Niños, Adolescentes, Jóvenes: Renata Sofía, la artista*

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es artista. Trae consigo la esencia de la creación, el estilo y la inspiración, la sensibilidad, el amor y la pasión por el arte. Dibuja, pinta y da forma y vida a los materiales yertos.

Escucha la música que tanto le gusta; aunque, en ocasiones, flota en su estudio ese ambiente de rumores y silencios que se percibe en los talleres de los artistas, y hasta a ella se le nota reflexiva, inmersa en sí, entregada a su creación.

Traza figuras y líneas sobre las hojas de papel o en el lienzo, y lo disfruta tanto, que traslada sus esbozos a otras fronteras, a sus sueños, mientras duerme, y a sus mañanas, tardes y noches, entre una hora y otra, porque el artista lleva sus obras en su ser. No renuncia a su arte.

Una vez concluido el dibujo, lo escudriña minuciosamente, lo revisa, lo observa desde diferentes ángulos, y lo perfecciona, si es necesario, hasta que desliza los pinceles, aquí y allá, con la destreza y seguridad de quien se fusiona en su obra, a la que entrega parte de su vida, un trozo de su ser, un semblante de sí, la magia del proceso creativo que emula a Dios y a la naturaleza.

Ella, Renata Sofía, quien a sus 14 de edad ya posee su firma artística que plasma en cada dibujo, pintura y objeto plástico, conserva a su lado, entre libros y papeles de su escuela -la secundaria-, el caballete que su padre mandó fabricar, hace años, a un carpintero, y le regaló un sábado con la idea de estimular su creatividad y talento.

Un día, entre un juego y otro, alguna película y una más, su padre la invitó a pasear y la llevó cargada hasta la carpintería, donde, emocionada, descubrió, a sus tres años de edad, el caballete tan anhelado, el cual, desde entonces, forma parte de sus cosas tan queridas, en su habitación pletórica de muñecas, recuerdos, pinceles, fotografías y libros.

Y los siguientes años de su infancia, supo mezclar los juegos, las tareas, las diversiones, los paseos y el estudio con su pasión innata al arte. Dibujar y pintar son, para ella, prioridad, un gusto, una necesidad, un delirio, la llave que abre la puerta a un cielo infinito.

A los 11 años de edad, por actividades inherentes a la escuela, ya había participado en los teatros de su ciudad natal, a través de las artes escénicas; sin embargo, el dibujo, la pintura y la escultura fluyen en sus arterias, en su linaje, en su alma, en sus sentimientos, en su vida, en sus sueños, en sus ideales y en sus pensamientos.

Su madre y su padre le compran y regalan cuadernos de dibujo, lienzos, pinceles, espátulas, pinturas y materiales con la idea de que prosiga con su trabajo creativo, con sus obras de arte de adolescente.

Renata Sofía, realiza estudios secundarios y aprende Tae Kwon Do, en su país de origen, donde sueña y vive como adolescente, con el anhelo, cada día, de dedicar unas horas al arte, al dibujo, a la pintura, a la plástica.

Sabe que la grandeza consiste en la suma y multiplicación de detalles. Busca soluciones y respuestas favorables a los desafíos, los problemas y las adversidades, y aprovecha la corriente a su favor para crecer y evolucionar. No desconoce que los abismos, barrotes, fantasmas, muros y sombras existen en quienes no se atreven a ser ellos mismos ni a escalar la cumbre para trascender.

El artista es un ser cautivante, prodigioso y especial que conoce la entrada al paraíso y su retorno al mundo, al cual alumbra y guía con su arte que viene de su interior y del cielo sin final. Es un enviado de Dios, una estrella, que anticipa la belleza y los tesoros del infinito. Y Renata Sofía, como artista, promete algo grandioso.

* Niños, Adolescentes, Jóvenes, es una sección de este blog, basada en personajes e historias reales. Es un reconocimiento a las minúsculas que un día serán mayúsculas, a la infancia, a la adolescencia y a la juventud de todo el mundo. Por tratarse de menores de edad, en el texto se omiten apellidos y pueblos, ciudades y naciones de origen.

