La ruta que sigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Retiro bloques de piedra y materiales de las fronteras y los muros que encuentro en el camino y los acomodo, pacientemente, con la idea de construir puentes que sorteen abismos profundos, desfiladeros de apariencia insalvable, y que acerquen a parajes bellos y cautivantes, donde los rostros sean orquídeas y helechos amigables y sonrientes. Trato de dejar huellas y señales cuando descubro rutas seguras, con la intención de que otros, los que vienen atrás, las sigan y transiten alegres y confiados, igual que hermanos. Me hace muy feliz convidar mis viandas a los pájaros y a las ardillas que esperan mi paso, a los niños que juegan y a los ancianos que relatan las mismas historias. Intento convencer a otros, a los que me siguen y a los que se quedan, que la dirección más esplendorosa es la que conduce a destinos de amor, bien, verdad, respeto, nobleza de sentimientos, ideales, dignidad, justicia, sueños, ilusiones, actos positivos, armonía, paz y libertad. Reconozco que la existencia plantea que cada ser humano -mujer y hombre- se pruebe y se mida en diferentes circunstancias, para así evolucionar o precipitarse; sin embargo, mi intención es, al paso de los días, construir albergues que enseñen a dar de sí, plantar árboles y sembrar plantas que expresen el milagro de la vida, alumbrar durante las noches más oscuras, regalar amor y sonrisas donde todo parece estéril, marcar el sentido de la felicidad, sepultar el mal y las tristezas que deforman y hieren mortalmente a la gente, volver a ser hermanos y parte de un todo que palpita sin tregua, más allá de distancias, tiempo y rasgos, y se siente en uno, en lo que está en el interior y se encuentra afuera, porque solamente de esa manera es posible abrir la puerta y regresar a la morada, donde fluye una corriente etérea que envuelve en una gasa infinita.

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Escalones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La casona exhalaba suspiros callados de otros días -los del ayer- y permanecía abandonada y solitaria, herida y cubierta de polvo, como acontece a quienes se atreven a desafiar al tiempo por vivir tanto. Los balcones con herrería forjada en el calor de los yunques, testimonio, acaso, de romances huidizos y secretos, contrastaban con el portón de madera que aún conservaba una aldaba de hierro y un postigo cerrado a una hora ya olvidada. Los muros, fracturados y sucios, escurrían el sudor de años distantes y, por lo mismo, sus pieles de barro dejaban al descubierto bloques de piedra intoxicados por salitre que avanzaba incontenible y carcomía todo. Olía a humedad, a tiempo, a otra gente. Había salitre, polilla y herrumbre. Entre los paredones y las ruinas, los sigilos y los rumores, y las luces y las sombras que, a veces, en las fincas antiguas, se perciben tan cerca y lejos, había unos escalones de cantera que partían de un rectángulo inferior al nivel del piso y concluían en un muro ausente de puertas. ¿A dónde conducían las escalinatas? Había un abajo y un arriba entre los escalones, ambos clausurados. Topaban en el suelo y en el muro. Se encontraban desprovistos de rumbo y porvenir. Superficialmente y sin exploración e investigación, resultaba imposible determinar si aquellos escalones pétreos conducían a algún pasaje subterráneo o a una habitación superior al otro lado de la pared, o si su valor era ornamentario o utilitario. Al observar su triste e incierta figura, pensé que, idénticas a los escalones, innumerables personas transitan sin dirección ni sentido durante los minutos y los años de sus existencias, hasta que un día, como la mansión, envejecen y mueren. Las escalinatas de piedra carecían de rumbo, igual que tantos hombres y mujeres que caminan sin brújula ni proyectos de vida, más allá de que posean fortuna material o coexistan en la pobreza, y de que cuenten con títulos académicos o no hayan asistido a una escuela. Desconocen sus orígenes y se acostumbran tanto a los días repetidos, a sus historias insulsas, que inesperadamente, en una fecha cualquiera, desciende el telón y concluyen sus jornadas terrenas desprovistas de motivos y huellas. Se miran irreconocibles. Fueron viajeros que se conformaron con observar estaciones y no tejieron un destino. Al contemplarse frente al espejo y descubrir las ruinas en que se han convertido, sufren lo indecible y con amargura se preguntan, una y otra vez, por qué pasaron los años imperceptiblemente frente a ellos y raptaron sus alegrías, sus sueños, su lozanía, su salud, sus ilusiones, sus vidas. Si voltearan atrás, a los vestigios de sus existencias, descubrirían con asombro y pesar que, desde el cunero hasta antes de la tumba, fueron similares a los escalones de aquella casona que partían de un sitio indefinido y conducían a una pared sin acceso a otros recintos, a una muralla que bloqueaba el paso. Si volteáramos a tales escalones sin destino, quizá descubriríamos con oportunidad que los años transitan, escapan, y no disfrutamos el camino ni vamos, en consecuencia, hacia la estación correcta si carecemos de proyecto e itinerario.

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