José Inés Estrada, una vida entre criptas e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Camina el hombre como desafiando al tiempo, las horas y los días que transcurren impasibles entre árboles corpulentos que agachan sus ramas ancianas y entintan los sepulcros con las sombras que proyectan, acaso por formar el cementerio parte de su historia, quizá porque flotan añoranzas entre las tumbas dispersas, tal vez por encontrar fragmentos de su linaje y biografía en tan desolados parajes.

A sus 81 años de edad, José Inés Estrada Ramírez lleva en su carretilla un bulto de cemento de 50 kilos, su pala y una cubeta de plástico. Llega hasta la fosa donde lo esperan sus trabajadores. Revisa el trabajo. Hace media centuria construyó una capilla que recientemente se convirtió en ruinas al caerle una rama enorme que el viento arrancó de un eucalipto. Los dueños del espacio conservaron durante cinco décadas la memoria del hombre que construyó el monumento y lo buscaron para contratarlo.

Cada monumento sepulcral debe distinguirse por la calidad de quien lo diseña y construye, asegura José Inés, quien con orgullo dice “mi mayor satisfacción es dar vida, por medio de mi trabajo, donde todo es muerte”. Sonríe y dice que se trata de la frase que compuso y respalda sus obras.

Nadie podría entender la vida y filosofía de José Inés, ni tampoco el encanto y la magia que lo envuelven cuando uno descubre con asombro que ha memorizado caminos, rincones, calzadas, nombres y apellidos, epitafios y acontecimientos fúnebres, si no abre las páginas amarillentas y empolvadas de la historia para enterarse de que discurrían los años postreros del siglo XIX, cuando su abuelo, Fermín Ramírez, fue comisionado como velador y administrador del panteón municipal de Morelia por el hacendado de La Huerta y dueño del establecimiento comercial “La Mina de Oro”, Ramón Ramírez Núñez, entonces propietario el terreno “El huizachal” y el cual fue destinado para tal fin ante la insuficiencia de los cementerios que se localizaban en San Juan de los Mexicanos y Los Urdiales.

El abuelo Fermín llegó muy joven al panteón, donde nacieron sus dos hijas más pequeñas, entre ellas María, la madre de José Inés. Como velador, abría el portón del cementerio al pelotón de soldados que fusilaban a algunos presos a determinada hora de la madrugada, a un lado de la cruz atrial de cantera que actualmente se localiza a un costado del Santuario de Guadalupe o templo de San Diego, al oriente del centro histórico de Morelia, la capital del estado mexicano de Michoacán.

Fermín, el abuelo, atestiguaba los fusilamientos y recogía los cuerpos inertes para sepultarlos en una fosa especial. En una ocasión, relata José Inés, cuando su antepasado intentaba sepultar a dos fusilados, uno de ellos se incorporó y le permitió huir, ya que tuvo la feliz coincidencia de que el pelotón sólo apuntó a su otro compañero. En el otro caso, uno de los hombres también sobrevivió al fusilamiento porque la única bala disparada contra él impactó en una imagen católica que colgaba de una cadena.

José Inés fue testigo, en su infancia, de los dos últimos fusilamientos. Vivió las historias que le narraba el abuelo aquellas noches de soledad y silencio, en la casa del panteón, donde las criptas, los grillos, las aves nocturnas, los gatos, la luna y las estrellas eran su compañía. “El miedo no porque uno se acostumbra y sabe que los muertos no causan daño”, advierte.

El abuelo, don Fermín, fue testigo de un hecho histórico, cuando el general Jesús Garza González, gobernador de Michoacán durante los días convulsivos de México, en la adolescencia del siglo XX, fue fusilado por órdenes de Álvaro Obregón. Ya no era mandatario estatal, pero sí enemigo de un hombre poderoso.

