Antes de morir

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Antes y tras los ocasos de antaño, hubo auroras. Cada mañana, tarde y noche cubrieron sus rostros con matices de ensueño o desencanto. El palacio o la choza no fueron motivo para descubrir la alegría en la flor minúscula, mirar el cielo reflejado en un charco cualquiera o sentir la lluvia repentina que moja al caminante.

No es que piense que la actual es mi hora postrera. El minuto final de mi existencia puede presentarse informal en los próximos instantes o más tarde, en unas horas, dentro de algunos días o después de varios años. No lo sé. Tampoco es una despedida anticipada. Simplemente deseo escribir mis sentimientos, tejer letras y bordar palabras de un viajero, un artista que piensa que la vida es para experimentarse plenamente, más allá de creencias, modas y tabúes, y que lo importante, después de todo, es lo que se hace por uno y los demás, es la huella que se deja, no la riqueza material que nunca se compartió y finalmente se convierte en causa de rapiña.

He transitado entre tumbas para percibir los gritos de la muerte y las voces de la vida. Allí, entre sepulcros, he leído incontables epitafios, unos escritos con el dolor de la ausencia y otros, en cambio, cual prolongación de la soberbia que caracterizó a quienes evocan las inscripciones talladas sobre la piedra, y es por eso que uno lee “aquí yace don…” o “el doctor…”, como para que todos, en el mundo, sepan que durante sus vidas tuvieron alguna posición importante dentro de la estructura material de la sociedad. |Vaya estulticia y vanidad. Me pregunto dónde se encuentran los monumentos fúnebres que deberían resaltar “en este sitio reposan los restos de quien entregó lo mejor de sí, sonrió a la vida e hizo el bien a los demás”.

Pienso que si me encontrara tras los barrotes de la existencia, en una cama en la que irremediablemente el aliento escapara de mí cada segundo, lloraría desconsolado por lo poco que hice para ser feliz y dar alegría a los demás. Nunca es suficiente lo que se hace. No se trata de hacer un bien casual este día, anunciarlo a todos, exhibirlo como trofeo y seguir en el fango. Debe ser un estilo de vida, algo que forma parte de uno porque lo siente en verdad.

Desconozco el número de estaciones que me faltan para abordar el tren hacia otro destino; sin embargo, lo primero que haría es perdonar mis desaciertos, amarme y entrar en armonía conmigo para posteriormente hacerlo con la creación, la naturaleza y todo cuanto me rodea. Me daría otra oportunidad en todo lo que me gusta de la vida. Una vez, en la adolescencia, agonicé y morí por un instante, y sé, por lo mismo, lo que significa perder la vida y dejar un proyecto trunco.

Cada instante significaría, entonces, la oportunidad de renacer y protagonizar una historia sublime, bella, irrepetible, maravillosa, libre, plena e inolvidable. Recordaría que uno, al nacer, posee una cuenta regresiva que compromete a no descuidar cada día en el mundo para ganarse así el próximo ciclo.

Reiría mucho, volaría libre y pleno, olvidaría las apariencias y los prejuicios. Entendería que la felicidad no consiste en acumular fortunas ni en conseguir placeres momentáneos o fugaces, sino en vivir bien cada día y en amar fielmente.

No tendría ese gesto de persona amargada o soberbia que uno encuentra en todas partes, en las cafeterías, en el autobús, en la excursión, en los centros laborales, en las profesiones, en los negocios, en la academia. En los restaurantes, boutiques, aviones, calles, paseos, actividades laborales y profesionales, reuniones y momentos cotidianos, trasmitiría mi alegría y entusiasmo, la pasión de experimentar la vida como quien siente los copos al nevar o las gotas al llover cuando es muy joven o se enamora.

Mi mayor tesoro humano son los miembros de mi familia y la mujer que amo; no obstante, cada persona en el mundo tendría un espacio significativo en mi vida porque tras el cascarón, pulsa el alma que hermana a los seres y los funde en la corriente que fluye dentro de la eternidad.

Evitaría murmuraciones para no rebajar mi dignidad ni ser cómplice del dolor ajeno. Los chismes son la basura que pepena la gente ociosa y carente de proyecto existencial y valores.

