Raptores de desvelos creativos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Son raptores de desvelos creativos. Asaltan en las mañanas, en las tardes y en las noches. Hurtan, en completo sigilo, letras de las páginas, roban sentimientos e ideas, con idéntico estilo de los profanadores que, envueltos en las sombras nocturnas, destapan criptas para saquear despojos y portar alhajas y vestuario de otros. Desmantelan poemas, cuentos, novelas, relatos, y los entregan por dosis y en pausas con el objetivo de no ser descubiertos. Evitan que su botín los delate y es el motivo, en consecuencia, por el que lo alteran al mezclarle otras palabras. Pegan sus nombres y apellidos a las obras de los artistas, a las letras y palabras que hacen suyas con el disimulo del maquillaje que toman de su vocabulario burdo, pobre y mezquino. Están mutilados e incapacitados espiritual y mentalmente. Necesitan prótesis. Se sienten ávidos de reflectores, fama y aplausos, quizá por estar tan vacíos, acaso por la insignificancia de su estatura espiritual y mental, tal vez porque, en otro tiempo, alguien los engañó, mutiló sus sentimientos y les arrebató lo más bello y sublime de la vida. Son tan despiadados e ignorantes, que desconocen el valor del arte. Denigran a los artistas y su misión. Apagan los luceros que alumbran a la humanidad. Ante tanto despojo y vileza, los artistas genuinos, los que vivimos entregados al proceso creativo, a escribir, y hasta los que se dedican a otras expresiones, tenemos el privilegio de ser los autores y es nuestro deber, obligación y responsabilidad, denunciar públicamente a aquellos delincuentes que pretenden hacer réplicas de lo que, en su frustración, sueñan que les pertenece solo por el hecho de haberlo sustraído.

  • Por cierto, en postrimerías de 2019, descubrí en una página tres párrafos de mi texto “Gota de agua”. Lo denuncié públicamente e incluso le reclamé a la dueña del portal, a quien expliqué que tendría que denunciarla en los tribunales internacionales porque todas mis obras están legalmente registradas. No había problema si la publicación me citara, al ser el autor genuino; pero de acuerdo con el diseño y la traducción a otro idioma, parecía que ella había escrito tales párrafos. No tuvo la decencia de responder. Muchos de mis lectores le enviaron mensajes. Ante la presión de la gente, eliminó los tres párrafos que raptó de mi obra, tradujo a otro idioma y publicó como de su autoría, los cuales sustituyó por la reseña de un libro que trata sobre el agua, la cual, lo comprobé más tarde, también copió y pegó como suya. Y el mayor cinismo fue descubrir el texto de otro autor, que hizo pasar como suyo, en el que señalaba que estaba harta de la deshonestidad de la gente. Me eliminó. Es una bloguera. Conservo las pruebas. Conozco su página actual. Se trata de ladrones de obras, a los cuales hay que denunciar y exhibir públicamente.

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Quiero que las flores abran sus pétalos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero que las flores abran sus pétalos cuando recorro el jardín, en las mañanas y en las tardes, e incluso en los momentos abreviados y somnolientos de la noche, para que atrapen mi perfume y tú, al recibirlas en una canasta con listones de colores, percibas mi aroma y sepas que yo, tu escritor, soy el remitente. Anhelo que el viento arrastre, entre la hojarasca yerta, las páginas con mis letras, los trozos de mi poemario, con la idea de que escuches, entre los rumores y silencios que suelen aparecer en sus ráfagas, mi voz, el lenguaje que, enamorado, te ha expresado, una y otra vez, que el mundo es la entrada al cielo si se hace de la vida una colección de horas, días y años felices e intensos, con alegrías y detalles. Deseo mezclar las lágrimas emotivas que derramo, cada noche, al escribir una palabra y otras más, enamoradas, solo para ti. Tengo la ilusión de que un día y una noche, y tantos más, ya no tengan instantes ni los apresuren, como ahora, las manecillas nerviosas e inquietas del reloj, porque significará, entonces, que hemos trascendido y convertido el mundo -oh, nuestro mundo- en el paraíso que soñamos.

