.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

La noche de muertos y la octava, son dos fechas especiales en Ihuatzio, que los moradores, los que todavía viven, aprovechan para recordar a los que emprendieron la marcha a otras rutas, a sendas insospechadas, a los que traspasaron la línea de la existencia, la frontera de este mundo.

Ihuatzio pertenece al municipio de Tzintzuntzan y se encuentra entre esta población y las de Cucuchucho y Tzurumútaro. Se localiza a cinco kilómetros de Pátzcuaro. Algo palpita en esta tierra. ¿El pasado, con sus vestigios de barro y piedra enterrados, ocultos? ¿Los purépechas difuntos, atrapados en sepulcros, en tumbas cubiertas de flores, hojas y cera? ¿El paisaje lacustre? En algún rincón de Ihuatzio, el aventurero convivirá con los indígenas, con los nativos que recuerdan a sus muertos, quienes indudablemente le invitarán pan con forma de conejo y atole, y mientras el día agoniza y se apaga en el horizonte, en el reflejo efímero y plomado del lago d Pátzcuaro, las luces de los cirios y de las veladoras iluminarán la noche y proyectarán siluetas de gente, sombras de árboles y tumbas. Serán, después de todo, la vida y la muerte en sus noches de convivencia.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Protegido del viento helado con chamarra y acaso con una mochila sobre la espalda, el viajero caminará entre sepulcros que exhalan aroma de cera y flores, pensando en la vida y en la muerte, en el recuerdo y en el olvido. ¿Cuál tiene mayor fortaleza? La muerte se siente invicta, suprema, intocable; pero el recuerdo sobrevive y el olvido, al final, lo consume todo. No obstante, el consuelo es que la vida es ciclo y se renueva cada instante… Las flamas de las veladoras se apagarán en Ihuatzio; pero otro día, quizá al siguiente año, volverán a encenderse, como las flores cuando se marchitan y mueren con el anhelo y la esperanza de renacer en la campiña. Tras un ocaso, siempre hay una aurora.

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De

Parecía grandiosa y era tan pequeña…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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“Mi concepción de la vida cambió al mirarla en el féretro, con su hermosura apagada, en estado putrefacto, desolada, lejos de su fortuna material y de su poder. Lucía tan pobre y desvalida. Días antes, al transitar por calles y plazas públicas, parecía tan real, cerca de sí y distante de otros, con su elegancia y todo lo que podía comprar, envuelta en sedas y pletórica de oro y brillantes. Y fue tan pequeña, en realidad, que lo único que poseía, en un paraíso temporal, eran la hermosura de su arcilla, su riqueza material y el control y el poder que ejercía sobre los demás. Nunca imaginé que alguien de apariencia tan grandiosa, pudiera ser diminuto e insignificante. Los espejos biselados ya no la reflejarán más y ni siquiera alentarán su vanidad consumida. Su dinero no la salvó y su poder tan inmenso, en el mundo, resultó derrotado por la caducidad de su existencia. La he mirado demasiado pobre y sola”, dijo el discípulo a su maestro, el filósofo, tras presenciar el sepelio de una de las mujeres más acaudaladas y poderosas de aquel reino. El guía, reflexivo, habló: “sin duda, te pareció tan distante de sí, que te asustaron su aspecto y su silencio”. El aprendiz no dudó en responder: “admito que me sentí aterrado al mirarla. Estaba tan inmóvil, callada e irreconocible, que pensé en la insignificancia humana y en la broma que hace la vida a la gente”. El filósofo sonrió y aclaró: “amigo querido, la vida es idiferente a la felicidad o a la desdicha de la gente, a sus triunfos o a sus derrotas. Es como el tiempo Fluye. Si se estancara, sería como el agua que no corre más y se descompone al lado de paisajes rotos. El problema no es el dinero en exceso ni el poder, sino el uso que se hace de ambos. Hoy aprendiste algo más, pero noto que desconoces que hasta la muerte, dentro de sus silencios, tiene un lenguaje, una voz, un mensaje, y quizá no la escuchaste cuando gritó frente a ti: ¡vive!”. Al notar la expresión perpleja del muchacho, el hombre prosiguió: “la muerte invita a vivir, aunque parezca contradictorio y extraño. Solo hay que saber interpretar sus sigilos. Ríe la muerte cuando estremece a otros, a aquellos que la creen final de todo, acaso por ignorar que es la noche previa al amanecer, probablemente por desconocer que se trata de un paréntesis dentro de la caminata hacia la morada, quizá por aferrarse la gente a cosas que no ocupará en otros ciclos, seguramente por no entender que somos parte de un todo sin final, tal vez por eso y más… ¿Comprendes, amigo mío, que la vida y la muerte, en el mundo, son complemento, el día y la noche inseparables. Tras un amanecer, habrá una tarde y un anochecer. Después de la noche, llegará la aurora. Si hay mañanas, mediodías, tardes y noches de sequía o de tempestad, es innegable que también existen ciclos estables. La vida plena no depende de estados de tiempo ni de fortunas acaudaladas, ni del poder que se ejerce, sino de la alegría de disfrutarla y experimentar sus momentos, de la dicha de evolucionar, de dar lo mejor de sí a los demás, de superar las pruebas y de llegar, finalmente, a los jardines de la cima”. Prevaleció el silencio. Ambos, callados, escucharon los rumores de la vida y la muerte.

