De cada detalle

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tomo de las orquídeas y de los tulipanes sus fragancias y sus matices con la idea de impregnarlos en cada letra que te escribo, en las palabras que susurro a tus oídos cuando el viento juega con tu cabello y lo enreda en mi cara. Busco, en el concierto de la lluvia, los ríos y las cascadas, las notas que reproduzco al acercarme a ti y expresar, simplemente, “te amo”. Descubro en cada amanecer, y en las tardes y en las noches, un motivo que rompa la monotonía de los relojes -sus manecillas, sus engranajes y sus péndulos inagotables-, para jugar y amarnos, como en nuestra infancia perdida en un paraíso lejano, y así, felices, abrir las puertas a una historia sin final, tan hermosa e intensa como nuestros anhelos y sueños. Horado, a ciertas horas, mi interior, mi ser, y busco rutas al alma, al cielo, con la intención de traerte alguna flor, un detalle o un poema, y, sencillamente, entregártelo como quien comparte los regalos que le obsequia Dios al caminar a su lado y hablarle en sus jardines. Me encanta mirar la hoja blanca y anotar las letras y las palabras que destilo al pensar en ti, al saberte tan yo como sentirme tú, en el vuelo más libre y bello de la vida. De cada detalle -los de la vida, los del amor, los de la arcilla, los de la esencia, los de mis manos- hago un motivo, construyo un sendero, tiendo un puente, fabrico una escalera, para estar contigo.

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Las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores son el poema que Dios matiza con los colores del paraíso, el fragmento de un jardín que se presiente inconmensurable, el eco de un ramillete de intensa policromía que alguien, al principio, regaló al mundo. En cada flor encuentro el sentido de la vida, un suspiro de la naturaleza y del universo, las formas interminables de la creación. Una flor, otra y muchas más suman y multiplican la finura del alma y la textura de la piel. Descubro, entre la delicadeza de sus pétalos, las fragancias de un cielo infinito, la alegría de un amor perdurable, la inocencia de un acto noble y de una sonrisa feliz, auténtica y plena. Mayúsculas y minúsculas, las flores me enseñan que la superficialidad, las apariencias y la vanidad, tan lejanas del bien y de la inteligencia, son barrotes que encarcelan, fantasías que estorban, carentes de porvenir, y que, por lo mismo, un día, una tarde o una noche, llegan a su final y mueren; aunque también, es cierto, algunas me dan una lección en el sentido de que antes de la grandiosidad, existen, en los caminos, abrojos que pueden desgarrar la piel y la ropa si uno no crece ni evoluciona. Las flores, agitadas por las caricias del aire, dispersan sus perfumes y obsequian su policromía durante los grandes y los pequeños acontecimientos de la humanidad, al nacer una persona, al cumplir años, al obtener algún reconocimiento, al sanar, al enamorarse, al adornar su mesa, al dar un detalle, al morir. Son indiferentes a la vida humana y lo mismo crecerían en las montañas, en los barrancos, en las laderas, a la orilla de los ríos, en las llanuras, si no existieran hombres y mujeres a su alrededor, con el regalo fugaz de sus tonalidades y aromas, pedazos, quizá, de un vergel perenne que se anhela y extraña. Quien regala una flor, da un trozo de cielo. Aquellos que ceden un espacio en sus jardines para cultivarlas, emulan el proceso de la creación y seguramente añoran paraísos que uno cree perdidos. Hay flores que resguardan, en su intimidad, la dulzura y el encanto del néctar, y existen otras que, al contemplarlas, transportan a las profundidades insondables del alma, donde los rumores y los silencios de la creación se perciben en océanos infinitos. Las flores, las flores. Quien las ha admirado y tocado, de alguna manera ya ha sentido la textura del cielo. Son el regalo de Dios, su pintura, su concierto, su poema, y si a ti, a ella, a él, a ustedes, a todos, un día, a cierta hora, entrego una flor, será porque, dentro de su simbolismo mágico, desearé transmitirles que las recolecté con amor en los jardines del paraíso.

