Y tenían razón

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En sus disertaciones sobre el arte, mi padre me aconsejaba que a las letras les entregara lo mejor de mí, igual que un enamorado a su amada, y que todos los días las cultivara con amor, constancia, esmero y pasión, como quien cuida un viñedo con la ilusión de cosechar las uvas que ha de destinar a la producción del vino más preciado.

Las letras y las palabras, si te entregas a su arte y a su encanto, finalmente te devolverán obras cautivantes, hermosas y magistrales, aseguraba mi padre, quien decía que quienes dan de sí sin esperar una recompensa a cambio, un día, una tarde o una noche, a cierta hora, abren a la puerta y se encuentran de frente con el resultado de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos. Y tenía razón.

Mi madre, en su jardín inmenso y perfumado, siempre de intensa policromía, daba lecciones de vida a mis hermanos y a mí, y no olvido que constantemente planteaba que si uno desea obtener flores hermosas, plantas sanas, frutos deliciosos y árboles bellos y corpulentos, es preciso atenderlos, remover la tierra, abonarlos, podar las partes inservibles, regarlos y cortar los abrojos. Y tenía razón.

Explicaba que como seres vivos y parte esencial del mundo, la flora y la fauna devolvían con gratitud lo que recibían, y lo multiplicaban, hasta regalar a la mirada y a los sentidos trozos del paraíso. Su jardín, tan cuidado, reflejaba y sumaba lo que entregaba con tanto amor y dedicación. Era un pedazo de cielo. Así lo ganó mi madre. Y tenía razón.

En los minutos y las horas presentes de mi existencia, empiezo a comprender que mi padre y mi madre tenían razón y que, además, existe un principio inquebrantable que es lección y clave de vida, y que consiste en el hecho de que quien da de sí, abre los baúles y las puertas de la abundancia.

Parece que existe una relación cósmica entre dar y recibir. Aquel que da lo mejor de sí -una mirada de amor, una mano que apoya, una palabra de aliento, unos minutos de atención, un acto humanitario, un abrigo, medicina, alimento, consejos-, abre portales y, sin esperarlo, recibe el bien en abundancia.

El que arrebata y todo lo desea para sí -dinero, viajes, residencias, automóviles, yates, objetos y placeres-, gradualmente coloca barrotes y candados y hace de los caminos, pasillos estrechos y lóbregos que, finalmente, lo aplastan y destruyen.

Aquel que da desinteresadamente sin esperar reconocimientos públicos, aplausos y reflectores, retribuciones y humillaciones de los más débiles, tal vez no sospecha que tras sus actos nobles, llegan canastas con los regalos más hermosos y preciados.

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Los poemas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas, al escribirlos el artista, se transforman en palabras y sentimientos que deslizan suavemente, en rumores y silencios que provocan un deleite, en susurros que escapan y cautivan por su encanto. Los poemas se vuelven oleaje interminable que va y viene, hasta dejar su aliento y sus huellas en los riscos, en la arena, en el horizonte al fundirse el océano con el cielo y regalar colores mágicos y sensaciones insospechadas. Los poemas son hermandad de letras, convivencia de acentos y signos, encuentro de significados que alegran o entristecen, emocionan y arrullan. Envuelven a hombres y mujeres en burbujas de sueños e ilusiones. Los acarician dulcemente. Los poemas son la nieve que cubre el paisaje de la existencia, la lava que se vuelve piedra de formas caprichosas, el burbujeo inagotable de los manantiales, la flor que exhala fragancias bellas y gratas. Los poemas se escriben una mañana soleada, una tarde de lluvia, una noche estrellada o una madrugada sigilosa, y son para ti, para mí, para él, para ella, para nosotros, para ustedes, para todos o para nadie.. Son las letras que escapan del abecedario y a cierta hora acuden a su cita, puntuales y a hurtadillas, para abrazarse contentas, atraerse e inesperadamente enamorarse entre sí, hasta contraer matrimonio y formar palabras, palabras suaves y fuertes, palabras alegres y tristes, palabras, al fin, que traducen sentimientos e ideas y dan sentido a la vida, al mundo, a las cosas, a la gente, a las rutas. Los poemas son, sospecho, trozos del lenguaje de Dios, pedazos de susurros de mar y viento, vestigios de paraísos inimaginables, ecos del mundo. Son, parece, notas musicales que acuerdan tener correspondencia con el infinito, con la creación, con la naturaleza, con la vida, para que el hombre y la mujer se conviertan en luz y en arcilla, en cielo y en tierra, en aurora y en ocaso, en ángeles y en seres humanos. Los poemas acarician. Estoy convencido de que se trata, en el fondo, de las caricias de Dios, de un padre y una madre, de un hijo y un hermano, de un abuelo y un nieto, de alguien muy amado, de un amigo, de un amor inquebrantable. Sí. Acarician y dicen, en silencio, que uno, en verdad, no está solo.

