Quién que es…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Quién que es no se ha sentido cautivado, una noche, al contemplar un lago rodeado de abetos y descubrir en la pinacoteca celeste los faroles y los luceros estelares que asoman enamorados al espejo actuático que duerme arrullado por los rumores y los sigilos de las horas? ¿Quién que es no ha experimentado la locura de correr, una tarde de lluvia, en el parque, solo o acompado, y sentir las gotas deslizar en su rostro y empapar su cabello, su ropa y su calzado? ¿Quién que es no ha sentido embeleso al percibir las fragancias de los tulipanes, las orquídeas y las rosas, una mañana primaveral, al internarse en algún jardín con rasgos de paraíso? ¿Quién que es, al admirar el oleaje en su interminable ir y venir y distinguir, en la lejanía, al sol y al horizonte, refugiados entre matices amarillos, maranjas y rojizos, en su romance y en su ósculo vespertino, antes del anochecer, no ha reaccionado con un suspiro que se propaga en el universo? ¿Quién que es, al nacer no trae un pedazo de cielo y al vivir elige, antes de la muerte, su destino en un paraíso o en un infierno? ¿Quién que es no ha reído y llorado, en sus alegrías y tristezas, con el consuelo de no saberse solo? ¿Quién que es no está incluido en los guiones y en las partituras de Dios, en los susurros y en las pausas del viento, en el palpitar de la creación?

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En un párrafo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Para usted

En un párrafo le digo que cuando me ausento de las letras que usted me inspira, me encuentro en el abecedario y en las palabras que construyo para entregarle un poema, una hoja de papel con las expresiones más sublimes y elegantes que solo manifiesta quien ha sentido la presencia de un amor en su alma y en su textura, en su esencia y en su mirada, en sus realidades y en sus sueños, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus ideales y en sus pensamientos, como un regalo que llega del cielo, una locura que se experimenta cada instante, todos los días, con sus motivos, sus detalles y sus sentidos, o un delirio que propicia ocurrencias y risas, caminatas y aventuras, amaneceres y ocasos, a pesar de los encuentros y los desencuentros que pudieran presentarse en uno o en otro, acaso por saberse tú y yo, quizá por despertar perfumes de un paraíso infinito, tal vez por pensar que vienen de una fuente etérea, bella, prodigiosa e inmortal, donde estarán siempre.

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¿Paraíso o infierno?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me asombra que tantos seres humanos anhelen, crean y sueñen un paraíso infinito tras su muerte física, en un ambiente de descanso y paz, al mismo tiempo que aquí, en el mundo, destruyen la naturaleza, contaminan, arrebatan, rivalizan, odian, ambicionan poder y riqueza sin fines nobles, critican, son violentos, se mofan y participan o respaldan guerras contra aquellos que no sienten ni piensan igual que ellos. Me parece contradictorio, estúpido y falso desear un cielo, un vergel, para reposo eterno del alma, mientras se colocan trampas mortales en contra de los más débiles, se les quita todo a los desposeídos y se consumen los días de la existencia con superficialidad, indiferencia al sufrimiento de otros, carencia de valores, ausencia de sentimientos nobles y estulticia. ¿Qué clase de criatura es ese porcentaje tan amplio de la humanidad que idealiza un paraíso tras su muerte física y hace de la Tierra, su único hogar temporal, un infierno? ¿Es lógico desear la vida, el bienestar, la salud y la felicidad, mientras se mata, se provocan enfermedades, se propicia el mal y se embiste a otros con dolor y tristeza? ¿Es razonable aspirar y soñar un cielo maravilloso, sublime e infinito, cuando la casa terrena es enlodada? ¿Qué clase de personas son aquellas que desean para sí un palacio y, antes de poseerlo, ensucian y destruyen la casa que habitan temporalmente?