Mi rumbo no serían los chismes ni las mofas; pero exigiría respeto para mí, denunciaría a los que intentaran molestarme o herirme por envidia o por el hecho de pensar y sentir diferente.

Correría apresurado con cada miembro de mi familia para expresarle mi amor y confesarle frecuentemente que es mi bendición y un regalo que Dios me concedió al darme la dicha de pasear por los rincones del mundo y las horas de la vida terrena. A cada uno le daría un beso en una mejilla y en otra, lo abrazaría fuerte y uniría sus latidos a los míos para estar juntos eternamente.

La familia es el diamante que Dios entrega a cada ser. Dichoso aquel que sabe que es uno con todos los miembros de su familia. Una esencia con una multiplicidad de rostros e identidades.

Prepararía una cena romántica para la mujer que amo, a quien pediría mirarnos a los ojos con la intención de reconocernos, le daría un beso tierno y le entregaría una sortija delicada y fina, símbolo de los sentimientos más bellos y sublimes que me inspira. Suavemente le recordaría que nunca es tarde para inventar un hogar mientras se pueda empezar, y le pediría que dedicara el tiempo conveniente al análisis e interpretación de nuestro encuentro en el mundo, la historia que compartimos y su verdadero significado.

Entre velas, platillos, agua, vino, flores y estrellas, yo renunciaría a mi soledad y le pediría ser mi esposa, no por un contrato que muchos violan, sino por amor fiel y puro, por un sentimiento que Dios da más allá de cualquier moda, creencia o ley. Sólo hay que recordar que el amor proviene del alma, de lo alto, y que no se necesitan condiciones humanas y terrenas para impedir que dos seres lo expresen con plenitud. Si existen abismos y fronteras, son las que cada uno fabrica desde su interior.

Hay que descifrar el lenguaje oculto en los signos de la vida. Dios los inscribe secretamente para que uno, al amarse, los descubra y sea feliz. El amor es superior y se encuentra más adelante de toda creencia y moda.

A mis amigos y conocidos les diría que estoy con ellos, que tienen un espacio reservado en mi ser, y que la fraternidad durará mientras ellos lo deseen y se comporten con honestidad, principios y humildad. Siempre tendrán mi cariño y respeto. Algunos, incluso, hasta despertarán mi admiración.

Cierto, igual que otros, correría descalzo por el césped, hundiría los pies en el barro, mojaría mi piel bajo la lluvia o en un río, escucharía el concierto de las aves y las cascadas, percibiría los rumores del océano y el viento, bebería café, saborearía los helados, asistiría al cine y a los teatros y sería menos complejo dentro de mis esquemas mentales y conductuales; aunque antes tendría que limpiar los recintos de mi ser para desempolvar la alegría de vivir y experimentar hasta lo que tiene apariencia minúscula e insignificante. Los detalles forman la grandeza.

Dedicaría muchos días y años al bien, la verdad y la belleza, es decir a la práctica real de los valores y las virtudes, al conocimiento que se comparte para grandeza de la humanidad y al arte que es la estrella que alumbra al mundo y guiñe en el universo para que estalle en luces y tonalidades mágicas y de ensueño.

Cuidaría mucho mi nombre, y no por cuestiones de linaje, sino para que todos, al mencionar mi identidad, supieran que soy hombre confiable y honesto. Retiraría la enramada y la piedra del camino, sin importar las llagas que quedaran en mi piel ni la ropa desgarrada, precisamente con el propósito de que otros, los que deambulan atrás, descubran huellas indelebles y las sigan sin perder su personalidad y proyecto existencial.

Mandaría al carretón de la basura el cascajo que sobra en toda vida feliz, ejemplar y productiva: celos, envidia, ambición desmedida, crueldad, murmuraciones, racismo, coraje, opresión, estupidez, vanidad, codicia, hipocresía, promiscuidad, odio, violencia, resentimiento, inseguridad, enojo, mentiras y tristeza, entre otros despojos.