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Y un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día, sin darme cuenta, volví a mi infancia. Abrí la puerta de la casa solariega y entré. Reconocí mis juguetes, la ropa que usaba, las corbatas de moño que mi madre me ponía y hasta el peine que utilizaba para recorrer mi cabello castaño con limón o jitomate, los libros y la colección de timbres que solía comprar mi padre cuando me consentía; aunque también descubrí, en una habitación y en otras más, las cosas, el calzado y la ropa de mis hermanos. Caminé en total silencio, reflexivo, emocionado por la oportunidad de retornar a mi niñez azul y dorada, y triste por los rostros, las historias y los años irrepetibles que se agotaron y escaparon inesperadamente, cuando más felices parecíamos. Un día, a cierta hora, regresé a casa, al hogar, a mi familia, y sin que ellos lo notaran, miré a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a otro niño, yo, que me sumergía en las profundidades de mi ser e imaginaba capítulos e historias. Me reuní conmigo, sí, me palpé y me vi, me acompañé, musité a mis oídos, y conviví con mi familia en completo sigilo. Nací, inesperadamente, en mi casa, con mi familia, con la gente que siempre ha permanecido vinculada a mi alma. Volví como lo hace la gota de agua que se sumerge en la tierra y brota al lado de otras en el manantial. Me observé en la mesa del comedor, quizá en el desayuno o tal vez en la comida, y presencié mis juegos y momentos de soledad. Atestigüé mi sufrimiento a la hora de ir al colegio y mi alegría al asistir con mis padres y mis hermanos al parque y a los paseos que organizábamos los fines de semana. En aquella casa amurallada y enorme de mi niñez, coincidí conmigo a una hora y a otra, e identifiqué a mi padre bondadoso e inteligente, con sus relatos inagotables y sus inventos, y a mi madre amorosa, con sus platillos, sus plantas y su amabilidad, y a mis hermanos -hombres y mujeres-, a mi lado, jugando a la vida. Escuché los rumores y silencios de aquella casona con sus jardines y rincones insospechados, o acaso los murmullos de la gente que tanto he amado, o probablemente el lenguaje del tiempo, o quizá la tempestad y el viento que balanceaban el follaje y las ramas de los árboles corpulentos, o tal vez los susurros de Dios que siempre estuvo presente. Regresé, igual que el hijo que un día se marcha con la promesa de volver, feliz y profundamente emocionado y sorprendido; pero ellos y yo no me miraron, y yo sí, y de esa manera los seguí y participé calladamente en sus reuniones familiares, en sus paseos, en sus instantes de trabajo, en sus horas de alegría y melancolía, con el sí y el no de la vida. Cada noche desperté y visité las habitaciones, la sala, el comedor, la cocina, la biblioteca y todos los espacios, e intenté dialogar con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, conmigo, y no sentimos mi presencia intangible. Una noche, mientras cenábamos, sentí que una fuerza superior e indescriptible me jalaba hacia un remolino y la escena familiar empequeñeció inevitablemente hasta desvanecer. Comprendí que ya no pertenecía al pasado y que el ayer me identificaba infinitamente con otras almas. Caí en un estado de somnolencia. Al despertar, asomé al espejo y descubrí mi figura retratada, actual. Sonreí con la convicción de que mi familia y yo fuimos intensamente dichosos en mi época infantil y no dudé que otro día, a cierta hora, tendré oportunidad de encontrarme conmigo adolescente o joven, y con la gente que tanto he amado durante mi jornada terrena y antes porque el ser es insustancial y no conoce ropaje ni limitaciones temporales. Entendí que la vida, en este mundo, es momentánea y se fuga entre un suspiro y otro. Ahora sé que la estancia en el plano material es simplemente un paseo breve que uno disfruta plenamente o desperdicia en crueldades, mediocridad, barreras y temores. Si un día, como lo hice con mi infancia, tengo oportunidad de retornar a casa y mirarme en la etapa presente de mi existencia, deseo sonreír al saberme feliz y pleno con quienes tanto amo.

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Él, mi padre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quedó huérfano de padre en la primavera de su existencia, cuando jugaba y tejía tantos sueños, y, no obstante, me enseñó a amar, respetar y admirar a mi madre y a él. Aprendió a volar aviones de dos alas cuando era muchacho, y décadas más tarde me retó a ser libre, conquistar mis sueños e ilusiones, sentir las caricias del viento en las alturas y contemplar las fragancias y los colores del cielo; participó en el desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial, y me aconsejó y preparó para ser sensible al sufrimiento humano y fuerte ante los retos y las adversidades, no darme por vencido y triunfar o al menos intentarlo sin desmayo. En su infancia, montó una elefanta y en su memoria me enseñó a respetar la vida animal, a coexistir en armonía con la fauna. Siempre le fascinaron las cascadas, los ríos, las selvas, los bosques y las flores, y lo acompañé por parajes insospechados que me convidaron a querer y proteger la flora. Me inició en el estudio de la paleontología y la arqueología, y me aconsejó vivir cada instante, no aferrarme a los días consumidos ni quedar atrapado en tristes recuerdos. Le apasionaron el arte y el conocimiento, los libros y los manuscritos, la pintura y el violín, la escultura y la fotografía, la creación literaria y los inventos, y así me dio las bases para escribir mis obras. Conoció el dolor de las enfermedades y la sonrisa de la salud, los rasguños de la pobreza y las caricias de la riqueza, y me mostró la brújula, el sendero para ser feliz, la ruta para alcanzar la plenitud, la sabiduría para navegar las mañanas tranquilas y las noches de tempestad. Tuvo pesadillas algunas noches y madrugadas, y me forjó para descubrir e irradiar luz y transformar mis sueños en realidad. Aconsejó a innumerables personas y una y otra noche me citó con la intención de recomendarme que siempre entregara mi amor auténtico, fiel y puro a la mujer que me reflejara en su mirada y yo percibiera en mi alma. Fue monje, habitó celdas húmedas y frías, desoladas y silenciosas, y me dio oportunidad de estudiar todas las doctrinas y experimentar para así elegir el camino y encontrarme de frente conmigo, con mi alma, con la creación, con Dios. Amó a mi madre, a sus padres, a sus hermanos, a su descendencia, y me transmitió el ejemplo y los sentimientos para actuar igual. Trató a mi madre y a las mujeres con amabilidad y respeto, y de esa forma hizo de mí un caballero. Quiso tanto a su familia, que yo la atesoro. Vivió y murió con una historia noble, maravillosa e inolvidable, y yo, su hijo, entendí el sentido de las estaciones, el sí y el no de la existencia, la fórmula de la inmortalidad, y ahora agradezco a Dios la bendición de haberme concedido un padre ejemplar e irrepetible, Acordamos reunirnos en la eternidad y ahora sé que la muerte es renacimiento y que la vida inicia cada instante. Me abrazó y protegió cuando dudé y tuve miedo; hoy simplemente le digo: “gracias por todo. Fue un honor ser tu hijo”.

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Mi padre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Voló aviones de dos alas, impartió clases, participó en el desembarco de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial, conoció el encierro y el silencio de las celdas conventuales, exploró las entrañas de la tierra y descifró las ruinas arqueológicas, se sumergió en las profundidades de su ser, leyó incontables libros y me relató historias, me mostró el sendero del arte, me indicó la ruta interior, me invitó a descubrirme y escalar la cumbre.

