Los sigilos y los murmullos del tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De los sigilos del tiempo, escucho el ir y venir del péndulo al columpiarse despreocupado e indiferente a la caminata de las manecillas y del engranaje, mientras ella, la muerte, hilvana pacientemente, a un lado de la chimenea y teje redes para cazar hombres y mujeres incautos, distraídos en sus aficiones y cosas, e incapaces de explorar y conquistar rutas inexploradas y dejar huellas y señales de su paso por el mundo. De los murmullos del tiempo, oigo sus silencios, sus pausas que me confiesan el sentido de la vida. De la maquinaria del tiempo, aprendo a interpretar su lenguaje, asisto a sus clases diarias y me apresuro a salir del aula para vivir sin cadenas ni prisas, desde el nombre del personaje que me corresponde interpretar, ausente de maquillajes. De las notas y las pausas de los días y los años, comprendo que entre la vida y la muerte, la aurora y el ocaso, existen luces y sombras, un sí y un no, y que cada uno -tú, yo, nosotros, ustedes, ellos- tenemos oportunidad de elegir el destino, la ruta, al ser exclusivamente barro, al preferir la luz o al mezclar ambos con equilibrio y armonía. De los rumores y silencios del tiempo, en el mundo, ahora sé que callan y hablan la vida y la muerte, y que solo aquellos que descifran su lenguaje, aprenden su significado y dan mejor sentido a su paseo terrestre. De los murmullos y silencios del tiempo, la vida y la muerte, escucho su música, su lenguaje, sus paréntesis.

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Sin pausas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te vi aquel día y supe que no habría pausas en nuestra historia porque el amor somos tú y yo

Este amor no tiene pausas. Es un delirio sin final, el más dulce suspiro, un destino irrenunciable. Es lluvia y arcoíris, amanecer y atardecer. Es embarcación, crucero, canoa, porque significa que se trata de una travesía de sentimientos por las rutas de la finitud y la eternidad. Es sueño y realidad de nuestra historia. El sí y el no de la vida. Día y noche. Refugio y vuelo libre y pleno. Tu risa y la mía. Es un amor que no acaba. Es locura y razón. Es, parece, horizonte donde el cielo y el océano se funden en matices amarillos, dorados, naranjas y rojizos de ensueño y magia, tal vez con la intención de recordar que el amor es propio de expresiones superiores y que basta sentirlo para evolucionar y conquistar la cima. Es globo, burbuja y destello de nuestros anhelos y sueños. Es río turbulento, cascada y oleaje de nuestros juegos, emociones, alegrías y realidades. Es columpio de un romance inagotable. Es el guión de Dios, quizá con capítulos e instantes de silencio, pero sin treguas forzosas porque para nosotros no existen barreras ni despedidas. Es senda al cielo porque un amor como el nuestro mantiene parentesco con la felicidad, los sentimientos más sublimes y la plenitud; en consecuencia, invita a volar, sentir el aire en el rostro, experimentar la dicha de la creación. Este amor desconoce la llanura del destierro y la separación y los desiertos del enojo y el desconsuelo porque es manantial inagotable. Es ecuación de una dama y un caballero, tesoro subyugante que se conserva en el relicario del alma, código de vida especial, esencia y forma, consentimiento y fidelidad. Es la flor que abre su rostro cada mañana para recibir la mirada de la luz y el saludo de la llovizna. El amor desconoce las treguas porque es un estilo de vida, algo que se siente y viene de lo alto y de uno. Y como no existen pausas que diluyan la locura que compartimos ni rupturas que fragmenten los capítulos de nuestra historia, el amor somos tú y yo. Oh, si ya acordamos, porque lo sentimos, que el amor viene de lo supremo, del cielo y de nuestro interior, y que tú y yo formamos parte de su sutileza, ¿sabes quiénes somos? ¿Adivinas nuestro destino?

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