Los sigilos y los murmullos del tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De los sigilos del tiempo, escucho el ir y venir del péndulo al columpiarse despreocupado e indiferente a la caminata de las manecillas y del engranaje, mientras ella, la muerte, hilvana pacientemente, a un lado de la chimenea y teje redes para cazar hombres y mujeres incautos, distraídos en sus aficiones y cosas, e incapaces de explorar y conquistar rutas inexploradas y dejar huellas y señales de su paso por el mundo. De los murmullos del tiempo, oigo sus silencios, sus pausas que me confiesan el sentido de la vida. De la maquinaria del tiempo, aprendo a interpretar su lenguaje, asisto a sus clases diarias y me apresuro a salir del aula para vivir sin cadenas ni prisas, desde el nombre del personaje que me corresponde interpretar, ausente de maquillajes. De las notas y las pausas de los días y los años, comprendo que entre la vida y la muerte, la aurora y el ocaso, existen luces y sombras, un sí y un no, y que cada uno -tú, yo, nosotros, ustedes, ellos- tenemos oportunidad de elegir el destino, la ruta, al ser exclusivamente barro, al preferir la luz o al mezclar ambos con equilibrio y armonía. De los rumores y silencios del tiempo, en el mundo, ahora sé que callan y hablan la vida y la muerte, y que solo aquellos que descifran su lenguaje, aprenden su significado y dan mejor sentido a su paseo terrestre. De los murmullos y silencios del tiempo, la vida y la muerte, escucho su música, su lenguaje, sus paréntesis.

