Una mujer, una dama, una madre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Una mujer es un encanto; una dama, un estilo, una flor, un deleite; una madre, el paraíso en el mundo, el cielo infinito, el regazo amoroso. Una mujer es belleza, talento e inteligencia; una dama, en tanto, lo posee todo, y es esencia y arcilla; una madre, por añadidura, consagra su existencia a sus hijos y los enseña a volar libres y plenos, en un espacio dedicado al bien y a la verdad. Una mujer es la flor que exhala su perfume y regala sus colores y texturas para alegrar a la gente, a las criaturas del mundo; una dama es la orquidea y el tulipán que evocan el vergel infinito; una madre es la rosa con sus pétalos mágicos, y también el tallo con espinas que a veces desgarra y la raíz que busca nutrientes con el objetivo de compartirlos a sus descendientes. Una mujer es bella y maravillosa; una dama, música y poema; una madre, simplemente, el calor y la sonrisa de Dios. Una mujer es un ser humano grandioso en femenino, lo mismo si se le descubre en minúscula que en mayúscula; una dama es un ángel inolvidable; una madre es eso, una criatura a la que Dios encomienda el prodigio de la vida. Todas -mujeres, damas y madres- son admirables y merecen amor y respeto. Hoy, sencillamente, mis letras pronuncian el concepto de madre, acaso por tratarse de una fecha de celebración, probablemente por recordar a la mía y a todas las de mi familia y a las que he encontrado durante mi caminata, quizá por el significado tan especial y sublime que tienen, seguramente por ser las criaturas amadas y consentidas de Dios, tal vez por eso y más.

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Usted

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Disculpe que la distraiga e interrumpa sus labores. Desde hace tiempo, al pasar por aquí, la observo con alegría e interés, en silencio, acosado por una pregunta y mil interrogantes que, por su repetición, ya son permanentes en mí, igual que la sangre que fluye por mis arterias, mientras usted, inmersa en sus actividades, indica, también calladamente, que es una dama. La he mirado durante la mañana, cuando las flores, recién acariciadas por el viento, las gotas del rocío y el sol, destilan perfumes que cautivan los sentidos y se mezclan, parece, con su fragancia de mujer; pero, igualmente, la he visto en las tardes, con ese semblante que irradia la gente encantadora. Quisiera verla en la noche y en la madrugada, siempre, a toda hora. Perdone usted si la molesto con mi insistencia, pero tengo deseos de invitarle un café en el balcón de la casa o en uno de esos restaurantes que se encuentran en alguna calle empedrada, al aire libre, entre macetas con flores bonitas, simplemente con la idea de expresarle que me parece mujer y dama, ser humano y ángel, y, quizá, si me lo permite, musa e inspiración. No pretendo interrumpir sus minutos y sus horas de concentración en las tareas que desempeña con tanto esmero; pero sí, en cambio, anhelo involucrarme en sus años, en sus décadas, en un proyecto existencial entre usted y yo. ¿Entiende usted lo que pretendo decirle? Precisamente he buscado una dama. Entiendo que es usted a quien he tratado de localizar, dentro del mapa, en aldeas y ciudades. Me gustan sus ojos, sus pestañas, sus manos y todo lo que la hace mujer y dama. No pretendo abrumarla con mis palabras y mis historias; aunque confieso que, desde hace tiempo, planeo incluirla en mi viaje, en el itinerario de mi existencia, y si usted hace favor de colocar sus manos, junto a las mías, en el timón, creo que navegaremos por rutas esplendorosas e interminables.

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La obra

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La naturaleza humana es multiforme. Cada hombre y mujer, en el mundo, posee un origen, un motivo, un rasgo, un destino. Nadie tiene obligación de escribir, literalmente, un libro, una novela; pero sí, en cambio, cada uno es responsable de ser protagonista de una historia maravillosa y real,, una biografía inolvidable y bella, a pesar de los claroscuros de la vida. Todo instante que pasa y se vuelve ayer, es una página que se escribe o se desperdicia y queda en blanco, vacía como tantas existencias. Y, al final, la acumulación de capítulos forma una obra magistral o, simplemente, material de desecho. Ese libro es único en cada persona. No olvidemos escribirlo y ser los protagonistas, con una dosis cotidiana de amor, bien, verdad, justicia, sonrisas, dignidad, alegría y libertad. En tal medida, seremos autores de una obra cautivante y grandiosa.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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Somos mujeres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas letras las escribí a todas las mujeres del mundo y, en especial, a las damas de cada nación y a las que, para dicha y fortuna mía, forman parte de mi historia

Somos mujeres: niñas que jugamos, reímos y cantamos al natural; adolescentes que bailamos, soñamos y asomamos a los espejos que tanto nos atraen por las imágenes que regalan a nuestras miradas de asombro; jóvenes ilusionadas, felices y enamoradas de la vida y sus deleites, capaces de diseñar y protagonizar una epopeya, un idilio, una vida; solteras por gusto y señoras de corazón; ancianas contentas, con historia y mucho que contar.

