Juguemos a las ecuaciones de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos pedazos de cielo y mundo, retratos de ángeles y seres humanos, prólogo y conclusión de rutas mundanas, notas infinitas, y todo, en nosotros y a nuestro alrededor, fluye con el bien y el mal que destilamos. La trama de la vida es una ecuación incesante y sumamos o restamos, multiplicamos o dividimos lo positivo y lo negativo, de acuerdo con nuestra esencia, con lo que realmente somos, con la frecuencia vibratoria que descubre si estamos aliados con el bien o con el mal, o con todo o nada. Mi propuesta, este día y los que siguen, consiste en restar a la gente mala, la envidia, el odio, la discordia, el egoísmo, la ambición desmedida, la intolerancia, los abusos, las injusticias, los engaños, la violencia, la crueldad, la estulticia y las superficialidades, para sumar a las mujeres y a los hombres buenos, el bien, la verdad, el amor, la libertad, los detalles, el respeto, la dignidad, los sentimientos nobles y la razón. Mi planteamiento se basa en dividir a las personas malas con el objetivo de pulverizar y aniquilar las sombras, y multiplicar a la gente buena para cultivar y cosechar la luz. Urge, a esta hora de nuestras existencias y de la historia, sumar y multiplicar caminos, rutas y puentes, y restar y dividir abismos y fronteras. Si cada instante sumamos y multiplicamos personas buenas y restamos y dividimos a las malas, viviremos con la esperanza e ilusión de despertar en otros amaneceres más armoniosos, felices, equilibrados y plenos para nosotros, las personas que amamos y la humanidad. Juguemos a las ecuaciones de la vida y obtengamos resultados bellos y sublimes que toquen la luz y la derramen en gotas de cristal.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Mascarillas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando las mascarillas permanezcan en los rostros, igual que una moda o, tal vez, una necesidad o una imposición, ¿dónde miraremos nuevamente la sonrisa de los niños, las expresiones de amor, la dulzura de alguien que pronuncia la más bella de las palabras?

Y si las mascarillas y otros inventos se hospedan en los rostros y esconden alegrías y tristezas, besos y sonrisas, gestos y sentimientos, amabilidad y enojo, hasta volverse paisaje de cada día, ¿dónde quedaremos nosotros, los de apenas hace uno días, con las expresiones que mostrábamos facialmente al mundo?

Unos nacerán y otros morirán, igual que las flores y las plantas de los jardines que hoy asoman a las ventanas, entre auroras y ocasos, y quizá alguna generación llegue y se acostumbre al atuendo, a la ropa de la cara, sin tener oportunidad de disfrutar la belleza y el esplendor de un rostro libre, auténtico, feliz y pleno

Y si con las mascarillas, ¿también pretenden callarnos, desdibujar nuestros rasgos, uniformarnos, acostumbrarnos a las órdenes y reglas, a la obediencia, a la ausencia de oxígeno puro? ¿Y si el significado es ajeno e indiferente a la salud, a la protección, y es resultado de una ecuación cuyo resultado es la masificación y el silencio? ¿Y si es cadena simulada o el inicio de un pasillo repleto de barrotes y celdas?

Si las mascarillas son preámbulo de otras cosas que se sucederán unas a otras, y que alguien, en su ambición de poder y dominio, ya tiene diseñadas y programadas, ¿en qué momento, como humanidad, perdimos la libertad, el derecho de ser felices, la justicia y la dignidad? ¿A qué hora cedimos derechos a los abusivos y perversos? ¿En que momento renunciamos a lo bello, a lo sublime, a cambio de estulticia y superficialidades?

Al dificultar la respiración, provocar calor y molestias, tapar las caras, a cambio de reducir las posibilidades de contagio de coronavirus, parece que se genera un deseo irresistible de liberación y una ansiedad hacia la invención y la aplicación de una vacuna que esconde intenciones perversas.

La mascarilla oculta la sonrisa amable y genuina y el gesto adusto y grosero, la piel natural y el cutis maquillado, el color y los rasgos faciales. Es, en todo caso, la invitada especial de la generación de la hora presente, o, acaso, un huésped que inesperadamente se alojó y cubrió parte de la cara, como esos males necesarios que un día o una noche, a cierta hora, llegan, tocan a la puerta y forman parte de las apariencias, se integran definitiva o temporalmente en el paisaje humano, acompañan a la gente en sus horas activas y ociosas, como si se tratara de debilitar a las mayorías y otorgarles, provisionalmente, andaderas y muletas para que tropiecen constantemente y pierdan capacidades, agilidad y habilidades.

