Magia, tradición y sincretismo en la noche de muertos de la zona lacustre de Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Permanecen desolados y silenciosos, igual que un libro abandonado y viejo que resguarda identidades, fechas e historias. Tan melancólicos como los sepulcros, los árboles inclinan sus ramas balanceadas por el viento. Las tumbas también contienen nombres anónimos, datos y hasta epitafios de quienes un día, una tarde o una noche, acaso sorprendidos por la fugacidad de la existencia, concluyeron la jornada, se retiraron del camino y abandonaron sus proyectos, juegos e ilusiones, con los claroscuros que significa la trama de la vida.

Todas las noches, cuando la bóveda celeste exhibe y presume el más magistral de los escenarios con incontables luceros que alumbran y estimulan a sentir la fuerza del universo, el frío envuelve las sepulturas en la zona lacustre de Pátzcuaro, mientras la neblina gravita como para cubrir la ausencia de quienes partieron a otro plano y se convirtieron en ayer, en recuerdo, en olvido.

El ambiente sideral se modifica la noche del 31 de octubre y las madrugadas del 1 y 2 de noviembre de cada año, cuando las estrellas plateadas comparten su luminosidad con velas, cirios y veladoras que de pronto, en los cementerios de los pueblos indígenas que rodean al lago de Pátzcuaro, son prendidas por quienes aún permanecen en el mundo y aguardan el retorno de las ánimas de sus familiares y amigos.

Nadie como el pueblo purépecha, especialmente en la zona lacustre de Pátzcuaro, en el estado mexicano de Michoacán, para celebrar la Animeecheri k´uinchekua o “fiesta de las ánimas”, o la Animecha kejtzitakua u “ofrenda de las ánimas”. En un sincretismo de la cultura prehispánica y las doctrinas evangelizadoras que los misioneros españoles emprendieron a partir del siglo XVI, la noche de muertos resulta emotiva, irrepetible y mágica.

De la oscuridad y desolación nocturna, en los cementerios purépechas, brotan los colores amarillo y naranja de las flores de cempasúchil, alumbradas por las flamas de velas y veladoras, como si la vida se empeñara, a pesar de las sombras de la muerte, en reaparecer, en manifestarse una y otra vez en un paraje que definitivamente pertenece a quienes se ausentaron del mundo.

Entre las sombras nocturnas y las llamas amarillas, azuladas, naranjas y violetas, surgen, apenas visibles, los rasgos indígenas de los purépechas que velan en los cementerios, el 1 de noviembre, a los “angelitos”, a los niños que renunciaron a los días de su existencia, a los juguetes, a la escuela, a la oportunidad de probarse como seres humanos, y el 2, en tanto, a los adultos, a quienes también se apartaron del camino por alguna causa, por una enfermedad, un accidente o de manera natural, y dejaron, en consecuencia, las páginas en blanco.

Fieles a sus costumbres y tradiciones ancestrales, los nativos acuden puntuales, cada año, a su cita con los muertos, a quienes colocan ofrendas con flores, agua, alimentos, panes, retratos, bebidas alcohólicas y objetos que identifican a quienes ya se marcharon y retornan una vez al año.

En un ambiente de misticismo, casi mágico e incluso de festividad, los purépechas esperan la visita de sus muertos con oraciones y ofrendas que les servirán para regresar a lo que definen como más allá.

Los arcos cubiertos de flores de cempasúchil, colocados devotamente en las tumbas, recuerdan un año o menos del fallecimiento de las personas, hombres y mujeres que alguna vez, en sus mejores días, también acudieron al cementerio con la intención de velar y esperar a sus muertos.

Ellos, los purépechas, preparan los altares en sus casas, con ofrendas y hasta con los retratos de sus seres amados, como lo hacen, igualmente, en los panteones. En el caso de los angelitos, de los pequeños que siguieron rutas diferentes y opuestas a las de la vida plena, sus familiares colocan en las ofrendas los objetos que les pertenecieron, los juguetes que los alegraron, las cosas que les gustaron, la comida y las golosinas que los deleitaron.

Quizá la velación más célebre en el mundo es la de la noche del 1 y la madrugada del 2 de noviembre, cuando los indígenas esperan el regreso de las ánimas. La noche de muertos ha sido declarada Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Encuentro de dos culturas, la indígena, la purépecha, y la europea, la española. Sincretismo de dos civilizaciones, de dos estilos y creencias diferentes. La fiesta de muertos, en los pueblos de la región de Pátzcuaro, es digna de admirarse.

Y la mejor forma de conocer y disfrutar esa celebración indígena no es, como anualmente sucede en Pátzcuaro y Janitzio, arrojando basura, consumiendo bebidas alcohólicas y alterando el orden, sino recorriendo los altares y las ofrendas con respeto, dialogar con los purépechas, conocer sus costumbres y tradiciones, explorar las fiestas de los nativos, observar los altares y las ofrendas y divertirse con la alegría de la vida que se consume cada instante, igual que la noche y la cera de las veladoras atrapadas en bolsas blancas que con tanto esmero depositan las autoridades eclesiásticas en el vetusto e imponente atrio de Tzintzuntzan.

Uno puede recorrer gran cantidad de pueblos purépechas, alrededor del lago de Pátzcuaro, para encontrarse de frente con la noche de muertos y contemplar el paisaje lacustre.

Cuán bello, verbigracia, resulta trasladarse al mirador, entre Cucuchucho y Ucasanástacua, para contemplar el ambiente sidéreo, la profundidad de un cielo incendiado por incontables estrellas, y admirar, a la vez, las luces que provienen de los caseríos de las islas de Janitzio, Yunuén y La Pacanda y de otros poblados indígenas, reflejados en el manto acuático, ennegrecido por la noche helada que parece susurrar al oído los ecos de los campanarios y las voces purépechas, reunidas en los cementerios, para repetir “vive, vive, vive”.

OTRA VERSIÓN

¿Qué es una flor, si no un suspiro fugaz? ¿Qué la vida, si no una sucesión de capítulos y eventualidades que forman una historia, un libreto, una comedia que al final concluye y queda cual recuerdo y posteriormente, al descender el telón del tiempo, se extravía en el olvido?

Vida. Muerte. Recuerdo. Olvido. Día y noche. Risa y llanto. Alegría y tristeza. Claroscuros de la vida. Igual que las flamas de las velas que parecen danzar al recibir las ráfagas de viento helado y se extinguen ante la cabalgata de las horas, los hombres y las mujeres purépechas, en la zona lacustre de Pátzcuaro, escriben las tramas de sus existencias desde el cunero hasta el sepulcro.

Parece que conforme transcurren las horas, los días, los años, los difuntos pretendieran refugiarse en los corazones y no desvanecerse de la memoria de quienes aún conservan el aliento de la existencia.

Y es que en las tumbas, entre flores de cempasúchil y nombres y apellidos de personajes anónimos, todo parece tan efímero como el cielo nocturno cubierto de estrellas o el hálito del aire que barre la hojarasca y la dispersa en las calzadas rústicas custodiadas por sepulturas indígenas.

Cada sepulcro esconde una identidad, un rostro, una trama, una fecha, un proyecto de vida que en algún instante del ayer quedó trunco y que luego, cada 1 y 2 de noviembre, ellos, los nativos de los pueblos lacustres, recuerdan y honran con oraciones y ofrendas.

Carcomidas por las caricias del aire y la lluvia, por la visita de la polilla y el sol, u oxidadas por la acumulación de los minutos inexorables, las cruces de madera y de hierro asoman inclinadas y melancólicas en los montículos de tierra, compartiendo silencio y soledad con residuos de cera y flores marchitas, y acentuando su humildad, su sencillez, ante criptas de mayor fortaleza y ostentosidad.

Los árboles desgajados y las ramas agachadas, cual fantasmas atormentados, hunden sus raíces en la intimidad de la tierra sin importarles compartir el espacio con cuerpos carentes de porvenir, con hombres y mujeres, con niños, jóvenes, adultos y ancianos que duermen profundamente, ajenos al palpitar de la vida en el mundo.

Sopla el aire helado. Es un viejo coleccionista, un avaro que reúne apasionada y esmeradamente, como el infante sus estampas, los pétalos y las hojas que caen y se secan, hasta fragmentarse y quedar consumidas, compartir el mismo destino de la gente.

Aquí y allá reposan los difuntos en la profundidad, entre piedras y tierra, indiferentes a la luz y a la noche, próximos a caracoles, gusanos y raíces. No desconocían, en vida, que tal sería su suerte. Así quedaron sus antecesores, hace siglos, sepultados con sus ídolos.

Con rostro oculto y diferente, es el otro pueblo. Hay colonias y secciones en los cementerios. Moran los indígenas que otrora, ayer o anteayer, eran habitantes de los poblados. Comparten territorio amigos, familiares y adversarios. Todos están juntos. Es su nueva población. Es morada de murmullos, penumbra y soledad. Son huéspedes. Los cuerpos duermen, permanecen quietos, hasta que se desmoronan y fusionan con el polvo, con la tierra, en un incesante palpitar.

Los caracoles se arrastran en los montículos, en las lápidas, en las calzadas sombrías de tierra; las lombrices se introducen a agujeros, se esconden entre raíces y hierba; los abejorros zumban, manosean cruces y sepulcros sin recato. Las flores silvestres y los matorrales crecen y cubren las tumbas olvidadas durante el año. Pululan los insectos ante la indiferencia de los muertos, pequeños y grandes, que yacen en el gran silencio y cuya esencia grandiosa reposa en planos superiores.

