La música que te dedico

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La música que te dedico es la que componen los poetas al escribir sus versos y leen, una noche de luceros, especial e inolvidable, a sus musas. Las notas que te entrego en el pentagrama, conservan rumores y silencios del paraíso, y están impregnadas con las voces de las cascadas y los océanos. La música que escapa, a esta hora y a otra, es el canto del arpa, el piano, el violín, la flauta, el clarinete y el violonchelo. La música que te regalo es la paleta de matices que descubro en las flores, con sus texturas y perfumes, y también es el agua de la fuente. La melodía que te entrego es mi inspiración, el dictado de mi alma para la tuya, el lenguaje de nuestro amor al reunirse aquí y allá, y el vuelo libre y pleno de la gaviota, la libélula y la mariposa. La música que busco para ti, es, parece, trozos de cielo y mundo, pedazos de esencia y arcilla, fragmentos tuyos y míos. Es el burbujeo de los manantiales, los gritos de la vida, los susurros del viento, los murmullos de la lluvia y la nieve. Se trata, pienso, de los sentimientos y las ideas cuando uno y otro, ella y él, tú y yo, se abrazan y escuchan el sigilo y los sonidos que provienen de la más hondo de las almas. La música que te ofrezco es el secreto que uno escucha al cerrar los ojos y abrazar, en el bosque, un abeto. La música que te dedico es el amor de un artista, de un escritor que hunde los pies en el barro y recibe las gotas de lluvia que se precipitan de la altura, con sabor y fragancia de ángeles; pero es, ante todo, el idioma de Dios, su lenguaje, y quizá, sus palabras al contemplar el nacimiento de los árboles, las flores y las plantas en alguno de sus jardines.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Es un delirio, un poema, un suspiro…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Simplemente, tuyo

Es un ministerio, una locura, un suspiro. Es, parece, un concierto, un poema, un estilo de vida, un delirio, un baile, un encargo de Dios. Nada se le parece al amor. Acelera y detiene el pulso de la vida, pinta de colores el paisaje, cubre el ambiente de notas musicales. Es un concierto, un poema, un lienzo. Es el rumor y es el silencio que se propagan en nosotros, es el murmullo y es el sigilo que se perciben en ti, en mí, en ambos, al abrazarnos, al decir simplemente lo tanto que somos uno del otro y al convertirnos en trigo que acaricia y agita el viento. En el amor, está permitido inventar, reír, cantar, enloquecer, patinar, escapar una mañana a la orilla del mar y empaparse una tarde de lluvia en la campiña o en el parque de la ciudad. Es correr y resbalar, arrojarse a los brazos del otro y girar, caer al pasto y regresar a casa con barro en los pies y en el rostro, y con un canasto pletórico de historias. Es, sencillamente, volver a la infancia perdida, jugar, reencontrarse con la adolescencia dorada, soñar, rescatar los minutos juveniles, saltar bardas y cercas y vivir los siguientes días. Y al ser el amor tan libre y pleno, feliz e interminable, es posible inventarlo cada instante, sentirlo a una hora y a otra. En el amor, las ocurrencias, los juegos y las travesuras son permisibles, y tan es así que una noche o una madrugada, dos enamorados pueden transformarse en una sola gota de agua, contabilizar estrellas o suspirar profundamente. El amor es libre y pleno. No admite barrotes ni armaduras. Es la cara ausente de maquillaje, feliz, enamorada, auténtica. El amor se refleja en la mirada, en los ojos que retratan la otra parte de sí y la profundidad azul del cielo. Es la esencia y es la arcilla, es el infinito y es el mundo, es un tú con mucho de mí y es un yo con un tanto de ti. Es, entiendo, el tablero sin final que Dios colocó un día, al regresar y encontrarse de paseo por el mundo, como regalo para quienes coinciden, a cierta hora, puntales, se miran de frente y navegan en un bote de remos, se reúnen en la azotea una noche apacible o prenden una fogata en medio del bosque de abetos, mientras el aire emite el lenguaje de tierras lejanas y los susurros del río envuelven a dos que se mecen en el columpio, a dos que prometen cubrir los días de sus existencias con flores y detalles, a dos que se miran y se abrazan hasta escuchar las voces y los silencios de sus almas, a dos que topan con la reja del paraíso y la abren, a dos que ya llevan consigo la memoria de sus días y sus noches, a dos que se saben inmortales,

