Los cinco rivales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Bastó el recorrido de las manecillas, un día, otro y muchos más, para que este rostro humano, antes de morir, fuera esculpido con los jeroglíficos de la ancianidad -declaró, ufano, el Tiempo-. No hay alguien superior a mí porque mi paso es implacable y deja señales en todo.

La Muerte, el Recuerdo, el Olvido y La Vida se miraron entre sí, sorprendidos, quizá, de la arrogancia del Tiempo. Tras un lapso de silencio, la Muerte interrumpió:

-No te vanaglories, Tiempo. Tú y yo somos cómplices y juntos establecemos la finitud en la vida y las cosas de este mundo. Ante mi ausencia, únicamente envejecerías todo; sin embargo, el paisaje estaría cubierto de seres y cosas inservibles. Me necesitas porque yo, la Muerte, defino el final y todos me temen. Soy verdugo despiadado.

Tan sorprendidos como los demás asistentes a la tertulia, el Tiempo escudriñó el rostro de la Muerte e intentó descifrar el significado de sus palabras, hasta que comprendió que ambos son complemento y están enlazados para cumplir los decretos de la creación.

-Ustedes, Tiempo y Muerte, son temidos porque su tarea se concreta a la temporalidad de la vida y las cosas del plano material; pero yo, el Recuerdo, soy memoria, eco, remembranza. Reconstruyo, en la memoria, lo que ustedes destrozan y convierten en ruinas. Me impongo a ambos porque a pesar de que transcurran los años que desfiguran a los seres vivos e inanimados y de que todo esté condenado a concluir la jornada en un patíbulo, laboran para estipular la temporalidad.

No te ensoberbezcas, amigo -advirtió el Olvido al Recuerdo-, porque te extingues con celeridad. Tu vigencia carece de porvenir. En cambio, yo, el Olvido, soy viento otoñal que sopla y dispersa las hojas doradas y quebradizas, hasta transformarlas en polvo. Soy, sin duda, el más ingrato de todos porque con mi aliento todo se pierde y nada tiene sentido.

Una vez que habló el Olvido, prevaleció un rato de silencio y tristeza, hasta que los cuatro adversarios coincidieron en mirar a su compañera, la Vida, silenciosa, analítica y de belleza y resplandor incomparables, quien finalmente pronunció palabras suaves:

-Cada uno de nosotros, acaso sin percibirlo, mostramos los rasgos de lo que sentimos y pensamos. Tú, Tiempo, eres tan estricto, precisamente por ser tu encomienda, que todos los seres vivos y materiales del mundo temen la caminata de tus hijas, las manecillas, quienes desfiguran los rasgos bellos y juveniles. Pregunta al espejo las confesiones de las mujeres y los hombres que rinden culto a su aspecto físico y cada día notan el irremediable lenguaje del envejecimiento.

La Vida hizo una pausa breve y continuó:

-Tú, Muerte, eres fúnebre, macabra, sombría, porque es tu labor suspender la existencia de cada ser en determinado momento. Eres incansable, fea y repugnante para que nadie se acerque a ti ni te obligue a suspender tu misión. No sabes que en otro sentido, la muerte es el inicio de la vida. No habría día y luces ante la ausencia de la noche y las sombras. El Tiempo y la Muerte, amiga mía, son complemento y parte de un proceso dentro de la creación. No seas tan vana porque hasta en las noches de mayor oscuridad suelen aparecer luceros que alumbran y decoran el firmamento.

Ante el silencio de sus compañeros de tertulia, la Vida prosiguió con su disertación:

-Es bello, en ocasiones, evocar gente, animales, plantas, cosas, hechos; no obstante, sólo son para recrearse, aprender y seguir la caminata. Los recuerdos enseñan y motivan, pero no deben ser huéspedes cotidianos. Hay que evitar amargura y dolores que impiden continuar la ruta hacia un destino grandioso y pleno.

Nuevamente, la Vida hizo una pausa y agregó:

-En consecuencia, Recuerdo, únicamente hay que tomar la dulzura de tu memoria, asimilar las lecciones y no detenerse porque la vida que se paraliza es similar al agua estancada que finalmente se vuelve materia putrefacta. Es necesario zambullirse en la corriente diáfana para transitar a otras fronteras.

La Vida observó al Olvido, a quien dedicó sus palabras:

-¿Qué sucede contigo, Olvido? ¿Qué te motiva a acumular tanta arrogancia? Te comparaste con el viento otoñal, pero entiendo que olvidaste que se trata exclusivamente de la temporalidad de una estación porque las otras, el invierno, la primavera y el verano, son tan reales y cíclicas como tú y responden a un plan maestro. No olvides que la vida y las cosas, en el mundo y el universo, se renuevan cada instante.