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Más allá de barrotes y ataduras, el arte es libre

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La inspiración, en el arte, vuela y navega una noche o alguna mañana, en la tarde o en la madrugada, mientras es otoño o es primavera, durante un invierno o cierto verano, libre y plena, en armonía y con equilibrio, sin que alguien la mancille y someta, a veces solemne y en ocasiones, en cambio, desbordante. El arte sigue su ruta. No admite cadenas, barrotes y candados, simplemente por su rebeldía a la producción en serie, a las reglas estrictas e indiferentes, a la crueldad y al juicio sin sentido. Es un pájaro que vuela lejos o cerca, una hoja que juega con el viento o que deja pasar las corrientes de aire por preferir las gotas de lluvia o los copor de nieve, una embarcación que sortea el oleaje impetuoso, las tormentas incesantes y las tranquilidades profundas o superficiales. Es, parece, una palabra o alguna melodía de Dios, ciertos matices del cielo y determinadas formas del paraíso. El arte es una locura, un motivo, un delirio que va más allá de una época, una tendencia o una moda. El arte -igual que la ciencia- es universal y no puede fragmentarse en ideologías e intereses económicos y políticos. No está a la venta ni es una oferta. Es algo superior a la mercancía, a los discursos políticos, a las costumbres y a los fanatismos; aunque con frecuencia se le pretenda atrapar y etiquetar igual que un esclavo, un sirviente o un objeto. El arte visita las realidades cotidianas, lo extraño y lo conocido, y hasta explora los sueños, los parajes recónditos, la arcilla y la esencia, las luces y las oscuridades. Es tan auténtico y libre, que cada artista lo expresa con su estilo. El arte es la letra, el color, la nota y la forma de Dios, concepto que definitivamente no cabe en las mentalidades cuadriculadas y obstinadas en medirlo, alabar o condenar sus expresiones. El arte es la conexión a la inmortalidad, a las realidades y a los sueños, al alma y a la textura, al cielo y a la tierra. Es la corriente etérea que, en algún momento, plantea y explica lo incomprensible y le da sentido con las palabras, con las notas, con la policromía, con las formas. Es un puente de cristal prodigioso que conecta el mundo con reinos infinitos.

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Confesión de humano

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Percibo, en las hojas que el viento otoñal de la tarde arranca de los árboles, los pasos y el aliento de Dios, quien las pinta de matices amarillentos, cafés, dorados, naranjas y rojizos, y las convierte en alfombras que adornan y tapizan los bosques, los remansos y los jardines. Escucho sus rumores y sus silencios con la lluvia, en cada gota que se desprende de las nubes, en un delirio de hablarle al alma, a los sentidos, y dejarles lapsos de sigilos, pausas, simplemente, creo, para que se reconcilien y convivan en armonía, con equilibrio y plenamente. Veo el milagro de la creación y de la vida en cada flor que me regala sus perfumes, sus texturas, sus encantos y sus colores. Me siento inmerso en la fuente infinita, en el universo, al despojarme de las sandalias, caminar descalzo, hundir los pies en la corriente diáfana y en la arena del fondo, y al abrazar un árbol, otro y muchos más, y descubrir sus secretos, sus deleites, sus motivos, hasta fundirme con la corteza, los helechos y el ritmo de la naturaleza, y así, con tal desnudez, entregarme al palpitar del infinito, a la esencia, al principio sin final. Oigo la conversación de Dios en el susurro del mar, en las tormentas, en los murmullos de las cascadas y en el canto de los ríos, en los truenos y en la lejanía y la soledad de los desiertos. Me reencuentro y me defino en las miradas de los niños, de los jóvenes, de los adultos, y también, no lo omito, en las de las plantas y en las de los animales. Encuentro, en el camino, abismos que me invitan a construir puentes, cimas que me llaman a escalar, profundidades que me retan a explorar.. Hay, en la senda, pétalos fragantes, policromados y de textura deliciosa, pero también abrojos y varas, para que uno, al andar, nunca olvide las luces y las sombras y decida, finalmente, la ruta y el destino. Es tanta la belleza que me rodea, que al palpar la cercanía de Dios y sentirlo en mi interior y afuera, siempre en mí, le agradezco tanta maravilla. Me responde y sonríe con las caricias del aire, con las gotas de la llovizna, con los copos nevados, con el agua que bebo, con los frutos y las legumbres que como y con las rocas y los peñascos donde reposo y desde los que contemplo, arrobado, los paisajes que tienen algo del paraíso. No obstante, al diluirse las tonalidades de la mañana y la tarde y cubrirse la pinacoteca celeste de estrellas y de otros mundos, me siento avergonzado, como ser humano, por tanta ausencia de bien, por romper el mundo, por el abuso a las criaturas más indefensas, por la ambición desmedida que arrebata todo, por las injusticias y por los que tienen hambre, por los que sufren lo indecible al enfermar, por los que han perdido a quienes tanto amaban, por la contaminación, por la estupidez, por la superficialidad, por el daño a la gente, a las plantas, a los animales, a la tierra, al aire, a todo. Me apena mucho que, no conformes con destrozar el mundo -nuestra única morada temporal-, ahora estemos interesados en conquistar otros planetas con la intención de ejercer dominio y control absoluto. Con tan poco, estamos confundidos y pensamos erróneamente que somos dioses con capacidad de destruir y modificar todo lo que nos rodea por así desearlo nuestros apetitos, intereses y ambiciones. Con la noche, la creación me obsequia el sueño, el descanso, para mañana, al amanecer, disfrutar el aire y los colores de la vida. Descansaré esta noche, como otras tantas de mi vida, con la diferencia de que siento pesar por lo que era tan nuestro y hemos roto en detrimento de innumerables seres. Dios me habla, en su código de murmullos y silencios, entre una estrella y otra. Me regala tanto y yo, pregunto con congoja, ¿qué le doy?