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Delirio de un amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si te llamo color y luz de mi vida, significa que contigo he llegado al encanto de un cielo prodigioso

Admito que eres mi delirio, mi poema, mi musa, mi sueño, mi vida, mi mundo y mi cielo. No lo niego, te siento mi alma, mi voz, mi mirada y hasta mi rostro y mi nombre con sus apellidos, incluso cuando no estoy a tu lado. Imagino que cualquier hombre o mujer, cuando observan nuestra alegría, los juegos que tanto nos divierten, las ocurrencias que tenemos y hasta los instantes de formalidad y silencio, intuye que se trata -el tuyo y el mío- de uno de esos amores que se sienten y encuentran en las páginas de los relatos más bellos, sublimes y románticos. La locura de un amor inicia en uno y en otro cuando se siente un palpitar mutuo en el interior, con dos identidades libres y plenas, unidas entre los colores del mundo y las luces del cielo. Eres yo cuando escribes tu nombre y descubres tu semblante en el espejo, como soy tú al leer tus apellidos y contemplar mi reflejo en los charcos que deja la lluvia pasajera. Gente que camina y es testigo de nuestro romance, instantes que transcurren y navegan a otras fronteras contigo y conmigo en una barca, estaciones que se suceden unas a otras con las tonalidades de las flores que te regalo en primavera, las gotas de lluvia que envuelven los sueños e ilusiones que te doy en verano, los rumores del otoño que confiesan el secreto de un gran amor y la alfombra nívea que refleja la hermosura de la historia que construimos para nosotros. Ninguna tempestad quebranta la dulzura de un amor que inspira y motiva la caminata a la morada, al palacio, al cielo de luces, rumores y silencios. Ahora que volteo atrás, a los lados y adelante, arriba y abajo, encuentro nuestras huellas, los luceros, el eco de las alegrías que compartimos, las páginas de la historia que protagonizamos, el sabor de un beso y otro más, el calor y la ternura de un abrazo. Ornamento nuestro amor con las palabras rítmicas de un poema, con las notas de mi violín, con los tonos que plasmo en el lienzo; sin embargo, Dios lo adorna con los susurros del silencio y los murmullos del mar, del viento y de la lluvia, con su paleta de colores y con su cincel que da forma a la vida. Mi amor por ti es igual a tu amor por mí, sí, aunque repita la palabra amor que multiplico una e incontables veces, porque es un sentimiento que late en ambos. Admiro tus manos femeninas, tus labios, tu sonrisa, tu piel, tus ojos y el destello de tu ser, como si todo en ti fuera un regalo celeste, un sendero para llegar a mí y reconocerme y encontrarte plena y feliz conmigo. Eres un delirio permanente, una locura que me lleva a soñar y vivir, cruzar puentes de cristal y de piedra, sentirte en mí y morar en ti. Tengo la sensación, cuando duermo, de que estoy despierto y vivimos en el paisaje de un mundo prodigioso, y que al compartir a tu lado las horas de nuestras existencias, permanecemos en el sueño y el encanto de un plano mágico, acaso porque el amor es eso, un paraíso, un desvarío, o quizá por ser tú y yo transformados en destello, en un amanecer en la finitud y en la hora eterna.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Mis sueños y mi vida…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…es que tras mucho andar, aprendimos que la hojarasca es una alfombra de matices amarillos, dorados, naranjas y rojizos que cautivan los sentidos y sólo son paisaje ante la ausencia de un camino

