¿Superiores?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

y Karla Paola Galicia Chávez

El ser humano es tan insignificante, fatuo e ignorante, que se siente eje de la creación, como si las demás especies animales y vegetales, junto con el agua, el oxígeno y las cosas del mundo, fueran inferiores y provinieran de otra fuente. ¿El hombre y la mujer superiores a otras expresiones de vida? Parece que existen ceguera espiritual e incapacidad mental. Si la humanidad se extinguiera sobre el planeta, la creación animal y vegetal coexistirían en el agua, la tierra y el aire, indiferentes a quienes presumen ser los únicos racionales e imagen y semejanza de Dios. Al contrario, si los animales y los vegetales desaparecieran de la faz del mundo, con el agua, el oxígeno y las cosas que les rodean, la gente no sobreviviría. Exterminen a todas las abejas y pronto serán testigos de la destrucción de la vida en la Tierra; acaben a la totalidad de seres humanos, y la naturaleza seguirá libre y plena. Uno de los problemas de la gente es su soberbia, falta de respeto e intolerancia hacia las otras manifestaciones de vida. Todas las criaturas, desde la minúscula hasta la mayúscula, siguen una razón y un sentido. Avergüenza e insulta que otros hombres y mujeres, movidos por su ambición desmedida, destruyan la naturaleza y la conviertan en botín y en trofeo. Mientras las personas no aprendan a coexistir con todas las expresiones de la vida, seguirán atentando contra sí y estarán rotas, enfermas, mutiladas y ciegas, incapaces de evolucionar y descubrir la ruta y la senda de retorno a casa.

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En la otra esquina de la buhardilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y aquí estoy de nuevo, solo, como antes, igual que siempre, acompañado de mis letras, rodeado de mis recuerdos y mis suspiros, entre mis pausas de silencio y mis notas de sonidos. Miro el violín, callado, irreconocible, quieto, sobre algún mueble, también sigiloso e inmóvil. En la otra esquina, el caballete exhibe un lienzo, una pintura que espera nuestra cita, la hora del encuentro nocturno, para sentir los pinceles deslizar sobre su piel de tela y recibir los matices de las horas de inspiración y entrega, mientras mis lágrimas, al escuchar música, brotan incontenibles. Los libros permanecen acomodados en los anaqueles, en la mesa de trabajo y en el suelo, algunos abiertos y otros con separadores y hojas con anotaciones. Cuelgan, en la pared, retratos viejos, amarillentos, que definen a personajes de linajes distantes, con nombres y apellidos que nadie busca ni recuerda. Entre los papeles revueltos, asoman algunos pétalos desolados, marchitos como los años consumidos y las historias disueltas, náufragos, por cierto, de otros días. Escribo en una época en la que la lectura es escasa y pocos, en verdad, la aprecian; no obstante, tengo la esperanza de cultivar letras que germinen y se transformen en palabras bellas, en sentimientos e ideas, en realidades y en sueños, en libertades y en vuelos, en amores y en ocurrencias, en alegrías, en mundos y en cielos. El arte es irrenunciable. Lo lleva uno en el alma, en los latidos del corazón, en los pensamientos, en las vivencias, en los sueños, en los sentimientos, al hablar y al actuar. Un día, cuando era demasiado temprano, lo abracé y prometí no renunciar a su amor fiel. Y aquí estoy, envuelto en mi existencia e historia de artista, en mi ambiente creativo, en mis letras, feliz y pleno, como me encanta vivir. Cierto que los días de mi existencia forman parte de una historia intensa que nadie imagina por creer que escribir significa cargar una losa pesada, pasar los minutos y los años tras los barrotes de una celda voluntaria o sufrir un martirio indecible a una hora de la tarde y otra de la noche. Solo quien consagra su vida al arte, a la creación, entiende el significado de cumplir la encomienda en la otra esquina de la buhardilla.