Finalmente, porque todo ciclo se cumple, han de coincidir la familia y los amigos, todas las generaciones. Habrán de estar juntos padres e hijos, abuelos y nietos, amigos y adversarios, parientes, hombres y mujeres que se amaron y otros, igualmente, que se odiaron, que escribieron anónimamente, sin sospecharlo, las historias de sus pueblos, compartiendo un destino, un sendero, en determinado lugar e instante. Quedaron cerca de su pueblo, donde las casas son de adobe y la lengua una dulce melodía que tiene similitud con las voces de los ríos, del aire y de la lluvia.

Las palabras de amor, las rondas infantiles, las miradas de ternura y odio, la felicidad y la tristeza, el nacimiento y la agonía, la esperanza y la desilusión, las tertulias, los proyectos, las jornadas en la campiña, todo se agota, se consume, se reduce en las tumbas. Nada queda. Desde el humilde y modesto sepulcro -montículo de tierra con cruz de madera o lámina-, hasta el más suntuoso -el de mármol-, es hogar, refugio, escondrijo de un cuerpo ausente de futuro, de una historia irrepetible, de una identidad con anécdotas y claroscuros.

Inseparables, acaso porque no se concibe uno sin el otro, el pueblo de los vivos y el de los muertos -necrópolis- comparten alegrías y tristezas. Ellos, los purépechas que aún moran en los poblados lacustres, acuden puntuales a su cita, a su encuentro, el 1 de noviembre de cada año, al cementerio, a las tumbas donde reposan los pequeños, los “angelitos”, como les llaman, para acercarles ofrendas, orarles y recordarlos con gran amor.
Sus padres, hermanos, abuelos, tíos, padrinos, todos los que sintieron amor por ellos, les llevan agua, flores, fruta, pan, juguetes y veladoras, que colocan en las tumbas recién lavadas, para posteriormente, muchas veces entre lágrimas, orarles y recordarlos como eran en el mundo, alegres, risueños, o tal vez huraños, tímidos, traviesos. Esa, al parecer, la trama de la vida.

Motivados por el amor tan intenso que sintieron por ellos y quizá porque ya palpitan en sus corazones, algunas comunidades indígenas, como la de Cucuchucho, acostumbran llevar calabazas, chayotes, dulces y gelatinas a los pequeños difuntos.

No obstante, hay quienes depositan juguetes en las criptas infantiles. Colocan las canicas, el carrito, el soldado, la muñeca, la estufa, los jarritos, la pelota y las tazas minúsculas, para que ellos, los pequeños que murieron e interrumpieron los capítulos de sus existencias, se diviertan como antes, cuando el colorido de la campiña se retrataba en sus pupilas, el sabor de las golosinas deleitaba sus paladares y las ilusiones y risas eran su pasión. Suspendieron, por alguna causa, sus actividades mundanas. Concluyeron la jornada muy temprano.

Muñecas, pelotas, sonajas, objetos para un mundo minúsculo, dedicados a la memoria infantil, a las siluetas diminutas, casi desvanecidas, que se hospedan en la memoria, en los corazones, y provocan amargura y dolor. Llanto ante la ausencia del niño, de la niña, que una mañana nebulosa y fría o una noche desconsoladora y tempestuosa, se retiraron de la cuna, del juego, del campo, de la escuela, de las sillas que les correspondían, para arrullarse con el canto de la muerte coqueta, hechizante, seductora. Se fugaron de sus lugares. Dejaron espacios ausentes en los corazones, en las familias, en las escuelas, en las comunidades. Melancolía. Evocaciones. Incontables flamas de velas y veladoras en el ambiente nocturno. Oraciones. Llanto. Ofrendas. Risa. Añoranzas.

Fundados en el discurrir del siglo XVI, en el amanecer de la Colonia, los pueblos de linaje purépecha son costumbristas, fieles a sus festividades y tradiciones; por lo mismo, cuando las pinceladas de la tarde tiñen el celaje, anunciando el ocaso, los moradores caminan por las mismas callejuelas que otrora, hace un día, una semana, un año o una centuria, transitaron sus difuntos. Caminan al cementerio, a las tumbas, a lo que en esos lugares suelen llamar “campo santo”. Es un ritual mágico.

Esa tarde, la del 1 de noviembre, al percibirse el aire frío que acompaña a las sombras, las familias llegan a los altares y ofrendas que previamente colocaron para sus difuntos. Los arreglos tienen flores de cempasúchil, calabazas, cirios, veladoras y otros motivos. Si el ser querido tiene un año o menos de haber fallecido, instalan en su sepulcro un arco de carrizo con flores de cempasúchil, que es la de los muertos.

Los altares, invadidos de flores amarillas y naranjas, reciben ofrendas, entre las que destacan calabazas, panes, cigarros, fotografías de los difuntos, fruta, agua para el regreso, e incluso la comida y el vino que acostumbraban consumir.

Tal es la vida, con su eterna dualidad, el día y la noche, la risa y el llanto, la alegría y la tristeza, el cunero y el ataúd. La noche de muertos es de tradición añeja, pero motiva a reflexionar sobre la estancia en el mundo.

EN CUCUCHUCHO

“Las tradiciones del pueblo purépecha son hermosas y profundas. Nuestros abuelos legaron una historia bella y grandiosa. Hoy, como cada año, esperamos con emoción el regreso de las ánimas de nuestros familiares, y por eso estamos reunidos aquí, en el cementerio de Santa Catarina, en Cucuchucho, con altares y ofrendas”, refiere Margarita Silvestre Santiago.

Envuelta en su rebozo y su vestuario autóctono, la mujer de 85 años de edad, acompañada de su esposo José Bernardino Pablo Villegas, con 94 años, arreglaron la tumba de la familia, la limpiaron, retiraron la hierba que invadía los bordes y colocaron un altar con flores de cempasúchil, velas, veladoras, panes, bebidas y alimentos como los que agradaban a sus parientes fallecidos.

Margarita ha cumplido, no le ha fallado a su suegra, Catarina Villegas Ramos, quien falleció hace 38 años. “A diferencia de antes, ahora ya no podemos cocinarle su platillo favorito porque se extinguieron los patos que vivían en el lago. Le encantaba el caldo de pato con guajillo colorado”, aclara e indica que le llevaron sus cigarros Faros.

Conforme las horas caminan imperturbables, los descendientes de Margarita y José Bernardino llegan al cementerio. Ponen canastas con pan en forma de animales, pero también tamales, naranjas, chayotes, calabazas y elotes. La mujer lo mencionó en purépecha: curunda, purú, capopo, tiriapo, y aclaró: “si usted hablara purépecha, podría narrarle tantas historias para que conociera la belleza y profundidad de nuestro pueblo, lo que significan para nosotros la vida y la muerte”.

Margarita sabe que el tiempo huye y la vida se consume. Habla pausadamente y recuerda que sólo un año no acudió al cementerio porque se sintió enferma. Se quedó en casa a dormir, pero en un sueño febril apareció ella, su suegra, quien le pidió que se levantara de cama y se trasladara al panteón a velarla.

“Es que ellos, nuestros muertos, regresan a las 12 de la noche y parten de nuevo alrededor de las seis de la mañana”, aclara Margarita, quien explica que les preparan comida con mucho gusto y los esperan para estar en contacto una vez al año.

En otra zona del cementerio de Santa Catarina, muy próximo a la orilla del lago de Pátzcuaro, permanece solitario Carlos de Jesús, quien vela a sus hijas, a sus niñas que un día sellaron sus ojos y se entregaron al sueño de la muerte. Sólo él conoce su dolor.

Carlos de Jesús gastó más de mil 500 pesos en el altar y la ofrenda que dedicó a sus hijas. Reconoce que en Cucuchucho, como en muchos pueblos, es alto el índice de mortandad entre la población infantil y juvenil.

Cerca de la barda perimetral del cementerio de Santa Catarina, la familia Hipólito convive. Horas antes, en el lapso del día, rezaron cuatro rosarios en casa, donde también instalaron un altar y ofrendas.

Reunidos alrededor de la tumba de sus antepasados, dialogan y hasta bromean. El altar y las ofrendas representan un valor de cinco mil pesos, sí, cinco mil pesos en un país donde el salario mínimo es de 70 pesos diarios.

La familia Hipólito disfruta el altar con sus ofrendas y espera la llegada de las ánimas de sus antepasados. Colocan algunos objetos y alguien asegura con risa: “eso no se pone en la cabeza, sino en el corazón”.

LA TUMBA SOLITARIA

Los óleos de la vida y la muerte se reúnen y funden esas noches y madrugadas de noviembre para plasmar las costumbres y tradiciones ancestrales del pueblo purépecha. Las familias, reunidas alrededor de los sepulcros con altares y ofrendas, esperan a sus muertos; pero hay algo que trae congoja y son, precisamente, las tumbas abandonadas, solitarias, olvidadas por quienes alguna vez, sin duda, derramaron lágrimas ante la partida de sus seres amados. Por diversos motivos, los sepulcros permanecen solos, con mayor melancolía que otras noches, quizá porque uno siente, al mirarlos, que la trayectoria existencial puede ser tan bella y grandiosa que al final quede como legado una historia inolvidable que alumbre los caminos de los demás, o al contario, tan opaca y triste que deambule perdida en la oscuridad del olvido y la tristeza.

