En estos días y los que siguen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días pasados y los actuales, han alterado las notas de la vida, y no es por el destino ni por el tiempo. La guerra continúa con su rostro deforme e irreconocible, casi sin que lo note la gente que está tan distraída y desconoce que, junto con otros miles de millones de seres humanos, se ha convertido en prueba de laboratorio, en ensayo perverso, en producción en serie, en estadística. El agua, el oxígeno, la tierra y los alimentos, en el mundo, se agotan, al mismo tiempo que manos ambiciosas, crueles y egoístas -las mismas que crearon los desórdenes y propician el caos, el odio, las enfermedades, los enfrentamientos, la destrucción, los antagonismos y la muerte- acaparan los recursos naturales y minerales y acumulan fortunas y poder inmensos que contrastan con el hambre, las carencias económicas y las enfermedades. Mucha de la gente que se dedica a la ciencia, al arte, al conocimiento, ya lo comprobamos una y otra vez, es soberbia, ausente de sentimientos, y tiene precio. Vende el arte y la ciencia igual que se comerrcializa cualquier baratija. Son mercenarios que se han aliado al mal y a los que no les interesa prostituir el bien, la verdad, la justicia y la libertad. La élite ha saqueado al planeta, con la cacería de animales, el botín que obtienen de las entrañas de la tierra y los paraísos de cristal y mármol que construyen sobre esteros, bosques y selvas, siempre culpando a las multitudes que formó a través de la televisión y los medios de internet. Y la guerra se acentuará. Ahora, tras el experimento del Coronavirus, poseen el mapa completo, la geografía humana, y saben cómo reaccionan cada pueblo y raza. Intentan, y lo están logrando, apoderarse de la voluntad humana, destruir a los que les estorban y significan cargas onerosas, a quienes sienten y piensan diferente. La búsqueda de condiciones favorables a la vida en el espacio, en otros planetas, no es con el objetivo de beneficiar a la humanidad, sino a un segmento privilegiado materialmente, y no solo con la idea de colonizar el universo, sino para obtener y ganar la supremacía militar y el control absoluto. Y claro, también saquearán las riquezas de otros planetas, aunque la inversión supere las cantidades que se requieren para alimentar y sanar a las multitudes. Seguramente habrá nuevos minerales y piedras que sustituyan al oro y a los diamantes. Todo será distinto. De hecho, ya lo es. Si el denominado Covid-19 fue diseñado, creado y disperso en sitios estratégicos para su propagación inmediata, se trata del principio de la destrucción masiva, y pronto, sin duda, surgirán otras expresiones que asustarán, desestabilizarán y aniquilarán a amplio porcentaaje de hombres y mujeres a nivel global. Si innumerables artistas y científicos se han escondido, por conveniencia, miedo o interés, otros, lo sabemos, son mercenarios que trabajan a favor de quienes les pagan. Dentro de esa basura humana que ha tenido oportunidad de dominar las manifestaciones artísticas y el conocimiento, también existen hombres y mujeres auténticos y extraordinarios, capaces de desafiar a los dueños de las fortunas y del poder, con el objtivo de defender la verdad, el derecho a la vida, las libertades y la dgnidad humana. Quienes aún poseemos la fortuna y el privilegio de contar con valores y practicarlos para bien propio y de los demás, en la incabable tarea de construir un mundo hermoso y pleno, tenemos la obligación, el compromiso y la responsabilidad histórica de crear e investigar con ética y respeto, siempre para beneficio de la humanidad. El arte y la ciencia, si son auténticos, tienen el compromiso irrestricto de invitar al bien, a la verdad, al desarrollo equilibrado e integral de la humanidad y de toda expresión con vida e inanimada, a la evolución. Y el arte y la ciencia, en manos de gente honesta y con valores, no están a la venta, y menos para causar sufrimiento en los demás. Al menos, yo no utilizaría mis letras y mis palabras, en la destrucción y en el engaño, y sobre todo cuando pienso que el arte es lenguaje de Dios, destello de la fuente de bien y luz.

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Y así…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Con esperanza, a quienes han olvidado vivir… Y sí, la muerte aparece cuando la vida pierde sentido