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Quedamos solos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal vez, un día o una noche, quizá hasta una tarde o alguna madrugada, sin saberlo, abandonamos los detalles, las sonrisas, las amabilidades, y sustituimos la dulzura, el encanto y la blandura de los sentimientos nobles por muros de tabiques silenciosos, murallas de ladrillos pegados con concreto gris y helado, fronteras inaccesibles y tablas con astillas y carentes de significado. Volvimos, alguna ocasión, derrotados, atrapados en el desencanto y sin la brújula y el timón que llevábamos durante la travesía, con la ropa desgarrada y la desmemoria en constante acoso. Rompimos puentes, quebramos esperanzas, despreciamos abrazos y cariño, ignoramos consejos y sepultamos la fe. Quedamos solos. Borramos nombres, recuerdos, familias, amigos y sentimientos. Transitamos a la envoltura, a la estupidez, a la brutalidad, a la inmediatez. Ya convertidos en plástico, en maniquíes irracionales, en consumidores de apetitos, en modelos en serie y desvinculados de compromisos, en adoradores de cosas y superficialidades, llegamos confundidos a algún paraje indefinido, casi irreconocibles, totalmente descompuestos, con actitudes de dioses, deidades engreídas e insensibles, embrutecidos por la soberbia, la ambición desmedida y la estulticia. Eliminamos códigos de amor, tolerancia, respeto y valores. Creímos ser eje de la vida, personas amadas, consentidas y privilegiadas de la creación, en el planeta y en el universo, hasta que a una hora, en cierta fecha, la realidad nos regresó al escenario que fabricamos, a la basura que concebimos, a un mundo roto e incompleto. Somos tan insignificantes, que preferimos evadir los escenarios que diseñamos y construimos irresponsablemente, hasta llegar a la demencia de idealizar la conquista de otros mundos para formar lo que, con tanta riqueza natural y mineral, no tuvimos capacidad de transformar en paraíso. Y ahora, por las circunstancias que asfixian a la humanidad, con todo lo que está por venir, necesitamos un amor, a la familia, algún consejo, un motivo que justifique nuestras existencias, un saludo, una mirada dulce, un abrazo, una sonrisa, una mano que dé lo mejor de si; pero quedamos solos al sepultar lo que éramos y teníamos. Desdeñamos nuestra verdadera riqueza -nosotros mismos- al creerla inferior. Empobrecimos. Hoy, cuando más necesitamos lo bello de la vida, quedamos solos.

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¿De qué estamos hechos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿De qué estamos hechos? ¿Acaso de amor, bondad, sentimientos nobles y alegrías, o de odio, tristeza, maldad y temor? ¿De qué?, insisto. ¿Probablemente de alientos y suspiros, de corrientes etéreas, de pedazos de cielo y migajas de trigo, o de cauces secos y ranurados, abrojos y parásitos? ¿Es todo?, pregunto. ¿Quizá de tapices de piel, de engranajes orgánicos, de miradas, de sensaciones? ¿Tal vez de recuerdos, de ecos perdidos en un ayer, de momentos presentes, de imágenes futuras? ¿Estamos compuestos de sueños, de vivencias, de recuerdos, de desmemoria? ¿O somos nada, vacío insondable, polvo disuelto? ¿De qué estamos hechos? ¿De bien, de mal, de ambos? ¿Dioses?, ¿ángeles?, ¿demonios?, ¿simplemente humanos? ¿Todo y nada? ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestra fórmula? ¿Agua, fuego, tierra, viento, algo más? ¿De qué estamos hechos?, interrogo de nuevo ante la urgencia de dar respuesta a mi ser inquieto. Pienso que somos principio y fin, eternidad, fuente, luz, esencia, envueltos en arcilla, en barro de apariencias temporales, y que cada uno, de acuerdo con su nivel evolutivo, con la frecuencia vibratoria que emana, es cielo, mundo o infierno, y define, en consecuencia, su ruta, su destino. No somos causalidad ni resultado de ecuaciones torpes, y menos producto de un idilio pasajero y caprichoso. Sencillamente, tú, yo, ella, él, ustedes, ellos, nosotros, somos extraordinarios, almas luminosas que transitamos momentáneamente, en el mundo, de una estación a otra, con oportunidad de hacer del viaje una excursión grandiosa e inolvidable, a pesar de los días soleados y de las noches de tempestad. No es natural morir en el abandono de sentimientos. La vida es algo más, y nosotros también.