Esconde los gestos y las reacciones de millones de personas, en el mundo, quienes, por necesidad y urgencia de protegerse contra una enfermedad real que alguien desea convertir en pandemia con la intención de justificar la invención y la aplicación de vacunas, el quebrando de la economía internacional, el derrumbe de esquemas y la imposición de un modelo cruel e injusto a nivel global, las utilizan irremediablemente. Unos las usan por convicción y protección, otros forzosamente y algunos más como moda. Se volvió parte del arreglo y el vestuario, y las hay de todas clases y materiales, de acuerdo con la capacidad económica, la disposición en el mercado y hasta las modas de quienes las utilizan.

En un ambiente contradictorio y enrarecido, con frecuencia intoxicado por las sombras del miedo, el contagio, la enfermedad y la muerte, provocado, al parecer, por un virus degenerado en las entrañas de uno o más laboratorios y disperso, inicialmente y con cierta intencionalidad, en diversas zonas estratégicas del planeta para su inmediata propagación global, como parte de la estrategia, el plan y las acciones de una élite ambiciosa, despiadada y poderosa económica y políticamente, que, además, corrompe, manipula y controla gobiernos, medios de comunicación e instituciones, la mascarilla forma parte del atuendo cotidiano de la humanidad, más allá de creencias, sexo, nivel socioeconómico y raza.

Las mascarillas, parte y símbolo de la historia que vivimos durante estos días, también marcará diferencias sociales, la condena y el desprecio a quienes no las utilicen, porque después de todo, tras la protección humana contra algo tan despiadado, se trata de volver a todos cifra, objeto, estadística.

Surgen las opiniones, las dudas, las interrogantes, las criticas, las discusiones. ¿Qué es, en realidad, la mascarilla, y cuál es su verdadero significado? ¿Protección eficiente? ¿Atuendo? ¿Prótesis? ¿Signo de control? ¿Grillete? ¿Represión? ¿Ensayo de manipulación? ¿Medida de emergencia? ¿Protocolo de seguridad e higiene? ¿Extremo de una cadena con tentáculos que pretende destejer alegría, sonrisas y expresiones nobles para transformar a las personas en artefactos utilitarios, en sujetos impersonales, en autómatas inexpresivos? ¿Fin de una época e inicio de un ciclo oscurantista? ¿Antítesis de la higiene? ¿Necesidad? ¿Urgencia? ¿Imposición? ¿Emergencia sanitaria? ¿Salud, vida, deficiencia, control, muerte?

Más allá de utilizarlas racionalmente, en el más amplio sentido de responsabilidad, compromiso y respeto individual y colectivo, para proteger la salud, las mascarillas esconden, sin duda, expresiones, rostros, semblantes, imágenes físicas; sin embargo, cada hombre y mujer, aquí y allá, deben salvaguardar la nobleza de su interior, su creatividad, sus sueños, sus ilusiones y su libertad de sentir, pensar, hablar y actuar.

Las expresiones faciales, al  interpretarse correctamente, suelen dar lectura a los sentimientos y a la personalidad de cada hombre y mujer, y encantan por ser alfombra de flores bellas y fragantes o desagradan por parecer un campo estéril cubierto de tierra, abrojos y piedras. Ahora, las mascarillas cubren tal lenguaje y, bien o mal, forman parte del escenario cotidiano.

La gente discute y pelea por los argumentos contradictorios respecto a las mascarillas, y si hay quienes defienden su uso, beneficio y protección, también existen aquellos que se oponen a utilizarlas y argumentan los perjuicios, las consecuencias de su uso prolongado y hasta su significado, e incluso se reúnen con la intención de denunciar los planes siniestros de una élite y dar a conocer que existen fórmulas para combatir tan nefasta enfermedad, la del coronavirus, sin necesidad de crear vacunas ni presentar un escenario teatral que distorsione la trama de la vida.

