La pista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi madre

“Hay que correr a un ritmo que nos mantenga en el primer plano, pero que agote a nuestros competidores”, propuse a mi amigo y compañero de entrenamiento matutino, a quien invité a convertirnos en los mejores atletas de la universidad.

Ambos notamos que al entrenador le agradaban los halagos de nuestras compañeras y que sólo cumplía con las rutinas de ejercicios que asignaba al grupo heterogéneo a partir de las siete de la mañana, de lunes a viernes, para lo cual le pagaba la institución universitaria. No daba más de sí. Si pretendíamos destacar en atletismo, como era nuestra aspiración, tendríamos que ser disciplinados y especializarnos en la carrera de 10 mil metros.

Todos los días, acompañados de la mascota universitaria -un mastín napolitano-, seguíamos las instrucciones del entrenador, casi siempre con el anhelo de concluir la rutina de ejercicios para continuar con lo que nos apasionaba, las 25 vueltas a la pista, a un ritmo que no provocara cansancio en nosotros, pero sí en nuestros más cercanos adversarios deportivos.

En aquellos años juveniles, mezclaba el estudio con el empleo, la literatura y otras actividades y aficiones; sin embargo, el atletismo me apasionaba y deseaba ser el mejor. En la infancia, mi madre había influido para que me fascinaran los deportes y sintiera atracción irresistible por los juegos olímpicos.

Fue así que en la aurora de mi infancia, aproveché las vacaciones para mirar las transmisiones olímpicas y entre una competencia y otra, salir al jardín enorme que poseíamos, con algunos árboles, plantas y escondrijos insospechados, precisamente con la intención de correr. Hasta diseñé, con dibujos, cartulina, estambre y otros materiales, las medallas que obteníamos mis hermanos y yo al competir.

En general, me llamaban la atención deportes como atletismo, basquetbol, esgrima, gimnasia, karate, natación, tenis y volibol. Confieso que nunca me agradaron el box y el futbol.

Con tales sueños de la infancia, que siempre me mecieron en escenas fantasiosas de triunfo en una alberca o una pista olímpica, navegué hasta las horas juveniles, los días universitarios. Estaba frente ante la pista de la universidad, con un entrenador más interesado en bromear con mis compañeras, con una canasta pletórica de aspiraciones y con la ilusión de convertirme en atleta, en el mejor corredor de los 10 mil metros.

Un día a la semana, me trasladaba hasta un cerro dentro de la gran ciudad y allí, sin pensar en los riesgos, corría hasta la parte más elevada. Mientras corría, incluso en las zonas más abruptas, imaginaba que enfrentaba grandes retos y los superaba con éxito a base de constancia, esfuerzo y disciplina.

Al entrenador universitario nunca le llamaron la atención los avances significativos que presentábamos mi compañero y yo. Estaba más entretenido, una vez que concluía la rutina, en las conversaciones que entablaba con algunas de mis compañeras en el gimnasio escolar, en la manzana que le obsequiaba una amiga y en sus asuntos, que en el progreso de quienes verdaderamente deseábamos figurar en atletismo. Evidentemente, mi compañero y yo no pretendíamos desplazarlo ni apropiarnos de su plaza como profesor universitario. Nuestras aspiraciones eran superiores y bien intencionadas.

Nuestro pequeño mundo matutino, en la pista y el gimnasio, representaba una oportunidad para convivir y fortalecernos. Cierto, al paso del tiempo hubo quienes adquirieron pie de atleta y otras infecciones por prestar sus toallas y bañarse sin sandalias, mientras otros claudicaron, se conformaron con las rutinas o marcaron sus propias metas; pero nosotros, mi amigo y yo, proseguimos con nuestro proyecto de ser los mejores corredores de la universidad, y lo logramos.

Una mañana, el entrenador anunció que la pista y las instalaciones de la institución serían sede de un encuentro de atletismo interuniversitario, motivo por el que solicitó la participación de todos en tres disciplinas distintas. Como especialista en educación física, creo que debió valorarnos e inscribirnos de acuerdo con nuestros perfiles y capacidades; pero no lo hizo así y me anotó, sin preguntar, en salto de longitud y las competencias de 800 y cinco mil metros. Acaso por mi edad e inexperiencia, no repliqué; aunque me pareció absurdo y desgastante participar en actividades que no eran mi especialidad, principalmente en salto de longitud y la carrera de 800 metros.