En todo detecto un sentido, una verdad, un camino. La belleza de una flor, el encanto de un texto en alguna servilleta o la alegría y emoción de una declaración de amor, se desvanecen cuando se les atrapa en los planos de la bodega y el sótano y no se les contempla e incluye en los jardines y las terrazas. No niego que la vida es sueño, pero las quimeras e ilusiones son para experimentarse durante los minutos y los años de la existencia. El amor no se almacena entre archiveros y cosas olvidadas e inútiles, en un ático, porque se empolva y humedece. El amor, insisto, se vive cada instante. Ahora sé que lo más importante no es la belleza del poema que me inspiras, es la palabra transformada en realidad; no es el encanto de las burbujas de cristal que flotan aquí y allá, son los detalles, la traducción de su significado, el valor de experimentar un amor especial e irrepetible. No son la alegría de los sueños e ilusiones -ornatos hermosos e imprescindibles de los sentimientos-, sino las huellas que dejamos al transformarlos en realidad. No son los dibujos que trazo, las pinturas que plasmo en el lienzo, la música que compongo y anoto en el pentagrama y los textos que escribo, de por sí sublimes por tratarse de arte e impulsos que vienen de lo alto y del interior, es la historia que compartimos con sus formas, matices y rumores. Al escribirte poemas y textos, doy idea de que eres mi destino, la ruta que disfrutamos inseparables, y que vivimos la locura de un amor, que volvemos a ser niños y permanecemos envueltos en la esencia etérea que da expresión a las flores, al oleaje, a la nieve, a los crepúsculos y al cielo; sin embargo, lo mejor de todo, tú lo sabes, es que más allá de este delirio, hemos convertido nuestros sueños, ideales, promesas y sentimientos en estilo de vida, en realidad. Al componer los poemas y textos que me inspiras, no es que desee hilvanar adornos y fachadas, es porque poseemos la fórmula para que sueños e ilusionen signifiquen lo mismo que realidad, rumbo y vida. Hoy entiendo que eres mi sueño y mi vida y que tan importantes son la magia de las palabras, el deleite de las promesas y el arrullo de las ilusiones, como el encanto de la realidad. Lo repito: eres mi sueño y mi vida.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

Fragancias, colores y melodías

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Te he dicho que eres color, silueta, perfume y música de mis poemas y mi vida?

Me gustan los colores al tomarlos de la paleta, deslizar los pinceles y regalarte rosas y tulipanes, al manifestarse en los arcoíris después de una lluvia matinal, al contemplarlos en las alas de las mariposas y al divertirnos entre las olas jade y turquesa del mar; aunque la belleza de las tonalidades, parece, aumenta cuando las descubro en tu mirada, tus labios y tus manos.

Igual que un niño con su juguete más querido, me encantan las fragancias cuando estoy sentado a la orilla del mar y el viento arrastra perfumes de islas lejanas, al encontrarme en el bosque entre abetos y alfombras de hojas y pétalos de exquisita textura, al descubrir orquídeas y plantas entre las cortezas y al convertir las flores que recolecto para ti en poemas; sin embargo, tu perfume me cautiva porque desprende tu esencia mágica, similar a las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra y son prendidas por la intensidad del sol que ilumina la arena en el fondo del manantial o parecido, no lo niego, al polvo mágico que desprenden las estrellas una noche inolvidable en algún rincón del universo.

Admiro las formas de la vida, los trazos que vienen de la creación, las siluetas de la naturaleza, acaso porque he dedicado las horas de mi existencia a explorar las rutas del ser y la inmortalidad, quizá por ser artista o tal vez, y así lo sospecho, por mi intención de definirte en las expresiones más bellas y excelsas del mundo cual fragmento de un cielo que se presiente lejos y cerca, en los latidos del corazón, en el pulso del universo.

Me fascinan los conciertos de las aves, los rumores del océano, el canto de los ríos y las cascadas, el murmullo de la lluvia y la música que escapa del silencio, seguramente porque al escuchar sus voces distingo la tuya tan especial.

Otras veces he confesado que me encanta beber café y limonada contigo, comer helado y disfrutar los platillos que preparas, en los que soy tu ayudante, probablemente porque al probarlos capto tus sabores y me siento más cerca de ti.

Resplandecen, a tu lado, los colores y las fragancias del amor, los trazos y el sabor de la alegría, los gritos y el silencio de la vida. Eso eres, un matiz que se agregó a la paleta del mundo cuando naciste, un signo musical que se añadió a la partitura a tu llegada, una esencia que deleita porque viene de tu interior, del firmamento, del cielo.

Admito que cada amanecer, al abrir el ventanal, llegan a mis sentidos los aromas de la naturaleza, las tonalidades del mundo con trozos del paraíso, los sonidos de la vida, y apareces tú, siempre tú, no dudo por ser nuestros capítulos tan especiales e intensos que se identifican con las expresiones que me cautivan.

Noches románticas, impregnadas de encanto, a una hora especial de dulzura y ensueño, he compartido contigo, y es por eso, quizá, que al asomar al firmamento y observar sus luces y sombras, defino tu presencia.