Somos mujeres plenas y libres, en minúsculas y mayúsculas, en el agua y en el fuego, en la tierra y en el viento, porque estamos hechas de esencia y barro. Y así somos, un rato alma y otro, en cambio, rostro y manos, fieles a nuestra naturaleza.

Somos mujeres, en blanco y negro y de todos los colores, con fragancias y razones, con sentimientos y delicadeza, y si unas veces lloramos, otras reímos y algunas más aconsejamos o callamos. Nos encantan los rumores y los silencios.

Somos mujeres de cielo y tierra. Estamos hechas de polvo de estrellas y miradas de ángeles, de barro y piel. Poseemos alas y pies, y así volamos y caminamos, libres y plenas, cuando somos pájaros, flores, lluvia, relámpagos y piedras.

Somos mujeres, al natural y maquilladas, con faldas y pantalones, en el estudio, el trabajo, las fiestas y los paseos. Nada impide nuestra realización. Nacemos, vivimos y morimos con la naturaleza y los rasgos femeninos. Es algo que llevamos con orgullo. y valor.

Somos mujeres hechas de pétalos, tersas y suaves, fragantes y policromadas. Si alguien intenta cortarnos o mancillar nuestra esencia y belleza, aparecemos pronto, solidarias y fuertes, y, aquí y allá, nos multiplicamos, leales a nosotras, a lo que somos. Si los matices de nuestro cutis aparentan competir, nuestras raíces se abrazan desde la intimidad de la tierra, y no nos soltamos.

Somos mujeres de ayer, hoy y mañana. Los calendarios, los engranajes y los péndulos de los relojes -todos con apellidos del tiempo-, resultan frágiles e insuficientes ante nuestra fortaleza, y las canas y las arrugas que supuestamente pintan y esculpen los años, no nos doblegan ni apagan nuestra alegría e ilusiones, porque sabemos que son signos no de las décadas, sino de la vida que experimentamos en femenino.

Somos mujeres, damas, abuelas, madres, hermanas, hijas, nietas, amigas y confidentes. Nunca nos cataloguen dentro de las ecuaciones aritméticas, porque no somos más ni menos que los hombres, ni tampoco cifra de posada de una noche ni estadística de colección. Tenemos vida y merecemos ser intensamente dichosas, realizarnos en femenino y como seres humanos íntegros, desde el alma y la mente, hasta las siluetas y el corazón.

Somos mujeres: alma y cuerpo, sentimientos y razón, primavera y verano, otoño e invierno, arcoíris y sol, lluvia y relámpago, viento y hoja dorada, copo que matiza de blanco el paisaje. Y si en nuestros sueños e ilusiones, patinamos sobre la nieve y reventamos burbujas de sueños e ilusiones para transformarlos en realidades, somos capaces de dar lo mejor de nosotras para cumplir nuestros anhelos.

Somos mujeres de paz y guerra, inquietas, originales, creativas, ocurrentes e innovadoras. Hilvanamos historias, tejemos sueños, diseñamos ilusiones, tendemos puentes, construimos escalinatas, dibujamos escenarios, trazamos rutas y esculpimos realidades. Así somos.

Somos mujeres, a veces libros inexpugnables, en ocasiones páginas leídas una y otra vez, y en ciertos períodos, en cambio, volúmenes que invitan a internarse en sus hojas, en su tinta, en sus letras, para compartir una historia bella, cautivante, magistral e inolvidable.

Somos mujeres nobles, amorosas con los compañeros de nuestras existencias, con los hijos que decoran y dan sentido a los días y a los años que vivimos, con la gente del hogar y con las personas de enfrente, atrás y a los lados, porque sabemos que el mayor bien es dar lo mejor de sí a los demás e irradiar luz desde el interior.

Somos mujeres. Si algunos acusan que maquillamos y escondemos nuestra belleza natural con rubores y matices artificiales, no es por arrogancia ni por superficialidad; es, precisamente, con la idea de aplicar un toque lindo y contribuir con Dios a pintar su obra.

