Los mismos nombres y rostros en la política mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la política mexicana, quienes se han aferrado a los intereses del poder y causado tanto daño al país, ostentan los mismos nombres, apellidos, linaje y rostros. Cínicamente saltan de un partido a otro, se definen independientes o maquillan sus expresiones y sonrisas, como si la falsedad, la apariencia y la simulación fueran factor de cambio. Tratan de confundir a las masas y que éstas, aturdidas, crean en sus engaños, en su proyecto de desmantelar a la nación y empeñarla. Quien causa daño una vez, no merece una segunda oportunidad. El asunto es que millones de mexicanos, con grados académicos o sin formación escolar, con riqueza o desprovistos de todo, deambulan entre una distracción y otra, y hasta parecen más interesados en los resultados de un marcador, en la belleza física de un cantante o de un actor, en las tramas de las telenovelas y en las ocurrencias de los bufones de la televisión. Una sociedad que tiene a la televisión como nodriza, está perdida y cree, aunque experimente lo contrario, que la realidad es una telenovela, el escenario de un bufón que habla estupideces y promueve modas o el estudio que marca las cámaras y los reflectores a la pepena de vidas ajenas. Un pueblo con tales rasgos, no está preparado para defender a su nación y exigir gobernantes honestos.

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Tentación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En México, parece que los hombres y las mujeres del poder económico y político, aplican la ley de la gradualidad con el objetivo de fragmentar, dividir y desmantelar al país, y así propiciar condiciones adversas y negativas para las masas y “oportunidades históricas” para ellos, ejercer el control absoluto y apropiarse de la riqueza nacional. En complicidad con los medios de comunicación y otros sectores mercenarios, parece que pretenden que la sociedad coexista angustiada y temerosa, hasta provocar situaciones críticas, preocupantes y riesgosas, y justificar, entonces, la intervención aplastante de las fuerzas armadas, pisotear los derechos humanos, imponer reglas castrenses severas y apoderarse del país. Mientras, amplio porcentaje de mexicanos, más allá de su formación académica y de sus niveles socioeconómicos -claro, incluidos médicos y otros grupos soberbios que se sienten élite-, se encuentran enajenados, distraídos en asuntos y cosas baladíes, en el espectáculo que otros, una minoría, les han preparado con cierta intencionalidad.

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La broma y la generación perdida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde los días del represor y demagogo presidente Luis Echeverría Álvarez, en la década de los 70, hasta la hora contemporánea, cuando la corrupción, impunidad e incapacidad del gobierno que encabeza Enrique Peña Nieto hunden a México en graves desigualdades sociales, desempleo, miseria, injusticias, enfermedades, inseguridad e ignorancia, el rostro de la nación aparece desgarrador e irreconocible ante la comunidad internacional.

Los rezagos en educación, democracia, salud, desarrollo económico, justicia, libertad de expresión, respeto a la dignidad humana, seguridad, transparencia en el manejo de los programas y recursos públicos, vivienda digna y progreso integral, entre otros temas de trascendencia para cualquier nación, son palpables en la República Mexicana y merecen, por lo mismo, la atención perentoria de las instancias mundiales. Algo grave ocurre en México. Es delicado lo que acontece en este país. A las autoridades y los políticos no les interesa el bien común de millones de mexicanos; al contrario, cada día demuestran excesos en sus funciones para beneficiarse económicamente y conservar el poder.

Cotidianamente, los mexicanos son víctimas de burócratas mañosos e improductivos, funcionarios públicos y políticos corruptos, rapto y trata de personas, crímenes brutales, policías extorsionadores, religiosos que establecen alianzas con la clase gobernante, instituciones financieras voraces, defraudadores, ladrones, profesores deshonestos, programas radiofónicos y televisivos estúpidos y superficiales, transportistas insensibles, médicos y abogados deshumanizados y motivados por la ambición desmedida, jueces comprometidos más con las injusticias que con la verdad, legisladores deshonestos e irresponsables, medios de comunicación mercenarios y redes sociales con innumerables personas que manifiestan odio y resentimiento, totalmente alejados de propuestas de cambio, entre otros sectores y acciones negativas que innegablemente atentan contra el desarrollo integral del país.

Es de suponerse que cualquier ingenuo que no radique en México y haga un recuento de la incomparable riqueza de este país o atienda los discursos presidenciales y de otros políticos y funcionarios públicos en el extranjero, creerá que la presente crítica es broma o exageración; sin embargo, no solamente se trata del saqueo y destrucción de la nación por parte de la élite en el poder y otros grupos de pillos, sino del daño irreparable a las generaciones que han perdido la oportunidad de vivir dignamente en un estado que bien pudo ser potencia mundial desde hace décadas.

Ante la caminata impostergable de los años, la infancia y juventud de ayer crecieron y se transformaron en adultos, en millones de hombres y mujeres que hoy coexisten en un escenario adverso en todos sentidos, en cuyas existencias siempre han prevalecido consecuencias negativas de las acciones de gobiernos corruptos, represores e ineficientes.

Y si diversas generaciones de mexicanos perdieron la oportunidad de desarrollarse integralmente, resulta lamentable que los niños y jóvenes de ahora hayan heredado un país en el que cualquiera, con buenas relaciones, poder o por medio del engaño o la fuerza, le es fácil cometer fraudes millonarios en perjuicio de las finanzas públicas y el patrimonio nacional, secuestrar y torturar personas, violar mujeres, raptar pequeños, prostituir a través de la radio y televisión, asaltar, pisotear las leyes, extorsionar, asesinar, lucrar con la salud, encarcelar a los inocentes y cometer perversidades sin que se aplique la justicia.