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Tu voz

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tu voz, tu voz inolvidable, tu voz inconfundible

Tu voz es la que pronuncia, en silencio, los poemas que te escribo y que sientes en ti cuando una noche, ante mi ausencia, suspiras al asomar por la ventana y miras las estrellas que cuelgan en la pinacoteca celeste e imaginas que tú y yo estamos sentados en la luna sonriente, enamorados, donde nos columpiamos y sentimos el arrullo de la vida y los sueños.. Tu voz es la que habla cuando me inspiro en la soledad de mi buhardilla, entre hojas de papel y libros, como para que no olvide nunca anotar que en tu mirada me reconozco un día, otro y muchos más. Tu voz es la nota silenciosa cuando te abrazo desde la profundidad de nuestras almas. Tu voz es el concierto, la palabra dulce y bella, el consejo, la reprimenda, tu risa, tus secretos y tu rostro pleno. Tu voz es el murmullo del aire que revuelve tu cabello y el mío cuando jugamos al amor y a la vida, el susurro de la cascada y el río que transitan felices e ilusionados en su tarea de dar, los rumores del mundo y el cielo que abren sus puertas y entregan alcatraces, orquídeas, tulipanes y rosas.. Tu voz es la primavera que alumbra las mañanas de mi existencia, el verano que me arrulla con su lluvia una tarde inolvidable, el otoño que sopla y me lleva a una alfombra de hojas y pétalos, el invierno que me invita a esquiar y patinar contigo sobre la nieve de intensa blancura. Tu voz eres tú conmigo, son las palabras del sigilo, es el lenguaje de las flores, es el idioma de la llovizna. Tu voz es el timbre del mundo, es el sonido de la creación, es la corriente etérea que me une a ti. Tu voz, tu voz, tu voz inolvidable, tu voz inconfundible, eres tú, soy yo, somos ambos, es el mundo, es la vida, es el amor, es el infinito. Tu voz.

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El tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo posee un lenguaje. Tiene un código. Parece indestructible. Está presente, toma a la vida de las manos y no la suelta. Persigue a quien trata de evadirlo y no le importa seguirlo hasta los rincones más intrincados. Le encanta horadar. Es constante e infatigable. Da sorpresas. Unos creen que existe y otros suponen que se trata de una aplicación matemática que ayuda a organizar los días de la existencia. Entre sus compases y sus notas de rumores y silencios, cincela, esculpe, horada y pinta la constancia de su paso, el testimonio de su estancia pasajera en cada persona, en la flora y en la fauna, en el paisaje, en la arena, en las rocas. Es un jardinero que poda día y noche. Es huésped. Actúa y pernocta en uno, en hombres y mujeres, y abandona, indiferente, cuando la vida ya no está y llega la muerte. O al menos ya no se le tiene presente. Alguien, en horas no recordadas -otra vez el tiempo-, lo inventó para ordenar su vida y sus actividades, y así colocó diques y compuertas. Quienes mucho atesoran cosas y frecuentan el espejo, más temen al espectro y al nombre del tiempo. Creen que el tiempo estorba a la vida. Justifican sus fracasos y mediocridad con el argumento del tiempo. No concilian sus existencias con los instantes que marca el tiempo. Es un fantasma que inventaron los seres humanos. Nadie sabe si hombres y mujeres son sus marionetas o si es títere e invención de ellos. Claro, una invención que de pronto se rebeló e independizó. El alma, atormentada por la prisión que anhela perpetuarse en el mundo de la temporalidad -nuevamente el tiempo-, para acumular tesoros, gozar y deleitarse con su aspecto, insiste a su celador que la escuche, que protagonice su biografía en cada estación, con una historia grandiosa y de bien para obtener la llave, liberarse y retornar a casa, donde la finitud es inexistente. Pide el alma a su acompañante que abra la puerta y las ventanas de su ser para reencontrarse, a pesar de la caminata de las manecillas, y así fundirse, ser uno y cruzar la frontera al infinito. Solo hay que evolucionar y pasar los desafíos y las pruebas si uno, en verdad, desea trascender y derrotar medidas, abismos y fronteras, insiste el alma, quien invita a construir puentes al otro lado; pero el tiempo, sonriente, se mofa y asegura que el celador se siente tan enamorado de sí, de sus placeres fugaces y de lo que denomina riqueza, que no escuchará y sí, en cambio, arrojará piedras y tierras con la intención de sepultarla. El tiempo dice, arrogante, que la humanidad pretendió colocarlo tras los barrotes de un reloj y quienes se encuentran en la celda, por no comprender ni atreverse a descifrar la vida, son hombres y mujeres que no reaccionan y lamentan el paso de los días y los años. Los seres humanos seguirán aquí, en su mundo temporal, luchando por la prolongación de sus días, en la invención de fórmulas para eliminar arrugas, y olvidarán, como siempre, volar libres y plenos, con el sí y el no de la vida. El alma, a pesar de las amenazas del tiempo, sabe que se trata de un caballo desbocado al que sus amos, las personas, consintieron su rebeldía e irresponsablemente lo soltaron, cuando les hubiera sido tan útil. Lo hicieron un animal rebelde. Salió de las caballerizas y anda suelto. No organizan sus vidas, pero sí, en cambio, intentan medir otros planetas y el universo. Creen que su concepto del tiempo, en el mundo, aplica en las estrellas y en la inmensidad de lo que llaman espacio. Dedíquense a vivir en armonía, con equilibrio, plenamente, dignos y libres, y vuelen alto, a la luz. El tiempo es una medida que pertenece a este mundo. Aprovéchenlo y vivan. La estancia en el plano en que se encuentren es breve. No repitan historias que encadenan. Vivir significa no morir, anuncia el alma.