Y así, la vida se va, como el suspiro de una primavera que se añora tanto o la lluvia de un verano que despierta perfumes entre las cortezas, los helechos y las flores de un bosque encantado. Se marcha y no vuelve más, aunque se le extrañe y se le llore. Y así, llega un momento en que la mañana se vuelve tarde o noche, y el día entero se consume sin más posibilidades. No se repite, a pesar de que existan horas de apariencia idéntica, porque la vida es viajerra incansable que anda de una estación a otra. Y así, casi sin darnos cuenta, una mañana despertamos y, al descubrir nuestro semblante en el espejo, estrmecemos sin consuelo y pensamos que tal rostro irreconocible no es nuestro. Culpamos al destino, a otros, al tiempo, a los minutos y a as horas, a los días y a los años, que depilfarramos de modo impiadoso en contra propia. Y así, llega el momento, en el viaje, en que la gente sustituye las acciones, las vivencias, por los recuerdos y las nostalgias. Guarda sus caminatas, si las tuvo, en cajones empolvados, y saca, para justificación de sus tiempos y de su permanencia en el mundo, los ecos, las sombras, los pedazos rotos de sus vidas. El ayer les duele, el presente les incomoda y el mañana, el porvenir, el siguiente amanecer, les resulta incierto y los asusta. Darían sus fortunas, sus rasgos, su fama, a cambio de trozos minúsculos de salud y de vida, y de tener la dicha de salir libremente al jardín una mañana soleada o una tarde de lluvia, sentir las gotas deslizar en su textura cutánea, empaparse y saberse plenos. La vida tan bella, parece indiferente a las súplicas y no se corrompe con lisonjas ni le conmueven fortunas o rrostros bonitos. ¿Acaso le interesarían las baratijas que distraen a la humanidad, las cosas materiales y los apetitos humanos, las apariencias y los motivos? Cada persona, lo sabe la vida, define sus rutas y elige su destino. Y así, llega el período en que la aurora se convierte en ocaso, cada uno con su encanto y su desencanto, con sus fascinaciones y sus terrores, porque la vida y la creación se componen de dualidades, de cristales con el sí y el no, que la mayoría confunde con buena o con mala suerte y no comprende ni aplica para vibrar a ritmos superiores, en un sentido o en otro y desbarrancarse o irradiar la luz más herrmosa y plena. Y así, casi sin notarlo, el aliento del amanecer permanece muy cercano al del anochecer, como si el nacimiento y la muerte terrena mantuvieran un vínculo secreto e inquebrantable, un pacto incomprensible para tanta gente, cuando se trata de un lapso y de un acto pasajero fuera de casa. Y así, la inocencia de la niñez, la lozanía juvenil y el vigor de la madurez, parecen agotarse un día, a cierta hora, después de las tempestades y de la quietud, cuando el viento regresa tras su recurrente ausencia, sopla y arranca las hojas de los árboles y las flores que tiñe de matices nostálgicos, de esos tonos que uno ve al escapar la vida. Y así, casi sin percatarse, la vida escapa y llega puntual a su cita, en alguna estación, para saludar a la muerte y marcharse a otras rutas. Tal es la vida. Y así, al emprender el viaje, incontables hombres y mujeres miran atrás y descubren que el paisaje, con su gente, sus historias y sus cosas, empequeñece y se diluye, hasta que aquella realidad pierde sentido. Y así, cada viajero nota, durante el trayecto, que en su equipaje solo carga lo bueno y lo malo de sí, su biografía inalterable, como pasaporte a otros ciclos y destinos. Y así, la calidez de primavera -con sus colores y perfumes-, la lluvia de verano -mágica, sorprendente y encantadora-, al aire otoñal -tan nostálgico- y el frío del invierno -oh, esos copos que cubren abetos, montañas, paisajes y caseríos, al repetirse tanto, cubren las lápidas y sus epitafios con sus lágrimas y sus sudores, los ennegrecen y, alguna vez, por cierto, los recuerdos se vuelven olvido. Nombres, acontecimientos, fechas, todo naufraga en la desmemoria. Los amores y los desamores, los encuentros y los desencuentros, las alegrías y las tristezas, los hechos y los sueños, la abundancia y la escasez, la fama y el anonimato, la belleza y la fealdad, la sabiduría y la ignorancia, todo se vuelve parte de una historia, de una biografía, y la vida, indiferente, da vuelta a la página. Cada uno, por cierto, compone su obra magistral o sus notas discordntes.

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¿Dónde quedamos?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué fue de nuestros perfumes? ¿Qué de la sonrisa que compartimos? ¿Qué de nuestra historia y de la gente y las cosas que vimos pasar? ¿Qué de las gotas de lluvia que mojaron nuestras cabezas y sentimos deslizar en la piel? ¿Qué de los capítulos que vivimos y de nuestros sueños, esperanzas e ilusiones? ¿Dónde quedamos nosotros, los de apenas hace unos días, los de entonces, los del ayer? ¿Dónde están el deleite y el encanto de nuestros encuentros y desencuentros, de los juegos, de las palabras y los silencios, de los romances, de las compañías y las soledades? ¿Dónde quedaron las letras de los poemas y de las odiseas, los matices de los lienzos, la música de los pianos, las arpas y los violines? ¿Dónde permanecen las imágenes que reflejaron los espejos, las lagunas y los charcos? ¿Dónde las estrellas que descubrimos una noche espectacular y que otra, mágica e inolvidable, dedicamos a contabilizar luceros y a ponerles nombres? ¿Dónde está la fuente? ¿Dónde las bancas? ¿Dónde el puente? ¿Y nuestras complicidades? ¿Dónde quedamos después de vivir un rato en este mundo? ¿Acaso somos eco de antaño?, ¿probablemente, estamos rotos y permanecemos dispersos en la hojarasca y la tierra que pisamos?, ¿quizá todo resultó un sueño?, ¿tal vez no nos dimos cuenta de lo que fuimos? ¿Qué somos? ´¿Sombras dentro de la oscuridad que creamos o luz de los destellos que irradiamos? Un día, no estamos aquí y nadie imagina nuestra identidad; otra fecha desembarcamos y somos parte de una biografía, de una historia, cual espectadores o protagonistas en el muelle y tierra adentro; y más tarde, en otro tiempo, nos ausentamos. A una hora, nos sabemos arcilla, y a otra, en cambio, esencia. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Dónde quedó el tiempo que solíamos medir y temer? ¿Dónde el infinito prometido que tantas veces intuimos y sentimos en nosotros? Me pregunto si seremos el guión o el poema que Dios escribió al principio y que nosotros, por error, rompimos. ¿Somos burbuja vana e ilusa que revienta al sentir las caricias del aire o gota que en cierto instante, en algún ciclo, brota del manantial, transita por cascadas y ríos, para retornar a la fuente de dónde provino, tras ensayar la vida y probarse? ¿Dónde quedamos tras vivir tanto o poco? ¿Seguimos vivos en la temporalidad, en la finitud, o en la eternidad, en el infinito?