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Confesión

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Le compuse un poema, la describí en mis conciertos incansables, la pinté en el lienzo, y decidí, al sentir su aliento de musa, llevarla de paseo al cielo y quedarnos en alguno de sus parajes

Dicen que los artistas no somos de este mundo, que venimos un rato de otras fronteras, quizá de los sueños, de las quimeras o de planos inimaginables, porque transformamos las estrellas y los cometas en poemas, el oleaje del océano y las tormentas en conciertos y sinfonías, el trinar de las aves y los rumores del viento en canciones, las fragancias y la policromía de las flores en cuadros y murales, y la dureza del mármol yerto en formas cautivantes. Piensan algunos que nosotros, los artistas, somos bohemios incorregibles, seres que hablamos con las musas, soñadores que volamos libremente con la imaginación allende las nubes de colores tenues, para traer textos, poemas, relatos, pinturas, sonidos, formas, belleza; sin embargo, pocos saben, en verdad, que si traspasamos las murallas del cielo o nos sumergimos en nuestras propias profundidades, es para alumbrar y colocar luceros en la pinacoteca celeste, faroles en las calzadas empedradas y pletóricas de árboles, bancas y fuentes. Hacemos vibrar a los seres humanos y les ofrecemos, a través de nuestras creaciones, los regalos de Dios. Desconocen que nuestras obras son las piedras y el herraje tejido que forman el puente hacia la altura, donde termina el mundo y concluye el firmamento porque inicia la inmortalidad, principian el día y la noche interminables. Ignoran que Dios presta a los artistas su bolígrafo, su libreta de anotaciones, sus pinceles y su lienzo, sus instrumentos musicales, su marro y su cincel, con sus fórmulas inmortales y secretas, y como regalo una musa, para crear obras sublimes. Somos sus aprendices, sus discípulos, sus artistas. Si no fuera así, ¿quién haría del amor un canto, una pintura, un concierto o un poema? ¿Quién convertiría el amor y la vida en letra, en música, en color, en forma? ¿Alguien más podría transformar la realidad en sueños, fantasías, juegos e ilusiones? Si tú, color de mi vida, eres mi musa, entiendo que al inspirarme, al salpicar la tinta de mis letras y las pinturas de mi paleta en ti, al rozarte con los detalles de mi marro y cincel, al escuchar los fragmentos de mi violín, notarás que parte de mi creación es tuya porque tu esencia, tu perfume y tu aliento están impregnados en mí, en mis obras, en mi palpitar. Somos tú y yo en los textos que escribo, en el arte y las ideas que concibo, en la inspiración que recibo. Nadie entiende que los artistas, cuando amamos, poseemos capacidad de hacer de nuestros sentimientos un verso, un texto poético, una partitura, un lienzo… Sí, trozo de ángel, los artistas podemos entrar al cielo libremente, en compañía, si lo deseamos, de nuestras musas.

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Mis sueños y mi vida…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…es que tras mucho andar, aprendimos que la hojarasca es una alfombra de matices amarillos, dorados, naranjas y rojizos que cautivan los sentidos y sólo son paisaje ante la ausencia de un camino