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Muñecos de historietas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Somos muñecos de historietas pasajeras, redactadas de prisa, sin esmero ni detalles; marionetas débiles, maquilladas y vestidas en serie, ausentes de cuidados y ternura, que los titiriteros manipulan en las carpas, mientras los otros, sus patrones, contabilizan los boletos vendidos en las taquillas y las ganancias que les reditúa divertir y entretener a ociosos espirituales y mentales; siluetas, apenas visibles, en masculino y femenino, en mayúsculas y en minúsculas, que alguien pretende desdibujar, romper y alterar en su cuaderno de dibujo. Somos criaturas débiles, de enorme fragilidad y destino incierto, a las que faltan sentimientos, capacidad de asombro, laboriosidad, sueños, ilusiones, creatividad e inteligencia que desdeñamos y, quizá sin danor cuenta, desechamos y cambiamos por simples formas, apetitos y cosas inertes. Ya no somos protagonistas de odiseas ni tenemos capacidad de emprender hazañas. Nuestros héroes dejaron de ser reales. Los preferimos en pantallas, virtuales, engañosos, como los alimentos y las bebidas que consumimos o los abrazos y los besos que enviamos en mensajes. Somos espectadores agotados, público aburrido de su propia historia, gente que mira transitar su vida de acuerdo con los intereses y el agrado de quienes se convirtieron, sin percatarnos, en directores de nuestras biografías. Somos ropa deshilachada que cubre despojos de lo que alguna vez, a otra hora, fuimos. ¿En qué momento consentimos perdernos y sepultar lo más valioso que teníamos? ¿Por qué preferimos ceder nuestra riqueza, los sentimientos nobles, la luz, y los pensamientos, las ideas y los valores a quienes pagaron tan poco? ¿En qué minuto del día, la tarde o la noche, incluso de la madrugada, confundimos el sendero con el calzado y así renunciamos al itinerario, a la ruta? ¿A qué hora entregamos lo que éramos, lo que teníamos, lo que resplandecía en nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Quién aplicó pegamento en nuestros sentimientos nobles, en los pensamientos, en la felicidad? ¿Fuimos nosotros? ¿Fueron ellos? ¿Fuimos ambos? Conforme transcurren los minutos, las horas, los días, y los meses, los dueños del poder económico, social y político nos despojan y dejan nuestro interior con ausencias, completamente desolados y vacíos, para rellenarnos de estulticia, maldad e indiferencia que venden como la mejor oferta de todas las épocas. ¿Reaccionaremos antes del amanecer o despertaremos, ya sin privilegios, ante las molestias de los grilletes que hasta del agua natural y del oxígeno -regalos de la vida- han hecho mercancía y transformarán en motivos de guerra y muerte? ¿Por qué optamos por el engaño y la prisión y no por la verdad y la libertad plena del ser?

