En la buhardilla

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Refugiado en la soledad de mi habitación, en mi destierro voluntario, entre naufragios de épocas pasadas, recuerdos, caídas, períodos de esplendor, itinerarios y planes de viaje a otras rutas, al lado de los rumores y de los silencios de mi existencia, acompañado de mis luces y de mis sombras, de lo que soy en medio de estaciones desoladas ante tanta ausencia, lloro, a veces, en el desconsuelo canoro de los instantes que huyen y de las notas supremas de piano o violín, mientras pienso que definí mi destino desde la infancia, cuando me enamoré, irremediablemente, de arte, de las letras del abecedario y de las palabras que pertenecen a un idioma que me envuelve y deleita. Escribo, inagotable, en compañía del arte, el arte que es letra, el arte que es pintura, el arte que es escultura, el arte que es música, el arte que es, para mí, motivo, vida, rumbo y destino. Escucho el lenguaje de mi alma, en mi interior y afuera, con las voces del arte, los rumores de la vida, los susurros de mi historia. Y no significa, tal condición de escritor, que desdeñe el paseo por la vida que me fascina tanto; al contrario, cada momento tiene algo de mí, pedazos de mi biografía, fragmentos de mi perfume, las huellas que he dejado un día, otro y muchos más al caminar y al detenerme. En ocasiones, la gente pregunta si no me agota y fastidia escribir diariamente, permanecer atrapado en el encierro, en mi taller, entre la inspiración y la creación, planteamiento al que respondo, casi de inmediato y sonriente, que las letras, impregnadas de arte, de sentimientos y de razón, de esencia y de arcilla, de cielo y de mundo, son mi pasión, mi encomienda, mi ministerio, mi destino, y que, sin renunciar a su proceso, también experimento los instantes y los años de mi existencia con mi propio estilo. Nadie entendería, quizá, que renuncio a innumerables asuntos cotidianos y hasta superficiales con la idea de dedicar el tiempo a escribir, evidentemente sin olvidar que la epopeya que ofrece la vida merece experimentarse plenamente. Aquí estoy, en mi buhardilla, en mi ambiente de letras y palabras, con la música que me arrebata lágrimas que vienen de la emoción, el asombro y la inspiración, dispuesto a interpretar el lenguaje de Dios y los códigos de la naturaleza y de la creación. Solo soy eso, un modesto escritor que plasma letras y palabras con aroma a sentimientos e ideas, con la esperanza de que a alguien inviten a leerlas e interpretar sus mensajes. Aquí estoy, en mi taller de artista.

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Y ahí estaba usted

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y ahí estaba usted, cuando la reconocí en mis sueños, en alguno de los recintos de mi alma, conmigo, envuelta en los pétalos de rosa que le prometí. Y ahí la descubrí, mientras yo dormía, en una banca de cristal, alrededor de árboles y riachuelos, como musa de otro paraíso que acompaña y espera fielmente a su artista. Y ahí la encontré, en mi ayer, en mi hoy y en mi mañana, atemporal, imperturbable, hermosa, cautivante. Y ahí la vi, en mi interior y afuera, en el exterior y en mí, contenta, sonriente e inspiradora. Y ahí la encontré, al mirarme en el espejo, en mí, a mi lado, inseparable, con su propia identidad, en un vuelo libre y pleno, aunque con un tanto de mí como yo llevo mucho de usted. Y ahí la miré, en mi arcilla, en mi perfil, en mi textura, con la sensación de que también ha permanecido en mi esencia, en mi interior, en mí. Y ahí la vi, en el mundo, en la temporalidad, y en el infinito, en el océano sin final, ocurrente y dichosa. Y ahí estaba usted, cuando asomé en mí, conmigo, en el inagotable juego de la vida y del amor, quizá con la idea de correr en la arena y empaparnos con la espuma del mar, probablemente con la intención de patinar sobre la nieve, tal vez en el bosque, a la orilla del río, mientras la lluvia pertinaz nos moja con sus gotas de cristal. Y ahí coincidí con usted, en mis letras, en mi arte, en mis palabras, en mis textos, en mi locura. Y ahí la percibí, en mis mundos y en mis cielos. Y ahí estaba usted.