Ninguno de los compañeros de la Vida se atrevió a rebatir el tema. Su amiga, la Vida, tenía razón porque ellos, el Tiempo, la Muerte, el Recuerdo y el Olvido, solamente eran eso, complemento dentro de un proceso de evolución.

-Es perentorio que todos recuerden que la vida, cuando es real, no concluye con el suspiro postrero. Es superior porque se trata de la luz que proviene de la creación, de la energía universal, de la eternidad, de Dios. Y la vida, amigos, adquiere verdadero sentido cuando el amor ilumina a la gente, a hombres y mujeres; pero también en el instante en que uno decide dar de sí y entiende que las cosas no solamente son para beneficio personal, sino para el bien que se puede hacer a los demás. Vale más una mano con cicatrices marcadas por los matorrales y las piedras que retira del camino, por ser punto de apoyo para otros y por la lucha para aliviar el dolor ajeno, que cubierta de alhajas con piedras preciosas.

Sorprendidos, el Tiempo, la Muerte, el Recuerdo y el Olvido comprendieron que si bien es cierto su tarea es inquebrantable, forman parte de un proceso y un plan maestro que alguien, en la luz, diseñó, estableció y decretó.

-La vida es inmortal. Quien aprende a vivir en el mundo con sus luces y sombras, practicar las virtudes, crear escalinatas, tender puentes y enfrentar la temporalidad, posee la llave para abrir portones bellos y prodigiosos, donde el amor, la felicidad y los sentimientos nobles coronan a aquellos que se atreven a experimentar sus días en armonía, con equilibrio y plenamente. El tiempo, la muerte, los recuerdos y el olvido son pasajeros, estaciones de paso para quienes han trazado un destino infinito, un itinerario superior -concluyó la Vida.

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Azoteas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Refugio de perros acalorados, con hambre y sed, confinados por sus amos crueles al destierro, las azoteas son paso, también, de arañas, hormigas y gatos volubles y morbosos que acechan a la gente, a los pájaros, o persiguen a los ratones de ojillos saltones y colas tiesas que corren y se esconden entre tablones y cajas con libros deshojados, documentos amarillentos y quebradizos y trapos deshilachados.

No pocas azoteas mexicanas son destierro y olvido, tumbas, sepulturas de trozos de vida y cosas que un día fueron activos, valores, y significaron, por sus mecanismos de compra, pasivos, deudas. Objetos abandonados, juguetes y utensilios en el exilio.

Entre lavaderos grises y agrietados, tinacos decolorados y tendederos endebles, quizá se encuentran arrumbados la casa de madera y los collares del perro que murió atropellado, la bicicleta que enseñó a mantener el equilibrio a los niños y adolescentes, el televisor en blanco y negro de bulbos y las jaulas oxidadas de canarios inexistentes y loros que otrora fueron parlanchines y comieron desordenadamente plátanos y cacahuates.

Al aire libre, amontonados en un rincón o dispersos, permanecen mecates, cartones con grasa, periódicos con noticias que pronto se volvieron ayer e historia, tablas, envases de bebidas gaseosas y cervezas con residuos descompuestos, libros con páginas nunca leídas, zapatos de suelas desgastadas que recorrieron caminos inimaginables, cuadernos, sábanas y cobijas endurecidas y hediondas que reciben aguaceros e insolación.

En las azoteas se perciben las caricias del viento, los rumores de la ciudad, el paso de los vehículos, los ladridos de perros y los gritos de las personas. Los drenajes escurren. Las gotas de lluvia se acumulan en los techos, entre ladrillos de proyectos e ilusiones que por alguna causa se desvanecieron, escobas inservibles y aparatos de radio con cubiertas de madera o plástico, trozos de vidrios, clavos oxidados y colchones donde reposaron sueños de hombres y mujeres agotados o ansiosos de una aventura o algún acontecimiento grandioso en sus vidas. Todo se encuentra con su historia enmudecida y rota.

Unos se reúnen en las azoteas, donde ríen y conviven, mientras otros, en tanto, las habitan durante sus jornadas en la servidumbre o las convierten en bodegas, en cementerio de cosas, en fragmentos de vida e ilusiones. Los juguetes, eco de otra infancia, permanecen en el olvido, mientras los trastes, amontonados, recuerdan platillos, sazones, condimentos del ayer. Fracturadas, las muñecas de rostros sucios, los carritos sin llantas y los cuentos despastados, recuerdan que nada es permanente y que el ser humano sólo es un forastero en el mundo.

