Niños, Adolescentes, Jóvenes: Renata Sofía, la artista*

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es artista. Trae consigo la esencia de la creación, el estilo y la inspiración, la sensibilidad, el amor y la pasión por el arte. Dibuja, pinta y da forma y vida a los materiales yertos.

Escucha la música que tanto le gusta; aunque, en ocasiones, flota en su estudio ese ambiente de rumores y silencios que se percibe en los talleres de los artistas, y hasta a ella se le nota reflexiva, inmersa en sí, entregada a su creación.

Traza figuras y líneas sobre las hojas de papel o en el lienzo, y lo disfruta tanto, que traslada sus esbozos a otras fronteras, a sus sueños, mientras duerme, y a sus mañanas, tardes y noches, entre una hora y otra, porque el artista lleva sus obras en su ser. No renuncia a su arte.

Una vez concluido el dibujo, lo escudriña minuciosamente, lo revisa, lo observa desde diferentes ángulos, y lo perfecciona, si es necesario, hasta que desliza los pinceles, aquí y allá, con la destreza y seguridad de quien se fusiona en su obra, a la que entrega parte de su vida, un trozo de su ser, un semblante de sí, la magia del proceso creativo que emula a Dios y a la naturaleza.

Ella, Renata Sofía, quien a sus 14 de edad ya posee su firma artística que plasma en cada dibujo, pintura y objeto plástico, conserva a su lado, entre libros y papeles de su escuela -la secundaria-, el caballete que su padre mandó fabricar, hace años, a un carpintero, y le regaló un sábado con la idea de estimular su creatividad y talento.

Un día, entre un juego y otro, alguna película y una más, su padre la invitó a pasear y la llevó cargada hasta la carpintería, donde, emocionada, descubrió, a sus tres años de edad, el caballete tan anhelado, el cual, desde entonces, forma parte de sus cosas tan queridas, en su habitación pletórica de muñecas, recuerdos, pinceles, fotografías y libros.

Y los siguientes años de su infancia, supo mezclar los juegos, las tareas, las diversiones, los paseos y el estudio con su pasión innata al arte. Dibujar y pintar son, para ella, prioridad, un gusto, una necesidad, un delirio, la llave que abre la puerta a un cielo infinito.

A los 11 años de edad, por actividades inherentes a la escuela, ya había participado en los teatros de su ciudad natal, a través de las artes escénicas; sin embargo, el dibujo, la pintura y la escultura fluyen en sus arterias, en su linaje, en su alma, en sus sentimientos, en su vida, en sus sueños, en sus ideales y en sus pensamientos.

Su madre y su padre le compran y regalan cuadernos de dibujo, lienzos, pinceles, espátulas, pinturas y materiales con la idea de que prosiga con su trabajo creativo, con sus obras de arte de adolescente.

Renata Sofía, realiza estudios secundarios y aprende Tae Kwon Do, en su país de origen, donde sueña y vive como adolescente, con el anhelo, cada día, de dedicar unas horas al arte, al dibujo, a la pintura, a la plástica.

Sabe que la grandeza consiste en la suma y multiplicación de detalles. Busca soluciones y respuestas favorables a los desafíos, los problemas y las adversidades, y aprovecha la corriente a su favor para crecer y evolucionar. No desconoce que los abismos, barrotes, fantasmas, muros y sombras existen en quienes no se atreven a ser ellos mismos ni a escalar la cumbre para trascender.

El artista es un ser cautivante, prodigioso y especial que conoce la entrada al paraíso y su retorno al mundo, al cual alumbra y guía con su arte que viene de su interior y del cielo sin final. Es un enviado de Dios, una estrella, que anticipa la belleza y los tesoros del infinito. Y Renata Sofía, como artista, promete algo grandioso.

* Niños, Adolescentes, Jóvenes, es una sección de este blog, basada en personajes e historias reales. Es un reconocimiento a las minúsculas que un día serán mayúsculas, a la infancia, a la adolescencia y a la juventud de todo el mundo. Por tratarse de menores de edad, en el texto se omiten apellidos y pueblos, ciudades y naciones de origen.