De acuerdo con los relatos del abuelito y muchas décadas después con los testimonios de una de las nietas del revolucionario, quien localizó a José Inés en su negocio de sepulcros, los militares encontraron al general Garza González en un salón de la Ciudad de México, de donde lo sacaron y condujeron hasta Morelia con la intención de fusilarlo.

Resulta que el indulto llegó antes que el condenado a muerte; sin embargo, de acuerdo con las pláticas que Fermín tuvo con su nieto José Inés y posteriormente con los testimonios de la nieta, el general Joaquín Amaro ocultó el documento para llevar a cabo la ejecución del ex gobernador Garza González, quien como último deseo solicitó dirigir su fusilamiento. Al caer muerto, Joaquín Amaro ordenó que le dieran no uno, sino dos tiros de gracia, y sacó de su chaqueta de militar el oficio del indulto.

José Inés conoce la historia, los rincones y las tumbas del Panteón Municipal de Morelia como si tuviera un mapa en la mano. Y si alguna vez miró el sepulcro del general Jesús Garza González, que era un ataúd de piedra con guías y una garza tallada sobre la tapa simulada, también fue testigo de la venta ilegal del espacio y la destrucción del monumento, como lo ha sido, igualmente, el saqueo de otras piezas. Conoce la historia del cementerio, con sus luces y sombras, porque sus antepasados y él la vivieron.

Era muy joven cuando conoció a Pedro Infante, quien visitaba Morelia cada tres meses para complacer a su madre. El actor y cantante estimaba a José Inés. Llegaba en un auto pequeño, acompañado de su madre y de Miroslava o alguna actriz famosa, excepto Blanca Estela Pavón Vasconcelos, y caminaban hasta el sepulcro del abuelo Domingo Cruz. Se sentaban alrededor de la tumba y Pedro Infante cantaba.

De hecho, Pedro Infante deseaba que él, José Inés, construyera la cripta para el abuelo Domingo Cruz; pero el hermano del actor y cantante, Ángel Infante, tenía un amigo en Morelia, con quien se reunía y al que ordenó el trabajo.

Relata José Inés que cuando el Hospital General de Morelia, cuya construcción inició en 1897 y la declaración oficial se pronunció en 1901, hasta desaparecer a mediados del siglo XX, se localizaba al poniente del centro histórico de la ciudad, personal médico ordenaba que los cadáveres fueran trasladados al panteón municipal, para lo cual eran colocados en ataúdes que un burro transportaba en un carretón de madera.

Ante la ausencia de carretonero, la bestia de trabajo llegaba hasta determinado punto del cementerio y allí se detenía, en espera de que los sepultureros retiraran los féretros que un hombre fabricaba con tablones burdos cerca del hospital.

Cierto día, el animal llegó al cementerio, como era habitual; pero algo lo asustó que relinchó varias veces, hasta que los ataúdes de tablas cayeron al suelo y los cadáveres rodaron.

El burro huyó hacia el hospital, mientras los otros, los sepultureros, recogieron los cuerpos maltrechos y los depositaron en sus respectivos ataúdes, réplicas, por cierto, de la pobreza en la que coexistieron.

La vida de José Inés está donde moran los muertos porque quiere colaborar a que la gente sienta algo de alivio, y qué mejor que donde hay dolor. Quizá por eso quienes lo conocen, saben que más que acumular riquezas materiales, es coleccionista de historias de necrópolis, un hombre que ayuda, un ser humano que va más allá del menú que la ofreció la vida.

Dos de sus hermanos mayores fueron los primeros alumnos mexicanos que ingresaron al Internado México-España, donde él estudió cinco años. Por cierto, asumió la tarea de cuidar y limpiar las tumbas de sus ex compañeros. Fue diseñador del actual símbolo de Alcohólicos Anónimos, agrupación que representó a nivel nacional, sin olvidar que dedicó muchos años a enseñar a leer y escribir a los adultos. Fue encargado del orden en la colonia Morelos, donde se encuentra el cementerio; sin embargo, al mirar sus manos desgastadas y contemplarse con una vista casi perdida, refiere que se siente contento porque más que arrebatar, se dedicó a dar, y eso lo tiene tranquilo porque está preparado para partir en cuanto llegue su hora.