Los días transcurrieron raudos, con sus claroscuros, con las cosas de la vida que unas veces son profundas y de gran significado y otras, en cambio, superficiales, fugaces. Era una mañana calurosa, la de la competencia interuniversitaria, en la que comprobé lo que antes había reflexionado: imposible obtener el triunfo en salto de longitud y 800 metros, cuando no estaba preparado para tales disciplinas. Mi especialidad era otra. Competí con entrega y pasión; sin embargo, ganaron los alumnos que durante tanto tiempo habían entrenado, como yo con los 10 mil metros, en tales actividades deportivas.

Ya desgastado física y emocionalmente por las tres participaciones mediocres que tuve en salto de longitud, preocupado y con el tobillo torcido, tontamente me sumé a los competidores de la carrera de los cinco mil metros, cuyo arranque fue fatal para mí porque la lesión muscular provocó que cayera al césped, a un lado de la pista, sin que se aproximaran a mí los paramédicos. Alguien preguntó si me sentía bien y se retiró.

Evidentemente, la de los 800 metros es la carrera inicial de medio fondo y la fórmula aplicable es resistencia sobre velocidad; pero la lesión que me provoqué desde la primera competencia, la de salto de longitud, me desgastó para participar en los cinco mil metros.

Mi amigo y compañero de carreras, quedó descalificado en las dos primeras disciplinas en las que estaba registrado porque llegó tarde y casi perdía la tercera, la de los cinco mil metros. Se integró con los competidores y ganó. Me alegró, en verdad, que obtuviera primer lugar porque lo merecía por su dedicación y esfuerzo; además, eso significaba que si yo me hubiera encontrado en excelentes condiciones físicas, habríamos conquistado un gran triunfo. Lo hizo él y me sentí feliz.

La ausencia de interés y sentido común por parte de nuestro entrenador, provocó que la institución universitaria sólo figurara en la carrera de los cinco mil metros. Cuán distinto hubiera sido obtener el primer y segundo lugares, junto con otros éxitos en diferentes disciplinas.

Aprendí que a pesar de que uno se encuentre preparado en ciertas actividades, no siempre es posible ganar por diferentes circunstancias, unas veces fortuitas y otras ocasiones, en cambio, provocadas. Es importante participar con optimismo y dar lo mejor de sí. En el camino se pueden presentar algunas situaciones, pero el hecho de no darse por vencido y luchar, engrandece a los seres humanos.

También comprendí que no todos los líderes son auténticos ni bien intencionados. A algunos, incluso, les falta experiencia o carecen de visión amplia, y conducen a sus seguidores al fracaso, como lo propició, en todas las competencias, excepto en la de los cinco mil metros, nuestro entrenador de atletismo. No fue un verdadero guía.

Recordé que aquí, en México, como en otras naciones subdesarrolladas, hasta en la participación de no pocos deportistas en encuentros internacionales, han influido más los favoritismos y recomendaciones que la capacidad, lo cual es notorio en los resultados, y no es que los competidores extranjeros sean superiores, pues simplemente cuentan con atención y apoyo por parte de las autoridades y otros sectores de la sociedad a la que pertenecen.

Aquella competencia interuniversitaria, me enseñó que uno debe tomar decisiones acertadas y enfrentar los retos con inteligencia, de acuerdo con las capacidades, experiencias y otros elementos, lejos de la coraza del egoísmo y la soberbia, con personas capaces y bien intencionadas. Resulta absurdo pretender competir en todo y en nada a la vez, como la estrategia que diseñó nuestro profesor.

No claudiqué en el atletismo. Seguí corriendo, unas veces en la pista y otras a campo traviesa, siempre con el ánimo de mejorar mis marcas y conservar la condición física y la salud. No fui a las olimpiadas, como era mi sueño infantil; pero rompí mis propios récords y aprendí a enfrentar retos, por difíciles que parecieran.

Todavía hoy, cuando tengo que tomar decisiones, recuerdo que estoy en la pista y que del camino que elija, la disciplina que dedique y el esfuerzo que lleve a cabo, dependerán el rumbo, el destino y los resultados. No quiero equivocarme ni desperdiciar el tiempo en actividades que no me corresponden y que suelen presentarse en la vida como distractores; simplemente, me encuentro en la pista y seguiré dando lo mejor de mí, aunque algunas veces me equivoque. Todavía hay marcas por superar.