Isla de Urandén, rincón lacustre de Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya no tiene dueño. Está rota. La cubren las sombras de la nostalgia y del olvido. Es hija de la finitud, de la temporalidad, como lo fueron, también, las ilusiones de las niñas purépechas que se convirtieron en abuelas o las conversaciones de los nativos que a una hora y otra de antaño, cuando las flores aromáticas y multicolores asomaban enamoradas al espejo lacustre, remaban hasta la isla, a Urandén, donde estaban sus moradas frágiles de adobe y paja, custodiadas, en repentinos descuidos, por pájaros de bello plumaje que solían refugiarse en las frondas de los sauces.

Herida por los abrazos de los años, la lluvia, el sol y el viento -cómplices, al fin-, la canoa de madera permanece abandonada en la orilla del canal intoxicado por carrizo y lirio, escondrijo de garzas y patos que emiten graznidos y acechan a los peces confiados y descuidados.

Desmejorada e irreconocible, la canoa parece un rostro perforado por la viruela, quizá porque la polilla se ha apropiado de sus tablones, mientras la hojarasca y la humedad acarician y protegen placenteramente los hongos que brotan de las hendiduras de la madera.

Hormigas e insectos anidan entre la hojarasca apelmazada, sintiendo la humedad del lago que transpira y el calor vaporoso que las estimula a ir y venir. Juegan a la vida en una canoa olvidada, inerte, envejecida, oculta por carrizos y matorrales.

Igual que el cautivante y legendario lago de Pátzcuaro, que cada instante se consume, la canoa envejece irremediablemente, se desmorona y comienza a formar parte del polvo, de la tierra cubierta de humedad, del paisaje tapizado por la policromía de la vegetación.

Como la anciana que contempla, desde la distancia, a la dama joven y hermosa que a todos atrae y embelesa, la canoa permanece sola, fragmentada, lejos de las lanchas que utilizan los indígenas, los purépechas de la isla de Urandén, para cruzar el canal.

Mirábamos la antigua canoa de madera, abandonada en la orilla del canal, cerca de dos manantiales que también se secan paulatinamente, cuando llegaron ellas, las nativas de Urandén, atrapadas en faldas de colores y rebozos, hablando su dialecto y saludándonos, como lo hacen desde hace tiempo, mientras acomodaban canastas y costales en las lanchas angostas y frágiles.

Cada familia posee una canoa, que deja a la orilla de la isla, muy próxima a su casa. Es su medio de transporte. Las necesitan para atravesar el canal, navegar por el lago o pescar. Desde niños, hombres y mujeres aprenden a remar y, además, a nadar. ¿Quién que es en la isla de Urandén, no se sumergió en el lago durante los minutos de la infancia?

Tras colocar las canastas y los costales en las canoas, hablando lengua purépecha entre ellas y, al dirigirse a nosotros, en castellano, nuevamente nos invitaron a subir, a viajar por el canal invadido de lirio.

Saben que sin su ayuda no podríamos cruzar el canal ni llegar, en consecuencia, a la isla de Urandén. Ellos, los indígenas, son demasiado sensibles y de inmediato captan cuando el forastero pretende burlarse o engañarlos. Es gente que entrega el corazón cuando descubre la amistad y la palabra sincera. Se trata de una raza cautivante e intensa. Sólo cuando se les conoce, comprende uno por qué personajes como fray Jacobo Daciano, el franciscano de la nobleza danesa, y otros, los defendieron de los conquistadores, incluso exponiendo sus vidas.

Y mientras viajábamos en la canoa estrecha que exhibió su fragilidad al balancearse durante el trayecto, ellas hundían los carrizos o unos remos demasiado cortos y platicaban, como siempre, acerca de sus costumbres y de su vida, interrumpiendo el diálogo, repentinamente, con algunas palabras purépechas que dirigían a otras mujeres.

La primera vez que subimos a sus canoas, granizó con tanta furia que parecía que de un momento a otro voltearíamos al lago, hasta atorarnos con el lirio y hundirnos irremediablemente; pero afortunadamente, tales momentos tan intensos sólo se sumaron a los capítulos de una historia que indudablemente durará hasta que el espíritu aventurero prefiera dormir, cerrar los ojos, tras la hora del balance y los recuerdos.

Ellas, las nativas de Urandén, despiertan muy temprano, antes de que la aurora maquille el celaje en el horizonte, a la hora que los pájaros cantan en las arboledas y se preparan para volar en parvadas.

Acomodan en bolsas, canastas y costales los elotes, pescados y verdura que trasladan, primero, hasta la otra orilla del canal, en canoa, y que posteriormente llevan a Pátzcuaro para su comercialización en el mercado, en algunas callejuelas o en ciertos rincones populares.

Son isleñas y purépechas. Los habitantes y algunos turistas de Pátzcuaro, les compran pescado, calabazas o los elotes más frescos y tiernos. No hay tregua. Venden todo. Al concluir su actividad, compran carne, fruta, bebidas gaseosas y otros productos que no existen en la isla o que definitivamente consiguen a menor precio.

Tanta fortaleza poseen las indígenas, que cargan a sus hijos y llevan, adicionalmente, bolsas, canastas y costales pletóricos de productos. Incluso, envuelven las canastas en sus rebozos que amarran contra sus frentes, demostrando energía y fuerza. Llevan a sus hijos y no descuidan su preciado cargamento.

Entre Huecorio y Tzentzénguaro, rumbo a Erongarícuaro, existe una carretera que conduce al muelle rústico de Urandén, donde yacen las canoas en espera de sus propietarias, quienes al llegar colocan su cargamento en los sitios más adecuados y reman rumbo a sus hogares.

Otras nativas, en tanto, caminan por la campiña, antiguamente cubierta por el lago de Pátzcuaro, y desde la orilla del canal avisan a través de un grito o un silbido que ya llegaron para que ellos, sus maridos o sus hijos, recurran a las canoas y las trasladen hasta la isla.

Resulta asombroso observar a las mujeres con carrizos o remos cortos que hunden una y otra vez con gran habilidad, hasta que llegan a la orilla de su isla, donde dejan sus canoas y emprenden la caminata hacia sus casas.

Era una mañana apacible, nebulosa y de llovizna, cuando la abuela y la hija entablaron conversación con nosotros, evidentemente sin dejar de remar. Reconocieron que no es poca la gente que los trata mal por su condición de indígenas, como si las razas fueran ingrediente de superioridad o inferioridad, y que hasta los escuchan y miran con burla y morbosidad.

Hay quienes los consideran como si se tratara de una pieza de folklore, cuando son seres humanos; sin embargo, aceptaron que saben distinguir a las personas que se acercan a ellos con afecto y sinceridad.

Innegable es que resulta emocionante navegar en las canoas estrechas que se balancean, como si en determinado momento presagiaran un hundimiento, una caída, un naufragio. Lo que para ellas, las purépechas, es una práctica cotidiana, para los escasos viajeros a la isla resulta una aventura intensa e inolvidable.

Durante el trayecto, observamos el manto de lirio, donde posan las garzas asustadizas y refinadas; pero también miramos, más distantes y ya sin las caricias del agua, los montículos que antiguamente, todavía hace media centuria, formaban las islas de Urandén Morales y Careán. Afortunadamente, Urandén, Urandén Morelos, aún es isla y está rodeada por el canal y el lago.

Conforme la canoa se alejaba del muelle rudimentario, distinguimos, en el horizonte, el caserío de Huecorio y el poblado de Tzentzénguaro, al mismo tiempo que descubrimos, ya más cercanos, los cultivos y el pueblo de los isleños de Urandén.

Al llegar a la isla, niños y perros esperaban nuestro descenso. Acostumbrados a sus amos, a su ambiente, los perros ladraban y olfateaban; paralelamente, los niños se aproximaban a las canoas con el propósito de ayudar a sus abuelas, madres y hermanas a cargar bolsas, canastas y costales.

Evidentemente, nosotros ayudamos. También cargamos canastas y costales. Pasamos por los campos de cultivo, a unos metros de los cerdos amarrados que suelen exhibr, cuando pueden, colmillos y trompas cubiertas de lodo.

Las mujeres, que pertenecen a la misma familia, se despidieron entre sí y nosotros continuamos con algunas de ellas el camino, primero por unas escalinatas de piedra y luego por una callejuela chueca, en declive y empedrada, con faroles típicos.

Finalmente, a fuerza de caminar, llegamos a la morada de las indígenas, quienes se despidieron alegremente sin aceptar remuneración económica por la travesía en canoa. Era una mañana agradable, húmeda, igual a esos días de la infancia que uno recuerda como los más maravillosos, acaso porque todo es dicha, ilusión y juego. El aire fresco, náufrago de parajes lejanos, besaba nuestros rostros y los sonrojaba.

Como una enamorada que no abandona a su amado, la llovizna acompañó nuestra caminata por la callejuela principal, que está empedrada y dispone de faroles que alumbran el paisaje isleño durante las noches nebulosas y frías.

Había que tomar fotografías de cada detalle y explorar, al mismo tiempo, los rincones isleños y lacustres. Callejuela desolada y, a la vez, mirador del fascinante y misterioso lago de Pátzcuaro.