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Paleta de colores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…por eso le llamo color de mi vida y matiz de mi cielo…

Eres mi arte. De la paleta de colores, tomo la sutileza de los tonos más parecidos a tu alma, preparo los matices que me sugiere el perfil de tu rostro, sustraigo los pigmentos que definen tus labios, mezclo la gama que delinea tu sonrisa. Así asomo al cielo y siento la dulzura de tus besos y el encanto de tu compañía. Deslizo los pinceles sobre el lienzo para reproducir tu cara de niña y jugar contigo la mañana, la tarde y la noche de cada día, como lo hacíamos, antes de venir al mundo, en el patio de nuestra morada. Trazo tu cabello y tus ojos que me recuerdan, cuando los miro, el firmamento más bello que tú y yo hemos admirado desde una terraza envuelta en la magia del romanticismo. Plasmo las fragancias de tu piel en mi obra con la intención de percibir la delicia de un perfume que flota en mi taller de artista y de esta manera sentirte cerca de mí cuando por alguna razón no estás a mi lado. Al pintar al óleo, combino las tonalidades que mayor semejanza tienen contigo. Pinto la lozanía de tu piel, el carmesí de tus labios, el rubor de tus mejillas. Te trazo, te pinto, te traigo. Nunca estoy solo. Siempre me acompañas. Converso, juego y río contigo. Juntos mezclamos colores y pintamos el mundo y el paraíso, los sueños y la realidad, las ilusiones y la vida. Inventamos un espacio hechizante, paralelo al universo, para permanecer juntos. Nos divertimos, paseamos y volamos libre y plenamente. Ensayamos una y otra vez con los tonos de la paleta. Unas veces creamos los sueños e ilusiones que compartimos, y otras ocasiones, en cambio, dejamos constancia de nuestras vivencias, quizá porque somos mundo y cielo, tú y yo, musa y artista. Hay momentos en los que jugamos y nuestras manos y rostros se cubren de pintura. Cuánto disfrutamos. Quien es capaz de inspirar amor fiel y puro, arte, asombro, belleza y respeto, es un ser superior, alguien que trae consigo un código especial, una fórmula celeste, la otra parte del alma de uno. Te pinto con los tonos de mi paleta porque eres color de mi vida y matiz de mi cielo. Te pinto porque te amo.

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Fragancias, colores y melodías

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Te he dicho que eres color, silueta, perfume y música de mis poemas y mi vida?

Me gustan los colores al tomarlos de la paleta, deslizar los pinceles y regalarte rosas y tulipanes, al manifestarse en los arcoíris después de una lluvia matinal, al contemplarlos en las alas de las mariposas y al divertirnos entre las olas jade y turquesa del mar; aunque la belleza de las tonalidades, parece, aumenta cuando las descubro en tu mirada, tus labios y tus manos.

Igual que un niño con su juguete más querido, me encantan las fragancias cuando estoy sentado a la orilla del mar y el viento arrastra perfumes de islas lejanas, al encontrarme en el bosque entre abetos y alfombras de hojas y pétalos de exquisita textura, al descubrir orquídeas y plantas entre las cortezas y al convertir las flores que recolecto para ti en poemas; sin embargo, tu perfume me cautiva porque desprende tu esencia mágica, similar a las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra y son prendidas por la intensidad del sol que ilumina la arena en el fondo del manantial o parecido, no lo niego, al polvo mágico que desprenden las estrellas una noche inolvidable en algún rincón del universo.

Admiro las formas de la vida, los trazos que vienen de la creación, las siluetas de la naturaleza, acaso porque he dedicado las horas de mi existencia a explorar las rutas del ser y la inmortalidad, quizá por ser artista o tal vez, y así lo sospecho, por mi intención de definirte en las expresiones más bellas y excelsas del mundo cual fragmento de un cielo que se presiente lejos y cerca, en los latidos del corazón, en el pulso del universo.

Me fascinan los conciertos de las aves, los rumores del océano, el canto de los ríos y las cascadas, el murmullo de la lluvia y la música que escapa del silencio, seguramente porque al escuchar sus voces distingo la tuya tan especial.

Otras veces he confesado que me encanta beber café y limonada contigo, comer helado y disfrutar los platillos que preparas, en los que soy tu ayudante, probablemente porque al probarlos capto tus sabores y me siento más cerca de ti.

Resplandecen, a tu lado, los colores y las fragancias del amor, los trazos y el sabor de la alegría, los gritos y el silencio de la vida. Eso eres, un matiz que se agregó a la paleta del mundo cuando naciste, un signo musical que se añadió a la partitura a tu llegada, una esencia que deleita porque viene de tu interior, del firmamento, del cielo.

Admito que cada amanecer, al abrir el ventanal, llegan a mis sentidos los aromas de la naturaleza, las tonalidades del mundo con trozos del paraíso, los sonidos de la vida, y apareces tú, siempre tú, no dudo por ser nuestros capítulos tan especiales e intensos que se identifican con las expresiones que me cautivan.