Gozo los colores, las texturas, los sonidos y los perfumes que perciben mis sentidos. Significa que estoy vivo, que puedo mirar, probar, escuchar y sentir, y que tú existes, eres real y das fragancia, tonalidad y música a las horas y los días de mi existencia.

Insisto en que si los aromas, las voces, los tonos y las formas de la vida me acompañan con dulzura a partir del momento en que nací, han adquirido mayor brillantez desde la noche de nuestro reencuentro.

Estoy aquí, entre la tonalidad de tu mirada, la fragancia de tu perfume, el ritmo de tus palabras y la belleza de tu silueta, infatigable en mi obra, en la manufactura de los poemas que me inspiras, en las letras que tejo, con el asombro de la paleta de colores, la delicia de los aromas y la música que provienen de tu interior. Como que son los perfumes, las formas, los colores, la textura y los sonidos del alma y del amor.

Derechos conforme a la ley/ Copyright

Mi musa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mundos paralelos, quizá; planos opuestos, tal vez; sendas que coinciden y se complementan, acaso. La línea entre la realidad y la fantasía es tan frágil, parece, que la vida y los sueños se mezclan, igual que los colores en la paleta o las letras y palabras en el tintero, para tomarlos con un pincel y plasmar trozos del paraíso en el lienzo o componer el más sublime de los poemas. Es tal la delgadez del hilo que separa el mundo que llaman real del de las quimeras, que cierto día uno puede caminar por rumbos cotidianos y de pronto, alguna mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche estrellada, deambular por senderos insospechados.

Los extravíos de la razón conducen, sin duda, a la locura, a mundos que desconocen formalidades y rutas seguras de retorno, indudablemente porque navegan en mares turbulentos, ausentes de brújula e itinerario, hasta que naufragan y perecen atrapados en sus ilusiones efímeras.

El arte, en cambio, tiene permiso para ir y venir, zambullirse en las profundidades del universo, abrir compuertas de submundos y cielos, para regresar con canastas pletóricas de ideas y sentimientos elevados e inspiradores que más tarde, en la buhardilla, las manos creadoras transforman en escultura, poema, concierto, pintura. Formas, letras, sonidos y policromía magistrales que provienen de la misma fuente y comparten correspondencias. Son hermanas, aliadas que muestran a la humanidad que dentro de su realidad, también pueden reinar la belleza y la excelsitud. Ofrecen el tránsito a planos superiores.

Al regresar de profundidades y cimas insospechadas, exclusivamente reservadas a los privilegiados, las manos que dan forma a la piedra yerta, deslizan el arco sobre las cuerdas del violín, enlazan letras para formar palabras o plasman los colores sobre el lienzo, sienten que una fuerza etérea -la de la inspiración, la de las musas, la de Dios, la de los ángeles- las mueve rítmicamente, con delicadeza, sutilmente, como si se tratara de descifrar y traducir a hombres y mujeres el lenguaje del paraíso.

El arte es un estilo de vida. Los artistas saben que tras las obras magistrales se refugian incontables horas de dedicación, disciplina y trabajo; pero también, y es muy importante recordarlo, un ingrediente mágico, el de la inspiración, el toque que sólo dan las musas.

Para algunos, sus musas son, precisamente, la sintonía permanente con las fuerzas universales, de donde extraen sus esquemas de creación; otros, en tanto, las reconocen como un estado de éxtasis, natural en los artistas. Hay quienes experimentan, en verdad, la presencia de seres insustanciales que conducen la batuta, mueven los pinceles y derraman la tinta, mientras otros, intoxicados por la arrogancia y los reflectores de la fama, aseguran que eso es mentira, que todo proviene de la mente, de la inteligencia.

A los 10 años de edad, al abrir las hojas del cuaderno para enlazar una palabra, otra y muchas más en mi primer intento literario, y tiempo después, en la adolescencia, al deslizar los pinceles sobre el lienzo, experimenté, quizá en mi interior o probablemente a mi lado o sobre mí, la presencia de una musa, un ser resplandeciente que me acompañaba y guiaba durante el proceso creativo.