El rumor de las aves -garzas, golondrinas, gorriones, urracas y tantas especies- se mezclaba con el lenguaje del aire y con las voces de las frondas de verdor intenso, como si pertenecieran a un concierto universal que también se percibe y presiente en cada latido del corazón.

Los pequeños indígenas -niñas y niños- corrían al mirarnos y se refugiaban tras alguna roca, en sus moradas o a poca distancia de las escalinatas que conducen a callejuelas desconocidas; sin embargo, un saludo, una sonrisa, bastaban para atraerlos y lograr, a cambio, su aceptación en un terruño que es el suyo.

Unas veces nos deteníamos ante un muro de adobe o un tejado, desde donde contemplábamos el canal y en la lejanía, sobre una loma que hace centurias debió ser isla, el pueblo de Tzentzénguaro con su capilla colonial; otras, en cambio, mirábamos hacia el lago de Pátzcuaro, del que sobresalen Janitzio y sus hermanas inseparables, cual testimonio de quien un día no recordado se deleitó al dibujar paisajes y trazos similares a los de un paraíso perdido.

Llegamos hasta la escuela, en la parte más alta de la isla, donde reposa, en silencio y soledad, una cruz añeja de piedra que nadie, ni los ancianos, recuerda de dónde procede. Siempre, desde que eran niños, la vieron en el mismo lugar.

Desde ese sitio, admiramos el lago de Pátzcuaro con sus islas legendarias y los pueblos indígenas y típicos enclavados en la región. Contemplamos parte del canal que rodea a Urandén y hasta las montañas que circundan el manto lacustre y que por la distancia se distinguen azuladas.

En la misma zona alta de la isla, se localiza la capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, tan venerada por los pueblos mexicanos. A la Virgen de Guadalupe le organizan una fiesta cada 12 de enero, un mes después de la celebración tradicional.

De acuerdo con la tradición, el 25 de diciembre toda la comunidad indígena de Urandén se reúne en el atrio de la capilla con el objetivo de presenciar, en un ambiente de alegría y fiesta, la danza de los Catrines, con la aparición y adoración del Niño Jesús.

La danza, los juegos pirotécnicos y la música de banda de viento, son preludio de la fiesta mayor que se celebrará días después, el 12 de enero, en el mismo lugar, en el atrio, con la aparición de “luzbeles” que pelean con el Ángel, quien acompaña y protege a la pastora.

Todos portan espadas. El Ángel defiende a los pastores. Inesperadamente, aparece un ermitaño -Tarerahuari-, quien también, como el Ángel, cuida a los pastores. Tarerahuari porta máscara y viste túnica morada. Es él quien cuenta a los pastores y los protege para que los “luzbeles”, enfurecidos, no los rapten.

Al compás de la música de viento, el Ángel y Tarerahuari luchan encarnizadamente contra los “luzbeles”, hasta que ganan la batalla en su afán de cuidar a los otros, a los pastores.

Otra fiesta que con entusiasmo y orgullo celebran los habitantes de la isla de Urandén, Urandén Morelos, es la de Corpus Christi, con la danza de los Oficios que es acompañada con música purépecha.

Ese día, el de Corpus Christi, hay juegos pirotécnicos y música. Los nativos organizan una procesión por las callejuelas chuecas y en desnivel de la isla… Llegan bailando al atrio y a la capilla. Llevan al Santísimo en procesión por los cuatro barrios de Urandén. Al término de la procesión, éste, el Santísimo, es despedido con la bendición del Altísimo.

La procesión inicia en un barrio y concluye en la capilla. Igual que en otros poblados de origen purépecha, los moradores arrojan regalos -bandejas, fruta, pescado, verdura- como agradecimiento a Dios por un año de bendiciones.

Ese día, la gente coloca adornos en los cuatro barrios. Son horas de devoción y euforia. Los pócitos son barrios. Cada uno recibe un nombre: La Guadalupe, San Francisco, Natividad y San Antonio.

Recuerdan los ancianos que la capilla fue, primero, escuela, y más tarde, en la época del presidente Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940), cuartel, hasta que éste, el entonces mandatario nacional, ordenó que funcionara como templo.

Discurrían las horas de la persecución cristera, entre 1926 y 1929, cuando ellos, los nativos de Urandén, impidieron la clausura y el saqueo de su templo. Defendieron su fe. Las imágenes sacras que resguarda la capilla, proceden de los pueblos de la zona lacustre. La imagen de la Virgen de Guadalupe, verbigracia, fue donada, hace muchos años, por un hombre que vivía en el otro Urandén, la isla vecina.

Evocábamos los acontecimientos relevantes de Urandén, cuando decidimos descender por un callejón para llegar hasta el manantial, el único que queda de decenas que existían, todavía hace algunas décadas, en la isla.

Refiere la leyenda que hace siglos, antes de la llegada de los españoles, la isla de Urandén permanecía en la somnolencia bajo el lago, hasta que un día, en las horas prehispánicas, los indígenas de la región notaron que gradualmente asomaba. Finalmente, emergió.

Asombrados, los indígenas observaron el fenómeno. La isla de Urandén salía de las profundidades lacustres. Recibía, por primera vez, los abrazos del sol, las caricias del viento y los besos de la lluvia.

En memoria de aquel acontecimiento, los moradores de Urandén esperaban, cada ciclo, el viento del sur. Era un ritual. Colocaban una jícara en medio de uno de los manantiales, hasta que llegaba, cual visitante misterioso y peregrino, el viento del sur. Como en un acto de amor, jícara y viento se encontraban y acariciaban. El aire sureño arrastraba por el lago, entonces transparente, la jícara, dejándola en algún paraje cercano a San Pedro Pareo.

Urandén. Jícara volteada. La jícara viaja porque el viento del sur la empuja, la lleva hasta el pueblo lacustre de San Pedro Pareo. Jícara para tomar atole, decían los abuelos. La jícara daba vueltas, giraba, y marchaba, junto con el aire, a San Pedro Pareo. El ritual se realizaba diariamente, a las 12 del día, cuando llegaba el viento del sur, ante el asombro de la comunidad.

Hay dos versiones respecto a la fundación de Urandén. Unos afirman que sus antepasados relataban que ya en horas lejanas, antes de la conquista española, la isla estaba habitada por nativos que se dedicaban a la pesca; otros, al contrario, aseguran que fueron sus abuelos, entre postrimerías del siglo XIX y la aurora del XX, quienes poblaron el lugar.

Estos últimos recuerdan, según las versiones que les platicaron sus padres hace muchas décadas, que ellos, los abuelos, procedían de Janitzio y de los alrededores y decidieron cambiar morada, solicitando autorización a un hacendado de San Pedro Pareo para establecerse en terrenos colindantes con el lago.

Implacables, los coyotes acechaban el caserío y durante las noches robaban gallinas y cerdos, situación que motivó a los indígenas a visitar a los señores de Tzentzénguaro con la finalidad de pedirles autorización para poblar la isla de Urandén. Así lo hicieron.

En aquella época, el lago era más extenso. Hoy convertidas en montículos, las islas de Urandén Morales y Careán, pertenecientes a Huecorio, eran vecinas de Urandén Morelos. La cortina lacustre llegaba hasta comunidades indígenas de Santa Ana y Tzentzénguaro.

Urandén, la isla, está poblada, entre otras especies, por ardillas, culebras, garzas, golondrinas, gorriones, patos y víboras, independientemente de la variedad de peces que habitan el lago. La isla de Urandén Morelos se localiza en el lago de Pátzcuaro, entre Huecorio y Tzentzénguaro, por la carretera que conduce a Erongarícuaro.

Incontenibles, las horas se acumularon en el terruño, en la isla apacible y pintoresca de Urandén, en el enigmático, legendario y mítico lago de Pátzcuaro, hasta que el crepúsculo postrero presagió el ocaso, la noche, las sombras.

Ante un cielo maquillado de tonalidades amarillas, naranjas y rojizas, seguidas por un telón grisáceo, suspiramos y comprendimos, entonces, que las horas se habían extinguido. Era preciso abandonar la isla y raptar sus imágenes en la cámara fotográfica y en la memoria.

Reflexivos y en silencio, como quien reserva para sí el dolor de la despedida, abandonamos la callejuela chueca, desnivelada y empedrada para descender por unos escalones de piedra, hasta que llegamos a la orilla del canal. Olía a recetas ancestrales, leña, hierba y tierra humedecidas por la llovizna matinal.

Quizá recordábamos la hospitalidad de los indígenas o tal vez a aquel hombre humilde y sabio que encontramos en el campo, quien lamentó que las ciudades sean antagónicas a la convivencia sana y que los maestros, cada vez más voraces y menos interesados en la formación de la infancia, causen conflictos sociales… Respiró hondamente y admitió que si ellos, los profesores, trabajaran en la campiña y percibieran, en consecuencia, las precarias ganancias de la siembra, valorarían su profesión. La labor del campesino es auténtica; la del maestro, en cambio, es tan noble y un grupo la ha convertido en botín.

Ese hombre, ya anciano, recordó la bonanza del cautivante y majestuoso lago de Pátzcuaro, cuando parecía espejo y había incontables manantiales en todos los rincones. Cuánto pescado. Era un paraíso. Suspiró nuevamente y se marchó tranquilo, como si llevara en un canasto o costal, el de los recuerdos, las vivencias de los otros días.