Noches románticas, impregnadas de encanto, a una hora especial de dulzura y ensueño, he compartido contigo, y es por eso, quizá, que al asomar al firmamento y observar sus luces y sombras, defino tu presencia.

Gozo los colores, las texturas, los sonidos y los perfumes que perciben mis sentidos. Significa que estoy vivo, que puedo mirar, probar, escuchar y sentir, y que tú existes, eres real y das fragancia, tonalidad y música a las horas y los días de mi existencia.

Insisto en que si los aromas, las voces, los tonos y las formas de la vida me acompañan con dulzura a partir del momento en que nací, han adquirido mayor brillantez desde la noche de nuestro reencuentro.

Estoy aquí, entre la tonalidad de tu mirada, la fragancia de tu perfume, el ritmo de tus palabras y la belleza de tu silueta, infatigable en mi obra, en la manufactura de los poemas que me inspiras, en las letras que tejo, con el asombro de la paleta de colores, la delicia de los aromas y la música que provienen de tu interior. Como que son los perfumes, las formas, los colores, la textura y los sonidos del alma y del amor.

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Pintura

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si pinto entre las estrellas el amor que me inspiras?

¿Y si pintamos un camino con alfombras de pétalos para andar descalzos? ¿Y si sustraemos colores de los arcoíris, las flores, el océano, las mariposas y los crepúsculos para mezclarlos e inventar sueños y crear un paraíso en el mundo? ¿Y si fundimos nuestros corazones en la forja para transformarlos en una estrella plateada y la insertamos en la pinacoteca del universo con la intención de que todas las noches, al admirarla, alumbre los senderos por donde caminamos, la fuente en la que asomamos y la banca que ocupamos? ¿Y si deslizamos los pinceles en nuestros rostros con la finalidad de plasmar sonrisas? ¿Y si en el lienzo colocamos tus manos y las mías, nuestros labios y el palpitar de la vida? ¿Y si retratamos los signos del amor y la felicidad? ¿Y si esta noche que la luna aparece resplandeciente e inmensa, captamos sus tonalidades para tenerla siempre al mecernos en el columpio? ¿Y si al tomar el pincel coloco mi mano sobre la tuya para pintar detalles, regalos, sorpresas e ilusiones? ¿Y si maquillamos los juegos que nos divierten? ¿Y si trazamos el abecedario en una pizarra para componer las palabras que nos identifican? ¿Y si recolectamos de las profundidades del mar y de la grandiosidad del universo los colores del amor y la dicha? ¿Y si dibujamos tu silueta y la mía en nuestras miradas? ¿Y si volamos hasta la puerta del cielo para visitar a Dios en su buhardilla de artista y solicitarle pinte tu rostro y el mío, junto con nuestros nombres, en el mural de la eternidad? ¿Y si al concluir nuestro cuadro de intensa policromía descubrimos nuestra historia y prometo hacer de los sentimientos que me inspiras una obra maestra? ¿Y si descubres que ya te amaba y pintaba antes de coincidir contigo?

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El árbol del amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que me inspiras lo más sublime del amor

Ensimismado en su buhardilla desde hacía varios días, el artista deslizaba su pincel una y otra vez sobre el lienzo con la idea de pintar el árbol del amor, su obra maestra.

Reflexionaba mientras trazaba el paisaje, un vergel para los seres humanos en el que se distinguían los tallos de la vida, las flores de las virtudes, el follaje de la esperanza, las plantas de la fe y las enramadas de la alegría; pero cuando decidió pintar el árbol del amor, descubrió que era el elemento más complicado de la obra, acaso porque sus raíces ocultas en la tierra necesitaban poseer fortaleza para alimentar su interior, quizá por la cantidad de hojas que debía conservar con vitalidad, tal vez por tratarse del tema que lo había inspirado a crear el cuadro.

Esa mañana nebulosa, mientras lloviznaba y el aliento del aire fragmentaba y dispersaba las gotas en destellos, comprendió que estaba ante su obra maestra, el cuadro subyugante que sin duda transmitiría un mensaje a la humanidad y a todas las criaturas del universo; en consecuencia, el árbol de la vida tendría que ser magistral ante los moradores del jardín.

Solo y en silencio interior dentro de su taller, como le encantaba permanecer, contempló el esbozo, los trazos, las áreas cubiertas de tonalidades mágicas, y de pronto creyó que podría omitir el árbol del amor.

Miró el lienzo una y otra vez, hasta que en determinado instante notó que ante la ausencia del árbol del amor, el jardín empequeñecía y perdía sentido. Como que algo, en aquel paisaje edénico, entristecía y agonizaba. Se percibía la ausencia de algo y dolía mucho.