Sería, en consecuencia, protagonista de mi historia. Trataría de hacer realidad los sueños e ilusiones, sin frustrarme en caso de no conseguir todo. Haría de mi existencia un cuento maravilloso e inagotable. Convertiría las quimeras en realidades, en vida, y así, insisto, entiendo que mis días existenciales se convertirían en el más dulce y excelso de los sueños.

¿Qué caso tendría engañar a la mujer que amo, si ella es un ángel, el color de mi vida y un trozo de cielo que alumbra todos mis momentos? ¿No acaso he dicho que al mirarla por primera vez, comprendí que no esperaría a alguien más? Lástima de quienes desperdician sus días en engaños e infidelidades.

Tampoco mentiría a otros porque es basura que se acumula en los arcones reservados para las joyas y los tesoros del alma, Dibujaría una sonrisa de alegría, amor, bien y paz en mi rostro, y así, lo sé, en mi cuerpo y organismo la vida esculpiría sus signos.

Es tan hermoso este paseo llamado vida. Cuando termina el viaje, uno puede voltear atrás y mirar a los demás, a la gente que formó parte de la historia, y contemplar sus rostros, percibir sus sentimientos, leer sus pensamientos, escuchar sus palabras, y saber, entonces, si sus lágrimas son sinceras, si en verdad quedaron huellas indelebles de quien parte en sus corazones y en su memoria.

Si uno descubre, en el ocaso de la existencia terrena, seres dispersos aquí y allá, significará que no consiguió la unidad y se encuentra, en consecuencia, extraviado en algún paraje oscuro; pero si se da cuenta de que forman un gran círculo, entenderá que no hay inicio ni final y que la vida comienza.

Deja uno, al final, una sinfonía excelsa y magistral o una serie de notas discordantes. Cada uno elige. Ser inolvidable no es convertirse en quien acumuló mayor fortuna, paseó en los mejores autos y yates, adquirió la más ostentosa residencia o coleccionó placeres y habló mayor número de estupideces. Es otra cosa.

No es una despedida la mía. Es que llega la hora, un día, en que después de ser arqueólogo de su vida, de su pasado, uno comprende finalmente que la mejor fórmula de restaurar su historia es cuando se dejan los lamentos atrás y se actúa.

Antes de morir, deseo vivir plenamente. Quiero amar  y ser feliz, cultivar detalles y actos nobles, dejar huellas indelebles, emprender hazañas, hacer de lo pequeño una grandeza. Pretendo solicitar perdón a quienes he lastimado u ofendido, si así ha sido, pero también disculpar a quienes me han herido, porque no tiene sentido acumular tristeza, rencor y venganza. El perdón genuino es un medicamento que supera las fórmulas químicas. Hay que romper todas las ataduras antes de que los días existenciales se consuman.

Ahora dispongo de tiempo, no sé si de segundos o de décadas; pero aquí, donde me encuentro, y allá y en todo paraje, viviré con mi estilo. Antes de morir, quiero asustarme por la oruga que trepe a mi brazo al caminar entre la hierba, reír hasta por descubrir un calzado extravagante en la tienda o que alguien, por descuido, derrame la comida en mi espalda, descubrir que estoy vivo al mirar mi reflejo en las fuentes y los charcos, saltar la cerca para entregar una flor a la mujer que amo, expresar a toda mi familia que es mi tesoro, fabricar sueños e ilusiones que se conviertan en realidades, desprenderme del pan para alimentar al pobre, enseñar al ignorante, escuchar y ayudar al que sufre, tomar de la mano al que se derrumba sin importar que mis brazos se cubran de llagas y mi ropa se desgarre.

Hoy, antes de partir, reconozco que la estancia en el mundo es un paseo breve con claroscuros, las luces y las sombras naturales que se presentan cotidianamente y por medio de las que uno crece, se mide y evoluciona.

Antes de morir, en unos minutos o dentro de muchos años, quiero recordar que al final de la vida uno lleva la fórmula para abrir, en otras fronteras, el portón del palacio, de un paraíso que ya se siente, al nacer, en el alma y el cielo, o la llave cubierta de herrumbre que conduce a los abismos. Quiero vivir antes de morir.

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