Inmersos en sus fantasías, en sus juegos, los niños se arrojaban al canal desde una cuerda que colgaba de un árbol o de la orilla. Nadaban emocionados, felices, plenos. Se sumergían en el agua plomada, otrora límpida, y salían metros más adelante, mientras los perros nadaban en total libertad.

Los pájaros, libres de ataduras, regresaban a sus nidos en los follajes, en el campanario, en los tejados; pero ellos, los pequeños, continuaban nadando y remando en el canal, al otro lado del lago. Como ellos, dos perros atravesaron el canal a nado. Mundo silvestre. Escenario agreste.

Una pequeña acudió a nuestro llamado. Subimos a la canoa y ella sola, custodiada, repentinamente, por niños que nadaban y balanceaban la frágil embarcación, remó hasta la otra orilla. Le dimos algunas monedas y sonrió. Se marchó feliz en su canoa endeble.

Ya en la otra orilla del canal, escuchamos murmullos, voces que provenían de la isla de Urandén. Hasta cierta distancia del poblado isleño, se escucha el eco de la gente que habla en sus moradas, algunas veces con las puertas y ventanas abiertas.

Miramos, finalmente, el centro de alto rendimiento de canotaje, el caserío isleño, los árboles y el agua plomada y ondulada por el aliento del aire que presagiaba una noche de tormenta.

Nos retiramos. Caminamos reflexivos y silenciosos por el campo antaño cubierto de agua. Observamos, por última ocasión, el escenario lacustre, el horizonte incendiado por el crepúsculo agónico y la canoa de madera, otra vez, carcomida por los años, la humedad, la lluvia, la polilla, el sol y el viento.

Atrás quedó el concierto de la naturaleza, en la isla de Urandén, que también latía en nuestros corazones, acaso desde siempre, porque forma parte de la creación. Nos preguntamos, al regresar a Pátzcuaro, uno de los pueblos más bellos y pintorescos de Michoacán y México, la clase de sensaciones que experimentarán los enamorados, en la isla de Urandén, al caminar por la calzada empedrada, alumbrados por los faroles y la luna reflejada en el lago quieto y oscuro. Juego de luces y sombras, quizá, o de estrellas distantes a las que piden un deseo. Esa es parte de la magia de vivir en la isla de Urandén, rincón lacustre que un día y otro, los que lo visitamos, captamos con la cámara fotográfica y guardamos en el baúl de los recuerdos.

La belleza, los tesoros y el cielo colonial de Santiago Tupátaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde la flor ufana que brota de la tierra y exhibe su cutis fragante y de intensa policromía y los árboles que balancean sus ramas al sentir las caricias del viento y los ósculos de la lluvia, hasta las lápidas ennegrecidas que permanecen dispersas aquí y allá, cual náufragas de un ayer que se empeña en no diluirse ante la caminata de los años, la imagen de Santiago Tupátaro aparece pintoresca y como lo que es, un trozo del arte, las costumbres, la historia y las tradiciones del pueblo purépecha.

Dentro de la vorágine de la cotidianeidad, la rutina y la modernidad que avanza incontenible por laderas y llanuras hasta asfixiar los poros de la naturaleza y consumir los signos de la historia, Tupátaro, Santiago Tupátaro, permanece en un marco sin el cual Michoacán perdería los rasgos que reflejan su belleza y lo convierten en lienzo del más puro mexicanismo.

Entre Morelia y Pátzcuaro, el paisaje rodeado de montañas azuladas ante la distancia y sombreado por nubes de efímera existencia, conduce al cielo de Tupátaro. Sí. Viajeras incansables que por el camino modifican sus formas caprichosas al ser moldeadas por el aire, las nubes flotan apacibles y fugaces sobre la campiña y el caserío, intentando estérilmente contar las horas, los años, las centurias, el tiempo que duele, acaso porque deja cicatrices desafiantes, señales con claroscuros, como quedó su lenguaje en la capilla colonial de Tupátaro.

Quizá un día insospechado, el trotamundos, una familia, el turista, los amigos o una pareja de enamorados intenten desentrañar la belleza y los enigmas que oculta Tupátaro en sus parajes, y entre conversaciones y alegría consuman las horas de sus existencias, hasta descubrir ante sus miradas el centro típico con su plazuela y sus portales.

Caminarán, sin duda, hacia el cielo pintado al temple durante una hora, otra y muchas más de la decimoctava centuria. De apariencia modesta y maquillaje que embellece el adobe, la capilla de Santiago Tupátaro resguarda un tesoro invaluable en sus entrañas, en su vientre, en su intimidad de barro y madera, cual nativa humilde, modesta, que resulta ser la más preciosa de las doncellas.

Náufrago de minutos virreinales, los del siglo XVI, el recinto, antecedido por un atrio que antiguamente fue cementerio, ofrece una fachada sencilla con puerta y ventana coral enmarcadas de forma similar, apareciendo al nivel de las mampostas el sol y la luna, elementos que denotan el sincretismo entre la doctrina cristiana y el paganismo. Inseparable, le acompaña la torre del campanario, que es un cubo cubierto con tejado.

Envuelto en la penumbra y el silencio, el artesón o artesonado, un techo compuesto de tablillas, representa la vida, pasión y muerte de Cristo. Exhibe un cielo de intensa policromía, reservando 12 misterios, seis de Cristo y seis de la Virgen María, y 33 arcángeles con igual cantidad de instrumentos de la Pasión, los cuales simbolizan, numéricamente, la edad del Mesías.

Destacan, en las tablillas del siglo XVIII, precisamente a las orillas y alrededor de la obra artística elaborada por manos indígenas, los arcángeles con los elementos de la vida, pasión y muerte de Cristo. En el cielo pictórico aparecen la sábana santa, escalera, jofaina en la que Poncio Pilatos lavó sus manos, letrero INRI con rostro, esponja y lanza, martillo, cruz, tres clavos, torniquete, pinzas, sello con sentencia de muerte, túnica blanca, divino rostro, clarín o trompeta y cadenas. Al centro, próximo al coro, se distinguen otros elementos: sentencia que ordenó elaborar Poncio Pilatos y dos arcángeles con incensarios.

También se aprecian, con los arcángeles que circundan el artesón, elementos como palma y pañuelo, precisamente junto a uno que no se distingue, siguiéndoles, en el mismo orden, túnica púrpura, cetro, látigo, túnica blanca, mano de Poncio Pilatos, soga de Judas, 30 monedas de plata y espada, que en realidad es un machete, evidencia de que la obra fue pintada por nativos purépechas. Se trata de la espada que utilizó Pedro en el Monte de los Olivos para cortar la oreja al soldado.

Se distinguen, igualmente, con los arcángeles, cáliz, columna en la que Cristo fue martirizado, sobre la cual, por cierto, se encuentra el gallo que cantó cuando Pedro negó a Jesús tres veces, estandarte, lámpara del prendimiento y jarrón.

En medio, en el mismo cielo pintado al temple, los visitantes admirarán, asombrados por la concepción indígena de la religión y su arte, 12 misterios, de los cuales los seis primeros corresponden a María, ya que resaltan a Santa Cecilia, la Inmaculada Concepción, la Sagrada Familia de María con Santa Ana y San Joaquín, la visitación a su prima Isabel, la asunción, la coronación y la anunciación.

Los siguientes seis misterios se relacionan con Jesús: nacimiento, adoración de los Reyes Magos, circuncisión, última cena, resurrección y ascensión. En el caso de las tablillas que forman la última cena, llama la atención, al centro de la mesa y frente a Cristo, una mancha verde, que es una rebanada de sandía, muy próxima, por cierto, a un pescado blanco de Pátzcuaro. Otro elemento del más puro mexicanismo es, indiscutiblemente, el perro que roe un hueso en el piso, entre las piernas de un apóstol y la mesa.

Otros detalles interesantes son los penachos con plumas que portan los arcángeles pintados en las tablillas. Alrededor de cada arcángel se encuentran querubines que forman cruces. Igual al resto de la obra, fueron pintados con vegetales y tierras, y pegados con yemas de huevo.

Los artesones o artesonados se incluyeron dentro de algunos templos virreinales, basándose en tablamentos de madera decorada con figuras policromadas y texto en distintas técnicas al temple. Se trata, en realidad, de plafones decorativos que cumplían con la tarea evangelizadora; además, su estructura propiciaba una acústica más adecuada.

Entre los datos e inscripciones labradas y pintadas que aparecen en las vigas estructurales de la capilla, destacan “día 3 de octubre de 1717, crucifixus… apparuit venite adoremus”, canastas y flores, “esta santa iglesia se hizo el año de 1725, siendo cura el señor don Diego Fernández Blanco y Villegas”…

Otras inscripciones importantes son las de las tres campanas, en la torre, ya que mientras la más pequeña exhibe el año de 1730, la mediana presenta el de 1820 y la más reciente el de 1830. La capilla data del siglo XVI, mientras el artesón o artesonado y el retablo, en tanto, del XVIII.

Y si el artesón resulta cautivante e irrepetible, el retablo del ábside, que también data del siglo XVIII, está tallado en madera dorada al estilo barroco y con columnas y soportes salomónicos, que mantiene seis pinturas al óleo y un nicho con el Señor del Pino o del Pinito, imagen de Cristo al que inicialmente se dedicó la capilla.