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En busca de un poema

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Cómo escribir el más cautivante y bello de los textos y un poema admirable, encantador y asombroso, si no es desde la profundidad y el silencio del alma -en el cielo inimaginable-, donde el artista, entregado a su delirio e inspiración, navega inagotable y recoge letras, palabras, signos? ¿De qué manera se construyen los textos, las obras literarias, la poesía, si no es impregnando en cada pétalo la fragancia de los sentimientos y las ideas, hasta emular un jardín como los del paraíso? ¿A qué hora escribe el artista, si no es raptando instantes al reloj, deleitando a las manecillas con cantos y narraciones e invitando al tiempo a ser cómplice en el arduo y maravilloso proceso de la creación? ¿En qué momento escribe el artista, si no es en las horas y los días de su existencia, mientras las primaveras cantan y pintan los escenarios de colores, los veranos regalan las gotas diáfanas de sus tempestades, los otoños deshojan los árboles y decoran las alfombras de la naturaleza seca y los inviernos ornamentan de blanco los abetos y los techos? ¿Existe otra fórmula más eficiente, al componer un texto, un verso, que limpiar la casa, deshojar los capítulos de superficialidad y arrojarlos a la basura, con el objetivo de sustituirlos por un ambiente de bien y entrega a lo sublime? ¿Cómo traer hasta el cuaderno, la libreta o el equipo, las letras, los signos, las palabras, si no se es capaz de escalar y conquistar las escarpas y las cumbres, descender a abismos insondables, trazar rutas a cielos inconmensurables y a mundos insospechados y tender puentes a sueños y realidades? Los ladrones, tan acostumbrados a raptar obras literarias -nombres hay muchos, disfrazados en la celebridad y ocultos en el anonimato-, construyen, al entregarse a su rapiña, los barrotes y las celdas donde finalmente permanecerán encerrados, mientras aquellos que han enloquecido por lo baladí, las luces artificiales de los aparadores y la locura de las apariencias, y no equilibran su esencia y su arcilla y olvidan el bien y la verdad, desdeñan el encanto y la magia de viajar, por medio de las letras y las palabras, hasta los mares, la lluvia y la morada de Dios. Renuncian a su encuentro consigo. ¿Cómo escribe el novelista?, ¿cómo el poeta?. ¿cómo el artista? Algo hay de cielo y mundo en él, en ella, que va y viene con sus letras, con sus obras, con la intención de construir bancas, fuentes, calzadas con jardines, miradores, torres y palacios que ofrezcan un paréntesis a los caminantes con la finalidad de que recuerden que las estrellas, los granos de arena, los pétalos de las flores, las hojas de los árboles, los helechos y las gotas de los ríos y las cascadas son pedazos de historias y poesía, trozos del infinito, igual que ellos y todo lo que palpita en su interior y afuera. Es una invitación a regresar a casa, al alma, sin olvidar la vida en el mundo.

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Cuando se va un amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que eres tan especial en mi vida... simplemente, la otra parte de mí

Cuando se va un amor, el alma queda desierta, ausente de sí, en alguna estación abandonada y vieja. Cuando se va un amor, de pronto la luna se vuelve real y pierde el encanto de su sonrisa de columpio. Cuando se va un amor, las lágrimas duelen y se convierten en tempestad interminable que envía al naufragio y, finalmente, ahoga. Cuando se va un amor, y era tan querido, ninguno otro lo suplanta. Cuando se va un amor, quedan las evocaciones, el desconsuelo y la melancolía. Cuando se va un amor, los pétalos de las rosas marchitan prematuramente y el perfume de las flores se disuelve irremediablemente, hasta que es imposible vivir y soñar en el diseño y la creación de un bouquet traído de los jardines del paraíso. Cuando se va un amor, las imágenes, las remembranzas y las cosas que fueron de uno y otro, envejecen y agonizan. Cuando se va un amor, se acabó una historia y todo entristece. Cuando se va un amor, las espigas del trigo pierden el dorado al alumbrarlas el sol y los amaneceres ya no ofrecen colores ni porvenir. Cuando se va un amor, las letras y las palabras, construidas diariamente en la libreta, se desmoronan, pierden sus colores inconfundibles y es imposible armar otros poemas. Cuando se va un amor, uno se siente enclaustrado y solo, triste y muerto, en el hogar que construyó con ilusión y estaba reservado a alguien especial. Cuando se va un amor, el caminante descubre que a los lados y adelante ya no hay huellas paralelas y que los senderos permanecen solos y yertos. Cuando se va un amor, la mirada se apaga y resulta imposible contabilizar las estrellas, poner nombres a los árboles y abrazar a alguien, girar y caer al pasto sonrientes y dichosos. Cuando se va un amor, las páginas quedan en blanco, el pentagrama aparece desolado y los pinceles son incapaces de deslizar e impregnar la policromía en el lienzo. Cuando se va un amor, se siente la ausencia del tú y el yo, asoma la muerte y los días pierden sentido. Cuando se va un amor, alguien, a la distancia, ya lleva mucho de uno. Cuando se va un amor, un amor que era real, se pierde la entrada al cielo. Cuando se va un amor, los ojos se nublan, la voz se apaga y el corazón no late más. Cuando se va un amor, los sueños y las ilusiones caen inevitablemente, igual que los árboles en otoño que miran a la hoja postrera en su fatal caída… por eso, nunca te alejes de mí ni dejes de latir en mi corazón, en mi vida, en mi memoria y en mis sentimientos. Te amo en pretérito, en presente y en futuro, en este mundo, en otros más y en paraísos insospechados.