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Y así…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y así, la tristeza habitual se convierte en huésped permanente que desmantela alegrías y sonrisas cautivas en las profundidades del ser y dibujadas en cada rostro. Y así, la ira, el resentimiento, la intolerancia, los celos y la violencia destruyen la armonía, el equilibrio, la paz, igual que los volcanes que deforman los paisajes y dejan, tras sus convulsiones, desolación y vacíos. Y así, conforme la ambición desmedida y los apetitos incontrolables se apoderan de la voluntad humana, la sensibilidad, la inteligencia y la vida plena quedan sepultadas bajo una cripta de mármol, fría, endurecida y, a la vez, quebradiza. Y así, el amor naufraga y sus colores se diluyen en el desencanto, mientras la vida se corroe, cuando ya no hay detalles ni motivos, al perderse la ruta y el sentido. Y así, el miedo estremece las facciones y deshilvana la seguridad y el valor. Y así, la mentira esculpe máscaras y disfraces de fantasía que se rasgan en cuanto aparece el destello de la verdad. Y así, las formas olvidan que son complemento y temporalidad, ornamento y policromía, y la esencia se vuelve rehén en mazmorras lóbregas y viejas. Y así, al transformarse la esencia y la arcilla en plástico, en simple envoltura utilitaria, la salud desmorona sus cimientos y pilares, hasta que todo se derrumba irremediablemente. Y así, al preferir el mal y desdeñar el bien, aparecen las máscaras que algún día, a cierta hora, esperarán al caminante en alguna de sus rutas para acosarlo siempre. Y así, cuando la vida ya no es encanto, el peso contrario inclina la balanza y entra la muerte. Y así, con omisiones cotidianas, intenciones para algún propósito, los pétalos mudan a espinas. Y así, la ignorancia ofrece comodidades y desplaza al conocimiento. Y así, el bien y la verdad parecen modas anticuadas, Y así, hay quienes al renunciar a la fuente, a la vida infinita, a la corriente etérea, se condenan a repetir su temporalidad en un mundo de barro y lodo.

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Encomienda

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores, en el jardín, nacen y mueren. La gente, en las casas, en los sitios de encuentro, en las calles, inicia sus propias historias y también las concluye en algún momento. Los segundos y las horas, los días y los años, se mezclan con las auroras y los ocasos. Nada es permanente en este plano. Muchas veces, al asomar desde la ventana, he descubierto a la vida y a la muerte, cada una en un sentido, o juntas, tocando a las puertas, a las biografías, mezcladas entre personas que van y vienen. En ocasiones, cuando las miro pasar cerca, voltean y me observan momentáneamente, y continúan entregadas a su tarea, a su misión, a su encomienda. Es inevitable coincidir con alguna, principalmente cuando la gente desafía al tiempo o ya carga tanta historia. Al no anunciar sus visitas, he pensado que cualquier día, a cierta hora, podrían llegar a mi taller de artista. Es el motivo por el que me pregunto si realmente me agrada quién soy y lo que he hecho desde que nací hasta el minuto presente. Me reviso constantemente con la idea de dar respuesta a mis interrogantes. ¿Me gusta quién soy? ¿Me cautiva mi biografía? ¿Me enorgullece mi trayectoria existencial? Oh, tengo que salir a los hogares, a las calles, a todos rincones del mundo, con el objetivo de saludar a la gente, sonreír, expresar mi amor, dar lo mejor de mí a los demás, escuchar, pedir disculpen mis errores, aconsejar. Aún no he escrito mi obra más excelsa, pero tampoco he derramado tanto bien y conocimiento a los otros, a quienes me rodean, a los hombres y a las mujeres, en minúsculas y mayúsculas, que necesitan palabras de aliento, instantes de atención, medicina, sonrisas, alimentos, una mano y otra más que los sostenga y rescate de su fatal caída, detalles que les devuelvan la fe y la esperanza. Interrumpo mis cavilaciones porque, al observar a la vida y a la muerte tan próximas y entregadas a sus labores, entiendo que mi biografía no está completa ni soy el hombre cautivante, ejemplar e inolvidable que supuse. Estoy incompleto en una época en que aumentan las listas de ausencias y faltan, por lo mismo, entrañables presencias. Tengo, ante mí, el desafío de moldearme como lo soñé.