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Una de esas noches

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una de esas noches, cuando Dios pintaba el mundo, rasgó el cielo con la espátula, de donde sustrajo estrellas, luceros que colgó aquí y allá, igual que el poeta que escribe versos en las páginas de su libreta y los dispersa para deleite de los enamorados y soñadores. Una de esas noches, parece, por la misma hendidura escaparon algunas notas musicales que se mezclaron con el lenguaje de la vida, con los sonidos de la creación, con las pausas del infinito y la temporalidad, con los rumores y los sigilos terrenos, y aparecieron, entonces, las melodías, los conciertos, los susurros que se perciben en el interior -en el alma, en los sentimientos- y afuera, en la lluvia, en los ríos, en las olas, en el viento. Una de esas noches, cuando el mural parecía réplica del paraíso, brotó una corriente sutil que fluyó por todas las rutas del mundo y repartió, como ahora, pedazos de vida. Una de esas noches, cuando el artista pintaba inspirado, un ángel, otro y muchos más asomaron por la misma rendija y se introdujeron en los seres que poblaron el mundo, y así, entre un suspiro y otro, la arcilla fue animada por la esencia, y desde entonces los sentimientos y la razón se volvieron compañeros inseparables. Una de esas noches, al retocar Dios los escenarios terrestres y planear la creación de incontables planos, tuvo la idea de colocar en un sitio y en otros tantos, a los artistas -escritores, músicos, pintores, poetas, escultores- con la idea de legarles el privilegio de adornar e iluminar el mundo. Una de esas noches, Dios y sus artistas derramaron matices, fragancias y sabores en la tierra, en los frutos, en los paisajes. Una de esas noches, Dios abrió los portones de su casa, la entrada a sus recintos palaciegos, el ingreso a su hogar prodigioso, y quedaron en uno y en todos la esperanza y la ilusión de la inmortalidad. Una de esas noches, tú, yo, nosotros, ustedes, ellos, todos, ya estábamos concebidos en las notas y en los versos de Dios.