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Hoy visité mi tumba

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hoy visité mi tumba, y allí estoy, en arcilla y en polvo, no sé desde qué fecha, yerto, irreconocible, silencioso, con esa quietud que tienen los muertos al encontrarse tan ausentes y rotos. Esta tarde, al llover, fui hasta mi sepulcro, donde leí mi nombre y mis apellidos, y no miré, como esperaba, el día y el mes de mi hora postrera y de mi partida a otras fronteras, únicamente con la sospecha de que allí quedé, abandonado, sin flores ni suspiros renovados, Tras el dolor, las lágrimas y el sufrimiento, la gente se acostumbra a las ausencias y luego olvida. Este día caminé por calzadas desoladas y melancólicas, cubiertas, aquí y allá, de charcos que reflejan nubes plomadas, árboles con follaje agachado y monumentos pétreos y marmóreos. Observé los perfiles y los rostros sepulcrales, asomados al lado de árboles corpulentos que sueltan hojas y tristezas, entre los rumores y los sigilos de la vida y la muerte, no sé a cuál hora ni en qué fecha transformado en ambiente y en morada de mi cuerpo de barro y ceniza. Busqué un dato, una fecha, el año de mi despedida terrena, algún epitafio y un trozo de mi biografía, con la idea, al menos, de reconocerme y saber cómo terminé mi ciclo. Regresé con el calzado sucio, cubierto de lodo, y el aroma a otros días, a existencias consumidas, a flores depositadas y después marchitas, a historias interrumpidas. Lloré inconsolable y me sentí tan solo, en medio de un hondo vacío, que me pregunté si en realidad estaba vivo o si todo, al contrario, era sueño y ya no estaba aquí. La lluvia y el viento asomaron a la ventana que olvidé cerrar y los sentí al acariciar mi rostro, al besar mi piel, casi al mismo tiempo que expresaron: “despierta. Estás vivo. No seas espectador en las gradas del teatro de tu existencia; transfórmate en protagonista de tu biografía, en autor y en personaje de tu historia. No regreses al cementerio en busca de tus cenizas y de posibles epitafios. No recojas tristes despojos. Quienes lo hacen, ya están muertos, aunque crean que viven. No esperes flores de dolor, tristeza y remordimiento. Cultívalas y siempre regalarán sus matices y perfumes, incluso después de que te hayas ido. No sufras más- Ama y sonríe con la vida”. Me sentí vivo. Supe que no era polvo, que estaba vivo y que la oportunidad de hacer el bien, retirar la piedra del camino, amar, reír, ser feliz, jugar y trascender es hoy, el momento presente de mi existncia, y no la soberbia de descubrir un epitafio que mienta sobre lo que no fui. Estoy vivo.