En todo detecto un sentido, una verdad, un camino. La belleza de una flor, el encanto de un texto en alguna servilleta o la alegría y emoción de una declaración de amor, se desvanecen cuando se les atrapa en los planos de la bodega y el sótano y no se les contempla e incluye en los jardines y las terrazas. No niego que la vida es sueño, pero las quimeras e ilusiones son para experimentarse durante los minutos y los años de la existencia. El amor no se almacena entre archiveros y cosas olvidadas e inútiles, en un ático, porque se empolva y humedece. El amor, insisto, se vive cada instante. Ahora sé que lo más importante no es la belleza del poema que me inspiras, es la palabra transformada en realidad; no es el encanto de las burbujas de cristal que flotan aquí y allá, son los detalles, la traducción de su significado, el valor de experimentar un amor especial e irrepetible. No son la alegría de los sueños e ilusiones -ornatos hermosos e imprescindibles de los sentimientos-, sino las huellas que dejamos al transformarlos en realidad. No son los dibujos que trazo, las pinturas que plasmo en el lienzo, la música que compongo y anoto en el pentagrama y los textos que escribo, de por sí sublimes por tratarse de arte e impulsos que vienen de lo alto y del interior, es la historia que compartimos con sus formas, matices y rumores. Al escribirte poemas y textos, doy idea de que eres mi destino, la ruta que disfrutamos inseparables, y que vivimos la locura de un amor, que volvemos a ser niños y permanecemos envueltos en la esencia etérea que da expresión a las flores, al oleaje, a la nieve, a los crepúsculos y al cielo; sin embargo, lo mejor de todo, tú lo sabes, es que más allá de este delirio, hemos convertido nuestros sueños, ideales, promesas y sentimientos en estilo de vida, en realidad. Al componer los poemas y textos que me inspiras, no es que desee hilvanar adornos y fachadas, es porque poseemos la fórmula para que sueños e ilusionen signifiquen lo mismo que realidad, rumbo y vida. Hoy entiendo que eres mi sueño y mi vida y que tan importantes son la magia de las palabras, el deleite de las promesas y el arrullo de las ilusiones, como el encanto de la realidad. Lo repito: eres mi sueño y mi vida.

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Pintura

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si pinto entre las estrellas el amor que me inspiras?

¿Y si pintamos un camino con alfombras de pétalos para andar descalzos? ¿Y si sustraemos colores de los arcoíris, las flores, el océano, las mariposas y los crepúsculos para mezclarlos e inventar sueños y crear un paraíso en el mundo? ¿Y si fundimos nuestros corazones en la forja para transformarlos en una estrella plateada y la insertamos en la pinacoteca del universo con la intención de que todas las noches, al admirarla, alumbre los senderos por donde caminamos, la fuente en la que asomamos y la banca que ocupamos? ¿Y si deslizamos los pinceles en nuestros rostros con la finalidad de plasmar sonrisas? ¿Y si en el lienzo colocamos tus manos y las mías, nuestros labios y el palpitar de la vida? ¿Y si retratamos los signos del amor y la felicidad? ¿Y si esta noche que la luna aparece resplandeciente e inmensa, captamos sus tonalidades para tenerla siempre al mecernos en el columpio? ¿Y si al tomar el pincel coloco mi mano sobre la tuya para pintar detalles, regalos, sorpresas e ilusiones? ¿Y si maquillamos los juegos que nos divierten? ¿Y si trazamos el abecedario en una pizarra para componer las palabras que nos identifican? ¿Y si recolectamos de las profundidades del mar y de la grandiosidad del universo los colores del amor y la dicha? ¿Y si dibujamos tu silueta y la mía en nuestras miradas? ¿Y si volamos hasta la puerta del cielo para visitar a Dios en su buhardilla de artista y solicitarle pinte tu rostro y el mío, junto con nuestros nombres, en el mural de la eternidad? ¿Y si al concluir nuestro cuadro de intensa policromía descubrimos nuestra historia y prometo hacer de los sentimientos que me inspiras una obra maestra? ¿Y si descubres que ya te amaba y pintaba antes de coincidir contigo?

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El arte enseña a vivir diferente: Juan Torres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es una locura, un sueño en vida. Tiene sus momentos, sus temáticas, sus etapas, y atrás quedan rostros, la retrospectiva de una existencia que piensa y siente distinto, las huellas de un proceso creativo inacabable.

Juan Torres Calderón, pintor, grabador y escultor moreliano, aparece de pronto, entre los muros de adobe de su casa, plantas y esculturas dispersas en la inmensidad del jardín, mientras las caricias del viento matinal desasosiegan los ramilletes de flores minúsculas que enseñan que los detalles pequeños, acumulados, forman la grandeza.

Seguimos un camino empedrado hasta la capilla de adobe que construyó como recinto de su galería, y es allí, entre pinturas y esculturas, donde abre el libro de sus recuerdos, la historia de su existencia loca y rara, porque “así somos los artistas, extraños e intensos, con capacidad para mirar y escuchar lo que la mayoría no percibe”, asegura.