El retablo está estufado y contiene lámina de oro de 23.5 quilates. En la parte alta del mismo, existen dos ángeles laterales de perfil tallados en madera, los cuales, por cierto, son mestizos. En las columnas existen algunos elementos que llaman la atención, como mazorcas o granadas, que en el barroco clásico se denominan uvas; también contienen mitades de aguacates con huesos. En las cornisas del altar, en tanto, alternan aguacates y flores.

Subyugantes e inigualables, las pinturas representan a Santiago Apóstol, la coronación de espinas, la adoración de los reyes, el camino al Calvario, flagelación y oración en el huerto. Cabe destacar que el hábito que porta Cristo, pertenece a la orden franciscana, a la que se atribuye la fundación del pueblo.

Bajo el artístico y majestuoso retablo, precisamente en la predela, existen algunos frescos alusivos a San Agustín, San Ambrosio, San Gregorio y San Jerónimo, doctores de la Iglesia Católica; en el extremo opuesto, el derecho, aparecen Juan, Lucas, Marcos y Mateo, los cuatro evangelistas reconocidos por la religión ya mencionada.

Las esculturas de pelícanos que acompañan los frescos, pertenecen a una especie que pica su pecho para alimentar de su sangre a las crías al escasear la comida. Se trata de una alegoría referente a que Cristo dio su vida por la humanidad. También derramó sangre.

Están presentes los elementos referentes a la Santísima Trinidad, ubicándose Dios padre en la parte superior del retablo, con un rostro; el hijo en el nicho que contiene al Señor del Pino o del Pinito; el espíritu santo en una paloma de alas abiertas, manufacturada en plata, que se encuentra en las tablillas del techo decorado. Hay un rosetón de madera con lámina de plata.

Cautiva la atención el piso de la capilla, que está formado con tablones, como antiguamente se acostumbraba en estos pueblos. Cubren 90 tumbas de personajes importantes de Tupátaro. Cada tapa o sección Protege una tumba. Se encuentran acomodadas en hileras de 10.

En uno de los muros laterales, reposa en calma el imponente Señor de Unguarán, imagen colonial de manufactura indígena con pómulos y rodillas heridos que representa no a un Cristo de 33 años de edad, como el que fue crucificado de acuerdo con la doctrina católica, sino a un hombre mayor, quizá de 40 o 45.

Los nativos aseguran que él, el Señor de Unguarán, ha crecido conforme avanzan las manecillas imperturbables del tiempo. En la antigüedad, cuando la provincia de Michoacán olía a conquista y evangelización, medía metro y medio de altura; hoy, su dimensión es de casi un metro con 80 centímetros. Su manufactura es de madera y pasta de caña.

Refiere la tradición que en un instante no recordado de la Colonia, un campesino que araba la tierra realizó el descubrimiento de la imagen que apareció entre los surcos, atribuyéndole, desde entonces, facultades milagrosas.

Ese hombre, que entonces vivía en Unguarán, contrajo matrimonio con una mujer de Tupátaro, haciéndose cargo ambos de la imagen de rasgos indígenas. Al morir el matrimonio, una de las hermanas de la señora decidió trasladar al Cristo de Unguarán a la capilla de Tupátaro.

La tradición oral cambia de una generación a otra e incluso entre los moradores del poblado. Hay quienes aseguran que la imagen fue descubierta por el campesino mencionado en las horas del siglo XIX y que cuando murió el hombre, su esposa, quien se llamaba Ventura, regresó a su natal Tupátaro, donde donó el Cristo durante los primeros años de la vigésima centuria. Comentan que el Señor de Unguarán era de mayor dimensión que la cruz, motivo por el que los habitantes elaboraron otra con base de madera.

En los muros laterales del templo de adobe, cuelgan un par de óleos coloniales. Uno, de autor anónimo y del siglo XVIII, es de la Inmaculada Concepción; el otro, el de la Virgen de Guadalupe, fue pintado en 1760 por Manuel de la Cerda, y aparece, además, el nombre de Joseph Mariano de la Piedra, con la leyenda “teniente de cura de este pueblo de Tupátaro”.

La otra imagen de Cristo, la del Señor del Pino o del Pinito, que reposa en el nicho del altar, data de 1719, cuando un leñador humilde se dirigió al cerro en busca de un buen árbol. Detectó un pino que ofrecía, por su corpulencia, excelente leña para el fogón de su casa, procediendo así a cortarlo. Fue al partir el árbol cuando él, el leñador, descubrió la imagen de Cristo en su cruz.

Los nativos de Tupátaro hablan de una leyenda acerca de un Cristo. Refieren que Rafael, un leñador indígena, fue al monte a cortar un árbol. Con cada golpe, el hacha hería el tronco cubierto de musgo, hundiéndose en sus entrañas, en su intimidad, porque el hombre, ya anciano, con una historia consumida, necesitaba un palo para puntal de la cocina de su casa.

En la soledad de la montaña, hasta donde llegaba el murmullo de las frondas acariciadas por el viento helado, el leñador cortaba el enorme pino con dos ramas horizontales. Con los golpes, el pino inició una serie de movimientos que provocó miedo en el viejo indio llamado Rafael, quien huyó hacia Tupátaro, donde vivía.

Cobijado por las sombras nocturnas, su memoria repasaba el hecho insólito que lo cautivaba, lo llamaba, para cortar el pino y, por su forma, colocarlo como cruz en el patio de su casa.

El buen Rafael regresó al siguiente día. Retiró la corteza y descubrió, con todos sus misterios, la imagen de un Cristo tallado que exhibía en la espalda la herida del hachazo. Era el año de 1746. Entonces, Tupátaro era barrio de Pátzcuaro. Tras el milagro, del que tomó nota el bachiller José Miguel de Silva, cura beneficiado y juez eclesiástico del partido de Patamban, el indio Rafael y su esposa, quienes eran de virtud modelo, dedicaron los días de sus existencias a recolectar limosnas para el Cristo de Tupátaro.

Rafael, el humilde indígena que un día del Virreinato escaló la montaña y se introdujo en el bosque para cortar un palo, descubriendo la imagen sangrada de Cristo en el corazón de un pino, vivió más de 70 años, admirado por su divino hallazgo y entregado a su culto.

Otra leyenda referente al Señor del Pino o del Pinito es la que cuentan acerca de un leñador que cruzó el río de Camacuicho con la finalidad de dirigirse al monte en busca de leña para su casa, hasta que descubrió en determinado paraje un pequeño pino que tenía la forma de cruz. Lo llevó a su hogar y lo talló pacientemente, hasta darle la forma de Cristo. Así nació, según versiones populares, la imagen del Señor del Pino o del Pinito.

Hay otra historia interesante, la de Santiago Apóstol, representado en el óleo superior del retablo y en una escultura. Cuenta la leyenda que anualmente, en los días de la Colonia, los moradores de Tupátaro permitían a los nativos de Cuanajo, igualmente de origen purépecha, trasladar la imagen de Santiago Apóstol, a quien también llamaban Santiago Caballero y Santiago Matamoros, a su respectivo templo, hasta que fascinados por la belleza y los milagros del santo, empezaron a demostrar cierto interés en apropiarse de la pieza.

Tras percatarse de las intenciones de sus vecinos, los habitantes de Tupátaro decidieron no prestar más a Santiago Apóstol, provocando en los indígenas de Cuanajo cierto coraje que los estimuló a reunirse y dirigirse al pequeño poblado con la intención de secuestrar al santo. Deseaban robarlo y conservarlo permanentemente en su pueblo.

El apacible Tupátaro tenía muy pocos habitantes, quienes asustados por la osadía de sus enemigos que se acercaban al poblado, se encomendaron a su santo, Santiago Apóstol, de manera que cuando aquéllos, los purépechas de Cuanajo, descendían por una ladera al caserío de sus rivales, todos se estremecieron al escuchar galopes incesantes. Eran incontables caballos que se aproximaban a Tupátaro, entre los que cabalgaba un personaje impresionante de ropa blanca y resplandeciente. Se trataba de Santiago Apóstol que se acercaba a Tupátaro con la finalidad de defender a su gente. Si ellos, los nativos de Tupátaro, estaban decididos a exponer sus vidas para evitar que aquéllos, los de Cuanajo, raptaran al santo, ¿por qué, entonces, no defenderlos?

Al notar la furia de tan misterioso e imponente personaje, los nativos de Cuanajo huyeron despavoridos a su comunidad. El grupo, momentos antes embravecido, se dispersó por el lomerío. Santiago Apóstol se convirtió, entonces, en defensor de Tupátaro y allí se quedó, donde es venerado hasta la actualidad.

Algunos nativos cuentan una historia diferente. Dicen que sus antepasados prestaban la imagen de San José a los moradores de Cuanajo, quienes un día decidieron destrozar la puerta a hachazos para hurtar al santo. Regresaron a su pueblo por ayuda y precisamente cuando intentaban descender por la loma, notaron que se acercaba mucha gente a caballo. Temerosos, huyeron a su poblado. Era Santiago Apóstol que pretendía defender la imagen de San José y a los habitantes de Tupátaro. La imagen de Santiago Apóstol, montado en su caballo de madera, data del siglo XVIII. Antiguamente, la gente la sacaba en procesión por las callejuelas de Tupátaro.