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Hubo un mundo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hubo aves que cantaron, pájaros que regalaron sus conciertos, y que pocos escucharon y disfrutaron, que algunos ignoraron, que otros atraparon y callaron y que muchos más depredaron. Existieron cascadas, ríos manantiales y lagos que eran espejos y fragmentos de paraísos y que hoy, en medio de la desolación y de la tierra seca y ranurada, todos añoran, sedientos, tristes y sucios. Una tierra, no lo olvido, de la que surgían colores, formas, permumes, sabores. Animales, en minúsculas y en mayúsculas, fueron amigos y compañeros de viaje de los seres humanos en un cielo de barro con esencia prodigiosa; pero ya no están, hombres y mujeres los asesinaron para enriquecerse naterialmente en la brevedad de sus pequeñas existencias, saciar sus instintos criminales y exhibirlos y presumir sus trofeos de caza y sus pieles tan caras. Abundaban, otrora, árboles y maleza en bosques y selvas que, impotentes, enfrentaron crueldades, ambición desmedida y rapacidad de la gente que presumía estar hecha a imagen y semejanza de Dios, mientras aniquilaba y se apropiaba de la creación, con un tanto de desmemoria sobre la luz interior que les hubiera dado un sentido real y pleno. Sentían las personas merecer la corona celeste y mataron y olvidaron todo. Teníamos, en el mundo, un pedazo de vergel, la entrada segura a otros paraísos; sin embargo, prevalecen las ruinas, queda el testimonio de los vestigios repentinamente enmudecen y de improviso hablan. Unos denunciaron y muchos callaron las atrocidades. Estamos rotos. Y en eso, todos compartimos una responsabilidad que pesa demasiado.

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Las flores que recolecto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cada flor es un rostro que tiene un encanto, una belleza, un motivo. Las flores que recolecto y le entrego, poseen una mirada, como la suya, y, quizá -ahora lo sospecho-, hasta un perfume igual al que usted exhala. En una y en otra flor, descubro los colores de la vida, el nombre de usted y hasta sus alegrías y tristezas. En las flores que le regalo, habrá algunas, probablemente, que quedarán atrapadas en páginas con dobleces -hojas, al fin-, hasta marchitarse al lado de las letras y las palabras que le escribo, cual testimonio de que un día y muchos más, multiplicados al infinito, le entregué mi delirio, la locura de un amor irrenunciable, pleno e inquebrantable. Al mirar las flores por las que deslizan las gotas del rocío, evoco sus lágrimas cuando ríe o llora, y mayores deseos siento, entonces, de correr a su lado para abrazarla desde la profundidad de nuestras almas. Las flores de mi jardin y las bosque son para usted. Las hay blancas, rosas, violetas, amarillas, rojas y de tantos matices que, a veces, pienso que Dios derramó, intencionalmente, su paleta de colores con la idea de adelantar uno de sus paraísos a aquellos que, como usted y yo, sentimos admiración y deleite por sus criaturas. Las flores aparecen aquí y allá, en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino, decoradas con hojas y sostenidas en tallos que, en ocasiones, espinan y rasgan la piel y la ropa porque las cuidan. Busco flores sonrientes para usted, orquídeas y tulipanes, gladiolas y lilís, girasoles y rosas, acacias y dientes de león, begonias y claveles, lirios y hortensias, dalias y crisantemos, y qué importa si las acomodo en el canasto en nones o en pares, si en cada uno descubro su aroma y el mío, nuestras sonrisas y el amor inextinguible, a pesar e que la textura se arrugue una mañana o una tarde. En cada flor descubro su mirada, su perfume, su textura. Quiero preguntarle si me permite diseñar y crear una alfombra de pétalos para que su caminata por la vida sea un paseo inolvidable y bello que le recuerde, en cierto momento, los jardines del paraíso. De ser así, me gustaría saber si le agradaría tener mucho de mí como yo tanto de usted.