“En mis días escolares fui pésimo estudiante. Las matemáticas, la historia y la geografía no fueron lo mío, definitivamente no cabían en mis esquemas mentales; en cambio, era hábil en las manualidades, en el dibujo, en los trazos, y por eso decidí ser artista plástico. Desde pequeño tuve claro que sería pintor”, relata el hombre, quien a sus 74 años de edad agradece encontrarse en la plenitud del quehacer artístico.

Como en la mayor parte de las familias, sus padres le aconsejaban que estudiara algo diferente porque la pintura, el grabado, la escultura, seguramente lo confinarían a días de pobreza y soledad, igual que las historias de artistas que uno, en la juventud, lee en los libros.

Quienes hablan así a los pequeños, agrega, es porque desconocen las riquezas que ofrece el arte a quienes pretenden explorar sus grutas. “Incontables maestros, en la primaria, cometen el error de desalentar a los pequeños para que renuncien a sus pretensiones de dedicarse al arte, a eso que unos denominan actividad, profesión u oficio”, reconoce.

Bohemios, pobres, solos, quizá con sus musas, los artistas son concebidos cual seres extraños, criaturas raras, “y tal vez tenga razón la gente porque eso somos, parece, personas diferentes, extraviados en nuestra locura, en el proceso inacabable de la creación”, argumenta.

Juan Torres, creador de la catrina monumental que se erige en el acceso al pueblo alfarero de Capula, tenencia de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, narra que desde los primeros años de su existencia abrazó el arte con amor y pasión, con disciplina, responsabilidad y dedicación. El artista debe ser intenso, dice.

El arte es una actividad diferente a cualquier oficio y profesión, lo sabe muy bien Juan Torres Calderón, quien refiere que el proceso creativo abre las compuertas del ser y educa, enseña lo indecible, lo que la mayoría no percibe y uno, inspirado, transmite a la humanidad.

Se autodefine: “los artistas no somos comunes, sino raros; sentimos, pensamos y actuamos diferente a la mayoría, más allá de cuestiones académicas y de posición social. Es algo muy especial, una especie de locura o sueño que nos mantiene inmersos en un proceso creativo que no acaba”.

No es Juan Torres Calderón, el habitante de Capula, pueblo alfarero con antecedentes prehispánicos que gradualmente figura en la geografía nacional y mundial por su artesanía y sus catrinas; es Juan Torres Calderón, el pintor, el grabador, el escultor, porque el arte, él lo sabe y sostiene, es universal, de manera que si en la hora contemporánea, respaldado por la tecnología, un creador es mexicano, también es español o francés y viceversa, porque se trata de una tarea global que trasciende fronteras y distingue a ciertos seres humanos.

Alumno de Alfredo Zalce Torres y alguna vez galardonado con la Presea “Generalísimo Morelos”, galardón que anualmente entrega el Ayuntamiento de Morelia, Juan Torres Calderón mantiene su Escuela Popular de Arte “José Guadalupe Posada” y cuenta con planes para el futuro inmediato, como su exposición retrospectiva para el año 2017 e impulsar la creación del Centro Cultural de Capula.

Se queda en su casa, la única que se encuentra a un lado del cementerio, desde donde se distinguen el caserío de Capula, el templo de origen colonial y al otro lado la loma que esconde basamentos prehispánicos confinados a la destrucción y el olvido.

Juan Torres acepta que el arte es eso, una locura, momentos, un estilo diferente de concebir la vida, y sabe que de alguna manera, cuando ya no exista, su nombre y sus obras se insertarán en las páginas de la historia de un pueblo, de un país, del mundo.