En los cuartos de las azoteas permanecen atrapados los retratos de los abuelos, el vestido de una boda, el traje de una fiesta, los zapatos incómodos, el cepillo de cerdas débiles, la grasa reseca y las marcas de productos que ya no se encuentran en los mercados. Bodegas de etiquetas, mochilas, maletines, revistas y hasta pelucas y cosméticos resecos.

Mientras las prendas asolean en tendederos y riñen por un espacio, las caricias del aire y los ósculos del sol, los otros objetos, las cosas que permanecen en las azoteas, gimen calladamente porque un día y otro, sin percatarse, envejecieron y se transformaron en sobrante, basura, estorbo, recuerdo, olvido.

En algunas azoteas duermen las trabajadoras domésticas, agotadas y tal vez acosadas por sus patrones, o se asolean el anciano tullido, la abuela diabética, el muchacho paralítico que arroja espuma por la boca o el hombre y la mujer que se jubilan y carecen de guión para cubrir los días postreros de sus existencias, como si todos fueran despojos de la sociedad.

Allí, en los techos de las casas y edificios, la gente suele conservar ollas y cazuelas vetustas, peceras ausentes de agua y vida, lámparas fundidas,

Con colecciones de antenas, cables y herrumbre de ventanales antiguos, las azoteas acumulan trozos de vida, historias, testimonios de alegría e ilusiones, pedazos de tristezas y desencanto, fragmentos de biografías, desfiles de modas, rituales, dinero invertido, tiempo que se consumió, macetas despedazadas con tierra endurecida y hierbas secas, recuerdos de personas e instantes pasajeros, olvido de gente y acontecimientos fugaces.

Tales azoteas son cementerio de las cosas buenas y malas del ayer, escondite de enamorados, mundo de servidumbre, mirador de soñadores, paso de rateros y tránsito de generaciones. Las utilizan para lavar y tender ropa o con la intención de mirar los astros, pronunciar palabras románticas o convivir con alimentos y bebidas, o se convierten, en cualquier momento, en destierro de las otras cosas, las que fueron alcanzadas por la caminata del tiempo, el uso y las modas. Nada es permanente.

Hay azoteas, en cambio, limpias, ordenadas, incluso con jardines o decoración. Invitan a disfrutarlas y experimentar los instantes de la vida. Denotan orden y limpieza de sus propietarios.

Igual que el calzado, los cinturones o las bolsas femeninas, las azoteas proyectan la cultura, los principios, la educación, los valores, las costumbres, el nivel socioeconómico, el orden y la limpieza de sus dueños. Cada azotea es el otro rostro de los moradores de la casa. Es espejo de los habitantes de un domicilio.

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Los ciclos y la trama de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estaba en casa aquella noche veraniega. El aguacero no cesaba. Los relámpagos incendiaban el cielo nebuloso y ennegrecido; proyectaban sombras momentáneas que le causaban terror. Los estruendos se propagaban una y otra vez. Sentía miedo y soledad.

Las ramas de los árboles se balanceaban y crujían al recibir las ráfagas del viento que azotaban la tormenta contra los muros de la casa y los cristales de las ventanas. El cielo se prendía de destellos plateados con cada relámpago.

Miró a los muchos días del ayer, hasta llegar a las horas primaverales que le parecieron tan fugaces como las gotas que deslizaban por las ventanas. Conforme transcurrían las semanas, los meses, los años, la niña y la joven de los sueños quedaba atrás, sentada quizá en una silla o tal vez en una playa que empequeñecía, junto con sus juegos, esperanzas e ilusiones, con sus alegrías y temores, con los resultados de sus decisiones.

De improviso se situó en el verano implacable, empequeñecida y desnuda, acaso porque se midió contra el tiempo y se ubicó en un paraje desolado, quizá por no haberse atrevido a desafiar los intereses y creencias de los demás, tal vez por autorizar la caminata del reloj sin tomar la decisión de experimentar cada instante con su estilo de vida, probablemente por ser la existencia una historia, una experiencia que cada uno debe emprender para evolucionar, probarse y ser feliz.

Meditó acerca de su vida y descubrió que se encontraba en la madurez. Se sentía abrumada por su ayer y su hoy. Hubiera deseado algunas modificaciones en su guión existencial.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes de la aldaba contra el portón de madera. ¿Quién podrá tocar a esta hora y bajo la tormenta?, se preguntó inquieta. Asomó por el postigo y miró, sorprendida, a seis visitantes extraños que se presentaron y solicitaron les permitiera entrar.

