Inspiración

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada noche -no sé dónde-, espero a la luna con su sonrisa de columpio, para mecerme y escribir poemas e historias, letras y palabras que trazo con amor y pasión. Todas las noches, desde algún lugar secreto, miro la pinacoteca celeste y acudo puntual a mi cita con las estrellas, con los luceros que alumbran mi vida, mi historia, mis papeles. En las noches, cuando todos duermen profundamente, despierto y escucho, en la soledad, los rumores del silencio, y percibo, igualmente, el sigilo de cada murmullo, como si, transformados en filamentos etéreos, sus voces provinieran de las honduras de mi alma y de las arterias del cielo. Esta y las otras noches, he contemplado la geometría del universo, las siluetas del mundo y mi figura que deambula, aquí y allá, quizá en espera del amanecer. La noche me abraza y me enseña a no temerle, a entender sus signos y que es la otra parte del día, y que tiene, por lo mismo, su encanto y reserva sorpresas para nosotros, los caminantes, en cada estación. Me columpio en la luna sonriente y brinco a las estrellas, salto a otros mundos, recorro y exploro rutas sidéreas, hasta que descubro que me encuentro en mí, en océanos muy profundos, de donde extraigo las letras que escribo a una y otra hora. Cada noche, al entregarme al arte, recojo ideas, letras, palabras, que anoto en en mi libreta de apuntes, en cualquier sitio, con la intención de regalar poemas e historias. Todas las noches, escapo un rato del mundo, paso por rendijas estrechas y secretas, y me introduzco a grutas que resguardan fórmulas y tesoros que uno toma y plasma, ya de regreso, en hojas de papel, en espacios que parecen vacíos y que uno, como artista, llena y cubre de vida, en un acto de emulación a quien un día, a cierta hora -si acaso existe el tiempo-, dio lenguaje y significado a todas las expresiones que concibió, esculpió y pintó. Cada noche, llevo conmigo mi mochila de explorador, donde guardo los pedazos de inspiración que recolecto durante mi caminata.

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En el amor…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Por cierto, ¿sabes qué hora es? En este momento y donde te encuentras, ¿te he dicho cuánto te amo?

En el amor, las palabras son maquillaje que resalta la dulzura y el encanto del romanticismo, perlas que dan alegría a los enamorados, atuendos que embellecen los sentimientos, arrullo que mece suave y tiernamente, perfume que ilusiona, ornamento que se convierte en color, poema, canto y música. Los actos son timón que conducen los sueños e ilusiones a un feliz encuentro entre quienes se aman. Quienes comparten una historia genuina de amor, la decoran con palabras, es cierto; sin embargo, saben que el verdadero sentido de su relación se encuentra en los hechos, en lo que uno hace por el otro, en los detalles, en ser caballero o dama, en comprenderse y, por lo mismo, proporcionarse todo el apoyo y respeto. Escribir una historia de amor inagotable, bella, sublime, mágica e inolvidable no solamente plantea bolígrafo y papel; requiere, tú y yo lo sabemos, compartir instantes y capítulos, coincidir un día y otro, acompañarse ante los claroscuros de la vida, volar juntos sin que alguno intente apoderarse de la identidad de quien ha decidido permanecer a su lado, diseñar un destino común y esplendoroso. Resulta cautivante recibir una carta, un poema o una servilleta de papel con palabras tiernas; pero si carecen del sustento que dan los actos, se volverán tan fríos como una tarjeta impresa o una postal. En el amor, las palabras escritas y pronunciadas se diluyen cuando presentan ausencia de pilares y faltan, en consecuencia, fidelidad, comunicación, detalles, respeto, confianza, emotividad, ilusiones, sueños, realidades y espontaneidad. Un texto, por más poético y subyugante que parezca, o las palabras dichas al oído con ternura, alcanzan su verdadero significado cuando uno, en el amor, es auténtico y congruente en los hechos y ante las pruebas de la vida. Las lágrimas que provocan la felicidad y la risa son gotas que se cristalizan y transforman en luceros bellos y resplandecientes; las que se derraman en los momentos de aflicción y desconsuelo, las comparten, igualmente, quienes en verdad se aman, y son perlas que jamás se olvidan. No es justo ni válido, en el amor, estar al lado de alguien por los beneficios materiales o placenteros que le pueda significar, porque cuando dos almas vuelan en niveles mágicos y de ensueño, identifican su esencia sutil y se unen eternamente. En el amor, siempre hay que estar presentes. Si las palabras expresan la belleza de un romance, los hechos son la embarcación que lo conduce a rutas insospechadas, al océano inexorable donde todo es inicio y fin, amanecer y ocaso, música que arrulla, columpio que mece y lucero que embelesa. En el amor, insisto, las palabras coronan las acciones, y uno puede, entonces, compartir la historia más conmovedora y sublime. Por cierto, sólo a ti te lo digo, ¿te confesé este día que me cautivas y te admiro?  Exactamente a esta hora del día, ¿ya te dije que te amo?