También montó un elefante en su infancia, estudió el libro de los Vedas y las obras más antiguas y profundas de la humanidad, fue aventurero, vivió lo que soñó y dedicó muchos años a los inventos, a orientar sus esfuerzos en el descubrimiento del movimiento continuo, principio que desarrollaría para entregar a la humanidad un sistema que generara por sí solo su propia energía, con lo que intentó eliminar el uso de hidrocarburos y otras fuentes contaminantes.

No era hombre arrogante ni ostentoso. Prefería mostrarse al natural, honesto, sencillo, humano, dispuesto a trascender, ayudar a quienes le rodeaban y dejar huellas indelebles en el camino. Su mayor riqueza reposaba en las profundidades de su ser y se manifestaba en sus sentimientos, palabras, acciones e ideas.

Fue mi padre. De él aprendí a amar y entregarme plenamente a mi familia, los secretos del arte y el pensamiento, la caballerosidad, el sendero a fronteras insospechadas, el código que rige los días de mi existencia.

Me enseñó, además, a enfrentarme a mí mismo, a mis miedos, a los abismos diseñados y creados desde mis sentimientos y pensamientos, a las sombras que se disipan ante la luz. Su fuerza de voluntad era inquebrantable. Poseía la fórmula de la vida.

Igualmente, me amó y consintió mucho, pero también me corrigió y me mostró la energía y disciplina. Parecía saber todo. Hablaba de Dios, del ser, de filosofía, de religiones, de medicina, de política, de inventos, de historia, de arte, de ciencias, como si tuviera acceso al conocimiento universal.

Le agradezco que me haya abrazado para protegerme y, a la vez, dado oportunidad de volar libre y pleno, auténtico y feliz, con un relicario de principios que no caducan con el tiempo ni se doblegan ante las modas, pasiones y tendencias humanas.

Amó a mi madre, que era una dama. Cada día le entregó alegría y detalles de caballero. Su familia fue lo más amado en el mundo. Fue un ser humano espiritual, artista, intelectual y práctico, con incontables vivencias en una sola existencia.

Recuerdo que la gente, a su alrededor, acudía en su búsqueda para recibir un consejo, palabras de aliento, opiniones sobre determinados temas y hasta ayuda en alguna reparación. Parecía inagotable. Siempre estuvo dispuesto a ayudar a los demás.

De él podría escribir una obra bella y sublime porque fue un ser humano extraordinario e inagotable, demasiado luminoso; sin embargo, al rendirle mi más profundo amor, respeto, admiración y agradecimiento dentro de la brevedad de este texto, recuerdo que yo era muy joven cuando aquella noche, la última que lo miré con vida, lo saludé como cada día, con un beso en una mejilla y en otra, y la idea de reunirme pronto con él, mi madre y mis hermanos, ya que me ausentaría algunos días de la ciudad.

Reservaré para mí los prodigios, los detalles, el capítulo de sus horas postreras. Retorné a la casa solariega antes de tiempo. Cuando llegué en el automóvil, acompañado de uno de mis hermanos, descubrimos personas en el jardín del frente, siempre con flores y plantas cultivadas por mi padre. Uno de los vecinos interceptó a mi hermano, lo abrazó y dijo: “lo siento mucho, tu papá falleció”. Escuché la noticia y corrí desolado a mi habitación con la intención de llorar como nunca antes lo había hecho.

Él, quien durante alguna hora de su niñez aprendió a tocar violín y otro día de su vida regresó invicto del umbral de la muerte, tras su agonía en cierta época, supo interpretar la proximidad de su instante postrero en el mundo y señaló su corazón aquella madrugada de octubre, cuando mi madre escuchó su estertor. Tras señalar su corazón, su brazo desplomó ausente de vitalidad, igual que un guerrero victorioso. Su transición fue breve, acorde al personaje y a su grandeza.

Han transcurrido los años, unos primaverales, algunos veraniegos, otros otoñales y unos invernales, con sus luces y sombras, sus senderos, sus dualidades y la intensidad de nuestra historia; no obstante, es octubre, cuando el hálito del viento desprende las hojas de los árboles, las mece y las barre posteriormente, al acumularse en alfombras doradas y quebradizas, el mes que él, mi padre, pasó por la transición.

Los años, transformados en décadas, no han impedido que recuerde y sienta a mi padre cada día, como el primero de mi existencia en este plano, cuando abrí los ojos y lo vi amoroso y protector. Él me enseñó a fundir la esencia del ser a pesar de la frontera que parece existir entre la vida en el mundo y planos superiores. Siempre le llamé papi. Lo recuerdo con amor y le rindo homenaje al expresarle que fue un honor y un privilegio ser su hijo.

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El almanaque, los dientes de león y las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta mañana, cuando revisaba mi archivo en el desván, descubrí un almanaque de otros días, de un año ya diluido por las manecillas del reloj, como si allí, en el sobre amarillo, esperara la hora impostergable de la cita conmigo.

Me cautivó e impresionó la imagen del calendario porque a pesar de que lo obtuve y guardé años antes de coincidir contigo en el sendero, apareces tú con él, la niña con su padre, ambos sonrientes y felices, en la impresión.

Revisé la fotografía, la imagen de la hija con su padre, hasta corroborar que son ustedes, él y tú, captados en algún instante de antaño. Posteriormente resolví escudriñar los días y los meses de aquel año cada vez más distante, como la embarcación que se aleja del muelle donde felizmente permaneció anclada.

Intrigado por la paradoja, decidí apuntar con el dedo índice alguna fecha al azar, hasta que un extraño sopor se apoderó de mí y me condujo a un túnel iluminado tenuemente. Las luces eran de tonalidades nunca antes vistas por ojo humano. Llegué, envuelto en nubes, al ayer, a minutos consumidos, a los otros días, a la campiña, a un jardín que parecía sustraído de un sueño.

Emocionado, observé a un hombre de carácter firme y apariencia enérgica, con un alma sensible, quien dedicaba los minutos de su madurez a convivir con una niña hermosa, consentida e inquieta en aquel paraje silvestre.