Temerosa, abrió el portón y los forasteros ingresaron a la morada como si conocieran cada rincón. Pasaron a la sala y ocuparon los sillones. Se presentaron ante ella: otoño, invierno, muerte, recuerdo, olvido y tiempo. El primero anunció la proximidad de su escala en la siguiente temporada. Anticipó, por lo mismo, que su aliento desprendería las hojas de los árboles hasta formar alfombras amarillas, doradas, naranjas y rojizas que dispersaría durante las tardes desoladas y grises.

El otoño prometió retornar con severidad, entintar las frondas y los paisajes naturales, arrancar las hojas y el verdor de las plantas, arrebatar la vitalidad y anticipar, a través de los rumores de su lenguaje -el viento-, la proximidad de la noche oscura, los síntomas prematuros del invierno.

Al escuchar al otoño, ella enmudeció y sintió estremecer. El visitante sonrió y le pidió fortaleza, seguridad y valentía. Aclaró que es indiferente a la alegría o al sufrimiento de la humanidad; sin embargo, sugirió que cada uno se entrega a su período y destino de acuerdo con su proyecto existencial. Le recordó, seguramente para animarla, la belleza del maquillaje otoñal y el encanto de sus voces al soplar.

Intervino el invierno, quien tras reconocer el temor que se le tiene por su manto tan helado y su indiferencia ante quienes lo experimentan en sus entrañas, en sus rostros, prometió borrar los matices de la vida en la siguiente estación. Era su tarea y debía cumplirla no por dedicarse a actos perversos, no, no era eso. Igual que el otoño, cumplía la misión que le fue encomendada y ofrecía una ambivalencia. Todo es ciclo. El final no es la muerte.

El frío e incluso los copos de nieve al cubrir los paisajes con su blancura, tienen un encanto muy especial, completó el invierno, quien expuso que es el término de las estaciones, la conclusión de una historia, y que puede ser una experiencia dulce e inolvidable o dolorosa, triste y desoladora.

Risueña, la muerte interrumpió. Arrebató la palabra y aseguró ser la más temida porque no le importan ni influyen en su ánimo los colores de la primavera, la fuerza y las tormentas del verano, la melancolía del otoño y la crudeza del invierno. Sencillamente, mueve la última pieza del tablero y concluye la partida y la trama de la vida, incontables ocasiones cuando la gente es más feliz. Rompe proyectos existenciales a cualquier edad. Cumple su tarea sin resbalar a la tentación de la belleza física ni al brillo de los diamantes.

El recuerdo solicitó a la muerte no ser tan ufana porque tras el final que provoca, surgen las remembranzas, lo que le concede el triunfo y mayor poder, incluso, que el otoño y el invierno. Los recuerdos sobreviven a la muerte y al tiempo, insistió.

De pronto, la voz del olvido se apoderó del recinto. Pidió respeto a su naturaleza porque al final desgarra los semblantes de la primavera, el verano, el otoño, el invierno, la muerte y el recuerdo. Todo lo convierte en ruina y lo pulveriza hasta extinguirlo.

Tal es el poder del olvido que con su presencia surge la amnesia. Todo se desvanece y queda reducido a nada. La gente, los recuerdos y las cosas se diluyen y pierden su sentido. El olvido es nadie. El olvido es nada.

El tiempo, que permaneció callado y reflexivo durante las intervenciones de sus compañeros, habló mesuradamente. Ella escuchó “sin mí, mis amigos no se manifestarían en este plano”. Cuando quiso plantear sus dudas e inquietudes, el tiempo se incorporó, seguramente porque no da oportunidad a un paréntesis, y repitió: “vive, vive”.

Ella escuchó aterrada los planteamientos de sus visitantes, quienes antes de despedirse, le sugirieron descifrar el mensaje oculto en cada disertación. Le explicaron que hay palabras y expresiones de apariencia superficial, mientras algunas más, en cambio, tienen mayor peso y un sentido que sólo entienden aquellos que se atreven a desentrañar la verdad.

Se marcharon y ella quedó nuevamente sola. Asomó por la ventana con el objetivo de contemplar el relampagueo que iluminaba el celaje nocturno y distinguir las sombras que se extendían enormes y siniestras, hasta que entendió que uno debe superar sus miedos y prejuicios y alumbrar las horas de su existencia con el resplandor que emana de su ser. Comprendió, igualmente, que si hay abismos, fantasmas, prisiones y fronteras, son, precisamente, los que se forman desde los sentimientos y la razón.

