El otro riesgo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde hace varios años, amplio porcentaje de seres humanos han perdido, gradualmente y con cierta intencionalidad, el derecho y la capacidad de asombro, al grado de que casi ningún acontecimiento les sorprende. La mayoría de la gente, envuelta en bolsas artificiales de desecho, casi sin letras y de preferencia con dibujos y signos, se ha acostumbrado tanto a los sucesos, a la violencia, a las invenciones científicas y tecnológicas, al consumismo y a la dinámica revuelta de la hora contemporánea, que parece nada le conmueve ni maravilla. La capacidad de asombro y el respeto fueron sepultados, hace años, en una cripta gélida y ausente de nombre y epitafio, quizá con la intención de que nadie los recuerde. Alguien los arrojó a la fosa común. Ahora, millones de seres humanos, en todo el mundo, enfrentan otro peligro: la costumbre a la muerte de los seres queridos, el fallecimiento cotidiano de los miembros de una familia, una escuela, un centro laboral, un grupo de amigos, un sector de la población. La muerte es un proceso natural en todo ser vivo, nadie lo duda; no obstante, la repetición de un hecho, por doloroso que resulte, tiende a ser costumbre, y el riesgo es ya no poseer sentimientos. Quienes mayor peligro corren ante la insensibilidad de la muerte de los seres queridos y la gente que les rodea, son los niños, los adolescentes y los jóvenes. Probablemente, dentro de algunos años, acostumbrados al fallecimiento sorpresivo e inesperado de parientes, amigos, colegas, vecinos y compañeros, la niñez, la adolescencia y la juventud de hoy, reaccionarán con frialdad e indiferencia. De ser así, sus hijos, los de la siguiente generación, serán personas carentes de sentimientos, incapaces de asombrarse, programadas en serie e imposibilitadas para expresar amor y rasgos nobles. Nos estamos acostumbrando a la muerte inesperada, a la violencia, a la carencia de sentimientos. Y eso, hay que admitirlo, es habituarse a estar muertos.

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El encanto de la noche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay una hora, entre la agonía de la tarde y la aparición de las sombras nocturnas, que me causó asombro y congoja desde que era niño, como si algo, en mí, muriera. Siempre lo sentí. Era, simplemente, que al extinguirse los minutos y las horas del día, notaba que mi cuaderno existencial tenía menos hojas en blanco, con la sospecha de que tras dormir profundamente o permanecer atrapado entre los pantanos del insomnio y retornar de los sueños y despertar al amanecer, el número de páginas habría reducido. La noche tiene su lenguaje, habla un idioma diferente que es preciso descifrar. No es necesario temerle. Es la otra parte del día. Entre sus sigilos y murmullos, la percibo alrededor de mí, me envuelve y cobija, con su aliento de luceros. De pronto, como en las narraciones épicas, surge el hálito de la noche nebulosa y fría, hasta que el viento y los truenos irrumpen la tranquilidad y el silencio del ambiente y las gotas de lluvia empapan el paisaje, la campiña, los bosques y el caserío. Los relámpagos incendian el cielo ennegrecido, apagado por completo y ausente de estrellas, hasta rasgarlo y proyectar las sombras y los perfiles de los árboles y las cosas que permanecen en la intemperie. Otras noches, en cambio, la nieve borra los colores y maquilla el escenario con sus matices blancos. Y existen otras noches en las que la luna con sonrisa de columpio, las estrellas y algunos mundos distantes asoman desde las ventanas del universo y resaltan la belleza y majestuosidad de la pinacoteca celeste. He dejado en los nudos de la amnesia, en los agujeros de la desmemoria, los abismos, las fronteras, los barrotes y los fantasmas que la gente suele colocar y cree sentir en su interior y afuera, consigo, durante las noches desoladas y calladas, porque entiendo que si existen las sombras que aterran, son las que cada hombre y mujer fabrican para sí y no las de la noche que es el manto que Dios tejió para cobijarnos y arrullarnos mientras somos personajes de nuestros sueños. Y en cuanto a las estampas de mi vida, comprendo que cada instante son menos y, por lo mismo, debo ilustrarlas con lo mejor de mí. También he aprendido que lo que no haga durante el día, me será imposible realizarlo en las horas nocturnas porque se trata del lapso en que Dios columpia a quienes cierran los ojos y se sumergen en sus profundidades con la dicha de sentirse en paz a la hora en que los colores del mundo no existen porque aparecen los del cielo y los del encanto y la magia de los sueños.