Somos mujeres, y aquí estamos siempre, dispuestas a entregar lo más noble de nosotras para que todos, juntos, escalemos al cielo. No roben el encanto de nuestra inocencia cuando somos niñas y adolescentes, no mancillen la juventud y las ilusiones que brotan de nosotras, no amarguen los años que poseemos en la madurez, no desprecien ni maltraten la debilidad, las pausas, la amnesia y la torpeza de la vejez que algún día se apodera de cualquiera. Ayúdenos con su respeto, amor y comprensión.

Somos mujeres. Aborrecemos las cadenas, los barrotes de las celdas, la desconfianza, las notas infieles, los gritos y los tratos bruscos. No somos cosas ni muñecas de aparador. Sentimos, pensamos, hablamos y actuamos por cuenta propia, porque así es nuestra esencia. Tenemos interrogantes y respuestas, sueños y vida.

Somos mujeres con dirección y sentido, tan impredecibles como certeras y auténticas. Simplemente mujeres, con rostros de ángeles y seres humanos, mucho de unos y tanto de otros, con la maravilla de la vida que abre sus ventanales cada mañana y hasta en las tardes y al anochecer y en las madrugadas. Siempre lo somos.

Somos mujeres de aquí y de allá, en todos los idiomas, razas y creencias. Somos mujeres con orgullo. Lo somos por naturaleza y convicción. Tú, yo, ellas, ustedes, nosotras, todas somos mujeres, identidades de una esencia que palpita en el universo, en la creación, en el mundo, con diferentes rostros. Somos mujeres.

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Y un día, al amanecer de nuevo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré sonrisas y flores, abrazaré a la gente y le expresaré mi amor -dijo alguien con la promesa de salir a las calles, a los espacios públicos, a los jardines con calzadas y árboles, a cierta hora de una fecha indefinida, con la idea de repartir alegría y sentimientos, transformarse en fuente de amor y dulzura, dispersar palabras amables.

Alguien más, reflexivo, le obsequió una flor silvestre, minúscula y humilde, y le preguntó, al mismo tiempo, la razón por la que postergaba la oportunidad de irradiar luz y entregarla a la gente a partir de la fecha en que la humanidad saliera a las calles con el objetivo de celebrar la libertad mundial, tras permanecer amordazada ante el riesgo y la amenaza de una enfermedad creada y manipulada por una élite ambiciosa y perversa.

Aquella persona soñadora que prometía tanto para un día incierto, sintió que las palabras de su amiga le hicieron titubear, mirarse empequeñecida, dudar de la autenticidad de sus promesas y sentimientos. Permaneció en silencio.

La amiga la abrazó y explicó:

-Es ahora, no mañana, cuando hombres y mujeres -niños, adolescentes, jóvenes, personas de edad madura y ancianos- necesitan sonrisas, detalles, consejos y palabras dulces, sentimientos genuinos, fe, esperanza, alegría, actos, amor, compañía.

Incómoda y quizá un tanto molesta por la intromisión de su amiga, la mujer contestó esquiva e indiferente, con deseo de marcharse:

-Abriré mis sentimientos, igual que una flor asoma una mañana al sentir las caricias de las gotas del rocío, para regalar al mundo, a la humanidad, mi amor, mis sentimientos, lo mejor de mí; no lo haré antes, definitivamente no.

Su amiga la miró tristemente y dijo:

-Es hora de demostrarnos de qué arcilla estamos hechos. No seamos como los artistas, científicos y tantos personajes que se han ocultado ante la falta de público que les aplauda, pague y engrandezca su soberbia. Seamos como la flor que acabo de regalarte, resplandeciente y de humilde belleza que la hace grandiosa, con matices y perfumes auténticos que no necesitan antifaces.

Ambas fueron interrumpidas por un mozalbete desharrapado, apenas cubierto con un pantalón corto y una playera de mayor talla, con los brazos y las piernas cubiertos de mugre y granos, quien imposibilitado de hablar, emitió sonidos guturales y estiró la mano, ansioso de obtener comida o algunas monedas.