Aquel día soleado, húmedo por la lluvia de una noche nebulosa, fue mágico porque una mayúscula se unió a una minúscula con el objetivo de llenar las planas de la vida con palabras de amor y encanto y para hacer de su convivencia un capítulo de ensueño que sin sospecharlo, se agregaría a una historia irrepetible, bella, intensa, extraordinaria e inolvidable.

Sentí enternecer mi alma cuando descubrí en el rostro del hombre los rasgos de tu padre y en los de la niña, en tanto, definí tus facciones. Eran ustedes, el padre y la hija, unidos por el hálito prodigioso que proviene del vergel.

Maravillado, comprendí que mi cita con el calendario fue, precisamente, con la intención de mirar y vivir un pasaje de tu infancia al lado del padre que ahora, al no encontrarse físicamente en el mundo, extrañas tanto.

Atrapado en su historia, en su estilo, él, tu padre, te llamaba y esperaba entre las flores y hierbas ufanas, frescas, para observarte arrancar los dientes de león, sujetarlos entre tus dedos minúsculos y soplar fuerte hasta que los filamentos de forma geométrica se desprendían, brillaban al recibir la mirada de la luz solar y flotar igual que ángeles, hadas o mariposas en el edén.

Obtenías uno, otro y muchos dientes de león que arrancabas ante la complacencia, dicha y sonrisa de tu padre, no para coleccionarlos, sino con la finalidad de admirarlos dentro de su efímera existencia, poseerlos como quien se adueña de un tesoro y dispersar sus partículas en el aire a través de uno, otro e innumerables soplidos.

Niña encantadora y feliz, consentida con los actos y regalos paternos, protegida por los brazos firmes que también supieron darte libertad, lucías encantadora, igual que una muñeca de edición limitada.

Realmente el amor, la convivencia, el diálogo y el juego entre una hija y un padre son perlas que jamás apagan su brillo, regalos que vienen de Dios, destellos que brotan del cielo, promesas divinas que se cumplen, capítulos inolvidables e intensos que moran eternamente en la memoria y los sentimientos.

Gritabas henchida de euforia en aquel jardín del recuerdo, en ese trozo de paraíso extraviado en el ayer, latente en el pulso del corazón, de la vida, del universo, de la naturaleza, y presente, por lo mismo, en el río, bajo las piedras, en las cortezas, en el follaje, en las montañas, en los lagos, en las nubes, en los mares.

Ibas y venías en busca de otros dientes de león, guiada por tu padre que los descubría y te aguardaba con emoción. Te entregabas al juego, a los sueños, a las ilusiones, al encanto de ser niña y tener un padre amoroso y protector.

Eran los otros días de tu infancia, lo confieso, y cómo derramé lágrimas de emotividad al ver a tu padre conmovido, totalmente agradecido con Dios por ser tú su bendición, y a ti, dichosa, consentida, libre, segura.

Los días transcurrieron raudos, cual es la realidad de la naturaleza humana -oh, lo palpé en las hojas del almanaque-, hasta que se transformaron en años, en los minutos en que los dientes de león se desvanecieron y sus filamentos brillantes se convirtieron en lágrimas al partir tu padre amado de este mundo e ir, quizá guiado por algunas de las partículas geométricas de aquellas plantas silvestres a las que soplaste alguna mañana o tarde de tu infancia dorada, al portón del cielo.

Impregnaste los dientes de león con la alegría e inocencia de tu infancia dorada, con las fragancias del amor de una hija a su padre, con las palabras tiernas a quien te cargó y meció en la cuna sin esperar otra cosa a cambio que una sonrisa.

Nunca imaginaste, parece, que los filamentos de los dientes de león que quedaron flotando en el jardín mágico de tu infancia, en la campiña arrancada del paraíso, formarían una hilera luminosa para guiar a tu padre hasta la morada celestial.

Durante la ensoñación que tuve, miré a tu padre en el cielo, rodeado de fragmentos plateados de dientes de león, los que soplaste desde tu tierna infancia y ahora, en la eternidad, le recuerdan los días dichosos que compartió a tu lado en un rincón del mundo.

Ahora eres tú quien lo llama en una campiña especial, donde en recuerdo a aquellos regalos y sorpresas que te daba con los dientes de león que fragmentabas en partículas a través de tu aliento, le entregas flores blancas para que él, como entonces, mantenga unida su alma a la tuya.

El sobre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace poco, llegó un sobre sin destinatario ni remitente al buzón del cielo. Cuando Dios recibió la correspondencia y miró la envoltura con una hoja en blanco, sonrió paternalmente y caminó, al lado de los ángeles, hasta la morada de las almas.

Llamó a José, uno de los más recientes moradores del paraíso, a quien entregó el sobre e informó que lo enviaba su hija menor, quien cotidianamente lloraba desconsolada y extrañaba su presencia en el mundo.

Dios abrazó a José. Admitió comprender la alegría y plenitud del nuevo huésped celestial, mezclada, es cierto, con la nostalgia de su familia que sufría lo indecible por su reciente ausencia física.

El alma de José era pura y resplandeciente. Durante su jornada mundana, pasó todas las pruebas y ganó, por lo mismo, la inmortalidad prometida. Por eso, Dios solía dialogar con él, y le encomendó responder a su hija con una misiva de amor y sabiduría.

Al recibir el sobre, José palpó humedad en la hoja. Eran las lágrimas de su hija que habían borrado el texto. El papel conservaba la fragancia del perfume femenino. Cerró los ojos, abrazó la carta ilegible y derramó lágrimas que escaparon por una de las ventanas del cielo para llegar hasta la Tierra cual luceros que alumbraron la noche de incontables tonalidades.

Las letras se habían borrado por las lágrimas que deslizaron en la hoja de papel mientras la hija escribía; pero fueron inscritas con tal amor y vehemencia, que cada palabra quedó grabada en el universo, en la Tierra y en el cielo, en los corazones de los seres humanos más sensibles, en las almas y en la esencia de Dios.

Uno de los ángeles que acompañaban a Dios, preguntó sorprendido cómo sabía que la carta pertenecía a la hija de José, y más todavía, le movía la curiosidad de conocer el motivo por el que le resultaba familiar el contenido del texto, cuando las lágrimas de la mujer lo habían borrado.