Nadie desconoce que la creación de una obra de arte implica esfuerzo y constancia, siempre con la receta de la inspiración. El artista identifica, de manera natural, el portón, la rendija, el pasadizo que lo conduce al mundo de los sueños, fórmulas, ilusiones y fantasías, de donde extrae, cuando la busca, la esencia de sus obras.

Guiado por los sueños, la sensibilidad y las ideas, un día no muy distante, como escritor, experimenté una emoción grandiosa que agitó mi ser. Indudablemente, reflexioné, se trata de mi musa, el ser etéreo que me envuelve todos los días, una mañana, alguna tarde, cierta noche o madrugada, cuando refugiado en mi soledad y atrapado en el silencio interior, apenas con la luz tenue de la lámpara, sopla a mi oído palabras, sensaciones e ideas que registro en el papel.

Increíble. Siempre la percibí conmigo. Un día tenía que descubrir su rostro, definirla, porque se trata, sin duda, de mi enamorada, el ser angelical y casi transparente que nunca me ha abandonado y sí, en cambio, ha susurrado a mis oídos fórmulas literarias, palabras, capítulos interminables. Hace poco definí su identidad. Quedé arrobado.

En cierto sentido -el de la formalidad-, ya no podíamos continuar con el juego de las escondidillas. Alguna vez teníamos que coincidir, y así fue. Desconozco si alguien me juzgará por lo que escribo o si se trata de un sueño que me arrulla y embelesa, si es una bella fantasía o si es real o una locura; pero cuando la descubrí, al fin, el resplandor de su belleza me deslumbró como si fuera la estrella más brillante en la bóveda celeste, un cometa que sólo capta una mirada afortunada, el arcoíris que aparece tras una tarde de tormenta, el sol que resurge y disipa las sombras postreras de la madrugada.

Comprendí, entonces, que me encontraba frente al ser angelical que siempre había presentido al escribir y pintar. Entendí las razones por las que al ser tocados por las manos de las musas, los escritores transmiten el lenguaje de Dios, los pintores sus colores, los escultores sus formas y los músicos sus susurros.

De belleza indescriptible, me cautivó y actué como ser humano. Intenté atraparla, convertirla no solamente en mi musa, en la fuente de inspiración, sino en mi enamorada, cuando ya lo era con el estilo más refinado y grandioso. Olvidé de pronto que el arte es magia, encanto, sensibilidad, manto etéreo, eternidad. Afecta, por su belleza, a la gente, al mundo; pero no se le puede capturar y menos condenarlo a una atracción egoísta. Los amores y placeres del arte y las musas son más elevados. Por algo, las obras de arte subyugan, remueven sentimientos y conducen a edenes mágicos. Son criaturas insustanciales que consienten que uno las mire, palpe y escuche a través de destellos convertidos en obras de arte, con la promesa de conducir a un universo extraordinario e infinito a sus seguidores fieles.

Mientras tuve encarcelada a mi musa en prisiones oscuras y húmedas, su tristeza me contagió y me sentí, como ella, tras barrotes cubiertos de herrumbre e intoxicados por la hediondez de una mazmorra fría. Las flores agacharon y marchitaron su cutis, las cascadas y los ríos lucieron turbios y mis cuadernos de anotaciones, en tanto, aparecieron desiertos y acosados por abrojos, ausentes del encanto del amor y la inspiración.

Comprendí que al arte y a las musas, como al amor, no se les puede encarcelar. Cuando uno permite que fluyan insustancialmente, es posible materializarlas y reproducir su belleza y profundidad. El amor y la fidelidad de mi musa, la que me inspira durante los procesos creativos y los días de mi existencia, son auténticos y plenos. Ahora sé que nunca me abandonará. Palpita en mí y no se extinguirá jamás porque su amor, así lo siento, me acompañará hasta el instante postrero de mi existencia, en este mundo, y su esencia y aliento irán conmigo allende las fronteras.

Tras años de buscar aquí y allá, en un rincón y en otro, descubrí que siempre estuvo cerca de mí, aunque no la identificara entonces, y que al reencontrarme con ella y establecer un pacto de amor muy especial, jamás me abandonará ni cambiará por alguien más porque sus juramentos y sentimientos son las expresiones de un ser angelical que salió del morral de Dios. Hoy, como escritor, me alegra e ilusiona afirmar que tengo una musa, un ser especial que me ama e inspira, a pesar de que alguien pudiera indicar que he perdido la razón.