El hecho de que su abuelo materno haya sido el primer velador y administrador del Panteón Municipal de Morelia desde postrimerías del siglo XIX, que su madre nació en el cementerio, que su padre José Inés Estrada González fue el iniciador de la talla monumentos sepulcrales en esa centuria y que su propia infancia se desarrolló entre calzadas y sepulcros, definió su trayectoria existencial.

José Inés admite que la muerte le ha enseñado a vivir, a no arrebatar, a no esparcir sufrimiento ni tristeza, a ser productivo, a no pensar que los años son obstáculo para caminar, a dar a los demás lo mejor porque los días de la existencia son breves, a prepararse cada segundo porque el final no da oportunidad de rectificar la historia personal. Su vida inició en el Panteón Municipal de Morelia y seguramente allí, donde se encuentran las tumbas del abuelo Fermín, sus padres, sus hermanos, sus tíos y su hija, reposarán sus restos. El mejor homenaje que reciba, advierte, será que mis hijos sigan el ejemplo de rectitud y trabajo, que no se vayan de este mundo con una carga de culpas. Ese es el mejor epitafio que pueda recibir quien toda su vida se dedicó a tallar capillas y monumentos sepulcrales, concluye.

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El sepulturero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La muerte enseña a vivir. Las calzadas desoladas y sombrías, la hojarasca y las tumbas con nombres, fechas y epitafios dolorosos y tristes, hablan, susurran al oído, como para recordar que los días de la existencia son fugaces y no retornan más una vez que huyen, de tal manera que la disyuntiva de la vida, con sus claroscuros, es cultivar flores en el sendero o cavar para depositar la felicidad y las ilusiones en un sepulcro, filosofía que él, Adrián, Adrián Ruiz Melgarejo, alguna ocasión se planteó al notar que las fichas del tablero lo colocaron en los abismos del ocaso.

Es él, irreconocible, nada idéntico al niño que apenas cuatro o cinco décadas antes corría feliz e ilusionado en el barrio, en la campiña, y daba vida al juguete, al soldadito, sin imaginar que un día, otro y muchos más se sumarían para colocarlo en la frontera, donde la realidad y la parte lúdica de la existencia se mezclan y generalmente pierden sentido ante la llamada muerte.

No desconoce que a ellos, los sepultureros, les llaman panteoneros y les apodan “el Frankestein”, “el drácula” o “el muertero”, casi siempre con esos artículos con que los mexicanos acompañan los sobrenombres. Tampoco ignora que hablar de sepultureros, equivale a definir, erróneamente, al hombre enorme o de baja estatura, deforme, jorobado y sin cuello, con la cabeza inclinada y los ojos desorbitados, con una pierna más corta que la otra, los brazos largos y las manos callosas, con el rostro cubierto de cicatrices y casi gesticulando ante la ausencia de vocabulario, tal vez sonriente, entre árboles y tumbas abandonadas, una noche envuelta en neblina, para cometer un sacrilegio, cavar y extraer el cadáver recién enterrado para robarle hasta la ropa, vestirla y lucirla en las calles, al lado de los vivos, o mancillar el cuerpo inerte, amarillo o pálido y rígido por las horas de descomposición, por las formaciones extrañas, los líquidos acumulados y los tejidos que se agusanan, como los describen las obras literarias y lo miran los espectadores aterrados en las salas cinematográficas.

Esas descripciones “me ofenden y denigran”, advierte Adrián -Adrián atrapado en sus recuerdos, Adrián envuelto en las imágenes que se repiten durante las noches de insomnio-, quien asegura que se siente orgulloso y satisfecho con su oficio de sepulturero, acaso porque sirve a otros seres humanos durante las horas más desoladoras y tormentosas de sus existencias, quizá por haber aprendido de la muerte que la única riqueza que perdura es el bien que se hace, probablemente por disfrutar sus tareas, tal vez por todo y nada como a veces parecen la vida y la muerte cuando se desconoce su sentido.