Dios volvió a sonreír y tras explicar al ángel que todo lo contempla por su naturaleza divina, le recordó que cuando un ser humano, como la hija de José, vive en el mundo con pureza en el alma y con fe, su esencia se manifiesta con más resplandor y le concede que sus sueños se conviertan en realidad.

Refirió al ángel que las oraciones y acciones de la mujer que tanto extrañaba a su padre, le daban el privilegio, acaso sin darse cuenta, de entrar al cielo una y otra vez para fortificar su alma.

El ángel entendió, en consecuencia, que la hija de José debía ser una mujer extraordinaria en el mundo para que Dios la identificara con precisión y le concediera tantos privilegios y bendiciones.

Aquella noche, alumbrado por su propio resplandor, José redactó una carta para su hija:

Hija amada, hoy, mientras me mecía en el columpio de la inmortalidad y disfrutaba los ósculos del aire celestial y el himno de los ángeles, recibí una sorpresa grata al entregarme Dios la carta que me escribiste, pero sobre todo, mi niña, al comprobar que te ama intensamente y que ha preparado para ti un espacio muy bello y especial aquí, en el cielo, que gozarás eternamente cuando llegue tu hora de retornar al hogar.

Me sentí feliz y orgulloso de ti al enterarme de que Dios te considera un ángel en el mundo y que concedió a tu alma, en consecuencia, el don de derramar bendiciones a través de tus actos y palabras.

Sé que lloras mi ausencia física, mi niña tierna; también tengo conocimiento de que cada semana acudes puntualmente al cementerio, al sepulcro donde yacen mis restos. Colocas flores en la tumba y lloras inconsolable. Te siento porque nuestras almas están conectadas. Eres mi hija y lo serás por toda la eternidad.

Las lágrimas que derramas se cristalizan y transforman en diamantes que forman un collar luminoso en la bóveda celeste, junto a otras estrellas que Dios dispersó al crear el universo; las flores que colocas en mi tumba se convierten en poemas y oraciones, en fragancias y colores, en palabras y ecos que expresan tu amor y agradecimiento de hija.

Repasas nuestra historia, las anécdotas, las imágenes, todo lo que nos tocó vivir y compartir. Unas veces, mi hija amada, el desconsuelo te embarga porque crees que me trataste mal cuando yo, atrapado en los barrotes de la ancianidad, me encaprichaba y actuaba como muchacho rebelde. Tenías que regañarme para que me comportara correctamente. Era por mi bien. Siempre lo supe y ahora, en la plenitud, lo comprendo absolutamente. Actuaste como tu interior te lo dictó, con amor e interés en mi estabilidad física y en mi dignidad humana.

Hoy te digo que tienes derecho a llorar y experimentar mi muerte física como tu interior te lo pida. Si una parte del proceso implica que cada semana asistas a mi tumba, tendrás que vivirlo; sin embargo, al hacerlo, evita quedar atrapada en los tintes de la muerte y la tristeza. Tus visitas serán simbólicas e indudablemente contribuirán a que te sientas unida a mí; pero no olvides experimentar los días de la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con valores y con una gran espiritualidad.

En una época y un ambiente en que hombres y mujeres son proclives a las apariencias, a los asuntos baladíes, al brillo de los placeres transitorios y las superficialidades, a las posesiones, tú eres especial y diferente, acaso porque tu arcilla es superior, quizá por los principios y valores que te mueven, tal vez por añorar y desear el regazo de Dios.

Cuando te miro, desde el cielo, con tu falda y tu estilo peculiar de vestir, preparando algún platillo para nuestra familia o desarrollando una tarea en casa después de cumplir las responsabilidades de tu profesión, pienso en lo bendecido que se siente quien te ama y en lo privilegiados que son aquellos que reciben de tus manos la brillantez y los frutos de tus acciones.

Cultivaste flores en mi vida, abriste las ventanas de mi sonrisa, removiste la alegría en mi ser al convertirte en la pequeña consentida, devolviste años a mi existencia cuando te sostuve en mis brazos y te vi crecer, arrancaste emociones a mi corazón, decoraste mis días con tus ocurrencias y tu mirada, impregnaste las habitaciones de la casa con tu esencia irrepetible, sujetaste mis manos al desmoronarse mi cuerpo y acercaste tu rostro lloroso a mi pecho durante las horas postreras, hasta que el Segador apareció y me llevó consigo allende las fronteras del mundo, donde inicia la magia etérea, el milagro de la inmortalidad, el paraje eterno.

Mira a tu alrededor, hija mía. La humanidad se ha envuelto con la cobija del odio, la mentira, el terror, la violencia, el miedo, la superficialidad, el engaño, los vicios y la ausencia de valores. Es lamentable y patético lo que acontece a los seres humanos.

Tú, amada hija, junto con tus hermanos, tu madre y yo, recibimos la bendición de pertenecer a un hogar donde siempre prevalecieron el amor, la unión, el respeto y las virtudes. Compartimos, tú lo sabes, capítulos irrepetibles, bellos e inolvidables, dignos de una historia de ensueño, sublime, escrita y dirigida por Dios.

Los momentos que compartimos dentro de nuestra historia familiar, hija tierna, ya pertenecen a las obras del cielo porque se eternizaron por su belleza y excelsitud. Los coros de ángeles entonan sus cantos al leer la historia que protagonizamos como familia.

Mira tu rostro, observa tus manos, contempla tus facciones. Por tu sangre fluye la mía, unida a la de tu mamá, tu otro ángel; sin embargo, lo más importante no es que en el mundo compartamos los rasgos, sino la hermandad y pureza de nuestras almas que se tejen para llegar unidas al jardín de la inmortalidad.

Tienes dos ángeles, ternura mía, uno en mí, que soy tu padre y eternamente moraré en el regazo de Dios, y otro en tu madre, que se encuentra a tu lado en la Tierra y quien es mujer de virtud modelo. No estás sola. Nunca te sientas desolada porque bien sabes que eres muy amada.

