¿De qué estamos hechos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿De qué estamos hechos? ¿Acaso de amor, bondad, sentimientos nobles y alegrías, o de odio, tristeza, maldad y temor? ¿De qué?, insisto. ¿Probablemente de alientos y suspiros, de corrientes etéreas, de pedazos de cielo y migajas de trigo, o de cauces secos y ranurados, abrojos y parásitos? ¿Es todo?, pregunto. ¿Quizá de tapices de piel, de engranajes orgánicos, de miradas, de sensaciones? ¿Tal vez de recuerdos, de ecos perdidos en un ayer, de momentos presentes, de imágenes futuras? ¿Estamos compuestos de sueños, de vivencias, de recuerdos, de desmemoria? ¿O somos nada, vacío insondable, polvo disuelto? ¿De qué estamos hechos? ¿De bien, de mal, de ambos? ¿Dioses?, ¿ángeles?, ¿demonios?, ¿simplemente humanos? ¿Todo y nada? ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestra fórmula? ¿Agua, fuego, tierra, viento, algo más? ¿De qué estamos hechos?, interrogo de nuevo ante la urgencia de dar respuesta a mi ser inquieto. Pienso que somos principio y fin, eternidad, fuente, luz, esencia, envueltos en arcilla, en barro de apariencias temporales, y que cada uno, de acuerdo con su nivel evolutivo, con la frecuencia vibratoria que emana, es cielo, mundo o infierno, y define, en consecuencia, su ruta, su destino. No somos causalidad ni resultado de ecuaciones torpes, y menos producto de un idilio pasajero y caprichoso. Sencillamente, tú, yo, ella, él, ustedes, ellos, nosotros, somos extraordinarios, almas luminosas que transitamos momentáneamente, en el mundo, de una estación a otra, con oportunidad de hacer del viaje una excursión grandiosa e inolvidable, a pesar de los días soleados y de las noches de tempestad. No es natural morir en el abandono de sentimientos. La vida es algo más, y nosotros también.

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Empecemos hoy

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, con el tiempo, aprende que hay una hora en la que la cuerda se rompe y las historias de antaño, los relatos de familia, las remembranzas del ayer y las narraciones de barcos y naufragios, las etapas de paz y las épocas de guerra, se deshilvanan al marcharse los abuelos. Uno, entonces, deja de ser nieto, y queda, en el mundo, con la memoria de los rostros y la ternura de los abuelos. Uno, con el tiempo, es testigo del desfile de la vida y de las bienvenidas, en los cuneros, y de las despedidas, en las criptas, y agrega en las listas presenciales y en las de las ausencias, nombres y apellidos. Y se marchan los tíos, ya ancianos, y uno deja de ser sobrino en un sentido práctico y terreno. Y se van amigos, compañeros, vecinos. Uno no imagina, a veces, que un día, a cierta hora, dejará de ser hijo, porque ella y él, la madre y el padre, no estarán para regalar su amor y sus sonrisas, sus consejos y sus regaños, su ejemplo y sus momentos. Y así, un día, uno deja de ser hijo, aquí, en el mundo. Uno, entonces, voltea atrás, a los lados, adelante, hasta descubrir y percatarse de que comienza a estar solo. Los rasgos de los otros días, permanecen en el fiel recuerdo, y más cuando abundan rostros nuevos, quizá cariñosos, probablemente crueles, tal vez indiferentes, que transitan por las mismas rutas de la vida y la muerte. Y otro día y algunos más, uno, con dolor y tristeza, deja de ser hermano, indudablemente con la certeza de que la hora del balance se aproxima. Y se acumulan los instantes, los días, los años, casi sin que uno lo note, hasta que el espejo habla con la verdad y devuelve imágenes reales de una edad o de cierta ancianidad. Si a uno le va bien, hasta el minuto postrero compartirá lo que es con sus hijos y nietos; sin embargo, en determinada fecha dejará de ser padre y abuelo. Y de esta manera quedan incontables historias en el mundo, biografías que alguien encierra en el armario o que se rompen con la caminata presurosa del tiempo. Y lo que fue recuerdo, se vuelve olvido. ¿Quiénes somos, entonces? ¿A qué venimos al mundo? Es incomprensible y tonto que innumerables seres humanos, hombres y mujeres, dediquen los años de sus existencia a cultivar enojos, rencores, daños, cuando la vida, en el planeta, es tan breve. ¿Por qué empeñarse en sembrar espinas, cuando los perfumes y la belleza de las flores, los árboles y los helechos alegran y son trozos de paraíso? Las gotas de la lluvia, multiplicadas por millones, abrazan a los ríos, a los océanos impetuosos, a los bosques, a la campiña, y alivia su sed en un acto excelso, magistral y prodigioso, sin extraviarse en divagaciones porque tienen el privilegio y la fortuna de dar a todos, derramar los mejor de sí y expresar el milagro de la vida. ¿Por qué no aprendemos de la lluvia? No esperemos el instante de dejar de ser nietos y abuelos, hijos y padres, hermanos y primos, sobrinos y tíos, parejas inolvidables y amorosas, amigos y compañeros, vecinos y moradores de este mundo. Cuán triste resulta, al final, dejar de ser uno, con su nombre y sus apellidos terrenos, con la envoltura finita del alma que se mantuvo aprisionada, y voltear atrás, al paisaje que abandona, ausente de huellas, amor, sonrisas, virtudes y bien. No esperemos la hora postrera para lamentar lo que no nos atrevimos a hacer por nosotros y por los demás. Empecemos hoy a componer la obra, el concierto que deseamos ser.