Reposa en la capilla un frontal bellísimo e irrepetible, único en el mundo, manufacturado a base de pasta de caña con terminados de plata laminada, que fue restaurado y devuelto a la comunidad durante la última década del siglo XX,

Los especialistas calculan que el frontal, fechado en 1765, estuvo abandonado en una de las habitaciones de la capilla por lo menos durante los últimos 100 años, donde fue herido por la humedad y la polilla. Originalmente, el frontal se encontraba empotrado en el área del altar; en la actualidad, los turistas pueden apreciarlo ya restaurado. Es una obra singular de la Colonia.

Junto a la sacristía se localizan las habitaciones convertidas en museo de arte colonial. Consta, entre otras piezas, del cuadro de las ánimas, pintura del siglo XVIII que los nativos llevan en procesión durante las celebraciones de difuntos; Señor San José en madera con hoja de plata; púlpito con tornavoz; Cristo elaborado con maguey y pasta de caña sobre colorín, que presenta rasgos europeos con materiales de Michoacán.

También forma parte de la colección un Cristo agonizante de pasta de caña de bella manufactura, con cendal de hoja de plata, que las publicaciones españolas han comparado con los de aquella nación ibérica; Señor de la Columna, imagen bellamente policromada; baúl de madera decorada para ornamentos; frontal pintado en tela de lino, con motivos florales y frutales, considerado único en el mundo; dos óleos anónimos del siglo XVIII.

El frontal de tela, pintado con técnica de temple, era trasladado, según los estudiosos en la materia, a los sitios donde llegaban las procesiones. Es una pieza irrepetible de manta con soporte. Data del siglo XVIII.

Otra escultura hermosa es la que está entelada sobre la talla de madera. Es de postrimerías del siglo XVIII. Llaman la atención tres imágenes crucificadas que representan a Cristo, Dimas y Gestas, también de la decimoctava centuria. Hay otro Cristo de pasta de caña y la pintura alusiva al hallazgo del Señor del Pino.

Igualmente, la colección cuenta con santos de “maniquí” o “títere”, a los que los clérigos colocaban vestuario para representar a María y José; estandarte de San Antonio con los ojos donantes, trabajo efectuado con marco repujado que corresponde al siglo XVIII, pintado sobre lámina; óleo de una Virgen coronada por Dios, el espíritu santo y el hijo, a la que reciben dos ángeles con música, mientras otros la elevan; parte de un altar del siglo XVIII; nicho del siglo XIX; bastón de procesión con un crucifijo de plata, totalmente decorado, que en 1762 sirvió al Señor de Dávila y que era colocado a la cabecera cuando alguien moría. Es de plata y madera en la parte del centro.

Joya de la época colonial, el recinto posee púlpito y dos pilas bautismales. La pila bautismal pequeña, que data de las horas del siglo XVI, es la que el pueblo ha utilizado durante sus ceremonias religiosas; la otra, que fue esculpida en la decimoctava centuria, es de mayor dimensión y realmente no fue muy usada por los nativos.

El atrio fue cementerio. En horas añejas, constaba de dos partes. Bajo los tablones de la capilla, existen 90 tumbas de personajes y clérigos de los siglos XVII y XVIII; en la parte más importante del atrio, la cercana a la construcción sacra de adobe, estaban los sepulcros de personas relacionadas con la iglesia; allende el jardín del pueblo y las construcciones de adobe con portales, enterraban a la gente común. Una de las habitaciones, donde actualmente se localiza el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios Perdidos de Caña de Maíz, era utilizada para preparar los cuerpos de los difuntos antes de sepultarlos. La cruz de piedra que actualmente permanece en el atrio, se ubicaba tras la construcción referida, siendo lugar de descanso y oración para los dolientes, quienes colocaban al difunto en la base antes de trasladarlo a la tumba.

Tupátaro significa, en lengua indígena, “lugar de junco o tule”. Algunos autores consideran que forma parte de las poblaciones evangelizadas por los agustinos establecidos en Tiripetío; aunque elementos como los de uno de los óleos del retablo, con Cristo que porta hábito franciscano, hacen suponer que esa orden estuvo presente en el pequeño poblado que ya en 1632 contaba con dos decenas de vecinos, un templo y un hospital atendido por el clero secular de Pátzcuaro.

Por cierto, después de más de 200 años de haberse perdido la técnica de la pasta de caña, la comunidad la ha recuperado por medio de un taller que fue fundado en postrimerías del siglo XX por el escultor Pedro Dávalos Cotonieto, personaje él que se siente orgulloso de haber salvado los tablones que forman parte del piso de la capilla virreinal, ya que una monja respaldada por un sacerdote, tenía la intención de retirarlos y sustituirlos por mosaicos modernos. Fue él quien restauró el frontal colonial y enseñó a los nativos a valorar y proteger su patrimonio.

Orgulloso de su origen otomí y totonaco, es un artista de reconocido prestigio que lo mismo ha realizado trabajos en museos de la ciudad de México que de Louvre, en Francia, y otras ciudades de Europa e incluso de Egipto, y si ha impartido clases en Japón y en diversas naciones del mundo, renunció a su posición para morar en Tupátaro y dar todo a los indígenas, a los purépechas, y dedicarse a lo que tanto le apasiona.

Igual a la doncella bonita, humilde, modesta, que almacena en el corazón los más sublimes sentimientos, la capilla de Santiago Tupátaro resguarda en su intimidad de adobe y madera fragmentos del ayer, aliento de los signos coloniales con toda su gente y sus cosas que parecen repetirse un día, otro y muchos más, mientras las nubes fugaces, pasajeras, cambian sus rostros y recuerdan que a las manecillas del tiempo no les es permitida la tregua.

Así, uno imagina a los viajeros, a las familias, a los amigos e incluso a los enamorados, a los que se miran retratados en los ojos y se toman las manos para percibir el pulso del universo, maravillados por los tesoros que esconde Santiago Tupátaro.

Si la mañana fue dedicada a desentrañar los enigmas y la belleza de la capilla, la tarde es propicia para caminar por las callejuelas, por los senderos, y así admirar la campiña alfombrada de flores multicolores y perfumadas que invitan a experimentar plenamente los días de la existencia. Al anochecer, las casas somnolientas, apenas alumbradas por focos y lámparas, recuerdan que en lo pequeño se esconde lo bello y que lo que se hace con amor y autenticidad, perdura. Allí, en ese rincón del mundo, se quedan los recuerdos de un día anónimo de paseo, tal vez unidos a los rumores del pasado y la historia.

Fresco que desafió a la historia y al tiempo en Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno camina embelesado por las callejuelas chuecas e inclinadas de Pátzcuaro, donde cada rincón es anecdotario, huella, relicario de historias pretéritas y consumidas ante la cabalgata de las centurias, mientras el aliento de la teja mojada y los aromas del chocolate amargo o dulce y del pan recién horneado escapan de las cocinas y de los hornos de adobe y la sinfonía de los pájaros y de los campanarios se mezcla e invita a que las horas de la mañana discurran apacibles como un encanto o un capítulo irrepetible dentro de la existencia humana.

Ya en alguna banca, en una plazuela pintoresca o en los portales típicos, mecido en el columpio de las remembranzas, uno comprueba que las manecillas del reloj cumplen su jornada irrenunciable y que, por lo mismo, casi de manera imperceptible han quedado rastros de su paso en las casas de adobe y teja, en los monumentos, en los espacios que pertenecieron a otra gente, surgiendo entonces la prisa por rescatar lo que queda de la identidad de un pueblo que ha sido uno en el tiempo y la historia. El adobe y las piedras hablan.

En consecuencia, uno anota datos, leyendas y tradiciones en la libreta o toma fotografías para el álbum, hasta que coincide con la historia en una calle añeja, la de La Paz, entre la Basílica virreinal de la Virgen de la Salud y la finca que un día ya distante habitó Juana Pavón, la madre de José María Morelos, héroe de la Independencia de México, en el siglo XIX, a quien los mexicanos conocen como Siervo de la Nación, donde hace un paréntesis para contemplar un fragmento del ayer en el muro de una casa típica.

Allí, en el paredón de la fachada de adobe, se encuentra, a pocos centímetros del tejado, la imagen de la Virgen de Guadalupe, protegida por una puerta de madera con un orificio que apenas permite distinguir sus manos y su rostro moreno.

Refiere la tradición que en el amanecer del siglo XIX, exactamente el 8 de julio de 1814, las fuerzas realistas perpetraron un ataque contra Pátzcuaro, población que se encontraba resguardada por un grupo de insurgentes encabezados por Felipe Arias, quien murió en un acto de arrojo que contagió a sus compañeros a protagonizar una defensa heroica.

Como consecuencia de la desventaja ante sus enemigos realistas, que eran más y poseían mejores armas, murieron no pocos insurgentes, resultando prisioneros los sobrevivientes, a quienes los agresores ordenaron que se formaran en la entonces calle del Prendimiento, posteriormente de La Paz, para fusilar a aquellos que por desgracia, debido a su ubicación en la fila, les correspondiera el número cinco.

Uno de cada cinco insurgentes fueron fusilados; sin embargo, quienes se salvaron de la cruel ejecución, atribuyeron el milagro a la Virgen de Guadalupe, por lo que como muestra de gratitud, mandaron pintar su imagen en una piedra que posteriormente colocaron en el frente de la casa ya mencionada, escenario de la tragedia.