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Quedamos solos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal vez, un día o una noche, quizá hasta una tarde o alguna madrugada, sin saberlo, abandonamos los detalles, las sonrisas, las amabilidades, y sustituimos la dulzura, el encanto y la blandura de los sentimientos nobles por muros de tabiques silenciosos, murallas de ladrillos pegados con concreto gris y helado, fronteras inaccesibles y tablas con astillas y carentes de significado. Volvimos, alguna ocasión, derrotados, atrapados en el desencanto y sin la brújula y el timón que llevábamos durante la travesía, con la ropa desgarrada y la desmemoria en constante acoso. Rompimos puentes, quebramos esperanzas, despreciamos abrazos y cariño, ignoramos consejos y sepultamos la fe. Quedamos solos. Borramos nombres, recuerdos, familias, amigos y sentimientos. Transitamos a la envoltura, a la estupidez, a la brutalidad, a la inmediatez. Ya convertidos en plástico, en maniquíes irracionales, en consumidores de apetitos, en modelos en serie y desvinculados de compromisos, en adoradores de cosas y superficialidades, llegamos confundidos a algún paraje indefinido, casi irreconocibles, totalmente descompuestos, con actitudes de dioses, deidades engreídas e insensibles, embrutecidos por la soberbia, la ambición desmedida y la estulticia. Eliminamos códigos de amor, tolerancia, respeto y valores. Creímos ser eje de la vida, personas amadas, consentidas y privilegiadas de la creación, en el planeta y en el universo, hasta que a una hora, en cierta fecha, la realidad nos regresó al escenario que fabricamos, a la basura que concebimos, a un mundo roto e incompleto. Somos tan insignificantes, que preferimos evadir los escenarios que diseñamos y construimos irresponsablemente, hasta llegar a la demencia de idealizar la conquista de otros mundos para formar lo que, con tanta riqueza natural y mineral, no tuvimos capacidad de transformar en paraíso. Y ahora, por las circunstancias que asfixian a la humanidad, con todo lo que está por venir, necesitamos un amor, a la familia, algún consejo, un motivo que justifique nuestras existencias, un saludo, una mirada dulce, un abrazo, una sonrisa, una mano que dé lo mejor de si; pero quedamos solos al sepultar lo que éramos y teníamos. Desdeñamos nuestra verdadera riqueza -nosotros mismos- al creerla inferior. Empobrecimos. Hoy, cuando más necesitamos lo bello de la vida, quedamos solos.

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Empecemos hoy

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, con el tiempo, aprende que hay una hora en la que la cuerda se rompe y las historias de antaño, los relatos de familia, las remembranzas del ayer y las narraciones de barcos y naufragios, las etapas de paz y las épocas de guerra, se deshilvanan al marcharse los abuelos. Uno, entonces, deja de ser nieto, y queda, en el mundo, con la memoria de los rostros y la ternura de los abuelos. Uno, con el tiempo, es testigo del desfile de la vida y de las bienvenidas, en los cuneros, y de las despedidas, en las criptas, y agrega en las listas presenciales y en las de las ausencias, nombres y apellidos. Y se marchan los tíos, ya ancianos, y uno deja de ser sobrino en un sentido práctico y terreno. Y se van amigos, compañeros, vecinos. Uno no imagina, a veces, que un día, a cierta hora, dejará de ser hijo, porque ella y él, la madre y el padre, no estarán para regalar su amor y sus sonrisas, sus consejos y sus regaños, su ejemplo y sus momentos. Y así, un día, uno deja de ser hijo, aquí, en el mundo. Uno, entonces, voltea atrás, a los lados, adelante, hasta descubrir y percatarse de que comienza a estar solo. Los rasgos de los otros días, permanecen en el fiel recuerdo, y más cuando abundan rostros nuevos, quizá cariñosos, probablemente crueles, tal vez indiferentes, que transitan por las mismas rutas de la vida y la muerte. Y otro día y algunos más, uno, con dolor y tristeza, deja de ser hermano, indudablemente con la certeza de que la hora del balance se aproxima. Y se acumulan los instantes, los días, los años, casi sin que uno lo note, hasta que el espejo habla con la verdad y devuelve imágenes reales de una edad o de cierta ancianidad. Si a uno le va bien, hasta el minuto postrero compartirá lo que es con sus hijos y nietos; sin embargo, en determinada fecha dejará de ser padre y abuelo. Y de esta manera quedan incontables historias en el mundo, biografías que alguien encierra en el armario o que se rompen con la caminata presurosa del tiempo. Y lo que fue recuerdo, se vuelve olvido. ¿Quiénes somos, entonces? ¿A qué venimos al mundo? Es incomprensible y tonto que innumerables seres humanos, hombres y mujeres, dediquen los años de sus existencia a cultivar enojos, rencores, daños, cuando la vida, en el planeta, es tan breve. ¿Por qué empeñarse en sembrar espinas, cuando los perfumes y la belleza de las flores, los árboles y los helechos alegran y son trozos de paraíso? Las gotas de la lluvia, multiplicadas por millones, abrazan a los ríos, a los océanos impetuosos, a los bosques, a la campiña, y alivia su sed en un acto excelso, magistral y prodigioso, sin extraviarse en divagaciones porque tienen el privilegio y la fortuna de dar a todos, derramar los mejor de sí y expresar el milagro de la vida. ¿Por qué no aprendemos de la lluvia? No esperemos el instante de dejar de ser nietos y abuelos, hijos y padres, hermanos y primos, sobrinos y tíos, parejas inolvidables y amorosas, amigos y compañeros, vecinos y moradores de este mundo. Cuán triste resulta, al final, dejar de ser uno, con su nombre y sus apellidos terrenos, con la envoltura finita del alma que se mantuvo aprisionada, y voltear atrás, al paisaje que abandona, ausente de huellas, amor, sonrisas, virtudes y bien. No esperemos la hora postrera para lamentar lo que no nos atrevimos a hacer por nosotros y por los demás. Empecemos hoy a componer la obra, el concierto que deseamos ser.