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Asomé al espejo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una noche asomé al espejo y no definí mi imagen. Estaba muerto. Sorprendido, me pregunté qué había hecho de mi vida. ¿Dónde estaban los días de mi existencia? ¿En qué parte quedaron mis correrías infantiles y juveniles? ¿Dónde los años que me prometieron formarían parte de mi jornada terrena? Al no verme, entendí que todo, en el mundo, se sucede con celeridad y es temporal. Transitamos de una estación a otra y definitivamente, cuando menos lo esperamos, llegamos a un destino y debemos abandonar el furgón y renunciar al viaje. Desolado, busqué los rostros familiares, mi nombre con sus apellidos, las cosas que hice, mi casa y hasta mis cuentas bancarias y mis documentos personales; sin embargo, nadie me recordaba ni había indicios de mi tránsito por el plano material. Ni siquiera encontré mi tumba. Cabizbajo, me senté en una banca de hierro, en un parque, donde escuché los murmullos infantiles y contemplé la convivencia familiar, el gusto de los enamorados y el color de las flores. Al agacharme, descubrí en la tierra un pequeño charco, demasiado insignificante para la gente que paseaba, de tal manera que reflejaba la inmensidad del cielo azul. Reflexioné, entonces, en cómo algo tan minúsculo tenía capacidad de proyectar la belleza y la grandiosidad celeste. Miré a la gente, unos leyendo el periódico, algunos abrazados, otros en los juegos mecánicos, en las bancas o caminando, y todos consumiendo los minutos de sus existencias. Casi nadie contabiliza los momentos de la vida porque pasan imperceptibles; no obstante, comprendí que amplio porcentaje de hombres y mujeres desperdician los años de sus existencias en apetitos pasajeros, banalidades, estulticia, modas y superficialidades, generalmente con mayor interés en el calzado que en el sendero y en las huellas, más proclives al destello de un automóvil que a una caminata inolvidable. Les interesa mucho el yate y suelen desdeñar el bote de remos que quizá les entregaría una aventura inolvidable. Es que ahora, ausente de cuerpo, sé que la vida se compone de momentos y que cada instante debe experimentarse en armonía y equilibrio, con total plenitud. La familia, el ser que uno elige como un gran amor y las verdaderas amistades, son un tesoro invaluable. La gente merece respeto. Felices aquellos que no juzgan ni hieren a los demás. Dichosos quienes más que exhibir manos con el brillo del oro y los diamantes, poseen huellas de sus actos nobles. El amor, la honestidad, la nobleza de sentimientos, el bien y la verdad provocan que las almas resplandezcan. Los rostros engreídos, la ambición desmedida, las manos que arrebatan, no pertenecen a los seres humanos más dichosos. Hay que reír sin mofarse de los demás. Muchas veces, en lo sencillo están lo bello y la riqueza. El cielo se alcanza no con la opulencia material ni con una colección de apetitos carnales; se conquista con sentimientos, ideas, actos y palabras positivos. Si tuviera oportunidad de retornar a la vida e iniciar mis años primaverales, correría hacia mis padres y los abrazaría con amor; lo mismo haría con mis hermanos. Lejos de atesorar mis juguetes, los compartiría. Cumpliría con el estudio, las tares y los exámenes, en la escuela; pero no me sentiría tan tenso porque después de todo se trata de un ciclo y las verdaderas pruebas de la vida no son a través de altas calificaciones, sino de la capacidad de respuesta que se tenga ante cada situación. No me aterrarían esos profesores endiosados y denunciaría a los malos compañeros, a los que suelen abusar de los débiles y pequeños. Ayudaría en las labores de casa, pero también jugaría y me divertiría intensamente. Desde los primeros años tendría conciencia de la brevedad de la existencia y trataría, por lo mismo, de enojarme menos, amar más, reír mucho, dar de mí a los demás y trazar rutas con mi ejemplo y mis huellas. No perdería los años en la obsesión miserable de acumular una fortuna, pero viviría dignamente. No fijaría mis metas y resultados en los rostros adustos y las actitudes burdas, sino en mí, en mi capacidad de respuesta y evolución. Me enamoraría fielmente y cultivaría un amor auténtico y dulce. Fabricaría sueños que envolvería en burbujas de cristal para posteriormente reventarlas con alegría e ilusión y hacerlas realidad. No desperdiciaría el tiempo en amargura, odio, envidia y resentimiento. No encadenaría mi vida al miedo y la tristeza. Sería cariñoso y sensible. Derrumbaría muros y aniquilaría la discordia, el coraje, la soberbia y el desprecio a los demás por sus creencias religiosas, su raza y sus ideologías. A uno, a otro y a muchos seres humanos más les estrecharía las manos para formar un gran círculo y sentirnos hermanos. Sería un niño feliz, un adolescente alegre, un joven pleno, un hombre maduro íntegro y un anciano dichoso, bueno y sabio. Haría feliz a la gente que me rodeara. Me convertiría en el hijo, el hermano, el padre y el abuelo ejemplar e inolvidable. Tendría amigos y no enemigos. Evitaría vivir endeudado. Recordaría que el amor, las cosas y la fortuna no solamente son para uno y los seres amados, sino para el bien que se pueda hacer a los demás. Construiría puentes y escalinatas, derrumbaría fronteras y murallas, buscaría los rumores del silencio y también me uniría a los susurros de la vida. Aprendería desde el amanecer de mis días que la vida merece experimentarse con nobleza, armonía, equilibrio y plenitud. No tendría ansiedades ni temores. Protagonizaría la historia humana más noble, intensa, sublime, bella e inolvidable; sin embargo, una noche asomé al espejo y no descubrí mi imagen porque ya era tarde y estaba muerto. Antes de desvanecerme, grite: “¡La estancia en el mundo es breve! ¡Vivan!”

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La idea de la finitud

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 A la memoria de Gonzalo Rojon Serrallonga

 La idea de la finitud, es cierto, quebranta todos los esquemas de los seres humanos; sin embargo, entre el cunero y el sepulcro solamente hay un suspiro, un abrir y cerrar de ojos, un paso. Un día naces y al cabo de las horas y los años, desciende el telón. Vita brevis, la vida es breve, demasiado corta, como para desperdiciarla en lamentos y tristezas, en rencores y esperas que no llegarán. Merece experimentarse en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con un rumbo bien definido y con amor, alegría, justicia y honestidad. En uno radica la decisión de convertir los capítulos de su existencia en una trama insípida, como tantas que hay, o protagonizarla, a pesar de las circunstancias, para que sea una historia alegre, irrepetible, maravillosa, intensa, sublime, bella e inolvidable. El nacimiento de un ser es la aurora y si bien es cierto es motivo de alegría, cuesta venir al mundo a probarse a sí mismo; el ocaso, muchas veces provoca lágrimas y tristeza, quizá porque la mayoría desconoce que la transición solamente es el camino a una vida más grande. Cada instante es irrepetible. La caminata del tiempo es impostergable. Hay ser felices con lo que somos y seguir adelante para que nuestras existencias no sean notas discordantes, sino la más magistral de las sinfonías.

Vida y muerte

“Ya casi con un siglo encima, el violinista sentía un peso inaguantable y, además, los estigmas de las ausencias. Conocía el dolor de la partida. Alguna vez, en años juveniles, había dicho adiós a sus abuelos, padres y hermanos, como después lo hizo con toda la gente querida y con los signos que le resultaban familiares. Por vivir tanto, conocía la angustia y el drama de separarse de la familia, de los amigos, de los vecinos, de la juventud, del vigor, de la salud, de la vista y ya casi de la vida…” Fragmento de la novela “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, de Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Ediciones Papiro Omega, México.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todo inicia con llanto y concluye con un suspiro, como si la vida y la muerte se empeñaran en anunciar que están conectadas, que son sucesión una de la otra en un ciclo que parece inacabable porque al consumirse el día, siempre llega la noche, y tras las sombras nocturnas, aparece la luminosidad de la mañana.

Un día, el padre y la madre, atrapados en sus alegrías e ilusiones juveniles, asisten muy puntuales a su cita con el destino, al nacimiento de sus hijos, y así protagonizan su historia en el pequeño mundo que llaman hogar.

Es allí, en el hogar, donde padres e hijos ensayan las interminables pruebas de la vida y la casa se convierte en guardería, con las cunas, los biberones, las sonajas y los pañales; en jardín de niños, con los juguetes, las risas inocentes y el aprendizaje; en escuela, en colegio, con los pequeños y adolescentes que preferirían quedarse entre las cobijas o distraerse en vez de realizar las tareas, y los jóvenes universitarios, preámbulo de hombres y mujeres que repetirán la historia; en biblioteca, cine, dormitorio, comedor, sala de juntas, capilla y escenario de incontables capítulos existenciales.

Igual que la flor que un día brota de la tierra y recibe el rocío de la mañana, en el jardín o en la campiña, y se marchita al caer la tarde y regresar la penumbra de la noche, los rostros humanos se cubren de jeroglíficos que anticipan una ancianidad inevitable, hasta que de pronto son reclamados por los sepultureros

Quedan como testimonio de las alegrías y la vida, de las ilusiones y tristezas, de la fe y la esperanza, del amor y el odio, de los triunfos y fracasos, de los sueños y la realidad, de lo bueno y lo malo, las acciones, las palabras que fueron pronunciadas, las cosas, los retratos, las huellas.

Uno mira, en los colegios y los parques, a los niños que sonríen, juegan y corren, con sus cuestionamientos e inocencia, en su etapa de formación; a los adolescentes, envueltos en su proceso de metamorfosis, con su rebeldía e inquietudes; a los jóvenes, en sus estudios y fiestas, en los sueños que forjan; a los hombres y mujeres de edad madura, en medio de la contienda; a los ancianos y enfermos, en sus horas postreras, entre sus recuerdos y realidad, apoyados en una mano fraterna, en un bastón o en los muebles y barandales, como si contaran el tiempo y sus historias repetidas.

Vita brevis. La vida es corta, los años son breves, como un suspiro, y tras navegar por los océanos de la existencia, uno se convierte en eco, en ayer, en fragmento, en historia, en recuerdo, en olvido.

La naturaleza enseña, a través de las cuatro estaciones, las etapas de la vida. Hay quienes piensan que la primavera es permanente, quizá porque no imaginan que el período final es el del invierno, sin olvidar, evidentemente, las pruebas del verano y el otoño. Hay auroras, mediodía, tardes, noches y madrugadas. Uno es el pasajero que recorre todas las estaciones sin posibilidad de quedarse permanentemente en alguna.