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Simplemente, una invitación

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Sí, simplemente es una invitación a usted

¿Y si hoy, antes de la lluvia del atardecer y de los arcoíris que el sol y las gotas suelen pintar entre el cielo y el mundo -acaso para unir la esencia con la arcilla, quizá con la intención de regalarnos momentos fugaces y eternidad, tal vez con el objetivo de recordar que estamos aquí y allá-, usted y yo arrullamos las letras, con sus acentos y sus signos, para descifrar sus sentidos y mecernos suavemente en los columpios de nuestros días y de los años temporales y dentro del palpitar del infinito que canta incesante? ¿Y si, juntos, colocamos las palabras en un remanso apacible y desentrañamos y vivimos sus significados? ¿Y si desprendemos del poemario sus sentidos, sus detalles, sus motivos, para deleite nuestro? ¿Y si este día, previo al amanecer, acordamos despertar de nuestros sueños y jugar aquí, en el mundo, ahora y mañana, al amor y a la vida, antes de retornar a paraísos sin final? ¿Y si emulamos al viento que arranca hojas de los árboles, en otoño, y usted y yo tomamos colores de las estrellas y del universo con la idea de alegrar y matizar nuestros encuentros y desencuentros, los encantos y los desencantos que compartimos? ¿Y si del arte, que es mi vida, y también la suya al ser mi Musa, sustraigo letras para componerle un poema, notas que arranquen del piano y del violín melodías sublimes, tonalidades que iluminen lo que somos, lo que es tan nuestro, lo que pulsa en usted y en mí? ¿Y si la noche nos alcanza en el camino y decidimos pernoctar en nuestros sueños y vivencias, en los minutos imparables? ¿Y si mañana, al despertar, descubre hojarasca en sus pies y en sus sandalias, percibe mi fragancia en usted y me convierto en su primer sentimiento del día, como quien amanece en la eternidad? ¿Y si, simplemente, damos un paseo?