Reflexionó que si los relámpagos son capaces de desafiar la oscuridad de la noche y encender el paisaje, las sombras tienen la facultad de proyectarse y hasta causar miedo cuando se les autoriza ingresar a los sentimientos y al pensamiento.

No obstante, atrapó su atención el hecho de que cada relámpago y sombra tienen su momento de esplendor y desvanecimiento. Cada acto se expresa con oportunidad, hasta diluirse, y eso encierra un mensaje en la vida.

Ella recordó las facciones del otoño y el invierno, tan poderosos y sagaces que aparentemente propician la caducidad; sin embargo, determinó que se encuentran integrados al círculo de la vida y la creación, de modo que no son enemigos cuando se les interpreta. No tienen principio ni final.

La muerte representa, en todo caso, la caducidad de una temporada, el fin de un ciclo y el inicio de otro, el renacimiento, el principio. El inicio plantea nacer y posteriormente morir. El decreto consiste en que la vida es perenne. Cambian las formas, la cáscara, los perfiles; pero se conserva la esencia, el éter, la naturaleza.

Ella comprendió que la primavera es la aurora, la mañana, el inicio, la inocencia; el verano, en cambio, muestra la fortaleza, el vigor, la osadía, mientras el otoño, con su experiencia, prepara la ruta al final del ciclo y es la tarde, quizá el principio de la noche, hasta que el invierno, que es el ocaso, cubre todo, siempre con la promesa de un amanecer, de un renacimiento. Tales son la vida y la muerte. Forman parte de lo mismo, después de todo.

Perdió el temor al envejecimiento cuando aprendió que el ocaso sólo acerca a la aurora. Supo, entonces, que uno no puede anclar definitivamente en un puerto ni naufragar por tiempo indefinido porque la embarcación prosigue su itinerario, continúa su ruta. Quien se detiene, queda atrapado y el agua que se estanca, por cierto, es putrefacta. Hay que vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenitud, más allá de creencias, doctrinas, intereses y prejuicios. Es primordial atreverse a vivir.

Cuando se vive con autenticidad, no se le teme a la muerte. La finitud pierde su dimensión aterradora cuando uno aprende a vivir, a volar libre y plenamente, a protagonizar la historia más bella, inagotable, suprema e inolvidable. Y a la existencia se le decora cada día con actos sublimes, con sentimientos puros, con la hazaña de atreverse a sentirla en todo momento con sus claroscuros.

Y si la muerte ya no amedrenta, los recuerdos tampoco son cáliz amargo, sino fragmentos que repentinamente se rescatan para alegría, consuelo y recreo. El olvido sólo carga los malos momentos, cualquier sentimiento negativo que opaque la alegría y el desenvolvimiento del ser. Es incapaz de llevarse los sentimientos y las obras buenas.

Ella sonrió. Ya no le asustaron más las horas de desolación, las noches de aguaceros y los estruendos. Entendió que todo proviene de la misma fuente y cada expresión cumple alguna encomienda. Recordó que todo tiene claroscuros y una razón, un destino, un motivo. Sólo hay que atreverse a vivir.

Miró su viejo cuaderno de dibujos y anotaciones. Lo tomó con la certeza de que si trazaba un palacio, flores, sonrisas, amor, alegría y sentimientos dulces y supremos, los conseguiría, como igualmente obtendría, si los esbozaba, calabozos, grilletes y torturas.

Decidió trazar su existencia, dibujar su historia, colorear sus días, hasta que conquistó sus deseos. Los ciclos de la vida, que alguna vez tocaron a su puerta, no volvieron a ser intrusos porque aprendió, hasta la hora postrera, a disfrutar cada etapa con sus decisiones y libertad, con lo que ella deseaba y no con las imposiciones, creencias e intereses de los demás. No volvió a lamentar ni sufrir por lo que parecían fatalidades porque de pronto descubrió que la felicidad, el amor, la riqueza, los sentimientos y lo más excelso reposan en el interior, no en las apariencias y superficialidades ni en las convicciones de otros.

Así, ella se sintió dichosa los siguientes veranos y vivió con dignidad y encanto los otoños e inviernos que se sucedieron unos a otros, hasta que la muerte y el tiempo llegaron una noche acompañados del recuerdo y el olvido. Entendieron que por fin alguien había vencido sus miedos y desentrañado la verdad. Ella aprendió a vivir, a darse la oportunidad de ser muy feliz a pesar de las luces y sombras, y ganó, por lo mismo, el derecho al ciclo interminable de la creación. Existiría siempre, y así se marchó, digna y plena, muy feliz, a otras fronteras donde el principio y el fin no existen.