La mujer lo vio con asco, sintió repugnancia e hizo señales con las manos para ahuyentar a la criatura hambrienta. Volteó, altiva, a otra dirección y hasta soltó la flor sencilla al piso de concreto, mientras la amiga sustrajo de su bolsa una manzana, una botella con agua y una naranja, y las entregó al menor atrapado en la miseria y la pubertad de sus años, cubierto de granos y manchas, a quien recomendó lavar sus manos antes de probar los alimentos. El muchacho, enmudecido, escudriñó a la dama, le sonrió agradecido y se marchó de prisa.

Enojada, la mujer que prometía tanto para otros amaneceres -abrazos, besos, felicitaciones, sonrisas, regalos, alegría-, habló en cuanto el adolescente corrió feliz con los regalos que le entregó la dama:

-¡Cuanta escoria hay en el mundo! ¡Esta basura debería extinguirse! Por esa clase de personas, la humanidad padece contagios y escasez de alimentos, espacio, oportunidades y equilibrio natural. Le diste agua y comida sin conocerlo. Es un muchacho rapaz. ¿Cómo es que alimentas basura, amiga? A esa gente hay que abandonarla a su suerte para que enferme y muera. No la necesitamos. Estorba. Es inmundicia.

La amiga escuchó incrédula a quien anunciaba regalos para otros amaneceres, burbujas, después de todo, que reventarían ilusas ante la realidad. Movió la cabeza en señal de desaprobación y pensó en la hipocresía de tanta gente. La verdadera grandeza, reflexionó, se mide ante las pruebas cotidianas y no por medio del ornato de palabras y ofrecimientos que jamás serán cumplidos.

La mujer interrumpió las cavilaciones de la dama:

-Habrá otros amaneceres y oportunidades para alegrar al mundo. Un día lo haré, te lo aseguro. Ya es tarde. Debo acudir a una cita con unas amigas, con quienes beberemos café e iremos a recorrer algunas boutiques, en la plaza comercial, para después comer en un restaurante de buena clase. La vida es breve, ya lo sabes, y hay que aprovecharla como sea antes de que llegue la noche. ¡Adiós!

Así, la dama permaneció en silencio. Distinguió, a unos metros, a la amiga que abordó un automóvil en el que viajaban otras mujeres, con quienes indudablemente iría a la cafetería y a las tiendas de la plaza comercial; en el otro extremo, más retirados y en sigilo total, descubrió la figura del adolescente enfermo y pobre, sentado en el césped de un jardín público, que compartía la botella con agua, la manzana y la naranja con su madre y una niña muy pequeña, descalza y de piel quemada por los días soleados tan repetidos en su existencia. Inmersos en su pobreza e ignorancia, disfrutaban aquellos tres pequeños regalos que sabían a cielo y manjar.

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré abrazos y sonrisas… -recordó la dama las palabras de la mujer que creyó su amiga, y pensó -: Para curar las heridas de quienes más sufren, devolver la alegría y la esperanza a los desprotegidos, tender puentes que salven abismos, provocar una sonrisa amigable, aconsejar y dar la mano, no se necesita esperar otros amaneceres; es preciso hacerlo ahora, en el minuto presente que rápido se convertirá en ayer y en oportunidad desperdiciada y perdida o aprovechada con sentimientos, palabras, actos, detalles y pensamientos nobles.

Las risotadas burlonas de su amiga y de las otras mujeres, mezcladas con la estridencia del motor al arrancar el automóvil, alteraron las reflexiones de la dama, quien sonrió al experimentar alivio y paz tras distinguir a la familia pobre -la madre, la niña pequeña y el adolescente- que lucían contentos al probar el agua, la manzana y la naranja que compartían en el césped. La dama caminó feliz y plena a otras rutas ausentes de un porvenir remoto e impreciso. Se sintió agradecida y bendecida.