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El beso de una dama

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Disculpe que la interrumpa. Es que al descubrirla a usted, frente a mi mirada, me resulta imposible resistir el impulso de preguntarle cómo es el beso de una dama. Es, quizá, simple curiosidad, o tal vez, creo, el deseo de recibir un ósculo de usted, con algo del mundo y del cielo, mezcla digna de la fórmula del amor. El beso de una dama es, parece, fragmento y sabor del paraíso, trozo de dos -hay un caballero para ella-, eco celeste. Una dama, pienso, besa con ternura, simplemente como la flor blanca y enamorada que comparte la pureza de su esencia; aunque en ocasiones sea igual a la hierba silvestre que el viento agita al soplar desde algún rincón secreto. El beso de una dama -intuyo- trae consigo los sabores del paraíso, los condimentos del infinito, la sazón de la arcilla y de la esencia. El beso de una dama no traiciona ni se malbarata en fracturas para uno y otro; es, sencillamente, un acto fiel, algo que ella obsequia a alguien especial, a un caballero que dispersa pétalos de flores a su paso. Es un suspiro que se da, un poema aún no escrito, una nota musical. El beso de una dama es la corriente diáfana en un remanso apacible y el mar impetuoso una mañana, una tarde o una noche de tormenta. El beso de una dama es, supongo, la receta de Dios que ella trae al mundo, con sabor a corriente etérea y a barro, con el encanto del amor.

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Al elegir el camino, se definen el rumbo y el destino

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cuando se apaga una vida, en el mundo, se agrega de nuevo un alma y se enciende una luz en el infinito. Lloramos, con frecuncia, por la ausencia de las presencias físicas, por la gente que de pronto se retiró del sendero, sin recordar, acaso, que solo se trataba de una caminata y de un ensayo, de una prueba dentro de la finutud, una excursión terrena muy breve y temporal. Nos acostumbramos tanto a los encantos de la vida humana, que olvidamos la otra parte de nosotros, la que se encuentra en nuestro interior y tiene, por lo mismo, conexión con paraísos mágicos, con planos inmortales, con la Fuente Infinita. Es maravilloso experimentar los instantes, las horas y los años de la existencia en el mundo, dentro de una textura de arcilla que iremediablemente envejece y se transforma al pasar por una transición, prrincipalmente cuando la vida se experimenta en armonía, con equilibrio y plenamente, rumbo a la evolución; no obstante, es tan temido el final terreno, la llamada muerte, que, consciente o involuntariamente, desde los primeros minutos de la infancia, colocamos diques y capas de tierra a los recintos del alma para no encontrarnos con nosotros, con lo grandiosos que somos, y seguimos, entonces, cual náufragos en el destierro, una y otra vez, en ciclos que parecen interminables. Somos tan anbiciosos, egoístas e ignorantes, que hasta el concepto y la imagen de Dios es procesada y asimilada por nosotros de acuerdo con nuestros intereses, cuando se trata de algo superior que, incluso, es posible experimentar. La invitación toca a la puerta de cada ser y asoma a sus ventanas con insistencia. Nadie está peleado con las cosas materiales. Es legítimo, por ejemplo, aspirar a verdaderos niveles de bienestar y disfrutar al máximo lo que la vida ofrece en la Tierra. Al elegir el camino, cada hombre y mujer define su rumbo y su destino. Una vida que se experimenta en el mundo y, por añadidura, se dedica al bien, la verdad, la justicia, la dignidad humana, el respeto, la libertad y los valores, innegablemente trascenderá y, al apagarse en el mundo, será luz.

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Un día, a cierta hora…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una mañana incierta, de improviso, ya no calzaré mis sandalias para andar contigo, con ustedesm con ellos. Mis huellas no quedarán registradas más en caminos sucesivos, en rutas nuevas, y quedarán, empolvadas, en antiguos trayectos. Quizá al mediodía, a partir de alguna fecha desconocida, ya no beberé ni comeré a tu lado, entre ellos, frente a todos, porque andaré, sin olvidarlos, en busca de ricos manjares. Una tarde -acaso cálida, probablemente nevada, quizá de lluvia, tal vez de viento-, mi bolígrafo y mi libreta de apuntes quedarán desolados, entre los sigilos y los rumores de lo que escribí, resignados, seguramente, a permanecer sobre el escritorio, en mi taller de artista, presos en alguna caja o sin duda en la basura, en un naufragio extraño, en un delirio patético ante el naufragio, la desmemoria y la ausencia de autor y la falta de poemas. Una noche postrera de mi existencia -desconozco cuál-, finalmente callaré y no habrá letras ni palabras. Mis textos hablarán por mí a quienes deseen escucharme y recordar lo que soy, lo que fui. Una madrugada -aún no la identifico-, ya no soñaré que vivo en un mundo que fue paraíso y mi casa, al lado tuyo y de ellos, de los que más he amado. Un día, a cierta hora, sabré, finalmente, si gané o si perdí la batalla, si llegué a la cumbre o si resbalé a los desfiladeros, si alcancé la luz o si quedé en las sombras. Un día de este mundo, en la temporalidad, partiré y, al siguiente, en la inmortalidad, permaneceré en algún remanso, en un paraíso, feliz de esperarte, contento de aguardarlos, encantado del reencuentro y de la fusión. Y mientras llega la hora, el minuto que posiblemente navega en algún océano, el instante que desembarcará en un puerto, sonreiré a tu lado y al de ellos, caminaré con ustedes, descalzaré, hundiré los pies en el barro, abrazaré los árboles, sentiré el pulso de la vida y disfrutaré este regalo tan grandioso del cielo.