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En cada sitio y momento

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Cómo olvidar cada instante y rincón, si a tu lado ya me parecen momentos y sitios de ensueño que forman parte de nuestra historia? Si compartir la locura de este amor en el mundo resulta un deleite, ¿cómo será en las moradas donde la mañana es ocaso y la noche es aurora?

Hay sitios especiales por el encanto que tienen, rincones que guardan secretos inconfesables, horas que no se borran, fechas memorables, signos que hablan un lenguaje común y silencioso para dos seres, recuerdos que uno desea preservar en vitrinas de cristal para que el tiempo y el olvido no los deformen ni transformen en ruinas. Cada lugar, en el mundo, ha sido escenario de un encuentro, un paseo, una conversación, un secreto, una promesa, un detalle, una historia. Son espacios y momentos de dicha y ensueño que pulsan en nuestro interior, en tu corazón y el mío, en la memoria de ambos. Instantes que uno vive y comparte, tan fugaces y delicados como un suspiro. Cascadas de minutos que huyen indiferentes, acaso sin que la mayoría de la gente entienda que la cuenta de la vida pasa ante la ceguera colectiva y que tú y yo atrapamos en redes con la finalidad de experimentarlos plenamente, sustraer el encanto y la maravilla de cada uno, conectarlos a un plano donde el amanecer es ocaso y el anochecer es aurora porque no hay inicio ni término. Todos los lugares -la banca, la fuente, la callejuela, el jardín, la tienda, el océano, el restaurante- contienen nuestro aliento y, a la vez, significan instantes compartidos con la emoción, alegría e ilusión de un amor que se renueva cada segundo por su riqueza e intensidad. ¿Cómo olvidar, entonces, la mesa donde bebemos café, el lugar que ocupamos para sentir las caricias del aire, los escenarios de nuestros capítulos? Son los sitios, parece, que un día y otro, cuando el aliento de la ancianidad cubra nuestros rostros, miraremos con una mezcla de alegría, satisfacción y nostalgia, acaso por el recuerdo de los encuentros mágicos, quizá por las horas y los años de juegos y risa, tal vez por los capítulos acumulados en una historia romántica e irrepetible. ¿Cómo desvanecer de la memoria o desalojar de las moradas del ser lo que ya vivimos? Cada espacio y minuto recuerdan nuestro romance, la locura de un amor incomparable. Me pregunto, cuando observo a mi alrededor, si aquí, en los paisajes terrenos, descubrimos trozos de los encuentros que protagonizamos y del enamoramiento que sentimos, con sus convivencias, paseos y anécdotas, ¿cómo será el amor que tú y yo compartiremos en las mansiones infinitas, donde el tiempo y el espacio no existen? Si resulta un deleite mantener en los archivos de la memoria los capítulos felices de nuestro delirio de amor, ¿cómo serán los que experimentaremos juntos entre el polvo de estrellas, la brisa del universo y el resplandor de la eternidad? Empiezo a vivirlo cuando escucho los latidos de tu corazón y los identifico en el mío, al percibir las voces de tu interior en mí, al reconocerme en tu mirada y al entender, por fin, que cuando el amor penetra hasta las almas y las funde, los muros y fortalezas del tiempo y el espacio son demolidos y surge el destello de un cielo que se siente aquí y allá.