Adicionalmente a nosotros, tu madre y yo, tienes un hermano ejemplar y tres hermanas adorables e igual que tú, formadas dentro de un hogar en el que siempre se ha practicado el bien. Se han sumado nuestros descendientes, también con el ingrediente de los principios sublimes. No cabe duda que somos bendecidos, ustedes en el mundo y yo en la morada celestial.

Tengo conocimiento de que tu existencia, en el período más reciente, ha registrado capítulos que jamás imaginaste experimentar, como mi muerte física; pero quiero que revises a tu alrededor, que escudriñes los días recientes, para que descubras que no estás sola, que eres muy bendecida por Dios, quien pretende hablarte por medio de los acontecimientos.

Algunas veces, inmersa en el aislamiento y el silencio, lloras afligida; aunque también es innegable que otras ocasiones, al dormir, tu ser experimenta una tranquilidad profunda, una paz demasiado intensa. Tal experiencia no es casual porque Dios derrama su amor y sus bendiciones en ti, mientras yo, tu padre, te cubro espiritualmente con mis sentimientos más elevados, como lo hacía cuando dormías en el cunero y contemplaba tu sueño feliz y sereno después de relatarte un cuento o de orar.

Quiero aprovechar mi diálogo para solicitar tu comprensión y perdón si alguna vez me excedí en tu formación. Bien sabes que por mi historia, por lo que aprendí y asimilé durante los días de mi existencia, fui demasiado estricto conmigo y algunas ocasiones con quienes me rodeaban; mas tú, hija, me conociste ampliamente y sabes que mi intención siempre fue buscar tu bien y el de nuestra familia.

Tengo conciencia de que Dios da libertad a cada ser humano de probarse a sí mismo y experimentar diferentes capítulos; no obstante, contigo ha actuado con más amor y consentimiento, al grado que me concedió la oportunidad de escribirte con los sentimientos de padre.

Ante todo, agradezco y valoro todo el amor, las atenciones, los consejos y el cuidado que me ofreciste como hija, principalmente al final, antes de que descendiera el telón de mi existencia. No lleves en ti la carga de responsabilidades y culpas que no te pertenecen. Siempre me ofreciste tu tiempo y cuidaste de mí, algunas ocasiones con regaños bien merecidos. Necesitaba reaccionar para no sufrir innecesariamente ni morir antes de la hora señalada.

Conserva tus valores, la esencia que une la espiritualidad; pero no olvides, mientras permanezcas en la Tierra, vivir plenamente, ser feliz, desenvolverte con las bendiciones y oportunidades que Dios te da cada día.

Todo, en el mundo, tiene un sentido, un lenguaje, un simbolismo, y por algo, hija mía, Dios te ha elegido para que protagonices una historia singular, la tuya, la que te realizará como ser humano y posteriormente, al ganar el cielo, en la eternidad.

Ahora que frecuentas el cementerio, sabes que los sepulcros están cubiertos de flores que se marchitan ante la caminata de las horas, la mayoría depositadas tardíamente, con remordimientos y tristezas, porque la gente no se atreve a protagonizar las historias que le corresponden ni a expresar los sentimientos que generalmente reprimen.

Tú tienes la bendición y la dicha de que fuiste la mejor hija del mundo. Te lo confieso como padre y lo demuestras cotidianamente con tu madre. Como hermana eres ejemplar. Amas a tu familia. No te encadenes ni pierdas la oportunidad de ser feliz. Visualízate dentro de algunos años, todavía en el mundo, y actúa para que no te quedes con el deseo de haber protagonizado la historia más bella, sublime e intensa que se haya escrito.

Durante mi jornada terrestre, supe que difícilmente se puede regalar un objeto a una persona acaudalada porque tiene todo lo material; en el caso de aquellos seres que poseen principios y virtudes, como tú, es complejo aconsejarlos, ya que su código de vida es rico. No obstante, por el amor tan grande que siento por ti como padre, te aconsejo que vivas mientras te encuentres en el mundo, feliz con lo que Dios te ofrece, pero derramando tu espiritualidad.

Quienes han caminado por el desierto, conocen lo desgarrador de la soledad. Vives tu hora de tristeza, hija mía; pero tu alma se restablecerá con la paz que proporciona Dios a aquellos que le aman y buscan por medio de los actos.

Cierra tus ojos esta noche estrellada y sola. Dentro del silencio, escucha los rumores que vienen del cielo, detecta el arrullo de los ángeles, distingue la voz de Dios, oye los susurros de la creación y atrapa mis palabras, hija entrañable, porque verdaderamente estoy contigo. Siénteme en tu interior.

Recárgate en mí, como cuando eras niña -oh, mi pequeña rebelde y traviesa-, para que sientas mi calor, mi presencia. Te estrecho con la calidez de mis brazos etéreos, acaricio tu cabeza y beso tu frente con ternura. Siente la luz. Nuestras almas permanecen enlazadas con la promesa divina de una eternidad compartida.

Te preguntas, cuando lloras, cuánto tiempo requerirás para disminuir el sufrimiento que cada día te lacera y con frecuencia ensombrece las horas con los tintes de la melancolía. Durará las horas, los días, los meses o los años que tardes en convencerte de que la verdadera vida inicia con la muerte física. Fallecer no es morir. El alma es incorpórea y eterna. Es nuestra bendición, la promesa que Dios cumple.

Tras las horas soleadas de la mañana y la tarde, surgen las de la noche oscura. Una vez que la noche es derrotada por la luminosidad del amanecer, se manifiesta el resplandor. Una tarde nublada y un aguacero nocturno, auguran una aurora fresca, iluminada y decorada con un bello arcoíris.

Ya es noche. Prometo que recibirás mayor número de misivas, hasta que un día, al concluir la trama de tu existencia, Dios y sus ángeles te reciban en el cielo ganado y te conduzcan hasta la morada que felizmente habito. Entonces, hija mía, nosotros, los de siempre, disfrutaremos eternamente nuestro hogar como lo hicimos en la Tierra durante la brevedad de los días.