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Hoy, las flores amanecieron más contentas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy, las flores amanecieron más contentas y sus colores parecen menos tristes que ayer. Platiqué con las orquídeas, los tulipanes, las gerberas y las rosas, en el jardín, con la idea de compartirles un secreto que mis letras, cuando en las noches las acaricio y convierto en arte, conocen desde hace tiempo. Entienden que un día y muchos más, a cierta hora, he prometido cubrir tu existencia con sus pétalos fragantes y de intensa policromía. Ya saben, a partir de esta mañana, que deseo que su textura fina sea alfombra en los caminos que recorras. También invité a los claveles, dalias, lirios, margaritas, narcisos, hortensias y crisantemos, y lo mejor de todo es que aceptaron destilar sus aromas, plasmar sus matices y dispersar sus pétalos en alegrías y detalles, en pedazos de cielo e ilusiones, en realidades y sueños, en un día feliz y tantos más plenos e inolvidables. Hoy, las flores del jardín y de los bosques, forman parte de la historia que tú y yo protagonizamos cada día. Prometieron, y sé que cumplirán, perfumar tus días, maquillarlos con los colores que traen en su memoria y recuerdan paraísos bellos y prodigiosos. Y a las flores se sumaron, también, las gotas de lluvia, las ráfagas de aire y las hojas de los árboles. Hoy, con ayuda de la naturaleza, he firmado un pacto y ya tengo, por lo mismo, el poema más cautivante y hermoso, el lienzo sublime, el concierto magistral, el cielo y el mundo, las nubes y el mar, mis letras y tu mirada. Hoy, mis letras ya no permanecerán solitarias en las páginas desiertas de mi libreta. Tendrán la compañía de la lluvia que desliza en tu rostro, en tus manos, en tu piel; del viento que juega, incesante, con tu cabello; del sol que alumbra tu mirada de niña bonita; de la luna, con su sonrisa de columpio, que te invita a mecerte conmigo todas las noches; de las estrellas que se cuentan por millones y quieren alumbrar tu camino al paraíso; de los copos de nieve que se extienden en el bosque, en los parques, con el objetivo de que patines y cumplas tu anhelo de la infancia; de las flores que desprenderán sus pétalos con la intención de regalarte cada día la belleza e inocencia de sus colores, el deleite de sus perfumes y la delicadeza de su textura, hasta unirse a los rumores y silencios de nuestras almas al abrazarnos, en detalles, en sueños que ilusionan y realidades que emocionan. Hoy, simplemente, es lo que te ofrezco.

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En la tinta del bolígrafo percibo tu fragancia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te percibo detrás y al frente de cada letra, en el desván de lo acentos y la puntuación, en las formas de lo signos, en las palabras que trazo cuando te presiento diluida en las hojas de papel, donde, feliz y plena, no dudo que quizá patines, probablemente sueñes o tal vez me esperes. Te descubro en la historias que relato -oh, eres mi personaje-, en los poemas que escribo, en el taller del abecedario. En cada página, creo definirte, y es así como te encuentro al escribir. La tinta del bolígrafo, me parece, ya trae tu fragancia, tu perfume que, al mezclarse con mis sentimientos e ideas, forma expresiones, rapta letras al arte, al arte que es un pedazo de cielo, un trozo de paraíso que te regalo cuando, simplemente, escribo para ti.

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Gracias por ser quien eres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con amor, por ser quien eres