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Y pregunto, ¿quién eres?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Quién eres, si no una envoltura hermosa con textura de orquídea y rostro de mujer? ¿Quién eres, si no una mirada en femenino? ¿Quién eres -me pregunto cada noche, mientras escribo mis obras-, si no la musa de mi inspiración? ¿Quién eres -insisto-, si no una luz que ilumina el maquillaje natural de tu arcilla? ¿Quién eres, si no la dama de un caballero que solo aprendió a escribir, amar y vivir? ¿Quién eres -me cuestiono asombrado-, si no mis letras y mis suspiros, mis horas y mis años, mi finitud y mi eternidad? ¿Quién eres -perdona tanta interrogante-, si no la locura de este amor? ¿Quién eres, que te siento a la entrada y en el interior de mi alma? ¿Quién eres -interrumpo tus actividades cotidianas para que contestes-, si no el tú que siento en mi yo? ¿Quién eres, cuando duermo, en la noche, mientras en sueños te miro, con tu cara de niña, patinar sobre la nieve? ¿Quién eres, si te descubro en los aromas y en los colores de primavera, en los arcoíris y en las gotas de verano, en el aliento y en la hojarasca de otoño y en los copos de invierno, aquí y allá, a toda hora, en las mañanas y en las noches, en las tardes y en las madrugadas, al mediodía y no sé a qué hora? ¿Quién eres, si apenas ayer jugábamos al amor y a la vida en un paraíso escondido, en nosotros mismos, en nuestro refugio? ¿Quién eres, si no mi poema, mi yo desde ti, mi tú desde mí, uno y otro en el mundo y en el infinito, ambos en versiones humana y etérea, en un amor que no se extingue y se siente y escribe en tu nombre, en el mío, en los dos, al amar, reír y volar libre y plenamente?

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El arte, un estilo de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un artista, cuando se entrega al proceso creativo de las letras, los sonidos, las formas y los colores, desnuda al ser humano, a la naturaleza, al material yerto, al universo, los sentimientos, los ideales, los pensamientos, la realidad y los sueños, y los cubre y decora con las gotas etéreas del paraíso, en una corriente que fluye incesante dentro y fuera de uno. Un artista, al inspirarse, convive y habla con las musas, con los árboles, con los océanos, con Dios. Un artista deja en cada letra y palabra un sentimiento, una idea, un sueño, una vida, un significado. Un artista lo es a toda hora, en la mañana y en la noche, en la tarde y en la madrugada, mientras duerme y cuando vive, más allá de aplausos, becas y premios. No necesita máscaras ni utiliza muletas. Es su arte, su estilo, su obra y su encanto al crear. Un artista es letra poema y texto, o pintura y escultura, o música, o cualquier expresión sublime del alma, en su ininterrumpida correspondencia con la vida. Un artista escucha, en la madrugada fría y solitaria, un amanecer soleado, una tarde lluviosa o un anochecer caluroso o nevado, que la inspiración toca a su puerta y asoma por su balcón y sus ventanas, y, feliz, ya con una dosis de ideas, despierta y crea. Un artista desconoce horarios y escribe en lunes o viernes, pinta en martes o domingo, arranca melodías a los instrumentos un miércoles y hasta un jueves, o cincela la piedra cualquier sábado, en primavera y en verano, en otoño y en invierno, cuando el calor es sofocante y la tempestad parece incesante, o a las horas del viento otoñal y en los instantes de los copos invernales. No hay tregua en una vida consagrada al arte. Un artista se sumerge en las profundidades inconmensurables de la fuente infinita, de donde extrae tesoros, obras, en minúsculas y mayúsculas, que entrega a la humanidad como regalo del cielo. Un artista, en el instante postrero de su existencia, piensa que aún necesita entregarse a la creación de su obra magistral, acaso sin darse cuenta de que al colgar tantos luceros en la pinacoteca celeste, ya es una estrella que alumbra a la humanidad y otros mundos.