Esta mañana, mientras reposaba en el edén, recibí dos noticias maravillosas que me conmovieron: la recepción de tu carta y el amor tan grande que Dios siente por ti. Confieso que a hurtadillas derramé lágrimas que se convirtieron en luceros y que a partir de esta noche, si te asomas por la ventana de tu habitación, contemplarás en el cielo. Tales son mi amor y mis bendiciones hacia ti, mi hija inolvidable.

Carta desde el cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hija mía, hace dos semanas abandoné mi cuerpo, la envoltura física que cada día, bien lo sabes, envejecía e impedía que me comportara como antaño, cuando eras niña y te arrullaba con ternura, te cargaba con la ilusión de comprarte un globo o un dulce, te aconsejaba, te relataba cuentos, te llevaba a la escuela y te tomaba de las manos para después soltarte y mirar emocionado tus primeros pasos.

Te consta que ya no podía con la carga física que llevaba, y no porque me hubiera dado por vencido, sino por el agotamiento inherente a la edad. Bien hubiera deseado tener energía para convivir contigo y con nuestra familia, compartir los alimentos en la mesa, acompañarte en tus oraciones, sumar mayor número de capítulos a la maravillosa e irrepetible historia que nos tocó vivir.

Quienes nos atrevemos a desafiar al tiempo, enfrentamos una hora y muchas más sus embates, y si yo lo hice, mi niña amada, no fue para prolongar, como otros seres humanos, mi estancia terrena con sus placeres y locuras, sin un sentido justificable y real, sino con la intención de permanecer contigo y con la encantadora y bendita familia que tu mami y yo formamos con tantas ilusiones. Me encantaba estar con ustedes, y vaya que al final de mis días, ya con mis debilidades y padecimientos de la ancianidad, disfrutaba, aunque no lo creas, los consejos, las reprimendas y los cuidados que me dabas, ¿y sabes por qué? Porque me sentía amado y consentido por un ángel que orgullosamente es mi hija.

No sabes cuánto valoro el amor, los detalles y el tiempo que me regalaste, sobre todo porque los días de la vida son como las hojas que se desprenden de las ramas. Llega el momento en que el árbol, al envejecer, se deshoja totalmente, y tú, mi hija amada, cediste parte de tu vida para cuidar de mí, un anciano que aparentemente desatendía tus indicaciones, pero que en el fondo te escuchaba y agradecía a Dios por tenerte como bendición. No sabes cuánto te lo agradecía.

Admito que traje conmigo el calor y la ternura de tus manos, el tono de tu voz, tu mirada brillante y límpida, y hasta las palabras que me repetías al llegar de tus actividades y dedicarme aquellas tardes y noches que jamás olvidaré.

Te he mirado caminar por el cementerio, ante la tumba donde amablemente sepultaron mi cuerpo, y si bien entiendo tu tristeza por mi ausencia física, me preocupa tu dolor. Al deslizar tus lágrimas por tu rostro, se han convertido en perlas diáfanas que milagrosamente penetran por los poros de la tierra para iluminar y disipar cualquier sombra. Así eres de angelical. Me siento agradecido y orgulloso de ti.

Tu sufrimiento y tristeza han tocado hasta la puerta del cielo, donde permanezco pleno y atento a ti y a nuestra familia. Sé que un día se dulcificará tu dolor y lo que hoy son lágrimas, tormento y melancolía, mañana serán recuerdos gratos, riqueza espiritual y bendiciones.

Recientemente, hija mía, expresaste que te falta un trozo de corazón porque partió conmigo; sin embargo, quiero recordarte que las almas son etéreas y puras, y de ninguna manera, al llegar a la morada de Dios, arrebatan la felicidad a quienes se quedan en el mundo, y menos a aquellos que tanto aman.

Tu corazón es muy hermoso, mi niña, y no le falta una porción porque yo no me la llevé al cielo, donde esperaré pacientemente tu llegada y la de nuestra familia, cuando sea el momento señalado por nuestro Creador. Lo que sí traje conmigo son tu imagen y la de nuestra familia, los capítulos que compartimos en el mundo, los recuerdos, el amor que derramamos entre nosotros.

Gracias a Dios y a que eres de otra arcilla, tu corazón está intacto porque lo necesitas en el mundo para seguir viviendo y derramando tus más nobles sentimientos. Consérvalo íntegro porque yo estaré contigo cada instante de tu existencia. Siénteme, hija.

Nuestras almas están unidas, hija preciosa, y así permanecerán toda la eternidad porque es una promesa y un regalo que Dios nos ha concedido. Es un alivio saber que la vida no termina con la muerte del cuerpo. La finitud corporal sólo es el inicio de la jornada espiritual por la inmortalidad.

Me siento muy agradecido contigo, pero también orgulloso de ti porque tu alma es resplandeciente e innegablemente se refleja en el gran ser humano que eres. Me tranquiliza saber que al marcharme del plano terreno, se quedan mis descendientes como parte de los seres humanos que desean trascender.

Cuando me miraste inmóvil y yerto en el ataúd, con tus ojos cubiertos de lágrimas y tu corazón inconsolable, notaste tranquilidad en mi semblante. Hija, no equivocaste. Mi rostro inerte irradiaba alegría y paz no solamente por el gozo de haber entrado al reino de Dios, sino por la dicha de tener una familia ejemplar y maravillosa, de la que formas parte.

Hoy no necesito darte consejos porque eres una mujer de valores sólidos. Conserva tu esencia porque tus principios y trayectoria te conducirán hasta los jardines del cielo.

Posees un código de conducta y valores que asimilaste desde pequeña. Vive plenamente tus principios, hija querida, pero no olvides, mientras permanezcas en el mundo, diseñar y protagonizar tu propia historia.

Si alguna ocasión, en vida, te hice sentir mal o te causé aflicciones, te pido disculpes mis actitudes o palabras. Fui un hombre con los claroscuros de todo ser humano, tal vez muy estricto por mi formación, pero siempre interesado en dar lo mejor de mí en beneficio tuyo y de toda nuestra familia.

Quiero recordarte que la vida, con sus luces y sombras, es bella y preámbulo de la eternidad. Sólo hay que vivirla en armonía, con equilibrio y plenamente. A veces hay que ceder y experimentar unas cosas por otras, pero mientras conserves tus valores y actos, tendrás la salvación.