Este texto fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

TROZOS DE VIDA… Pintura

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un cielo para ti

Anoche, mientras llovía, imaginé que pintaba para ti un cuadro al óleo con un cielo límpido y mágico, como de ensueño, sutil y de un azul tan profundo e intenso que apenas dejaba entrever polvo de estrellas disueltas en un sendero que conducía al portón y a las ventanas, donde asomaban, casi imperceptibles, los moradores alegres y resplandecientes, acaso por la dicha de mecerse en el columpio de la eternidad, quizá por percibir las fragancias del jardín más bello y excelso, tal vez, y de eso estoy seguro, por la felicidad que provoca sentir el hálito de Dios. Pensé que sería un regalo hermoso que encantaría a la musa que inspira mis obras literarias, al ser que posee una de las almas más sensibles, y así hubiera sido, una sorpresa bella para ti; sin embargo, Dios entendió mi anhelo y hoy, al amanecer y abrir las cortinas de los ventanales, descubrí un cielo luminoso e incomparable, real y digno de recordarlo siempre, con un mensaje para ambos, oculto e inscrito entre las nubes. Cuando interpreté los signos, comprendí que Dios, al mirar mi pretensión de crear una obra pictórica para ti, sonrió y aceptó que mientras permanezcamos en el mundo, tenemos el derecho de inventar y protagonizar una historia maravillosa e inolvidable, unidos al amor que pulsa en nuestros corazones, salpicados de detalles, regidos con los códigos que seguimos y la alegría de existir, porque Él, aquí, en el mundo, nos regalará con cada amanecer un cielo subyugante, sin olvidar la promesa del que nos ha prometido.

 

 

 

 

 

Invitación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Admito que las páginas para relatar el cuento más hermoso y subyugante del mundo, aún permanecen en blanco, en espera de que alguien se atreva a enamorar letras y enlazarlas para formar palabras mágicas, sentimientos dulces que transporten a parajes de ensoñación. Por lo mismo es que propongo ser tú y yo quienes fusionemos nuestros sentimientos e ideas para recrearnos en el juego y el sueño del amor y así, juntos, componer la obra más encantadora e introducirnos a las emociones humanas para hacerlas vibrar.

Tampoco se han inscrito signos especiales en el pentagrama para componer el concierto más cautivante y magistral. Tú y yo vamos a inspirarnos con la intención de crear la más conmovedora de las sinfonías, el canto que falta en los coros angelicales, el concierto que toque a las puertas de las almas, a los corazones, a los sentimientos de hombres y mujeres.

No existe aún el cuadro que arrobe por completo los sentidos. Si tu mano y la mía, unidas, toman el pincel y lo deslizan sobre el lienzo con la finalidad de plasmar colores y formas, innegablemente traeremos las tonalidades del cielo, reproduciremos un trozo del paraíso, regalaremos a la humanidad un motivo de armonía, consuelo, felicidad y paz.

Eres mi musa y yo tu artista. Juntos, igual que cuando jugamos y reímos, escribiremos el cuento fantástico, compondremos la sinfonía excelsa, pintaremos el cuadro e inventaremos las obras que reflejarán nuestra historia de amor.

Guardemos la inspiración para esculpir las formas sutiles, los detalles, hasta dar vida a la escultura que todavía no se hace y estremecer a la humanidad cuando presentemos su belleza.

Amanezcamos en la buhardilla, entre las hojas dispersas del taller literario, junto al piano, los violines y las partituras, al lado del cincel y el martillo, con los pinceles, el lienzo, las pinturas y el caballete, para construir un mundo bello y sublime, un paraíso a escala del que Dios hizo alguna vez.

Inmersos en los murmullos de la vida, en las palabras del viento, en las voces del silencio, escribiremos la historia de nuestro amor, interpretaremos las risas que disfrutamos y pintaremos y esculpiremos las miradas en las que aparecemos retratados.

Miraremos las auroras y los ocasos, hasta descubrir nubes, estrellas y soles para decorar nuestro cielo e imaginar vergeles y sentir el encanto de un estilo de vida llamado amor.

Es verdad que aún hay que escribir una historia, componer un poema, crear un concierto magistral, pintar un cuadro subyugante y tallar una escultura asombrosa, cual símbolo del amor y la inmortalidad, bajo el título “tú y yo”. Es cierto, aún no se protagoniza la más grandiosa historia de amor entre dos seres humanos, tú y yo, los de siempre.