La imagen de la Virgen de Guadalupe permaneció intacta durante más de una centuria como fiel testimonio de la salvación de los insurgentes, hasta que una noche del mes de octubre de 1934, amparado por las sombras, alguien intentó acabar con la obra para coadyuvar a la lucha contra la religión de los católicos.

Por tratarse de una piedra, resultó imposible destrozar la imagen, procediendo el agresor a rasparle la cara y arrojarle tinta. Ante la consternación popular, la Virgen de Guadalupe mostraba un intento de mancillación que ofendía a los moradores de Pátzcuaro.

Dos o tres días más tarde, regresó quien pretendía acabar con la imagen, utilizando una barreta para despedazarle el rostro. Tal era su odio hacia la Virgen de Guadalupe y las cosas sacras, que se atrevió a dañar un fresco del siglo XIX y se expuso a ser descubierto por la multitud enardecida que habitaba el pueblo lacustre michoacano.

Uno de los moradores de la calle Felipe Ochoa, mandó restaurar la imagen y ordenó colocar un nicho con una puerta de madera que hasta la fecha presenta un orificio para que todos los católicos y turistas la miren y le rindan veneración. Así permanece hasta nuestros días.

Los años han transcurrido incontenibles, quedando como huella de la insurgencia la Virgen de Guadalupe pintada sobre una piedra y empotrada en una casona de adobe, asomando apenas el rostro por una pequeña ventana, desde donde parece contemplar el paso de los moradores y de los turistas que quedan perplejos, preguntando en ocasiones la historia de la enigmática imagen.

Uno camina por un rincón y otro de Pátzcuaro, siempre con el deseo y la intención de abrir sus páginas añejas y románticas para descubrir un detalle, un espacio, un secreto, acaso una mañana nublada y fría o tal vez una tarde lluviosa. Como que se antoja, entonces, que las horas se extiendan, igual que la neblina sobre el caserío, para protagonizar una historia grata e inolvidable, quizá como el paseo a un pueblo mágico e irrepetible.

El Sagrario de Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Parece un dibujo de ensueño, una pintura plasmada en el lienzo añejo, una silueta que reposa en el sótano de las añoranzas y los recuerdos, en algún rincón del mundo, en un espacio hechizante y mágico, donde cada detalle se transforma en arte, en partitura, en boceto, en poesía, porque para los otros, los de entonces, los moradores del Pátzcuaro de las horas coloniales, su pueblo representó la casa, el refugio, la morada, la página en la que diseñaron y protagonizaron los capítulos e historias de sus existencias.

Desde la hoja que se desprende del follaje y mece el viento suavemente, hasta el cielo que hospeda nubes arrogantes y rizadas que cambian sus formas, transitan fugazmente y reflejan su coquetería en el lago legendario, donde las islas, el tule y las garzas coexisten, el escenario se presenta extraordinario para enmarcar al poblado de Pátzcuaro, cuyo origen colonial se remonta al siglo XVI, precisamente a los minutos de 1540, cuando Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, lo eligió como sede tras haberse establecido con anterioridad en Tzintzuntzan, comarca en la que existió y se desarrolló el antiguo y poderoso reino purépecha antes de la conquista española.

Dentro del caserío de adobe con tejados agónicos y bermejos, entre callejuelas chuecas e inclinadas y plazuelas pintorescas en las que se erigen fincas virreinales con portales típicos, se localiza El Sagrario, uno de los complejos arquitectónicos más bellos de tan irrepetible población lacustre.

Es allí, en El Sagrario, donde uno suspira al admirar la arquitectura caprichosa. Y es que cuando la piedra burda e informe se convirtió en arquería, en fachada, en muro, en torre, durante las horas cada vez más distantes de la Colonia, se hicieron, acaso sin sospecharlo, música, pintura, poema, que todavía en nuestros días cautivan los sentidos.

En aquellos días añejos, contemporáneos a conquistadores insaciables que empuñaban espadas y misioneros atrapados en hábitos que portaban crucifijos, la mano indígena, hábil en tallar piedra, abundaba para participar en construcción de casonas, conventos y templos.

Ya separados de sus dioses y cantando o hablando en su lengua, ellos, los nativos, sumaron un día y otro la piedra y el bloque de adobe, hasta concluir casas palaciegas e iglesias y monasterios que hoy causan asombro. Formaron un caserío de adobe, madera y piedra que modificó el terruño otrora rasgado por adoratorios.

Desafiante al aire, a la lluvia, al sol, al tiempo, el majestuoso templo de las Monjas o El Sagrario, que albergó durante 191 años la imagen de Nuestra Señora de la Salud, se erige en uno de los rumbos más bellos y románticos de Pátzcuaro, donde muestra sus facciones barrocas.

Los arcos chuecos que componen la barda principal del conjunto religioso, se prolongan por la calle típica, desde donde se contempla el templo con aspecto de fortaleza abandonada. Es uno de los rincones arquitectónicos más significativos del pueblo, elegido, por lo mismo, por artistas para plasmarlo en sus lienzos.

Igual que un gran viejo que conoce anécdotas y secretos del pasado y de otra gente, parece increíble que sobreviva ante la vorágine de la cotidianeidad y la modernidad. Semeja un monumento extraído de un álbum de estampas artísticas.

Manchado por la humedad, la llovizna y los siglos implacables que dejan huellas indelebles, rasguños en lo que tocan, el edificio inició su construcción a fines del siglo XVII, exactamente en 1691, porque ya resultaba insuficiente el recinto que albergaba a la Virgen de la Salud, venerada por los moradores de Pátzcuaro y la región lacustre, en el Hospital de Santa Martha y La Asunción.

Exquisito e irrepetible, el templo fue proyectado para resguardar a la Virgen de la Salud, elaborada durante el siglo XVI a base de pasta de caña, y, a la vez, con la intención de recibir a incontables devotos y peregrinos de Pátzcuaro y otras regiones que veneraban la imagen que mandó hacer Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, a indígenas que dominaban la técnica.

Discurrían apacibles y lentamente las horas virreinales, salpicadas de leyendas y tradiciones, cuando el cura Juan Meléndez Carreño inició la obra en 1691, solicitando la licencia correspondiente a las autoridades; entonces pidió cooperaciones y limosnas, para lo que solicitó al lego Andrés de Burgos que llevara a cabo la colecta por todo el territorio michoacano.

Tras dos años de peregrinaje y acompañado de una imagen diminuta de la Virgen de la Salud, el enviado regresó a Pátzcuaro con la cantidad de cuatro mil pesos que evidentemente resultaron insuficientes para la construcción del templo.

En consecuencia, el hermano Francisco de Lerín, sevillano acaudalado de no pocas virtudes, emprendió una segunda colecta viajando por gran parte de la Nueva España. Regresó a Pátzcuaro en 1696.

El cura Juan Meléndez Carreño, iniciador del proyecto arquitectónico, murió 10 años antes de su conclusión, cuando era canónigo penitenciario de la catedral de Valladolid; pero El Sagrario permanece como una obra que encanta por su antigüedad y suntuosidad en el legendario, lacustre y pintoresco Pátzcuaro.

La caminata de los años continuó imparable. El templo registró algunas modificaciones, como la efectuada en 1874, cuando se retiró la reja que separaba el coro bajo, antiguamente reservado a las monjas catarinas, o las que se realizaron en 1890, siendo arzobispo Ignacio Árciga, quien ordenó derribar el altar mayor que era de madera, para sustituirlo por uno de cantera.

Concluidas tales transformaciones, el 8 de diciembre de 1893 reabrió el templo al culto, registrándose, en consecuencia, celebraciones religiosas y fiestas profanas en Pátzcuaro durante un lapso de ocho días.

Finalmente, el 8 de diciembre de 1899, el arzobispo Ignacio Árciga coronó solemnemente, con autorización pontificia, la imagen de la Virgen de la Salud, ante el regocijo popular. La muchedumbre estaba emocionada ante un hecho tan insólito.

Ante la ferviente multitud, el religioso subió al trono en estado agónico y colocó la corona a la Virgen de la Salud, dirigiendo un mensaje conmovedor; días después, falleció en la entonces ciudad de Valladolid, hoy Morelia, capital de Michoacán.

La imagen de Nuestra Señora de la Salud, todavía venerada por la comunidad católica en la hora contemporánea, permaneció en El Sagrario de 1717 a 1908, fecha en que fue trasladada al Santuario que actualmente ocupa.

En el otrora templo de las Monjas, hoy conocido como El Sagrario, reposan reliquias invaluables y es escenario que no pocos artistas han escogido para plasmar en sus lienzos.

No es extraño descubrir artistas en la calle chueca y empedrada. Observan la peculiar arquitectura de El Sagrario, la dibujan, hacen trazos y la plasman en sus lienzos para después llevarlos a Europa, Canadá, Estados Unidos de Norteamérica, Argentina, Uruguay, Chile y otros rincones del mundo.

La neblina vespertina envuelve nuevamente El Sagrario y las callejuelas del pintoresco Pátzcuaro, como si al cubrirlos con su flotante manto, los acariciara y arrullara en el sueño de las centurias y los conservara imperturbables para continuar embelesando los sentidos y ocupar un espacio en la memoria, los óleos de los artistas y los álbumes de fotografías.