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Por favor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Por favor, cuando mi cuerpo permanezca yerto, ausente de alma, ya sin esencia, faltante de mí, no desperdicies un día completo en mirarme inmóvil ni en cavar en los años, en el tiempo, para llegar a alguna orilla del ayer, casi olvidada, buscar mis pedazos y recordarme. Las flores se marchitan y quedan abandonadas en los sepulcros, mientras las lágrimas de arrepentimiento, dolor y tristeza, en tanto, secan al amanecer y son olvidadas, cuando el sol pinta los jardines y el paisaje con matices de alegría, y los asuntos de la vida asoman cotidianamente con su sí y su no. La gente que se va y los recuerdos, quedan atrás, al expresarse el siguiente día. Parten de estaciones desoladas a rutas insospechadas. Prefiero que la mañana y la noche, la madrugada y la tarde, que indudablemente me dedicarás alguna vez, en una fecha desconocida y a cierta hora, las diluyas en instantes, en momentos con detalles, para que en verdad convivamos y, al final de nuestras existencias, resplandezcamos con ese tesoro grandioso y tan nuestro, y, ya sin llanto ni remordimientos, prevalezcan la alegría, las evocaciones felices, igual que cuando uno, contento y pleno, lee todo el libro y da vuelta a la página postrera. Prometo que haré lo mismo contigo y con la gente que amo y con la que aún no conozco. Repartiré detalles, motivos, instantes. No importa si es un mensaje instantáneo, si es una carta, si es una llamada o si es una visita. Lo importante es no sabernos ni considerarnos solos, compartir nuestras alegrías y tristezas, los triunfos y los fracasos que tenemos, la sonrisa y el llanto, porque de tales encuentros y desencuentros, sin duda, surgirán historias inolvidables, bellas e irrepetibles. Y si a los minutos que repartimos, agregamos el bien que podamos hacer a los demás, fundirnos en una cadena hacia determinados propósitos nobles, y enseñar a los que no saben, construir puentes y caminos que salven de caer a los abismos, seguramente, al despedirnos, no será en salas velatorias ni en hornos crematorios, ni tampoco en sepulcros. Nos recordaremos de manera idéntica a la de las personas que se aman, cuando se despiden tras una visita feliz y armónica, con la promesa de volver a encontrarse. Y así es. La jornada existencial solo es un paseo, una acumulación de años, para más tarde, si acaso existe el tiempo en otros planos, entregarse a la conquista, por méritos propios, del infinito. Por favor, evita, como lo haré yo, la pena, el dolor y la tristeza de mirar mi cuerpo ausente de mí, ya sin esencia, porque más que cavar una tumba que exhale hondos suspiros y cargar un ataúd en su despedida final, en el cementerio, me gustaría, contigo y con los demás, utilizar la pala para cerrar heridas y construir momentos grandiosos, vivencias inolvidables, oportunidades para hacer el bien y aliviar el dolor de otros. Más que cargar pesos innecesarios, abracemos a quienes están a nuestro lado, a aquellos que necesitan, por sus condiciones, una mano que dé, oídos que escuchen, miradas que vean con benevolencia, palabras de aliento que aconsejen y enseñen. No cavemos ni despediciemos los minutos y los días de la existencia en soportar tanto peso. Perdonemos el mal que nos causamos, si así ha sido, y repongamos la vida perdida -los segundos y los años componen los períodos de la existencia, en este mundo- con sentimientos, palabras, pensamientos y acciones nobles. Por favor, cuando sepas que mi cuerpo permanece con un faltante -yo, mi alma, mi esencia-, lleva alegría, buenos recuerdos, y continúa por la senda que diseñamos como seres humanos dichosos e íntegros. Dejemos las flores no para cubrir ni rodear ataúdes y sepulcros, decoración marchita de los cementerios, sino con la idea de cultivarlas, embellecer el mundo, alegrar a la humanidad y dispersar sus pétalos en los caminos, en las rutas a donde el paraíso, simplemente, inicia y parte de nosotros, de nuestro interior, de cada alma que palpita aquí y allá, en la arcilla y en la luz.

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Tras la ausencia de junio y con la presencia de julio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué hicimos? ¿Dónde estuvimos? ¿A dónde vamos? Llegó julio, julio de 2021, con su equipaje, y se instaló en el mundo, en nuestras habitaciones, en cada rincón, como inicio del siguiente medio año; pero lo más sorprendente es que, casi sin percatarnos, se fue junio. Sí. Se marchó junio con el primer medio año de 2021, con lo ue logramos y con lo que perdimos, con lo que vivimos y con lo que morimos. Se fue como llegó, sin anuncios, indiferente a la risa y al llanto. Se llevó una parte de nosotros y de nuestras vidas, si acaso somos tan ingenuos y tontos para creer que raptó algu de lo que nos pertenecía, cuando fue indifrente, como los otros meses que se desvanecieron, acaso como invención nuestra para organizar las actividades y los ciclos de la vida, quizá en el afán y la locura de sentirnos los únicos del universo, tal vez por asuntos que irgnoramos. En todo caso, fue compañero y testigo de nuestros encuentros y desencantos con la vida y la muerte, y de lo que sentimos y pensamos. Medio año se fue, el primero de 2021. La constancia de su paso queda en los documentos, en los matasellos de las cartas cada vez más escasas, en los almanaques, en nuestras pieles y en lo que somos., y hasta en lo que vivimos, en lo que omitimos, en lo que recordamos y en lo que olvidamos. Se fue junio, ausente de nosotros, indiferente, y aquí estamos, en un planeta roto que alguna vez fue paraíso, entre realidades y sueños, con nuestras pequeñeces y grandezas. Julio está presente. Nos acompañará durante 31 días, cada uno con 24 horas, igual que sus hermanos y ancestros, ajeno a lo bueno a lo malo que hagamos, a las alegrías y a las tristezas que experimentamos, a las risas o al llanto que derramemos, a los puentes que crucemos o que cortemos, al ascenso a la cumbre o a la fatal caída a los desfiladeros. Y se irá, igual, callado, sin faltantes. Y así, bien o mal, los días de nuestras existencias se consumirán, hasta que la arcilla de la que tanto presumimos al mirar nuestros reflejos,, se agote y vuelva a la tierra, y trascienda la luz que resplandecerá con mayor intensidad o que, como las gotas del manantial, volverá a surgir para probarse en nuevas rutas y en otras experiencias. Ante la ausencia de junio y la presencia de julio, los hermanos de siempre, los de la generacíón de 2021, camino reflexivo, me sumerjo en mis cavilaciones diarias, y pregunto, asombrado, ¿qué haremos con nosotros? ¿Esperamos, quizá, una fecha incierta para amar, hacer el bien, disfrutar cada instante de la vida pasajera y evolucionar y trascender? ¿Qué esperamos para vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, con libertad, justicia y dignidad? Estamos rotos, y no fueron los relojes ni los calendarios los que arrancaron instantes y años; somos nosotros quienes despilfarramos la enorme riqueza que por alguna razón desdeñamos? ¿Hasta cuándo asimilaremos las lecciones y empezaremos a vivir? Inició julio, julio de 2021, que se marchará, finalmente, sin importarle la humanidad y sus cosas y sueños. Es el inicio de la segunda mitad del año que se fugará y se volverá ayer, recuerdo, olvido. ¿Qué haremos? ¿Mirarnos nuevamente al espejo, lamentar la temporalidad y sufrir por lo que es tan natural? ¿Seguiremos la ruta o renunciaremos? ¿Contrinuaremos desdibujados, rotos, deshilvanados, como autores de tanta mediocridad y protagonistas de un guión horrible, o seremos los artistas de una obra magistral en nosotros mismos?