Gracias por ser quien eres al permitirme colocar tu mirada, tus suspiros y tu voz en los poemas que me inspiras y te escribo. Gracias por ser quien eres al aparecer en mi vida y en mis sueños, en mis realidades y en mis quimeras, en mis auroras y en mis ocasos. Gracias por ser quien eres al dibujarme en tu mirada de espejo, al aceptar mis manos y al escuchar mis confesiones y las palabras que a una hora y otra pronuncio con la idea de que recuerdes que alguien, en este mundo -yo-, te ama de día y de noche. Gracias por ser quien eres al llevar un tanto de mí y regalarme mucho de ti. Gracias por ser quien eres al reír y llorar, al alegrarte y enojar. Gracias por ser quien eres al correr a mi lado mientras llueve y las gotas deslizan por nuestros rostros y brazos. Gracias por ser quien eres al convertir los días de mi existencia en un deleite y hacer de nuestro mundo un paraíso. Gracias por ser quien eres y por las historias de ayer y de hoy, y también por las que planeamos para el amanecer. Gracias por ser quien eres en mi esencia y en mi arcilla. Gracias por ser quien eres cuando nos mecemos en la luna con sonrisa de columpio. Gracias por ser quien eres al preparar tus recetas de dama y aceptar las mías de caballero. Gracias por ser quien eres, con tus ocurrencias y mis locuras, con el amor que nos tenemos y por la historia que compartimos. Gracias por ser quien eres tras comprobar mi delirio por ti, la locura que siento por este amor. Gracias por ser quien eres al permanecer sumergida en tus silencios, en tus cavilaciones, y al emerger con tus rumores y tus palabras de niña bonita. Gracias por ser quien eres al contagiarme con tu alegría y los sentimientos que destilas. Gracias por ser quien eres al esperarme en alguna estación, mientras retorno con mi mochila de caminante y trotamundos, cargado de detalles, historias y regalos. Gracias por ser quien eres cuando siento, al escribir, que cada letra es un trozo de ti. Gracias por ser quien eres al acercarte a mí, abrazarnos desde la profundidad y el silencio de nuestras almas, y así, inseparables, en vuelo libre y pleno, compartir el pulso del amor y de la vida, el palpitar del infinito y de la temporalidad, la sutileza del cielo y la textura del mundo. Gracias, sencillamente, por ser quien eres.

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Las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores son el poema que Dios matiza con los colores del paraíso, el fragmento de un jardín que se presiente inconmensurable, el eco de un ramillete de intensa policromía que alguien, al principio, regaló al mundo. En cada flor encuentro el sentido de la vida, un suspiro de la naturaleza y del universo, las formas interminables de la creación. Una flor, otra y muchas más suman y multiplican la finura del alma y la textura de la piel. Descubro, entre la delicadeza de sus pétalos, las fragancias de un cielo infinito, la alegría de un amor perdurable, la inocencia de un acto noble y de una sonrisa feliz, auténtica y plena. Mayúsculas y minúsculas, las flores me enseñan que la superficialidad, las apariencias y la vanidad, tan lejanas del bien y de la inteligencia, son barrotes que encarcelan, fantasías que estorban, carentes de porvenir, y que, por lo mismo, un día, una tarde o una noche, llegan a su final y mueren; aunque también, es cierto, algunas me dan una lección en el sentido de que antes de la grandiosidad, existen, en los caminos, abrojos que pueden desgarrar la piel y la ropa si uno no crece ni evoluciona. Las flores, agitadas por las caricias del aire, dispersan sus perfumes y obsequian su policromía durante los grandes y los pequeños acontecimientos de la humanidad, al nacer una persona, al cumplir años, al obtener algún reconocimiento, al sanar, al enamorarse, al adornar su mesa, al dar un detalle, al morir. Son indiferentes a la vida humana y lo mismo crecerían en las montañas, en los barrancos, en las laderas, a la orilla de los ríos, en las llanuras, si no existieran hombres y mujeres a su alrededor, con el regalo fugaz de sus tonalidades y aromas, pedazos, quizá, de un vergel perenne que se anhela y extraña. Quien regala una flor, da un trozo de cielo. Aquellos que ceden un espacio en sus jardines para cultivarlas, emulan el proceso de la creación y seguramente añoran paraísos que uno cree perdidos. Hay flores que resguardan, en su intimidad, la dulzura y el encanto del néctar, y existen otras que, al contemplarlas, transportan a las profundidades insondables del alma, donde los rumores y los silencios de la creación se perciben en océanos infinitos. Las flores, las flores. Quien las ha admirado y tocado, de alguna manera ya ha sentido la textura del cielo. Son el regalo de Dios, su pintura, su concierto, su poema, y si a ti, a ella, a él, a ustedes, a todos, un día, a cierta hora, entrego una flor, será porque, dentro de su simbolismo mágico, desearé transmitirles que las recolecté con amor en los jardines del paraíso.