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Recuerdos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los recuerdos son pedazos de un ayer, fragmentos de otros días, ecos de algo que sucedió en algún rincón, en cierto momento, y que cada instante parece más lejano. Son bloques de la barda que los rasguños del aire y los años se empeñan en derruir. Parece que tiene como rivales al tiempo, la muerte y el olvido, tres contrincantes muy poderosos, capaces de dejar constancia de su paso. Transcurren los minutos, las horas, los meses, los años, y cada vivencia se transforma en recuerdo, en la posibilidad pasada de un sí o un no, en la aurora o en el ocaso, en la alegría de haber luchado por un ideal o en el dolor y la tristeza de que pasó la oportunidad sin un esfuerzo para conquistar la felicidad y realización que uno merece más allá de costumbres, esquemas, opiniones, creencias e intereses. La vida es una. Es tan breve que parece consumirse en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro, hasta que todo se convierte en añoranza, en recuerdo que carcomen cada instante la finitud terrena y la amnesia. No pocas veces, cuando alguien se encuentra en el final del camino y voltea atrás, a los muchos días de antaño, descubre que los capítulos de su historia fueron monótonos e insípidos, que la sinfonía de su existencia resultó un cúmulo de notas discordantes, y que lo que entonces le parecía absurdo o imposible, era tan fácil de conseguir porque sólo se necesitaba algo de valor e iniciativa, probarse a sí mismo y disposición de luchar a pesar de la oposición y los intereses de los demás. La vida es una. Cada instante cuenta mucho, pero también es innegable que todos los momentos se convierten en trozos de un ayer, hasta que la muerte, el tiempo y el olvido los borran, los extinguen como cuando una estrella distante en la pinacoteca celeste no aparece más. Cada uno tenemos la alternativa y libertad de protagonizar una historia grandiosa e inolvidable, y también, es verdad, la opción de que en los recuerdos quede la dulzura o se impregne la amargura de lo que se pudo hacer y no se llevó a cabo por debilidad y temor. Para resplandecer en otros planos, es primordial brillar en este mundo, y no necesariamente en las cosas materiales, sino en el desenvolvimiento del ser y en la realización humana. Las intenciones de ser feliz, alcanzar éxito o materializar un sueño, sólo son eso si no se lucha, quimeras rotas. ¿Alguien quiere ser feliz? Hay que empezar ahora porque mañana todo quedará en añoranzas, en sueños e ilusiones despedazados que se diluirán ante el fin de la vida, la caminata de las manecillas y el olvido.

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Vida y muerte

“Ya casi con un siglo encima, el violinista sentía un peso inaguantable y, además, los estigmas de las ausencias. Conocía el dolor de la partida. Alguna vez, en años juveniles, había dicho adiós a sus abuelos, padres y hermanos, como después lo hizo con toda la gente querida y con los signos que le resultaban familiares. Por vivir tanto, conocía la angustia y el drama de separarse de la familia, de los amigos, de los vecinos, de la juventud, del vigor, de la salud, de la vista y ya casi de la vida…” Fragmento de la novela “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, de Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Ediciones Papiro Omega, México.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todo inicia con llanto y concluye con un suspiro, como si la vida y la muerte se empeñaran en anunciar que están conectadas, que son sucesión una de la otra en un ciclo que parece inacabable porque al consumirse el día, siempre llega la noche, y tras las sombras nocturnas, aparece la luminosidad de la mañana.

Un día, el padre y la madre, atrapados en sus alegrías e ilusiones juveniles, asisten muy puntuales a su cita con el destino, al nacimiento de sus hijos, y así protagonizan su historia en el pequeño mundo que llaman hogar.

Es allí, en el hogar, donde padres e hijos ensayan las interminables pruebas de la vida y la casa se convierte en guardería, con las cunas, los biberones, las sonajas y los pañales; en jardín de niños, con los juguetes, las risas inocentes y el aprendizaje; en escuela, en colegio, con los pequeños y adolescentes que preferirían quedarse entre las cobijas o distraerse en vez de realizar las tareas, y los jóvenes universitarios, preámbulo de hombres y mujeres que repetirán la historia; en biblioteca, cine, dormitorio, comedor, sala de juntas, capilla y escenario de incontables capítulos existenciales.

Igual que la flor que un día brota de la tierra y recibe el rocío de la mañana, en el jardín o en la campiña, y se marchita al caer la tarde y regresar la penumbra de la noche, los rostros humanos se cubren de jeroglíficos que anticipan una ancianidad inevitable, hasta que de pronto son reclamados por los sepultureros

Quedan como testimonio de las alegrías y la vida, de las ilusiones y tristezas, de la fe y la esperanza, del amor y el odio, de los triunfos y fracasos, de los sueños y la realidad, de lo bueno y lo malo, las acciones, las palabras que fueron pronunciadas, las cosas, los retratos, las huellas.

Uno mira, en los colegios y los parques, a los niños que sonríen, juegan y corren, con sus cuestionamientos e inocencia, en su etapa de formación; a los adolescentes, envueltos en su proceso de metamorfosis, con su rebeldía e inquietudes; a los jóvenes, en sus estudios y fiestas, en los sueños que forjan; a los hombres y mujeres de edad madura, en medio de la contienda; a los ancianos y enfermos, en sus horas postreras, entre sus recuerdos y realidad, apoyados en una mano fraterna, en un bastón o en los muebles y barandales, como si contaran el tiempo y sus historias repetidas.

Vita brevis. La vida es corta, los años son breves, como un suspiro, y tras navegar por los océanos de la existencia, uno se convierte en eco, en ayer, en fragmento, en historia, en recuerdo, en olvido.