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La humanidad merece respeto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En estos días sombríos, cuando la gente es contagiada, enferma y muere irremediablemente, la humanidad necesita mensajes positivos y soluciones reales a los problemas que enfrenta y parecen desmantelarla, no vaticinios ni palabras mesiánicas que no aportan y sí, en cambio, generan incertidumbre, miedo e inseguridad. Ya basta de falsos profetas que se sienten dioses y salvadores del mundo. La gente, al menos la que tiene mayor conciencia, les agradecería que fueran auténticos y en verdad trabajaran en el rescate del planeta y sus habitantes, no en ser portadores de noticias y eventualidades catastróficas que por alguna razón conocen. Es inconcebible que tales oportunistas, dueños del poder y del dinero, pretendan hasta diseñar la alimentación de la población mundial. La vida, la salud, el mundo y la humanidad merecen respeto.

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Y un día, la gente se va

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día se va la gente que uno conoció. Hombres y mujeres, al retirarse, llevan consigo la memoria de sus biografías y la carga de lo bueno y lo malo que hicieron durante su paseo por el mundo. Y un día quedan las fotografías atrapadas en cajas, marcos, álbumes y archivos que nadie vuelve a mirar. Permanecen, en las imágenes, rostros, figuras, momentos y cosas, como si cada uno hubiera preguntado: “cuando yo ya no exista, ¿habrá alguien que me recuerde? Y un día las plantas del jardín empiezan a marchitar. El pasto crece, las enredaderas y las hiedras trepan insaciables y los abrojos cubren y asfixian las flores, cual desafío a la ausencia de quienes amaban las plantas y los árboles. Se convierte el jardín en un trozo de paraíso menos en el planeta. Y un día, casi imperceptiblemente, las calles, las plazas y las tiendas se aglomeran con nombres y apellidos que sustituyen a los que se fueron y de pronto resultan extraños. Y uno se va sintiendo más solo. Y un día, las fragancias y los sabores de la cocina son otros. Se pierden las recetas. Y un día, uno a uno, las sillas del comedor y los espacios de la sala van quedando vacíos, hasta que la lista de faltantes provoca hondos suspiros y lágrimas que duelen mucho. Y un día, la vejez asoma a las ventanas y toca a las puertas de la gente que uno conoció y trató. Ya no hay a quién estrecharle la mano. Son menos los abrazos y los besos. Quienes apenas ayer entregaron lo mejor de sí a los demás, se dan cuenta de que, a cierta edad, no son prioridad ni figuran en los planes de otros. Y un día, uno deja de ser hijo, nieto, hermano, padre, madre, abuelo, pareja, amigo, compañero, habitante, vecino. Y un día, cuando uno piensa que ha asimilado las lecciones de la vida y está preparado para mejorar su historia, aparece la muerte que provoca el último suspiro. El libro de la biografía se cierra de pronto, quizá con un destino parecido a otros que son olvidados, mientras sus páginas amarillentas y arrugadas envejecen y se sienten invadidas de polilla, hasta que se desintegran. Y un día, uno muere y tal vez, a pesar de las lágrimas y las flores sobre la cripta, será olvidado porque la vida continúa, similar a un río cristalino. Y un día, uno queda solo y se va igual, como llegó, sin compañía. Y un día, uno es llanura, pasado, desmemoria, acompañado exclusivamente de la luz o de la oscuridad que portó en el mundo. Y un día, uno es esencia y no cuerpo, luz y no oscuridad, infinito y no temporalidad. Y un día.

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