Ningún ser humano, en el mundo, debe consentir que otros, con mayor poder, intenten someterlos y verter sus sueños, sentimientos e ideas en cañerías inmundas, como lo han hecho desde hace mucho tiempo quienes pretenden apoderarse de las riquezas del mundo y de las voluntades humanas.

Si las mascarillas esconden los rostros amables, dulces y sonrientes, la capacidad de los seres humanos es superior para irradiar amor y sentimientos nobles y superiores a los apetitos, la ambición desmedida y la superficialidad de un grupúsculo cruel.

Una mascarilla ayudará, indudablemente, a proteger y reducir la multiplicación de contagios de coronavirus, a cambio, muchas veces, de disimular, esconder y silenciar la alegría y las palabras; pero mientras existan seres humanos capaces de amar, dar de sí a otros y actuar por medio de la nobleza de sus sentimientos, la luz disipará las sombras y ningún material que cubra la boca y las expresiones faciales, tendrá poder, en consecuencia, de borrar la alegría de vivir dignamente, la práctica diaria de valores, la libertad, el respeto y la justicia.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Fabricantes de milagros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los milagros son el poema de Dios, la luz de las estrellas que cuelgan en la pinacoteca celeste, el pulso de la vida que se percibe al abrazar el tronco de un abeto y hundir los pies en el barro, la memoria latente en las flores que aparecen una mañana y otra con la policromía y las fragancias del paraíso, la brisa del mar una tarde de verano. Nacer y despertar cada amanecer, es un prodigio. Lo es la cascada e igual la lluvia. Estar aquí, entre un paréntesis y otro, es extraordinario. Si esperas milagros en tu vida, no voltees atrás ni a los lados porque todo pasa y el ayer contiene pedazos de historia, recuerdos y olvido, alegrías y tristezas, figuras e imágenes que se desvanecen; tampoco intentes descubrirlos adelante, en las burbujas de un mañana incierto, ni arriba o abajo con la idea de recolectarlos y atesorar su encanto y poder. Asoma a tu interior y empieza a hacerlos. Los milagros inician con sonrisas auténticas, palabras de aliento, saludos amables. Son detalles, momentos, actitudes. Suma milagros durante los minutos y los días de tu existencia, y serás feliz al multiplicar el bien y la luz para ti y los demás. No esperes pasivamente que un día acontezca algo extraordinario en tu vida. Propícialo. Parte del simple hecho de que vivir es un milagro, y empieza a tejer una red maravillosa de prodigios. Los sueños no son residuos que arrastra el oleaje de la realidad y deja abandonados en una playa desolada. Hay que materializarlos y vivirlos. Comienza hoy porque la vida es, parece, una travesía que finaliza a cierta hora y no es digno ni grato abandonar escombros de viaje que delatan mediocridad humana. Es posible alcanzar el cielo si crees que puedes llegar a sus jardines y abrir su portón. Los milagros germinan en uno -en ti, en mí, en ellos, en ustedes, en todos- y son reales en la medida que las personas sienten, piensan, actúan y hablan con nobleza. Una mano que da desinteresadamente, una mirada que comprende, unos labios que sonríen, una boca que pronuncia sentimientos e ideas sublimes, una vida que se entrega al bien y a la verdad, tienen más valor que la suerte de recibir una fortuna, un premio o una herencia. Los milagros existen, son reales, y uno lo comprueba al retirar sus atuendos y disfraces, al encontrarse por fin consigo, al escuchar los rumores y los silencios de su interior, al disponerse a ser dichoso con la felicidad de otros, al renunciar a la oscuridad e incorporar la luz. Inicia con pequeños detalles y quizá una mañana, una tarde, una noche o una madrugada comprobarás que los capítulos de tu existencia han resultado grandiosos, inolvidables, asombrosos y enriquecedores. Devuelve sonrisas, saluda amablemente, ayuda a los menesterosos, regala  esperanzas, cumple anhelos, construye puentes, da de ti, y serás, a partir de entonces, fabricante de milagros. La maravilla de la vida somos nosotros. El encanto y el milagro son el instante actual. Conviértete en el milagro más grande. Fabrícalos hoy y mañana, aquí y allá, a una hora y a otra, con pasión, como si se tratara de ganar los abrazos y el pulso de la eternidad, y te aseguro que te sentirás muy feliz al contemplar lo grandioso que se puede ser con el amor y la nobleza que se comparte y entrega a los demás.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright