¿De qué estamos hechos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿De qué estamos hechos? ¿Acaso de amor, bondad, sentimientos nobles y alegrías, o de odio, tristeza, maldad y temor? ¿De qué?, insisto. ¿Probablemente de alientos y suspiros, de corrientes etéreas, de pedazos de cielo y migajas de trigo, o de cauces secos y ranurados, abrojos y parásitos? ¿Es todo?, pregunto. ¿Quizá de tapices de piel, de engranajes orgánicos, de miradas, de sensaciones? ¿Tal vez de recuerdos, de ecos perdidos en un ayer, de momentos presentes, de imágenes futuras? ¿Estamos compuestos de sueños, de vivencias, de recuerdos, de desmemoria? ¿O somos nada, vacío insondable, polvo disuelto? ¿De qué estamos hechos? ¿De bien, de mal, de ambos? ¿Dioses?, ¿ángeles?, ¿demonios?, ¿simplemente humanos? ¿Todo y nada? ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestra fórmula? ¿Agua, fuego, tierra, viento, algo más? ¿De qué estamos hechos?, interrogo de nuevo ante la urgencia de dar respuesta a mi ser inquieto. Pienso que somos principio y fin, eternidad, fuente, luz, esencia, envueltos en arcilla, en barro de apariencias temporales, y que cada uno, de acuerdo con su nivel evolutivo, con la frecuencia vibratoria que emana, es cielo, mundo o infierno, y define, en consecuencia, su ruta, su destino. No somos causalidad ni resultado de ecuaciones torpes, y menos producto de un idilio pasajero y caprichoso. Sencillamente, tú, yo, ella, él, ustedes, ellos, nosotros, somos extraordinarios, almas luminosas que transitamos momentáneamente, en el mundo, de una estación a otra, con oportunidad de hacer del viaje una excursión grandiosa e inolvidable, a pesar de los días soleados y de las noches de tempestad. No es natural morir en el abandono de sentimientos. La vida es algo más, y nosotros también.

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Somos más pobres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy noto mayor pobreza que antaño, cuando era niño, entre el ocaso de la década de los 60 y la aurora de los 70, en el inolvidable siglo XX, época en la que aún había mucha gente analfabeta y descalza, en el país donde viví; pero quizá más amable, tranquila, feliz y sencilla porque la mayoría no competía por presumir marcas de prestigio ni rivalizaba por estrenar un automóvil lujoso, como ahora lo hacen tantos, orgullosos de sus apariencias y presurosos de esconder sus orígenes y sus deudas. La gente consumía productos naturales y se las ingeniaba para coexistir y reparar sus cosas. El tiempo parecía más extenso, pero era el mismo que hoy. Simplemente, no se desperdiciaba en elementos tan enajenantes. Y no solamente me refiero a la pobreza material, a las desigualdades sociales que laceran al mundo, con una élite millonaria y poderosa y multitudes que carecen de agua, salud, alimentación, vivienda, seguridad y educación, sino a la miseria humana, la cual va más allá de que la gente posea fortunas o se encuentre en el pauperismo, y sin distinciones de raza, creencias y niveles de escolaridad. Percibo una peligrosa ausencia de sentimientos nobles, una evasión al bien y a los compromisos, una gran irresponsabilidad y una falta preocupante de raciocinio, sentido común y respeto. Ahora, en el siglo XXI, los seres humanos disponemos de mayores comodidades y acceso a la ciencia y la tecnología, y hasta en segundos tenemos oportunidad de comunicarnos con gente de otras regiones del planeta; no obstante, parecemos disgustados con nosotros y con la vida, estamos rotos, somos contradictorios e incapaces, en la mayoría de los casos, de construir senderos y tender puentes. Permanecemos en continua discusión y enemistad, unos con otros, dentro del tramposo juego de los opuestos. Nos utilizamos para, finalmente, desecharnos, igual que se hace con los productos en serie. La desintegración familiar, el odio, la violencia, el miedo, la inseguridad, el egoísmo y la ambición desmedida, entre otros males, forman parte de las prácticas cotidianas que aplastan y entierran el amor, la dignidad, el respeto, la tolerancia, el bien y la armonía. Volteo a mi alrededor, a los lados, adelante, atrás, en los automóviles, en el transporte público, en los centros comerciales, en los mercados, en todas partes, y descubro, tristemente, discordia, agresividad, rostros compungidos, enojo, crueldad, egoísmo. Hemos perdido el respeto a nosotros y a los demás. Pisamos los derechos y las libertades. De no ser por las cuentas bancarias, las propiedades inmobiliarias, los automóviles, las alhajas, los títulos académicos y las superficialidades que rara vez utilizamos para bien de otros, parecemos seres muy primarios. Hemos empobrecido. ¿Cómo podrá una especie, en proceso devolutivo, superar los desafíos y enfrentar los retos de la hora contemporánea? Alguien que se interesa exclusivamente en satisfacer apetitos primarios, en consumir y en desechar, en denigrar a otros con el objetivo de destacar y obtener mayores beneficios, en arrebatar oportunidades, en engañar, en ataviarse con apariencias, en ambicionar lo que no les corresponde y en reprimir y burlarse de los demás, ¿tendrá capacidad para hacer algo grandioso por la humanidad, extenderá las manos para apoyar a los que sufren, podrá derramar bien en torno suyo? ¿Dónde se encuentran los hombres y las mujeres que en un futuro próximo tendrán que intervenir con el objetivo de rescatar a la humanidad y salvarla? Hay gente buena, es cierto; pero lamentablemente, el bien y la verdad, los sentimientos y la razón, la vida y los sueños, son confinados en la desmemoria para evitar que se interpongan al plan maestro de fabricar criaturas en serie y ausentes de sí, desprovistas de creatividad e ilusiones, enajenadas y dispuestas a ser cifra, estadística, número. Hemos empobrecido.

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¿Aún vivimos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Creemos, ingenuamente, que estamos vivos, acaso sin entender que hace tiempo morimos. Miramos nuestras imágenes en los espejos y hasta saciamos apetitos, y suponemos, por lo mismo, que seguimos vivos. No reconocemos nuestros nombres, apellidos y biografías, inscritos en sepulcros inexistentes, en tumbas desoladas, en criptas sin flores. No nos reconocemos ni recordamos la fecha en que hicimos feliz a alguien, regalamos una cobija al que tenía frío, dimos un consejo al que iba a suicidarse o consumir drogas, sonreímos al caminante entristecido o cedimos nuestro platillo al que padecía hambre; pero resguardamos en la memoria, con abundancia de detalles y emotividad, el día y la hora en que compramos un auto lujoso, el momento en que adquirimos un anillo de oro con diamantes y el año en que hicimos un negocio redituable. Nadie dijo que la ambición y las cosas materiales sean malas e indignas. El problema es que, al paso del tiempo, cubrimos nuestros aspectos y existencias con tantos atuendos, que olvidamos quiénes somos. Preferimos hablar sobre fragancias -lo que es legítimo- y olvidamos profundizar en la esencia. Nos enamoramos de las apariencias, hasta que su brillo cegó nuestras miradas y conciencias. Y así sepultamos y olvidamos lo que éramos, la fuente de la vida, lo que nos daba sentido. Morimos a partir del instante en que olvidamos que nosotros, hombres y mujeres, somos hermanos y dejamos, en algún sitio, o en la nada, el amor, las sonrisas, el respeto, la dignidad, el trato amable, la tolerancia, el bien y la verdad. Estamos muertos, insisto, porque en alguna parte renunciamos, intencionalmente o por descuido, al milagro de la vida. Nos mataron el desamor, la ignorancia, el odio, la crueldad, el miedo, la violencia, el rencor, la injusticia, el afán de acumular fortunas inhumanas, poseer en exceso, dominar, la afición de colocarnos máscaras y disfraces y el delirio de tratar de satisfacer, casi exclusivamente, apetitos primarios. Recordamos el modelo de un automóvil de colección o de lujo, y la marca de un perfume distinguido y elegante, y eso es formidable y causa emoción; pero olvidamos extender las manos no con el objetivo de arrebatar o recibir, sino de dar de nosotros lo mejor, lo más noble, principalmente a aquellos que, por sus condiciones humanas de enfermedad, ignorancia o pobreza, más lo requieren. Morimos antes de la masacre del coronavirus y de lo que una élite tiene planeado, y si en verdad deseamos abrir los ojos, despertar de las pesadillas, las redes y las telarañas que hemos tejido, en unos casos, y que, en otros, algunas más han tendido sobre nosotros. Volveremos a nacer cuando amemos y experimentemos, desde el interior, los sentimientos y los valores que, alguna vez, cegados y ensoberbecidos, dejamos perder. ¿Renaceremos esta tarde, mañana temprano, alguna noche o cierta madrugada? No lo sabemos. Cada uno decidirá si vive o muere antes de que las manecillas indiquen la hora de partir definitivamente. Aquí nos encontramos, en medio del mundo, con la creencia de que vivimos y sin sospechar que hoy, al consentir la descomposición humana, estamos muertos.

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Mundo con sobrantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Reconciliación, armonía, respeto, perdón y comprensión son palabras que, conforme transcurren los días, se convierten en significados incomprensibles y lejanos, casi en piezas de museo, en términos de consulta en diccionarios y compendios de historia. Al menos, en la vida cotidiana, aquí y allá, en distintos ambientes y rincones del mundo, la realidad demuestra que se trata de conceptos que gradualmente pierden sentido y valor. Las sociedades de consumo y desecho, las naciones de “utilícese y tírese” -personas, alimentos, bebidas, ropa, diversiones, cosas, mercancía, todo-, han perdido el respeto a sí mismas, en lo individual y en lo colectivo, y hoy se agreden e insultan con mayor intensidad que sus saludos, gestos amables y sonrisas. El desdén, el odio, la envidia, el resentimiento y el desprecio hacia los demás, son tan comunes que parece natural que la gente, en las redes sociales y en las secciones destinadas a las opiniones de los lectores, en el caso de las páginas de noticias, se amenace y se ofenda, como lo hacen, en las avenidas y en las calles, los automovilistas que embisten a los peatones y escandalizan con los motores y las bocinas al faltarse al respeto. Hay quienes se matan por una discusión, un motivo estúpido o una diferencia en la forma de creer o de pensar. Si millones de hombres y mujeres no se sienten a gusto ni en paz consigo, menos capacidad tienen, en consecuencia, de tolerar a quienes les rodean. Son tan patéticos el desprecio y el odio, que, incluso, hace días lo leímos y miramos en las redes sociales, muchos, en broma o en serio, maldijeron el año 2020 por lo que les representó, cuando las fechas y el tiempo son indiferentes al bien o al mal que la humanidad se provoca a sí misma. Existe descontento en las personas. El problema es humano, global, no de una clase social. Artistas, científicos, intelectuales, empresarios, líderes, políticos, estudiantes, académicos, inversionistas, obreros, profesionistas y empleados, entre otros, han resbalado y se encuentran atrapados en sus propias trampas. Algo anda mal. Los gobiernos, las élites y los grupos radicales continúan empecinados en la necedad de estancarse en una guerra carente de sentido, en el juego peligroso de los opuestos, y su odio aumenta, cada día, contra aquellos que no comparten sus formas de creer, sentir, pensar y vivir. En los programas de radio y televisión, en internet, en todas partes, incontables personas transpiran enojo, agresividad e intolerancia. ¿Dónde abandonaron, tales seres humanos, su capacidad de aceptación, comprensión, perdón y tolerancia? ¿Por qué son capaces de insultar a quienes no sienten ni piensan igual que ellos? ¿En qué momento renunciaron a la amabilidad, el respeto, la aceptación, el perdón y la tolerancia? En un mundo que agoniza por tantas causas, la mayoría propiciadas por seres humanos, sobran los enojos y faltan las sonrisas, lastiman las agresiones y se extrañan los sentimientos nobles.

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El juego de los opuestos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mundo, en sus expresiones, es dual: vida-muerte, inicio-final, día-noche. masculino-femenino, rumor-silencio, luz-oscuridad, arriba-abajo, mayúscula-minúscula. Se trata, innegablemente, de uno y otro, distintos entre sí, que se complementan y parecen inseparables dentro de un proceso natural, principio que si la humanidad comprendiera, tendría oportunidad de hacer de su estancia terrena un paseo con mayor encanto, armonía y equilibrio, más allá de las condiciones que toda persona experimenta en temas de salud, alimentación, estado de ánimo, genética, creencias y posición socioeconómica. La dualidad es un tema complejo, digno de estudio, análisis y reflexión; no obstante, aquellos que ostentan el poder global y, por lo mismo, corrompen y manipulan gobiernos, medios de comunicación, economías y sistemas educativos y de salud, tienen el proyecto, como parte de un plan maestro y perverso, de desgarrar a los seres humanos, fraccionarlos, debilitarlos y enfrentarlos por sus diferencias, hasta romperlos y ejercer control absoluto sobre ellos y apoderarse de las riquezas del planeta. Una de sus estrategias, aplicadas gradualmente durante años, se basa, precisamente, en crear opuestos en las personas, de tal manera que, por sus diferencias, se consideren adversarios y se fracturen. Lo han conseguido. Hoy presenciamos el escenario terrible. Millones de personas, distraídas y enajenadas en asuntos baladíes, estulticia y superficialidades, consintieron irresponsablemente, desde hace décadas, que la televisión los suplantara en el hogar, en las escuelas y en todas partes, hasta convertirla en nodriza de incontables generaciones con sentimientos, conductas y pensamientos repetidos, incapaces de hacer algo grandioso, y no me refiero a las enormes e hirientes fortunas que acumulan personajes como gobernantes y políticos corruptos, sino a esos detalles que, acumulados, marcan la diferencia entre la esencia y la arcilla. La gente, sometida a las páginas cibernéticas y a las redes sociales mal utilizadas -desde luego, con cierta intencionalidad-, está vacía e incompleta, atorada en hilos que alguien maneja en el circo de marionetas, mientras otros, sus cómplices, alteran la temperatura con la idea tramposa de generar calor e incrementar el consumo de bebidas. Al mirar a nuestro alrededor, notamos con asombro y mortificación la discordia y el odio que cotidianamente se registran en hogares, escuelas, centros laborales y espacios públicos, donde rivalizan padres e hijos, maestros y alumnos, gobernantes y sociedad, patrones y empleados, jóvenes y viejos, pobres y ricos, académicos y analfabetos, élite y multitudes. Son enemigos entre sí. No están dispuestos a escuchar ni a tolerar. Unos y otros, por ser diferentes, se hieren y destrozan. Ignoran que las coincidencias fortalecen y las diferencias, en tanto, enriquecen a las personas cuando saben vivir en armonía, con paz y respeto. La sociedad ha permitido que otros, no más inteligentes, pero sí con mayor astucia y crueldad, la enfermen. Ahora, hombres y mujeres coexisten incómodos, totalmente vacíos, lastimados y, obviamente, atrapados en ideas estúpidas e insanas. Los rostros negativos de la humanidad -maldad, crimen, robo, violencia, odio, deshonestidad, violación, engaño, ambición desmedida, infidelidad- fueron normalizados paulatinamente por televisión, primero, y actualmente, a través de ciertas páginas y las redes sociales, mientras el semblante positivo, con sus valores y sentimientos, fue pisoteado, envejecido y ridiculizado, acción que ya registra consecuencias en la sociedad enferma, ignorante, primaria y mutilada que hoy vemos atrás, enfrente, a los lados, en todas partes. Nunca se ha sabido que la montaña, por rozar su cima con las nubes y mirar el paisaje desde la altura, aplaste a las flores, los ríos, los árboles y los seres que coexisten en hondonadas, barrancos y llanuras; tampoco existen noticias de que el día pelee con la noche ni que el minuto presente desee apropiarse del lapso que corresponde a su relevo, y menos que las gotas de agua, al llover, seleccionen a los seres que han de refrescar. Todo, en la naturaleza, tiene un orden y un sentido. El caos inicia cuando alguien rompe la armonía y el equilibrio. A la gente se le hace creer que la dualidad es el juego de los opuestos y que, en consecuencia, resulta perentorio enfrentarse entre sí, destruir los principios que la sostienen y atacarse, en el coliseo que replican en sus casas, escuelas, oficinas, talleres, empresas, centros laborales y espacios públicos. La dialéctica de los opuestos ha propiciado que millones de hombres y mujeres, en el planeta, sean los gladiadores de los anfiteatros contemporáneos, donde el ambiente pútrido enferma y mata.

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El sí y el no

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si el concierto de las aves y los susurros del aire son fragmentos de las notas de Dios? ¿Y si todo es signo de una partitura magistral y, en consecuencia, es voz de la misma sinfonía? ¿Y si las palabras escritas y pronunciadas, a cierta hora, son ecos de música, pedazos de matices, trozos de formas? ¿Y si tu voz y la mía pertenecen al lenguaje de otros? ¿Y si las flores, las cortezas enlamadas y las frondas de los árboles, al reflejarlas los lagos y las represas, parecen lienzo raptado del mismo paraíso? ¿Y si los seres humanos solo se disgregaron y su familia son las plantas, los animales, los abetos, las orquídeas, los tulipanes? ¿Y si los pétalos y las espinas se complementan y también se integran a la piel, a las escamas, a las texturas? ¿Y si los rumores son silencios y los sigilos, en tanto, susurros interminables? ¿Y si el océano y las tormentas tienen parentesco con la pinacoteca celeste? ¿Y si la finitud únicamente es rostro desprendido de la eternidad? ¿Y si los sueños son la otra parte de la vida? ¿Y si existen mundos paralelos en los que, nosotros, somos buenos y malos? ¿Y si el bien es la luz, el agua diáfana, las gotas que brotan de la fuente inagotable, y el mal, en cambio, es oscuridad y mezcla de líquido estancado con tierra? ¿Y si los niños, adolescentes y jóvenes son las personas maduras que transitan por el mundo y los ancianos que reposan en sus asientos de remembranzas? ¿Y si el titiritero de la humanidad es cada persona? ¿Y si las mujeres traen consigo la receta de los hombres, y ellos, en cambio, poseen las fórmulas de ellas? ¿Y si los colores son fragancias y sabores? ¿Y si el sí y el no de la vida nadan en la misma corriente? ¿Y si alguien pertenece a cierta familia, a un grupo evolutivo, y, a la vez, a una generación y a todas las que han transitado y vienen? ¿Y si la piedra, el mineral y la arena se encuentran dispersas, en sus ambientes, y sienten el paso de la lluvia, el viento, la nieve, el calor y el frío? ¿Y si el día no se manifiesta sin la presencia anticipada de la noche? ¿Y si la enfermedad, la muerte, el odio, la tristeza y el mal son ruinas y sombras, exclusivamente, de la salud, la vida, el amor, la alegría y el bien? ¿Y si el mundo y otros planos se desprendieron de un cielo infinito? ¿Y si la muerte y la vida se parecen tanto y solo se trata de un viaje previo a la inmortalidad? ¿Y si la arcilla resulta animada por la esencia y el alma, a la vez, es destello de Dios? ¿Y si solamente es preciso escuchar los murmullos y sigilos que provienen del interior y conciliarlos con los apuntes de Dios para ser uno con el todo y ya no sufrir ni morir tantas veces y sí, en cambio, disfrutar la corriente etérea que fluye? ¿Y si en vez de pisar charcos con reflejos, decidimos sumergirnos en las profundidades del ser y descubrir las riquezas inconmensurables? ¿Y si de pronto, al unir las piezas, cada uno descubrimos que somos algo más que seres humanos?

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La señora

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“En las calles de la ciudad, el odio y la violencia suplen la ausencia de orden, seguridad y servicios”, expresó el taxista que me condujo a la central de autobuses, quien recomendó: “mi consejo es evitar involucrarse en agresiones, insultos y discusiones”.

Relató que días antes, cerca del Centro de Convenciones de Morelia y Plaza Fiesta Camelinas, en la capital de Michoacán, una mujer ofendió y retó a golpes a otro conductor, quien irascible descendió del automóvil y la derribó al asfalto de un puñetazo. Ante la mirada atónica de los testigos, el hombre abordó su vehículo y abandonó a la señora, quien herida, cubría su rostro y lloraba encolerizada e histérica.

El taxista insistió en que actualmente se detecta exceso de agresividad, nerviosismo y violencia en hombres y mujeres por igual, y lamentó que ni siquiera se interesen en su integridad física ni en la educación y el ejemplo que dan a sus hijos. “Se parecen a nosotros, los choferes del transporte público, que somos cafres”, reflexionó.

Recordé al taxista porque hace un par de días, en la tarde, caminaba por las calles de un fraccionamiento, al sur de la ciudad de Morelia, cuando inesperadamente descubrí que una mujer arrancó su automóvil -no recuerdo si Honda o Civic- y avanzó en reversa sin mirar los espejos retrovisores. Frenó cuando el vehículo casi me embestía.

Al subir a la banqueta, miré hacia la ventanilla por la que asomó la señora encolerizada, quien a gritos y majaderías me culpó de un accidente que ella, no yo, iba a provocar por falta de preocupación e imprudencia. Las amenazas, maldiciones y groserías femeninas se acentuaron.

Preferí seguir mi camino y no atorarme en los arrebatos de una señora perturbada. Apenas había dado unos pasos, cuando escuché que aceleró bruscamente el automóvil y frenó igual, con rudeza. Continué mi marcha, pero me siguió en el vehículo.

Observé la dilatación de su mirada. El rostro estaba descompuesto. Me retó a golpes. No contesté ni atendí su provocación. Con el vocabulario de cantinero o de pendenciero, aseguró que me faltaba valor para pelear con ella. No respondí, actitud que estimuló su irritación.

Al no contestarle, preguntó dónde vivía porque su marido, a quien narraría mi supuesta falta de respeto, me buscaría para aniquilarme. Refiriéndose a una niña que caminaba cerca de mí, a quien aparentemente confundió con algún familiar mío, vociferó y preguntó que si no me avergonzaba comportarme grotescamente frente a una criatura.

Ofuscada y con ridícula capacidad histriónica, la señora se dirigió nuevamente a mí como víctima y dijo que era mujer, una dama educada, y que yo la había ofendido y amenazado. Pensé en el alto grado de peligrosidad de esa persona, sobre todo en un país donde las autoridades son corruptas y las leyes tan ambiguas que es posible mancillarlas y prostituirlas en contra de los inocentes.

Bien es sabido que en las calles hay personas que se dedican a extorsionar a otras. Las acusan de intento de violación o de otro delito y ya ante el Ministerio Público, exigen dinero a cambio de retirar la denuncia.

La apariencia de la mujer, sí, sólo eso, el aspecto, era de una persona de alrededor de 40 años de edad, quizá hasta respetable si se presentara en una institución bancaria o en cualquier lugar público; pero su conducta me pareció grotesca y riesgosa. La imaginé en el Ministerio Público, gritando, convirtiéndose en víctima, totalmente descompuesta y quizá hasta acusándome de agresor o violador.

Proseguí caminando, mientras ella, la señora que se autocalificó como dama ofendida, me amenazó y maldijo nuevamente. Arrancó su automóvil en otro arrebato de coraje, hasta que se alejó.

De inmediato recordé las palabras del taxista: “hay mucho odio y violencia en las calles de la ciudad. Mi recomendación es no involucrarse en discusiones y pleitos”. El hombre tenía razón. Lo comprobé con la señora imprudente que casi me atropellaba y retó a golpes. Es verdad, las calles mexicanas han deformado su antiguo rostro apacible por uno desgarrador e intoxicado de rencor y agresividad.