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Si un día no estás conmigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si un día no estás conmigo, acaso porque tuviste que partir a rutas distantes, mi prosa poética sentirá tu ausencia y sus letras, signos y palabras marchitarán, igual que las hojas que despiadadamente arranca el viento otoñal y dispersa en el bosque, en las calzadas de los parques y en el boulevard. Si alguna vez, por cierto motivo, partes de mi lado, volveré una tarde y muchas más a la banca de piedra, junto a la fuente, donde solíamos admirar la pinacoteca celeste, mecernos en la luna sonriente y contabilizar luceros. Si en cierta fecha indefinida, renuncias a mí simplemente porque te cansé o por no ser iguales, te extrañaré tanto que no dudo que a partir de entonces comenzaré a morir. Si una mañana o una tarde, una noche o una madrugada, me dejas, atrapado en la soledad y los recuerdos, pienso que al asomar al espejo, un tanto irreconocible y desmejorado, te identificaré en mí porque un amor como el nuestro no se desvanece ni muere con una despedida. Si en determinado momento, corres al tren y subes a uno de sus furgones, rumbo a un destino incierto, trataré de alcanzarte, y si en el camino mis fuerzas desfallecen, sentiré consuelo al voltear atrás y recordar los días y los años de nuestra historia. Si un día te encuentras en otro sitio, lejos de mí, te aseguro que construiré puentes y escalinatas con la intención de cruzar los abismos que separan al mundo del paraíso, transitar de la arcilla a la esencia, y reencontrarte en un jardín matizado de colores mágicos y envuelto en la delicia del perfume de los ángeles. Si un día no estás conmigo, te buscaré en mi alma, en mi memoria, en mis sentimientos, en mis ideales, en mis sueños, en mis pensamientos, en las huellas que dejamos.

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Quiero que las flores abran sus pétalos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero que las flores abran sus pétalos cuando recorro el jardín, en las mañanas y en las tardes, e incluso en los momentos abreviados y somnolientos de la noche, para que atrapen mi perfume y tú, al recibirlas en una canasta con listones de colores, percibas mi aroma y sepas que yo, tu escritor, soy el remitente. Anhelo que el viento arrastre, entre la hojarasca yerta, las páginas con mis letras, los trozos de mi poemario, con la idea de que escuches, entre los rumores y silencios que suelen aparecer en sus ráfagas, mi voz, el lenguaje que, enamorado, te ha expresado, una y otra vez, que el mundo es la entrada al cielo si se hace de la vida una colección de horas, días y años felices e intensos, con alegrías y detalles. Deseo mezclar las lágrimas emotivas que derramo, cada noche, al escribir una palabra y otras más, enamoradas, solo para ti. Tengo la ilusión de que un día y una noche, y tantos más, ya no tengan instantes ni los apresuren, como ahora, las manecillas nerviosas e inquietas del reloj, porque significará, entonces, que hemos trascendido y convertido el mundo -oh, nuestro mundo- en el paraíso que soñamos.