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Y un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día, sin darme cuenta, volví a mi infancia. Abrí la puerta de la casa solariega y entré. Reconocí mis juguetes, la ropa que usaba, las corbatas de moño que mi madre me ponía y hasta el peine que utilizaba para recorrer mi cabello castaño con limón o jitomate, los libros y la colección de timbres que solía comprar mi padre cuando me consentía; aunque también descubrí, en una habitación y en otras más, las cosas, el calzado y la ropa de mis hermanos. Caminé en total silencio, reflexivo, emocionado por la oportunidad de retornar a mi niñez azul y dorada, y triste por los rostros, las historias y los años irrepetibles que se agotaron y escaparon inesperadamente, cuando más felices parecíamos. Un día, a cierta hora, regresé a casa, al hogar, a mi familia, y sin que ellos lo notaran, miré a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a otro niño, yo, que me sumergía en las profundidades de mi ser e imaginaba capítulos e historias. Me reuní conmigo, sí, me palpé y me vi, me acompañé, musité a mis oídos, y conviví con mi familia en completo sigilo. Nací, inesperadamente, en mi casa, con mi familia, con la gente que siempre ha permanecido vinculada a mi alma. Volví como lo hace la gota de agua que se sumerge en la tierra y brota al lado de otras en el manantial. Me observé en la mesa del comedor, quizá en el desayuno o tal vez en la comida, y presencié mis juegos y momentos de soledad. Atestigüé mi sufrimiento a la hora de ir al colegio y mi alegría al asistir con mis padres y mis hermanos al parque y a los paseos que organizábamos los fines de semana. En aquella casa amurallada y enorme de mi niñez, coincidí conmigo a una hora y a otra, e identifiqué a mi padre bondadoso e inteligente, con sus relatos inagotables y sus inventos, y a mi madre amorosa, con sus platillos, sus plantas y su amabilidad, y a mis hermanos -hombres y mujeres-, a mi lado, jugando a la vida. Escuché los rumores y silencios de aquella casona con sus jardines y rincones insospechados, o acaso los murmullos de la gente que tanto he amado, o probablemente el lenguaje del tiempo, o quizá la tempestad y el viento que balanceaban el follaje y las ramas de los árboles corpulentos, o tal vez los susurros de Dios que siempre estuvo presente. Regresé, igual que el hijo que un día se marcha con la promesa de volver, feliz y profundamente emocionado y sorprendido; pero ellos y yo no me miraron, y yo sí, y de esa manera los seguí y participé calladamente en sus reuniones familiares, en sus paseos, en sus instantes de trabajo, en sus horas de alegría y melancolía, con el sí y el no de la vida. Cada noche desperté y visité las habitaciones, la sala, el comedor, la cocina, la biblioteca y todos los espacios, e intenté dialogar con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, conmigo, y no sentimos mi presencia intangible. Una noche, mientras cenábamos, sentí que una fuerza superior e indescriptible me jalaba hacia un remolino y la escena familiar empequeñeció inevitablemente hasta desvanecer. Comprendí que ya no pertenecía al pasado y que el ayer me identificaba infinitamente con otras almas. Caí en un estado de somnolencia. Al despertar, asomé al espejo y descubrí mi figura retratada, actual. Sonreí con la convicción de que mi familia y yo fuimos intensamente dichosos en mi época infantil y no dudé que otro día, a cierta hora, tendré oportunidad de encontrarme conmigo adolescente o joven, y con la gente que tanto he amado durante mi jornada terrena y antes porque el ser es insustancial y no conoce ropaje ni limitaciones temporales. Entendí que la vida, en este mundo, es momentánea y se fuga entre un suspiro y otro. Ahora sé que la estancia en el plano material es simplemente un paseo breve que uno disfruta plenamente o desperdicia en crueldades, mediocridad, barreras y temores. Si un día, como lo hice con mi infancia, tengo oportunidad de retornar a casa y mirarme en la etapa presente de mi existencia, deseo sonreír al saberme feliz y pleno con quienes tanto amo.

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Niñez, adolescencia y juventud, ¿parámetros de la sociedad mexicana?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sucedió en Laderas de San Guillermo, en el estado mexicano y norteño de Chihuahua. La noticia resultó escalofriante y conmovió a los lectores mexicanos y extranjeros: media decena de adolescentes -tres hombres y dos mujeres- jugaron a secuestrar al menor Christopher Raymundo, de seis años de edad, a quien asesinaron sádicamente.

Con engaños, lo invitaron a recoger leña; pero finalmente lo amarraron y una de las adolescentes, apenas de 13 años de edad, lo apuñaló por la espalda para asegurarse de que no los delatara. Cubrieron la improvisada sepultura con hierbas y un animal muerto que disimularía la hediondez despedida por el cadáver infantil.

Uno de los muchachos experimentó remordimientos y confesó a su madre el crimen. La mujer denunció el acto brutal a las autoridades, quienes localizaron el cadáver del pequeño Christopher. Los cinco adolescentes, con edades de 12 a 15 años, se encuentran bajo tutela pública; además, de acuerdo con los resultados periciales, el niño murió como consecuencia de heridas de arma blanca, golpes de piedras en el rostro y sofocamiento.

Si la noticia es alarmante y dolorosa, no deja de ser, al mismo tiempo, preocupante, ya que refleja el nivel evolutivo en que se encuentra la sociedad mexicana. Algunos argumentarán que la declaración es exagerada y que se trata de casos aislados o situaciones que se registran en niveles de miseria y ausencia de educación; sin embargo, las infracciones cometidas por menores de edad se presentan en todas las clases sociales, incluidas las más altas que aprovechan la corrupción de las autoridades para esconder sus crímenes.