Otras fronteras abrirán sus compuertas al ser tú mi musa y yo tu artista, o al unir nuestras almas enamoradas e inspiradas en un proceso interminable de creación, hasta descubrir que somos iguales y poseemos alas doradas y plateadas que elevarán los sueños que compartimos a planos superiores, donde la voz más dulce y hermosa repetirá nuestros nombres en el canto que da vida, pinta las flores, esculpe las montañas y entrega el sonido a los mares.

Mi musa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mundos paralelos, quizá; planos opuestos, tal vez; sendas que coinciden y se complementan, acaso. La línea entre la realidad y la fantasía es tan frágil, parece, que la vida y los sueños se mezclan, igual que los colores en la paleta o las letras y palabras en el tintero, para tomarlos con un pincel y plasmar trozos del paraíso en el lienzo o componer el más sublime de los poemas. Es tal la delgadez del hilo que separa el mundo que llaman real del de las quimeras, que cierto día uno puede caminar por rumbos cotidianos y de pronto, alguna mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche estrellada, deambular por senderos insospechados.

Los extravíos de la razón conducen, sin duda, a la locura, a mundos que desconocen formalidades y rutas seguras de retorno, indudablemente porque navegan en mares turbulentos, ausentes de brújula e itinerario, hasta que naufragan y perecen atrapados en sus ilusiones efímeras.

El arte, en cambio, tiene permiso para ir y venir, zambullirse en las profundidades del universo, abrir compuertas de submundos y cielos, para regresar con canastas pletóricas de ideas y sentimientos elevados e inspiradores que más tarde, en la buhardilla, las manos creadoras transforman en escultura, poema, concierto, pintura. Formas, letras, sonidos y policromía magistrales que provienen de la misma fuente y comparten correspondencias. Son hermanas, aliadas que muestran a la humanidad que dentro de su realidad, también pueden reinar la belleza y la excelsitud. Ofrecen el tránsito a planos superiores.

Al regresar de profundidades y cimas insospechadas, exclusivamente reservadas a los privilegiados, las manos que dan forma a la piedra yerta, deslizan el arco sobre las cuerdas del violín, enlazan letras para formar palabras o plasman los colores sobre el lienzo, sienten que una fuerza etérea -la de la inspiración, la de las musas, la de Dios, la de los ángeles- las mueve rítmicamente, con delicadeza, sutilmente, como si se tratara de descifrar y traducir a hombres y mujeres el lenguaje del paraíso.

El arte es un estilo de vida. Los artistas saben que tras las obras magistrales se refugian incontables horas de dedicación, disciplina y trabajo; pero también, y es muy importante recordarlo, un ingrediente mágico, el de la inspiración, el toque que sólo dan las musas.

Para algunos, sus musas son, precisamente, la sintonía permanente con las fuerzas universales, de donde extraen sus esquemas de creación; otros, en tanto, las reconocen como un estado de éxtasis, natural en los artistas. Hay quienes experimentan, en verdad, la presencia de seres insustanciales que conducen la batuta, mueven los pinceles y derraman la tinta, mientras otros, intoxicados por la arrogancia y los reflectores de la fama, aseguran que eso es mentira, que todo proviene de la mente, de la inteligencia.

A los 10 años de edad, al abrir las hojas del cuaderno para enlazar una palabra, otra y muchas más en mi primer intento literario, y tiempo después, en la adolescencia, al deslizar los pinceles sobre el lienzo, experimenté, quizá en mi interior o probablemente a mi lado o sobre mí, la presencia de una musa, un ser resplandeciente que me acompañaba y guiaba durante el proceso creativo.

Nadie desconoce que la creación de una obra de arte implica esfuerzo y constancia, siempre con la receta de la inspiración. El artista identifica, de manera natural, el portón, la rendija, el pasadizo que lo conduce al mundo de los sueños, fórmulas, ilusiones y fantasías, de donde extrae, cuando la busca, la esencia de sus obras.