Insistió en abandonar el proyecto original, en renunciar a su idea; no obstante, la ausencia del árbol del amor dejó un hueco negro, un vacío insondable del que surgían lamentos, melancolía y plantas venenosas con tallos torcidos y espinosos. El hueco oscuro fue cubierto por cardos de discordia, flores de lascivia, matorrales de ambición desmedida y egoísmo, espinas de perversidad.

Angustiado por el caos en su obra maestra ante la falta del árbol del amor, el artista experimentó tal dolor y tristeza que determinó retirar todos los abrojos y dar luz al abismo de la oscuridad.

Mezcló las pinturas y creó otros colores, tonalidades nunca antes conocidas, quizá arrancadas del recinto más profundo de su alma, donde el principio y el fin, todo y nada, la luz y la sombra, la finitud y la eternidad, flotan en un ambiente etéreo para que cada uno, al sumergirse en las profundidades de su ser, elija de acuerdo con sus sentimientos e ideales.

Obtuvo colores especiales e irrepetibles, brillos y opacidades, que aplicó con destreza y cuidadosamente al pintar el árbol del amor sobre el hueco negro. Pensó que mientras el arbol se mantuviera sano, el abismo de la oscuridad no se convertiría en tentación para explorar sus profundidades y sí, en cambio, prevalecería el amor con todos sus destellos.

Reflexionó nuevamente acerca del significado del árbol del amor, hasta que lo hizo suyo y lo incorporó en los latidos de su corazón inmortal, en el palpitar de la vida, en los pulsos del universo, en ti, en mí, en toda criatura viviente.

Maravillado por el matrimonio que contrajeron su alma y la esencia del árbol del amor, el artista dispuso que en lo sucesivo toda creación y sentimiento tendrían que seguir el significado de aquella unión.

Utilizó el encanto de sus pinceles con la finalidad de convertir el árbol del amor en su obra magistral, y desde entonces no hay creación, buena o mala, ajena a su decreto.

Sutilmente, el pintor del universo aplicó colores al tronco, a las hojas, a las flores, a los frutos y a las ramas del árbol del amor, hasta que se transformó en la especie más bella y frondosa del paisaje. Colocó, adicionalmente, un columpio para recreo de quienes acudieran a la sombra o a cortar frutos del árbol del amor.

Aplicó, en cada hoja, una virtud del amor, una expresión del más sublime de los sentimientos, y así, con incontables nombres, bautizó todo cuanto miró a su alrededor, lo que fue, lo existente y lo que está por nacer.

Brotaron las hojas con su genética e identidad, y unas pasaron a llamarse felicidad porque el amor es fuente de alegría, encanto, dicha y risa. Otras, en tanto, ostentaron los apellidos de la dulzura, los detalles, la comunicación, la fidelidad, la confianza y las atenciones.

Esculpió en los detalles minúsculos de las hojas, los nombres de entrega, perdón y tolerancia; aunque no olvidó, como creador talentoso, la solidaridad, el enamoramiento y la innovación.

Las hojas sintieron, entonces, el aliento del pintor que se transformó en el más suave de los vientos. Y así siguió pintando y bautizando cada hoja con sus filamentos, y si a unas nombró respeto, a otras puso por apellidos creatividad, dicha y virtudes.

La pintura lucía hermosa. El árbol del amor dio vida a toda criatura existente en el vergel. Las hojas entendieron que se someterían a las pruebas que significan los ciclos de la vida, y que si un día sentirían el calor de la aurora, una tarde invernal experimentarían el ocaso, siempre con la certeza de que tras el anochecer, existe la esperanza del más hermoso de los amaneceres. Supieron, por lo mismo, que unas veces resaltaría la intensidad de su verdor y algunas ocasiones, en cambio, los besos del aire las arrancarían y se mecerían con su aspecto dorado y quebradizo, hasta dispersarse y alfombrar la tierra; pero siempre se distinguirían por su significado y por pertenecer al árbol del amor.

Así es como él, el artista del universo, concibió el árbol del amor para deleite, alegría, paz e inmortalidad de todos los seres de la creación. Por la emotividad, casi omitía decir que si notas mayor número de hojas que de flores, es porque si las primeras representan las cualidades y expresiones del sentimiento más sublime, las segundas simbolizan las historias de mayor belleza, excelsitud y prodigiosidad de amor, como el tuyo y el mío, y allí, parece, permanecen inscritos nuestros nombres. También olvidaba comentar que a un adyacente al árbol del amor, el artista del universo pintó un manantial diáfano donde tú y yo hemos asomado para mirar el reflejo de nuestros rostros felices y sonrientes.