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Con estas letras, con estas flores…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con estas letras, compenso las horas y los días de ausencia, y con las flores que hoy te regalo, envueltas en burbujas de cristal, te entrego mi vida entera, pintada de colores e impregnada de perfumes, para que me sientas contigo y sepas que nunca renunciaré a ti. Estás presente en mis sueños, en mi vida, en mis ilusiones, en mis locuras. Con estas palabras que hoy escribo, retorno de mis ausencias recurrentes, de mi existencia tan rara, de las estaciones desoladas y distantes, de los viajes a mis profundidades. Vengo de mis delirios por ti, por tu mirada, por tus alegrías y tu risa, por tus ocurrencias y tus enojos, por ser tú tan mí y yo poseer tanto de ti. Escribo mi amor. Mis sentimientos son palabras que trazo, enamoradas entre sí, para que se atraigan y te encanten. Siéntelas en el alma y percibe los latidos de tu corazón, como los de los enamorados cuando miran la luna plateada y se mecen todas las noches en su sonrisa de columpio. Con estas letras, con estas flores, estoy contigo, enamorado de ti, en un delirio que cualquiera piensa termina en el horizonte, cuando el cielo dorado besa al mar y lo incendia de tonos mágicos, acaso sin sospechar que la imagen se replica en el infinito porque el amor es un poema que nunca muere.

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En busca de un poema

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Cómo escribir el más cautivante y bello de los textos y un poema admirable, encantador y asombroso, si no es desde la profundidad y el silencio del alma -en el cielo inimaginable-, donde el artista, entregado a su delirio e inspiración, navega inagotable y recoge letras, palabras, signos? ¿De qué manera se construyen los textos, las obras literarias, la poesía, si no es impregnando en cada pétalo la fragancia de los sentimientos y las ideas, hasta emular un jardín como los del paraíso? ¿A qué hora escribe el artista, si no es raptando instantes al reloj, deleitando a las manecillas con cantos y narraciones e invitando al tiempo a ser cómplice en el arduo y maravilloso proceso de la creación? ¿En qué momento escribe el artista, si no es en las horas y los días de su existencia, mientras las primaveras cantan y pintan los escenarios de colores, los veranos regalan las gotas diáfanas de sus tempestades, los otoños deshojan los árboles y decoran las alfombras de la naturaleza seca y los inviernos ornamentan de blanco los abetos y los techos? ¿Existe otra fórmula más eficiente, al componer un texto, un verso, que limpiar la casa, deshojar los capítulos de superficialidad y arrojarlos a la basura, con el objetivo de sustituirlos por un ambiente de bien y entrega a lo sublime? ¿Cómo traer hasta el cuaderno, la libreta o el equipo, las letras, los signos, las palabras, si no se es capaz de escalar y conquistar las escarpas y las cumbres, descender a abismos insondables, trazar rutas a cielos inconmensurables y a mundos insospechados y tender puentes a sueños y realidades? Los ladrones, tan acostumbrados a raptar obras literarias -nombres hay muchos, disfrazados en la celebridad y ocultos en el anonimato-, construyen, al entregarse a su rapiña, los barrotes y las celdas donde finalmente permanecerán encerrados, mientras aquellos que han enloquecido por lo baladí, las luces artificiales de los aparadores y la locura de las apariencias, y no equilibran su esencia y su arcilla y olvidan el bien y la verdad, desdeñan el encanto y la magia de viajar, por medio de las letras y las palabras, hasta los mares, la lluvia y la morada de Dios. Renuncian a su encuentro consigo. ¿Cómo escribe el novelista?, ¿cómo el poeta?. ¿cómo el artista? Algo hay de cielo y mundo en él, en ella, que va y viene con sus letras, con sus obras, con la intención de construir bancas, fuentes, calzadas con jardines, miradores, torres y palacios que ofrezcan un paréntesis a los caminantes con la finalidad de que recuerden que las estrellas, los granos de arena, los pétalos de las flores, las hojas de los árboles, los helechos y las gotas de los ríos y las cascadas son pedazos de historias y poesía, trozos del infinito, igual que ellos y todo lo que palpita en su interior y afuera. Es una invitación a regresar a casa, al alma, sin olvidar la vida en el mundo.