Zorak

A mis padres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Pellizqué mis piernas aún entumidas por la humedad del pantalón azul marino que rozaba mi piel, mientras ella, la religiosa, explicaba a mi padre por teléfono que yo, su hijo, presentaba síntomas de retraso mental y, por lo mismo, auguraba que no concluiría la primaria en el colegio y jamás tendría éxito en la vida.

Fuera de sí, su acento español se descompuso y manifestó que yo era cínico porque lejos de responder sus preguntas, permanecía callado y reía como idiota. Insistió en que me encontraba sentado frente a ella, castigado por haber orinado los pantalones, carente de explicaciones y respuestas, con la mirada inexpresiva, sonriente. Confesó, incluso, que le aterraba lo insondable de mis ojos.

Es cierto, a mis 10 años de edad no contesté sus reclamos porque consideré que si había orinado los pantalones del uniforme escolar, no había sido por descuido o placer, ni tampoco por sucio, como me calificó, ni siquiera por malos hábitos, sino porque la maestra me negó el permiso para ir al sanitario, y evidentemente el organismo reaccionó de acuerdo con sus procesos naturales. Eso era todo, la profesora me impidió ir al baño y oriné. Reí no por mofarme de ella; lo hice por los nervios que me transmitía con sus gritos y regaños, por su actitud descompuesta frente a un menor, por el hecho de que ellas, las religiosas y maestras, provocaban situaciones complicadas a los alumnos y finalmente los descalificaban, reprendían y castigaban con saña, y claro, lo admito, por la incongruencia entre las monjas y la doctrina que seguían y predicaban. Al menos en teoría, su religión se opone a injusticias e intolerancia. Esos fueron los motivos de mi risa y silencio. ¿Cómo me defendería, me preguntaba, si provocaban las faltas y al mismo tiempo se transformaban en jueces inflexibles?

Respecto a mi hermetismo, confieso que siempre he sido así; además, a esa edad ya había leído documentos y libros sobre diferentes doctrinas filosóficas, religiosas y esotéricas que tenía mi padre en su biblioteca particular, y escuchado de paso las conversaciones y discusiones sobre tales temas con diferentes personajes que visitaban la casa solariega. Me parecía que la mujer no era fiel a las creencias que pretendía inculcar en el colegio; no obstante, debía callar para no involucrarme en problemas más fuertes de los que ya enfrentaba. Tampoco le iba a rebatir que los estudiantes sabían más de doctrina religiosa que de matemáticas o historia, aunque no practicaran sus principios en el primer caso y obtuvieran excelentes calificaciones en el segundo.

El problema parecía delicado, aseguró la mujer cuyo pecho exhibía un crucifijo plateado que resaltaba con el tono oscuro de su vestido y la gravedad de su rostro. Así que mi padre desatendió sus ocupaciones y se dirigió al colegio con la intención de hablar con la directora, con quien permanecí gran parte de la mañana en una oficina oscura, rodeada de imágenes religiosas y libros. No entendí, entonces, la causa por la que me mantenía como rehén en la dirección, pues de cualquier manera no hubiera podido huir ni evadirla.

El resultado del balance me desfavoreció. Me pareció injusto, pero tontamente evité presentar mis argumentos de defensa. La mujer acusó mi costumbre de orinar los pantalones, no comprender las lecciones, permanecer distraído durante clases, apartarme de mis compañeros a la hora del recreo, no participar en las actividades sociales, negarme a seguir las acciones litúrgicas, no mostrar emociones, no contestar las preguntas de profesoras y religiosas, dibujar en horario escolar y reír, mostrar un aspecto de estúpido al que solamente le faltaba babear. La verdad es que estaba aterrado por el bullyng que practicaban monjas, maestras y alumnos.

Ya con el expediente que contenía el rostro oscuro de mi existencia y casi mi destierro del colegio y la ausencia de días de gloria durante mi jornada terrena, mi padre conversó con mi madre y conmigo, y aunque no creyeron, por exagerados e incongruentes, los argumentos de la directora, coincidieron en que me entrenarían integralmente con la finalidad de que superara las pruebas que estaba enfrentando. Fortalecerían mi autoestima, la confianza en mí, y demostraría a la comunidad educativa cuán equivocada estaba.

Nunca les confié el maltrato que recibía en el colegio. Lamentablemente, amenazado por creencias oscurantistas, no denuncié ante mis padres que ellas, las religiosas y maestras, nos imponían castigos como permanecer hincados a un lado del pizarrón, con las manos extendidas hacia arriba, o recibir impactos con la regla, el borrador o el “metro” en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos, en la cabeza o en las pantorrillas. Cometí el error de no revelar las atrocidades que se cometían en el colegio, y es que quizá por mi mente rondaban los fantasmas diseñados por las religiosas para asustarnos y ejercer control absoluto y manipulador.

Mi madre, siempre tan amorosa y dulce, me relató historias de hombres y mujeres que aportaron algo valioso a la humanidad, seres extraordinarios que a pesar de las adversidades, desolación, ruina y tribulaciones, descubrieron la fórmula de la inmortalidad y se engrandecieron al emprender actos heroicos e ir más allá que los demás. Hasta rememoró la epopeya de nuestros antepasados y me invitó a emularlos, a convertirme en un ser irrepetible, especial, grandioso e inolvidable, en alguien capaz de retirar la enramada del camino y dejar huellas indelebles para que otros, los que marchan a los lados y atrás, no se extravíen. Coger la luz y alumbrar el sendero, advirtió, implica atravesar las tinieblas, pero se trata, parece, de la aventura más noble y llena de proezas.

Mi padre, en tanto, habló sobre la formación del carácter y la seguridad en uno mismo. Me enseñó a vencer los obstáculos y el miedo -caray, volar un avión de dos alas en la adolescencia, permanecer solo en una catacumba cuando se es joven y años después saborear el terror durante el desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, entre otros actos, no había sido cualquier cosa en su vida-; pero también a conducirme con amor, honestidad y valores en todos los capítulos de mi existencia, por insignificantes que me parecieran, porque hasta en lo pequeño se proyecta la grandeza.

Continuamos con la convivencia y los paseos porque las críticas y opiniones de una religiosa que perdía la cordura con un niño de 10 años, simplemente por orinar los pantalones y no responder preguntas como consecuencia del aturdimiento provocado por la reprimenda, no merecían tanta atención ni permitir que rompieran la armonía, ni tampoco abrir la puerta a dudas y problemas. Nunca se derrumbó la muralla que protegía nuestro exclusivo mundo familiar de un ambiente que no parecía el nuestro.

Fue mi padre quien al reconocer mi imaginación, apasionamiento por el arte y los libros, estado permanente de ensoñación e interés en ciertos temas, concibió la idea de invitarme a escribir una novela, que inicialmente titulamos “Zorak, el hombre de las cavernas”.

Sin descuidar la atención con mis hermanos, mi padre relataba con vehemencia, al llevarnos al colegio, algún fragmento del capítulo que yo, a la hora del descanso escolar, debía recordar y escribir. En casa, después de comer, hacer la tarea escolar y jugar un rato, me dedicaba a escribir la historia de Zorak. En las noches, antes de la cena familiar, mi padre revisaba mis escritos y hacía algunas recomendaciones.

Las reuniones familiares en el comedor, principalmente los fines de semana y cuando disponíamos de mayor cantidad de tiempo y no realizábamos algún paseo, resultaban de intensa convivencia y con disertaciones enriquecedoras sobre humanismo, filosofía, historia, arte, viajes, anécdotas, religiones, política y otros temas. En ese contexto hacía recomendaciones para que mejorara mis textos infantiles.

Conservo dos ejemplos muy ilustrativos acerca de mis primeros intentos de ser novelista. Una mañana, mi padre describió con detalle y pasión la lucha entre Zorak y un oso prehistórico. Escribí lo siguiente: “un día, Zorak tenía hambre, encontró un oso, pelió (sic) con él, lo mató y se lo comió”.

Ahora que me parece contemplar la expresión paterna en una orilla cada vez más distante, pero siempre amada, creo que sonrió por las ocurrencias de su hijo mayor. Tomó mi mano, me condujo amorosamente hasta él y explicó que uno, al escribir, debe hacerlo de tal manera que transmita sensaciones. Hay que tener la capacidad de trasladar al lector hasta el lugar de los hechos, provocar que experimente cada acontecimiento, entregarle una historia llena de vida, de manera que si uno lanza una moneda a una fuente, verbigracia, debe hasta escuchar el sonido de la pieza metálica al girar por el aire y al caer y sumergirse en el agua. Me enseñó a dar vida a las palabras, llenarlas de emociones positivas o negativas.