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El arte, un estilo de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un artista, cuando se entrega al proceso creativo de las letras, los sonidos, las formas y los colores, desnuda al ser humano, a la naturaleza, al material yerto, al universo, los sentimientos, los ideales, los pensamientos, la realidad y los sueños, y los cubre y decora con las gotas etéreas del paraíso, en una corriente que fluye incesante dentro y fuera de uno. Un artista, al inspirarse, convive y habla con las musas, con los árboles, con los océanos, con Dios. Un artista deja en cada letra y palabra un sentimiento, una idea, un sueño, una vida, un significado. Un artista lo es a toda hora, en la mañana y en la noche, en la tarde y en la madrugada, mientras duerme y cuando vive, más allá de aplausos, becas y premios. No necesita máscaras ni utiliza muletas. Es su arte, su estilo, su obra y su encanto al crear. Un artista es letra poema y texto, o pintura y escultura, o música, o cualquier expresión sublime del alma, en su ininterrumpida correspondencia con la vida. Un artista escucha, en la madrugada fría y solitaria, un amanecer soleado, una tarde lluviosa o un anochecer caluroso o nevado, que la inspiración toca a su puerta y asoma por su balcón y sus ventanas, y, feliz, ya con una dosis de ideas, despierta y crea. Un artista desconoce horarios y escribe en lunes o viernes, pinta en martes o domingo, arranca melodías a los instrumentos un miércoles y hasta un jueves, o cincela la piedra cualquier sábado, en primavera y en verano, en otoño y en invierno, cuando el calor es sofocante y la tempestad parece incesante, o a las horas del viento otoñal y en los instantes de los copos invernales. No hay tregua en una vida consagrada al arte. Un artista se sumerge en las profundidades inconmensurables de la fuente infinita, de donde extrae tesoros, obras, en minúsculas y mayúsculas, que entrega a la humanidad como regalo del cielo. Un artista, en el instante postrero de su existencia, piensa que aún necesita entregarse a la creación de su obra magistral, acaso sin darse cuenta de que al colgar tantos luceros en la pinacoteca celeste, ya es una estrella que alumbra a la humanidad y otros mundos.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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Si un día no estás conmigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si un día no estás conmigo, acaso porque tuviste que partir a rutas distantes, mi prosa poética sentirá tu ausencia y sus letras, signos y palabras marchitarán, igual que las hojas que despiadadamente arranca el viento otoñal y dispersa en el bosque, en las calzadas de los parques y en el boulevard. Si alguna vez, por cierto motivo, partes de mi lado, volveré una tarde y muchas más a la banca de piedra, junto a la fuente, donde solíamos admirar la pinacoteca celeste, mecernos en la luna sonriente y contabilizar luceros. Si en cierta fecha indefinida, renuncias a mí simplemente porque te cansé o por no ser iguales, te extrañaré tanto que no dudo que a partir de entonces comenzaré a morir. Si una mañana o una tarde, una noche o una madrugada, me dejas, atrapado en la soledad y los recuerdos, pienso que al asomar al espejo, un tanto irreconocible y desmejorado, te identificaré en mí porque un amor como el nuestro no se desvanece ni muere con una despedida. Si en determinado momento, corres al tren y subes a uno de sus furgones, rumbo a un destino incierto, trataré de alcanzarte, y si en el camino mis fuerzas desfallecen, sentiré consuelo al voltear atrás y recordar los días y los años de nuestra historia. Si un día te encuentras en otro sitio, lejos de mí, te aseguro que construiré puentes y escalinatas con la intención de cruzar los abismos que separan al mundo del paraíso, transitar de la arcilla a la esencia, y reencontrarte en un jardín matizado de colores mágicos y envuelto en la delicia del perfume de los ángeles. Si un día no estás conmigo, te buscaré en mi alma, en mi memoria, en mis sentimientos, en mis ideales, en mis sueños, en mis pensamientos, en las huellas que dejamos.

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Es momento de contagiar a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es momento de contagiar a la gente, a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, que apenas hace rato, quizá ayer, cantaban y reían felices e ilusionados, alrededor de la vida, y hoy, irreconocibles, temen a las sombras de la muerte que amenazan entintar los días de sus existencias con matices luctuosos. Es perentorio escapar de los barrotes y las celdas que hemos creado egoístamente, salir del estado de comodidad aparente que equivale más a irresponsabilidad que a razón, y transmitir a otros -familia, amistades, vecinos- auténticas dosis de alegría, fe y optimismo. No hay que esperar a que alguien enferme para llorar, mortificarse y contabilizar uno más dentro de la lista de ausencias. Es momento de formar una cadena humana con innumerables eslabones, todos unidos entre sí, atentos y solidarios, no con la intención de encadenarnos, sino con la idea de fortalecernos y ser auténticos, libres y plenos. Desde hoy, es aconsejable llamar por teléfono a los familiares, a los amigos, a los vecinos, a los contactos más próximos, con la intención de animarlos, preguntar por su salud, recomendarles se cuiden, recordar historias y días felices, planear futuros encuentros, alegres y sanos, para celebrar el milagro de la vida. Es urgente que ellos, a la vez, marquen a otras personas y las saluden igual. Las emotividades presenciales deben reservarse para otras fechas. En ocasiones, las apariencias y las superficialidades, emparentadas con la ansiedad, el consumismo, la soberbia, la necedad y la ignorancia, provocan que la gente no entienda y cometa imprudencias que propician mayores problemas y complicaciones. Es indispensable contagiar a los demás, aquí y allá, ahora y siempre, con sentimientos, ideales, deseos y pensamientos nobles, evidentemente con amabilidad, entrega, sinceridad y sonrisas. El aislamiento y las mascarillas, confinan, aprisionan, a pesar de las recomendaciones en su uso; mas no son excusa para transformarse en criaturas burdas, groseras y malvadas. Es tiempo de demostrar que tú, yo, ellos, nosotros, ustedes, somos mejores y superiores a grupúsculos perversos que causan tanto daño a la humanidad en su afán de reprimirla y dominarla para apoderarse de las riquezas del mundo. Si una élite poderosa, en complicidad con gobiernos serviles y corruptos, militares irracionales, científicos mercenarios y medios de comunicación sin escrúpulos, entre otros, diseñó, formó y dispersó un virus criminal que ha enfermado y asesinado a incontables hombres y mujeres, en el planeta, no olvidemos que Dios colocó un alma en cada uno, sentimientos e ideales, pensamientos y sueños, que se demuestran con la mano generosa que da a otros lo mejor de sí, con palabras de aliento, con una sonrisa, con una mirada comprensiva. Es hora de contagiar a la humanidad.