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Búscala

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El viento dijo: “si la amas, impregna tus palabras en el ambiente, y se las llevaré envueltas en mis ráfagas”. Él creyó en el aire y expresó el delirio de su amor. La llovizna lo abrazó y lo invitó: “si la extrañas tanto, deposita en cada gota un deseo, un instante, un motivo, un detalle, y yo, a cualquier hora, derramaré el agua con tu perfume”. Él aceptó con la esperanza de que ella, al percibir su fragancia, emocionara y asomara a la ventana con la mirada y la sonrisa que solo dibujan el enamoramiento y la ilusión. El arcoíris se aproximó a él y le ofreció llegar hasta ella con la idea de pintar sus días de alegría. El frío, igualmente, llegó y prometió cubrir el paisaje de nieve para que él la abrazara siempre. Llegó la vida hasta la morada de él y advirtió: “no pierdas los días en posibilidades. Actúa. Protagoniza una historia cautivante, maravillosa e inolvidable. Búscala y demuéstrale lo tanto que la amas. Un día pueden encantarle un guiño y una sonrisa; otro, en cambio, quizá le sorprenda la belleza y la fragancia de una flor; uno más, tal vez, le guste que la cargues y gires dichoso y feliz con ella en los brazos; alguno, probablemente, le fascine caminar a tu lado, en el parque o no sé dónde, y beber contigo un café, acaso derramarlo accidentalmente y reír, hasta recibir una servilleta de papel con el dibujo de una flor y su nombre unido al tuyo. No esperes a que las historias ocurran y te excluyan o te destinen papeles secundarios. Invéntalas y vívelas. Los días de la existencia son un milagro y están compuestos de detalles. Sorpréndela con el prodigio del amor”. La vida se retiró y él, reflexivo y silencioso, comprendió que los días y los años son tan cortos que apenas alcanzan, en el amor, para dar lo mejor de sí y crear el más bello y prodigioso de los cielos. Entendió que los minutos y los años de la existencia son trozos de paraíso y de infierno, y que cada instante, uno elige ser intensamente feliz o cargar voluntariamente una losa compuesta de desdicha. Y fue por ella para entregarle su más profundo amor.

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Cuando se va un amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que eres tan especial en mi vida... simplemente, la otra parte de mí

Cuando se va un amor, el alma queda desierta, ausente de sí, en alguna estación abandonada y vieja. Cuando se va un amor, de pronto la luna se vuelve real y pierde el encanto de su sonrisa de columpio. Cuando se va un amor, las lágrimas duelen y se convierten en tempestad interminable que envía al naufragio y, finalmente, ahoga. Cuando se va un amor, y era tan querido, ninguno otro lo suplanta. Cuando se va un amor, quedan las evocaciones, el desconsuelo y la melancolía. Cuando se va un amor, los pétalos de las rosas marchitan prematuramente y el perfume de las flores se disuelve irremediablemente, hasta que es imposible vivir y soñar en el diseño y la creación de un bouquet traído de los jardines del paraíso. Cuando se va un amor, las imágenes, las remembranzas y las cosas que fueron de uno y otro, envejecen y agonizan. Cuando se va un amor, se acabó una historia y todo entristece. Cuando se va un amor, las espigas del trigo pierden el dorado al alumbrarlas el sol y los amaneceres ya no ofrecen colores ni porvenir. Cuando se va un amor, las letras y las palabras, construidas diariamente en la libreta, se desmoronan, pierden sus colores inconfundibles y es imposible armar otros poemas. Cuando se va un amor, uno se siente enclaustrado y solo, triste y muerto, en el hogar que construyó con ilusión y estaba reservado a alguien especial. Cuando se va un amor, el caminante descubre que a los lados y adelante ya no hay huellas paralelas y que los senderos permanecen solos y yertos. Cuando se va un amor, la mirada se apaga y resulta imposible contabilizar las estrellas, poner nombres a los árboles y abrazar a alguien, girar y caer al pasto sonrientes y dichosos. Cuando se va un amor, las páginas quedan en blanco, el pentagrama aparece desolado y los pinceles son incapaces de deslizar e impregnar la policromía en el lienzo. Cuando se va un amor, se siente la ausencia del tú y el yo, asoma la muerte y los días pierden sentido. Cuando se va un amor, alguien, a la distancia, ya lleva mucho de uno. Cuando se va un amor, un amor que era real, se pierde la entrada al cielo. Cuando se va un amor, los ojos se nublan, la voz se apaga y el corazón no late más. Cuando se va un amor, los sueños y las ilusiones caen inevitablemente, igual que los árboles en otoño que miran a la hoja postrera en su fatal caída… por eso, nunca te alejes de mí ni dejes de latir en mi corazón, en mi vida, en mi memoria y en mis sentimientos. Te amo en pretérito, en presente y en futuro, en este mundo, en otros más y en paraísos insospechados.

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