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¿Qué somos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué somos? ¿Acaso un sueño del que rehusamos despertar, a pesar de los fantasmas y las pesadillas que suelen aparecer a hurtadillas y desvanecerse en nuestras correrías? ¿Qué somos? ¿Seremos pedazos rotos que Dios abandonó, desilusionado, una tarde desolada y febril? ¿Qué somos? ¿Quizá poemas maltrechos e incompletos, palabras deshilachadas que algún poeta olvidó en su libreta de apuntes? ¿Qué somos? ¿Eco de otros tiempos, reflejo de mundos paralelos, trozos de paraísos olvidados, piezas incompletas de vergeles perdidos? ¿Qué somos? ¿Alegría, tristeza, anhelo, ilusión? ¿Qué somos? ¿Hombres, mujeres, caricaturas de personas, minúsculas, mayúsculas, el rostro que aparece en el cunero, el semblante que reposa inerte en el ataúd, la cara que refleja el espejo? ¿Qué somos? ¿Primavera?, ¿verano?, ¿otoño?, ¿invierno? ¿Qué somos? ¿Aire?, ¿fuego?, ¿agua?, ¿tierra?, ¿o simplemente brisa, nube, cascada? ¿Qué somos? ¿Marionetas, títeres, muñecos de trapo? ¿Qué somos? ¿Proyecto, realidad, experimento, fantasía, invento, verdad, mentira? ¿Qué somos? ¿Arcilla condenada a morir ante una temporalidad inevitable? ¿Barro carente de porvenir? ¿Esencia, luz, alma inmortal? ¿Lucero sin final? ¿Qué somos? ¿Algo maravilloso e inolvidable? ¿Qué somos? ¿Mariposas de alas frágiles, colibríes suspendidos en el aire, libélulas, ángeles? ¿Qué somos? ¿Sol, luna, estrella? ¿Qué somos? ¿Cielo, mundo, infierno? ¿Qué somos? ¿Un suspiro accidental de Dios o uno de sus apellidos y parte de su linaje? ¿Qué somos? ¿Alguien escucha los murmullos y sigilos que provienen de su interior, el lenguaje de su ser, los rumores y silencios de su alma? ¿Qué somos?

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Con las flores y las gotas que recolecto en mi mochila y en mi canasto de artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La flor que una mañana, en su cielo, Dios pintó con los matices de su paleta de artista y perfumó antes de plantarla y regar sus hojas, sus raíces y su tallo, asoma un día cualquiera, en el jardín, a la hora que recolecto gladiolas, orquídeas, tulipanes y rosas en mi canasta de escritor, en mi mochila de poeta, con la idea de armar letras con los pétalos y formar palabras dulces. Así es como fabrico los poemas que un minuto y otros más, en cierta fecha -hoy y siempre-, me inspiras. La corriente que serpentea el paisaje abrupto y refleja el cielo y las frondas de los árboles, hasta navegar tonos azulados y verdosos sobre su piel de agua, me regala sus faenas y sus pausas, sus murmullos y sus sigilos, en un acto de correspondencia con la vida, con la naturaleza, para que mis poemas, al entregártelos, te salpiquen gotas diáfanas y comprendas y descubras que el amor se siente y que existen otros paraísos en uno. El viento que sopla y llega de rincones lejanos, de mundos insospechados, lleva consigo, en sus alas etéreas, incontables mensajes, los que te escribo cada momento, cuando pienso en ti y te siento en mí. Los colores de primavera, los perfumes de verano, la música del otoño y los rumores y silencios del invierno, se presentan en mi tintero, en mi libreta de apuntes, en mi pentagrama, en mi lienzo, con el objetivo de fundirse y acompañarme durante mis horas de creación, los instantes de magia e inspiración, cuando la locura de este amor se apodera de mí y escribo para ti. Salto las cercas del paraíso, frente a la casa de Dios, y desprendo pedazos de cielo, ecos y reflejos del infinito, con la intención de que sepas, al recibirlos, que existen un lugar y una inmortalidad para nosotros -los de ayer, los de entonces, los de hoy, los de mañana, los de siempre-, con un tú y un yo muy nuestros.