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Perfume de artista

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El arte estaba impregnado en su esencia y en su forma, y lo percibía en sí y en las imágenes de los espejos y de los charcos, al asomar y al preguntar por su identidad, al despertar una mañana y al dormir una noche, al crear sus obras y al andar por el mundo, al vivir y al soñar, al escribir su nombre y al pronunciarlo y al callarlo, al reír y al llorar, al caminar y al remar. Le encantaba experimentar los minutos, los días y los años de su existencia, aquí y allá, en las aventuras y en los capítulos que protagonizaba; pero el arte, fiel a su alma, ya era él, y no se traicionaba al escribir sus letras, sus palabras, decoradas con sentimientos y perfumadas con ideas. Era ser humano, y artista; persona, y creador; caminante, y escritor. Amaba, y escribía; tenía familia y amigos, y se dedicaba al arte; vivía y soñaba, y no olvidaba las letras y las palabras que de alguna manera pulsaban en él, palpitaban en su interior. Una tarde, mientras lloviznaba, alguien le confesó su admiración y su respeto, y hasta el amor que sentía por él. El artista sonrió, agradeció y siguió su camino. La mujer lo alcanzó y manifestó que él, el autor, resultaba cautivante y hechizaba al escribir; aunque lamentó, y así lo dijo, que fuera más arte que ser humano. Explicó que una persona, al enamorarse de otra, necesita exclusividad, y el arte, convertido en letras, en música, en colores, en formas y en cualquier expresión, no duerme ni se ausenta del alma del creador, a quien interrumpe una noche o una madrugada, en la soledad y durante una convivencia, con el objetivo de dictarle sus secretos, transmitirle los rumores y los silencios de la creación que ha de anotar en el cuaderno, en la libreta, en las hojas, en algún papel. El hombre admitió que el arte es celoso e irrenunciable; pero consiente a quienes lo aman fielmente y no rivaliza porque conoce sus estaciones, sus ciclos, sus períodos impetuosos y sus momentos tranquilos. Es tormenta y es calma. No tiene vacaciones ni tregua. El arte no tiene inconveniente en los amores y en tantas aficiones; sin embargo, a cierta hora, quizá la menos esperada, recluta la atención y exige concentración, esfuerzo, trabajo e inspiración. El artista horada, escala y se sumerge en profundidades infinitas con la finalidad de regresar con pedazos de cielo, de mundos y de infiernos que convierte en obras. Traduce lo inexplicable y lo vuelve lógico y natural. Solo el artista conoce las amarguras, las dulzuras y las historias de sus travesías. Cruza tierras inhóspitas y paraísos, hasta que retorna con fórmulas prodigiosas que embelesan e inmortalizan. La mujer no estaba dispuesta a compartir el amor del artista con el arte y las musas etéreas de la creación. Renunció a él. Lo miró alejarse, entre las luces y las sombras de la vida, en medio de vivencias y de sueños, con una carretilla pletórica de flores y sonrisas que regalaba, mientras quedaba, a su paso, la fragancia de su perfume, su perfume de artista.

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