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Personas grandiosas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las personas grandiosas, no construyen murallas ni bloquean caminos; edifican puentes, trazan rutas y retiran abrojos y piedras del sendero. La gente encantadora, no agrede ni insulta; sonríe, da lo mejor de sí y cultiva flores en vez de cardos. Las mujeres y los hombres extraordinarios son tan admirables, que sus rasgos dibujan la sencillez que hay en lo bello y puro, y tienen capacidad de derramar bien y detalles. Los seres humanos que trascienden, saben que la vida es un río que corre infatigable y que el agua que se estanca a la orilla, se vuelve pútrida al paso de los días, y por eso no se distraen en tonterías y aprovechan cada instante de sus existencias. La gente hermosa no es la que disimula su enojo con una sonrisa mal maquillada ni con una amabilidad que no siente, y menos la que compensa su miseria espiritual con lujos y soberbia; es la que da lo mejor de sí. Las mujeres y los hombres dichosos, libres y plenos, coexisten en armonía, dignamente y con equilibrio y respeto a sí y a los demás. La gente ejemplar no prostituye el idioma ni lo utiliza para ofender y mofarse de otros; tampoco agrede ni pisotea a los más débiles.. Los seres felices, aman intensamente a sus familias, son fieles a un amor, ofrecen su amistad sincera y ayudan a quienes más sufren. Las personas irrepetibles, maravillosas e inolvidables, que trascienden por sus sentimientos, actos y pensamientos, no abren las puertas de fronteras y planos superiores con apariencias, riqueza acumulada, apetitos primarios, superficialidades y fama, y menos si tales rasgos fueron sus rostros, sus cartas de presentación y su única riqueza. La gente conecta la esencia con la arcilla, la flama con la fuente de luz, por medio de la nobleza de sus sentimientos, el destino y la intención de sus pensamientos, la bondad de sus actos y el bien de sus palabras. Las personas grandiosas son gotas de agua diáfana que se convierten en perlas de cristal que flotan en el infinito.

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A una mujer, a una dama…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre supe que eres mujer y dama, musa y ángel, mundo y cielo, tú y yo

A una mujer se le trata con ternura, se le entregan los sentimientos más bellos, se le consiente toda la vida y se le regalan flores; a una dama, por añadidura, se le admira, se le ama fielmente, se le hace feliz y se cubren los días de su existencia con arcoíris, alfombras de pétalos, estrellas y sonrisas. No son los poemas para desperdiciarlos en quien no los entiende; se escriben una noche y muchas más en la soledad de una buhardilla de artista, inspirado en una musa, para la más femenina de las mujeres. Grandioso es, durante la jornada terrena, enamorarse de una mujer bella y dulce; pero más sublime es amarla, ser el caballero de una dama y acompañarla a las rutas que conducen al más prodigioso de los cielos. Inspira obras excelsas, actos extraordinarios y hazañas aquella mujer superior a las banalidades, la superficialidad y el encuentro de unas horas. Es maravilloso amar a una mujer, pero si es musa y dama, resulta un honor, una bendición y un privilegio ser su poeta, su artista y la otra parte de ella. Tú eres, para mi dicha, mujer y dama, ángel y musa, poema y música, pintura y lluvia, aurora y ocaso. Es la razón, quizá, por la que te amo al amanecer y al anochecer, al nevar y soplar el viento, cuando aparece el sol y asoman la luna y las estrellas. Amar a una mujer es un deleite; a una dama, en tanto, es abrir la puerta del cielo y sentir el aliento de Dios. Mi amor, cuando te lo entrego, está dedicado a ti por ser yo, a mí por ser tú, a nosotros, a la dama que eres y al caballero que soy. Observo en tu mirada, en tus manos y en tus movimientos la esencia femenina que te distingue y propicia que sea el hombre de una mujer, el caballero de una dama, el escritor de una musa, el amor inextinguible que se transforma en destino, en historia, en locura.

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Auténtica y bella

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dedicado a un ser especial y maravilloso, a quien pertenece mi amor