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Juguemos a las ecuaciones de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos pedazos de cielo y mundo, retratos de ángeles y seres humanos, prólogo y conclusión de rutas mundanas, notas infinitas, y todo, en nosotros y a nuestro alrededor, fluye con el bien y el mal que destilamos. La trama de la vida es una ecuación incesante y sumamos o restamos, multiplicamos o dividimos lo positivo y lo negativo, de acuerdo con nuestra esencia, con lo que realmente somos, con la frecuencia vibratoria que descubre si estamos aliados con el bien o con el mal, o con todo o nada. Mi propuesta, este día y los que siguen, consiste en restar a la gente mala, la envidia, el odio, la discordia, el egoísmo, la ambición desmedida, la intolerancia, los abusos, las injusticias, los engaños, la violencia, la crueldad, la estulticia y las superficialidades, para sumar a las mujeres y a los hombres buenos, el bien, la verdad, el amor, la libertad, los detalles, el respeto, la dignidad, los sentimientos nobles y la razón. Mi planteamiento se basa en dividir a las personas malas con el objetivo de pulverizar y aniquilar las sombras, y multiplicar a la gente buena para cultivar y cosechar la luz. Urge, a esta hora de nuestras existencias y de la historia, sumar y multiplicar caminos, rutas y puentes, y restar y dividir abismos y fronteras. Si cada instante sumamos y multiplicamos personas buenas y restamos y dividimos a las malas, viviremos con la esperanza e ilusión de despertar en otros amaneceres más armoniosos, felices, equilibrados y plenos para nosotros, las personas que amamos y la humanidad. Juguemos a las ecuaciones de la vida y obtengamos resultados bellos y sublimes que toquen la luz y la derramen en gotas de cristal.

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Con sorpresa descubro la vida que asoma en la flor…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con sorpresa descubro la vida que asoma en la flor, cada mañana, al sentir las gotas del rocío que deslizan suavemente en sus pétalos de delicada textura y al derramar en el ambiente sus fragancias y sus colores prodigiosos, tan similares a los del paraíso, mientras las ráfagas acarician las frondas y balancean las ramas de los árboles corpulentos. Con embeleso, observo las gotas diáfanas que brotan incesantes de la intimidad de la tierra y revientan en el manantial al sentir el aliento de la vida y la mirada del sol, para fusionarse con otras de igual destino y excursionar por el mundo en corrientes apacibles, ríos caudalosos, cascadas, lagos y mares, hasta regresar, un día, una tarde o una noche, a su fuente, a su origen, y prepararse para el siguiente ciclo. Veo, cautivado, el vuelo de las mariposas de intensa policromía, de los pájaros de fino plumaje, de las abejas y de las libélulas que posan repentinamente sobre las flores silvestres que se extienden cual alfombra en los valles serpenteados por riachuelos. Admiro, a cierta hora, el oleaje interminable del océano, entre espuma blanca y sus tonos jade y turquesa, y escucho su concierto magistral, hasta que defino, en el horizonte, los tonos amarillos, naranjas y rojizos que refleja el océano al recibir los besos del sol adormecido del atardecer. Y espero, impaciente, la noche pincelada con las estrellas que el artista del universo colgó geométricamente tras fundirlas en el crisol de su taller. Las nubes plomadas, al abrazarse, derraman gotas de lluvia que empapan y dan alegría y vida a todo. Hundo los pies en el barro, abrazo un abeto, me sumerjo en mis profundidades y escucho los rumores y los silencios de mi ser, de la vida, de la creación. Descubro la vida en todo y me pregunto con mortificación y tristeza dónde quedaron la alegría, los sueños, las ilusiones, el respeto, la dignidad, los valores, lo más bello, la esencia y la libertad de los seres humanos. Me interrogo, una y otra vez, en qué momento, hombres y mujeres dejaron de ser hermanos y se odiaron tanto, hasta convertirse en piezas rotas en un mundo donde la vida fluye y se reinventa cada instante, con sus luces y sus sombras, con sus flores y sus cardos, con su sí y su no que le da sentido. Miro este pedazo de cielo llamado mundo y vuelvo con la interrogante sobre el destino humano y la razón por la que se causa daño y no disfruta, cada minuto, los perfumes y las tonalidades de la naturaleza, el regalo de la vida…