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Quiero que las flores abran sus pétalos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero que las flores abran sus pétalos cuando recorro el jardín, en las mañanas y en las tardes, e incluso en los momentos abreviados y somnolientos de la noche, para que atrapen mi perfume y tú, al recibirlas en una canasta con listones de colores, percibas mi aroma y sepas que yo, tu escritor, soy el remitente. Anhelo que el viento arrastre, entre la hojarasca yerta, las páginas con mis letras, los trozos de mi poemario, con la idea de que escuches, entre los rumores y silencios que suelen aparecer en sus ráfagas, mi voz, el lenguaje que, enamorado, te ha expresado, una y otra vez, que el mundo es la entrada al cielo si se hace de la vida una colección de horas, días y años felices e intensos, con alegrías y detalles. Deseo mezclar las lágrimas emotivas que derramo, cada noche, al escribir una palabra y otras más, enamoradas, solo para ti. Tengo la ilusión de que un día y una noche, y tantos más, ya no tengan instantes ni los apresuren, como ahora, las manecillas nerviosas e inquietas del reloj, porque significará, entonces, que hemos trascendido y convertido el mundo -oh, nuestro mundo- en el paraíso que soñamos.

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Somos pedazos de cristal

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos pedazos de cristal, vidrios rotos, dispersos aquí y allá, en un lugar y en otro, abandonados por nosotros mismos, en espera, quizá, de que alguien los pegue como eran antes. Somos trozos de historias y destinos, rumores y silencios, desembarcos y naufragios. Somos verdades y mentiras, imaginación y realidad, bien y mal, polvo de estrellas y tierra de volcán. Somos dibujos sin iluminar, trazos y líneas por completar, acaso en espera de un autor, en medio de la amnesia de nuestra responsabilidad de ser protagonistas de una biografía cautivante, grandiosa e inolvidable. Somos parte de muchos ayeres, fragmento de incontables presentes y arena de mañanas ansiosos e inciertos. Somos agua y tierra, aire y fuego, sentimiento y razón. Somos eso, semillas y frutos, y tal vez deseamos el sabor de los segundos sin cultivar las primeras. Somos fechas imprecisas que se pierden conforme transcurren los minutos, pasajeros abandonados en estaciones desoladas, sucias y tristes, y sucesos que quedaron en los caminos y nadie recuerda. Somos fragmentos de poemas, sinfonías incompletas, residuos de obras que nadie vio más. Somos eco, destello, recuerdo, vestigio. Somos, parece, masculino y femenino, minúscula y mayúscula, cielo e infierno, paraíso y mundo, alfa y omega. Somos cristales, un día, otro y muchos más pulidos, rayados, opacados o rotos. Somos otros. Somos bardas de castillos y pocilgas, muros decadentes y cuarteados. Somos agua que dejó de correr y quedó estancada, al lado de piedras y varas. Somos vidrios rotos, despedazados y manchados impíamente por nosotros, acaso sin darnos cuenta, probablemente por descuido, quizá convencidos de lo que hicimos, tal vez por tantas razones y, paralelamente, sin motivos, y tontamente esperamos que alguien recoja las astillas de lo que fuimos para regresarnos al árbol corpulento y frondoso que éramos antes, sin recordar que cada uno debemos reconstruirnos en vez de llorar o de ansiar que otros nos salven. Somos pedazos de cristal que quedarán olvidados, tristemente sepultados, entre madera apolillada, paredes con salitre y herraje cubierto de herrumbre, o que uniremos con acierto y valor para volver a ser lo que éramos otrora y construir seres humanos prodigiosos, con mucho de esencia y luz, sin olvidar el barro del que estamos moldeados.

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