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El pasado ofrece un menú a sus visitantes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El pasado ofrece a sus visitantes un menú con escombros, ecos a veces imperceptibles, ausencias y sobrantes, silencios, voces refugiadas en algún rincón o escondrijo, suspiros e ilusiones rotas. Suele transformarse, primero, en recuerdo, en nostalgia, y, más tarde, al paso de los minutos y los días, en olvido, en polvo que dispersa el viento, en historias que naufragan y se hunden en la desmemoria.

La vida y el tiempo, indiferentes a las rutas que eligen los hombres y las mujeres, no se conmueven ante lo que queda atrás ni coleccionan recuerdos, y menos fotografías, cartas perfumadas y flores marchitas. No disponen de cuentas bancarias. Simplemente, continúan su itinerario. Son etéreos. Lo intangible es energía y, aunque de cierto modo afecta al pano material, no es posible manejarlo como lo hace el relojero con el péndulo, las manecillas y el engranaje. No les sirven las cosas. No les apasiona ni entusiasma abrir envolturas de regalos. Fluyen en una corriente y las personas aún no lo entienden. De nada sirve que transiten las estaciones frente a sus miradas.

Encadenados a las cosas, a los rostros, a las superficialidades, a las apariencias, a los apetitos que no controlan y a las ambiciones que al final los traicionan y abandonan, incontables seres humanos olvidan su condición dentro de lavida temporalidad y dedican los días de sus existencias terrenas a acumular lo que, al morir, no se llevarán, y lo más patético es que ya en los instantes postreros, al mirarse al espejo, descubren su realidad, sus ojos apagados y opacos, su piel ranurada y seca, su agotamiento, sus canas y sus enfermedades. Y sufren tanto porque basaban sus proyectos, sus biografías y sus victorias en asuntos triviales, que ni sus fortunas ni su antigua belleza, pueden comprarles pedazos de vida, salud y tiempo.

Los recuerdos parecen formar parte de un álbum conservado en un baúl o en el ropero con fragancia añeja, entre almanaques y papeles amarillentos, y del alivio de muchos, como si se tratara de un pretexto para justificar su paso por el mundo. Algunos, por cierto, se atan a las ruinas que abandonaron atrás, mientras otros, en tanto, prefieren sepultar su ayer y entregarse al arrullo del olvido, al reposo de la amnesia.

Es bello y saludable recordar, algunas veces, la biografía pasada, lo que se vivió ayer, en otras etapas, porque significa recrearse, aprender y repasar las lecciones y reencontrarse con los seres que se amaron tanto y con las épocas felices y plenas; no obstante, resulta perjudicial y demasiado tóxico, aferrarse al ayer, entristecer o construir nidos para albergar odio, resentimiento y sentimientos negativos, con el riesgo permanente de convertirse en ruina, en tierra acumulada, en hoja quebradiza y seca.

Por no vivir en armonía, con equilibrío y plenamente, con alegría, ideales, sueños, detalles y valores, gran cantidad de gente retorna a sus otros días, a los del ayer, en busca, quizá, de lo que perdieron, de lo que no se atrevieron, de lo que desdeñaron o de lo que sepultaron, y sus expediciones a épocas pasadas resultan travesías agobiantes sobre arena infértil, vestigios y abrojos… Evitemos dormir con la sensación de que el tiempo se agotó o despertar con la idea de que resulta imposible proseguir con la vida poque ya estamos rotos.