Cuando las flores olvidan su esencia y renuncian a la intensidad de sus tonalidades, al encanto de su fragancia y a la belleza de sus rostros tersos, asoman los pétalos marchitos y los tallos con espinas que reflejan su fragilidad y lo efímero de sus existencias, igual que el mar en sus momentos de turbulencia al optar por el grisáceo que esconde el jade y turquesa de su mirada, o el cielo al perder su fondo azul y las nubes blancas y rizadas o rasgadas por los ósculos y rasguños del viento. Cuán triste es que lo bello pierda su autenticidad, como ha sucedido en la época contemporánea con no pocas mujeres que por moda, adversidad y lucha contra el abuso y el pensamiento masculino, competencia con los hombres, necesidad, prejuicios, ausencia de valores e ignorancia, han sepultado y distorsionado su espíritu femenino. Hoy, ante la falta de ella y él, porque la mayoría compite por las formas, los placeres y las posesiones, más que cultivar virtudes y características propias de su género, resulta aburrido y patético coexistir en ambientes planos, masificados y carentes de principios y sentido. Cuando abriste la morada de tu ser a mi corazón, descubrí con emoción que si bien es cierto eres una mujer que cotidianamente labora y se desarrolla profesional y socialmente, no te contaminas con tendencias grotescas y baladíes de la época; al contrario, conservas tu esencia y los principios que te sostienen y dan valor. Te he mirado exitosa en el mundo, reconocida en tus labores; pero también, no lo niego, mi asombro y emoción no han disminuido desde que te vi en casa con el porte de mujer bella, amable, dulce, risueña, con un vestido demasiado femenino, preparando con alegría los platillos para deleite de nuestros sentidos, y me sentí tan contento en aquel ambiente creado por ti, que me convertí en tu aliado en la cocina y allí, entre alimentos y trastes, conversamos, jugamos y reímos como si se hubiera tratado de protagonizar un capítulo singular e inolvidable. Adornaste, incluso, los platillos con un toque mágico, elegante y femenino. Eso, amada mía, no te hizo sumisa ni esclava de un hombre, como creen innumerables mujeres; te engrandeció y, además, demostraste tu valor femenino y correspondiste con fidelidad a tu naturaleza. Vives con el reflejo de quien eres. No extravías tu rostro ni lo cambias por caretas según las circunstancias y las conveniencias. Eres poesía y cielo. Actúas como sientes y piensas, de acuerdo con tus convicciones. No te embruteces ni te vulgarizas ni rebajas a la categoría de objeto o baratija; tampoco olvidas tu calidad de mujer ni imitas posiciones masculinas que no te pertenecen. Eres tú con tus invaluables tesoros internos y tu belleza resplandeciente, con tu encanto femenino, con tus convicciones e ideales. Eso te distingue y tal vez muchos no lo aprecian ya y hasta te critican y condenan por estar atrapados en el lodazal de sus existencias. Tus manos, bien cuidadas, son femeninas y hermosas, y lo mismo saben dar caricias de amor y ternura que sostener con firmeza, señalar los caminos, enseñar y sostener a los caídos. Maquillas tu rostro, pero sin caer en excesos ni coqueterías que atrapan superficialidades y aventuras pasajeras, ya que te valoras y eres amada, y recibes, por lo mismo, atenciones, sentimientos, detalles y respeto por parte del hombre que te admira y cuyo corazón, lo confieso, late al unísono del tuyo y del universo. Más que las palabras y las promesas que no pocas veces se olvidan, actúas, demuestras tu amor y tus valores con hechos y resultados. Eres una mujer, y eso me emociona, alegra e ilusiona como la primera vez, cuando entré por la puerta de tu ser y expresé “me encantas” y “te amo”. Nunca, ni siquiera sometida por los juicios mundanos, renuncias a tu naturaleza de mujer porque te sientes bendecida, feliz y realizada. Vuelas y no manchas tus alas. El hecho de vivir como mujer auténtica, vida y cielo mío, jamás te ha menoscabado ni restado alegría e independencia, como falsamente sostienen quienes creen que lo femenino es sinónimo de placer efímero y artificialidades o algo arcano e inusual, pasado de moda. Juntos, hemos asistido al paisaje de nuestras existencias, al libro que contiene una historia maravillosa y plena para ambos, y soy testigo, en consecuencia, de que sabes dialogar, divertirte, jugar, reír; pero también actúas con formalidad y firmeza cuando es necesario. Estás preparada para ser intensamente feliz y realizarte plenamente como mujer y el ser humano más maravilloso. Podrán existir millones de mujeres en el planeta, algunas quizá muy hermosas o dueñas de riquezas materiales; sin embargo, jamás voltearía ante la seducción de su coquetería porque tú eres a quien amo, mi musa y el alma que permanece unida a la mía para cruzar los umbrales y llegar a la inmortalidad. Quienes te educaron, deben sentirse orgullosos de la mujer que eres. Dios, como fuente de todo, sonríe porque no le fallas y actúas conforme a tu esencia y con los códigos que te hacen diferente y dan valor. Yo, escritor, te miro cautivado y enamorado, tú lo sabes, y muy agradecido por la bendición de amar a una mujer auténtica, especial y diferente. Eso, mi musa, es una fortuna que recibo desde el cielo porque eres tú y no cualquier hombre tiene la bendición y dicha de contar con el amor de un ser tan femenino, diferente y sublime. Si Dios colocó en ti la fórmula y la fragancia de mujer especial y guardó su secreto en los arcones celestes, en mí depositó un corazón que te admira y está dispuesto a amarte hoy y cada día, aquí, en el mundo, y durante la eternidad, allá, en la gran morada, donde siempre resplandecerá tu alma de mujer hermosa y consentida por quien todo lo creó.