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Sin rostros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Transformados en cifras, en estadísticas, en números, y totalmente masificados en la forma de sentir, pensar, actuar y hablar, millones de seres humanos, en el mundo, transitan indiferentes, distraídos e inmersos en sus aparatos móviles, casi ajenos a la realidad inmediata, a los acontecimientos que se presentan igual que una nube que ensombrece el sendero y el horizonte sin que el caminante lo perciba.

Desde hace varias décadas, una élite poderosa, en alianza con gobiernos corruptos y serviles y medios de comunicación mercenarios, han socavado las conciencias humanas. Desdibujan rasgos, distorsionan valores, normalizan el mal y la violencia, ridiculizan a la familia y a las instituciones, borran recuerdos hermosos, modifican los sueños e ilusiones y los sustituyen por estulticia, ambición desmedida y aspiraciones superficiales, y prostituyen el bien y la verdad con dosis tóxicas que denigran a hombres y mujeres.

Y el trabajo les ha resultado casi perfecto. Rompieron los vínculos entre las generaciones y ahora, tristemente, presenciamos la deplorable historia de familias despedazas, rivales entre sí, carentes de educación y valores, ausentes de sí mismos, náufragos en un torbellino que desconecta, hunde, aniquila. Carecen, incluso, de referencias sobre otros tipos de educación y estilos de vida. Los fracturaron. Se convirtieron en pedazos, en neumáticos que cada determinado ciclo hay que parchar con el encanto y la seducción artificiales de las modas, las redes sociales sin sentido y la atracción cibernética e incierta de juegos, diálogos vacíos, protagonismos estúpidos y dramatización de lo que sienten, piensan y son.

Las ilusiones, los sueños, las fantasías, con el encanto de la esperanza, están rotos. La capacidad de asombro es un iceberg que de pronto se fundió, apenas con pedazos que flotan y se desintegran aceleradamente. Ahora son ansiedades, deseos de apropiarse de algo -dinero improductivo, un placer carnal, algún automóvil lujoso para acelerar el motor y presumirlo sin importar si en el trayecto de una carrera enloquecida se embiste a los demás-, y se confunde, incluso la luz con los reflectores.

Encadenaron a la gente sin que lo notara. Millones se transformaron en reclusos de costumbres, ideas, modas, intereses y apetitos insaciables. Hicieron de las personas verdaderas fieras interesadas en saciar instintos, consumir y aplastar a quienes les rodean.

Tales barrotes y grilletes, provocan desencanto, insatisfacción, superficialidad, odio, crueldad, divisiones, aberraciones, injusticias, corrupción y estupidez. Se le condena a la gente y nadie lo nota porque hoy, en el siglo XXI, a la mayoría se le deslumbra con la magia de poseer cosas materiales, lujos y caprichos que sus antepasados, pobres y sometidos igual que ellos, pero bajo otros esquemas, nunca tuvieron. Les entregaron un destino infeliz a cambio de la brillantez temporal de estilos de vida baladíes.

La ciencia y la tecnología son ambivalentes y es posible utilizarlas, por lo mismo, para bien o para mal. La existencia humana se quebranta cuando sigue dominada por apetitos, ambición desmedida, odio, crueldad, miedo, injusticia, mentira, envidia, resentimiento, estulticia y perversidad, igual que las hordas salvajes que solamente vivían para comer, protegerse de las inclemencias de las estaciones, defenderse de los animales, reproducirse, satisfacer sus instintos y matar a otros similares a ellos, pero más débiles. Lo que ha cambiado es el estilo. El impuso primitivo se disfraza con ropa, lujos, automóviles y cosas.