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Y así…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y así, la tristeza habitual se convierte en huésped permanente que desmantela alegrías y sonrisas cautivas en las profundidades del ser y dibujadas en cada rostro. Y así, la ira, el resentimiento, la intolerancia, los celos y la violencia destruyen la armonía, el equilibrio, la paz, igual que los volcanes que deforman los paisajes y dejan, tras sus convulsiones, desolación y vacíos. Y así, conforme la ambición desmedida y los apetitos incontrolables se apoderan de la voluntad humana, la sensibilidad, la inteligencia y la vida plena quedan sepultadas bajo una cripta de mármol, fría, endurecida y, a la vez, quebradiza. Y así, el amor naufraga y sus colores se diluyen en el desencanto, mientras la vida se corroe, cuando ya no hay detalles ni motivos, al perderse la ruta y el sentido. Y así, el miedo estremece las facciones y deshilvana la seguridad y el valor. Y así, la mentira esculpe máscaras y disfraces de fantasía que se rasgan en cuanto aparece el destello de la verdad. Y así, las formas olvidan que son complemento y temporalidad, ornamento y policromía, y la esencia se vuelve rehén en mazmorras lóbregas y viejas. Y así, al transformarse la esencia y la arcilla en plástico, en simple envoltura utilitaria, la salud desmorona sus cimientos y pilares, hasta que todo se derrumba irremediablemente. Y así, al preferir el mal y desdeñar el bien, aparecen las máscaras que algún día, a cierta hora, esperarán al caminante en alguna de sus rutas para acosarlo siempre. Y así, cuando la vida ya no es encanto, el peso contrario inclina la balanza y entra la muerte. Y así, con omisiones cotidianas, intenciones para algún propósito, los pétalos mudan a espinas. Y así, la ignorancia ofrece comodidades y desplaza al conocimiento. Y así, el bien y la verdad parecen modas anticuadas, Y así, hay quienes al renunciar a la fuente, a la vida infinita, a la corriente etérea, se condenan a repetir su temporalidad en un mundo de barro y lodo.

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¿Superiores?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

y Karla Paola Galicia Chávez

El ser humano es tan insignificante, fatuo e ignorante, que se siente eje de la creación, como si las demás especies animales y vegetales, junto con el agua, el oxígeno y las cosas del mundo, fueran inferiores y provinieran de otra fuente. ¿El hombre y la mujer superiores a otras expresiones de vida? Parece que existen ceguera espiritual e incapacidad mental. Si la humanidad se extinguiera sobre el planeta, la creación animal y vegetal coexistirían en el agua, la tierra y el aire, indiferentes a quienes presumen ser los únicos racionales e imagen y semejanza de Dios. Al contrario, si los animales y los vegetales desaparecieran de la faz del mundo, con el agua, el oxígeno y las cosas que les rodean, la gente no sobreviviría. Exterminen a todas las abejas y pronto serán testigos de la destrucción de la vida en la Tierra; acaben a la totalidad de seres humanos, y la naturaleza seguirá libre y plena. Uno de los problemas de la gente es su soberbia, falta de respeto e intolerancia hacia las otras manifestaciones de vida. Todas las criaturas, desde la minúscula hasta la mayúscula, siguen una razón y un sentido. Avergüenza e insulta que otros hombres y mujeres, movidos por su ambición desmedida, destruyan la naturaleza y la conviertan en botín y en trofeo. Mientras las personas no aprendan a coexistir con todas las expresiones de la vida, seguirán atentando contra sí y estarán rotas, enfermas, mutiladas y ciegas, incapaces de evolucionar y descubrir la ruta y la senda de retorno a casa.