La naturaleza enseña, a través de las cuatro estaciones, las etapas de la vida. Hay quienes piensan que la primavera es permanente, quizá porque no imaginan que el período final es el del invierno, sin olvidar, evidentemente, las pruebas del verano y el otoño. Hay auroras, mediodía, tardes, noches y madrugadas. Uno es el pasajero que recorre todas las estaciones sin posibilidad de quedarse permanentemente en alguna.

Resulta evidente que las manecillas del reloj transitan impostergables, indiferentes a la vida, a las cosas, porque su amo, el tiempo, impone marcas a quienes se atreven a desafiarlo.

Este día, mientras limpiaba y ordenaba la biblioteca, descubrí fotografías en las que aparecen mis padres, libros que leyeron, cuadernos en los que anotaron sus reflexiones, cartas que recibieron, objetos que sostuvieron en sus manos, trozos que atestiguaron su caminata por el mundo, y al mirarlos, al tocarlos, sentí su presencia etérea, acaso por el impacto de los recuerdos, quizá porque reencontré su esencia en algún rincón de mi alma.

Conmovido, seguí buscando documentos y fotografías, hasta que encontré los que correspondieron, en su época, a mis antepasados. Nadie los recuerda porque no solamente se transformaron, al paso de las décadas, en ayer, sino en polvo. Ellos -mis antecesores-, junto con sus ancestros y descendientes, están condenados, como la mayoría de los seres humanos, a que nadie los recuerde. Todo, al final, se vuelve polvo. El olvido, parece, es más supremo que el recuerdo.

A diferencia de otros días, hoy no quedé atrapado en la estación gris y desolada; preferí abordar el tren y seguir viajando por la vida. Guardé, en una parte especial del equipaje, los recuerdos, no porque me estorben ni por pretender quedar atado a sus ecos, sino como parte de mi historia y por si algún día, en determinado momento, los necesito para reencontrarme y repasar lecciones, pero nada más.

Una madrugada, en la brevedad de su agonía inesperada, mi padre señaló a mi madre su corazón y de inmediato se desplomó su brazo. Otro día, muy temprano, mi madre concluyó su jornada existencial cuando más dichosos nos sentíamos.

Por primera vez, con mis padres, viví la experiencia de la pérdida, la sensación de la ausencia. Miré la bóveda celeste y pensé que en mi mundo, al menos en mi existencia, faltaban dos luceros, hasta que aprendí que nadie muere porque la esencia es infinita y la vida se renueva cada instante.

Confieso que el llanto me asfixiaba cuando recordaba a mi padre, a mi madre, durante las noches silenciosas, al llover torrencialmente, en las madrugadas solitarias, al amanecer, cada instante de mi existencia, porque si miraba las estrellas, si sentía las caricias de la lluvia, si el sol alumbraba el jardín, creía que algo vital faltaba en mí y a mi alrededor; pero un día comprendí, y así lo sentí, que ellos se encontraban en mi interior, en mi esencia, y admito que entonces los encontré en la policromía de las flores, en los ósculos del aire, en las tonalidades de la campiña, en la majestuosidad del océano, en el perfume del bosque, en la sinfonía de las cascadas, en la libertad de las aves.

Si la flor, en su fugaz existencia, tiene oportunidad de renacer, y si las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, revientan al recibir la mirada del sol y el soplo del viento, y después de viajar por la corriente retornan a la fuente para un día volver a brotar, estoy convencido de que todos los seres tenemos la dicha de mecernos en el deleite de la inmortalidad.

Ahora que miro los otros días, los de antaño, y contemplo los de mañana, sé que me encuentro en medio, en la embarcación del hoy, y que sólo dispongo de este momento para ser dichoso, experimentarlo intensamente, dejar huellas indelebles y protagonizar la historia más grandiosa e irrepetible, la de mi vida.

Me encuentro, parece, en una embarcación que algún día anclará en un muelle para que descienda con mi equipaje, con lo bueno y lo malo de mi vida, con las luces y sombras de mi existencia. He decidido, por lo mismo, experimentar el paseo de mi existencia con plenitud.

Las cuatro estaciones -primavera, verano, otoño e invierno- me dan una gran lección. Ahora, al entender que no hay ocaso sin aurora ni vida sin muerte, comprendo que existe una conexión etérea entre ambas y que no tiene sentido pensar con dolor y tristeza que el nacimiento y la expiración son motivo de llanto porque la luz y la sombra, después de todo, se complementan para manifestar las leyes más bellas y sublimes de la creación.