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Cada instante es la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No sé, a veces, si asisto al espectáculo de mi renacimiento cotidiano, al despertar un día y otro, al mirar las nubes de formas caprichosas que flotan en la profundidad de un cielo maravilloso y pleno que ofrece y promete tanto, al sentir las innumerables gotas de lluvia que me empapan y deslizan en mi piel, al descalzarme y correr en el pasto, entre árboles y helechos, o al hundir los pies en el agua del riachuelo y recibir las caricias del aire que me abraza, y percibir, así, el palpitar de la vida que fluye incesante en sus múltiples expresiones. Desconozco, en ocasiones, si presencio, de frente y puntual, la cercanía de mi funeral, al caer la tarde, al oscurecer y asomar las estrellas silenciosas y plateadas, cuando todos duermen, excepto las lechuzas, los grillos, los cometas, los enamorados y yo. Es uno tan frágil que, al creer que posee el conocimiento, la verdad, descubre otras puertas que aparecen, de improviso, con más interrogantes. Soy, simplemente, un artista, un escritor que un día, a cierta hora, saltó la cerca y eligió otro rumbo, al que sorprenden los rasgos de la vida y la muerte. Ando en el camino, asombrado por la flor mínúscula que crece entre las piedras acumuladas durante un momento de convulsiones y por la grandiosidad de los árboles que extienden sus racíces debajo de la tierra y sus troncos y follaje hacia el cielo azulado o plomado, libres, plenos, buenos, dignos, felices de vivir cada instante. Durante mis caminatas matutinas y vespertinas, inmerso en mis cavilaciones, entre un instante y otros, descubro que la vida fluye en los ríos que transitan imperturbables, en un canto a la creación infinita, mientras en ciertas orillas distingo el agua que, por alguna razón, se estancó y se pudre, acompañada de hojas pútridas y cortezas solitarias y enlamadas. Se trata, parece, del escenario de la vida y la muerte que de alguna forma se manifiesta ante mi mirada de asombro. Sonrío, agradecido y tranquilo, y me repito: “vamos. La vida invita a navegar en su corriente ondulada. Tengo la fortuna de desconocer, a esta hora, el minuto postrero de mi existencia. La vida transita frente a mí. Es momento de vivir”. Me repetí:, en silencio “libérate de culpas añejas. Perdona. No colecciones rencores pasados ni acumules otros que se sumen a la carga. Aligera el peso. Acéptate y coprende a los demás, principalmente a los que más sufren. Dedícate a hacer el bien, a enseñar a otros y a retirar escombros del camino. Da de ti lo mejor. No traiciones tus principios y evoluciona. No te olvides de ti, pero tampoco de las demás criaturas, cada una con su naturaleza y su esencia. Sé intenso. Ama. Sonríe. Practica la amabilidad y busca, cuando puedas y lo necesites, el silencio interior. Anda, ve y entrégate a la vida”. Y así es como trato de inventarme y justificar los días de mi existencia en este plano, en un mundo temporal, previo a mi despedida, en la estación, para viajar a otros rumbos. Cada instante es la vida.

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Rutas de un viajero. Capítulo VII. Ihuatzio… la noche

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al pueblo de Ihuatzio

Es la otra hora, la noche, el espectáculo de las estrellas, en la oscuridad y lo infinito del cielo, o en la neblina que flota y se mezcla, en una añeja y tradicional alianza, con el humo que exhalan el copal, las fogatas, el incienso, las veladoras y los cirios. Son instantes nocturnos, envueltos con el prodigio de la vida y el retorno de los muertos, de acuerdo con la concepción purépecha, en su tierra nativa, en Ihuatzio.

Hay una fecha, en especial, en que las familias purépechas, reunidas en el cementerio, entre los altares con flores de cempasúchil y otros elementos indígenas, esperan a las ánimas, a sus difuntos, a la gente que a una hora y a otra, un día y muchos más, coexistió a su lado y protagonizó capítulos de una historia sin final.

Es la fiesta de los vivos para los muertos. La muerte abre paréntesis, espacios, honduras, con autorización de la vida. Bajo los sepulcros, reposan nombres y apellidos ya sin uso oficial, restos de hombres y mujeres que rieron y lloraron, gente que alguna vez asomó a los espejos y a los charcos después de las tempestades.

Semanas antes del encuentro mágico entre vivos y muertos, en aquel rincón lacustre, los sepulcros indígenas, húmedos y cubiertos de flores marchitas y hojarasca que aliento otoñal arrastra y reúne en montones, ocultan historias, recuerdos, perfiles, rostros. Exhiben nombres y fechas en cruces de madera que el aire, la lluvia, el tiempo, la polilla y el sol carcomen.

El viento es un viejo coleccionista que junta, con esmero y pasión, las flores descoloridas e inertes, y las hojas secas y quebradizas, que, finalmente, al paso de las horas, se consumen igual que gente que yace en las tumbas. Reposan los muertos de Ihuatzio en la profundidad, entre piedras y tierra, donde moran gusanos y raíces, muy cerca de ídolos y templos que pertenecieron a sus antepasados.

El cementerio es otro pueblo, morada de incontables murmullos y silencios, penumbra y soledad, donde los habitantes -al menos sus cuerpos- duermen profundamente, hasta que se desmoronan y convierten en parte del polvo, de la tierra que un día y otro, en primavera y en verano, exhibe su manto de flores aromáticas y de intensa policromía.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Un abejorro zumba entre los sepulcros, como los caracoles se arrastran en las lápidas o las lombrices se refugian en la intimidad de la tierra; pero ellos, los difuntos, permanecen dormidos e inmersos en el gran silencio, un sigilo que a veces habla. Allí, en el cementerio, se han de encontrar, al fin, padres e hijos, abuelos y nietos, parientes y amigos, hombres y mujeres que se amaron y otros que se odiaron, que escribieron, sin saberlo, la historia y el rumbo de su pueblo. Personas, después de todo, que compartieron un camino y un destino en cierto momento y paraje mundano.