No olvides vivir. Voltea a tu alrededor y descubrirás que existen muchos motivos para ser feliz. No renuncies a tu dicha. Dios coloca pruebas a los seres humanos y por algo da oportunidad de evolucionar. No todo es tan rígido ni tampoco endeble como para prohibirse la verdadera felicidad. El cielo se conquista por medio del amor, de los valores y de las acciones.

La vida no es nada comparada con la eternidad que nos espera. Te lo digo yo, tu padre, quien ahora moro en el hogar de Dios. Cierra tus ojos e interpreta los susurros del viento que te dice “vive, vive, vive”. Sé que tienes ante ti muchas bendiciones y la oportunidad de protagonizar una historia intensa, noble, bella, irrepetible, excelsa e inolvidable. No te detengas. Sube a la mejor embarcación, a la que te conduzca a lo más sublime en todos sentidos.

En cuanto a tu mami, hermanos y sobrinos, son tu gran tesoro. Ellos, tú y yo siempre seremos bendecidos y ricos porque nos identifican una historia compartida, capítulos mutuos, la familia a la que pertenecemos, y si algunos estamos aquí y otros allá, nuestras almas palpitan al unísono del amor de Dios. Ámense y cuídense unos a otros.

Resulta innegable que entre el cunero y la tumba sólo existe un suspiro. Vive lo que te corresponde como ser humano porque habrá días alegres y tristes, horas de ilusiones y otras de desaliento; mas el amor auténtico, aunado a los valores y a los actos, salva.

Para consuelo de tu ser, hija bella, el alma no muere; al contrario, goza el privilegio de una vida eterna y dichosa. He observado tu llanto, y es natural, mi pequeña; por lo mismo es que deseo comunicarte que aquí estaré siempre, unido a tu alma. Únicamente bastará que en medio del silencio y la soledad, cierres tus ojos y llegues hasta tu alma para sentir la mía.

Ahora que te miro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ahora que miro tus manos débiles, apoyadas en las mías para subir o descender escalones, recuerdo que son las mismas que un día, en mi infancia, acariciaron mi cabeza y mis mejillas, cuidaron de mí, me enseñaron a dar y me guiaron.

Hoy, cuando buscas tus anteojos sin darte cuenta que los portas, observo tu mirada agotada, la misma que a una hora y otra de antaño me leyó oraciones con la intención de fortalecer mi fe y cuentos para arrullarme, crear a mi alrededor un mundo asombroso y mágico, y así mitigar mis temores ante las sombras y tormentas nocturnas.

Al escuchar tu voz entrecortada, evoco los años en que con dulzura me aconsejaste y relataste innumerables historias. Tus palabras tiernas brotaban de tu boca igual que las burbujas diáfanas en un manantial.

Ya no escuchas, como antes, las conversaciones familiares, los conciertos, el trinar de las aves, el susurro del viento y las voces de la lluvia, los ríos, las cascadas, el oleaje y los truenos. Te hablamos al oído que años atrás -oh, ¿qué es la vida?- escuchaba nuestro llanto infantil y te motivaba a atendernos.

Tus brazos y piernas lucen trémulos e irreconocibles, como si pagaran el costo de una vida prolongada, útil y productiva, dedicada al bien y la verdad; no obstante, son los que me protegieron desde la cuna hasta los años de la adolescencia, y todavía en la juventud y madurez insistieron en cobijarme.

El médico dice que tu corazón se fatiga porque ya es viejo. No lo creo. Son argumentos de un especialista en la salud del organismo. Solamente late con menos fuerza porque descansa con el objetivo de llegar firme hasta el minuto postrero; pero es el órgano que se relaciona con el amor, con los sentimientos, y los tuyos siempre han sido sublimes.

Con frecuencia observo tus cabellos encanecidos, tu rostro arrugado, tu semblante reflexivo. Te veo en un ensimismamiento insondable, como si por lapsos te ausentaras del mundo, quizá por tus recuerdos, tal vez por la hora que se acerca, no lo sé; pero eres tú, así lo siento, el ser humano de siempre, quien alguna hora del ayer estiró la mano y bajó una estrella del cielo, y luego otras más, para que el soplo de un Dios benévolo formara la vida y naciéramos nosotros, tus hijos.

Al escudriñar tus pies hinchados, descubro que están empolvados y heridos no por falta de higiene y cuidado, sino por la caminata incansable que realizaste por diferentes senderos para dar lo mejor de ti a tu familia. Distingo tus huellas junto a las nuestras y compruebo, con los ojos cubiertos de lágrimas, que nunca nos dejaste solos, ni siquiera cuando la arena era ardiente o la tierra estaba alfombrada de cardos. No te importó espinarte al regalarnos los pétalos de las rosas.

Hoy que te descubro en el sillón, acuden a mi memoria imágenes de los otros días, cuando el hogar que formaste se convirtió en pequeño mundo donde protagonizamos la historia familiar más maravillosa, irrepetible, extraordinaria e intensa. Diste todo.

No podría seguir mi camino sin ti. Al abrir mis ojos por primera vez, te miré y fuiste, desde entonces, mi ángel en el mundo. Un día los tuyos se cerrarán, como quien ha cumplido su misión, y seré testigo de la despedida.

A otros, en la calle, el restaurante o el consultorio médico, seguramente les estorbas porque tus movimientos y reflejos se volvieron torpes. Camino a tu lado y te ayudo, como tú lo hiciste durante mis primeros años de vida, con un amor tan intenso que me sentí el hijo más bendecido y privilegiado.

Tal vez no reciba herencia material de tu parte porque todo lo repartiste al caminar por los senderos de la vida, y ahora que el almanaque casi llega al final, admito que tu legado es el más grande y excelso de todos, superior a cualquier fortuna, porque está basado en valores sólidos, en principios que si sigo y experimento con plenitud, me transportarán al sueño de la eternidad.

Ahora que miro tus manos débiles, apoyadas en las mías para subir o descender escalones, pienso que una mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche desolada y fría, con los ojos humedecidos por las lágrimas y la voz entrecortada, diré ante ti: “fue una bendición y un honor ser tu hijo”.