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En la otra esquina de la buhardilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y aquí estoy de nuevo, solo, como antes, igual que siempre, acompañado de mis letras, rodeado de mis recuerdos y mis suspiros, entre mis pausas de silencio y mis notas de sonidos. Miro el violín, callado, irreconocible, quieto, sobre algún mueble, también sigiloso e inmóvil. En la otra esquina, el caballete exhibe un lienzo, una pintura que espera nuestra cita, la hora del encuentro nocturno, para sentir los pinceles deslizar sobre su piel de tela y recibir los matices de las horas de inspiración y entrega, mientras mis lágrimas, al escuchar música, brotan incontenibles. Los libros permanecen acomodados en los anaqueles, en la mesa de trabajo y en el suelo, algunos abiertos y otros con separadores y hojas con anotaciones. Cuelgan, en la pared, retratos viejos, amarillentos, que definen a personajes de linajes distantes, con nombres y apellidos que nadie busca ni recuerda. Entre los papeles revueltos, asoman algunos pétalos desolados, marchitos como los años consumidos y las historias disueltas, náufragos, por cierto, de otros días. Escribo en una época en la que la lectura es escasa y pocos, en verdad, la aprecian; no obstante, tengo la esperanza de cultivar letras que germinen y se transformen en palabras bellas, en sentimientos e ideas, en realidades y en sueños, en libertades y en vuelos, en amores y en ocurrencias, en alegrías, en mundos y en cielos. El arte es irrenunciable. Lo lleva uno en el alma, en los latidos del corazón, en los pensamientos, en las vivencias, en los sueños, en los sentimientos, al hablar y al actuar. Un día, cuando era demasiado temprano, lo abracé y prometí no renunciar a su amor fiel. Y aquí estoy, envuelto en mi existencia e historia de artista, en mi ambiente creativo, en mis letras, feliz y pleno, como me encanta vivir. Cierto que los días de mi existencia forman parte de una historia intensa que nadie imagina por creer que escribir significa cargar una losa pesada, pasar los minutos y los años tras los barrotes de una celda voluntaria o sufrir un martirio indecible a una hora de la tarde y otra de la noche. Solo quien consagra su vida al arte, a la creación, entiende el significado de cumplir la encomienda en la otra esquina de la buhardilla.

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Quedamos solos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal vez, un día o una noche, quizá hasta una tarde o alguna madrugada, sin saberlo, abandonamos los detalles, las sonrisas, las amabilidades, y sustituimos la dulzura, el encanto y la blandura de los sentimientos nobles por muros de tabiques silenciosos, murallas de ladrillos pegados con concreto gris y helado, fronteras inaccesibles y tablas con astillas y carentes de significado. Volvimos, alguna ocasión, derrotados, atrapados en el desencanto y sin la brújula y el timón que llevábamos durante la travesía, con la ropa desgarrada y la desmemoria en constante acoso. Rompimos puentes, quebramos esperanzas, despreciamos abrazos y cariño, ignoramos consejos y sepultamos la fe. Quedamos solos. Borramos nombres, recuerdos, familias, amigos y sentimientos. Transitamos a la envoltura, a la estupidez, a la brutalidad, a la inmediatez. Ya convertidos en plástico, en maniquíes irracionales, en consumidores de apetitos, en modelos en serie y desvinculados de compromisos, en adoradores de cosas y superficialidades, llegamos confundidos a algún paraje indefinido, casi irreconocibles, totalmente descompuestos, con actitudes de dioses, deidades engreídas e insensibles, embrutecidos por la soberbia, la ambición desmedida y la estulticia. Eliminamos códigos de amor, tolerancia, respeto y valores. Creímos ser eje de la vida, personas amadas, consentidas y privilegiadas de la creación, en el planeta y en el universo, hasta que a una hora, en cierta fecha, la realidad nos regresó al escenario que fabricamos, a la basura que concebimos, a un mundo roto e incompleto. Somos tan insignificantes, que preferimos evadir los escenarios que diseñamos y construimos irresponsablemente, hasta llegar a la demencia de idealizar la conquista de otros mundos para formar lo que, con tanta riqueza natural y mineral, no tuvimos capacidad de transformar en paraíso. Y ahora, por las circunstancias que asfixian a la humanidad, con todo lo que está por venir, necesitamos un amor, a la familia, algún consejo, un motivo que justifique nuestras existencias, un saludo, una mirada dulce, un abrazo, una sonrisa, una mano que dé lo mejor de si; pero quedamos solos al sepultar lo que éramos y teníamos. Desdeñamos nuestra verdadera riqueza -nosotros mismos- al creerla inferior. Empobrecimos. Hoy, cuando más necesitamos lo bello de la vida, quedamos solos.