Los juegos y las rondas infantiles, las palabras de amor, una mirada y otra, las tertulias, la felicidad y la tristeza, un acto heroico, las conversaciones, el trabajo en la campiña, las preocupaciones, los sueños, el éxito, todo se agota en el panteón. Cada sepulcro, desde el más modesto, que es un montón de tierra con una cruz de lámina o madera, hasta el suntuoso, es hogar, refugio de un cuerpo y de una historia callada, de una identidad con anécdotas -buenas y malas- que se desvanecen en el discurrir de los minutos inagotables y naufragan, inciertas, sobre el oleaje de la desmemoria, de la amnesia.

A un costado del otro pueblo, del que pertenece a los vivos -San Francisco Ihuatzio-, se erige, imperturbable, el de los muertos –necrópolis-, y es allí, precisamente, a donde los moradores purépechas se dirigen, primero, el 1 y el 2 de noviembre de cada año, y luego, a la siguente semana, a lo que llaman la octava, cuando los muertos retornan al más allá, según la creencia popular en ese rincón indígena.

Costumbre es, en Ihuatzio, acudir al cementerio, la mañana del 1 de noviembre, con intención de llevarles ofrendas a los niños, a los pequeños que murieron, a los que llaman angelitos. Les llevan agua, flores, fruta, pan y veladoras, que colocan en las tumbas, para posteriormente orarles y recordarlos como eran en este mundo, alegres, risueños, o acaso huraños o traviesos, pero al fin niños.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Quizá por el amor tan intenso que sintieron por ellos o tal vez porque fueron parte de sus corazones y de sus vivencias, hay quienes todavía acostumbran llevar calabazas, chayotes, dulces, pan en forma de conejos y gelatinas a los pequeños difuntos. Otros colocan juguetes en las criptas infantiles. Dejan las canicas, el carrito, el soldado, o la muñeca, la pelota, la estufa y las tazas minúsculas de barro, para que ellos, los niños que murieron, se diviertan, como antes, cuando los matices campo se reflejaban en sus ojos y el sabor de las golosinas deleitaba sus paladares.

Muñecas, pelotas, sonajas, para que la algarabía infantil se hospede en el hueco de algún corazón que llora la ausencia de un hijo, de una hija, que un día o una noche, a cierta hora, se retiraron de la cuna, del campo, de la escuela, para arrullarse con el canto de la muerte tan coqueta e insinuante. Quien asiste al funeral de un hijo, se siente roto y jamás recupera los pedazos ausentes. Y si la ofrenda tiene o carece de una fotografía del pequeño difunto, ¿qué importa, si los familiares y padrinos lo recuerdan con amor y le dedican plegarias? Lo llevan en su interior.

Fundado en 1525 por misioneros franciscanos, Ihuatzio es pueblo de costumbres, fiestas y tradiciones; en consecuencia, cuando las pinceladas de la tarde tiñen el cielo, anunciando el ocaso del día, los moradores se reúnen en el templo con la finalidad de dirigirse al cementerio, en procesión.. Al caminar por las callejuelas chuecas, por donde otrora transitaron sus difuntos, ellos, los de la procesión, cantan y oran, entre sus silencios, hasta que llegan a su destino, al cementerio, a las tumbas.

Paralelamente, otras personas dedican la tarde del 1 de noviembre a instalar arcos con calabazas, flores de cempasúchil y ciertos motivos en los espacios del pueblo que cada año destinan a ceremonias y danzas. Durante la agonía de la tarde, el crepúsculo contagia las nubes que se reflejan en el agónico y legendario lago de Pátzcuaro, exhibiendo un maquillaje fugaz e idéntico al de las flores de cempasúchil y al de la vida que se consume cada instante. Es la hora de la nostalgia. Duele la falta de vida, lastiman los espacios de los ausentes, hieren los huecos de los que ya no están.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

A las doce de la noche, el paisaje nocturno de Ihuatzio, siempre acompañado de montañas que esconden vestigios prehispánicos de los purépechas, se incendia con incontables fogatas, velas, cirios y veladoras que proyectan siluetas de gente, sepulcros y arcos con flores.

Huele a vida y a muerte. Es la hora de los recuerdos. Los nativos conversan alrededor de los sepulcros. Todos ofrendan a sus familiares fallecidos; unos colocan, esa noche, agua, comida y bebidas embriagantes que más agradaban a los que se fueron y regresan, según sus creencias.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

No sólo hay ofrendas en Ihuatzio; también presentan la danza de los Moros y la otra, la del Viejo y las Huapanas, que es típica del poblado. La madrugada del 2 de noviembre y la noche de los ocho días posteriores, los habitantes de Ihuatzio, nuevamente llevan ofrendas hasta las tumbas.

Durante la octava, ellos, amigos, familiares y padrinos de los difuntos, colocan ofrendas con el propósito de que éstos, los que vinieron de visita de ultratumba, se marchen con provisiones necesarias. Si el ser querido tiene menos de un año de muerto, sus parientes colocan un arco de carrizo cubierto con flores de cempasúchil, que adornan, con frecuencia, con angelitos. Oran y piden por su eterno descanso.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

La noche de muertos y la octava, son dos fechas especiales en Ihuatzio, que los moradores, los que todavía viven, aprovechan para recordar a los que emprendieron la marcha a otras rutas, a sendas insospechadas, a los que traspasaron la línea de la existencia, la frontera de este mundo.