Parece que la corrupción e impunidad se dictan como moda desde los más altos niveles de poder en México -habría que escudriñar con cuidado temas como la mansión presidencial de siete millones de dólares, la residencia del secretario de Hacienda tan escrupuloso con los contribuyentes, la sospecha de favoritismo en las licitaciones multimillonarias del sector oficial, la represión contra los estudiantes de Ayotzinapa, las conductas y excesos de la hija del mandatario nacional, el amigo en la Secretaría de la Función Pública, el uso del helicóptero e infinidad de casos vergonzosos e insultantes para la sociedad. Es un estilo que se ha generalizado no solamente entre las principales figuras del gabinete presidencial, sino con los legisladores, ministros y jueces, gobernadores, alcaldes y todo tipo de funcionario público y político.

Las llamadas reformas estructurales, transformadas en leyes y tan defendidas por el presidente Enrique Peña Nieto, ni siquiera representan el salvavidas de México. Existen muchas dudas sobre la identidad de quienes resultarán beneficiados con políticas seguramente ajenas a las aspiraciones de los mexicanos; además, las medidas gubernamentales ni siquiera soportaron movimientos abruptos en el mundo como el descenso en los precios internacionales del petróleo y la devaluación del peso. Todo se planea y ejecuta, parece, para beneficiar a los familiares, a los amigos, a la gente cercana de quienes ostentan el poder y no están dispuestos a dejarlo.

Como no existen proyecto de nación ni compromiso por parte de políticos y sociedad para reconstruir a México, el país se desmorona ante nuestras miradas de desconcierto e impotencia. Estamos preparando el sepulcro de las actuales generaciones.

Mucho se ha insistido en que la sociedad organizada es la que propiciará los cambios sustanciales que requiere México; no obstante, amplios sectores se encuentran distraídos, totalmente enajenados, manipulados. Una población que hace dos décadas creía en el chupacabras, que ha tenido como conductor de noticiero matutino a un payaso grotesco, que se entrega con pasión al teatro futbolero y a las telenovelas, que ríe y llora con los actores, que escucha y mira programas llenos de estulticia en la radio y la televisión, que comparte chismes en las redes sociales y que critica severamente en las reuniones de café y se agacha ante el paso de quienes la gobiernan con abusos, corrupción, injusticias e impunidad, definitivamente carece de capacidad para protagonizar los cambios sustanciales que urgen en México.

¿La sociedad hará los cambios? Caray, aunque no todos, pero habría que acudir a los consultorios de los médicos, de los especialistas en salud, para comprobar su ambición desmedida, sus insanos deseos de enriquecerse por medio del dolor humano, sus diagnósticos erróneos y su afán de aplicar cirugías injustificadas. ¿Ellos se sumarán a los cambios? Ni siquiera declaran al fisco lo que perciben por honorarios. ¿Los abogados? ¿Ellos serán promotores de las transformaciones del país? ¿Los sindicatos? ¿Acaso los choferes del transporte público o los comerciantes callejeros mal llamados ambulantes? ¿Los periodistas, los actores, los intelectuales, los estudiantes? ¿O serán los líderes de partidos políticos? Si no cumplen el perfil los clientes habituales de los cafés, ¿serán los empleados de mostrador? ¿Quizá los constructores, los industriales, los obreros, los albañiles, los catedráticos, los religiosos? ¿Dónde se encuentran los protagonistas de las transformaciones?

Hay mucha gente inconforme que ya ha sido perjudicada en diferentes aspectos por las actuales condiciones que prevalecen en el territorio nacional, pero le falta memoria histórica, responsabilidad social, iniciativa y decisión para exigir a las autoridades que cumplan el compromiso que asumieron ante más de 100 millones de mexicanos.

No se trata de organizar una revuelta social porque definitivamente resultaría desastroso para las mayorías, sino de reaccionar e impedir que funcionarios públicos y políticos continúen abusando del poder para beneficiarse. La obligación de la clase política es abandonar los falsos discursos que pretenden convencer y enamorar a la comunidad internacional con las supuestas oportunidades de desarrollo en México, y actuar con honestidad y justicia. Mientras haya crímenes, fraudes, rapto y desaparición de personas, miseria, falta de educación y salud, los gobernantes no podrán presumir, como lo hacen, de sus logros. Su obligación es cumplirle a la sociedad mexicana. La población no debe aplaudir discursos demagógicos ni tareas inherentes a la función pública, sino exigir y supervisar.

Este año será de elecciones en México. Es momento de exigir y comprometer a los candidatos, no de empeñar o vender el presente y futuro de las actuales generaciones a cambio de tortas, pantallas y otros “regalos” que provienen de los recursos públicos, de los impuestos de los ciudadanos que trabajan y se esfuerzan cotidianamente.

No es posible que los legisladores continúen con el cinismo de supuestamente representar a la sociedad y votar en contra de ella. En el caso de los gobernadores y alcaldes, hay que revisar los antecedentes de los candidatos porque nadie cambia sus conductas por decreto o ante la oportunidad de ejercer una función pública. Es momento de que los mexicanos se unan y exijan compromiso, responsabilidad y trabajo a quienes resulten electos, o de lo contrario demandárselos como ellos mismos juran descaradamente.

Los actuales son momentos coyunturales en los que los mexicanos decidirán si continúan como víctimas de una broma que los está convirtiendo en la generación perdida de la historia, o si reaccionan y se colocan, como deben, en el nivel de ciudadanos de primera categoría que exijan a sus gobernantes honestidad, justicia y resultados en todos los temas de interés nacional.