Resulta evidente que las manecillas del reloj transitan impostergables, indiferentes a la vida, a las cosas, porque su amo, el tiempo, impone marcas a quienes se atreven a desafiarlo.

Este día, mientras limpiaba y ordenaba la biblioteca, descubrí fotografías en las que aparecen mis padres, libros que leyeron, cuadernos en los que anotaron sus reflexiones, cartas que recibieron, objetos que sostuvieron en sus manos, trozos que atestiguaron su caminata por el mundo, y al mirarlos, al tocarlos, sentí su presencia etérea, acaso por el impacto de los recuerdos, quizá porque reencontré su esencia en algún rincón de mi alma.

Conmovido, seguí buscando documentos y fotografías, hasta que encontré los que correspondieron, en su época, a mis antepasados. Nadie los recuerda porque no solamente se transformaron, al paso de las décadas, en ayer, sino en polvo. Ellos -mis antecesores-, junto con sus ancestros y descendientes, están condenados, como la mayoría de los seres humanos, a que nadie los recuerde. Todo, al final, se vuelve polvo. El olvido, parece, es más supremo que el recuerdo.

A diferencia de otros días, hoy no quedé atrapado en la estación gris y desolada; preferí abordar el tren y seguir viajando por la vida. Guardé, en una parte especial del equipaje, los recuerdos, no porque me estorben ni por pretender quedar atado a sus ecos, sino como parte de mi historia y por si algún día, en determinado momento, los necesito para reencontrarme y repasar lecciones, pero nada más.

Una madrugada, en la brevedad de su agonía inesperada, mi padre señaló a mi madre su corazón y de inmediato se desplomó su brazo. Otro día, muy temprano, mi madre concluyó su jornada existencial cuando más dichosos nos sentíamos.

Por primera vez, con mis padres, viví la experiencia de la pérdida, la sensación de la ausencia. Miré la bóveda celeste y pensé que en mi mundo, al menos en mi existencia, faltaban dos luceros, hasta que aprendí que nadie muere porque la esencia es infinita y la vida se renueva cada instante.

Confieso que el llanto me asfixiaba cuando recordaba a mi padre, a mi madre, durante las noches silenciosas, al llover torrencialmente, en las madrugadas solitarias, al amanecer, cada instante de mi existencia, porque si miraba las estrellas, si sentía las caricias de la lluvia, si el sol alumbraba el jardín, creía que algo vital faltaba en mí y a mi alrededor; pero un día comprendí, y así lo sentí, que ellos se encontraban en mi interior, en mi esencia, y admito que entonces los encontré en la policromía de las flores, en los ósculos del aire, en las tonalidades de la campiña, en la majestuosidad del océano, en el perfume del bosque, en la sinfonía de las cascadas, en la libertad de las aves.

Si la flor, en su fugaz existencia, tiene oportunidad de renacer, y si las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, revientan al recibir la mirada del sol y el soplo del viento, y después de viajar por la corriente retornan a la fuente para un día volver a brotar, estoy convencido de que todos los seres tenemos la dicha de mecernos en el deleite de la inmortalidad.

Ahora que miro los otros días, los de antaño, y contemplo los de mañana, sé que me encuentro en medio, en la embarcación del hoy, y que sólo dispongo de este momento para ser dichoso, experimentarlo intensamente, dejar huellas indelebles y protagonizar la historia más grandiosa e irrepetible, la de mi vida.

Me encuentro, parece, en una embarcación que algún día anclará en un muelle para que descienda con mi equipaje, con lo bueno y lo malo de mi vida, con las luces y sombras de mi existencia. He decidido, por lo mismo, experimentar el paseo de mi existencia con plenitud.

Las cuatro estaciones -primavera, verano, otoño e invierno- me dan una gran lección. Ahora, al entender que no hay ocaso sin aurora ni vida sin muerte, comprendo que existe una conexión etérea entre ambas y que no tiene sentido pensar con dolor y tristeza que el nacimiento y la expiración son motivo de llanto porque la luz y la sombra, después de todo, se complementan para manifestar las leyes más bellas y sublimes de la creación.