Relató, con detalles, lo que debía imaginar y sentir cualquier persona al leer la lucha encarnizada entre Zorak y el oso de las cavernas. Quien leyera esas líneas tenía que sentir, incluso, el sudor producido por el calor y el miedo de enfrentar una fiera, también hambrienta, armada de garras y colmillos temibles, junto con el ardor de las heridas que se acentuaban al caer en la tierra, entre la hierba, y hasta percibir la hediondez del pelambre de la bestia, en fin, cada detalle del escenario donde se desarrollaba la batalla mortal.

Conocedor del violín, refirió que los músicos, al interpretar un concierto, deben hacerlo al grado que los instrumentos transmitan sentimientos, como si acariciaran y sedujeran al público. Lo mismo ocurre con las letras. Hay que darles vitalidad y forma.

La otra anécdota se refiere al nacimiento del hijo de Zorak. Mi padre narró ese momento tan especial, al interior de la caverna que habitaba la tribu de Zorak. Como a esa edad creía que los bebés llegaban de París y los entregaban las cigüeñas, se me dificultó concebir el nacimiento del hijo de Zorak en una época en la que esa ciudad europea no existía por tratarse de la prehistoria.

Me adelanté y escribí lo siguiente: “esa noche, Zorak despertó a su esposa…” Qué barbaridad, utilicé el concepto esposa para los días prehistóricos. “¡Dalia, Dalia, despierta, despierta, nos ha nacido un hijo!” Imagine el lector, la mujer ni siquiera sabía que se había convertido en madre de un bebé.

Cuando creí que mi padre me felicitaría por la redacción del capítulo, nuevamente me abrazó y si bien es cierto que no cambió mi idea sobre el nacimiento de los seres humanos, me invitó a escribir de nuevo esa parte de la historia y hacerlo de tal manera que los lectores sintieran la emoción que experimentó la pareja al convertirse en progenitores de una criatura tan bella y a la vez la angustia que significaba pensar en su pequeñez en medio de un mundo agreste.

Zorak fue mi iniciación al mundo de las letras, al arte, a la literatura. Nunca concluí la novela, inspiración de mi padre, con la que me enseñó a escribir. Todos los días desarrollaba verbalmente los capítulos y me daba importantes lecciones.

Un día, como en todo, concluí mi ciclo en el colegio y jamás volví a saber de la monja ni de las profesoras; tampoco busqué a mis compañeros. Sólo conservé la amistad de uno, quien me ayudó en los momentos más aciagos en la escuela. Curiosamente, dentro de los claroscuros de la vida, un año me calificó la directora como retrasado mental y al siguiente me entregó una medalla en reconocimiento a mi conducta. Seguí mi camino. Me adelanté a los consejos de mi padre y decidí publicar mis dos primeros libros, uno escrito a los 20 y otro a los 23 años de edad, que he denominado “pecados de juventud” por la inexperiencia; sin embargo, continué porque aprendí a no darme por vencido, a luchar hasta conseguir resultados, y aquí estoy.

Reconozco que las manecillas del reloj viajan en una fragata que mantiene pacto impostergable con el tiempo y que me dirijo, por lo mismo, hacia el final del camino, igual que todos los seres humanos en el mundo; pero antes de llegar al horizonte, creo que escribiré más obras literarias con la promesa de que Zorak luchará con el oso de las cavernas y los lectores se sentirán en el campo de batalla, y también con el compromiso de que el protagonista de la novela ya no interrumpirá el sueño de su compañera en la cueva para informarle que nació su hijo. Los relatos serán diferentes, y todo gracias a Zorak y mi padre, autor del personaje y la historia. Lo demás, lo que pronosticaba la monja respecto a mi éxito en la vida, no soy yo quien calificará mis aciertos y yerros; tampoco sé si padecí algún tipo de retraso mental. No me dediqué a babear, como vaticinaron, cada una en su momento, la directora de la institución educativa y una de las mujeres de la comunidad gitana con la que conviví. Sólo me entrego a los susurros de las musas para permanecer dichoso en mi mundo paralelo, claro, sin descuidar el que me tocó vivir. Eso es todo.