Por algo, el año pasado la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos informó en un documento que México ocupa primer lugar mundial en casos de bullyng registrados en niveles de educación básica, situación que perjudica a cerca de 18.8 millones de estudiantes de primaria y secundaria, lo mismo en planteles públicos que privados.

Adicionalmente, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe señaló, también el año pasado, que el 11 por ciento de los alumnos mexicanos de nivel primaria han robado e incluso amenazado a sus compañeros, hecho que resulta escandaloso porque significa que los menores de edad, quienes dentro de algunos años tendrán bajo su responsabilidad cargos públicos y dirección de empresas, o se desempeñarán en empleos, profesiones y oficios, se están formando en ambientes hostiles que reproducirán en la edad adulta.

El bullyng no solamente es una práctica común en las escuelas mexicanas; también se presenta en los centros laborales, en los clubes, en todas partes. La firma OCC Mundial informó que el 44 por ciento de los profesionistas del país han sido víctimas del denominado mobbing o acoso laboral. El 65 por ciento de los profesionistas han atestiguado esa clase de abuso en perjuicio de algún compañero de trabajo.

Hay que recordar que el mobbing es considerado una epidemia. Según los especialistas, no pocos mexicanos consideran normal que la gente sea agredida en escuelas, empleos, familias y grupos de amigos.

Datos de la Organización Mundial del Trabajo, indican que cerca de 12 millones de personas enfrentan mobbing en el mundo. En Europa es catalogado riesgo laboral e incluso epidemia. Para la Organización Mundial de la Salud, se trata de una pandemia por ser causa de varios suicidios.

Es innegable que por medio de la infancia, adolescencia y juventud es posible medir el grado de desarrollo y educación de una sociedad. Lamentablemente, México se está desgarrando y hundiendo ante una descomposición social que parece haber intoxicado a todos los sectores socioeconómicos y de la que difícilmente se recuperará mientras los cargos públicos y políticos, los liderazgos, los medios de comunicación y las posiciones estratégicas continúen ocupadas por hombres y mujeres ambiciosos y corruptos versus una población más entretenida en teatros futboleros y telenoveleros, en charlas de whats app y en una serie de superficialidades.

Los adultos de la hora contemporánea parecen ser hijastros de la televisión, nodriza que los ha amamantado toda su vida con mercenarios de la información, bufones grotescos con programas alejados de los valores familiares, telenovelas promotoras de vicios, prostitución, violencia y superficialidad. La televisión mexicana ha normalizado las situaciones y los asuntos negativos, escenario que ahora se desarrolla con libertad en internet, su descendiente.

Hoy descubrimos a nuestro alrededor muchos hombres “aventureros”, “interesantes”, violentos, capaces de todo, y mujeres “de mundo”, adictas a los “tragos” y proclives a las palabrejas de cantina, con hijos totalmente descuidados con los que no mantienen comunicación ni les ofrecen ejemplos positivos ni tiempo de calidad.

Mientras ellos, los señores y las señoras, experimentan la brevedad de sus existencias en asuntos baladíes, contagiados por los ejemplos de los anuncios y programas de televisión, los otros, los hijos, enfrentan problemas y corren riesgos muy graves.

Incontables padres de familia piensan que son las educadoras y maestros quienes tienen la responsabilidad de educar a sus hijos, cuando lo cierto es que la primera escuela es el hogar, precisamente donde los niños, adolescentes y jóvenes reciben el ejemplo de los adultos.

En el caso de los maestros, bien es sabido que hay unos que se entregan con pasión a su ministerio y luchan por el desarrollo integral de cada niño, mientras otros, en tanto, prefieren dedicarse a intereses gremiales sin que les preocupen las pérdidas de clase y que México presente rezagos a nivel internacional en materia educativa.

Así, ante la irresponsabilidad de adultos que prefieren las reuniones con los amigos, el “trago”, la cita con la otra pareja, el chismorreo y el relato de chistes, los menores son propensos a que personas mal intencionadas los induzcan a los vicios, la delincuencia, la prostitución, la violencia y hasta la muerte.

Los adultos del minuto presente transitarán por la historia como los irresponsables que formaron generaciones peores a las de ellos. Están entregando a sus hijos un mundo contaminado, pero no solamente en cuestión ambiental, sino en principios y valores que ya fueron sepultados por prácticas totalmente superfluas.

El bullyng y el mobbing que actualmente colocan a los mexicanos como seres humanos brutales y agresivos, refleja el bajo nivel de desarrollo de millones de personas de todos los niveles económicos y hasta con grados académicos. El problema inicia en los hogares. Las faltas de respeto y violencia que muestran gran cantidad de niños, adolescentes y jóvenes son espejo de las conductas y personalidad de sus padres. Los menores de edad representan el mejor termómetro para medir el grado de desarrollo de un pueblo. ¿Quieren conocer los niveles de evolución de un pueblo, de una sociedad, de una nación? Hay que analizar la conducta de la niñez, adolescencia y juventud.