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Al escribirte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, a quien escribir palabras de amor equivale a mecerse en el oleaje para admirar el enamoramiento, en el horizonte, del océano con el cielo

Escribir las cartas que con frecuencia sumo a tu colección y deposito en el buzón de tu morada, equivale a ir todos los días, en las mañanas, a recolectar las flores más hermosas del jardín para diseñar ramos con las fragancias y tonalidades que te encantan y entregártelas en canastas de original estilo; armar palabras, guiado por la alegría e ilusión que provocas en mí, significa recoger los granos de arena en la playa para formar letras e imágenes que pego en la ventana de tu habitación con la finalidad de que las mires y sientas mi presencia al despertar; inspirarme en ti para componer el más subyugante de los poemas, es salir una tarde de verano a recibir las gotas de la lluvia, atrapar las más hermosas y transparentes y tejerte un collar de diamantes; transformar los sentimientos en párrafos, es igual a zambullirme en el mar, llegar a sus profundidades, extraer las perlas de mayor belleza e insertarlas en aretes de oro para que los luzcas siempre; deslizar el bolígrafo sobre la hoja de papel u oprimir una tecla, otra y muchas más, es fabricar una escalera con el objetivo de alcanzar las nubes y arrullarte cerca del cielo; dedicarte una porción de mi trabajo literario, es fundir nuestros corazones y miradas, estrechar tus manos y las mías y protagonizar una historia inolvidable. Escribir para ti, forma parte de mi estilo de vida. No me agota ni me hastía; al contrario, disfruto pegar una letra a la otra hasta formar palabras y más tarde párrafos y textos que queden como constancia de nuestro amor. Me enamoré de mi musa, de quien me inspira en el arte, en la creación literaria, y me resultaría imposible, en consecuencia, no expresar mis sentimientos. Por eso, cuando la gente pregunta si no duermo, si estoy obsesionado contigo, si ya no escribiré sobre otros temas, si mi arte se encuentra sometido a nuestros sentimientos o si algún día me cansaré de dedicarte mis obras, sonrío porque nadie sabe que al enamorarme de ti, mi musa, tu mano unida a la mía es la que plasma las letras. Mientras el amor, los detalles, la risa, los juegos y los capítulos compartidos formen parte de nuestras existencias y palpiten en tu corazón y el mío, habrá motivos para dedicarte una carta, un párrafo, unas líneas, mis obras, mi arte literario. Si la gente supiera que eres mi musa y yo tu amante de la pluma, comprendería la razón por la que escribirte equivale a extraer pigmentos del morral de Dios para pintar los caminos de tu existencia con tonalidades mágicas o arrullarnos en un oleaje que nos conduzca al horizonte, donde el océano besa al cielo en un acto de belleza extraordinaria y encanto sublime, como tú y yo al unir nuestros corazones.