Durante los últimos meses de 2020, ese grupo tan poderoso que domina gobiernos, instituciones académicas y científicas, medios de comunicación, doctrinas, arte y todo tipo de expresión humana, logró, finalmente, que especialistas mercenarios realizaran alteraciones de laboratorio y dispersaran el coronavirus, primero, en sitios estratégicos del planeta, y más tarde de manera global, con la pretensión de matar, herir, lastimar, doblegar, atemorizar y controlar a la humanidad para así someter a quienes sobrevivan y explotarlos, siempre con el afán de apoderarse de las riquezas naturales y minerales.

Más allá de las causas del coronavirus y de lo que posteriormente vendrá, son fundamentales los protocolos de higiene y el uso de cubrebocas o mascarillas que eviten o al menos reduzcan las posibilidades de contagio. Se trata de un acto de protección respeto a sí mismo y hacia los demás.

La intención es disgregar a las familias, a los grupos, a los pueblos. Es el golpe certero. Destruyen las economías, las finanzas, las inversiones, los empleos, las actividades humanas de todo tipo. Se habla y se repite la idea del cambio hacia el nuevo orden mundial, y la propaganda es tan fuerte y continua, en medio de un ambiente de enfermedad, muerte, nerviosismo y terror, que la gente empieza a asimilarla e incluso lo acepta, al callar, como algo inevitable dentro de un fatal destino.

Tristemente, amplio porcentaje de hombres y mujeres regresaron a lo mismo en este lapso de regalo, tras los experimentos y las pruebas que han dejado información muy valiosa, interesante y precisa a esa élite, y somos testigos, en muchos casos, que no todos, dentro del aislamiento forzoso o voluntario, buscaron un cambio estructural en sus vidas. Hoy los miramos en las calles, en los teatros, en los cines, en las plazas comerciales, en los establecimientos comerciales, en las fábricas, en los automóviles, en el transporte público, en todas partes, ya irreconocibles, tras las mascarillas tan necesarias para protegerse del virus mortal, algunos con actitudes más hostiles hacia los demás, con el desencanto y la amargura de un destino incierto, atemorizados, con recelo hacia la gente que se les acerca.

Quienes por miseria extrema, capricho, ignorancia o rebeldía no utilizan cubrebocas o mascarillas, son considerados enemigos públicos, escoria, fuente de contagio, y peor se les mira y se les trata. Otros se protegen hasta cuando viajan solos en los automóviles. Algunos más son proclives a las simulaciones. Las mascarillas propician, sin duda, la compleja prueba de la coexistencia y dan idea de un nuevo esquema social. Cuando surja la tan esperada vacuna contra el coronavirus, que desde hace tiempo fue creada, su aplicación será onerosa y, a la vez, forzosa, y distinguirá a los ciudadanos obedientes, en las filas de primera clase, y a los rebeldes que seguramente no podrán viajar a otras naciones ni realizar ciertos trámites oficiales, los cuales serán confinados a las rutas del odio, la condena y el desprecio.

Lo más lamentable, desgarrador y triste no es, quizá, el uso prolongado de cubrebocas, mascarillas y caretas tan recomendables para evitar contagios y que de alguna forma ocultan las sonrisas, la alegría, los semblantes, la diversidad de rasgos humanos y los sentimientos, sino el hecho de que la generación de la hora contemporánea estamos perdiendo el encanto que era característica bella e irrenunciable, los sueños, las ilusiones, los valores, el bien, la verdad, los principios nobles. Nos protegemos con mascarillas para evitar contagio del virus, pero descuidamos la esencia y la mente, y es allí, precisamente, por donde el verdadero mal entra para derrocarnos. En apariencia, nos miramos con los rostros cubiertos; pero caminamos, acaso sin sospecharlo, con un candado inviolable en la conciencia que apaga nuestra esencia y conduce a mazmorras lóbregas de las que difícilmente se libera la gente.

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