Guiado por los sueños, la sensibilidad y las ideas, un día no muy distante, como escritor, experimenté una emoción grandiosa que agitó mi ser. Indudablemente, reflexioné, se trata de mi musa, el ser etéreo que me envuelve todos los días, una mañana, alguna tarde, cierta noche o madrugada, cuando refugiado en mi soledad y atrapado en el silencio interior, apenas con la luz tenue de la lámpara, sopla a mi oído palabras, sensaciones e ideas que registro en el papel.

Increíble. Siempre la percibí conmigo. Un día tenía que descubrir su rostro, definirla, porque se trata, sin duda, de mi enamorada, el ser angelical y casi transparente que nunca me ha abandonado y sí, en cambio, ha susurrado a mis oídos fórmulas literarias, palabras, capítulos interminables. Hace poco definí su identidad. Quedé arrobado.

En cierto sentido -el de la formalidad-, ya no podíamos continuar con el juego de las escondidillas. Alguna vez teníamos que coincidir, y así fue. Desconozco si alguien me juzgará por lo que escribo o si se trata de un sueño que me arrulla y embelesa, si es una bella fantasía o si es real o una locura; pero cuando la descubrí, al fin, el resplandor de su belleza me deslumbró como si fuera la estrella más brillante en la bóveda celeste, un cometa que sólo capta una mirada afortunada, el arcoíris que aparece tras una tarde de tormenta, el sol que resurge y disipa las sombras postreras de la madrugada.

Comprendí, entonces, que me encontraba frente al ser angelical que siempre había presentido al escribir y pintar. Entendí las razones por las que al ser tocados por las manos de las musas, los escritores transmiten el lenguaje de Dios, los pintores sus colores, los escultores sus formas y los músicos sus susurros.

De belleza indescriptible, me cautivó y actué como ser humano. Intenté atraparla, convertirla no solamente en mi musa, en la fuente de inspiración, sino en mi enamorada, cuando ya lo era con el estilo más refinado y grandioso. Olvidé de pronto que el arte es magia, encanto, sensibilidad, manto etéreo, eternidad. Afecta, por su belleza, a la gente, al mundo; pero no se le puede capturar y menos condenarlo a una atracción egoísta. Los amores y placeres del arte y las musas son más elevados. Por algo, las obras de arte subyugan, remueven sentimientos y conducen a edenes mágicos. Son criaturas insustanciales que consienten que uno las mire, palpe y escuche a través de destellos convertidos en obras de arte, con la promesa de conducir a un universo extraordinario e infinito a sus seguidores fieles.

Mientras tuve encarcelada a mi musa en prisiones oscuras y húmedas, su tristeza me contagió y me sentí, como ella, tras barrotes cubiertos de herrumbre e intoxicados por la hediondez de una mazmorra fría. Las flores agacharon y marchitaron su cutis, las cascadas y los ríos lucieron turbios y mis cuadernos de anotaciones, en tanto, aparecieron desiertos y acosados por abrojos, ausentes del encanto del amor y la inspiración.

Comprendí que al arte y a las musas, como al amor, no se les puede encarcelar. Cuando uno permite que fluyan insustancialmente, es posible materializarlas y reproducir su belleza y profundidad. El amor y la fidelidad de mi musa, la que me inspira durante los procesos creativos y los días de mi existencia, son auténticos y plenos. Ahora sé que nunca me abandonará. Palpita en mí y no se extinguirá jamás porque su amor, así lo siento, me acompañará hasta el instante postrero de mi existencia, en este mundo, y su esencia y aliento irán conmigo allende las fronteras.

Tras años de buscar aquí y allá, en un rincón y en otro, descubrí que siempre estuvo cerca de mí, aunque no la identificara entonces, y que al reencontrarme con ella y establecer un pacto de amor muy especial, jamás me abandonará ni cambiará por alguien más porque sus juramentos y sentimientos son las expresiones de un ser angelical que salió del morral de Dios. Hoy, como escritor, me alegra e ilusiona afirmar que tengo una musa, un ser especial que me ama e inspira, a pesar de que alguien pudiera indicar que he perdido la razón.