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¿De qué estamos hechos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿De qué estamos hechos? ¿Acaso de amor, bondad, sentimientos nobles y alegrías, o de odio, tristeza, maldad y temor? ¿De qué?, insisto. ¿Probablemente de alientos y suspiros, de corrientes etéreas, de pedazos de cielo y migajas de trigo, o de cauces secos y ranurados, abrojos y parásitos? ¿Es todo?, pregunto. ¿Quizá de tapices de piel, de engranajes orgánicos, de miradas, de sensaciones? ¿Tal vez de recuerdos, de ecos perdidos en un ayer, de momentos presentes, de imágenes futuras? ¿Estamos compuestos de sueños, de vivencias, de recuerdos, de desmemoria? ¿O somos nada, vacío insondable, polvo disuelto? ¿De qué estamos hechos? ¿De bien, de mal, de ambos? ¿Dioses?, ¿ángeles?, ¿demonios?, ¿simplemente humanos? ¿Todo y nada? ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestra fórmula? ¿Agua, fuego, tierra, viento, algo más? ¿De qué estamos hechos?, interrogo de nuevo ante la urgencia de dar respuesta a mi ser inquieto. Pienso que somos principio y fin, eternidad, fuente, luz, esencia, envueltos en arcilla, en barro de apariencias temporales, y que cada uno, de acuerdo con su nivel evolutivo, con la frecuencia vibratoria que emana, es cielo, mundo o infierno, y define, en consecuencia, su ruta, su destino. No somos causalidad ni resultado de ecuaciones torpes, y menos producto de un idilio pasajero y caprichoso. Sencillamente, tú, yo, ella, él, ustedes, ellos, nosotros, somos extraordinarios, almas luminosas que transitamos momentáneamente, en el mundo, de una estación a otra, con oportunidad de hacer del viaje una excursión grandiosa e inolvidable, a pesar de los días soleados y de las noches de tempestad. No es natural morir en el abandono de sentimientos. La vida es algo más, y nosotros también.

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El arte, un estilo de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un artista, cuando se entrega al proceso creativo de las letras, los sonidos, las formas y los colores, desnuda al ser humano, a la naturaleza, al material yerto, al universo, los sentimientos, los ideales, los pensamientos, la realidad y los sueños, y los cubre y decora con las gotas etéreas del paraíso, en una corriente que fluye incesante dentro y fuera de uno. Un artista, al inspirarse, convive y habla con las musas, con los árboles, con los océanos, con Dios. Un artista deja en cada letra y palabra un sentimiento, una idea, un sueño, una vida, un significado. Un artista lo es a toda hora, en la mañana y en la noche, en la tarde y en la madrugada, mientras duerme y cuando vive, más allá de aplausos, becas y premios. No necesita máscaras ni utiliza muletas. Es su arte, su estilo, su obra y su encanto al crear. Un artista es letra poema y texto, o pintura y escultura, o música, o cualquier expresión sublime del alma, en su ininterrumpida correspondencia con la vida. Un artista escucha, en la madrugada fría y solitaria, un amanecer soleado, una tarde lluviosa o un anochecer caluroso o nevado, que la inspiración toca a su puerta y asoma por su balcón y sus ventanas, y, feliz, ya con una dosis de ideas, despierta y crea. Un artista desconoce horarios y escribe en lunes o viernes, pinta en martes o domingo, arranca melodías a los instrumentos un miércoles y hasta un jueves, o cincela la piedra cualquier sábado, en primavera y en verano, en otoño y en invierno, cuando el calor es sofocante y la tempestad parece incesante, o a las horas del viento otoñal y en los instantes de los copos invernales. No hay tregua en una vida consagrada al arte. Un artista se sumerge en las profundidades inconmensurables de la fuente infinita, de donde extrae tesoros, obras, en minúsculas y mayúsculas, que entrega a la humanidad como regalo del cielo. Un artista, en el instante postrero de su existencia, piensa que aún necesita entregarse a la creación de su obra magistral, acaso sin darse cuenta de que al colgar tantos luceros en la pinacoteca celeste, ya es una estrella que alumbra a la humanidad y otros mundos.

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