Ihuatzio pertenece al municipio de Tzintzuntzan y se encuentra entre esta población y las de Cucuchucho y Tzurumútaro. Se localiza a cinco kilómetros de Pátzcuaro. Algo palpita en esta tierra. ¿El pasado, con sus vestigios de barro y piedra enterrados, ocultos? ¿Los purépechas difuntos, atrapados en sepulcros, en tumbas cubiertas de flores, hojas y cera? ¿El paisaje lacustre? En algún rincón de Ihuatzio, el aventurero convivirá con los indígenas, con los nativos que recuerdan a sus muertos, quienes indudablemente le invitarán pan con forma de conejo y atole, y mientras el día agoniza y se apaga en el horizonte, en el reflejo efímero y plomado del lago d Pátzcuaro, las luces de los cirios y de las veladoras iluminarán la noche y proyectarán siluetas de gente, sombras de árboles y tumbas. Serán, después de todo, la vida y la muerte en sus noches de convivencia.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Protegido del viento helado con chamarra y acaso con una mochila sobre la espalda, el viajero caminará entre sepulcros que exhalan aroma de cera y flores, pensando en la vida y en la muerte, en el recuerdo y en el olvido. ¿Cuál tiene mayor fortaleza? La muerte se siente invicta, suprema, intocable; pero el recuerdo sobrevive y el olvido, al final, lo consume todo. No obstante, el consuelo es que la vida es ciclo y se renueva cada instante… Las flamas de las veladoras se apagarán en Ihuatzio; pero otro día, quizá al siguiente año, volverán a encenderse, como las flores cuando se marchitan y mueren con el anhelo y la esperanza de renacer en la campiña. Tras un ocaso, siempre hay una aurora.

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De

Parecía grandiosa y era tan pequeña…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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“Mi concepción de la vida cambió al mirarla en el féretro, con su hermosura apagada, en estado putrefacto, desolada, lejos de su fortuna material y de su poder. Lucía tan pobre y desvalida. Días antes, al transitar por calles y plazas públicas, parecía tan real, cerca de sí y distante de otros, con su elegancia y todo lo que podía comprar, envuelta en sedas y pletórica de oro y brillantes. Y fue tan pequeña, en realidad, que lo único que poseía, en un paraíso temporal, eran la hermosura de su arcilla, su riqueza material y el control y el poder que ejercía sobre los demás. Nunca imaginé que alguien de apariencia tan grandiosa, pudiera ser diminuto e insignificante. Los espejos biselados ya no la reflejarán más y ni siquiera alentarán su vanidad consumida. Su dinero no la salvó y su poder tan inmenso, en el mundo, resultó derrotado por la caducidad de su existencia. La he mirado demasiado pobre y sola”, dijo el discípulo a su maestro, el filósofo, tras presenciar el sepelio de una de las mujeres más acaudaladas y poderosas de aquel reino. El guía, reflexivo, habló: “sin duda, te pareció tan distante de sí, que te asustaron su aspecto y su silencio”. El aprendiz no dudó en responder: “admito que me sentí aterrado al mirarla. Estaba tan inmóvil, callada e irreconocible, que pensé en la insignificancia humana y en la broma que hace la vida a la gente”. El filósofo sonrió y aclaró: “amigo querido, la vida es idiferente a la felicidad o a la desdicha de la gente, a sus triunfos o a sus derrotas. Es como el tiempo Fluye. Si se estancara, sería como el agua que no corre más y se descompone al lado de paisajes rotos. El problema no es el dinero en exceso ni el poder, sino el uso que se hace de ambos. Hoy aprendiste algo más, pero noto que desconoces que hasta la muerte, dentro de sus silencios, tiene un lenguaje, una voz, un mensaje, y quizá no la escuchaste cuando gritó frente a ti: ¡vive!”. Al notar la expresión perpleja del muchacho, el hombre prosiguió: “la muerte invita a vivir, aunque parezca contradictorio y extraño. Solo hay que saber interpretar sus sigilos. Ríe la muerte cuando estremece a otros, a aquellos que la creen final de todo, acaso por ignorar que es la noche previa al amanecer, probablemente por desconocer que se trata de un paréntesis dentro de la caminata hacia la morada, quizá por aferrarse la gente a cosas que no ocupará en otros ciclos, seguramente por no entender que somos parte de un todo sin final, tal vez por eso y más… ¿Comprendes, amigo mío, que la vida y la muerte, en el mundo, son complemento, el día y la noche inseparables. Tras un amanecer, habrá una tarde y un anochecer. Después de la noche, llegará la aurora. Si hay mañanas, mediodías, tardes y noches de sequía o de tempestad, es innegable que también existen ciclos estables. La vida plena no depende de estados de tiempo ni de fortunas acaudaladas, ni del poder que se ejerce, sino de la alegría de disfrutarla y experimentar sus momentos, de la dicha de evolucionar, de dar lo mejor de sí a los demás, de superar las pruebas y de llegar, finalmente, a los jardines de la cima”. Prevaleció el silencio. Ambos, callados, escucharon los rumores de la vida y la muerte.

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