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Te escribo en otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te escribo en otoño, cuando hay tanta hoja acumulada y dispersa en el bosque, el jardín y el parque, cual alfombra amarilla, dorada, naranja, rosada y rojiza que invita a correr, jugar, reír, saltar y rodar contigo en el suelo, hasta descubrir nuestros cuerpos y rostros cubiertos de la textura de los árboles. Te escribo en otoño, antes de los días invernales, con la idea de que prepares tu equipaje y permanezcas conmigo, al lado de la chimenea, con una taza de café o de té, cada uno, y un canasto pletórico de recuerdos y otro vacío, a la espera de la siguiente primavera y el próximo verano, con nuestros planes, sueños e ilusiones. Te escribo en otoño, cuando agoniza el año y hemos dejado la infancia y aprendido, olvidado, ganado y perdido tanto. Te escribo en otoño, estación en la que muchos lloran al creer que sus romances quedaron desolados, como los pasajeros que empequeñecen y se desvanecen al alejarse los furgones. Te escribo en otoño, fiel a ti y a mí, en el minuto en que coloco el amor del primer día en la hora presente y en los años que están por venir, para continuar con la misma emoción y tender un puente a la inmortalidad. Te escribo en otoño, una mañana, una tarde o una noche -qué importa, después de todo, la hora-, para que sepas que eres mi musa, a pesar de que el ferrocarril en que viajamos casi ha descarrilado por la historia y la realidad de nuestro tiempo. Te escribo en otoño una carta, un poema, un texto, las letras que dibujo y pinto con mis sentimientos e ideas, con este amor tan mío que por ti se convierte en un delirio, en una pasión, en un ministerio. Te escribo en otoño y mis palabras quedan cual testimonio de que también te amo entre las ráfagas de aire que arrancan hojas y flores y rasgan nubes. Te escribo en otoño, cuando por la ventana de mi buhardilla me visitan las fragancias de tu perfume que el viento dispersa. Te escribo en otoño, cuando poseemos tanta historia y aún faltan los capítulos más bellos y prodigiosos. Te escribo en otoño, cuando mis poemas y textos retratan la locura de este amor.

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El arte… el arte abre las otras puertas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El bolígrafo que desliza suavemente sobre las hojas de papel, es el pincel que traza y pinta colores y formas en el lienzo, el arco que acaricia las cuerdas del violín, el martillo y el cincel que esculpen la piedra yerta. En cada movimiento percibo rasgos similares, algo que es tan propio de los artistas y sus obras. Existe, parece, una correspondencia sutil en el arte, como si cada expresión -las letras, la pintura, la música y otras- perteneciera al mismo linaje, a una casa solariega, a una hermandad luminosa e infinita que emula los amores y las pasiones de Dios. Entiendo que el arte no es del mundo, pero lo envuelve al provenir de cielos inmortales que están en uno y en todo. Es para los humanos, a quienes presenta, sintetiza y asimila la creación, la vida, las ilusiones, los sueños y las realidades. Son burbujas que exploran y regalan lo que los sentidos materiales no captan. Enseñan a la humanidad lo que a veces, por sus distracciones, no mira ni escucha. Al dibujar letras y palabras con el lápiz o el bolígrafo, o al oprimir teclas para registrarlas en una pantalla, en un aparato, el escritor es el pintor que crea algún cuadro y el músico que cubre el ambiente con los rumores y silencios de un paraíso mágico. El arte es un mundo infinito, rico e inacabable. Creo que al formar el mundo, Dios hizo incontables paréntesis y dejó espacios, trozos ausentes de sonidos y matices, listas con faltantes, para que sus discípulos, los artistas, los completemos con los materiales que cargamos desde tierras lejanas y tiempos distantes. Dejó palabras incompletas, paisajes a medios tonos, silencios y piedras informes con el objetivo de que los escritores y poetas, inspirados, regalemos las historias y los versos más cautivantes, los pintores obsequien colores, los músicos repartan conciertos supremos y los escultores ofrezcan formas cautivantes. Nadie debe apagar las voces de los escritores y poetas, borrar la policromía y los trazos de los pintores, callar el lenguaje de los instrumentos musicales y destruir las formas cinceladas y fundidas, porque equivaldría, en consecuencia, a derrumbar la entrada a otros recintos, a profundidades hasta ahora insondables, donde se encuentran vetas, tesoros grandiosos, secretos y la fórmula de la inmortalidad. Hay quienes denigran, escupen y encadenan al arte porque saben que tiene alas y luz, y transporta, por lo mismo, a la libertad, a la plenitud. Otros, en tanto, con capacidad y talento de artistas, se transforman y solo aparecen cuando hay butacas ocupadas, reflectores y cámaras, como si las obras fueran mercancía fabricada en serie. El arte es superior porque viene del alma, del ser, y emula el poder de la creación, retrata el sí y el no de la vida, explica lo que casi nadie entendería de otra manera, y acerca, definitivamente, a paraísos, mundos e infiernos, como para que todos conozcan cada sitio y elijan la esencia y las flores o los cardos. El arte es clave, signo, llave. Abre las puertas del alma, del cielo, del mundo.

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