Confiesa el hombre que en el cementerio experimenta tranquilidad y se reencuentra con lo suyo, con lo que le pertenece, seguramente porque late en su interior, en las criptas, en los árboles corpulentos que columpian las ramas que crujen al recibir las caricias del viento, en la tierra que participa en el proceso de descomposición, la imagen de su descendiente, su hijo adorado e inolvidable que a los 12 años de edad no despertó más de un sueño, el de la muerte, que parece derrocar todos los modelos que uno, al vivir, se forma.

“Lo mío no son los temas fúnebres”, afirmación que Adrián reconoce en mucha gente; sin embargo, admite que llega una hora en que parece descender el telón y hombres y mujeres enfrentan la muerte, la idea de la finitud que derrumba todos los esquemas.

Hace muchos años, Adrián se trasladó a la ciudad mexicana de León, Guanajuato, donde contrajo matrimonio y se dedicó a vender ropa, dar alegría a la gente con prendas de colores, signo, quizá, de lo transitorio, para posteriormente tomar la decisión de regresar a Morelia, la capital de Michoacán, donde en 1995 ingresó como albañil a la administración municipal y más tarde, en el año 2000, se convirtió en sepulturero.

Desde entonces, experimenta alegría y tranquilidad al cavar, preparar los sepulcros para los muertos, apoyar a los familiares de los difuntos, extraer cadáveres, aliviar el peso de la gente. El destino, afirma, lo condujo a las sepulturas.

Reconoce que ha permanecido en el Panteón Municipal de Morelia hasta después de las 12 de la noche, sobre todo en la época en que participó en la construcción del crematorio, y de no ser las sombras que suelen pasar raudas entre las tumbas o los susurros que de pronto llegan entre el silencio y la soledad, jamás ha presenciado algo sobrenatural porque los fantasmas, las sombras, sólo existen en uno, en la mente y el corazón de la gente.

Solamente alguna vez, cuando se encontraba cavando con el pico y la pala con la intención de sustraer algunos cuerpos que serían exhumados, sintió escalofrío; no obstante, asegura que en necrópolis uno aprende mucho y que si hay fenómenos anormales, son los que se construyen desde los sentimientos y forma de pensar y vivir.

En los cementerios hay quienes destilan angustia, miedo, terror; pero “uno suda por el trabajo acumulado, por el zapapico y la pala, por la cantidad de servicios fúnebres que esperan turno”, dice el hombre.

Acepta que también se sorprende, como cuando cava para exhumar restos con 20 o 30 años de antigüedad y bajo las losas y entre los restos de los ataúdes aparecen cadáveres incorruptos, como si tuvieran algunas horas de haber sido enterrados, principalmente los que embalsaman en Estados Unidos de Norteamérica y envían a Michoacán. Otros cadáveres aparecen totalmente acartonados, momificados, tan ligeros que es factible colocarlos de pie. Son cuerpos que por alguna causa se transformaron en momias y merecen, por lo mismo, tanto respeto como los otros, los que se consumen en las sepulturas.

Innumerables ocasiones, ante la caminata de la noche y la madrugada, repasa las escenas del día porque la muerte, con todo su ambiente y sus fragancias, ya forma parte de su vida, y le ha enseñado mucho.

Todavía “existen compañeros que no tienen respeto a los cuerpos; pero yo trato de ayudar, contribuir a que los dolientes sientan apoyo durante sus horas de más dolor, y si hay quienes notan que algunas lágrimas deslizan por mi rostro y se atreven a preguntar qué me sucede, simplemente les respondo que no es llanto, que es el sudor del trabajo…”

Trabajo publicado previamente en el periódico Provincia de Michoacán